Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de masashi kishimoto.
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El deseo del conejo azul
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Cuando Kiba se fue de la residencia... lo único que pensaba era que algo estaba mal.
Recuerdo haberme despedido por la puerta hace dos noches atrás dando las gracias por escuchar algo que yo sé que no debía de importar.
Siento en el fondo de mi corazón que estoy haciendo algo mal.
Pero él dice que está bien amar, así que por eso haga esta bufanda. Por él.
Por Naruto-kun.
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—Onee-san... siempre estás con esa bufanda. —Volvió a berrear mi pequeña hermana mientras me observaba una vez entró a la habitación—. ¿Pronto se la vas a dar o seguirás tejiéndola hasta volverte una arrugada anciana?
Suspirando de cierta forma cansada, tanto por tejer y por haber abusado de mi vista en las noches, no tenía las fuerzas para renegar con ella ni discutir.
—Hanabi... —Tan sólo miré a mi hermana con cansancio. No deseaba pelear con ella porque... pues... no había razón—. ¿Por qué le encuentras tanto interés todo lo que estoy haciendo?
—¡Por que siempre estás Naruto-kun esto Naruto-kun aquello! —Su voz aguada comenzó a fingir romanticismo juntando ambas manos para depositarlas sobre su mejilla como si fuera una niña durmiendo, pero aquel tierno y gracioso show no duró mucho antes de que bajara sus manos y cerrara los puños—. ¿Y qué sucede con Kiba, hm? ¿Cuando vas a abrir los ojos?
Sin pretenderlo, alcé una ceja dubitativa y miré a mi hermana sin comprender el punto al que estaba tratando de llegar. Animándome a realizar la siguiente pregunta:
—¿Sucede algo con Kiba?
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¿Acaso mi hermana es estúpida?
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—¡Pues claro que hay algo mal! —Renegué de nuevo por segunda vez mientras observaba a la ojos perla de mi hermana quien seguía mirándome como boba sin comprender absolutamente nada de lo que decía—. ¡Agh! ¿Es en serio? —Volví a cuestionar pidiendo a gritos que no fuera en serio esa mirada de "Lo siento... no te entiendo".
¿Y la niña boba e inocente soy yo?
—Onee-san. ¿A qué crees que vino Kiba? —pregunté llevando una mano a mi cintura entrecerrando mis lindos ojos.
—A visitarme... —respondió mi hermana con cierta timidez—. Eso creo...
—¡Exacto! —sonreí mostrando brillo en los ojos de júbilo. Por lo menos en algo había acertado—Pero también a... —realicé una pausa, levantando ambas manos como súplica para que ella misma terminara la oración.
—A... —Comenzó a divagar como si se tomara el tiempo pensando sobre cuál sería la respuesta—. ¿A ver cómo estaba?
Me di un golpe un golpe fuerte en la frente por la frustración. Era oficial. Mi hermana es estúpida.
—Me rindo —admití en voz alta indispuesta a mirarle—. De verdad es inútil.
—¡E-Es que no sé, Hanabi!
—¡Estás bruta! —grité, desesperada y con los nervios de punta en un intento de aplacar mi ira para no tomarla por la garganta.
—¡H-Hanabi!
—No sé porqué pierdo el tiempo contigo —respondí dándole la espalda a tiempo para dirigirme a la puerta y subir escalones arriba a mi habitación, y aunque ella me siguió hasta la puerta, sentí su mirada sobre mi como si aún intentara el que yo le dijese lo más obvio del mundo, pero no. ¡No se lo diré! Pero aún así detuve mi caminar cuando llegué a la puerta...
—B-Bueno... pero aun así...
—Creo que debemos esforzarnos más en tu sexto sentido... —comenté girando mi cabeza para verla un poco más calmada.
—¿Eh?
—Hermanita. —Suspirando, llevé una mano a su hombro como consolación mientras trataba de conseguir fuerzas para sonreirle y no golpearla—. No te preocupes. Yo encontraré la manera de hacerte feliz. ¿Entiendes?
No me sorprende su semblante lleno de confusión. Tampoco le di más explicaciones ni ella me los pidió. Tan sólo asintió dándome la palabra y yo sonreí con mayor fuerza bajando mi brazo hasta depositarlo a un lado de mi cuerpo.
—Muy bien. —Caminando a mi habitación, giré mi vista hacia la puerta de entrada donde observé a Kiba salir minutos atrás cuando arribé a la habitación de mi hermana. ¿Cómo no poder reconocer su rostro lleno de soledad, envidia y tristeza cuando Hinata le explicó sobre la bufanda? Ok, puede que haya espiado un poco... pero solo un idiota enamorado tendría esa cara cuando se diera cuenta que no es correspondido.
Pobre Kiba... no quiero saber desde hace cuanto es que tiene esos sentimientos.
—¡Ya sabes que si necesitas algo estoy en mi cuarto! —grité alejándome con prisas para ir a mi habitación con la esperanza de que Hinata estaría bien si la dejase un rato sólo.
Si mi onee-san peleaba por el corazón de nii-san... entonces, ¿qué será de corazones rotos como el de Kiba Inuzuka?
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—Mendokusai...
¿Cuánto habrá pasado?
¿Una? ¿Dos? ¿Tal vez tres horas? Miraba a Shikamaru en la espera de una respuesta, pero parecía fumar con tanta desesperación que incluso yo me estaba impacientando. O sea, ¿Qué? Maldita sea... ¡¿Qué mierda piensas?!
—Amigo. Odio decírtelo pero tu situación es un asco. —Concluyó después de haber oído el resumen de mi historia en el tejado de algún edificio, desviando su mirada para en observar el posible espectacular que teníamos en un edificio posterior.
—Noooo... ¿En serio? —Bufé sonriendo ante el sarcasmo, y él hizo lo mismo. Él no podía negarlo, estaba seguro de eso. ¡Por eso fumaba como maldita golfa de cuarta o viuda desesperada! No sabe ayudarme. Esa es la realidad, pero no lo dice porque sabe que me deprimiré y me cortaré las venas con una galleta.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó calando de su maldito cigarro observándome con lo que parecía ser curiosidad—. Hinata está profundamente enamorada de Naruto desde que eramos niños... no creo que puedas borrar eso.
—No pienso hacerlo. —Solté mirando la ciudad iluminada por la noche desde el tejado apoyando mis brazos en el barandal del edificio. Prefería sentir el frío a tener que seguir pensando en mi relato. ¡Era demasiado problemático! ¿Por qué mierda le hablé sobre mi situación? ¡Sólo me impaciento y me termino cabreando!
—Como tu veas —dijo con indiferencia, viendole encogerse de hombros y soltando un suspiro antes de calar de nuevo el humo del cigarro—. Hay más mujeres en el mundo, ¿ya intentaste enamorarte de otra persona?
—En realidad no, pero no importa cuanto intente. —Apoyando mi cabeza en mis brazos, rechisté escuchando el llanto de Akamaru a nuestro lado—. No hay nadie que pueda ser como ella...
—¿Entonces por qué te rindes? —viendole por el rabillo del ojo le observé tomar su cigarro con su mano izquierda para reprenderme una mirada de esas que le haces a una persona que se contradice sola.
—Porque siempre he estado ahí para ayudarla —respondí estirándo mis manos señalando al suelo como si fuera la cosa más banal y tonta pero obvia—. No quiero arruinar eso.
—... que trágico —bufó rodando sus ojos para centrarse en la ciudad antes de apoyar un codo sobre el barandal.
—¿Qué? —pregunté después de varios segundos. Había vuelto a fumar con rapidez como desesperada. ¡¿Es que a caso es difícil decirme en qué rayos piensa?!
—Tu situación. —Intentó explicarse alzando su cigarro para señalarme—. Como había dicho antes, es un desastre...
—¿Crees que tenga solución? —Si bien ya casi no tenía esperanza, juraría que lloraría como perro de no ser porque odio que me vean llorar. ¡No tengo solución! Dilo, Shikamaru. Sólo dilo y termina con mi sufrimiento.
—¿Quién? —Había sarcasmo en su tono de voz, lo que me hizo levantar la cabeza para reprenderle ya que se estaba pasando—¿Ella o tu?
No contesté de inmediato porque no quería hacerlo. Recosté mi cabeza sobre mi brazo izquierdo apoyado en el barandal, indispuesto a dar una respuesta inmediata porque, era difícil ¿está bien? Sí, era difícil para mi aceptar que el único herido en esta situación soy yo, y eso es porque yo he decidido que así fuera...
—Yo.
Tampoco él me respondió con rapidez, y en parte se lo agradecí. Estaba feliz por primera de que él no dijera nada ¿Y por qué? Simple. ¡PORQUE SOY UN PERRO JODIDO Y NO QUIERO ACEPTARLO! ¿Ya? Es sencillo. Por lo menos antes tenía esperanzas de que dijese lo que sea que estaba pensando, pero ahora que me lo ha dejado claro es muy cierto el que en realidad ya no quería seguir hablando...
—¿desde cuando sientes esto? —preguntó por primera vez como si aquello lo hubiese pasado por alto cuando en realidad fue lo primero que le conté antes de cualquier otra cosa.
—Desde los 5 años... —contesté bufando con irritación antes de recostar mi cabeza en el otro brazo... dios, esto es tan patético. De seguro debe de pensar eso.
—¿Y crees que valga la pena sentirlo? —Juraría que me reí, pero ahogué cualquier carcajada antes de mirarle puesto que él, parecía pensar muy en serio en cuanto a mi problema actual.
No me levanté, ni tampoco hice señales de contestar rápido. Tenía que pensar... pero cuando la respuesta ya estaba más que clara dirigí mi vista hacia los habitantes de la aldea que colocaban algunas luces para el festival que poco a poco comenzaba a ser cada vez más cercano con el pasar de las horas.
—No. —Mordiendo el interior de mi mejilla, respondí sintiendo lo que parecía ser el primer atisbo de tristeza—. Pero no es algo que pueda controlar.
Una ventisca fría corrió sobre nosotros helándonos, o por lo menos a mi. No recuerdo de quién fue la idea sobre venir aquí, pero considerando que si pensamos seguir aquí arriba, a la falta de sake estiré una mano dando a entender mi petición en la espera de que me diera un puto y asqueroso cigarro.
—Mendokusai... —Como si fuese una molestia, le vi cerrar los ojos antes de buscar sobre sus bolsillo la cajetilla y me la estiró. Tomé uno sin importar en si eran de sabor o no, y cuando volvió a guardar la caja en sus bolsillos, sacó su encendedor ayudándome a prender dicha cosa que olía a nicotina—. A lo que me refiero es que... ¿vale la pena seguir sufriendo por amor de alguien que sabemos muy bien, tanto tu como yo, que nunca te va a corresponder?
Calando del asqueroso cigarro, tosí con suavidad antes de bufar y mirar al cielo.
—Ojala fuera diferente...
—Pero no lo es. —Recalcó regresando mis pies sobre la tierra. Y gruñendo como respuesta, volví a calar de dicho cigarro aunque fuera la cosa más asquerosa. Espero no agarrarle el gusto o me volvería adicto al igual que él y lo que menos quiero es otra adicción además de Hinata...—. A como veo... no vivirás en paz sino se lo dices.
—Ya te dije —insistí después de soplar dejando salir el humo de mis pulmones antes de tomar el cigarro con mis manos para reprenderle con ligera exasperación y luego regresar mi vista sobre las luces escuchando los ruidos de la música y conversaciones de todas aquellas personas que hablaban por debajo de nosotros—, no pienso decirle...
—Entonces sufre solo, amigo.
Tal vez fue apresurado, pero giré mi vista con tanta rapidez que por un segundo temí en que mi cigarro se cayera de mi hocico.
—¿Qué?
—Me pides ayuda pero luego la rechazas. —Shikamaru no parecía convencido, ni tampoco feliz. Ambos soltamos humo de nuestros respectivos cigarros, pero él fue el que siguió hablando—. Quieres mejorar pero a la vez no quieres hacer nada. Así no funcionan las cosas, Kiba. Si quieres olvidar es tu elección pero no quieres hacerlo.
Yo tan sólo alcé una ceja sintiendo que el asunto se estaba tornando aburrido.
—¿Y eso es un problema?
—Viejo. —Su risa fue tan natural... quiero decir, ¡se estaba burlando! Está bien que sea un terco pero no es para que se burle de mi en cuanto a mis decisiones—. Te estás lastimando al hacerlo.
Gruñí, pero no dije nada. Tan sólo miré al suelo antes de colocar el cigarro de nuevo sobre mis labios mucho antes de protestar, pero para ser sincero no tenía ninguna idea sobre cómo molestarle o decir algo en mi defensa sobre lo que yo pienso.
Akamaru, por otro lado, se encontraba detrás de nosotros recostado en el suelo descansando, no hacía más que hacer lo mismo que yo. Tan sólo bufó y recostó su cabeza sobre sus patas delanteras. Estaba consiente del problema e incluso Akamaru sabía que yo tenía muchas cosas por resolver pero no quería resolverlas. Una de esas era esta, donde mis sentimientos no serían correspondidos y, por mucho que me lastimase, prefería callar a no decir ni una sola palabra.
—Todavía quedan unos días antes de que termine el festival de rinne. —Lo sentí separarse del barandal puesto que hizo temblar el tubo por la fuerza que aplicó para alejarse. Y tomando su cigarro lo dejó caer al suelo para pisarlo dejando escapar partículas de polvo del extremo quemado del cigarro—. Puedes aprovechar eso.
Lo vi darse la vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria a mi casa dejándome con la siguiente incógnita: ¿Eso era todo? Creí que seguiría hablando un rato más conmigo o que, tal vez, pudiera darme una respuesta u alternativa para ayudarme en mi dolorosa situación.
—¿Ya te vas? —pregunté separándome del barandal escuchando también a Akamaru poniéndose de pie, entusiasmado a su vez por irse a casa.
—Sí —respondió mi amigo observándome por arriba de sus hombros con una leve sonrisa—. Me darán una buena reprimenda, pero prefiero mil veces a que sea ahora a que sea peor después —Ocultó sus manos en los bolsillos de su chaqueta, y siguió caminando hasta llegar al otro extremo del edificio—. Y no te preocupes por tu problema. Recuerda que tú eres Kiba, y tú siempre vas hacia adelante.
Agrandé los ojos con cierto desconcierto, y sonreí puesto que aquella era mi frase y había olvidado cuando fue la última vez que la logré decir.
Él, por otro lado, tan sólo alzó una mano dándome la espalda por completo antes de desaparecer por su lado; y yo, aun de pie en aquel edificio, seguí observando el punto donde desapareció como si él siguiera ahí, oliendo aquel asqueroso olor a tabaco que había dejado como obsequio, más la sensación de que aquella plática no había sido en vano inundó mi ser antes de sonreír con alivio al cielo.
—Gracias, amigo —agradecí en voz alta quitando el cigarro de mi boca para pisarlo con el zapato antes de girarme hacia Akamaru y montar sobre su blanco lomo—. Vamos, amigo. Hay que ir a casa.
Tal vez ese no fue el tipo de ayuda que buscaba, pero sí fue el que necesité. Tan pronto como llegué a casa, ignorando por completo los gritos de mi madre, entré a mi habitación junto con Akamaru y me desvestí para tomar lugar en mi cama y así tener un descanso.
Sí, soy Kiba y encontraré una solución. Al fin y al cabo, siempre sigo hacia adelante, y justo eso es lo que pienso y necesito hacer... aunque eso signifique el ahogarme en mi propio mar de emociones.
...
—Neh... Kiba-kun. —Era la quinta vez en la semana que mi madre me regañaba por no hacer bien un trabajo. Y sí, ahí estaba yo. En la veterinaria de mi hermana cuidando a unos cuantos perros mientras escuchaba por mi espalda como mi madre se acercaba con ambas manos en la cintura como siempre lo hacía. Tan pronto vi sus piernas, se colocó a un lado de mi cuando cepillaba el pelaje de uno de los perros y no necesité alzar la vista para saber que era ella—. ¿Te sucede algo? Has hecho pura mierda en el trabajo...
Suspiré en aquel momento con mucho auto-control. Sí. Había hecho una jodida mierda el día de hoy en el trabajo, pero eso se debía a que me había puesto a pensar demasiado. ¿A caso era un problema eso?
—Vieja... no estoy de ánimos. —dije cepillando el pelaje de un pequeño cachorro que Hana había recogido de la calle. Mi hermana era demasiado débil con los animales, y como buena familia la ayudábamos.
Y no necesitaba ver a mi madre para saber que había alzado una de sus finas y casi inexistentes cejas respecto a mi contestación. No era de extrañar... mi madre no es muy empática.
—Debe ser algo muy grave para verte en ese estado —comentó con tono frío en su voz, pero una vez que llevas viviendo con ella toda una vida detectas que en su tono había cierta preocupación—. Sea lo que sea que tengas te recomiendo que le busques solución ya. No soporto ver a mi buen hijo sufrir por cosas idiotas, y mucho menos cuando lo pongo a trabajar.
Casi solté una carcajada al escuchar eso de no ser porque me la aguanté. Está bien tener a una madre que se preocupa, pero si seguía así, no tardaría en burlarme de ella.
—¡Te buscan! —gritó mi hermana desde la entrada, a tiempo en que ambos giramos la cabeza observando como una silueta delgada y delicada entraba por la puerta de madera del negocio familiar. Y como me temía, era Hinata. Vestía un vestido que cubría la mayoría de sus atributos al igual que pecho y cuello por el frío. Llevaba con ella una bolsa llena de listones de diferentes tonos pero había más de color rojo que de otros. Era posible que no sólo realizaba una bufanda para Naruto, sino también para otros familiares como su hermana o su padre.
—¡H-Hinata-chan! —Exclamé alegrado y ligeramente sorprendido por su visita. Hacía mucho que no venía de sorpresa, pero tan pronto recordé que mi madre estaba a un lado traté de calmar mi emoción—. ¿En qué te puedo ayudar?
—A-no... —Bajó la mirada con vergüenza. Me sentí extraño, rara vez se portaba así conmigo o con Shino, pero cuando giré mi cabeza hacia la posible causante de eso, vi a mi madre con una sonrisa lasciva y yo me limité a fulminarla para darle el claro mensaje de que se fuera.
—Cepillaré al perro por ti —quitando de mis manos el cepillo para perros, me empujó con suavidad para que me fuera del local y diera un paseo. Me puse rojo de pies a cabeza. ¡No es la primera vez que mi madre conoce a Hinata pero siempre me sonríe así cuando vine de visita! Es rara...
—Kiba-kun... —tan pronto empezó a hablar, me dirigí hacia ella para rodear sus hombros con un brazo para conducirla hacia la salida.
—Espera. —Le ordené separándome de ella para tomar mi chaqueta que colgaba en un perchero que aquí por ahí adentro, a comparación del exterior, no hacía frío, pero si no quería que mi madre escuchara nuestra conversación prefería mil veces morirme de frío—. Hablemos afuera.
...
Caminando por unas cuantas mesetas de los terrenos Inuzuka, me detuve al quedar de frente a una piedra señalándola antes de girar hacia Hinata.
—¿Te parece bien si nos sentamos aquí? —pregunté mirando aquella roca enorme con un poco de nieve que se situaba por el terreno de mi familia con mucho aire fresco para respirar. Era agradable y solitario. Estaba situado en medio de una pradera y no había forma en que los demás pudieran escucharnos.
—S-Sí. —Respondió aun sonriente tomando asiento en dicha roca quitando la nieve de ella para no mojar su bonito vestido lila.
—¿Y bien? —Sentándome de espaldas para observar al otro lado de la pradera, esperé a que Hinata me hablara sobre lo que sea que ella deseaba contarme, aunque por las ansias, no dudé en realizar otra pregunta—. ¿Qué querías decirme?
Escuché a Hinata suspirar, prestando con atención el ademán que realizó sosteniendo un pedazo de estambre rojo para enrredarlo en su dedo meñique. Aquel dedo que significaba el lazo entre el destino y el corazón.
Le miré aún más curioso, puesto que seguía sin darme una respuesta, y yo, como no me conocían precisamente por mi grata paciencia, me giré para quedar de frente hacia donde estaba sentada ella, justo a su lado en la espera de aquello que parecía dar muchas vueltas en su cabeza.
—Kiba... ¿Qué pasaría si...?
Mi corazón comenzó a retumbar más fuerte que nunca, obligándome en abrir los ojos como platos. Mil y un frases aparecían en mi cabeza completando la oración, pero la menos probable y más esperanzadora fue la que cruzó en aquellos labios y retumbó mil veces en mi propia cabeza como un taladro señalando una posible oportunidad, o tal vez no...
¿Qué pasaría si, en caso de ser rechazada, buscara a otra persona para mi?
