Capítulo segundo: De mal en peor.
"Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda. " — Gustave Flaubert
El camino a la escuela se le hizo difícil, por no decir extraño. No decían palabra mientras Eri continuaba tomando su mano con firmeza, casi al punto de hacerle daño, mientras la guiaba por las ya tan conocidas calles como si de pronto hubiese olvidado el camino.
—Eri… —susurró, provocando casi imperceptibles respingos en todas sus amigas. La aludida volteó a verla, con esa seguridad que le era tan característica desde que tenía memoria.
—Llegaremos tarde a Historia —volvió a mirar al frente, y cómo si nada extraño hubiese pasado, casi y como si Kagome no le hubiese relatado el disparate más chiflado de su completa existencia, se permitió una pequeña sonrisa—. El profesor sólo sabe fastidiar.
Guardó silencio, asintiendo una vez más, sintiendo el agarre de su mano impulsarla con fuerza hacia la escuela, hacia la realidad.
Era, simplemente, esa Eri que la tomó un día lejano, en medio de un camposanto, y la zamarreó con fuerza de los hombros hasta que logró calmarla y hacerla desistir de saltar hacia el sarcófago tan odiado como anhelado. Era esa amiga que siempre había sabido calmar las situaciones, la que hablaba demasiado, hasta el punto de ser molestosa, pero comprendía mucho más de lo que aparentaba.
La campana sonó y corrieron, pero no lo sintió realmente, siquiera el latido desesperado de su corazón golpeando contra su pecho por tan repentino esfuerzo. Al llegar y sentarse en su banco, Kagome Higurashi se sintió como en un sueño. Miró la pizarra y el profesor moviéndose con parsimonia y le pareció algo lejano, casi irreal.
Seguía temblando con fuerza, apenas y podía escribir, pero con el paso de los minutos logró recobrar la calma. Suspiró y se miró las manos, pensativa.
Sin importar que sus amigas no le creyeran, había dicho la verdad y ya no tenía opción de volver atrás. Una parte suya, en el fondo de su corazón que últimamente sólo sabía de dolores y angustias, comenzó a sentir una pequeña calidez expandirse tímidamente por su pecho, casi hasta llegar a sus mejillas.
Había dicho la verdad, la pura y completa verdad de sus aventuras y hazañas, de todas esas cosas que la enorgullecían profundamente, de esa habilidad, tan extraña como férrea, de sobrevivir.
Inuyasha no lo habría comprendido, pero se habría enorgullecido de su valor.
Trató de alejar ese pensamiento de su mente, sabiéndose demasiado sensible y alterada como para soportarlo. Lo que menos quería era hacer un escándalo en plena clase, con todos sus compañeros mirándola, juzgándola inmisericordes y ajenos.
—Muy bien —escuchó cuando se dignó a retomar la atención a la clase. El profesor con postura rígida y con el grueso libro de historia haciendo equilibrio en una mano—. Esta clase comenzaremos a ver una nueva época de nuestro país. ¿Quién sabe algo del Sengoku?
Su cuerpo se tensó con tanta fuerza que creyó que se volvería de piedra, que sufriría un infarto. Su brazo se disparó a su pecho y botó el lápiz al suelo sin querer. Eri, sentada a su lado, se lo devolvió lentamente, con un gesto silencioso que buscaba ser reconfortante, pero al mismo tiempo era la advertencia silenciosa que rogaba porque mantuviese su compostura.
Respiró profundo y trató de poner su mente en blanco, uno de los pocos ejercicios que Miroku le había enseñado como base de la meditación. Cerró los ojos con más fuerza de la que realmente quiso, llevándose una mano temblorosa a la barbilla buscando parecer tranquila, casi indiferente a la clase.
—Creían mucho en mitología y seres fantásticos, señor. —El compañero sentado dos filas al frente levantó la mano. El sonido de su voz masculina y ligera pareció tronar en los oídos de Kagome, quien se sentía cada vez más como cuando iba camino a la escuela, pronta a ponerse a llorar con los recuerdos que parecían no querer dejarla tranquila.
—Ah, sí. Los famosos demonios —El profesor asintió afablemente, a Kagome le pareció un gesto sacado de un cuento de terror—. Los textos antiguos dicen que incluso coexistían con ellos, algunos en paz y otros en sangrientas batallas —La clase en su mayoría alzó las cejas en un gesto de intriga, a excepción de tres alumnas que no dejaban de mirar muy tensas a la joven Higurashi, pero fue suficiente para que se sintiera complacido. Era muy difícil lograr que los alumnos estuviesen atentos y participativos un lunes por la mañana—; Y díganme, ¿cómo llamaríamos hoy a las personas que creen en los demonios?
Todo parecía parte de una horrible pesadilla. Podía sentir las miradas de sus amigas taladrándola a poca distancia. Era como una obra de teatro, todo terriblemente coincidente, ante la excusa poco creíble del mero y burlesco azar.
¿Es que acaso el mundo confabulaba para volverla loca?
Y, casi como una respuesta sutil del destino, uno de sus compañeros contestó al profesor con una socarrona sonrisa.
—Idiotas.
Casi todos en la clase rieron, aún con algunos vestigios del relajo durante el fin de semana. El sonido, fluido como el agua de una cascada, pareció anidarse en su vientre como un puño de fuego que subía tortuosamente hasta su garganta en un sentimiento que sólo pudo expresar como furia, ira.
Incluso y el profesor había mostrado un atisbo de sonrisa ante las muestras de irreverencia de ese payasos ¡Era el colmo!
—¡¿Cómo se atreven a insultarlos así?! —rugió mientras se ponía de pie golpeando la mesa de su banco con ambas palmas, en un sonido casi tan fuerte como su voz. Toda la clase volteó a verla, pero no se detuvo. Una parte de sí lo deseaba, anhelaba darles su merecida lección— ¡Los idiotas son ustedes!
Se hizo un silencio de apenas unos segundos, pero de una incomodidad terriblemente intensa, destruido por el grito del profesor, que era aún más fuerte y marcado por la sorpresa y espanto.
—¡Señorita Higurashi! —Exclamó mientras cerraba el libro de historia en un golpe seco al tiempo que crispaba el rostro por la indignación— ¡Está suspendida inmediatamente!
Normalmente aquello le hubiese importado, normalmente hubiese chillado de susto y pedido disculpas inmediatamente. Pero ellos habían osado tratar de idiotas a sus amigos, a gente que le había salvado incontables veces y, seguramente, jamás volvería a ver.
Y, si bien muy en el fondo de su ser sabía que ellos no tenían la culpa de ello, no podía evitar sentir la venenosa necesidad de descargar su ira en todos, en cada una de sus paupérrimas almas.
Separó los labios con la intención de hacer una sonrisa socarrona y soltar una maldición digna del peor genio de Inuyasha cuando un movimiento brusco a su lado la sacó de su ensismamiento.
Volteó bruscamente la cabeza para ver a Eri de pie, con el cuerpo completamente tenso y los puños apretados, mirando hacia el frente y exclamando con fuerza:
—¡Discúlpela! —El salón completo se quedó en silencio, la joven siquiera desvió la vista del molesto profesor. Entonces se apresuró a hacer una reverencia, temblorosa— ¡No sabe lo que dice! Recién se está recuperando y sigue con fiebre. ¡Por favor, discúlpela!
El silencio se hizo aún más notorio, denso. Kagome alzó las cejas, impresionada por la actitud de su amiga. Quiso decirle algo, pero no encontró las palabras mientras la veía todavía inclinando su espalda completamente tensa.
El profesor parecía todavía sumamente molesto, pero su tono había cambiado al dirigirse nuevamente a ella:
—¿Es eso cierto, Higurashi?
Se puso despacio de pie sacando las manos del banco, su mirada era fría y despectiva, pero no podía ya seguir con su comportamiento si eso podía perjudicar a quien se estaba arriesgando así por protegerla. Suspiró para sus adentros y respondió lentamente, cautelosa.
—Sí, profesor. Discúlpeme, por favor.
—Ya veo…—respondió el profesor, volviendo a abrir su libro y suspirando notoriamente, aún con el rostro enrojecido por la cólera— Ve a enfermería, Higurashi.
Tomó sus cosas rápidamente. Sabía que sus amigas y el resto de la clase la estaban mirando fijamente, pero intentó no darles importancia a pesar de sentir que sus mejillas enrojecían por la vergüenza. Caminó lentamente, aún sintiéndose extraña, como un ente apartado del mundo que no pertenecía a ninguna parte de ningún mundo existente.
Ya saliendo del salón, pudo escuchar perfectamente al profesor retomando la clase, no sin antes un último comentario:
—Ésta joven…Si tanto se enferma ¿por qué se esfuerza en seguir viniendo a clases?
Y la chica se mordió el labio, conteniendo esa rabia extraña que no la dejaba tranquila desde que se había decidido a sincerarse con sus amigas y todo había salido mal.
Sinceramente, ¿ya qué podía ser peor?
—Entonces, ¿tienes fiebre? —Comenzó a decir mientras buscaba la carpeta que contenía sus antecedentes médicos en el archivador junto a la puerta— ¿Higurashi Kagome, cierto?
—Sí. La tuve al menos esta mañana —mintió con desgano mientras asentía, las piernas colgando de la alta camilla, meciéndose lánguidamente. Todavía podía sentir la ira corroer su cuerpo, en sus venas como horrible veneno que estaba matándola dolorosa y lentamente por dentro—. Aún me duele un poco la cabeza.
En respuesta la mujer frunció el ceño, tensando los delgados labios en una mueca que a Kagome no le gusto. Para nada.
—¿Síndrome del turista? ¿Tortícolis de tortuga? —leyó lentamente, su tono de incredulidad creciendo hasta hacerse un chillido de molestia que a la estudiante pelinegra pareció taladrarle los oídos— ¡¿La enfermedad del Everest?! ¡Por Dios, nada de esto existe!
Se hizo un silencio particularmente incómodo. Si la enfermera ya tenía fama de ser peor que una espina clavada en el culo, ya era obvio para Kagome que las cosas estaban a punto de ponerse tan tensas como en una batalla contra un buitre demoníaco.
La mujer seguía mirándola duramente, como quien ha encontrado al culpable de una estafa millonaria.
—¿Puedes explicarme esto? ¿Es que acaso eres una hipocondríaca?
La quinceañera le devolvió una mirada igualmente agresiva, con el cuerpo muy tenso, apretando con las manos el borde de la camilla. Volvió a sentir el deseo de simplemente insultarla e irse, pero sabía que si lo hacía sólo metería en problemas a su familia.
Así que se obligó a ser la chica fuerte y madura que se guardaba todos sus pesares. Una vez más.
—Sólo ha sido gripe con varias recaídas, mi abuelo ya está viejo y él ha sido quien ha traído los certificados— Observó de soslayo a la enfermera relajar un poco su semblante, pero continuaba suspicaz—. Seguramente ha querido llenar las cosas con sus ideas...— intentó poner una cara de desconsuelo, a pesar de sentirse tan molesta que apretaba la camilla hasta el punto que las puntas de sus uñas estaban completamente blancas— Está tan viejo, pero aún quiere sentirse útil, ¿qué otra cosa puedo decirle?
La mujer aún continuaba dudosa, pero mucho no podía alegar. La chica era nieta de un anciano muy conocido que cuidaba uno de los templos cercanos. No sólo era un viejo que gustaba de llamar la atención, sino que también siempre estaba dando vueltas con sus pergaminos y mercancías hostigando con larguísimas historias antiguas para que uno comprara cada vez que visitara el templo.
Al final la dejó ir pocos minutos después de que sonara el timbre del receso. Kagome apenas y le dedicó una mínima mirada de agradecimiento antes de marcharse con la mochila colgando perezosamente de su hombro.
La joven pelinegra había comenzado a suspirar de alivio, pensando en que tenía que encontrar a Eri lo antes posible, cuando una figura masculina le interrumpió el paso. Subió rápidamente la vista pensando que había vuelto a meterse en problemas, pero sólo se encontró con una amplia sonrisa ya muy conocida.
—¡Higurashi, hola!
—¡Hôjô! —Comenzó a decir la chica algo sorprendida, dando un paso atrás al instante, sin pensarlo realmente—. Disculpa, no te había visto.
—Pareces distraída, ¿Estás enferma de nuevo?
El chico la miró frunciendo ligeramente el ceño y ella bajó la vista automáticamente sintiendo que, para variar, él se estaba preocupando demasiado.
—No, no. Para nada. —le dedicó una pequeña sonrisa que a ella se le antojó demasiado fingida y tensa, pero él no pareció notarlo.
—¿Estás segura? —Hizo el ademán de acercarse, pero se arrepintió rápidamente y bajó la vista también, con un notorio sonrojo en sus mejillas— Es que en clases te veías...
Se hizo un silencio particularmente incómodo para ella. Recordó lo sucedido con el profesor de historia y le pareció algo lejano, casi de ensueño.
Se llevó una mano a los labios, pensativa. ¿Realmente se había comportado así en pleno salón con todos mirándola? Sintió que la vergüenza se anidaba violentamente en su estómago y se expandía rápidamente hasta dejar sus mejillas rojas.
—Ah, yo... —no supo realmente qué decir, ¿qué le estaba pasando? ¿Por qué le había contado a sus amigas en primer lugar? Además, estaba segura de que la enfermera no le había creído y se pondría a indagar al respecto, metiendo en problemas a su familia.
Todo parecía que se iba a salir de control rápidamente, sin que ella pudiese hacer algo. ¡Y todo esa misma mañana!
Su mente comenzaba a caer en un abismo de desesperación cuando algo la distrajo. Era Hôjô, que había puesto una de las manos en su hombro y la miraba intensamente.
—No importa. No he venido por eso —Volvió a guardar silencio, sus ojos brillando directamente hacia ella. Kagome, sin saber realmente por qué, comenzó a ponerse muy nerviosa—. Necesito hablar contigo.
—¿Es muy importante? —preguntó ansiosa, sintiendo la boca seca. Algo en la mirada de Hôjô le decía que quería decirle algo que ella no quería escuchar. Que no quería rechazar.
Lo vio dudar, pero pareció pensarlo mejor y volvió a mirarla lleno de determinación.
—Sí, sí lo es —como respuesta la chica se quedó en silencio, apenas queriendo mirarlo. Hôjô se sentía al borde del colapso emocional, pero se armó de valor para seguir—. Higurashi, necesito que sepas que yo...yo te...
Sintió que se le trababa la lengua, respiró hondo intentando recuperar la compostura mientras Kagome sólo pensaba en esconderse bajo tierra. ¿Acaso se le estaba declarando? ¡No, no podía ser!
—Hôjô, yo no... —comenzó a decir susurrante, pero él la interrumpió exclamando con fuerza y tomándola ya de ambos hombros:
—¡ ¡Me gustas mucho, Higurashi! !
Kagome sintió que se quedaba de piedra con los ojos fijos en los botones de la chaqueta del chico. No podía ser. Siempre había pensado que Hôjô se interesaba por ella de un modo amistoso y tierno, pero jamás creyó que...
Cerró los ojos, sintiendo que todo volvía a darle vueltas suavemente. Cuando se había preguntado si las cosas podían ser peores, había sido una pregunta retórica, no un maldito desafío al destino.
¿Acaso no podían esperar a que se recuperara de una caída para empujarla de nuevo?
Volvió a sentirse un ente perdido y ajeno a todo lo que la rodeaba. Aquel pasillo de escuela ya no inspiraba sensación alguna. La contaminación la ahogaba y el ruido constante la confundía. La escuela, las calles, el siglo XX en toda su plenitud ya no era capaz de provocarle la seguridad o satisfacción de antaño.
El lugar que ella amaba estaba aquí, pero ya no existía. Quizás en este mismo punto ella durmió alguna noche en la intemperie bajo incontables estrellas, ya siglos atrás; y hoy era un sitio ya demasiado lejano, irrecuperable.
Pero Hôjô no tenía culpa de ello, y esperaba una respuesta. Así que respiró hondo y se preparó para la cuarta cosa mala que ya le había sucedido antes de que terminara la mañana.
—Hôjô, me siento muy halagada de que tengas ese tipo de sentimientos por mí, pero... —sintió que estaba repitiendo maquinalmente uno de los tantos discursos que Yuka tenía para rechazar pretendientes, pero le pareció apropiado. Intentó hablar con mucha suavidad, viendo como el rostro del chico lentamente comenzaba a mostrar la tristeza y desilución de quien intuye el rechazo. Ella sintió que se le oprimía el corazón de la pena, pero tenía que seguir— Te quiero sólo como un amigo, un gran amigo.
Nuevamente el silencio, la pausa incómoda cargada de tensión. La chica admiró cómo el rostro del chico ya se entristecía completamente, sintiéndose muy mal consigo misma, casi y como si lo hubiese herido físicamente. Pero sabía que el dolor que él estaba teniendo ahora era mucho, mucho peor.
—Disculpa el mal rato. —susurró la chica pelinegra, apenas en un hilo de voz, sujetando con fuerza uno de los tirantes de su mochila. Inclinó la cabeza ligeramente en modo de despedida y se dio vuelta, dispuesta a volver al salón, cuando sintió nuevamente la mano de él deteniéndola, posandose sobre su hombro con una firmeza que le pareció, por un instante, amenazadora.
Se quedó paralizada y su propia mano, por inercia, hizo el ademán de alcanzar su arco y flecha, pero luego recordó que no los tenía, quedando con las manos alzadas a la altura de su cara, lo que pareció al resto un gesto de tímida sorpresa. Volteó suavemente la cabeza, intentando calmar los latidos desbocados que estaban golpeando en su pecho. Se reprendió a sí misma en silencio, recordándose que Hôjô estaba lejos de ser siquiera una mínima amenaza a su integridad. Así que volvió a culpar al cansancio y dolor que la atormentaban para restar importancia al agarre firme y la mirada seria del chico, que la observó muy fijamente antes de hablar:
—Es por ese chico, ¿cierto? —Kagome frunció ligeramente el ceño y sus ojos se dirigieron a la mano con que el chico la sujetaba. Al darse cuenta él quitó la mano al instante, casi y como si el tacto lo quemara. Bajó la vista nuevamente, con las mejillas enrojecidas. De un segundo a otro todo pareció volver a la normalidad cuando carraspeó antes de continuar, con un tono casi desinteresado y sumamente alegre— Tu novio, Higurashi. Dicen que tienes novio.
La chica alzó las cejas y separó ligeramente los labios, sorprendida por el comentario. La gente seguía pasando junto a ellos por el pasillo, totalmente indiferentes a la situación. Fue inevitable pensar en Inuyasha, quien ya por segunda vez en el día quedaba como su "novio". Sintió que nuevamente su corazón se apretaba por la tristeza hasta el punto en que la asfixiaba, pero se decidió a ser fuerte, a esconder ese dolor como ya había aprendido a guardar tantas otras cosas, fingiendo ser una joven siempre alegre y esperanzada cuando muchas veces era todo lo contrario.
Entonces alzó la vista hacia el chico, que continuaba expectante y le dedicó una de sus tantas sonrisas pre-hechas, las únicas que era capaz de hacer desde que habían logrado derrotar a Naraku.
—Sí, sí lo tengo —Bajó ligeramente la vista mientras sentía que una parte de su alma se quebraba, sólo un poco más cada vez—. Y espero que pronto puedas encontrar alguien que te haga feliz.
Se despidió con una pequeña reverencia, cosa que era muy inusual entre ellos, que se podrían casi y considerar amigos. Se dio vuelta rápidamente, caminando lo más rápidamente que podía sin echar a correr.
No quiso mirar atrás, no quería ver la mirada entristecida de Hôjô al observarla, al verla perderse a lo lejos luego de que destrozara sus sentimientos. No podría soportar ver reflejados en sus ojos el mismo dolor que su corazón cargaba, ahora provocado por ella.
Cuando ya dio la vuelta al pasillo corrió a todo lo que daban sus piernas, alejándose de la escuela, de todo lo que conocía. Corrió y corrió sin querer mirar atrás, pero sin ser capaz de no imaginarlo, de pensar en ello y evitar que torturase su mente.
Ahí, aún de pie fuera de la enfermería, el chico de cabellera castaña bajaba la mirada, claramente decepcionado de todo.
¿Por qué ella no lo quería? ¿Por qué? ¿Acaso había algo malo en él? ¿Era eso, que no era perfecto? ¡Él lo intentaba, de verdad que sí lo hacía! Siempre frente a todos, con sus sonrisas y permanente amabilidad, con esa fachada en donde jamás le sucedía nada, nada más allá de repentinos ataques de energía con ganas de salvar la situación.
Entonces, ¿Había realmente algo malo en él o es que acaso era…ella?
Pensó en su nombre, en cada una de sus letras, regodeándose de poder pronunciarlo con la mayor de las libertades dentro de la silenciosa oscuridad de su mente, sin que nadie pudiese siquiera sospecharlo.
Él la conocía, mejor que nadie. Había estado ahí desde siempre, como un amigo de la infancia fiel y e infaltable. Incluso había sido uno de los primeros en consolarla cuando su padre cometió esa locura de la cual nadie hablaba, pero que él recordaba a la perfección: ese apretado abrazo, mientras ella sollozaba, tan frágil y hermosa. Tan vulnerable en ese instante, tan de él entre sus brazos.
Apretó el tirante de su mochila con inusitada fuerza. Dentro de ella guardaba una pequeña caja de chocolates seleccionados especialmente para la chica. Oh, ¿es que acaso había cometido el error de no habérsela pasado antes? Quizás eso era, considerando lo pálida que estaba…
¿Sería eso, que se sentía mal, el por qué lo había rechazado? Esas chicas del otro curso se lo dijeron, mientras reían divertidas, que sólo una mujer loca no aceptaría amar a un hombre como él.
¿Y es que acaso ella…?
—Joven —Interrumpió la enfermera, su cuerpo apenas saliendo de su inmaculado sector de trabajo—. ¿Tú conoces a esa chica?
—¿Se refiere a Higurashi? —Su tono fue dubitativo, casi confundido, luchando por no desviar su vista hacia el pasillo por donde ella se había ido, abandonándolo; al sólo instante de pensarlo, una punzada de dolor en su corazón
—Esa misma. —Afirmó la mujer. Lo observó asentir rápidamente, provocando que frunciera ligeramente el arrugado ceño.
— Sí, desde que somos niños. —Intentó que su voz no se quebrara. No supo explicarse lo que sentía, sólo sabía que dolía. Y mucho.
—Ya veo. Necesito preguntarte unas cosas sobre ella.
Se quedó unos momentos de pie, desconfiado por dentro, pero por fuera apenas y aparentando que no había escuchado del todo bien, presa de una confusión que rayaba en lo adorable. La mujer le dedicó una media sonrisa.
—Está bien, sólo estoy preocupada por su salud.
—¿Higurashi está…enferma? —No pudo evitar mostrarle a la enfermera una cara ansiosa, un gesto de aflicción que, por unos segundos, rayó en la desesperación en el brillo de sus orbes castañas y la tensión de sus hombros que tardó en desaparecer.
La mujer frunció nuevamente el ceño mientras apretaba ligeramente entre las manos el grueso archivo de la joven, que aún llevaba sobre sí, como el peso de la verdad tristemente atrapada cual cadenas ante el futuro de la joven estudiante.
—Eso me temo.
¡Mil gracias por sus comentarios! Espero que les haya gustado. El deseo de Candy para su cumpleaños está tomando forma, pero aún tendrán que esperar un poco.
Muchísimos besos y abrazos ¡Nos leemos! Lamento el día de demora u.u
¡Las quiero un jodido montón! (L)
Ari.
¿Saben qué es mejor que el chocolate? ¡Un review! :D
¡Gracias!
