Hola!

Bueno, pues antes de leer el capítulo, de nuevo gracias a los que me leen y a los que comentan. ¡Comenten!

Bien, tenía pensado hacer otro fanfic dedicado a C17 y C18 cuando eran humanos, pero he considerado que aquí quedaría bien, así que en definitiva, tal vez lo haga más adelante, pero ahora se me ha ocurrido así. A lo largo de este fic pondré algunas partes más de esta historia (me parece que es una parte importante, porque C17 y C18 son protas y su pasado es otra forma de verlos de un modo distinto a esos ciborg que destruyen todo). Además, C17 va a empezar a recordar algunas cosas de su pasado humano en los siguientes capítulos (pero no nos adelantemos).

Vale, paso a explicar un poquito porque he hecho este capítulo (tenía prevista otra cosa), pero como Trunks es uno de mis personajes favoritos de Dragon Ball –después de Vegeta XD- he decidido darle un respiro (más o menos). En realidad este capítulo está dedicado un poco a la relación de ambos "hermanos" (y sobre todo de los pensamientos de Mirai Trunks respecto a Bra). Pero no penséis que es un capítulo de relleno, para mí es una forma de dar a conocer mejor a los personajes para que entendáis un poco las decisiones que van a ir tomando a lo largo de la historia.

Por otro lado ya sé que este es el tercer capítulo y que muchos esperáis las escenas más románticas, pero tener un poco de paciencia, que va a haber todo tipo de escenas así (muchas, muchas, tranquilas… y tranquilos XD). Tener en cuenta que hablamos del C17 del universo alternativo y, al fin y al cabo, es el "malo" y no quiero poner una escena con una situación forzada.

Espero que les guste.

Nos vemos!

Capítulo 3: Hermanos

-¿No te parece una pérdida de tiempo conducir? –preguntó C18 mientras revisaba su imagen en el espejo retrovisor-.

El viento azotaba en su cara y la despeinaba continuamente. El modelo de coche que habían adquirido era un deportivo descapotable. Podrían conseguir una aceleración vertiginosa, pero C17 conducía a una velocidad más o menos normal siguiendo las líneas de la carretera. Ni siquiera se molestó en contestar a la pregunta. Su gemela sabía que para él perder el tiempo era una forma de divertirse.

Conducía a través de una carretera poco transitada que quedaba rodeada por un par de desfiladeros.

-Casi todos los humanos del planeta están más al norte. Si conduces tan despacio tardaremos días en llegar. En cambio, si fuéramos volando, estaríamos allí en un par de horas. Tal vez menos.

El androide la miró de reojo.

-Ah, ya he tenido suficiente, C18. Me has obligado a ir de compras contigo y ahora quiero conducir.

C17 había aceptado robar un poco de ropa de su talla. C18 estaba harta de que fuera de ciudad en ciudad con esa camiseta destrozada y le había obligado a cambiarse. Sin embargo, no había conseguido que se vistiera con algo de estilo. Su gemelo había optado por una cómoda camiseta oscura y unos vaqueros, culminando su vestimenta con un pañuelo de tono naranja que cubría la cicatriz de su cuello.

-Creo que aún te comportas como un humano, C17 –replicó la gemela-. Conducir no es algo típico de los humanos.

C17 expresó un gesto de desagrado ante tal comparación.

-No me compares con los insignificantes humanos, C18. Sabes perfectamente que los odio. Además, ¿qué sentido tiene apresurarnos?. Los humanos no se van a ir de donde están. Y aunque lo hicieran, los encontraríamos. Tarde o temprano exterminaremos a todos los seres que habiten este planeta. ¿Qué más da retrasarse unos cuantos días?

-Como tú digas, C17 –aceptó ella mientras colocaba las manos tras su nuca-. Pero, al fin y al cabo, somos androides creados a partir de humanos. No debes enfadarte cuando digo que aún te comportas como ellos. Es normal –afirmó con tranquilidad mientras depositaba sus botas sobre el salpicadero, como solía hacer siempre que viajaba en coche-.

Su gemelo la miró brevemente y luego volvió a fijar su vista en la carretera.

-No te comprendo, C18. No puedo creer que pienses así.

-Fuimos creados para matar a un sayajin, no a los humanos. Pero ese hombre llamado Goku murió antes de que pudiéramos encontrarle. Los androides estamos programados para cumplir una misión, pero ya no tenemos objetivos. Supongo que por eso destruimos todo –aventuró-. Aunque realmente deberíamos acabar con esos sayajines que no hacen más que entrometerse en nuestros juegos.

C17 expuso su peculiar sonrisa.

-Tranquila, ese muchacho aparecerá en cuanto comencemos a jugar con los humanos. Y ten por seguro que esta vez acabaré con él.

C18 se rio.

-No seas egoísta –cortó ella-. Al menos deja que sea yo quien le dé el golpe final, ¿de acuerdo?

-Sí, claro. Procuraré no matarlo de un golpe –bromeó él-.

C18 dedicó unos segundos a observar como un coche pasaba justo a su derecha. Ajeno a la identidad de los ciborg el conductor los adelantó y continuó con su camino. C17 ni se inmutó y siguió conduciendo con bastante discreción.

-Y ¿qué vas a hacer con la chica?, ¿eh?

C18 examinó el perfil de su hermano mientras decía esa frase. El ciborg no movió ni un músculo, pero sus manos se aferraron más fuertemente al volante.

-La mataré –indicó con seriedad sin apartar la vista de la carretera-. Como tú has dicho, tenemos que acabar con esos sayajines de una vez por todas.

-Bueno, pero mientras tanto… -lanzó una onda de energía al coche que se había adelantado-.

C17 tuvo que dar un volantazo para esquivar las porciones de chapa que se dispersaron por el aire. Una de las puertas del vehículo pasó por encima de sus cabezas y C17 se vio obligado a girar el cuello para esquivar una porción del capó, sin embargo, no pudo hacer nada para evadir las llamas que siguieron a la explosión.

-C18, ¿por qué has hecho eso? –preguntó mientras aceleraba entre las llamas, alenjadose de la segunda explosión que retumbó en el lugar-.

-No soporto que nos adelanten –se excusó ella limpiándose la ropa-.

-Típico de ti –dijo él sonriente-.

-Por cierto, ¿cuándo aprendiste a conducir?, no lo haces tan mal.

-No lo recuerdo –contestó él-. Supongo que ya sabía conducir antes de ser un ciborg.

-Claro, por eso te gusta tanto –afirmó ella con la clara intención de irritarlo-.

Pero no lo consiguió. C17 siguió conduciendo en silencio rumbo a la Ciudad del Norte.

(***)

25 años antes…

-Acelera, Kurota –ordenó Akane mientras echaba un vistazo al espejo retrovisor-.

El bullicio de las sirenas de los coches patrullas cada vez era más cercano y no tardó en ver como los vehículos de la policía aparecían a sus espaldas tras derrapar en la curva que salvaguardaba la calle que habían tomado.

-Tranquila –indicó el conductor-. Los despistaré enseguida –afirmó mientras esquivaba con fuertes movimientos de volante el resto de coches que se interponía en su camino-.

Uno de los coches frenó en seco en un intento de no ser arrollado por la pareja que se daba a la fuga. El vehículo perdió el control y comenzó a virar hacia la derecha. El conductor procuraba enderezarlo, pero no tuvo tiempo de reacción cuando uno de los coches patrullas comenzó una frenada tardía para no arrollarlo. El chirrido de las ruedas precedió al fuerte golpe causado por el impacto de la parte delantera del vehículo de la policía contra el frontal del turismo.

-Uno menos –comentó Akane observando el retrovisor-.

Se quitó un mechón de pelo de la cara y lo dispuso tras su oreja, en un gesto que repetía constantemente.

-Agárrate –indicó Kurota y giró el volante a la par que pisaba el freno y el acelerador en un derrape prodigioso-.

Akane interpuso su brazo al impacto contra la puerta del coche, pero la inercia del movimiento la aplastó contra ella. Su hermano mantenía el cuerpo medianamente erguido aferrándose fuertemente al volante. Las ruedas tocaron la acera en medio de la cuerva, y Akane vio como un muro se acercaba peligrosamente al capó, pero Kurota enderezó el coche, soltó el freno y aceleró tomando una recta por una calle más estrecha.

Los coches patrullas conformaron varios sonidos de frenadas y se escuchó otra colisión.

-Esto es muy divertido –afirmó Akane mirando a través del parabrisas con ojos extremadamente abiertos-.

Su corazón latía fuertemente en su pecho, la adrenalina recorría sus venas y se sentía viva, muy viva. Era la primera vez que Kurota dejaba que le acompañara en un atraco y no estaba arrepentida de ello, a pesar de que la velocidad demencial que alcanzaba su hermano podía parecer un suicidio predestinado.

Kurota salió de la calleja y giró a la derecha con un fuerte derrape. Varios coches patrullas se unieron a su huida por ese lugar y otras sirenas indicaban la presencia de más policías en las calles cercanas.

Akane sujetó fuertemente el macuto lleno de dinero que llevaba sobre las piernas y entrecerró los ojos dos coches patrullas comenzaron una maniobra para cerrar el paso de la calle. Las patrullas pretendían crear una barrera con sus propios coches. Kurota pisó a fondo y consiguió pasar entre los ambos en el último segundo, si bien rozó la delantera de ambos coches y eso desestabilizó un poco su propio vehículo. Dieron varios bandazos internándose entre la acera y la carretera mientras la gente se apartaba desesperadamente para no ser arrollada. Kurota no tenía la intención de matar a nadie. En realidad, nunca lo había hecho. Usaba las armas de fuego para intimidar a los trabajadores de los bancos y a veces daba tiros al aire, puede que apuntara a algunos clientes si intentaban escapar, pero quitarle la vida a otro ser humano, eso le parecía despreciable.

Finalmente consiguió retomar el control del vehículo. Había ganado algo de espacio, pero los policías habían retomado su persecución. Para entonces Kurota ya estaba abandonando la ciudad, dirigiéndose en una carretera secundaria hacia las Montañas del Norte. Allí no había lugares donde esconderse, solo podía pisar a fondo el acelerador y adelantar a los escasos vehículos que transitaban el lugar.

Entonces escuchó el sonido de un disparo que colisionó contra el cristal trasero del vehículo, este se fraccionó y calló como una lluvia de porciones cortantes sobre sus cabezas.

-Mierda –mascullo Akane agachando la cabeza-.

Pero Kurota no se inmutó. Seguía completamente concentrado en la carretera y en el paso a nivel que se cernía frente a sus ojos.

-¡Les habla la policía!, ¡detengan el vehículo inmediatamente! –se escuchó a través de un megáfono-.

Segundos después otro disparo impactó contra la chapa posterior del coche. Intentaban acertar a las ruedas.

-Akane –indicó el joven moreno mientras daba volantazos en un intento de ser un blanco menos fácil-.

-Voy –articuló ella sacando de la guantera una pistola-.

Le temblaban las manos. Estaba realmente nerviosa y Kurota, sin mirarla, parecía percibirlo. Siempre sabía qué pensaba, qué necesitaba o cómo se encontraba. Desde que habían comenzado su vida solos, era así. Tal vez por eso Akane se sentía protegida a su lado. Pasara lo que pasara, Kurota tendría una solución, comprendería cualquier situación que la incomodara y evitaría que la ocurriera algo malo.

-Dámela –indicó su hermano-.

Akane le pasó la pistola y Kurota rompió la ventanilla de un disparo. Ese sonido tan cercano hizo que Akane sintiera un escalofrío. Kurota aferró fuertemente la mano derecha al volante y se inclinó hacia la ventanilla. En una fracción de segundo apartó la vista de la carretera, apuntó y disparó certeramente. Uno de los coches policías comenzó a dar bandazos al perder la rueda delantera, hasta que finalmente se estrelló contra la ladera que flaqueaba la carretera. Dos coches más se detuvieron ante la colisión, pero cinco vehículos patrulla siguieron su persecución.

Llegaron al paso a nivel y Akane pudo ver como la barrera se cerraba lentamente a la par que las luces rojas del semáforo indicaban la llegada de un tren.

-¡Para, Kurota! –gritó con un gesto de auténtico pánico en el rostro-.

Un tren de mercancías se acercaba a ellos a toda velocidad. Pero su hermano estrelló el coche contra la barrera que se interponía en su camino y la atravesó. El sonido del tren era ensordecedor y el insistente pitido de la bocina se clavó en la mente de Akane. Esa mole de metal los iba a arrollar, estaba tan cerca que cerró los ojos fuertemente en un acto reflejo, esperando el impacto. Luego todo sucedió rápidamente. El sonido ensordecedor se hizo más fuerte, atronando en su cabeza, antes de comenzar a disiparse gradualmente a sus espaldas.

Su corazón bombeaba tan fuertemente que escuchaba sus propios latidos y su respiración era rápida y superficial. Estaba al borde del desmayo, pero lo habían conseguido.

-Eso ha sido una locura, Kurota –masculló con una sonrisa dibujada en el rostro-.

-Sí, ha sido una auténtica locura –indicó él mientras se internaba en un camino arenoso que cortaba la barrera de árboles que conformaba la entrada al bosque-.

Abandonaron el coche unos kilómetros más allá y se internaron a pie entre el laberinto boscoso con el único equipaje de su botín. Decidieron correr durante algunos kilómetros para asegurarse de que la policía no pudiera seguirlos.

Akane detuvo su acelerada carrera y observó el paisaje. Todo parecía igual. Una extensión de árboles altos cuyos troncos se intercalaban entre las hierbas altas, las cuales, salteaban el paisaje arenoso que conformaba el suelo. Los rayos solares se colaban tímidamente entre las altas copas, conformando diversos focos de luz que se precipitaban entre las sombras del terreno.

Jadeaba por el cansancio, pero estaba pletórica. Nadie podría encontrarlos allí. Era imposible, la policía no tenía ninguna oportunidad contra ellos. Kurota conocía el bosque como la palma de su mano.

Él parecía más cansado. Se había parado frente a un árbol y permanecía apoyado en el, algo doblado y agarrándose el pecho con la mano.

-¿Estás bien? –preguntó Akane-.

-Sí –afirmó él sonriente-. Solo un poco… cansado… Sigamos.

-¿Seguro que estás bien?

-Sí.

La joven rubia frunció el ceño, pero no replicó. Siguieron caminando a paso normal.

No era habitual que su hermano estuviera al borde del desmayo por una huida. Él siempre tenía más resistencia. Desde que eran niños había sido así, como cuando echaban carreras hasta la cabaña de su padre y Akane terminaba perdida y llorando llamando a su hermano. Él en realidad nunca se alejaba de ella, pero le gustaba esconderse para asustarla haciéndola pensar que la había abandonado. Entonces le odiaba, porque su padre le enseñaba a él cosas que a ella no. Le enseñó a usar un arma de fuego con solo nueve años. Su padre decía que era necesario saber disparar cuando se vive en medio de un bosque. No era difícil ver osos y otros animales salvajes por el lugar. Además, le llevaba con él cuando iba a talar árboles, pues era leñador. En cambio ella se quedaba sola en la cabaña, esperando durante toda la mañana el regreso de los hombres. Ella pensaba que su padre no la quería y que por eso no la enseñaba a cazar, a talar árboles y no le mostraba los secretos para orientarse en el bosque. Pero con el paso de los años, supo que eso no era así. En realidad su padre la adoraba. Pero los trabajos que le enseñaba a Kurota eran demasiado rudos para ella. Además, no quería que le sucediera nada malo. Era normal que su padre tuviera más confianza en la fuerza de su hijo, era un hombre antiguo y pensaba que Akane estaba predestinada a casarse, formar una familia y demás tópicos. Sin embargo Kurota era distinto. Siempre fue un chico solitario. Tal vez porque había crecido en medio de la nada, con la única compañía de su hermana y su padre. El leñador era más duro con él y si Akane volvía con un solo rasguño de sus escapadas al bosque, Kurota se llevaba una buena bofetada que le había volver la cara y reprimir lágrimas de dolor. Una vez Kurota pasó la noche fuera, pues había perdido a su hermana realmente y tenía más miedo a su padre que a los osos. Él no sabía que Akane ya había vuelto a casa. La joven aún recordaba, sin embargo, la cara lastimosa de su hermano cuando llegó solo a la cabaña, entrado ya el medio día. Y su padre, nada más verle, le dio la bofetada más dolorosa de su vida, la misma que lo mandó al suelo. "Por idiota", dijo el leñador. Sí, tal vez era demasiado duro con él, pero también le quería. Su padre siempre decía que Kurota debía cuidar de su hermana, porque era lo que todo hombre debía hacer. Tal vez por eso había aprendido a cuidarla, quizás excesivamente. Ninguno de los dos guardaba recuerdos claros de su madre, pues esta murió por una grave enfermedad cuando solo tenían tres años.

Kurota estaba acostumbrado a esa vida, pero ella esperaba algo mejor. La primera vez que fueron a la ciudad, ya en la adolescencia, Kurota se sintió perdido y agobiado entre tanta gente, pero Akane descubrió un mundo nuevo. No podía dejar de mirar los vestidos, las joyas, los coches, los enormes edificios y a los jóvenes.

Kurota odiaba la ciudad, a las chicas y todo lo que las rodeaba, incluidas sus compras. Pero Akane soñó desde ese día con tener un apartamento en uno de esos edificios de ricos. Sin embargo, sabía que tenía que conformarse con la vida que le había tocado. Aunque nunca perdió la esperanza de conocer a algún rico que cambiara totalmente su mundo, si bien en el fondo, ambos se conformaban con su vida. Hasta que ese fatídico día, cuando habían cumplido quince años, ocurrió algo que Akane no quería rememorar. Ese día que cambió su vida para siempre y que les había convertido en lo que eran ahora, dos fugitivos.

-Hemos llegado –dijo él de repente-.

Akane miró incrédula los alrededores. Allí no había absolutamente nada. Estaban en un pequeño claro libre de árboles y vegetación.

Espero que no pretenda que acampemos a la intemperie.

Kurota parecía divertirse con la cara que estaba poniendo, así que Akane le golpeó la nuca con la mano extendida. Era un gesto que siempre repetía con su hermano.

-Vale, no tienes porqué ponerte así –se disculpó él sacando del bolsillo una cápsula-.

La activó y la lanzó. Tras formar una estela de humo blanquecino apareció una pequeña casa con forma circular.

-Según tengo entendido esta casa solo tiene una habitación –indicó Akane con seriedad-.

-Sí, lo sé. Conseguiré algo mejor en cuanto pueda.

Ella lo miró expresando una sonrisa sagaz.

-Tú al sofá –dijo señalándolo con el índice-.

Akane se comportaba como cuando eran niños. Eso pasaba cada vez que él le traía una cantidad considerable de dinero.

-Pero… Akane… Soy tu hermano, no tiene nada de malo que durmamos juntos. Robaré joyas para ti –ofreció-.

Ella ya se había encaminado hacia la casa y elevó una mano sin volverse. Con ese gesto decía que era una decisión tomada.

-Oh, vaya –protestó él entrando, tras ella, en la casa-.

A cientos de kilómetros de allí, escondido en una zona montañosa, se encontraba el laboratorio del doctor Gero.

El prodigio de la ciencia se encontraba frente a la pantalla de su ordenador central. Estaba dando los últimos retoques al boceto de su último proyecto: humanos reconstruidos. Ciborg con una fuerza capaz de ganar a un sayajin.

Tecleó los últimos datos y observó con sus ojos enrojecidos el plano.

Al fin lo he conseguido.

Sonrió levemente. Durante sus años de investigación había estado observando a personas que podían convertirse en máquinas de destrucción. Había desechado a muchos candidatos. Al principio pensó en humanos altos y fuertes, pero cuando conoció a cierto joven, cambió de opinión. No impresionaba demasiado por su altura o su fuerza. Lo único que le había llamado la atención era su carácter. Era frío, serio y solitario. Un delincuente que se burlaba de la policía. Ese tipo de perfil era el que le había hecho elegirle. Sin embargo, el doctor Gero sabía que no aceptaría por voluntad propia ofrecer su cuerpo a este proyecto. Tendría que capturarlo, pero eso no era un problema, pensó mientras observaba la cápsula donde guardaba uno de sus androides sin base humana.

Pronto culminará mi trabajo. Crearé ciborg de fuerza ilimitada. Guerreros incansables con energía eterna. Y ese muchacho tendrá el privilegio de ser el primero de ellos.

(***)

Concéntrate, Bra… concéntrate…

Eso repetía una y otra vez, pero no era fácil. No cuando un supersajayin está mirándote fijamente con esos ojos de un característico azul-verdoso, con brazos cruzados sobre el pecho, tamborileando uno de sus bíceps con el dedo índice.

Trunks era un entrenador difícil de impresionar. No regalaba ni una sola sonrisa y solo daba las mínimas instrucciones. Ni una sola palabra de ánimo y nada que se pareciera a una felicitación. Empezaba a acostumbrase a él, bueno, más o menos. Había aprendido a tratarle como trata a su padre, Vegeta. Ambos eran hombres serios, orgullosos y rectos. Pero eso es lo que cabría esperar de cualquier Guerrero del Espacio. Sus "hermanos" eran tan distintos que Bra a veces olvida que pertenecían a la misma familia –si bien en diferentes universos-. Pero no podía evitar sentir una complicidad especial con Mirai Trunks. En el fondo era muy amable con ella –dentro de su carácter-.

-Tienes que concentrar toda tu fuerza y libérala. Así –indicó él mientras aumentaba su ki-.

Bra lo intentó. Recordó su pelea contra C17 y el momento en que estuvo a punto de transformarse. Cerró los ojos y apretó los puños. Estaba sudando, si bien era normal a causa del calor ambiental, apenas paliado por la brisa marina, también era causado por el esfuerzo.

La joven sintió como todo su cuerpo se contraía devorado por esa energía, como la primera vez. Era extraño, algo parecido al dolor se apropiaba de cada músculo, una corriente que se hizo dueña de cualquier pensamiento. Todo cambiaba en una milésima de segundo, su fuerza aumentaba, su mente analizaba todo con más precisión y cualquier sentimiento se disipaba por un instante. Su fuerza consiguió que algunas porciones de terreno se elevaran a su alrededor al igual que pequeñas rocas. Sus pies comenzaron a ahondar suavemente en la tierra que se desquebrajaba en suaves líneas bajo ellos. Trunks la miró recubierta de una tenue estela dorada, con todos sus músculos contraídos y el pelo alzándose a causa de la energía desprendida. Sus ojos sufrieron la metamorfosis propia de la transformación en supersayajin. Pudo vislumbrar como la joven contraía la mandíbula entre leves gemidos de dolor e intentaba liberar más energía.

-Enfádate, Bra. Expulsa tu ira. Piensa en esos androides y enfádate –la ordenó en un tono serio-.

Pero ni siquiera cambió su posición para decírselo. Seguía mirándola con aptitud fría y no parecía nada impresionado por la pre-transformación, muy al contrario de lo que esperaba Bra.

La joven intentó aumentar más su energía, pensó en los androides, en la arrogancia de su padre, en como su hermano –su verdadero hermano- se burlaba de ella cuando era pequeña porque decía que era una "niñita débil" y que no entendía cómo no había heredado nada del espíritu guerreo de los sayajines, en las historias de su amiga Pan en su viaje por el espacio en busca de las bolas de dragón… Entonces se concentró en el androide C17, en su particular forma de burlarse de ella, en su tono de voz cuando la llamaba "humana" o "niñita" y en cómo había herido su orgullo tratándola como a un simple juguete. Eso hizo aumentar su ki. Pero recordó sin querer cómo la apresó con la intención de asfixiarla, el modo en que la inmovilizó, aprisionándola contra él, contra ese cuerpo aparentemente humano y se desconcentró. El nivel de su fuerza de combate descendió en picado y calló de rodillas antes de anteponer sus manos a su cara para evitar darse de bruces contra el suelo. Jadeaba, sudaba como Vegeta después de salir de la sala de gravedad y solo podía pensar en captar hondas bocanadas de aire en un intento de no desmayarse por falta de oxígeno.

Cuando recuperó vagamente el aliento atendió a ver las botas amarillas de Trunks cerca de su cara.

-No ha estado mal –se limitó a decir el chico mientras se inclinaba y la ofrecía una mano-.

Bra ascendió la vista hasta toparse con el rostro de su hermano. Trunks ya había vuelto a su estado normal, pero seguía manteniendo una expresión cortante. Esas palabras eran de total cordialidad, en realidad, no estaba nada sorprendido y ella lo sabía.

Trunks pudo ver el gesto de frustración en la cara de Bra cuando ella se aferró a su mano. La levantó súbitamente y Bra tuvo serios problemas con su sentido de la orientación. Por unos segundos pensó que el mundo entero estaba dando vueltas a su alrededor. Para su suerte Trunks no la soltó y eso evitó que callera de espaldas al terreno.

-Será mejor que lo dejemos por hoy –indicó el muchacho aferrado los hombros de la joven, en parte por ofrecerla uno de sus gestos de aprobación, en parte porque no tenía claro si ella podría mantenerse en pie-.

-Estoy bien –indicó ella inclinando levemente la cabeza para mirarle-. Puedo continuar.

Bra no era una chica demasiado alta, claro que su padre tampoco. En cambio Trunks tenía una altura bastante admisible para un sayajin. Aunque a decir verdad, Bra no sabía cuál era la altura media de un Guerrero del Espacio.

-De acuerdo –aceptó Trunks-. Pero descansemos un poco.

Bra sonrió al escuchar esas palabras. Ambos tomaron asiento sobre el terreno en silencio. Bra no tardó ni un segundo recostarse sobre la hierba que cubría la zona. Su cuerpo poco a poco volvía en sí y comenzaba a perder la sensación de vértigo que se había apoderado de su cabeza.

Trunks se limitaba a mirar el horizonte, parecía sumido en sus pensamientos. La joven sayajin se tomó unos largos segundos en observarlo antes de que el muchacho se diera cuenta de ello y dirigiera sus ojos hacia la semisayajin.

Bra sonrió y él se limitó a elevar levemente los labios. Para sorpresa de la joven, Trunks también decidió tomarse un descanso y reposó su espalda sobre el terreno, colocando ambas manos tras su nuca.

-A mí me costó mucho transformarme en supersayajin –dijo él-. Tú en cambio casi lo consigues en medio año.

Esas palabras pillaron por sorpresa a Bra. Viniendo de Mirai Trunks era como recibir una felicitación muy bondadosa. Algo que nunca podría esperar, por ejemplo, de su padre.

-Y, ¿cómo lo conseguiste?

Trunks la miró y su gesto se tornó sombrío. Bra se dio cuenta tarde de que acababa de tocar un tema delicado.

-Cuando murió Son Gohan –musitó-. Estaba lleno de rabia. La ira es la clave para transformarse en un supersayajin –explicó en un tono apresurado-.

-Trunks, lo siento…

-Eso ya no se puede cambiar –se limitó a decir él mientras fijaba su mirada en el cielo despejado-.

Bra vio por primera vez en él la vulnerabilidad. Era difícil comprender como ese sayajin impasible se esforzaba por mantener su rictus de severidad mientras descansaba mirando al cielo, lejos de la realidad, de las ciudades devastadas y de los ciborg. Ella había oído hablar de Mirai Trunks en su mundo, pero no había tendido la ocasión de conocerle. Incluso Vegeta lo alababa –a su modo-. Sin embargo ella había llegado a un punto de su vida donde él no sabía nada acerca de su padre. Se sentía mal por no decirle nada acerca de su verdadera identidad. Él le había contado toda su historia y ella esquivaba todas sus preguntas. Quería decírselo, pero temía que si supiera que era su hermana la tratara de otro modo. Dejaría de entrenarla, la llevaría a rastras hasta la máquina del tiempo y la mandaría a su mundo sin miramientos. No quería volver a casa, no aún. Necesitaba seguir fortaleciéndose. Era una faceta suya que quería encontrar y que nunca había desarrollado. Ella no era una buena mujer de negocios como su madre o como Trunks, aunque tampoco pensaba que fuera una buena guerrera. Aquí tenían en cuenta sus decisiones. Trunks no veía del todo bien algunas de ellas, pero la respetaba. Esa era la palabra, respeto. No la trataba como a una niña frágil y desamparada, ni como a una joven únicamente interesada en la moda. Ella era algo más que eso, era alguien más que la hija de la dueña de la Corporación Cápsula, era la hija del Príncipe Vegeta y, por consiguiente, una princesa sayajin. Por otro lado, se sentía decepcionada por no tener la brillante mente de su madre. La misma que creó una máquina de Rayos Blue para que Vegeta se transformara en Sayajin de nivel cuatro. Ojala pudiera ayudar a Trunks con algún invento que le hiciera más fuerte, pero no podía. Lo único que podía hacer era luchar a su lado, cuando llegara el momento, cuando estuviera preparada, como él había dicho. Bra siempre había tenido especial interés en la transformación de los sayajines en simios gigantes con la luna llena, pero no había tenido la oportunidad de ver a ninguno en esa fase. Su padre perdió la cola en una lucha contra Goku, según contó él y, según el propio testimonio de su padre, se la había arrancado a su hermano nada más nacer, pues era una especie de punto débil –una medida del todo salvaje, a su entender-. Son Gohan también la había perdido, pero su explicación no era del todo clara. Y en cuanto a Son Goten: Ja, nunca una "cola de mono en el culo". Sin embargo, te impresionaría ver otro tipo de… -la llegada de Chichi y el consiguiente grito hicieron que no terminara la frase. Bra se contuvo para no darle un puñetazo en la cara, pero en definitiva, no tuvo más remedio que dejar el tema. Carecía de más información, pues Vegeta no le quiso decir nada más cuando le inquirió. Simplemente dijo: ¿por qué estás tan interesada en eso?. Tú naciste sin cola, así que no tienes que preocuparte. No vas a transformarte en nada. Vete a comprar con tu madre y deja que siga con mis entrenamientos. Acto seguido la hecho de la sala de gravedad sin más miramientos.

-¿En qué piensas? –preguntó él-.

Bra se topó con el rostro del muchacho que había ladeado la cabeza para mirarla.

-Eh… en nada…

Nunca le había visto la cola, pero era posible que estuviera escondida en sus pantalones. Trunks la escrutó con la mirada cuando Bra bajó la mirada en un intento de encontrar algo raro bajo su pantalón.

-Oye, ¿qué crees que habrá pasado con esos androides? –preguntó de repente Bra quitándose de la cabeza el tema de la cola de los sayajines y volviendo a elevar su vista-.

-¿A qué te refieres?

-Hace siete días que no hay noticias de ellos –respondió Bra-.

Bulma mantenía la radio encendida durante todo el día. Sin embargo la posición de los ciborg seguía siendo un misterio desde la última vez que los vieron.

-Bueno, supongo que querrán pasar desapercibidos por alguna razón. A veces se comportan así –afirmó él sin darle mayor importancia a esos actos-. Pero tarde o temprano volverán a atacar una ciudad.

Bra se levantó súbitamente y Trunks la inquirió con la mirada.

-Vamos a seguir entrenando. Tengo que conseguir transformarme en supersayan.

-Ten paciencia –indicó Trunks mientras se ponía en pie-. No es tan fácil…

-Me da igual. Lo conseguiré –articuló Bra con total convicción-.

El muchacho accedió a seguir con el entrenamiento. Pasaron varias horas entrenando, pero Bra no consiguió transformarse en supersayajin.

(***)

Habían pasado diez días desde que los androides atacaron una ciudad. Una falsa calma se instauraba entre los humanos ante esta noticia. Aunque Trunks no albergaba ninguna esperanza de que hubieran sido destruidos. Después de todo, ni todos los ejércitos del mundo podrían acabar con ellos. Sabía que tarde o temprano tendría que volver a enfrentarse a ellos y Bra también. Tal vez por eso había salido de la corporación en medio de la noche.

Trunks no dormía demasiado, apenas unas cuantas horas entre largas jornadas de pensamientos perdidos, sumido en la oscuridad de su habitación. Por eso había notado al instante que el ki de la semisayajin se alejaba.

No pretendía invadir el espacio de la joven, pero salir sola de noche no era la idea más acertada dadas las circunstancias, así que decidió seguirla desde una distancia prudente, procurando no elevar demasiado su ki para evitar ser descubierto.

La persiguió hasta que comprendió que iba al lugar donde solían entrenar. Bra descendió cerca de los acantilados, pero Trunks lo hizo antes, internándose en el bosque para no ser descubierto. Caminó el escaso kilómetro que le separaba de ella y se escondió tras un cúmulo rocoso para observarla. La joven intentaba con todas sus fuerzas consumar la transformación, pero cuando parecía que estaba a punto de conseguirlo, perdía la concentración y se desplomaba sobre el terreno. Agotada, descansaba unos segundos y se ponía en pie, para intentarlo de nuevo.

Es muy persistente… Lo conseguirá pronto… -pensó mientras la observaba con detenimiento-.

Trunks no había tenido la oportunidad de conocer a muchos sayajines, pues todos habían sido masacrados cuando él era solo un bebé. En realidad, solo había conocido a Son Gohan. Admiró a ese guerrero desde la primera vez que le vio aparecer frente a los androides. Fue su mentor y le salvó la vida en varias ocasiones. Era el hombre más fuerte que había conocido nunca y, tras su muerte, Trunks pensó que estaba solo en esa lucha desesperada contra los ciborg. Cuando Bra llegó no depositó ninguna esperanza en ella. La entrenó porque vio en ella la misma aptitud que tuvo él cuando era un adolescente. Pero poco a poco había cambiado su forma de verla. Esto había sucedido tan paulatinamente, que el muchacho no había tenido tiempo de percatarse de ello.

Desde el principio ese carácter fuerte de la joven había llamado su atención. Él era serio y algo frío, pero se consideraba alguien más calmado. Sin embargo, cuando estaba frente a Bra, se sentía obligado a medir cualquier palabra y a someter sus gestos a una simple mueca de seriedad. Era tan impulsiva que nunca podía saber lo que pensaba. A veces le gritaba y pegaba un portazo sin dejarle dar ninguna explicación, y minutos después le abrazaba con una sonrisa en el rostro. Él sabía que no era un experto en mujeres, en realidad, su relación con ellas se reducía a tareas de rescate, pero suponía que Bra era la chica más difícil de entender que había conocido. Era tan… contradictoria. Cuando entrenaban era una mujer fuerte y disciplinada, pero cuando volvían a casa y cambiaba su traje de entrenamiento por esa ropa ligera se volvía una chica caprichosa y no le hacía el menor caso. También era orgullosa, aunque él también y no podía reprenderla por ello. Era normal que alguien perteneciente a esa raza se sintiera superior, los humanos eran muy débiles en comparación con ellos. Trunks no pensaba que los humanos no valieran para nada, pero en cuestiones de lucha este hecho era una realidad.

Al principio su vida se había vuelto un caos con la llegada de esa guerrera, y el hecho de que no dijera su verdadera identidad tampoco le infundía demasiada confianza. Pero poco a poco, había cambiado drásticamente de opinión. Y desde entonces, se tenía la necesidad de protegerla. Por eso, cuando la vio tirada en medio de una ciudad devastada pensó que su mundo se venía abajo otra vez. No podía concebir la idea de que esos ciborg la hubieran dejado con vida. Quería destruirlos, tenía la necesidad de hacerlos pedazos, pero ellos ya no estaban allí. Luchó contra su propia mente para no hacer realidad la idea de marcharse en busca de los ciborg y descendió hasta donde se encontraba Bra. Al ver que estaba viva, al cogerla entre sus brazos y notar que su propio ki volvía a descender para hacer de este gesto algo más delicado, al perder la ira y al olvidarse de todo, incluso de los androides, comprendió que su vida había cambiado y que no tenía ningún control sobre esos cambios.

Cuando la dejó sobre la cama, aún inconsciente, se sintió frustrado. Debía haber estado a su lado, pero no lo hizo. Se odiaba a sí mismo, pues su madre decía que eso es exactamente lo que hacía su padre. No se preocupaba por nadie que no fuera su propia persona y luchaba solo para que todos supieran cuál era su fuerza. Él luchaba por sobrevivir y para salvar su mundo, pero, en cierto modo, también necesitaba saber que era más fuerte que esos ciborg.

Había cometido un error al pensar que esa semisayajin se quedaría de brazos cruzados si la dejaba en la Corporación. Se sentía culpable por lo que le había pasado y esa sensación era peor que cuando paseaba por una ciudad desierta. Incluso peor que cuando no podía evitar que los ciborg se cobraran cientos de vidas humanas. Ese pensamiento no era demasiado noble, pero no podía cambiarlo.

Le costaba comprender por qué le importaba tanto esa chica. Es como si estuviera unido a ella por algunos hechos que escapan a su entender.

Pero ahora que la observaba escondido, cual malhechor, no podía evitar relajar su rostro y sonreír. Le resultaba imposible no clavar su mirada en ella, en su piel brillando por el haz de luz dorada en contraste con la oscuridad de la noche. Y, por un segundo, por un solo segundo, la joven liberó la suficiente energía. El viento azotó con más brío y el mar comenzó a formar olas que chocaban contra los acantilados de forma impresionante. Solo fue una visión fugaz, pero Trunks la observó mientras su cabello se teñía de dorado, mientras sus ojos se tornaban más claros y mientras todo su cuerpo sufría la metamorfosis que culminó en la transformación. Un segundo después, la joven se desplomó sobre el terreno inconsciente.

Trunks se acercó a ella lentamente y, cogiéndola con delicadeza, alzó el vuelo rumbo a la corporación.

Fue un vuelo apacible y sin incidentes, así que no tardó en entrar por la ventana de su propia habitación, pues no quería que Bulma hiciera preguntas si los pillaba entrando por la puerta. Su madre no aceptaba los entrenamientos nocturnos y, en realidad, nada que tuviera que ver con salir en medio de la noche.

Con ella aún entre los brazos, notando el pelo de la joven recayendo más allá de sus extremidades, se dirigió hacia la puerta que se encontraba entreabierta. La abrió con un movimiento de pie y se encaminó hacia la habitación de Bra. Tuvo que esforzarse un poco más en abrir esta puerta, pues se encontraba cerrada por completo, pero no hizo demasiados movimientos y la joven parecía seguir completamente dormida.

La dejó sobre la cama y, tras observarla unos fugaces segundos y lanzar un suspiro, salió de la habitación. Cerró la puerta suavemente y se quedó parado en medio del pasillo, sumido en la oscuridad.

-¿Trunks? –escuchó una voz leve, casi inapreciable-.

Entonces supo que acababa de meterse en un lio.

-¿Sí?, madre.

Bulma accionó la luz. Su madre le miró de arriba abajo mientras exponía una sonrisa de complicidad.

-¿Podemos hablar mientras tomamos un té?

El joven frunció el ceño, pero no tuvo más remedio que asentir con la cabeza.

Así lo hicieron, se sentaron en el sofá y Bulma sirvió el té sobre una mesa baja de café. Mirai Trunks espero que su madre hablara primero. Suponía que iba a darle una larga charla sobre su escapada, pero no lo hizo. Le sonrió y articuló:

-Yo ya sabía esto. En realidad no es ningún secreto. No me vas a decir que vas a entrenar con ella durante tantas horas…

La cara del muchacho era de total estupefacción.

-Pero, madre…

-Vamos, no seas tímido –cortó ella guiñándole un ojo-. No hace falta que os vayáis al bosque para estar a solas.

-Madre, yo solo la he seguido porque… en realidad yo estaba en esa habitación porque…

Bulma agitó una mano en el aire en un gesto de desdén.

-No te preocupes, si a mí me parece muy bien todo esto.

Trunks se llevó el té a los labios en un intento de esconder su total rubor.

-Pero tener cuidado. Ya sabes a lo que me refiero.

Mirai Trunks no sabía de lo que hablaba, pero conocía a su madre y sabía perfectamente que debía dejar que terminara de hablar antes de poder explicarse.

-Por qué habrás tomado precauciones, ¿no?

Trunks se atragantó. Intentó restablecer su respiración dándose unos golpes en el esternón. Luego tosió un par de veces.

-Trunks –articuló su madre con cara de estupefacción-. ¿Eso significa que no has tomado precauciones?

Bulma entreabrió la boca al ver como su hijo tapaba su rostro con la mano y deslizaba su mirada hacia el lado contrario de la sala.

-Ah, ya lo entiendo. No quieres hablar de esto con tu madre. Supongo que eso sería trabajo de Vegeta, pero como no está…

-Madre, por favor. Es suficiente –intervino Trunks-. Dime, cómo va la máquina del tiempo.

-Está bien –aceptó ella-. Tengo buenas noticias respecto a eso.

Trunks la miró de nuevo con especial interés.

-En veintiocho días tendrá la energía suficiente para tu viaje.

-Perfecto –articuló él, aunque su rostro seguía manteniendo un rictus de seriedad-.

Bulma lo agarró del brazo.

-Así que prométeme que os mantendréis lejos de esos androides hasta entonces.

-Claro, lo prometo –articuló él, aunque Bulma sabía que mentía-.

Tras una hora y media de conversación con su madre, en la que Bulma volvió a "sacar el tema", Trunks regresó a su habitación, se dejó caer sobre las sábanas y cerró los ojos. Sabía que no dormiría inmediatamente, pero tenía una extraña sensación de relajación que no había sentido en muchos años.

En veintiocho días acabaré con esos androides…

Ese era su único pensamiento. Muy pronto C17 y C18 serían historia. La pesadilla estaba a punto de acabar.