Capítulo II

Acto Reflejo

-Entonces debemos abstenernos esta noche. Tú en tu casa y yo en la mía.

Rió ingenuamente e hizo una mueca de duda.

-Debes atender a tus invitados -murmuré mientras abría la puerta-. Hasta mañana -le dije con una sonrisa, asomada por la puerta-.

Me miró con ojos de sospecha.

-¿Qué es lo que noto extraño de tu actitud?

-Que tengas buenas noches, Edward-.

Cerré la puerta suavemente e intenté no soltar una carcajada que estaba a punto de estallar en mi boca, así que me contuve y subí las escaleras de mi casa para descansar. Mañana sería un gran y largo día.

Dejé que el cebo actuara por su propia corriente y abrí la ventana. Cambié mi ropa y me coloqué el pijama, me acosté boca arriba, en la cama y coloqué mi brazo encima de mis ojos, de manera que todo quedara en oscuridad plena para mí, y en mis labios aún bailaba una sonrisa. Un viento se entrometió entre mis pensamientos, pero de repente sentí como Edward estaba encima de mí. Su olor era único e indescriptible.

Apenas tuve tiempo de respirar luego de haber reaccionado, cuando ya me estaba dando un beso. No un beso común, no un beso normal. Fue dulce y suave, de esos que te quedas recordando por el resto de la semana y que tocas tus labios en ausencia de los de él.

-Así es como damos las buenas noches -murmuró en mi oído y luego me miró de nuevo.

-¿Te quedas? -nuestros rostros estaban a pocos centímetros y él sostenía su cuerpo con sus brazos y piernas, entre los cuales me tenía atrapada.

-¿Por qué no?

Dormí con muchas serenidad, soñando con Edward y en lo que éramos ahora. Como si el destino lo hubiera predispuesto, yo estaba completamente segura de que con él era con quien yo quería ver pasar mis días y mis noches, con quien pudiera ver un nuevo amanecer.

Cerré mis ojos, recosté mi cabeza sobre el pecho de Edward y me acurruqué entre las sabanas que me cubrían del despiadado viento que entraba por mi ventana.

El día de mi boda amaneció lloviendo a cántaros. Las gotas bordeaban el marco de mi ventana y mojaba el piso de mi dormitorio. El clima me daba escalofríos y me levanté con el pie izquierdo. Intentando no ser negativa, me miré al espejo por unos cuantos minutos y solo miré a aquella adolescente, que tantas veces había asomado su rostro por allí, que había observado sus días pasar uno tras otro, hoy se convertía en mujer.

Miré mi cama, alborotada y sola. Edward se había ido.

Era muy temprano en la mañana, o no había un atisbo de sol en el oscuro panorama. Satisfecha de que comenzaría una nueva vida, decidí alistarme para empezar el día con ánimos.

Charlie me había dejado una nota en la cocina explicando que sólo se tomaría unas horas para ir al trabajo y luego nos veríamos en casa de los Cullen, cosa que me extrañó porque Charlie no iría a su trabajo un sábado y mucho menos el día de la boda de su hija.

Alice pasó todo el día más eléctrica que nunca. No me permitía salir de mi habitación, y apenas me permitía ir al baño.

-¿Donde está Edward? -le pregunté mientras me quejaba cuando me halaba el cabello.

-¡Quédate tranquila! -exigió, halando una vez más.

-Alice, ¿Cuál es la caja de maquillajes? -cuestionó Rosalie desde el baño-. Esta maleta no es más grande porque sería muy grande para caber en el auto.

La pequeña vampira fue dando tumbos hacia el baño y se oyó un estruendoso golpe.

-¡Todo lo tengo que hacer yo! -masculló entre dientes mientras regresaba-.

Rosalie salió del baño con su mano en la cabeza.

-No tenías por qué haberme golpeado -inquirió con cara de pocos amigos-. Me voy a casa, debo alistarme y ayudarte.

Rosalie miró el vestido que estaba sobre mi cama y me sonrió levemente.

-Buena suerte con Alice -guiñó el ojo-.

Reí bajito y le agradecí.

Mi madre llegó unos minutos luego, con un humor de perros por culpa de los contratos de béisbol que firmaba Phil. No podía faltar a su juego de hoy y mi madre estaba molesta, cosa que no me venía nada bien.

Las cosas a mi alrededor pasaban como en "Adelantar" y yo apenas me movía.

Moría de ansias locas por ver a Edward, por abrazarlo y besarlo de nuevo, soñaba despierta con ganas de escaparnos a otro lugar. Ya habíamos pasado por tantas cosas malas que no podía soportar que siguiéramos en lo mismo. Los dos necesitábamos felicidad y eso lo íbamos a obtener hoy.

Alice se encargó de dejarme preparada de pies a cabeza, ya que apenas faltaban un par de horas para que me recogieran -pero no tenía idea de quién lo haría-.

Pensé que la etapa dolorosa había pasado, pero no había visto las cintas de seda que llevaba el vestido.

Tuve que colocar mis manos sobre la pared e inspirar profundamente mientras Alice hacía de las suyas, ajustándolo lo más posible. Me quejaba de vez en cuando y ella me calmaba con que "estaba acabando" cuando ni siquiera había empezado.

Apenas vi por la ventana como Alice se llevaba a mi madre para su casa, me acerqué al espejo grande de mi habitación para verme una vez más.

La chica del reflejo no era la misma de la mañana, estaba nerviosa y tenía miedo. Llevaba sus mejillas coloreadas en un rojo suave y sus ojos con leves destellos dorados. Su vestido tenía un aspecto general a un personaje mágico. Era strapless y con un corsé color crema que llevaba detalles en dorado del cual caía una falda grande de tela lisa que cubría gruesas capas de tul y se unía a una larga cola. Por la complejidad del atuendo, su cabello iba sencillo. Lucía en ondas gruesas y naturales, y del lado derecho, llevaba pequeñas flores del color de su vestido.

Ella estaba preparada.

De repente, mi celular empezó a sonar, sacándome del fondo de mis pensamientos.

-¿Sí? -

-Bella -aquél chico se oía triste en su lejanía-. Estás...

-Jake -me referí a él con voz quebrada-. ¿Por qué me llamas... hoy?

-Quiero disculparme.

-Pero...

-No, Bella -dijo molesto, más consigo mismo que conmigo-. Déjame hablar -suspiró y empezó de nuevo-. Soy un idiota de clase mayor, lo soy y lo admito. Pero tu también me has acostumbrado a comportarme de ésta forma. No es justo, ni para tí, ni para mí. Aunque no lo creas, te llamo para confirmarte mi asistencia en tu boda.

-Jake -dije con una emoción escondida en susurros-. No sabes lo feliz que me haces.

-Sé que buscas la felicidad, pues si esto es lo que deseas, por fin lo he aceptado -repuso con cariño-.

-Pensé que no irías.

-¡Claro que voy! Es más, ¿Puedo llevar a Seth? -preguntó con un atisbo de impaciencia-.

-Aquí tengo sus invitaciones, pero ya es tarde para que vengan a buscarlas.

-Pero eso... ¿No hay alguna clase de protocolo de lista de invitados o cualquiera de esas cosas que la pequeña vampira hace? -cuestionó, refiriéndose a Alice.

-Ellos saben que ustedes son mis invitados, además, no es la boda de Victoria y David Beckham -comenté.

Jake soltó una risotada y luego suspiró.

-Te extrañaba.

-Yo también -confesé.

Miré el reloj y ya faltaban menos de un par de minutos para que vinieran en mi rescate.

-Jacob, debo dejarte. La ceremonia empieza en media hora. Te quiero allá con Seth, puntuales -exigí, enfatizando la última palabra con un tono de voz más alto.

-De acuerdo. Eh, ¿Bella? ¿Puedo llevar a Leah, también? -preguntó con voz temblorosa.

-Sí, supongo que estaría bien -contesté un poco atónita.

Empezó a toser desenfrenadamente.

-Tú sabes, para que cuide de Seth y toda la cosa.

-Aja -dije con tono de sospecha-. Allá te esperaré. Te quiero, Jake.

-Yo a ti, Bella.

Ahora todo estaba listo, no habían riendas sueltas que perturbaran mis días.

Escuché un extraño sonido en las afueras de mi casa, como repiqueteos contra el piso y supuse que abajo estarían esperándome para asistir a mi ceremonia.

Lancé mi celular encima de la cama y este rodó hasta el suelo. Asomé mi cabeza por la ventana y me encontré con una enorme sorpresa.

Un carruaje de estilo antiguo, color negro, llevaba a dos triunfantes y enormes caballos en el frente. Llevaba decoraciones en flores y enredaderas a los costados, que le daban un toque de cuento de hadas, especial.

Emmett vestía de una forma clásica, con un esmoquin negro y largo y llevaba un sombrero negro en la cabeza. Parecía ser el conductor de este hermoso carruaje, que seguro sería invención de Alice. Jasper se encontraba a su lado y subió la mirada para admirar mi expresión pasmada.

Me miré al espejo una vez más, respiré un par de veces y cerré mis ojos con una sonrisa.

Bajé las escaleras con extrema ilusión, como un niño en la mañana del día de navidad, ansioso por descubrir lo que se escondía bajo esas llamativas envolturas que había estado viendo tantos días con suma curiosidad.

No me importó siquiera el factor de que llevaba unos zapatos de tacón alto.

Charlie me esperaba al pie de las escaleras con su nariz enrojecida y sus ojos llorosos.

-No llores, papá -le supliqué-, no quiero dañar mi maquillaje -respiré entre temblores de pecho-.

-De acuerdo, de acuerdo -tenía una mano extendida para recibirme y con la otra, secó el par de lágrimas que tenía en sus mejillas.

No había percibido que la puerta estaba abierta, hasta que asomé mi cuerpo por el arco de la entrada de mi casa y un frío viento sopló contra mí.

Jasper bajó del asiento que se encontraba a un lado de su hermano y abrió la puerta mientras Charlie me llevaba con mi brazo entre el de él.

-Señorita -susurró mientras hacía una leve reverencia y mantenía la puerta abierta para mí.

Miré a Emmett que tenía las riendas de los dos hermosos caballos blancos del frente, él bajó un poco su sombrero con la mano y me guiñó un ojo.

Con pocas dificultades entré al carruaje, cuyos asientos estaban forrados en una delicada tela aterciopelada color vino tinto. Alice debía habérselas ingeniado con un carruaje que jamás conseguirías en un pueblo tan pequeño como Forks, y si ese era mi transporte, no quería imaginarme las decoraciones.

El camino se me hacía eterno, los pasos de los caballos retumbaban con el latir de mi corazón desenfrenado y los pálpitos eran de tal magnitud que sentí la necesidad de colocar mi mano sobre su posición superficial para impedir que pudiera salirse de su lugar.

-Con que esta era tu ausencia de la mañana, ¿Eh? -pregunté con voz amenazante.

-No sólo eso, me escapé de practicar la entrada al altar para recoger a tu madre.

-Ah -comenté mirando hacia la venta.

-¿Nerviosa?

Le dediqué una mirada cargada de rabia.

-No me lo recuerdes.

Al detenernos, Jasper le indicó a mi padre que bajara primero para recibirme. No pude mirar al frente ya que tenía tanto miedo de cometer algún error que sólo me permití fijarme en el suelo y tomar mi vestido para no enredarme con él.

Al visualizar el frente, esperé encontrarme con la entrada principal de la casa de los Cullen, pero fue una sorpresa mirar que un camino alfombra blanca atravesaba un pasto que se extendía por todo el patio trasero de la mansión Cullen.

Había creado un atajo, por algún lado de la casa y que mi entrada fuera tan triunfal como lo estaba siendo.

Del verde pasto resaltaban estas flores que eran las que más veía en las decoraciones, y en esa posición pude reconocer su origen. Me hacían revivir el momento que visité el prado junto a Edward por primera vez, eran nuestras y nos representaban.

Mi padre tomó una vez más mi mano y Ángela me esperaba en el comienzo de los asientos de mi público, que parecía más numeroso del que estaba esperando, con mi ramo de flores en su mano. Lo cogí y le di una sonrisa nerviosa a mi amiga.

Un pequeño número de músicos tocaban una suave melodía que rompió los parámetros de las bodas tradicionales. Levanté mi mirada al frente y todo se volvió pequeño y borroso, me enfocaba en aquél hermoso joven al final de la alfombra, que me admiraba con esa mirada; aquella que me entregó la primera vez que juramos amor. Debía empezar a caminar sin dar tumbos por el camino, pero de repente todo quedó en silencio, la marcha nupcial no se aplicaba en esta escena, porque estaba siendo reemplazada por aquella nana que Edward había compuesto para mí y era la canción con la que caminaría hasta el altar.

Todos los presentes habían volteado a verme, y uno que otro siseo se escapaba entre el público, pero no presté atención.

Cuando llegué al final de mi recorrido alcé mi mirada y me encontré con sus ojos dorados llenos de felicidad y una sonrisa triunfal que no me hizo sentir más que agradecida de que ese día había llegado.

-Estas aquí -susurró casi inaudible.

Coloqué mis manos entre las de él, y a pesar de la temperatura helada de las manos de Edward, las mías empezaron a sudar como si emanara una caída de agua desde cada poro.

-Contigo -le contesté en un hilo de voz y sonreí.

El hombre encargado de llevar a cargo la ceremonia era tal cual como lo imaginaba, de baja estatura y con poco cabello, era de piel blanca con mejillas rosadas y llevaba unos pequeños lentes sobre el puente de su nariz mientras recitaba las palabras de la ceremonia. Dio un leve introducción, agradeciendo a los presentes por su asistencia.

Carlisle y Esme representaban nuestros padrinos de velación, que serían nuestro ejemplo de matrimonio y harían oraciones al prender un par de velas blancas. A su lado estaban Jasper y Alice, con dos pequeñas almohadas y en el centro nuestros anillos, y de último pero no menos importante, estaba Rosalie y Emmett, quienes eran nuestros padrinos de arras.

Miré a mi mamá en la primera fila, que tenía su maquillaje un poco corrido, y mi padre le consolaba y sonreía hacia mí.

Mis compañeros, Jessica, Lauren, Mike, Tyler y Eric se encontraban reunidos en fila, haciendo uso respectivo de sus cámaras digitales. Les sonreí y todos hicieron ademanes para saludarme desde lejos.

Edward comenzó recitando unas hermosas palabras.

-Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo, pero para recibir alabanzas y sin tener el amor, de nada me sirve. Corintios 13:4-7 -habló sin dejar de verme a los ojos.

-El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. -dije casi en un murmuro.

El padre prosiguió con palabras mientras que Rosalie y Emmett se acercaban con las monedas que significaban la prosperidad y luego los padrinos de nuestros anillos. Fueron bendecidos y recitamos las palabras mientras nos los colocábamos:

"Al entregarte este anillo, yo te doy testimonio de mi amor sincero, y prometo serte leal y fiel, amarte y apoyarte, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe."

La última frase salió con cierta dificultad de mi garganta.

-Y con el poder que me confiere el Señor, los declaro marido y mujer -el hombre miró a Edward-. Joven, puede besar a la novia.

Y sin más preámbulos, se acercó a mí y me dio un no tan corto, pero delicado beso.

Todos los presentes empezaron a aplaudir con júbilo y tomé de la mano a Edward.

Comenzamos con un suave vals que dudé en realizar, pero debía hacerlo por tradición. Me imaginé la vez que bailé con Edward en el baile de graduación, pero era difícil ya que, para aquél entonces, yo tenía dificultades -aunque en realidad las seguía teniendo- y Edward me cargaba para bailar en sus pies.

Ésta vez, tuve que hacerlo a mi manera, incluir dos pies izquierdos no era nada fácil. Luego de varios minutos de aplausos y vueltas ligeras fueron integrándose más y más parejas y me sentí más relajada.

-Isabella Cullen -comentó Edward con una sonrisa de lado.

-Ojalá pudiera explicarte lo feliz que me siento -miré mis pies que hacían un esfuerzo sobrehumano por no pisar los de mi esposo y resoplé-, bueno, en realidad no tan satisfecha del todo.

-¿Quieres ir a recorrer los alrededores? -preguntó mientras dejábamos de bailar.

-Creo que sería conveniente.

Un fotógrafo se encargó de distraernos por un buen rato. Mi madre tuvo que esperar a que la hinchazón de sus ojos llorosos bajara un poco.

-Ay, Edward -masculló mi madre, haciendo un puchero.

-Mamá, no llores de nuevo, por favor -le supliqué con una sonrisa y tomé sus manos.

Hicimos nuestros respetivos brindis con emoción y todos alzaron sus copas decoradas con pequeñas flores.

Mientras me tomaba los últimos retratos con la familia de Ángela, miré a mis alrededores en busca de un personaje importante con el cual me hubiera encantado tomarme una foto.

Lo había visto, pero muy lejano de mi lugar, además había mucha gente amontonada en mi entorno, pero aún así, tuve chance de alzar mi mano levemente y saludarle, él hizo lo mismo, ya habían pasado un par de horas desde aquél lejano encuentro.

Edward me había dejado sola por un momento, mientras yo maniobraba por salir bien en las últimas fotos porque mi cara estaba casi temblando y mis mejillas dolían de tanto sonreír.

De repente, Alice me separó bruscamente de todos, halándome por el brazo y mirando a todos lados.

-Bella, no ha sido una buena idea que hayas traído a Jacob y a los demás-murmuró con recriminación.

-Pero, ¿qué pasa Alice? -cuestioné, mirando como todos mis invitados pasaban al interior de la casa, seguidos por Carlisle y Esme.

-Debes hablar con Jacob, que se lleve a Sam y al resto de sus olorosos amigos -hizo un mohín con su diminuta y puntiaguda nariz.

-Pero... -ubiqué a los Cullen junto con los de Clan Denalí y del otro lado estaban los licántropos, que los veían con ojos llenos de rabia y amargura.

Tomé mi vestido e intenté correr hacia la escena, llevando a cabo un camino de tropiezos y poca velocidad.

- ¿Qué está pasando aquí? -pregunté molesta.

Miré a Jacob quien tenía la mirada clavada en Irina. Esta última tenía los brazos inmóviles porque era sostenida por Emmett y Jasper. Edward estaba a la cabeza, adelante de ellos, seguido por Tanya, Kate y Eleazar. Levana se encontraba ausente a pesar de que la había visto un par de veces, caminar junto con los del Clan Denalí.

Mi agilidad mental actuó al instante y me encontré en el medio de una situación peligrosa.