Capítulo 3: Compasión y otros sentimientos.
No recordaba demasiado sobre mi aterrizaje en Midgard. Un fuerte golpe, una voz nerviosa y un suave tacto rozando mi piel. A parte de aquello, todo parecía un sueño nebuloso.
Me incorporé como pude intentando ordenar la hilera de dudas que se acumulaban en mi cabeza. Bien, primero de todo, estaba expulsado de Asgard indefinidamente. Recosté la espalda en el mullido asiento pensando que al menos, el periodo indefinido no implicaba una expulsión certera, podría volver, pero aun no sabía cuando. La segunda de mis dudas llegó con un pequeño crujido de la puerta más alejada a mi. Aquella muchacha se había esfumado como un remolino en cuanto posé mis ojos sobre ella. Estaba casi seguro que aquellos ojos pertenecían a la misma persona que me había suplicado y recogido en aquel paradero desconocido de Midgard. ¿Por qué? Me causaba un gran esfuerzo entender a la raza humana. Contemplé mi brazo, donde aún podía sentir el cosquilleo del contacto humano. Estaba bastante magullado y el tener menos de un tercio de mis poderes no ayudaría a sanarlo antes. Además, podía notar contracturas por todos los lugares posibles de mi cuerpo.
La armadura que llevaba antes de dejar Asgard estaba descansando en uno de los lados de la sala, puesta por orden. Algo rasgada y maltrecha, incluso la armadura había perdido su energía y poder.
Frente a mi, un humeante plato de alguna sustancia humana se enfriaba con el paso de los minutos.
¿Por qué estaba allí? No lo sabía. El hecho de que aquella humana hubiera tenido compasión por mi me revolvía las entrañas.
¿Caridad? ¿Piedad? Incluso misericordia… Aquellas no eran palabras que quería que fueran asociadas a mi nombre.
Aunque en aquel punto, mientras contraía mi espalda al sofá, poco me importaba, ya que sabía que tarde o temprano, Thanos me encontraría… Y no tenía nada más que perder.
Tranquilidad ante todo, María, tranquilidad.
Había dormido con la silla contra el pomo de la puerta. No es que estuviera tranquila.
Anoche aquel extraño me había pillado distraída y no estaba haciendo nada malo, es más, me tendría que agradecer aquello. ¿Por qué había salido corriendo? Era la forma de mirar tan intensamente lo que me asustaba, parecía que podía leer la mente y escudriñar en lo más hondo de mi ser. Aquellos iris verdes eran fascinantemente extraños, cautivadores. No pude articular palabra, así que simplemente huí.
Y ahora estaba contra la puerta, mirando de vez en cuando por la rendija que quedaba entre las bisagras, sabiendo que aquel muchacho no se había movido del sitio a pesar de que había pasado una noche entera.
¿Y ahora que hacía? No podía salir sin más y saludarle… No tenía la capacidad de aguantar su mirada más de treinta segundos sin sentirme completamente indefensa. Aunque, mirando bien, parecía haberse quedado dormido…
Tampoco tenía nada que hacer, la verdad. Bueno, pensándolo bien, tenía que buscar un trabajo desesperadamente. Anoche no pude dormir y fui buscando aleatoriamente por páginas de internet de trabajos temporales. Nada interesante en el campo artístico, por no decir que no había nada a 100 kilómetros a la redonda a lo que alguien como yo pudiera acceder.
Eché un ojo de nuevo al salón, y como parecía dormir, abrí la puerta y salí corriendo hacia la entrada.
Corrí escaleras abajo y cuando ya había entrado al coche, después de varios intentos, arranqué, dispuesta a no volver a entrar en casa en todo el día.
El día no había sido absolutamente nada productivo. Repartí currículos a destajo, incluso sabiendo que muchas zonas en las que los había repartido no solicitaban nueva plantilla; pero no quería volver pronto a casa. Se que era muy estúpido por mi parte dar cobijo a alguien que parecía sospechoso (a la vez que tierno) y huir dejándole mi casa a sus anchas. Sonaba más idiota si lo decía en voz alta, así que simplemente renegaba en voz baja culpándome y a la vez envalentonándome a entrar con dignidad a mi propia casa.
Subí más lento de lo normal las escaleras del edificio hasta llegar al último piso. Me detuve en la puerta, ingeniando alguna buena conversación imaginaria con el extraño, encajé las llaves y antes de poder abrirla mi móvil empezó a entonar una conocida canción. Algo nerviosa pensando que podría ser algún posible trabajo, cogí el teléfono dejando la puerta desatendida.
- ¿Sí? – Pregunté con una voz más débil de lo que quería.
- ¿María? – Dijo una voz dulce al otro lado de la línea.
- Sí, soy yo. – Contesté, mirándome los pies con algo de nerviosismo ya que el número que se había reflejado en la pantalla de mi teléfono era desconocido.
- ¡Hola! – La voz se alegró, y aunque me sonaba su timbre y acento, no podía descifrar de quien se trataba. – Tony, te debo diez pavos. – Murmuró alejándose del teléfono. Espera… ¿Tony? – María, soy Steve, no se si te acuerdas del encuentro que tuvimos hace poco…
- ¿STEVE ROGERS? – Elevé la voz más de lo normal y empecé a dar vueltas sobre mi misma aferrándome al teléfono como si se me fuera a caer.
- ¡Vaya! Parece que si me recuerdas. – Afirmó soltando una hermosa carcajada. – Verás, se que es un poco extraño, pero conseguí tu número gracias a Stark y sus aparatos extraños. – Asentí con la cabeza, como si pudiera verme. – ¿Recuerdas que me quedé con algunas de tus ilustraciones? Pues bien, será mejor que te pases por el edificio de Tony mañana a primera hora, tenemos algo que proponerte.
- ¡Oh! De acuerdo. – Dije controlando mi voz lo máximo que pude mientras hacia aspavientos de emoción en modo mudo.
- Estoy seguro que te gustará. – Casi pude imaginármelo sonriendo y aferré más el teléfono. – Bueno, espero que pase una buena noche señorita, hasta mañana.
- Has-hasta-ta mañana. – Murmuré mientras me quedaba mirando un punto fijo de la pared.
Colgué, y perdiendo la compostura momentáneamente, me dediqué un baile por el rellano de la escalera. ¡Steve Rogers me había llamado al teléfono! ¡Sí! ¡Y tenían que ofrecerme algo! Ahora mismo me importaba más el hecho de que mañana vería a los héroes locales que la propuesta…
Entré a mi casa dando un pequeño salto y una voz gélida detuvo toda celebración y me devolvió a la tierra.
- Así que trabajas para la SHIELD… Debí imaginarlo. – El extraño estaba de pié, en medio del salón, y todo a su lado parecía pequeño.
Era demasiado esbelto y alto, parecía una figura griega en movimiento. Lucía un poco más de color en sus mejillas, pero su tez era pálida y eso solo hacía que resaltar más sus ojos verdes, enormes y majestuosos, ahora posados en mi con total atención y dedicación. Me sentí pequeña y vulnerable, se me olvidó por completo que tenía que respirar a una velocidad normal y me vi atrapada en mi propia casa.
- ¿Que es lo que quiere esta vez Furia? – Dijo arqueando una ceja y mirándome de arriba abajo. – Aunque pensándolo bien, o están cortos de personal o tu eres nueva. No te ofendas, pequeña, pero no eres el tipo de amenaza que resulta… ofensiva.
- Se puede saber que es de lo que estas hablando. – Murmuré en una voz que no parecía la mia, demasiado aguda e irregular.
- Shield.
- ¿Qué es Shield? ¿Una especie de banda de matones? – Me crucé de brazos, intentando darme un poco de autoridad. - ¿Son esos los que te perseguían el día que te encontré en la carretera?
- Nadie me persigue, estúpida humana. – Rodó los ojos, llevándose una mano a las sienes.
- Encima me llamas estúpida. Deberías darme las gracias. – Me llevé las manos a las caderas, aquel insensato no sabía nada de nada.
- No soy muy dado a agradecer por las cosas que no he pedido, ¿sabes? – Se acercó un paso más, y mi perspectiva de aquel muchacho se fue aclarando. Era tremendamente alto…
- Muy bien, pues ahí tienes la puerta. – Me puse un poco nerviosa por la cercanía y retrocedí un paso, sosteniendo el pomo de la puerta de entrada.
- Oh, si, eso parece dársete muy bien, ¿verdad? – Sonrió de medio lado. – Huir no es mi estilo. Ahora dime, ¿de que conoces a Steve Rogers?
- No te lo pienso contar, y ahora, sal de mi casa. – Señalé al rellano.
- La pequeña humana se ha puesto rebelde… - Con una zancada pude sentir su presencia a centímetros de la mía, ahora tenía que mirar hacia arriba si quería enfrentarme a su rostro.
- Te-te he dicho que no-no se que es Shield. – Tartamudeé un poco, y su sonrisa de lado se ensanchó.
- Muy bien… - Se acercó un paso más, reduciendo la distancia a un escaso palmo. - Y ahora dime… – Sostenía su mirada aunque yo tuviera que elevar mi cabeza para verle los ojos. - ¿De que conoces a Rogers?
Antes de poder contestar, una fuerte sacudida inundó la sala. Todo empezó a temblar levemente, una extraña luz azulada entraba desde la ventana del salón. Contemplé el paisaje, y el cielo pareció clarear a un azul eléctrico. Como si se tratase de un rayo cegador, y sobresaliendo por encima de todos los edificios, la luz se expandió, y con otra descarga más de aquel estruendo azulado, el edificio entero comenzó a agitarse.
- Tenemos que salir de aquí. – Grité por encima del ruido ensordecedor que inundaba la ciudad.
- No. – Recibí como respuesta. Trastabillé con la sacudida y antes de caer, una mano sostuvo mi antebrazo. – Será peor si sales.
- ¿Cómo lo sabes? – Pregunté elevando mi voz ya que era incapaz de oírme hablar.
- Simplemente lo se. – Contestó, sin dejar de sostenerme.
Después de otra sacudida más, la luz dejó de reflejarse y el edificio dejó de temblar.
- Esta bien humana. – Me sostenía cerca de si, mirándome con aquella mirada gélida. Su mano estaba firmemente sujeta a mi brazo, tanto, que empezaba a doler. No podía mirar a otro lado que no fuera a esos grandes ojos verdes. - Yo dejo de hacer preguntas si tú me permites asilo.
Me quedé muda por unos segundos. ¿Quién era ese muchacho? ¿Por qué hablaba de forma tan extraña? ¿Qué acababa de suceder, y porque parecía manejarlo con más naturalidad que la normal? Además… Parecía estar demasiado interesado en aquella extraña asociación y en Steve. Aquel chico escondía algo más, algo que no parecía querer revelar. ¿Y ahora me estaba pidiendo cobijo? Tal vez, mi laberinto de dudas no estuviera tan mal encaminado… Tal vez, aquel chico si estaba huyendo de alguien a toda costa.
Una chispa de compasión nació en mi ser, y pude encontrar una llama de calidez en aquel verde hielo de sus ojos. Sin poder articular palabra, asentí, no sabiendo bien en donde me estaba metiendo.
