3. Santo y seña
Respondió al beso de Meredy acogiéndola de lu cintura, atrayéndola hasta ella. Dos pieles sintiendo el roce de la otra; dos pieles siendo una. Se deleitó con las caricias de la pelirrosa en la nuca, los dedos se mezclaban con su melena azabache y el dulce tacto la tranquilizaba, a pesar de que denotaban cierta torpeza, más por su nerviosismo que por su falta de experiencia. Ultear quiso serenar aquel torbellino de nervios que se percibía en los temblorosos labios de la joven y acarició lentamente su espalda aprovechado que el corte del vestido la dejaba al descubierto; deslizó de arriba a abajo, notando el alineamiento de su columna al desnudo en la yema de sus dedos. Durante un segundo, sintió estremecerse a Meredy, empujándola a besarla con más fuerza y pasión. Y Ultear la recibió de buen grado.
Al fin y al cabo, ¿cuánto hacía que no tocaba a una mujer? No tanto para el promedio; demasiado para ella. Pero en los últimos tiempos se encontraba cansada de las tonterías de muchas féminas que pululaban por su entorno y Meredy había logrado despertar el interés en ella. No se basaba en su belleza incuestionable, iba mucho más allá. La joven era inteligente, perspicaz, empática, amable, con valores... Pero, también era una locura. Lo sabía y sin embargo...
Se separó un instante para encontrarse el mar de hierva que era su mirada. Un cosquilleo se apoderó de ella al percibir la lujuria en los ojos de Meredy, quien respiraba agitada y deseosa. Ultear le acarició el labio y se mordió el suyo propio. «Estoy loca...» reflexionó. Se lanzó a besarla de nuevo, pero el sonido de la puerta abriéndose la interrumpió.
—Mierda —Cana se percató de la proximidad de las mujeres y se maldijo por frenar el momento de intimidad—. Pensaba que estaríais en otro sitio, seguid a lo vuestro yo me voy.
—Espera... —la castaña blasfemó; definitivamente había roto el clímax, se giró hasta Ultear—. Espera afuera, te acompañamos enseguida.
Una vez a solas, Ultear recapacitó. Cana había llegado en el momento oportuno para frenarle los pies. Meredy le interesaba, pero no podía corresponderla ni hacerle perder el tiempo. Tampoco era adecuado mezclar trabajo con deseos carnales, ni mucho menos dar esperanzas a una chica que obviamente la tenía idealizada. Abrió los labios para excusarse, aunque Meredy se le adelantó.
—L-lo siento —Ultear abrió los ojos—. No debería haberte besado. No... no sé qué me ha pasado...
—No importa. También es culpa mía. Hagamos como que no ha pasado y vamos con Cana.
—Claro...
Guió a Meredy hasta la castaña y se dirigieron de nuevo a la sala principal. Cana observaba de soslayo a la azabache e intentaba romper la tensión parloteando de banalidades. No pudo evitar advertir las sonrisas forzadas en sus dos acompañantes y se cuestionó si de haberlas interrumpido se hallarían en una situación tan incómoda. Los remordimientos se escondieron en el fondo, muy atrás de su comportamiento desenfadado. Tenía expectativas con Meredy, tenía esperanzas de que la chica tuviera la capacidad de recomponer el corazón de su amiga, pero si la azabache no rompía su armadura Meredy jamás llegaría hasta ella por muy adecuada que fuera.
Llegaron hasta la mesa más cercana donde Sorano discutía con su marido en presencia de la morena artista circense que los contemplaba divertida.
—Hola —saludó Ultear, pero la disputa omitió sus palabras y observaron la ridícula escena.
—Joder, amor. Has descuartizado mis cigarrillos —reprochó el de caoba cabellera.
—Dijiste que dejarías de fumar. Hicimos un trato: yo dejo de comprar compulsívamente y tú empiezas a cuidar tus pulmones.
—No de golpe, coño. Poco a poco. Ahora qué ¿me dedico a rajar mientras duermes a tus nuevos ositos amorosos?
—¡Ah! —lo agarró del cuello de la camisa— ¡No serás capaz!
—Los cambios son tajantes o no se hacen —la acróbata morena le arrebató la copa y se la bebió de un trago—. ¡Puaaaj! ¿Qué mierda es esto?
—Extracto de aloe vera, sabes que soy abstemio, Minerva —dicho esto, prosiguió como si nada con la contienda matrimonial.
Ultear carraspeó buscando atención. La función podía resultar divertida para alguien nuevo como Meredy o para Cana, cuyo humor no tenía límites, pero no para ella que la visualizaba tan a menudo, pues Erik, el marido de Sorano, era su representante artístico —y el de todos sus conocidos— desde sus inicios en el mundillo.
—Vaya, pensaba que nos habíamos dejado la capa de invisibilidad puesta —comentó divertida Cana. Todos saludaron a las recién llegadas y Ultear realizó las presentaciones.
En ese momento, se aproximaban parte del equipo circense; Meredy los analizó con atención. El rubio había cambiado su indumentaria dorada por unos vaqueros claros y una camisa, apoyaba su mano sobre la coronilla de uno de los gimnastas pequeños que bebía un batido de chocolate. El moreno se había recogido la media melena con una coleta, ataviado con una camisa sin mangas y unos piratas militares, llevaba al otro infante en brazos medio adormilado e iba acompañado de una joven de larga cabellera lisa y flequillo recto que sujetaba una cámara profesional entre sus manos. La última integrante del equipo que se acercó hasta la mesa fue la joven albina, cuyo traje fantasioso había sido sustituido por un vestido sencillo y primaveral cubierto de flores celestes. Cuando llegó, la morena llamada Minerva acudió hasta ella y le plantó un cálido beso en los labios seguido del rubor de la albina; entonces, la azabache le habló moviendo sus manos y Meredy comprendió que se comunicaba en lenguaje de signos.
Cuando se dieron todas las presentaciones formales, Ultear sintió que su presencia ya no se requería.
—Te dejo con ellos para que te relaten sus historias. Volveré más tarde —informó Ultear a la pelirrosa.
Meredy asintió algo incomodada, completamente segura de que lo había estropeado todo. Intentó no mirarla mientras marchaba y centrarse en su objetivo. No obstante, Cana no se privó y desvió su preocupada mirada ante su fugitiva amiga.
—Nosotros no tardaremos en irnos —confirmó el moreno de la coleta—. ¿Os importa qué mi hermano empiece antes? Hemos venido en su coche.
—Ningún problema —corroboró Meredy tomando asiento, sacando su libreta y bolígrafo del bolso.
—Yo no tengo sueño, papi —dijo el niño de rasgos asiáticos al rubio.
—Pero cielo —Kagura, la pareja de Rogue, una fotógrafa con la que Crime Sorcière había coincidido en alguna ocasión y que Mer conocía de vista, le contestó—, tu primo Frosch está pidiendo su pijamita de rana para dormir y está cansadito.
—Podemos aplazarlo para otra ocasión si es necesario...
—No —declaró Sting—. Con la odisea que viví para adoptar a Lector, es necesario que hable. Aunque prefiero hacerlo de manera anónima por los problemas que pueda acarrear mi homosexualidad y ser padre soltero. Me encantaría darle visibilidad sin ocultarme y romper con las ideas preconcebidas, pero vivimos en un mundo plagado de prejuicios; no quiero jugármela y perder a mi hijo.
Meredy asintió apenada, pero decidida a olvidar su desliz con Ultear y centrarse en su lado profesional, por algo, luchaba para intentar cambiar el mundo. Agudizó sus cinco sentidos, prestando atención a cada palabra que aquel grupo de individuos tenía por ofrecerle y comenzó a preguntar y anotar.
•••
Ultear subió a la azotea desde donde la brisa nocturna le acariciaba los sentidos. Necesitaba despejarse y arrancar de su recuerdo lo sucedido. Pero cada vez que intentaba borrarlo una lejana sensación se apoderaba de ella.
En el pasado, Ultear se había enamorado.
No es que ahora experimentara un amor a primera vista de la pelirrosa, jamás se había identificado con ese tipo de actitudes. Simplemente, ese arrebato de pasión creciente y esa necesidad de saber más y relacionarse con la joven ya lo había vivido. No era amor, pero esos sentimientos fueron el inicio de su primera relación. La única que realmente la había marcado. «También, porque tendemos a recordar aquello que nos disgusta con mayor fervor que lo que nos alegra. Aunque a menudo, terminen por ser una misma cosa.»
Desde su primer amor, Ultear había tratado de entablar otras relaciones sentimentales, sin embargo, siempre acababa cansándose o desconfiando. A pesar de haber enterrado sus recuerdos con ella, Seilah seguía atormentándola. Le costó muchos años de soledad seguidos de otros tantos donde solo buscaba compañeras de cama. Pocas veces había vuelto a sentir cierto interés por otra fémina más allá del aspecto carnal y, cuando se daba el caso, las repudiaba sin miramientos alejándolas con su gélida actitud.
No obstante, no deseaba repetir ese patrón con Meredy, pese a sus reticencias con las mujeres podía ver que era una buena chica y no quería castigarla por un rencor persistente. Pero tampoco podía acostarse con ella sin más, obviando la atracción de la pelirrosa hacia ella. Los años de diferencia le otorgaban la experiencia suficiente como para no ignorar este detalle, así que la solución era alejarse y olvidar sus ansias de profundizar en la relación con ella.
Era lo correcto para ambas.
Suspiró y se preguntó cómo hubiera sido su vida si Seilah no se hubiera cruzado en su camino. ¿Tendría un alma con la que compartir sus días? ¿Habría formado una familia como anhelaba?
Gruñó para sus adentros. En el fondo ella también era responsable de sus pesares. Fue ella quien le brindó una mano a la chica, quien confió en sus palabras y quien le abrió su corazón. Muchas eran las personas que continuamente echaban la culpa a los demás de sus males, olvidando su propia responsabilidad.
Cerró los ojos rememorando cada parte de su pasado con ella, como hacía siempre para frenar sus sentimientos.
Seilah entró en su vida sin previo aviso, como una lluvia torrencial en un caluroso día de verano. Y ese alivio que se siente cuando las gotas comienzan a bajar por la piel apaciguando el bochorno, fue lo mismo que experimentó al conocerla. Porque Seilah apareció en una fiesta de cumpleaños a la que Ultear había acudido por compromiso familiar cuando tenía quince años, en un momento en el que la azabache se encontraba descolocada ante un grupo de jóvenes snobs. Entonces, Seilah se le acercó y entretuvo con su conversación sobre la literatura del realismo mágico, género por el que nunca se había interesado pero cuya perspectiva cambió gracias a su interlocutora.
Aquello les permitió escaparse, compartir el primero de muchos días de su amistad y futuro noviazgo. Todo fue maravilloso y cualquiera que hubiera compartido un breve tiempo con Seilah descubriría a una joven con inquietudes, interesas variados, buen humor y saber estar. «Claro que mucho oro que reluce es cobre.» Con el tiempo y conforme se afianzaba su relación, Ultear fue descubriendo su verdadero rostro.
Entonces, esa personalidad hiperactiva y entusiasta se volvió agresiva, mordaz y cruel. Seilah pasaba de decirle cuanto la necesitaba a achacarle la responsabilidad de todos sus males y culparla por ello. Esa dosis de cal y arena la volvió adicta a Seilah. Porque cuando Ultear no soportaba más su actitud, Seilah se aferraba a ella. Cambiaba su comportamiento, se volvía vulnerable y aclamaba ayuda desconsolada. Por lo que cuanto más atrapada se sentía Ultear a su lado, más la necesitaba. Porque Seilah sabía administrarle las dosis adecuadas para atarla, creó una dependencia entre ambas. Le hacía saber lo importante que era en su vida, que era su único pilar para sostenerse en el mundo y cuando las aguas se calmaban, de nuevo atacaba y la despreciaba, siempre exculpándose en las vivencias de su devastadora infancia.
Su relación era un caos.
Una montaña rusa emocional.
El poder de Seilah frente a Ultear llegó a ser tan fuerte que la azabache entró en una espiral depresiva, dejándose manipular por su pareja. Incluso, llegó a distanciarla de Cana debido a sus celos y recluirla en su círculo personal para que Ultear no tuviera nadie más a quien acudir. Tan ciega estaba y debilitado su autoestima que no hizo caso de los consejos de su amiga que la prevenía de la situación.
Ultear aguantó durante dos años y medio, en parte por su falta de experiencia en las relaciones, hasta que finalmente abrió los ojos. Mas la verdad no fue un plato dulce...
El primer golpe llegó cuando la abuela materna de Ultear falleció y Seilah en lugar de estar a su lado desapareció durante todo un fin de semana, regresando todavía colocada. Tras la insistencia durante semanas de Seilah, finalmente Ultear accedió a darle una última oportunidad, más por las amenazas de suicidio de la joven que por cariño. La acogió en su casa para intentar ayudarle con sus problemas de adicciones, mientras ella buscaba trabajo desesperadamente para pagar sus estudios artísticos. Fue en muchas de sus ausencias cuando Seilah aprovechó para buscar cariño en otras personas... aunque Ultear tuvo que descubrirlo cuando encontró un test de embarazo positivo que pertenecía a Seilah.
Finalmente, la sacó de su vida pese a las amenazas y no volvió a contactar con ella. Sin embargo, nunca logró extraer del todo la rabia que se situó en su corazón. La odiaba, tanto como se repudiaba a sí misma por cometer tal error. ¿Cómo había podido caer en sus redes? Ella era una joven fuerte e independiente que se había dejado engañar por una pécora manipuladora. Y sin embargo, recordaba lo mucho que lloró cuando buscó a Cana para contarle lo sucedido.
—¿Perdida en el pasado? —Ultear no había advertido la llegada de Cana.
—Creía que te quedarías con Meredy.
—Se le da bien entrevistar, además, se desenvuelve como pez en el agua con el resto. La verdad es que es un encanto de chica y —le guiñó un ojo jocosa— si no quieres nada con ella, la conquistaré yo —Ultear rio, era común entre ellas gastar ese tipo de bromas.
—Me alegro de que le vaya bien.
—¿Te acuerdas de ese demonio siempre qué besas a alguna o solo si sientes cierto cosquilleo especial? Y no me refiero solo al cosquilleo de entre las piernas. Ese lo siento yo cada día.
—Siempre tan directa —le agradeció internamente que la sacara de sus pensamientos—. Me resulta gracioso tu interés porque rehaga mi vida cuando tú eres una libertina.
—No exageres que desde que nos conocemos he tenido relaciones estables. La cuestión es... que me gusta picotear. La diferencia es que, aunque no busco pareja, si encuentro alguien que me llene lo suficiente no le cierro la puerta en la cara. Tú, por el contrario, cierras la puerta, le colocas tres cerraduras y diez muebles por delante como si una horda de zombies te persiguiera. Y yo no quiero eso, Ulty. Tener una relación sentimental no es lo primero en la vida, ni siquiera debería de ser lo más importante. Es algo totalmente sobrevalorado y las personas no deberíamos necesitarlo para sentirnos completas, pero una cosa es aguantar una relación solo porque socialmente es lo correcto y otra es huir de ellas por miedo.
—Yo no tengo miedo. Simplemente no quiero repetir la misma historia. No volveré a ser una idiota y dejarme absorber por nadie.
—Abrirte a una persona no significa olvidarte de ti, ni nada por el estilo. Es una cuestión de compartir con alguien lo que tú eres. De todos modos, sigues culpándote sin sentido. Eras una cría, ella era un par de años mayor y se aprovechó de ti. Fin. Han pasado más de diez años, has madurado, tienes éxito, gente que te quiere y una familia que te apoya. No tienes que martirizarte toda la vida, olvida la huella que dejó en ti o seguirás dándole poder a algo que murió hace tiempo. Asesínala de una puta vez, joder.
—No es tan sencillo —Cana la cogió de los hombros.
—Responde a esta pregunta, si alguien te contara todo lo que Seilah te hizo ¿también pensarías que fue su culpa por no saber verlo? Cuando quieres a alguien, sea tu primera relación o la décima, a veces no somos capaces de ver la realidad porque vivimos idealizándola. Además, ella te introdujo en su juego psicológico yendo de víctima constante. En la vida has hecho muchas cosas mal, Ulty. Pero haberlo dado todo cuando sentías que debías de hacerlo no es una de ellas.
»Te comportaste como lo sentiste y te equivocaste, sí. Pero eso forma parte de lo que eres y te quiero por eso. Estoy orgullosa de tu evolución y la persona en la que te has convertido, pero no quiero que el pasado te determine. No digo que Meredy sea la mujer de tu vida, ni siquiera que lo vuestro pueda ir más allá de cuatro polvos. Pero si sigues cerrando puertas, al final no te quedará nada más que las cuatro paredes que sustentan tu hogar. Y vivir encerrada es deprimente, más cuando te queda tanto por hacer. No busques el amor, pero si algo te hace sentir, aférrate a ese sentimiento y no lo sueltes.
Ultear se quedó meditando un momento las palabras de su amiga. Cierto era que tras esa fachada de chica juerguista habitaba una mujer sensata que siempre le ofrecía buenos consejos. Cana fue la primera que vislumbró el fondo de Seilah mucho antes de que mostrara su verdadero rostro y la primera en advertirle. Era lo suficientemente observadora e intuitiva para calar a las personas con facilidad. Rara vez se equivocaba.
Tampoco lo hizo la vez que colocó los datos de Ultear y envió una de sus obras a un concurso, a sabiendas de que ganaría. De no ser por aquello, la azabache jamás hubiera logrado la beca de estudios artísticos que la llevó a formarse en Roma y en la actualidad no sería más que otra artista en la sombra. Si tanto le debía ¿por qué no tomarse en serio sus palabras?
—Tú ganas. Lo intentaré, al menos ser su amiga —al decirlo, Cana gritó de emoción y la abrazó.
—Vale, como soy medio pitonisa si encuentro a la chica perfecta para ti gritaré una palabra en clave para que me entiendas. Será nuestro santo y seña, solo nosotras entenderemos su significado. Tiene que ser una palabra que no encaje en el contexto, como no sé... ¿escroto? —Ultear carcajeó fuerte.
—¡¿Qué dices?!
—No sé, es que siempre me ha sonado a plato italiano. Piénsalo, «tortellini di escroto.»
—Cierto. Es una palabra maravillosa.
Ambas rieron animadas divagando sobre posibles claves futuras hasta para cuestiones rutinarias.
•••
La primera entrevista fluyó como una conversación entre un grupo de amigos gracias a la capacidad de Meredy de conectar con las emociones ajenas. Sting narró las dificultades con las que se encontró en el proceso de adopción de Lector, por contra a las facilidades que su mellizo obtuvo junto a su esposa Kagura. Los niños provenían del mismo país, por lo que el proceso se ejecutaba bajo la misma legislación, sin embargo, era mucho más sencillo adoptar para una pareja heterosexual que para un hombre en solitario. Pues su condición sexual era otro tema a parte, ya que el rubio había tenido que ocultar su homosexualidad a las instituciones que se encargaban de la adopción, puesto que de saberse la verdad corría el riesgo de perder al pequeño. Todo ello, se vinculaba a la idea errónea de asociar la homosexualidad masculina con la pederastia, una idea que seguía vigente desde que en el siglo XIX se propagó este pensamiento en los movimientos homófobos. Algo que a Meredy le resultaba ridículo, teniendo en cuenta que gran parte de las víctimas de abuso sexual pertenecían al género femenino, además de la existencia de mujeres pederastas. No obstante, siempre se buscaba deslegitimar el derecho a las parejas homosexuales o las familias uniparentales aferrándose al ideario de familia tradicional basadas en un sistema heteropatriarcal. «Bueno —meditó la pelirrosa— salvo en aquellos casos donde un individuo es tan rico y famoso que puede adoptar libremente sin necesitar una pareja.» Lamentablemente, el circo independiente de Saberthooth no era lo suficientemente conocido como para que Sting fuera favorecido como padre adoptivo, aunque la estabilidad económica con la que contaba debido a una herencia le permitió cumplir su sueño de ser padre.
—¿El hecho de que los niños participen en la vida circense no es un inconveniente para vuestra condición de padres «en prueba»? por decirlo de algún modo —quiso saber la joven.
—Los peques nunca actúan, lo de hoy ha sido algo excepcional —contestó Rogue.
—Y están agotados —continuó Kagura, quien tenía a Frosch dormitando con la baba cayendo sobre la blusa de su madre.
—Sí —corroboró su hermano—. Tratamos de prepararnos para las actuaciones en casa, cada cual por su cuenta. Pero, cuando hacemos el ensayo general tenemos habilitada una zona con juegos y todo el equipo nos turnamos para que nunca estén solos. Aunque, es inevitable que acaben imitándonos y se interesen por nuestro trabajo.
—Entonces ¿hoy era su primera vez? —asintieron— ¡Guau! ¡Qué cracks!
—Son como esponjas —comentó orgullosa la madre del más pequeño—, a veces Frosh escoge cómo tomar las fotos de las actuaciones y yo me dejo guiar. Tienen un don especial para el arte en general.
Tras la charla, se despidieron y marcharon para casa. Meredy acababa de empezar, pero ya estaba satisfecha. El tema de la adopción era un asunto que jamás había tratado y aunque lo publicaría ocultando la identidad de sus entrevistados pensó que era un buen paso para darle la visibilidad necesaria.
La segunda parte de la entrevista fue con Minerva y Yukino. Pese a que con la primera se sintió un poco cohibida al principio debido a su personalidad arisca con los desconocidos, poco a poco, fue conectando con sus historias. En parte porque la de cabello nevado inducía a la azabache a abrirse a los demás, o al menos, esa fue la sensación que le dio a Meredy. El hecho de ser tan distintas le chocó, aunque después comprobó que eran precisamente las diferencias aquello que volvía especial su relación.
Yukino era una muchacha dulce, tranquila y amable que había perdido a sus padres a una temprana edad, la razón por la que su hermana la había criado. Incluso de adulta, Sorano miraba de soslayo a Yukino atenta por si la necesitaba, a pesar de fingir indiferencia y parlotear con su marido. La joven albina había perdido progresivamente la audición debido a una infección en su tierna infancia, desde entonces se había vuelto una chica introvertida apegada únicamente a su hermana, hasta que había coincidido en la universidad con Minerva, quien se había introducido en el mundo en el mundo circense a partir de grupos de teatro universitario para grupos excluidos. La finalidad de los cursos no era otra que darle voz a los colectivos minoritarios y ofrecerles la posibilidad de desarrollar su creatividad. En ellos, a parte de disfrutar de la actuación o la literatura, también se organizaban actividades y cursillos para conocer la lengua de signos o braille, así como experimentar los obstáculos de moverse en silla de ruedas.
Estar rodeada de personas que se salían de lo normativo provocó que Yukino adquiriera confianza en sí misma y se sociabilizara con su entorno. Aunque, fue con Minerva con quien tuvo más dificultad, pues la azabache era huraña al principio.
Algo que había comprobado de primera mano Meredy, aunque la idea se esfumaba cuando observaba a la azabache traducir para Yukino la conversación.
—Yuki sabe que soy una rancia, pero es que tenía mis propios motivos. Imagínate llegar a un país nuevo con una lengua que desconoces, cuando lo primero que ven de ti es tu tez oscura. Luego cuando empiezas a adaptarte, te sorprenden con sus preguntas sobre tu fe y si algún día llevarás burka o hiyab porque suponen que eres musulmana porque eres demasiado oscura como para no serlo. Retrasados de mierda —sentenció—. He sentido la discriminación desde que era una cría porque vivimos en una sociedad enferma donde cada tierra tiene un dueño. Lo que ignoran es que los dueños se visten de traje, nos roban, nos gobiernan y controlan su rebaño haciéndoles creer a cada una de sus ovejas que tienen poder. No, perdona gilipollas. Estas tierras no te pertenecen, no eres más que un peón al que usan para proyectar el odio, la violencia y la diferenciación para que ellos mantengan su flácido culo en su asiento multimillonario mientras el resto nos devoramos unos a otros.
»Joder, mira que son subnormales. ¿No ven qué todo lo que acaba en fobia es una táctica para tenernos en su mano y dominarnos? Que en la división somos nosotros los que sufrimos mientras ellos se ríen de nuestras desgracias a la par que se enriquecen. Que sí, Yuki, controlo mi mala leche —comentó sonriente a la albina—. En fin, querías saber si a mi condición de extranjera se le ha añadido mi sexualidad como excusa para discriminarme más ¿no? Pues sí, al igual que como mujer. Aunque yo diría que mi padre es el que peor se lo tomó, pero bueno tampoco aceptó muy bien mi decisión de dejar la gimnasia rítmica profesional y acudir a la universidad. Supongo que cuando dejé de ganar trofeos y ser su orgullo comenzó a cansarse de mí. Pero, da igual... —Yukino le habló y Minerva asintió con la cabeza, acto seguido comunicó sus palabras a Meredy— Dice que por contra ella se ha encontrado con discriminación positiva, aunque a veces tiene la impresión de que más bien es pena.
»Que en alguna ocasión cuando han descubierto que somos pareja la tratan con paternalismo y asombro, como si por ser sorda nadie pudiera amarla y yo fuera una heroína. Aunque también, piensan que la benévola es ella por tener el valor de estar con una chica extranjera mal vista para nuestra sociedad. Por otro lado, está la gente que lo ve como algo guay y ultra mainstream por ser una pareja interracial, donde además, una de ellas es sorda. Vamos, que ambas mediamos con cretinos de mierda.
Meredy asintió muy a su pesar, no era agradable confirmar el hecho de que el ser humano cada vez le resultara más estúpido por naturaleza. Más, cuando escuchaba aquel tipo de historias, ya que no entendía por qué la gente era tan entrometida respecto a las relaciones ajenas. ¿Acaso importaba la identidad de género o sexual de una persona? ¿Debía de tratarse diferente a alguien del colectivo queer por tener una discapacidad o esta diferenciación los estigmatizaba más? A cada palabra se le complicaba más el trabajo futuro en la elaboración del artículo, pero a la vez, aumentaba el entusiasmo gracias al abanico de posibilidades que se le presentaba con la oportunidad de dar voz a la diversidad.
Mientras finalizaban su relato, Meredy no pudo evitar fijarse en la complicidad compartida entre ambas mujeres a pesar de lo dispares que eran. El amor que se profesaban despertó una envidia sana que la empujaba a anhelar algo similar. Por un momento, se preguntó dónde se encontraría Ultear en ese instante y un fugaz malestar se adueñó de ella. «Tengo que solucionarlo con ella.»
Para su fortuna, su remordimiento fue interrumpido por la llegada del presentador del espectáculo. Ya no lucía un atuendo dividido entre lo masculino y lo femenino, sino portaba una camiseta holgada con alguna rotura puntual y unos vaqueros negros, a juego con su maquillaje, uñas y cabello, siendo los mechones blancos lo único que aportaba color a su indumentaria sombría. El chico se abrió la botella de cerveza y se sentó en la mesa iniciando una conversación sobre las distintas etiquetas del colectivo LGBTI que atrajo la atención de Meredy, incluso a sabiendas de que el joven no era uno de sus entrevistados.
—He leído que en Tailandia el término Kathoey se emplea para las mujeres trans u hombres afeminados, también muchos lo consideran un tercer sexo. Aunque éste último es un concepto complejo que engloba mucho más. Se ve que la fe budista suele ser más tolerable con estos temas, pero me llama la atención que no se haga mención de los hombres trans.
—Sí, yo estuve rodand... —Sorano miró con desconfianza a Meredy— trabajando en Tailandia y algo así me pareció entender.
—Disculpa —les interrumpió la pelirrosa—, ¿qué artículo es? Creo que hablar de otro tipo de condiciones suena interesante y me gustaría infor...
—¿Tú quién eres?
Los ojos felinos del joven de cabello bicolor la desafiaban con descaro. Meredy intuyó que ganarse su simpatía iba a costarle. «¿Cuántos idiotas se han tenido que cruzar para ser todos tan desconfiados?»
—Lo siento, soy una maleducada. Mi nombre es Meredy y...
—Ah... ya —ella ignoró la fría interrupción y prosiguió.
—Como imagino que ya sabrás he venido para preparar un artículo sobre el colectivo queer. Me disponía a dirigirme al otro grupo para continuar con las entrevistas, pero tu tema de conversación me ha resultado tan interesante que quisiera indagar más en ello. Si no es mucha molestia para ti, claro.
El chico apoyó su espalda en el respaldo de la silla observándola con desdén, realizó un cruce de miradas con Sorano como reclamando su opinión, ésta se encogió de hombros, dirigiendo la vista al escenario donde su hermana y marido parecían poseídos bailando sin ritmo con tal de no eclipsar la torpeza de Yukino.
—Pongamos que confió en el criterio de Ultear y no eres una oportunista. Voy a descartar la posibilidad, bastante probable, de que seas una fangirl desesperada por probar su entrepierna. Incluso, me creeré tu buena fe ¿por qué voy a dialogar con una desconocida con la que no comparto nada y arriesgarme a que con tus artimañas de periodista destripes mi alma? Dame una buena respuesta o huye en el intento.
—Te entiendo —Mer ignoró el bufido del chico—, no confías en mí. Es totalmente lícito. Sabía que esta situación podía darse, asumí el riesgo para ayudar a mi amigo. No te molestaré más...
—¿Pero? —a Meredy se le escapó una sonrisa maliciosa, aquel chico le recordaba a cierto gruñón que en su primer encuentro estaba a la defensiva, por lo que sabía cómo incitarle para incentivar el interés.
—Ideamos este proyecto para ayudar a mi amigo Freed ante las consecuencias de su salida del armario. Pretendemos implicarnos para dar visibilidad, pero aquí he descubierto que el colectivo es mucho más amplio de lo que imaginaba y puestos a romper esquemas, prefiero derruir el muro al completo. No quieres compartir conmigo tus conocimientos y experiencias, de acuerdo. Pero ¿lo harías con Freed? Es un desconocido también, sí. Pero quizá conectas más con él.
—¿Me estás concertando una cita? Voy servido, gracias. Y además ¿estás dando por hecho mi orientación sexual basándote en mi aspecto? Eso es arcaico. Me gusta maquillarme, tener el pelo largo, a veces llevo faldas largas y mezclo lo femenino y lo masculino como me da la gana. Pero porque soy libre, porque la estética no entiende de géneros ni de orientaciones. Es un arte, una manifestación artística de nuestro yo interior, por mucho que los convencionalismos nos hayan lobotomizado hasta hacernos creer que el rosa es de niñas y el azul de niños. Un hombre hetero puede vestirse de mujer y no ser trans, un gay puede no tener pluma, una lesbiana puede ser la más femenina del mundo. Así que no des por hecho cosas que no tienes ni puta idea.
—En realidad me he basado en las miradas lujuriosas que le echabas a tus compañeros circenses. Se me da bien ver esas cosas... en los demás.
—Touché...
—Por otro lado, si quiero que conozcas a Freed es precisamente porque a él le gusta la moda, es más, siempre le ha gustado aquella que se sale de los cánones pero nunca se ha atrevido a salirse de su zona de confort porque bastante mal lo ha pasado con su familia respecto a su sexualidad. Y tú eres todo lo contrario; un alma libre que no teme mostrarse como es. Me gusta, creo que puede irle bien conocer tu punto de vista y si de paso le hablas sobre otras identidades u orientaciones sería matar dos pájaros de un tiro. En parte tienes motivos para desconfiar en mí, ya que me importa más el bienestar de mi amigo que lo que tengas que contar. Así que prefiero que me mandes a la mierda las veces que haga falta, siempre y cuando aceptes quedar con él. Y tranquilo, no usará sus ¿cómo lo has llamado? Ah sí, artimañas de periodista para hacerte hablar. Le bastará con ser simplemente Freed y cuando menos te lo esperes caerás a sus pies.
—Espera —el chico carcajeó con intensidad—. ¿Piensas qué me rendiré a los encantos de un primerizo? Bonita, manejo muy bien mi campo como para perder. Son los hombres los que me van detrás.
—Perfecto —arrancó un pedazo de hoja de su libreta y escribió el número de su amigo—. Llámale y demuéstramelo.
—Ni hablar —agarró la libreta y apuntó su número junto a «Macbeth» en una caligrafía perfecta—. Que sea él quien me llame.
—Muy bien. Gracias por la atención, Macbeth. Nos vemos pronto.
Estaba segura de que así sería. Recordó lo desagradable que llegó a ser Freed el día que se conocieron, y rio por dentro. No eran tan diferentes al fin y al cabo. Retarles era el método perfecto para atraparles. «Y mucho fingir desinterés pero bien que se ha guardado su número.»
•••
—Entonces me fijé en el actor que interpretó a Jenny la Chus, una Drag Queen poligonera —una carcajada general invadió el ambiente.
—Oye, no recuerdes esas mierdas —Laxus se ruborizó, desvió la mirada y cuasi murmurando confesó—. Nunca pensé que una indumentaria tan poco favorecedora atraería la atención de una mujer.
—¿Una peluca naranja, lentejuelas y plataformas? ¡Cómo para no verte!
—¡Deja de dar detalles, demonio! —la atrajo hasta él, juguetón.
—¿Fue tu primer papel relevante en el teatro? ¿Has hecho más del colectivo a parte del que preparas para la peli de cine independiente? ¿Ser un defensor de los derechos LGBTI es la causa por la cuál te introduciste en el mundo de la interpretación? —inquirió Mer.
—No, para nada. Ni siquiera tuve clara mi vocación hasta hace algunos años y eso que mi profesión lo es todo para mí. De hecho, descubrí el teatro gracias a las actividades que se realizaban en el centro de rehabilitación, buscaban tenernos ocupados con proyectos artísticos y yo lo probé todo. Más por aburrimiento y agobio que por ganas. Pinté, canté, intenté tocar algún instrumento. Era malo de cojones. Un día sin más me dije «voy a probar esta mierda» y jode ser tan cursi, pero lo cierto es que me enamoré.
»La gente imagina el teatro como una actividad donde te subes a una plataforma, memorizas unas palabras y las escupes. Pero es mucho más. La preparación es dura y constante: clases de canto, donde educas, controlas y proyectas tu voz; corporal, donde aprendes a moverte y posicionarte; improvisación, donde pierdes el miedo escénico y te diviertes ideando escenas cortas e interpretación donde simplemente adquieres la personalidad de otros. Actuar no es subirse a un escenario y punto. Es dejarse la piel a un lado y metamorfosearse con el personaje, es entenderlo y hacerlo tuyo. Cuando trabajas como actor nunca dejas de estudiar.
»La cuestión es que me llamaron para hacer mi primer papel protagonista en una versión teatral de la película To Wong Foo, thanks for everything! Julie Newman, por si no lo sabes es un film donde actores de grandes dimensiones interpretan a Drags y yo encajaba perfectamente. Para entonces, ya había hecho mis pinitos con papeles secundarios y algunos ojeadores me tenían fichado. Como pagaban bien y cubrían los gastos acepté, aunque no me entusiasmaba mucho la idea de hacer de algo que yo catalogaba de «marica». Al principio, me costó empatizar con el personaje hasta que comprobé en mi propia piel la discriminación cuando un día perdí mi ropa y salí a la calle como el personaje.
»A partir de ese momento, quise concienciarme y documentarme. La casualidad quiso que conociera a esta belleza que tengo a mi lado —Mirajane rozó su mano, orgullosa—. Justo venía con su hermana y su pareja, Natsumi que como bien sabes en una chica trans —Meredy centró la visión en las dos jóvenes que jugaban a cartas en una mesa, ajenas a la conversación—. Conocerlas acabó por abrirme los ojos y decidí unirme a la causa, pese a que soy un hombre hetero... ¿cómo era Mira? ¿Cisnero?
—¡Cisgénero! —la aludida rio.
—Eso mismo. He acabado aprendiendo que no hace falta ser parte de un colectivo para involucrarte con él, luchando por su causa. Sé que jamás entenderé por lo que pasa una persona no —hizo comillas con los dedos— «normativa», pero eso no me impide hacer todo lo que esté en mi mano para concienciar. Al fin y al cabo, le debo todo a ese papel. Tanto por mi carrera, como por mi vida personal.
—¡Claro que sí! —corroboró Meredy y acercó su copa de agua— ¡Brindemos por Jenny la Chus!
—Tienes suerte de que Laxus vaya un poco ebrio y hayas sacado el tema de su pasión. En otro contexto no hubiera soltado prenda —comentó divertida la modelo.
—Sigue metiéndote conmigo y verás cuando lleguemos a casa —le guiñó un ojo.
—¡Uhhhh! ¿Vas a castigarme?
—Vale —Meredy se levantó—. Creo que empiezo a sobrar.
Se despidió de la pareja, contenta del trabajo realizado y se dirigió hacia una salida lateral en busca del aseo. En su camino, se cruzó con el hermano menor de los Strauss junto a su novia, bailando abrazados. Al final, todo cuanto le rodeaba eran parejas enamoradas, solo que en esta ocasión brillaba la diversidad.
Al salir del aseo al pie de las escaleras se cruzó con Cana.
—Ey, ¿cómo ha ido?
—Muy bien, tengo mucha información con la que trabajar. Incluso creo que le he concertado una especie de cita a mi amigo.
—¿Con Sting o con Macbeth?
—Con Macbeth. Aunque la intención es profesional, pero si surge algo más... —Meredy encogió los hombros con inocencia.
—Es simpático. Un poco idiota al principio, pero cuando se suelta es un amor —la pelirrosa le sonrió e hizo el amago de regresar a la sala principal, pero Cana la cogió del brazo—. Arriba del todo, tuerce a la izquierda y llegarás a la terraza.
—¿Qué?
—Es donde se encuentra Ultear.
—Ah... —titubeó— No, no quiero molestarla. Yo ya... me he equivocado suficiente.
—Hazme caso —colocó sus manos en los hombros de Mer—. Háblalo con ella. Podéis tener una bonita amistad, no dejéis que un desliz lo estropeé.
Meredy asintió y siguió el consejo de la castaña ascendiendo por las escaleras de mármol hasta la estancia superior. Cana la observó complacida, cada vez le caía mejor la pelirrosa. La joven planeaba para emparejar a su amigo y la castaña no iba a ser menos.
—Escroto, Ultear. Escroto —murmuró.
•••
El piso superior era rodeado por amplios ventanales desde los que se accedía a una terraza que rodeaba todo el piso. Cruzó uno de ellos y la encontró allí, apoyada en la barandilla, con la vista clavada en el cielo estrellado. Se aproximó con cautela, pero Ultear advirtió su presencia y la oteó con su misteriosa mirada.
—H-hola —alcanzó a decir temblorosa la pelirrosa.
—¿Ya has acabado? —asintió— ¿Qué tal la experiencia?
—Genial... —jugó con sus dedos, respiró hondo y la miró con determinación— Oye... tenemos que hablar.
La última frase las sorprendió, pues ambas la pronunciaron al mismo tiempo. Esbozaron una sonrisa sincera que destensó el ambiente. Meredy escupió todo el aire que contenía en su interior y se relajó; Ultear la invitó a dialogar primero. La pelirrosa se apoyó en la barandilla perdiendo su mirada en el horizonte.
—Hace unos meses acabé mi primera relación sentimental seria —sin saber por qué, comenzó hablando de ese tema que tanto la atormentaba—. Lyon, un gran chico. Cuando expresé mis sentimientos sobre lo nuestro, no chilló, ni se enfadó, ni me mandó a la mierda. Hubiera preferido que así lo hiciera, porque dejar a alguien que quieres y se porta bien contigo es mucho más complicado que con un cabronazo. El dolor de dejarle atrás se incrementa con su sufrimiento. Y todo ello... acaba por torturarte. Te preguntas cada día cuál es el verdadero motivo, por qué no has podido amarle como él a ti.
—¿Es por tu orientación sexual? —Meredy dibujó una sonrisa tenue.
—No —miró a Ultear—. Confieso que muchas veces me he cuestionado mi sexualidad, pero más por presión social que porque realmente sea un problema para mí. Casi te obligan a decidirte por un bando u otro. Pero yo nunca he definido a las personas por su género, simplemente las veo como personas. Se le da mucha importancia al físico y claro que la tiene. Pero porque el físico es el medio a través del cual se representa el todo, la esencia de esa persona. Su manera de hablar, de mirar, de moverse, de sonreír... Todo cuanto es se muestra a partir de su piel y da igual el tiempo que transcurra, no importan el envejecimiento o las heridas que la vida te ocasiona. Esa esencia siempre estará ahí, inmutable y a la vez cambiante porque evolucionamos en base a nuestras experiencias, cambiamos paulatinamente pequeños rasgos. Es como amar lo etéreo, algo que lo es todo y a la vez nada.
—Eso es... extraño, pero hermoso también —había colocado su mano sobre la de Mer sin percatarse, quizá para aportarle fuerza para proseguir con su relato.
—Sé que es difícil de explicar, puede que sea más fácil resumirlo en que no deseo etiquetarme. Entiendo el valor de una etiqueta, comprendo su peso para la reivindicación y lo he contrastado en todas esas personas que están abajo. Pero yo no lo necesito. He pasado mucho tiempo preguntándome qué era, sin advertir que lo importante es quién soy. Y soy una mujer con mis ideales claros y con una sexualidad que, como yo misma, va mutando porque evoluciono junto a mi entorno. Quise a Lyon, me sentí completa con él, lo deseé y disfruté a su lado. Me hizo feliz. Pero cuando me pidió más, cuando quiso... comprometerse, yo no pude aceptar. Porque sé que él no es la persona con la que pasar el resto de mi vida.
—Tuvo que ser muy duro...
—Lo sigue siendo. Me cuesta perdonarme por no poder amarle del mismo modo.
—Tú no escoges tus sentimientos, forzarlos es estúpido. No te castigues más. Puede que algún día regrese a ti y podáis ser amigos, y si no es el caso, no es tu culpa. Ni la suya, simplemente hay historias que fracasan.
—Gracias —Meredy apretó la mano de Ultear y tragó sus lágrimas—. Ultear yo... —la contempló afligida y temblorosa, debía de hallar el valor para evitar cometer los mismos errores—. Lamento de verdad lo que ha pasado.
—Repito que ha sido responsabilidad mía también...
—No. Yo... Tú... —suspiró y escupió las palabras a toda velocidad—. Ya me sentía atraída por ti antes de conocerte. Siempre te he admirado, por tu trabajo como artista y por tu carácter reivindicativo. Tu compañía ha favorecido la visión que tengo de ti y me he dejado llevar por mis impulsos como un animal en celo —la expresión provocó la risa en la azabache y el ambiente se suavizó—. He actuado sin pensar siquiera como te sientes tú, no sé nada sobre tu vida personal, ni de tus relaciones sentimentales. Y lo siento muchísimo.
—No importa, Meredy —intentó sacarle hierro al asunto, no iba a hablar sobre su pasado amoroso. Todavía no—. Las mujeres como yo tendemos a sacar al animal que llevamos dentro —tras las risas, añadió—. Además, tampoco soy de piedra y si una chica bonita se me lanza a los brazos... pues me dejo llevar.
—La cuestión es que no quiero que vuelva a pasar —aquello lejos de tranquilizar a Ultear, le dolió. Aunque sabía que era lo correcto—. Es decir, me... me gustas. Pero, Lyon también me gustaba y sin embargo le destrocé. No quiero arriesgarme a tener una relación sexual contigo para que luego alguna de las dos salga herida. Es mejor ser solo amigas.
Ultear sonrió aunque por dentro sentía una punzada aguda. Uno de los mechones rosados caían por el rostro de Meredy, cerca de la comisura de su boca. Sintió el deseo de apartárselo y colocarlo detrás de su oreja, pero contuvo las ganas.
—Te agradezco mucho que hayas compartido tu historia conmigo —se apenaba de no poder hacer lo mismo—. Tienes una madurez que muchas mujeres de mi edad envidiarían. Vamos a trabajar codo con codo las últimas semanas, creo que tu planteamiento de ser solo amigas es más que lógico para nuestra relación laboral. Aunque —le guiñó un ojo traviesa—, es toda una hazaña resistirse a mis encantos naturales.
—Sí, lo es —Ultear abrió los ojos asombrada, creyendo que la joven se acobardaría ante el comentario. La pelirrosa era mucho más peligrosa de lo que aparentaba—. Pero soy toda una profesional. Si lo desea, señorita Milkovich, puedo hablarle de usted para remarcar las distancias.
—¡Oye —golpeó su hombro con colegueo—, no me hables de usted que no soy una vieja! —rieron durante un breve instante— Se está haciendo tarde, te llevaré a casa, tenemos mucho trabajo por delante. ¿Te parece qué nos veamos un rato cada día hasta el Orgullo para ir comentando los detalles? El resto del equipo puede unirse también. Pasaos mañana sobre las seis, fijaremos un horario entre todos para tenerlo organizado.
—¡Claro! Como el trabajo lo buscamos nosotros tenemos mucho tiempo libre.
Bajaron las escaleras, ambas con la conciencia mucho más tranquila. Fue la primera noche de muchas en las que Meredy pudo conciliar el sueño con facilidad, ni la emoción la alteró para caer rendida en la cama. Estaba tan agotada que se alegró de que Freed llevara rato dormitando.
Por su parte, podría decirse que Ultear también durmió de manera diferente al resto de sus noches. Especialmente, por la presencia de su castaña amiga apareciéndose en sueños, susurrándole una y otra vez la misma absurda palabra al oído.
«Escroto.»
Aclaraciones:
Queer: todo aquello que hace referencia al colectivo LGBTI+
Cisgénero: personas cuya identidad de género y género biológico coincide. La identidad no es lo mismo que orientación sexual, la orientación hace referencia a nuestra "inclinación" sexual y preferencia por un género u otro. La identidad es cómo percibimos nuestro género, por ejemplo, una persona trans se denomina así porque su género biológico y su identidad no coinciden. Como se suele decir ha nacido en el cuerpo equivocado, para que sea más comprensible lo explico así.
La película que cito también fue llamada en España A Woon Foo, gracias por todo Julie Newman y en Latinoamérica Reyes o Reinas
Heteropatriarcal: es el sistema actual donde las relaciones heterosexuales están por encima que las no hetero, al igual que los hombres tienen una situación privilegiada.
N/A:
Por si acaso quería hacer estas aclaraciones, es posible que se me olvide algo, pero si alguien más a parte de Dana lo lee y tiene dudas puede planteármelas. Bueno Danita, espero que sea de tu agrado. Ya queda un capítulo más y el epílogo, así que espero acabarlo pronto y que el final no te decepcione. Bueno, en general espero que lo disfrutes y nada te decepcione xD
Pásalo bien en tus vacaciones con Romi 3
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