El mundo y los personajes de Digimon no me pertenece, tampoco la idea de este fic. Esta historia nació por y para Genee, por su reto en el foro Proyecto 1-8


Corazones en juego

Capitulo 2. Punto de equilibrio

"Esa chica está enamorada de ti. Y apenas se ha dado cuenta..."

¿Por qué su madre tenía esa facilidad para dejarlo pensar en esas palabras tan simples durante horas?

Se sentía exactamente igual que con Cody y su discurso acerca de que debía decidir cual era la elegida en eso…

¿Qué pensaban que era? ¿Un reality show para elegir a la más apta para él?

Se pasó una mano por el rostro, incómodo con toda esa situación.

Se sentía como un prisionero, bastante inútil, para ser sincero y un tanto despreciable…

¿Qué era lo que estaba haciendo con su vida?

En realidad esa cuestión era demasiado profunda en comparación con aquella situación. Pero, al mismo tiempo, la incluía y alejaba.

¿Por qué Mimi Tachikawa y Sora Takenouchi habían desorganizado todo su mundo? No tenía idea. ¿En que momento las cosas habían salido de su control? Tampoco podía saberlo. ¿Por qué ellas habían comenzado a disputarse su amor? Se sentía como la chica por la que dos hombres reñían para conquistarla.

Faltaba, simplemente, que Mimi desafiara a Sora a un duelo donde "pelearían" por una valiosa prenda del caballero en cuestión… Aunque se verían adorables.

Y eso lo llevaba nuevamente a la cuestión inicial.

No quería elegir entre ellas, porque Hikari tenía razón.

Una de las dos iba a sufrir… Iba a sufrir y por causa suya… Con lo poco que él soportaba las lágrimas.

No estaba seguro de si eso era lo que quería.

Por otra parte…

— ¡Tai! —una voz alegre, entusiasta y enérgica lo saludó de manera imprevista.

Un instante después, sintió el peso de Agumon y tuvo que abrir los ojos para enfocar el rostro de su digimon.

Sonrió, porque el dinosaurio digital siempre se mostraba igual de entusiasmado que en ese momento. Era el ser más ajeno a los problemas amorosos que podía conocer… Y era un alivio.

— ¿Qué tal, Agumon? —replicó, antes de posar la mirada en Kari, que estaba bajo el umbral de la puerta, con los brazos en jarras. — ¿Ha pasado algo?

— No, nada grave —aseveró ella — Pero es hora de cenar.

— No tengo apetito…

— ¿QUÉ? —saltó el digimon, con angustia. Tai dio un respingo al instante — ¿Estás enfermo? ¿Alguien te ha hecho algo? —inquirió Agumon, desesperado — ¿No te vas a morir, verdad?

— ¿¡Que estás diciendo!? —preguntó él, aturdido por todas las tonterías que estaba diciendo el ser digital que estaba a su lado — ¡Claro que no estoy enfermo! —soltó un suspiro, resignado. Su compañero seguía contemplándolo con inquietud — No me voy a morir, Agumon. Tranquilízate…

¿Cómo podía ser tan extremista?

— No es nada grave, Agumon —interrumpió Kari, sonriendo por todas las estrafalarias ideas que se le habían ocurrido al digimon de su hermano por el simple motivo de que Tai no iba a cenar — Es solo un mal de amores…

— ¿Mal de amores? —repitió, extrañado Su rostro era digno retrato de la confusión — ¿Y eso no te deja comer?

Taichi suspiró, sonriendo.

Agradecía que su compañero estuviese tan desinformado de la situación… Él no necesitaba sentirse peor para ver que hasta ese despistado ser que tenía como compañero, sabía más de sus problemas que él mismo.

— He comido con los chicos en un bar —mintió, para quitar esas ideas absurdas de la mente del dinosaurio que era su compañero digital. Contempló a Kari, con una media sonrisa — Dile eso a mamá, no quiero que sea tan extremista como mi compañero, aquí presente… —señaló, un momento antes de agarrar la cabeza de su amigo y restregar su puño, divertido.

— ¡Déjame, Tai! —se quejó, al instante el digimon.

Kari se rió un poco más, y asintió — Bien, le diré a mamá que no tenga un infarto… Oye, tal vez nos sobre comida para las próximas semanas…

Rió, irónicamente por los comentarios de su consanguínea — Que divertida eres —replicó.

— Hallarás la solución para esto, hermano. Tú siempre encuentras la solución para los problemas… —susurró la jovencita, con una sonrisa.

Le dirigió una última mirada indescifrable, se giró y abandonó el dormitorio. ¿Por que tenía tanta prisa Kari? ¡No quería ni pensarlo!

Taichi se dejó caer de nuevo sobre el colchón y, esta vez, Agumon lo contempló con extrañeza, con curiosidad.

El digimon lo examinó con sus grandes ojos por un tiempo que le resultó eterno, como si con ello pudiese adivinar cual era el verdadero problema del mayor de los Yagami.

El antiguo portador del valor, dio un resoplido — ¿Qué? ¿Tengo algo en la cara?

— Hoy no eres el mismo de siempre —fue la replica que obtuvo.

— Pero… ¿Qué dices? ¡Claro que soy el mismo de siempre!

Agumon solo podía recordar unas pocas ocasiones en la que lo había visto así.

Tres, en realidad.

La primera vez fue cuando tuvo la desventura de digievolucionar incorrectamente al nivel ultra porque Tai se sintió culpable de su actitud y perdió el espíritu de lucha. La segunda, cuando Sora fue secuestrada por Datamon. La última vez que recordaba, había sido en la navidad del 2002, cuando coincidieron con la joven elegida del amor en un concierto de Ishida y ella quería regalarle unas galletas.

En todas esas ocasiones, todo se debía a un debate interno de su amigo.

Y había algo en común.

— ¿Ocurrió algo con Sora? —inquirió, sin saber como iniciar la conversación.

Taichi dio un respingo, nuevamente, y se golpeó la cabeza con la litera superior al hacerlo.

— ¿Por qué tiene que suceder algo con Sora? ¡No pasó nada con ella! ¡Nada! —discutió, como acto reflejo, ante la atenta mirada de su compañero. Desvió la mirada repentinamente, tocándose la cabeza — Y no digas tantas tonterías juntas, Agumon.

— Lo lamento —susurró su amigo digital, apenado — Pensé que tal vez podría ayudarte.

Se sintió mucho peor después de esas palabras. Suspiró profundamente.

Era un estúpido.

Con razón Sora lo había apodado de esa manera cuando eran más pequeños…

— Lo siento, Agumon. Soy un idiota… Primero Iori, después Kari, luego Sora… Mimi… Mi mamá y entonces, tú… —balbuceó — Es que no se que tengo que hacer.

— ¿De que estás hablando, Tai? —quiso saber el digimon, con curiosidad.

A decir verdad, no había llegado a comprender ni la mitad de las cosas que su compañero había enumerado.

— Pues, verás… Ayer… ¿Recuerdas que Sora y Mimi estaban discutiendo, y todo lo que te conté? — Agumon asintió, sin comprenderlo del todo — Bien. Descubrí el motivo por el que ellas peleaban.

— ¿Y cual es?

Suspiró, resignado a la verdad — Yo.

Tuvo que contarle todo y fue molesto, pero al mismo tiempo, mientras hablaba, sentía menos peso sobre sus hombros.

Le habló de Mimi, le habló de Sora, de su reunión con los chicos, de las visitas de las dos jóvenes… De las palabras de su madre e incluso, las de su hermana.

A decir verdad, siempre era así.

Él no servía para guardarse sus problemas —Matt tenía mucha razón al respecto— pero tampoco era de compartirlos con todo el mundo.

Sus amigos más cercanos, los tres, eran sus principales confidentes.

También lo era Kari, en otra medida, ya que había temas que jamás trataría con su hermanita.

Izzy era el único ser en el universo que ponía en orden sus ideas, por más descabelladas que fuesen. Y, sin embargo, Tai sabía que en problemas sentimentales, el pelirrojo no sabría que decirle.

Con Sora, en el pasado, cuando su relación era menos complicada y más natural, no había secretos. Luego, aunque el vínculo se desestabilizó, la confianza entre ellos no se disolvió del todo. Él sabía que Sora estaría allí, pasase lo que pasase… y él, por supuesto, jamás dejaría de estar para ella. Pero no podían hablar de ese problema.

Con Matt, luego, ocurrió algo similar pero diferente. Él consideraba a Matt como a un miembro más de su familia, como un hermano. Un hermano que había amado a la misma chica involucrada en el problema… Había tenido que hacer acopio de sus fuerzas para mirarlo a la cara y reconocerle que Sora era el eje de la cuestión. Matt siempre le parecía tenso cuando se mencionaba a la pelirroja. No iba a contarle todas sus preocupaciones.

No obstante, cuando no podía hablar con Yamato de sus problemas tenía a guardarlos para el único ser que conocía todos sus secretos.

Agumon.

Su compañero de aventuras lo escuchaba, lo aconsejaba (no siempre era bueno seguir sus consejos, pero le hacia sentirse bien el recibirlos), lo ayudaba y le daba ánimos.

Le daba valor.

Muchas veces pensó que Agumon no necesitaba su valor porque en si mismo ya tenía más que suficiente.

Había sido Agumon quien le dio valor cuando pensó que no podía soportar la idea de que Matt y Sora…

Había sido él quien le dio valor para ir a través de la cerca electrificada para ir con su mejor amiga en aquella lejana aventura del digimundo.

— Has madurado mucho, Tai. —dijo el digimon, cuando el joven concluyó su relato.

— ¿Eso es todo lo que vas a decirme? —bufó, quejándose — ¿Qué maduré? ¿Es impresión mía o es tu respuesta para todas estas situaciones?

Agumon rió, divertido al ver que su amigo se cruzaba de brazos en un gesto que le recordaba a su niñez, como si con ello negase su afirmación.

— De no ser así, no estarías negándote a ti mismo lo que sientes para no dañar a otras personas…

— ¿Negarme a mí mismo? —dudó él — No estoy negándome nada a mí mismo.

Le molestaba que su compañero pudiese tener una respuesta para sus problemas. Generalmente procuraba que, en sus cuestiones personales, él tuviese la respuesta. No le gustaba estar confundido por esa misma razón.

Él era más amigo de las acciones que de las reflexiones y en ese momento, simplemente, no podía dejar de pensar.

Hasta hacia un par de años, no podía dejar de considerar a Sora como la única y perfecta chica para él.

¡Vamos! Todos sabían que Takenouchi era la única que existía en sus ojos…

Todos, salvo ella, claro. La compañera de Biyomon no sabía de eso, o no quiso saber de eso.

Ninguna de esas cuestiones iba al caso…

El problema actual era que lo estaba considerando demasiado todo.

Ese era el verdadero problema en toda esa ecuación.

¿Cómo salir de ella sin dañar a uno de los tres involucrados?

Si elegía a Mimi, dañaría a Sora. No podía perdonarse dañar a Sora... Su pelirroja, su cómplice, su mejor amiga, su Sora.

Y si elegía a Sora, dañaría a Mimi. Y siempre era desagradable imaginar a alguien tan alegre como ella, sufriendo. La dulce, amable y caprichosa Mimi…

Pero… ¿Y si no elegía a ninguna?


Se apoyó en la puerta, tocandose los labios antes de darse cuenta de que no estaba sola en la morada.

Mimi sonrió a su madre cuando llegó a su casa y la autora de sus días la recibió con su delantal amarillo. Satoe Tachikawa no cambiaba, en casi nada, con los años.

El tiempo era, sin duda, un gran aliado de su madre. Seguía conservando esa vivacidad y frescura que la misma Mimi había heredado.

Aun llevaba el cabello corto, siempre con algún detalle en el pelo. Una horquilla, un broche, una cinta.

Sus ojos siempre atentos, aunque a la vez distraídos lo contemplaban todo con su propia sabiduría y entendimiento.

Y aquella sonrisa le plasmaba la felicidad en los labios.

Tuvo que devolversela.

Pensó en enviarle un mensaje a Yolei, que se había convertido en su confidente en el último tiempo, contándole que había llegado pero decidió que esperaría un poco más para no sufrir los regaños de su amiga por ser impulsiva.

Caminó hacia el lugar donde la esperaba Keisuke Tachikawa y parpadeó, con extrañeza cuando contempló lo decorada que se encontraba la mesa. No tenía sentido especialmente, la presencia de aquella botella de Champagne en la mesa donde almorzaban y cenaban todos los días.

Curiosa, contempló la sonrisa de su padre.

— ¿Qué es lo que ha pasado?

— ¡Me ofrecieron ser socio de la empresa! — Aseveró el hombre, que ya no podía contener su euforia.

Mimi le regaló una sonrisa sincera y lo abrazó con efusividad. Su padre se merecía aquella recompensa por todo el esfuerzo dado, por todo su trabajo. No podía no alegrarse por él. — ¡Felicitaciones!

Cenaron con tranquilidad, demasiado temprano para su gusto, pero entre risas. Mimi no pudo evitar contagiarse de la alegría de sus padres. Se abstuvo de conversar con ellos sobre su agitado día, sus agitados días más bien y sonrió, antes de dirigirse a su dormitorio cuando la cena concluyó, por fin.

Se encerró en su cuarto, escuchando música, apresurandose para sacar toda la ropa que estaba en su guardaropa para luego, volver a acomodarla en su lugar.

Había comprado ropa nueva, pero eso nada tenía qué ver con su arrebato de locura. Era más bien un pequeño gusto personal. Sí, definitivamente el día anterior había sido un día productivo.

Después de la pelea con Sora había llamado a Yolei y juntas habían salido de compras. La joven Inoue lo hizo todo por ayudar a Tachikawa y Mimi se prometió que tendría que regalarle algo para devolver esos detalles que quizás pasaban desapercibidos. Miyako no podía ser tan buena…

Había obtenido sus grandes premios —quizás eran premios consuelo pero eran premios al fin y al cabo— como esa hermosa campera negra brillante de múltiples cierres que reposaba dignamente entre las demás prendas guardadas su closet.

Lo colocó todo dentro del armario —que parecía que iba a estallar— y, finalmente, se dejó caer sobre la cama.

Tenía ya su pijama puesto y escuchaba a Palmon —¿Cuándo había llegado su compañera?— decirle algo, aunque resultaba demasiado lejano como para ver de qué se trataba.

Escuchó un sonido, repentino, y ladeó el rostro.

— Mimi, hija, es Hikari. Ha venido a verte… — Anunció su madre, desde el umbral de la puerta.

Alerta, la joven elegida de la pureza en sus aventuras, le lanzó una mirada fugaz al espejo.

Sonrió cuando sus ojos se cruzaron con la imagen reflejada y decidió que no tenía caso arreglarse más para recibir a Kari. Estaba en pijama pero de todas formas se veía bien.

Su pelo, de un brillante color caoba, recién estrenado, le caía hasta por debajo de los hombros, con gracia y soltura, enmarcando su rostro pálido.

Solía llevarlo suelto, era preferible para ella, aunque no negaba que por momentos, cuando algunos mechones caían directo hacia su cara, le gustaría tener algunas horquillas para sujetarlo.

Se arrepintió de haber dejado la tarea a medias y se mordió el labio mientras intentaba acomodar la ropa desorganizada que había separado de su armario. Para olvidar las confuciones de su mente, la joven comenzaba a ordenar y acomodar sus cosas.

Ya bastantes cosas tenía en las que pensar como para seguir dándole vueltas al asunto.

Ya estaba decidida…

Iba a luchar por lo que quería.

Ella era así.

No podía evitarlo, no quería evitarlo porque era parte de su carácter, de su naturaleza.

Si bien la historia con Taichi había nacido en ese choque que habían tenido un año atrás, no era por eso que sentía que tenía derecho a intentarlo.

Él era el caballero del cuento, el héroe con su armadura brillante, dispuesto a salvar a la princesa. La hacia reír, la mantenía protegida y al resguardo… La ayudaba, la escuchaba…

¿Por qué no podía quererla también?

Se preparó mentalmente para la conversación que iba a tener.

— ¿Mimi, puedo pasar?

— Si, claro —replicó, con naturalidad, apartando con sus brazos toda la ropa que ocupaba innecesario espacio sobre el edredón rosado de su cama — Siéntate… Lamento el desorden…

— Estoy acostumbrada —rió la hermana pequeña de Taichi, pensando en la habitación de su consanguíneo — He venido porque necesito hablar contigo…

Tachikawa hizo un mohín nervioso — Sí, eso pensé…

Kari se mordió el labio, porque, en realidad, no tenía idea de cómo encarar realmente el tema que le inquietaba.

Si, su hermano era el quid de la cuestión y, eso, simplemente, lo hacia difícil. Porque ella no soportaba ver a Taichi —su Taichi, su ídolo, con él que juró en la infancia iba a casarse cuando creciera porque era su héroe hasta que conoció a cierto… rubio— tan confundido, tan ajeno y perdido…

— Mimi…

Pero Tachikawa, que jamás había sido de las personas que ocultan lo que piensan, la interrumpió — ¿Has intentado platicar esto con Sora también?

La joven de ojos cobrizos contempló, aturdida, el semblante de su interlocutora — No, Mimi. No he hablado con Sora… Es… —soltó un suspiro — Es que no me gusta la situación y no quiero que ninguno de los tres sufra… Y mucho menos tú…

Se sintió un tanto ofendida — ¿Insinúas que sabes que voy a sufrir entonces?

— Mimi, eres mi amiga. En todo este tiempo juntas, nos hemos conocido mejor y…

— Kari, aprecio que intentes darme consejos pero no creo que puedas comprenderlo —informó Tachikawa, mientras apartaba la mirada de los ojos luminosos de la menor. Yagami esperó, pacientemente, hasta que sus miradas se encontraron nuevamente. Mimi se quedó unos instantes, contemplando a la muchacha pero luego, caviló para darle una mejor explicación — A mí me gustaría que alguien me mirase como T.K te mira a ti…

La joven Yagami se ruborizó por completo, sin poder evitarlo.

No comprendía como el tema había llegado a Takeru Takaishi, después de todo.

— Incluso Davis… —comentó Mimi, con aire distraído — Sora y tú han tenido mucha suerte, ¿sabes? Las dos han tenido a dos chicos riñendo por su amor — Tachikawa quiso reír, pero se mostró un tanto molesta — ¿Por qué a todos les molesta que yo quiera eso? A ti, a Matt, a Sora…

— No, Mimi —indicó, con suavidad la castaña — No nos molesta que quieras enamorarte. Nos preocupa que salgas lastimada en esta situación… Mi hermano está enamorado de Sora, Mimi. Ella ha ido a verlo y… no he podido evitar escucharlos… —se ruborizó, nuevamente. Ahora sentía que traicionaba a su hermano — Quiero que Taichi sea feliz, pero no quiero que nadie sufra por ello… Si puedo evitarlo.

— ¿De verdad estás segura de que él elegirá a Sora? —dudó, suavemente la aludida — ¿No piensas que yo he considerado eso?

Hikari parpadeó, extrañada — ¿Qué dices?

— Sé que puedo salir lastimada, Kari. He visto demasiadas novelas de amor para saber que siempre una de las tres partes pierde, o dos… o las tres. Sé que pueden romperme el corazón… Pero… ¿No piensas que también puedo ser la elegida? Tal vez, después de todo, también haya encontrado a mi caballero de los cuentos…

Kari pensó que Mimi ya tenía a alguien que la miraba de esa forma que tanto deseaba.

Sin embargo, la joven Tachikawa parecía ajena a la mirada del pelirrojo que tanto había ayudado a la compañera de aventuras.

No es que quisiera que Mimi o Sora sufriesen pero, lo que le gustaría, es que esa situación no existiese. No tenía que intervenir… No podía decidir nada por su hermano adorado, aunque quisiera.

Pero tenía que intentarlo. Todo quedaba en manos de Taichi.

Decidió que no podía hacer más. Sonrió — ¿Puedo pedirte algo más, Mimi?

Tachikawa le devolvió el gesto, notando el cambio en el tono de voz de la elegida de la luz.

— Claro que sí, Kari.

— ¿Cómo puedo convencer a Davis que no quiero salir con él?


Sora Takenouchi frunció el ceño cuando la punta del lápiz se rompió al hacer contacto con el papel.

Fijó la mirada en las líneas que había trazado, casi al azar sobre la hoja blanca y comprendió que no estaba delineando más que una figura humana, una silueta femenina que, quizás, podría ser ella.

Cuando dibujaba —algo que había comenzado a hacer cuando regresó del digimundo porque, entonces, quiso mostrarle a su madre algo que excedía su vocabulario y no sería suficiente con palabras— lo hacia en general para abstraerse y olvidarse de las cosas.

Antes jugaba al futbol para hacerlo, y como era más complicado jugar con un balón o practicar tenis en una casa de familia en la noche… Se conformaba con algo menos problemático.

Aunque le hubiese encantado poder hablarle a Tai y pedirle que se reuniesen para practicar con el balón. Quería ver si seguía siendo tan buena…

O tal vez, solo quería pasar un poco más de tiempo con él…

Suspiró.

Y el pequeño lápiz se rompió.

Sintiéndose frustrada por no ser capaz de acabar aquella simple tarea, dejó su trabajo sobre la mesa con expresión cansina.

No estaba dibujando porque lo deseara.

En realidad, no tenía intenciones reales de dedicarse a esos bocetos y su desgana se traslucía en las líneas, tan suaves, irregulares y curvas que apenas conformaban el contorno.

Quizás solo ella viese una figura humana, quizás no se tratase más que de líneas desorganizadas.

Con el mentón apoyado en la palma de su mano, habiéndose resignado a que la musa de la inspiración parecía haberse tomado unas inmerecidas vacaciones, la pelirroja comenzó a contemplar lo que había a su alrededor.

Tenía que concentrarse en algo para no pensar en lo que había ocurrido en la casa de su mejor amigo.

Apenas llegada a su casa después de aquella…

No, no quería pensar en eso.

Había llegado a su casa luego de un día que había comenzado como desastroso y acabó como… ¿qué? Extrañísimo.

Realmente, no tenía otras palabras para describir su día. O, siendo sinceras, su semana.

Todo había ido de mal en peor…

Con Mimi, principalmente.

Desde hacia un par de semanas la tensión que existía entre ella y Tachikawa había aflorado de manera especial y el día anterior, justo cuando se encontraban con unas amigas en la puerta del instituto —antes de que se anunciase que aquel era el último día de clases— había comenzado todo.

O se había desatado.

Había escuchado a Mimi hablar con Yolei, y no pudo contenerse.

Encaró a Mimi, le dijo algo sobre Michael, ella le habló de Matt, discutieron, llegó Taichi, las contempló confundido… Y ella, lo dejó solo…

"Nunca te dejé en el medio, Sora. Nunca te puse en el lugar que ustedes me pusieron a mí…"

Seguramente él se sentía decepcionado de ella.

Era tan…

Se mordió el labio al recordar las palabras frenéticas de Mimi en ese momento de furia. Sabía que, usualmente, la joven Tachikawa decía las cosas que llegaban a su mente… Sin pensar en lo que contenían.

Sí, lo sabía…

¡Eran amigas, la conocía!

"¿Sabes que lo apartas continuamente, que te alejas y le dices que es tu amigo pero cuando quiere a otra persona, regresas y le reclamas? ¿De verdad sientes derecho de hacer eso?"

Pero eso era peor, porque eso decía que Mimi en realidad pensaba eso de ella.

¿Lo pensaría también él?

Era algo que no estaba segura de querer saber… Porque…

¿Qué iba a ocurrir si descubría que Tai se había decepcionado de ella?

Con Taichi Yagami, desde pequeños, se habían entendido muy bien. Casi en el momento en el que se conocieron, podría decir. Aun recordaba la vez que vio en el parque —aquel recuerdo lejano medio perdido entre las memorias infantiles— que se parecía más aun sueño que a una anécdota.

Porque ella había ido allí y él había lanzado el balón cerca de donde ella se encontraba. Entonces, ella le dio una patada para alcanzarle el esférico y…

Bueno, desde ese primer golpe habían sido los mejores amigos.

Ese chico de cabello alborotado, rebelde. Aquel niño con ojos chocolate, traviesos y pícaros.

Y ella siempre había obrado como la voz de la razón en ese niño revoltoso.

"Sora, eres mi mejor amiga. Prometimos… ¿Amigos por siempre y para siempre jamás, recuerdas?"

Aquellas palabras sonaron en sus pensamientos, como infundiéndole tranquilidad. Porque quería tener tranquilidad, pero quería no nadar en ese mar de confusiones que era su cabeza en ese instante.

Quería un poco de paz, despejarse, no pensar ni en Tai ni en Mimi… Ni en sus amigos…

Ni…

"Deberíasescuchar más a tu corazón y menos lo que dice tu cabeza."

Y no había hablado con ninguna de sus compañeras digidestinadas y el único que se había acercado a ella había sido Joe porque, en las palabras textuales del antiguo elegido de la sinceridad, la vio sola y confundida.

El buen Joe, siempre tan atento e inteligente.

Solía acertar en sus veredictos, aunque ni él mismo se lo creyese.

Porque así se sentía exactamente, sola y confundida. ¿Qué era lo que tenía que hacer ahora?

Sintió que alguien le tocaba el hombro, suavemente y dio un respingo, inquieta.

No era raro. Después de estar sumida en sus pensamientos y rodeada de silencio, aquello la hizo dar un salto del susto.

Los ojos rubíes se encontraron con la mirada oscura de la autora de sus días, que le sonreía de manera cariñosa y, al parecer, también divertida.

— Llevas así más de media hora, cielo — Susurró su madre y le acarició un brazo de manera intranquila — ¿Hay algo que te preocupe? ¿Algo que quieras decirme…?

Miró la expresión tranquila de Toshiko y pensó en todo lo que les había costado hallar un punto de equilibrio en la relación.

Había sido cuando llegó al digimundo y Biyomon, su querida Biyomon le dio vuelta su propio panorama, la arrancó de su eje y la colocó en la posición de su madre…

Entonces vio que, lo que ella pensaba era rechazo, era preocupación. Y la preocupación la enterneció a tal punto que encendió el que había sido su propio emblema…

Estaba sintiendo eso mismo en ese instante, cuando su madre clavaba la mirada en su rostro, como aguardando algo de ella.

— No quiero hablar de ello, mamá…

Toshiko frunció el ceño, aunque estaba confundida. Le acarició el brazo a su hija y luego, le mostró una sonrisa — Entonces, cambia esa cara preciosa… —bromeó, aunque se notaba la preocupación en sus facciones — Tengo una sorpresa para ti.

Sora tuvo qué sonreír anticipadamente, sin embargo porque sabia que se trataba de alguien especial — Hola, cielo.

Se giró de manera inmediata al oír la voz de su padre.

— Papá… —sonrió ella, abandonado por completo la tarea.

Dejó el lápiz —o parte de él— sobre las hojas blancas, todas ellas sin dibujos y se levantó de la silla con rapidez, casi haciendo que esta cayese contra el piso.

Haruhiko pensó que lo más destacado en el rostro de su hija eran sus ojos de un precioso color escarlata.

El cabello pelirrojo, brillante y corto, le rozaba apenas la línea de los hombros. Su sonrisa era dulce y amable, pero ya casi no se distinguían rasgos infantiles en el rostro de su pequeña.

Era alta, de piernas largas y figura envidiable. Se sorprendió al tenerla de frente. No debería serle extraño porque ella tenía ya diesi hete años —en septiembre cumplía los dieciocho— y era toda una mujer.

Vestía sencillamente. Una remera sin mangas amarilla con detalles blancos y unos jeans.

La rodeó con los brazos, sintiendo cierta nostalgia al comprobar qué pronto escaparía de su alcance.

Porque sabía qué tarde o temprano su cielo encontraría alguien qué la amase.

Si es que no lo había hallado ya… Tenía que prepararse para dejarla ir.

Aunque Sora, su cielo, por siempre, iba a ser su adoración.

Pese a que ella, en realidad, no lo sabía. Siempre habían tenido una relación… tan fuerte y compleja como frágil, porque no había otros modos de definir el vínculo que compartía con su pequeño cielo. Al principio, en realidad, no había sido tan así… Pero encontraron una manera de equilibrarlo todo cuando ella regresó del digimundo…

Sí, Sora le había escrito una carta. Todo por una carta y un dibujo adjunto.

Se apartó del abrazo que él mismo había iniciado.

— Déjame verte, cielo. Te ves preciosa... ¿No saldrás con ningún muchacho, verdad?

Sora se ruborizó un poco, negando con el rostro.

Había descubierto que no todo aquello que era femenino era malo y —con el correr de los años— que era lindo que dejasen de preguntarle sí era una chica. Le gustaba sentirse bonita… Así se sentía cuando Matt la miraba… Y así le hubiese encantado sentirse cuando Tai la miraba.

Pero Taichi Yagami la hacia sentir vulnerable, un poco nerviosa y sumamente torpe sino estaban jugando al futbol.

Era como si, cuando jugaba al tenis, y estaba con él… No era Sora.

Y solo cuando tenía el balón y corría, podía sentirse que ambos habían encontrado su equilibrio…

Era extraño…

Y, sin lugar a dudas, algo que no quería pensar.

— ¿Sucede algo? —inquirió, entonces, el autor de sus días.

— No, papá —mintió, esbozando una sonrisa.

Era el momento de hacer lo que siempre así en esos casos.

Encerrar los problemas en una caja, y enviarlos al fondo de su mente para no pensar en ellos. Sabía que ese era el motivo por el que las cosas se complicaban, pero no podía evitar utilizarlo.

Era su arma, su manera de defenderse y no solo contra sus problemas.

También contra sus sentimientos.


— ¿Tai? —llamó Agumon — ¿No me estabas escuchando, Tai?

— No, lo siento. ¿Qué decías?

Agumon negó con la cabeza. Se sentía algo molesto. Su amigo prácticamente había ignorado todo su discurso…

Y eso que había tratado de serle útil. Pero no le gustaba para nada verlo así. Tenía que ayudarlo.

— Tu no serás feliz si dejas las cosas a medias, Tai. Además… Sabes que el que puede salir más herido eres tú, ¿verdad?

Lo contempló, aturdido. Agumon había sonado como un adulto, más adulto de lo que nunca había sido

— Sí, lo sé.

— Lo que tienes que hacer es fácil. Deberías encontrar tu punto de equilibrio…

— ¿Mi qué? — No entendía porque, en algún momento, le pareció que era sensato escuchar a un ser digital.

— Para que las cosas resulten como deseamos, es bueno que todo tenga un equilibrio… Sin demasiados excesos… Ni escasez. Pero lo perdiste con las chicas… Solo tienes que encontrar el punto exacto para que todo se solucione… —reflexionó — ¿Qué planeas hacer?

¿Planear? No servía para planear. Simplemente se dejaba guiar por sus emociones. Por eso todo era tan contradictorio.

— No quiero perder a Sora —confesó, en medio del silencio — La necesito demasiado como para arriesgarme a perderla, Agumon. ¿Qué ocurre si lo que siento por ella no es lo que creo? ¿Y si mi madre está equivocada y ella no siente nada por mí?

— Entonces, utilizarías a Mimi —masculló Agumon, contemplándolo con seriedad y haciéndolo callar al instante.

— No quiero jugar con Mimi —discutió, sorprendido de ver que su compañero había llegado a esa conclusión — Mimi es una gran amiga mía. No quiero hacerle daño a ella, Agumon. Sabes que Mimi ha hecho que cambie mi perspectiva de ella en todo este tiempo, me encantaría poder corresponderle... O estar seguro de si le correspondo...

Estaba confundido. ¿Era Mimi lo que lo detenía?

— Yo creo que el problema de todo… Es que estás mintiéndote a ti mismo. —aseveró, con seguridad inaudita — Siempre has querido a Sora… ¿Por qué la duda ahora?

La duda. La pregunta de Agumon hizo brotar un sinfin de cuestiones. Todas enlazadas a esa.

— ¿Y si ocurre con nosotros lo que pasó entre ella y Matt? ¿Que tal si Sora descubre que tampoco sentía por mí lo que yo por ella? Sabes que la relación entre ellos cambió desde que terminaron… ¿Y si eso sucede con nosotros? Yo elegí a Sora para ser una de las personas con las que vivir el resto de mi vida… Pero…

Si la perdía...

— Debes ser sincero contigo mismo, porque ese es el Tai que yo conozco… Pero no es lo único que tienes que hacer…

Exasperado, contempló el rostro de su amigo — ¿Y que más tengo que hacer?

— Es mejor arrepentirse de las cosas que hacemos que de las que no hacemos… Tienes que arriesgarte —comentó.

— Ojala fuese tan sencillo, Agumon.

— Lo es. Solo tienes que seguir a tu corazón, como siempre…

Soltó un suspiro, y luego, se dejó caer sobre la cama.

Agumon tenía razón. Cody tenía razón. Hikari tenía razón. Su madre tenía razón.

No tenía porque darle más vueltas al asunto, no tenía que hacerlo y no podía permitir que ese juego se prolongase por más tiempo.

Aquella situación lo incomodaba porque cualquier movimiento en falso podría romper el corazón de alguna de las personas que quería pero… solo le bastaba una cosa para saber a quien elegía de verdad…

Porque había a una de ellas que no estaba dispuesto a perder bajo ningún concepto ni punto de vista.

Ya sabía lo que tenía que hacer.


N/A: Otra vez me retrasé más de lo esperado —culpen al tiempo, soy inocente en todos los cargos— y en este capítulo no sucede mucho, pero lo creí necesario y aquí está. No estoy segura pero quizás tenga más capítulos de lo que planeé inicialmente, aunque ya veremos... ;D

Genee, nuevamente, espero que te guste este capítulo xD

Muchas gracias a todos los que leen, siguen o comentan esta historia!

Hasta la próxima!