hola hola jejej fanatics de Alice y Jasper estoy muuuy Alegre xq sus opiniones acerca de la historia son muy buenas jeje y les digo dsd ya ke se ke la historia les va a facinar jjejejejeje
recuerden de ke nada me pertenece
Capitulo 3
Ella no era antipática, se decía Alice mientras elegía un vestido para la cena. En realidad, todo el mundo la consideraba amable. Cierto, podía ser muy testadura en lo que a los asuntos de negocios se refería, pero siempre había creído que eso era cosa de familia. Ella no era antipática. Salvo con Jasper.
Pero él se lo merecía, se decía mientras se ponía un vestido de seda azul turquesa, muy ceñido y sin tirante. Era tan engreído y condescendiente... Ella no tenía por qué tolerarlo, por muy heredero al trono que fuera. Allí no estaban jugando al príncipe y el mendigo. La familia de Alice no era de estirpe regia, pero sí irreprochable.
Ella había ido a los mejores colegios. Tal vez los odiara, pero el caso es que había asistido a ellos. Se había codeado con los ricos, con los famosos, con los influyentes durante toda su vida. Y había triunfado. No gracias a su familia, sino a su talento.
Cierto, había descubierto muy pronto que su ambición de ser actriz nunca rendiría frutos muy suculentos, pero su amor por el teatro nunca se había desvanecido. A ello había que añadir su innata capacidad para los negocios y su capacidad para la organización. La Compañía Teatral Brandon había nacido y florecido. No admitiría que Jasper el Grande se comportara como si le estuviera haciendo un favor por dejar que su compañía actuara en su Círculo de Bellas Artes.
Ellos habían actuado en el Lincoln Center, en el Kennedy Center, en el Mark Taper Forum, siempre con buenas críticas.
Alice había trabajado con ahínco para encontrar a los mejores intérpretes, para desarrollar su talento, para ampliar sus propios límites, y ahora llegaba el príncipe Jasper, dándole su gracioso permiso para actuar. Frunciendo el ceño, Alice se abrochó alrededor del cuello una gruesa cadena de oro. La Compañía Teatral Brandon no necesitaba su aprobación, por muy graciosa que fuese.
Ella tampoco necesitaba su aprobación, ni su condenado sello regio. Pero negarse a actuar en Cordina sería una estupidez imperdonable.
Alice empezó a cepillarse el pelo. Entonces notó que solo llevaba puesto un pendiente. Aquel príncipe la estaba volviendo loca, pensó, y buscó el pendiente de zafiros en la cómoda.
¿Por qué no era Emm el presidente del Círculo? ¿Por qué no seguía dirigiéndolo Bella? Con cualquiera de ellos, se habría sentido a gusto y relajada. Si aceptaba el trabajo, podría hacerlo con toda profesionalidad, pero sin más quebraderos de cabeza que los necesarios. ¿Qué había en Jasper que le hacía rechinar los dientes?
Alice se puso el otro pendiente y observó su reflejo con el ceño fruncido. Aún recordaba la primera vez que vio a Jasper. Entonces tenía veinte años y, aunque él era solo unos años mayor, le pareció muy adulto, muy responsable. Emmett la sacó en el primer baile, pero ella no dejaba de observar a Jasper. Reconocía que, en aquella época, era muy fantasiosa, y que imaginaba a Jasper como uno de esos príncipes que rescataban a damiselas en apuros y mataban a dragones. Él llevaba una espada al cinto, únicamente de adorno, pero ella se lo había imaginado desenfundándola.
Aquel enamoramiento se había producido rápidamente y, por suerte, se había desvanecido con idéntica celeridad. Tal vez ella fuera fantasiosa, pero, como el propio Jasper había dicho, no era tonta. Ninguna mujer sensata ponía sus sueños en alguien que la miraba con recelo y reprobación. De modo que le resultó fácil fijar su atención en Emmett.
Lástima que no se hubiera enamorado, pensaba ahora. La princesa Alice. Riéndose de sí misma dejó el cepillo. No, aquello no encajaba. Por suerte para todos, Emmett y ella se hicieron amigos antes que otra cosa.
Y ella tenía la compañía. Lo cual era mucho más que una ambición: era una necesidad. Había visto a sus amigos casarse, divorciarse y volverse a casar, o simplemente pasar de un lío amoroso al siguiente. Demasiado a menudo, el motivo era el simple aburrimiento. Ella nunca tendría que preocuparse por eso. Dirigir la compañía le podía llevar veinticuatro horas al día, si lo permitía. Y a veces así era, quisiera o no. Si se sentía atraída por un hombre, el negocio y la cautela impedían que llegaran a algo serio. De modo que no había cometido ningún error. Aún. Y así pensaba seguir.
Alice tomó el perfume y se lo roció sobre los hombros desnudos antes de salir de la habitación.
Con suerte, Emmett ya habría vuelto y estaría perezoseando en el salón. Con él, la cena no resultaría embarazosa, ni tensa, durante mucho tiempo. Emmett proporcionaba diversión y alegría con su sola presencia. Alice no estaba enamorado de él, pero lo quería por eso.
Mientras bajaba las escaleras, pasó los dedos por el suave pasamano. ¿Cuántos dedos habrían pasado por allí antes? Cuando estaba dentro del palacio, solo pensaba en él como un lugar, un lugar eterno e inamovible. Aunque apenas entendiera a Jasper, podía al menos comprender los motivos de su orgullo.
Pero cuando entró en el salón y se lo encontró allí, solo, se puso tensa. Deteniéndose en el umbral, recorrió la estancia con la mirada, buscando a Emmett.
Cielo santo, qué hermosa era. Al darse la vuelta, su belleza sacudió a Jasper como un golpe. Aquella belleza no tenía nada que ver con la seda, ni con las joyas. Alice habría podido vestirse de harpillera y aun así asombrar los sentidos. Misteriosa y sensual, casi rozando la excitación, había en ella algo primitivo, algo natural e inquietante en su sexualidad que hacía que cualquier hombre la deseara solo con verla. Aquello formaba parte de ella desde que era poco más que una niña. Jasper llego a la conclusión de que poseía aquella cualidad desde su nacimiento, y la maldijo por ello.
Su cuerpo se puso tenso, su semblante se crispó en una fría mueca al ver que la mirada de Alice vagaba por la habitación. Sabía que estaba buscando a Emmett. Que esperaba encontrarlo allí.
- Mi hermano se ha retrasado -él estaba de pie, con la espalda apoyada en la impecable chimenea. La negra chaqueta de etiqueta le sentaba bien y, al mismo tiempo, lo constreñía-. Esta noche cenaremos solos.
Alice permaneció donde estaba, como si dar un paso adelante supusiera un compromiso que no estaba dispuesta a admitir.
- No hace falta que se preocupe por mí, Alteza. No me importa cenar en mi habitación, si tiene otros planes.
- Es mi invitada. Mis planes consisten en cenar con usted -Jasper se dio la vuelta para servir las bebidas-. Entre, Alice. Le prometo que no lucharé con usted sobre el suelo.
- Estoy segura de que no -dijo ella con idéntica cortesía. Acercándose a él, extendió la mano para tomar la copa-. Y no estábamos luchando. Yo lo tumbé.
Él bajó lentamente la mirada. Ella era esbelta como un junco y apenas le llegaba al hombro. No podía creer que hubiera tumbado a su hermano físicamente. Pero, emocionalmente, era otro cantar.
- Admirable. Entonces, le prometo que no le daré ocasión de tumbarme. ¿Le agradan sus habitaciones?
- Son perfectas, como siempre. Que yo recuerde, casi nunca cenan solos en palacio. ¿Esta noche no hay cena de estado, ni recepción oficial?
Él la miró otra vez. Las luces eran tenues y daban a su piel el lustre del satén. Quizá tendría el mismo tacto.
- Cenar con usted podría considerarse una recepción oficial, si lo prefiere.
- Quizá sí -ella lo observó por encima del borde de la copa mientras bebía-. Y bien, Alteza, ¿hablamos de naderías o de política internacional.
- Hablar de política en la cena quita el apetito. Sobre todo, cuando se está en desacuerdo.
- Eso es cierto. Nunca hemos estado de acuerdo en muchas cosas. Entonces, hablemos de naderías -acercándose a un jarrón lleno de rosas, acarició los pétalos-. Leí que pasó unas semanas en Suiza este invierno. ¿Qué tal el esquí?
- Excelente -Jasper no mencionó cuál había sido el auténtico motivo de su viaje, ni le habló de las largar horas que había invertido en encuentros y discusiones. Intentaba no mirar los largos y finos dedos acariciando los rojos pétalos de las rosas-. ¿Usted esquía?
- Voy a colorado de vez en cuando -dijo, encogiéndose de hombros con indiferencia. ¿Cómo podía comprender él que no tenía tiempo para juegos y viajes de placer?-. No he vuelto a Suiza desde que acabé el colegio. Siendo de Houston, prefiero los deportes de verano.
- ¿Como cuáles?
- Como nadar, por ejemplo.
- Entonces, permítame decirle que la piscina estará a su disposición durante su estancia.
- Gracias -silencio. Alice notó que su cuerpo se tensaba-. Parece que se nos ha acabado la charla, y aún no hemos cenado.
- Entonces, tal vez deberíamos hacerlo -le ofreció su brazo y, aunque vaciló, Alice se lo dio-. El cocinero recordaba que le gustaba especialmente su poisson bonne femme.
- ¿De veras? Qué maravilla -le sonrió levemente-. Que yo recuerde, me gustaba aún más su pôt de crème au chocolat. Volví loca a la cocinera de mi padre hasta que consiguió hacer algo parecido.
- Entonces, le gustará el postre de esta noche.
- Engordaré -dijo ella y luego se detuvo a la entrada del comedor-. Siempre me ha gustado este salón -murmuró-. Es tan intemporal, tan sobrio...
Volvió a observarlo: las dos lámparas relucientes que derramaban luz sobre la mesa maciza y los suelos bellamente pulidos. Su tamaño con la intimidaba, aunque en aquella mesa se podía acomodara más de un centenar de comensales.
Ella solía preferir las habitaciones más acogedoras, más íntimas, pero aquel salón rezumaba poder. Dado que había crecido con él, el poder era algo que esperaba y respetaba. Pero era sobre todo la antigüedad de la estancia lo que la fascinaba. Si se quedaba muy quieta, completamente en silencio, casi le parecía oír las conversaciones que habían transcurrido allí a lo largo de los siglos.
- La primera vez que cené aquí, temblaba como una hoja.
- ¿De veras? -intrigado, él permaneció a su lado, en la entrada-. Recuerdo que parecía notablemente tranquila.
- Oh, siempre he sabido guardar las apariencias, pero en realidad estaba aterrorizada. Aquí estaba yo, recién salida del colegio, cenando en un palacio.
- ¿Y ahora?
Sin saber por qué, Alice le soltó el brazo.
- Ahora hace ya mucho tiempo que dejé el colegio.
La mesa estaba puesta para dos, con candelabros y flores frescas. Alice tomó asiento a un lado, dejando que Jasper se sentara a la cabecera de la mesa. Cuando se sentaron, un criado sirvió el vino.
- Resulta extraño -dijo ella al cabo de un momento. Las otras veces que he venido, el palacio estaba lleno de gente.
- Bella y Edward rara vez se quedan aquí ahora que tienen su granja. O sus granjas -se corrigió-. Reparten su tiempo entre sus respectivos países.
- ¿Son felices?
Él alzó las cejas, tomando su copa.
- ¿Felices?
- Sí, ya sabe, felices. La felicidad viene en alguna parte de la lista, después del deber y la obligación.
Él guardó silencio mientras les servían la langosta. Ella había acertado al hablarle de aquella lista. Él nunca podía anteponer su felicidad al deber, sus sentimientos a sus obligaciones.
- Mi hermana no se queja. Ama a su marido, a sus hijos y a su país.
- No es lo mismo.
- Nosotros hemos hecho cuanto estaba en nuestra mano para aligerar sus deberes oficiales.
-Es maravilloso, ¿no le parece?, que después de la terrible experiencia que tuvo que pasar, ahora lo tenga todo -notó que él asía con tanta fuerza el tenedor que se le notaban los nudillos, y le tendió la mano automáticamente-. Lo siento. A pesar del tiempo que ha pasado, ha de ser duro pensar en ello.
Él se quedó callado un momento, mirando la mano esbelta y blanca de Alice sobre la suya. Y, de pronto, se sintió reconfortado. No esperaba aquella reacción. De haber podido, la habría agarrado de la mano.
- Siempre será duro pensar en ello, e imposible olvidar que en parte gracias a usted se salvaron mis hermanos.
- Yo solo fui a pedir ayuda.
- Pero supo conservar la cabeza. De no ser así, los habríamos perdido a ambos.
- Yo tampoco podré olvidarlo -dándose cuenta de que seguía con la mano posada sobre la de él, la apartó y tomó su copa-. Todavía puedo ver la cara de esa mujer.
- La amante de Aro.
Dijo aquello con una violencia tan reprimida que ella se estremeció.
- Sí. Su rostro cuando apuntaba a Bella con la pistola. Entonces fue cuando me di cuenta de que los palacios no eran lugares de ensueño. Es un alivio saber que Loubet, Aro y ella están en prisión.
- Y allí seguirán. Pero Aro ha movido los hilos desde la cárcel otras veces.
- ¿Es que ha ocurrido algo más? Emmett y yo hablamos de ello, pero...
- Emmett necesita que le den lecciones de discreción.
Ella se estremeció, mordiéndose la lengua para no replicar, mientras les retiraban un plato y les servían otro.
- No me reveló ningún secreto de estado. Sencillamente, una vez estuvimos recordando, como usted y yo en este momento, que, a pesar de estar en prisión, Aro había ideado el secuestro de Bella utilizando para ello a la secretaria de la princesa y al ministro de estado de su padre. Emmett me dijo que no estaría tranquilo mientras Aro viviera. Yo le dije que era absurdo, pero puede que me equivocara.
- Cuando se es un personaje público, nunca se está tranquilo -era más fácil aceptar aquello que recordar sus propios sentimientos de indefensión al ver a su hermana luchar por dejar atrás aquel trauma, aquel sufrimiento-. Los Cullen gobiernan Cordina desde hace muchas generaciones. Y, mientras sigamos en el poder, nos haremos enemigos. Y no todos están, ni pueden estar, en la cárcel.
Había algo más. Alice lo intuía, pero sabía que sería absurdo intentar que Jasper se confiara en ella. Si quería saberlo, tendría que recurrir a Emmett.
- Parece que los plebeyos tenemos ciertas ventajas, Alteza.
- Así es -con una sonrisa que ella no comprendió, Jasper volvió a empuñar el tenedor.
Cenaron agradablemente, más agradablemente de lo que Alice esperaba. Jasper no se relajó en ningún momento. Ella se preguntaba por qué mientras avanzaban suavemente hacia el postre y el café. Jasper se mostraba amable, cortes... y crispado. Alice deseaba ayudarlo a ahuyentar la tensión que se notaba en la rígida postura de sus hombros. Pero él no era hombre que aceptara la ayuda de un extraño.
Algún día se haría cargo del gobierno. Había nacido para ello. Cordina era un país pequeño, de cuento de hadas, pero, como cualquier cuento, tenía su ración de intrigas y desasosiego. Jasper no se tomaba a la ligera su destino. A Alice, por su educación y sus orígenes, le resultaba difícil comprenderlo, de modo que a menudo, tal vez con excesiva frecuencia, solo veía su inflexible apariencia.
Al menos, no habían discutido, pensaba Alice mientras jugueteaba con el postre. En realidad, con Jasper no se discutía. Con Jasper, uno se enfurecía y se batía con un muro de piedra.
- Estaba buenísimo. Vuestro cocinero solo mejora con el tiempo.
- Le agradará saberlo -Jasper quería que ella se quedara un poco más, solo para sentarse y hablar de cualquier cosa sin importancia. Durante la media hora anterior, casi había olvidado la presión a la que estaba sometido. No era propio de él, pero la idea de subir a sus habitaciones, de regresar al trabajo, carecía de atractivo en ese momento-. Si no estás cansada...
- No os lo habréis comido todo, ¿verdad? -Emmett irrumpió en el comedor y se sentó junto a Alice-. ¿Has acabado? -sin esperar respuesta, engulló el resto de su postre-. No quiero ni pensar en lo que me han dado de comer. Os imagino a vosotros aquí, mientras yo comía bazofia.
- Pues no tienes pinta de estar muerto de hambre -comentó Alice, sonriéndole-. El segundo plato estaba delicioso.
- Tú siempre tan sarcástica. Mira, cuando acabe esto, iremos a dar un paseo. Necesito salir al jardín con una bella mujer, después de pasarme horas en esa absurda reunión.
- Entonces, si me disculpáis... -Jasper se levantó-. Os dejaré solos.
- Ven a dar un paseo con nosotros, Jasper -le sugirió Emmett-. Cuando me coma el resto de tu sorbete.
- Esta noche, no. Tengo trabajo.
- Como siempre -murmuró Emmett, y tomó el plato de postre de su hermano mientras Alice se giraba para ver marcharse al príncipe. No habría sabido decir por qué, pero de pronto sintió deseos de salir tras él. Ahuyentando aquella sensación, se dio la vuelta y sonrió, mirando a Emmett.
hooola jeje ke les parecio?
espero sus reviews
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