Disclaimer: Los personajes de Naruto y la historia Corazón Salvaje no me pertenecen sino al Mangaka japonés Masashi Kishimoto y a la escritora mexicana Caridad Bravo Adams. Este fic es hecho con fines recreativos no pretendo buscar ningún tipo de remuneración o reconocimiento, simplemente lo comparto con ustedes porque realmente me gusta la historia y los personajes de Naruto.


¡Holaaaa! Yo de nuevo por aquí meus amores, por lo que veo tuvo buena aceptación el fic ¡Yupiiii! —Brinca de felicidad porque de verdad le gusta esta historia— Estoy muy feliz porque les guste.

Bueno en este capítulo veremos la continuación del anterior y sucesos posteriores. Spoiler Alert: Aquí ya crecen

La historia tendrá tres partes como la trilogía original, "Sasuke y Sakura", "Hinata" (Viene siendo el libro de Mónica) y la última el desenlace y final "Sasuke no Akuma" (Viene siendo el libro de Juan del Diablo versión Sasuke)

Realmente espero que sea de su agrado. Ya sin más que añadir, los dejo con la lectura. Disfrútenla, nos leemos al final.


PRIMERA PARTE

SASUKE Y SAKURA


Capítulo 2

— ¿Qué sucede? —Se alarma Samui.

—Aún vive, señora —responde Chōza Akimichi, triste pero sereno a la vez—. Y mientras hay vida, hay esperanza.

Anonadada, derrumbada por la brutal impresión de la noticia, Samui se ha desplomado sobre los almohadones de un sofá, cubriéndose el rostro con las manos, mientras musita:

— ¡Fugaku…! ¡Fugaku…!

—Desde que le vi salir de esa manera, temí un accidente. Por eso hice que le buscaran por todas partes.

—Pero ¿qué ocurrió? ¿Cómo fue? —quiere saber, en su angustia, la señora Uchiha.

—Supongo que, en su cólera, hizo galopar al caballo hasta desbocarse por senderos muy escarpados. Naturalmente, fueron a dar al fondo de un barranco. Salió loco, ciego de ira… ¡Ni siquiera permitió que le ensillaran el caballo!

— ¿Dónde está? ¡Quiero verlo!

—Ahora le traen. Me adelanté para prevenirla, y ya envié un hombre con el caballo más rápido, a traer un médico de la capital. Cayó de una gran altura… ¡Ahí están ya!

—Fugaku… Fugaku mío, ¿puedes verme? ¿Puedes oírme?

Inclinada sobre el lecho amplísimo, conteniendo con esfuerzo las lágrimas que se agolpan en sus párpados, Samui Uchiha espera con ansia la palabra que puedan pronunciar los labios temblorosos de Fugaku; pero es inútil, sólo los párpados se alzan con esfuerzo y la mirada vaga se fija en ella: mirada de un alma que se desprende ya de las ligaduras terrenales.

— ¿Me oyes? ¿Me entiendes? ¡Fugaku… Fugaku mío!

—Creo que es inútil… —expresa Akimichi tristemente.

— ¡No… no diga eso! —se desespera Samui—. Ese médico, ese médico que mandó usted buscar, ¿cuándo estará aquí?

—Me temo que tarde bastante. Por desgracia, se ha perdido mucho tiempo. El accidente ha debido sufrirlo hace varias horas ya… Y luego, traerlo hasta aquí…

—Na… ruto —susurra, con esfuerzo, Uchiha.

— ¿Eh…? —Es Samui que siente aletear en su corazón un hálito de esperanza.

—Naruto… —vuelve a murmurar el hombre.

—Ha dicho Naruto—comenta Samui.

—Sí; llama a su hijo —explica Akimichi—. Lo llama, quiere verle, quiere hablar con él. ¿Dónde está?

— ¡Naruto… hijo! ¡Ven acá!

Samui ha alzado la voz y ha ido hacia la puerta, donde los dos muchachos, mudos, tensos, cogidos de la mano, contemplan la dolorosa escena, y de un brusco tirón los separa arrastrando a su hijo hasta el lecho del moribundo, cuyos párpados han vuelto a alzarse y en cuyas pupilas tiembla la luz de un ansia, de un anhelo imperioso…

—Aquí lo tienes, y aquí estoy yo también, Fugaku mío.

—Naruto… vas a quedar en mi lugar…

—No digas eso —interrumpe Samui—. El médico vendrá en seguida y te pondrás bien.

—Pronto serás tú el amo de esta casa… —Ha hecho un enorme esfuerzo, levantando la cabeza para mirar el grupo que forman, junto a él, el hijo y la madre. Y su mano se alza hasta tocar la frente infantil nimbada de cabellos rubios—. Sé que cuidarás de tu madre… que sabrás defenderla cuando yo ya no esté. De eso estoy bien seguro… Pero hay algo más… que quiero pedirte: ¡cuida de Sasuke! Cuida de Sasuke, Naruto… quiérelo y ayúdalo… ¡como si fuera tu propio hermano!

— ¡Fugaku… Fugaku! —Se angustia Samui.

—Perdóname, Samui… y no impidas que Naruto cumpla mi última voluntad. ¡Oh…!

— ¡Señora… Señora!, el médico está llegando… el médico de la capital está llegando —anuncia Shin, que se acerca presuroso y sofocado—. Ya lo vieron salir del desfiladero, ya viene para acá…

—Tarde… tarde… ¡demasiado tarde! —grita Samui, debatiéndose en las garras de la desesperación.


Los funerales de Fugaku Uchiha duran ya tres días. La viuda no quiso que fuese trasladado a Uzushiogakure, y es en el pequeño templo de Mangekyō, aquella finca con honores de pueblo, donde su cuerpo ha sido puesto en capilla ardiente entre cirios y flores, y a donde llegan a rendirle el postrer homenaje, desde los más humildes hombres que trabajan sus tierras, hasta las más importantes personalidades de la capital: el Shushō, los altos funcionarios del Estado, el Sannin Jiraiya y la alta oficialidad de la fragata, que sólo por eso retrasó su hora de zarpar. En la amplísima casa, en los jardines, en los caminos, es el ir y venir silencioso y constante: un ajetreo sin sonrisas ni alegría, que, transida de dolor el alma, con un hondo y contenido tormento que no desborda en sollozos ni en lágrimas, preside la frágil mujer que le ha sobrevivido, contra lo que todo el mundo podría esperar.

Olvidado de todos, el lujoso traje de paño azul roto y manchado, los cabellos revueltos y los pies desechos, ronda Sasuke el pequeño templo con una ansia incontenible de acercarse al que yace para siempre, al que le mandaron aborrecer los labios de Shimura, y al que extrañamente, sin embargo, ama con un sentimiento contuso, sordo, profundamente doloroso, que le hace sentir una sensación de desamparo como no la sintió nunca en su abandono, y murmura para sí: «¡Padre! Era mi padre… Era mi padre…».

Ya está junto al féretro, en el salón atestado de flores, donde milagrosamente no hay nadie en este instante… sólo la frágil forma enlutada de una mujer a quien el muchacho no ha visto, una mujer que se acerca temblando de cólera, apenas le ve apoyar las manos en el borde de la caja mortuoria. Es Samui que con ira apenas contenida, le grita:

— ¿Qué haces aquí? ¿Por qué has entrado aquí? ¡No tienes nada que buscar! ¡Vete! ¡Lárgate! ¡Vete donde yo no te vea más! ¡Vete para siempre, maldito!

Ciega de una cólera que en vano trata de ahogar en su garganta, Samui ha señalado a Sasuke la puerta del templo, mientras el muchacho retrocede trémulo, sintiendo que el gesto y las palabras de aquella mujer le hieren y le ofenden como nadie le ofendió jamás. Ahí, muy cerca, para siempre inmóvil y helado en su lujosa caja, está el hombre que le dio el ser, el padre que con tardío arrepentimiento trató de ampararle. Y es la primera vez en sus doce años, que en su corazón hosco y selvático está a punto de florecer un sentimiento de ternura… Pero de un golpe, la voz y las palabras de aquella mujer lo han destrozado. Retrocede, la mira de frente y sale como un sonámbulo, mientras Naruto Uchiha se acerca por la puerta contraria, indagando:

—Mamá, ¿qué pasó? ¿Por qué echas a Sasuke?

— ¡Deja tranquilo a Sasuke! Quédate aquí, a mi lado, junto al féretro de tu padre… donde debes estar.

—Pero papá mandó…

— ¡Calla!

Le ha apretado el brazo, obligándole a callar, mientras en la puerta del frente, de par en par abierta sobre el campo, aparecen ya las figuras imponentes del Shushō y del Sannin Jiraiya.

Comienza la hora más solemne de los suntuosos funerales. Los dedos de Samui se aflojan soltando el brazo de Naruto, las lágrimas acuden a sus ojos, y un sollozo amarguísimo estalla al fin en su garganta, mientras Naruto escapa de allí…

— ¡Sasuke… Sasuke!

—Déjame, Naruto. Me voy ahora mismo…

— ¡No puedes irte! ¡Papá no quiere que te vayas!

—La señora me ha echado.

—Ya lo oí… pero no importa. Papá me mandó que te cuidara.

— ¿Tú? ¿Cuidarme tú?

— ¿Qué te crees? Después de papá y mamá, soy yo el que manda.

—Ahora tu papá está muerto y la única que manda es la señora. Ella no quiere verme más… Me dijo que me fuera…

—Que te fueras del templo, pero no de Mangekyō. Uzushiogakure está muy lejos. Tienes que ir en coche o a caballo. Además, no van a dejarte salir.

— ¿Quién no va a dejarme?

—Los criados, los trabajadores… y los soldados. ¿No viste cuántos soldados hay?

—Sí… pero no tienen nada que ver conmigo.

—Sí tienen que ver. Papá no quería que te fueras. Todo mundo lo sabe. Si te ven, te sujetarán, te encerrarán…

— ¡Y me escaparé!

—No sabes el camino…

—Sé que caminando por la orilla del mar, siempre llega uno a Uzushiogakure. Bueno… si encuentro un bote, llegaré antes.

— ¿Y pescarás en el bote?

—Claro, puesto que tengo que comer.

— ¿Te comes el pescado que pescas, así, igual que lo sacas?

—Es mejor que morirse de hambre.

— ¡Llévame contigo, Sasuke!

— ¿A ti? ¿Estás loco?

— ¡Llévame contigo! Yo quiero aprender a pescar y a manejar un bote. Cuando sea grande, seré marino y mandaré una fragata, como el Sannin.

—Cuando seas grande, irás de viaje. Ahora no.

—Me voy y luego vuelvo, como hacía mi papá. Él siempre dijo que cuando él llegara a faltar, yo mandaría en la casa y sería tanto como él. Ahora,

Lis Larbalestier, [05.08.16 23:27]

quiero ir contigo y tengo dinero para comprar un bote…

— ¿Tienes dinero? ¿Dinero tuyo? ¿Tuyo? —Sasuke se muestra interesado.

—Pues claro. Tengo mucho dinero en una caja…

— ¡Niño Naruto! —llama la voz de Shin, el criado.

—Ya te están buscando —sonríe Sasuke, despectivo—. Figúrate lo que harían si te fueras.

—Nos vamos con todo mi dinero si me esperas a la noche. ¿Sabes dónde? Allá abajo, al lado del arroyo…

— ¡Niño Naruto! —vuelve a sonar la voz del criado, ya más cerca.

—Ahora tengo que irme. Me escapé nada más para decirte que no te fueras. Pero si me llevas contigo, no importa… Nos vamos y cuidaré de ti como quiere que haga mi papá.

— ¿Pero estás sordo, niño? —dice Shin, acercándose donde se encuentran los muchachos—. Tu mamá me mandó a buscarte. Ya tienes edad para entender que debes estar a su lado…

—Ya voy, Shin. No tienes que gritar…

—No grito, pero la señora se desespera —contesta el criado bajando la voz. Más en seguida, en tono áspero, exclama—: ¡Ah! También me dijo que te buscara a ti y que no te dejara marchar. ¿Entendiste? Espera por ahí a que la señora disponga de tu suerte, porque ahora es ella, y sólo ella, la que manda en esta casa.

Las horas han pasado lentamente. El cuerpo de Fugaku Uchiha se halla ya bajo tierra; los importantes funcionarios que acudieron desde la capital, han regresado a ella tras rendir sus respetos a la viuda, y un silencio espeso, tanto de pena como de agotamiento y de cansancio, cae sobre la suntuosa morada, sobre los fértiles campos, sobre las cien barracas de los trabajadores, cual si un crespón de luto flotara sobre el cielo que ya envuelven las sombras en la opulenta hacienda de Mangekyō.

Sin embargo, hay luz en las habitaciones de Samui, a cuyas puertas llega Shin, el más fiel y antiguo de sus servidores, trémulo y demudado.

—Señora… el niño no aparece por ninguna parte.

— ¿Qué?

—Cuarto por cuarto hemos buscado, Kurenai, Anko y yo, por toda la casa. He mandado a recorrer los campos y a preguntar por las barracas, pero tampoco está.

— ¡Era lo único que faltaba!

—Señora Uchiha… me dijo Anko… —Es Chōza Akimichi, que irrumpe en la alcoba de Samui.

—Naruto ha desaparecido —explica, angustiada, Samui—. No lo encuentran, no dan con él. Lo han buscado por todas partes.

—Por favor, cálmese… No puede haber ido muy lejos. Estaba junto a usted hace una hora escasa. Se habrá escondido en algún rincón, como hacen los niños cuando tienen pena…

—Si mi hijo tiene pena, debe estar a mi lado.

—Efectivamente; pero son reacciones extrañas de las criaturas. ¿Qué razón de él da Sasuke?

—Ésa es otra —interviene Shin—. Lo primero que hice fue buscarlo para preguntarle si sabía del niño, pero el tal Sasuke tampoco aparece por ninguna parte.

—Pues deben estar juntos —supone Akimichi.

—Es lo que temo. Que el tal Sasuke arrastre al niño, quién sabe a qué extravagancias. Es peor que una fiera el tal muchacho. Es un verdadero salvaje…

—Cuando yo digo… —se queja Samui.

—Basta, Shin. No alarme a la señora más de lo que está —ordena el notario.

—Usted sabe que le tomamos por loco en Uzushiogakure —recuerda Shin—, cuando entró a llevarle al señor aquella carta…

— ¿Qué? ¿Qué carta? —interrumpe Aquí, animosa y alarmada.

—Le ruego que se calme —suplica Akimichi suavemente—. Cuando sucede una desgracia, todo son pronósticos trágicos. Pero no hay verdadera razón para alarmarse. Estoy seguro de que no los han buscado bien. En una hora no puede recorrerse, como pretenden, la finca y la casa. Permítame que sea yo quien me encargue del asunto, señora…

—Yo tengo ya en movimiento a toda la servidumbre, pero ojalá que el tal Sasuke no haya llevado muy lejos al niño. No me olvido de que pretendía llevar en su bote al señor, aquella noche en que caían chuzos de punta y llovían rayos…

— ¿A dónde quería llevarlo? —pregunta Samui, intrigada.

—Samui, por favor, cálmese. El muchacho llegó con una carta de su padre, que se estaba muriendo, para pedirle al señor Uchiha que lo amparara. El asunto no tiene nada de particular. Y ahora, ¡vamos a buscar a Naruto!

—Sasuke… —llama débilmente Naruto.

—Aquí estoy. ¿Traes la plata?

—Pues claro. Mírala. Con todo y caja…

—La caja no sirve; echa las monedas en tu pañuelo, y vámonos.

— ¿Mi pañuelo?

—Yo no tengo. Me las hechas en el tuyo y me haces el favor completo. ¡Anda!

Rudamente, como si aquel viejo rencor contra el mundo entero, que Danzō Shimura derramara en su alma, se hubiera despertado en aquellas últimas horas, ardiente y total, Sasuke casi ha arrebatado de manos de Naruto el pañuelo repleto de monedas, acercándolas, para mejor mirarlas, a la clara luz de la luna y, sorprendido, confirma:

—Son monedas de plata…

—Pues claro. Y hay dos de oro. Míralas… Cada una de éstas vale por cien de plata. Papá siempre me regalaba una moneda de oro el día de mi cumpleaños… Muchas las gasté. Se compran muchas cosas con una moneda de oro… Tendremos un bote grande, grande, de ésos con velas, y navegaremos en él por todos los mares…

— ¿Oyes? —alerta Sasuke, aguzando el oído.

—Sí —afirma Naruto con la mayor tranquilidad—. Nos están buscando, pero no por este lado. Piensan que le tenemos miedo al arroyo crecido…

—Yo no le tengo miedo a nada. Me voy ahora mismo. Ha anudado fuertemente las monedas en el pañuelo, atándolo luego a su cintura. Rápidamente se despoja de la chaqueta, subiéndose las piernas del pantalón y las mangas de la camisa, mientras Naruto le contempla fascinado.

— ¡Naruto… niño Naruto…! —Desde lejos llega la voz de Shin.

—Es a ti a quien buscan —explica Sasuke, en un murmullo.

— ¡Sasuke… Sasuke…! ¿Dónde estás? —Se oye también, lejana, la voz de Chōza Akimichi.

—También a ti te buscan ¿Por dónde nos vamos? —indaga Naruto.

—Yo, por el arroyo —dice Sasuke, al tiempo que chapotea en el agua.

— ¡Sasuke… Sasuke…! ¡Espérame! ¡Ayúdame… Sasuke!

Sasuke no responde, no vuelve la cabeza. Saltando sobre las piedras, entre el arroyo que se despeña en pequeñas cascadas, va curso arriba, rueda a veces, cuando le falta el pie, hasta el fondo de una poza, pero vuelve a levantarse, se alza agarrándose a las ramas, trepando por las cuerdas naturales que cuelgan sobre el agua, y así se pierde en el fragoso monte…

— ¡Naruto! ¡Naruto!

La voz de su madre ha paralizado al pequeño Naruto, dispuesto ya a seguir a Sasuke. Abrazado a la chaqueta del traje azul que éste dejara en sus manos, los pies hundidos en el barro de la orilla del arroyo, sostiene su primera lucha terrible entre la voz de la aventura que le llama y el tierno amor que siente por su madre, y por fin, de mala gana, contesta:

—Aquí estoy…

— ¡Hijo! ¡Mi Naruto! —Grita Samui, nerviosísima, abrazando a su hijo—. ¿Qué hacías aquí? ¿Por qué saliste a estas horas de casa?

—Apuesto la cabeza a que lo sonsacó el tal Sasuke —asegura Shin.

— ¿Pero dónde está él? —Se alarma el notario—. ¿Dónde se ha metido? Hay que seguir buscando…

—Estaba con el niño, puedo jurarlo. ¡Mire… mire… le dejó la chaqueta en las manos! Aquí hay una caja… Una caja de plata…

— ¡Es mía! —informa Naruto.

—Aquí es donde tú guardas tus monedas, Naruto. ¿Qué significa esto? —interroga Samui.

—Nada, mamá…

— ¿Cómo nada? ¿Dónde está Sasuke? ¡Contesta la verdad! ¡La verdad!

—Pues sí, mamá… íbamos a escapamos… yo quería que me enseñara a navegar y a coger pescados, pero él se fue solo… no quiso esperarme…

—Se fue, pero llevándose tu dinero. ¡Es un ladronzuelo! —Afirma Shin—. Pero si la señora me permite que salga yo a buscarlo…

—No, Shin. Déjelo. Que se vaya… ¡Que se vaya para siempre! ¡Es lo único que hemos ganado! Vamos a casa, hijo…

Samui Uchiha se ha erguido, y un instante su cabeza altiva se vuelve hacia aquel arroyo por donde Sasuke escapara saltando entre el agua y las piedras, mientras su mano blanca, de dedos nerviosos, aprisiona la de su hijo Naruto. Fieramente lo atrae hacia ella, en un gesto que es ternura y dominio, y lo arrastra, alejándose de aquel lugar.

—No le hubiera venido mal al tal Sasuke recibir una buena lección antes de largarse —comenta como para sí, Shin, refunfuñando con enojo.

— ¿Por qué le tiene tan mala voluntad al muchacho, Shin? —pregunta Akimichi con su voz suave.

—Como para no tenérsela, señor notario. Desde que apareció en el horizonte, no ha traído más que calamidades y desgracias. Porque lo que le pasó al señor Uchiha…

—Más vale que no insista demasiado sobre quién pueda tener una buena parte de culpa por lo que le ocurrió al señor Uchiha.

— ¿Va a decir que fue la señora, señor notario? —se escandaliza Shin.

—Voy a decir que un niño no es culpable de las circunstancias en que se le trae al mundo; que maltratarle a cuenta de los pecados de sus padres es una cobardía y un crimen.

— ¿Todo eso es con la señora, señor notario?

—Todo eso es con usted, Shin. Y voy a añadir algo más: la señora ha dado orden de que se deje en paz al muchacho. No intente usted ir tras él, porque tropezará conmigo… Además, la última voluntad del señor Uchiha fue que se amparara a ese niño.

— ¡Yo lo ampararía con una estaca! ¡Es un ratero, un ladronzuelo! Empezó por robarle su alcancía al niño Naruto y hubiera acabado por robárselo todo si lo dejan crecer en esta casa.

—Ésa es su opinión…

—Y muy bien encaminada. Conozco el mundo y no es el primer caso… La señora sabe… lo mismo que usted y que yo. No vale hacernos los tontos cuando estamos al cabo de la calle.

—Nunca me hago el tonto, pero jamás afirmo más que lo que puedo probar; y en este caso…

—No hay pruebas, ni falta que hacen. No servirían sino para que usted enredara las cosas.

— ¿Sabe que su insolencia pasa de la raya, Shin?

—Pues si le place, dele usted las quejas a la señora. Ella sabe que no tiene un criado más fiel ni un servidor más leal que yo. Por la señora y por el niño Naruto doy mi sangre. Y en cuanto a ese bastardo…

— ¡Silencio! ¡Hay que ver lo alto que ladran los perros en cuanto se apaga la voz del amo!

—Señor notario… Señor notario… —llama Anko, acercándose donde discuten los dos hombres.

— ¿Qué pasa?

—La señora está esperándolo en su cuarto, y me mandó que lo buscara y le dijera que fuera para allá pronto, pronto, porque tiene que hablarle. Que se fuera en seguida…

Se ha ido, procurando contener su disgusto, mientras la doncella nativa contempla a los dos hombres con su expresión bobalicona y jovial, dando, vueltas entre los dedos al delantal de encaje, como si la cólera de ambos le divirtiera, y comenta con sorna:

— ¡Cuántas cosas van a pasar! A mí me gusta que pasen cosas. Me aburro cuando no pasa nada.

—¡Anda a tus obligaciones, Anko!

— ¡Caramba, Shin! Te salió la voz igual que la del amo. Claro, como vas para mayoral… —se ríe, burlona.

— ¿De qué te ríes, tonta? —rezonga Shin, aflorándole la ira al rostro.

—De las cosas que van a pasar…

—Aquí me tiene, señora Samui, atento a su llamado y dispuesto a servirle en todo, como siempre —se ofrece Akimichi a Si. Y en seguida, le aconseja—: Pero si mi modesta opinión vale de algo, creo que lo único que debe usted hacer es descansar, tomarse unas buenas horas de reposo…

—Sobrará tiempo para descansar después… Tengo entendido que todos los papeles de la casa Uchiha están en la notaría de usted, ¿no?

—Exacto. Partida de nacimiento, acta de matrimonio, el testamento de nuestro nunca bien llorado amigo Uchiha… que por otra parte casi es inútil. Todo cuanto hay es, naturalmente, de usted y de su hijo Naruto.

—Sé que todo está en orden… pero quiero guardar esos papeles en mi casa. Todos. ¡Absolutamente todos! ¿Hay algún inconveniente para que los ponga en orden y me los entregue a mí, para que yo los guarde?

—En absoluto —asiente Akimichi con sorpresa y disgusto—. Estarán listos en una hora si usted lo manda. Saldré inmediatamente para Uzushiogakure, y mañana, si así lo desea, le haré entrega oficial de todo en mi despacho.

—Shin irá por ellos… Es el más antiguo y el mejor de mis servidores. Lo he nombrado Administrador general de la hacienda, y él hará que las cosas marchen.

— ¡Pero es absurdo, totalmente absurdo! Y yo quisiera aconsejarle…

—No voy a oír ningún consejo suyo, Akimichi. No pierda el tiempo en dármelo.

—Lamento profundamente su extraña actitud, señora Uchiha.

—No es extraña, puesto que defiendo a mi hijo…

— ¿Su hijo…? —se sorprende el notario.

—Señora… Señora… —Es Anko que irrumpe en la alcoba, agitada y tartamudeando.

— ¿Qué pasa, Anko? —pregunta Samui.

—El niño Naruto… como que está malo… Kurenai me mandó avisarle…

— ¿Mal? ¿Quieres decir, enfermo?

—Sí, señora. Como que tiene fiebre y dice cosas raras…

— ¡Naruto, hijo… Naruto…!

Samui ha caído de rodillas frente al pequeño lecho blanco, donde Naruto, abiertos, sin ver, los grandes ojos, húmedo de sudor helado el rubio cabello, se agita en el delirio de una alta fiebre. Tras ella, pálido, demudado, ha llegado también Chōza Akimichi que se detiene bajo el arco de la puerta, entre las dos doncellas asustadas.

— ¿Y el médico? ¿Dónde está el médico? —inquiere Samui.

—Se fue, señora… como todos.

— ¡Que corran a Uzushiogakure a buscarle! ¡Naruto, hijo…!

— ¡Sasuke… Sasuke…! —Murmura Naruto en su delirio—. Sasuke… No me dejes… Llévame contigo… Llévame a navegar… Yo cuidaré de ti… ¡Papá lo ha mandado! Papá dijo… como a un hermano… Como a un hermano… Sasuke…

— ¡Dios mío! —exclama Samui, en un lamento. Ha retrocedido tambaleándose, sintiendo como si la tierra que la sostiene vacilara. Ira y dolor se clavan al mismo tiempo en su alma, y volviéndose hacia Akimichi, le espeta—: ¿Y aun se extraña usted por qué defiendo a mi hijo? ¡Tengo que defenderlo con los dientes, con las garras!

—Señora Uchiha… Nadie le ha atacado. Está usted ciega, y en su egoísmo maternal…

— ¡Basta! —le interrumpe Samui—. ¡Ni una palabra más! ¡Salga usted de esta casa! ¡Salga! ¡Salga! ¡Y no vuelva jamás!


La enfermedad de Naruto fue larga. Durante muchos días tuvo fiebre alta, y cien veces pronunció en su delirio, como uniéndolos para siempre, los nombres de Sasuke y de su padre. Al fin, una mañana amaneció despejado, reconoció a su madre y lloró en sus brazos… Aquella tarde…

—Vas a ir tú mismo a Uzushiogakure, Shin.

—Sí, señora. Como usted mande. El niño ya no está en peligro y dice el médico que muy pronto podrá levantarse.

—Apenas se reponga, lo mandaré a Konohagakure. Por eso quiero que recojas los papeles de casa de Akimichi y entregues esta carta en propia mano al Shushō. Él me ayudará.

—No tengo palabras con qué agradecerle el gran favor que va usted a hacerme, señora Hyūga. La molestia de llevar consigo a Naruto…

—Por Dios, amiga mía. Si ésa no es molestia; al contrario. ¿Qué más puedo querer yo, para este viaje en el que voy sola con mis dos niñitas, que la compañía de un muchacho como Naruto, que es casi un hombrecito ya?

—Confío en que sepa ser un caballero.

—Le repito que estoy encantada. Y hay que ver lo bien que se lleva con mis pequeñas, y más aún que con la mayor, que es tan suave, con esa revoltosa de la pequeñita…

Es en el despacho del capitán del puerto de Uzushiogakure, junto a los muelles en que aguarda un barco listo a partir rumbo a Konohagakure. Allí es donde charlan Samui Uchiha y la parienta del Shushō, Mebuki Hyūga, una mujer madura, tímida y bondadosa, de ademanes suaves, que mira con ternura al grupo que forman a corta distancia, al otro lado de la ancha puerta abierta, Naruto Uchiha y las dos pequeñas Hyūga, de nueve y siete años. La mayor es delgada y fina, inquieta y nerviosa, de cabello negro lacio y grandes ojos grises como los de el padre. La más pequeña, de rostro sonrosado, el pelo extrañamente rosa, con los ojos de un ardiente verde jade como los de la madre, tiene en sus pocos años la exuberancia de los frutos del trópico.

—Mi Naruto necesita olvidar muchas cosas desagradables. Este viaje es el mejor remedio para él…

—Es usted muy valerosa separándose así de su único hijo. Repito que la admiro. Además, supongo que tratará de cumplir con esto la última voluntad de su esposo…

—Efectivamente… —Forzada a mentir, Samui Uchiha se ha mordido los labios; luego sonríe con esfuerzo, cambiando el espinoso tema de la conversación—: Sus niñas son preciosas. Me habló mucho de ellas el primo de usted, el Shushō. ¿Cuál es Sakura?

—La más pequeña…

—La mayor es Hinata, fruto del primer matrimonio del señor Hyūga ¿verdad? Ya sé que, por empeño de su padre, van a educarse a Konohagakure.

—Sí, ella es hija de la primera esposa de mi marido, Hisui, que en paz descanse. A Hinata la considero otra hija. Continuando con su afirmación, yo no soy tan heroica como usted, y no las dejo ir solas aun cuando tenga que separarme de mi esposo. Pero creo que le buscan a usted…

— ¡Ah, sí! Es Akimichi… Con su permiso…

—Todo está en orden, y el barco a punto de zarpar. Acabo de entregar al sobrecargo los últimos papeles de Naruto y, por lo tanto, mi misión está terminada —explica el notario.

—Muchas gracias Akimichi. ¡Oh, aguarde! ¿No quiere acompañarme hasta dejar en el barco a Naruto?

—Será un gran honor —acata Akimichi, pero el tono con que lo dice es francamente seco, casi hostil.

—Comprendo que está disgustado conmigo. Le traté bruscamente la última vez que hablamos —intenta disculparse Samui.

—Olvide ese asunto, señora. No tiene la menor importancia.

—Entonces, ¿me permite hacerle una pregunta indiscreta?

—Desde luego, aunque no le prometo contestarle.

—Le agradeceré mucho que me responda. ¿Buscó usted a ese muchacho que mi esposo quería recoger? ¿Tiene alguna noticia de Sasuke… no Akuma?

—La noticia que tengo es buena para usted, aun cuando a mí, sinceramente, me ha apenado.

—Espero que no le habrá ocurrido alguna desgracia…

—Todavía no, más será muy raro que volvamos a saber de él.

— ¿Por qué?

—Tras mucho averiguar, he tenido noticias de que embarcó como grumete en una goleta de carga que zarpaba rumbo a Benisu. No supieron darme el nombre de la goleta ni de su capitán, por lo que considero totalmente perdida la pista del muchacho. Lo siento… lo siento… Él me había pedido que lo dejase en mi casa como sirviente y, después de todo, hubiese sido lo mejor. ¿Pero quién podía adivinar…? En fin, mire usted por dónde los dos pequeños van a estar al mismo tiempo cruzando el mar… —La sirena del buque, que está pronto a zarpar, le interrumpe con la estridencia de su sonido—. Ése es el barco que se lleva a su hijo. ¿Vamos?

El barco que se lleva a Naruto ha dejado atrás el promontorio de rocas en el que se alza el faro, y, con la proa apuntando hacia altamar, apresura la marcha. De pie junto a la baranda de cubierta, creyendo sentir aún sobre el rostro los besos y las lágrimas de su madre, Naruto mira aquella tierra que se aleja, teniendo a cada lado a una de las pequeñas Hyūga: Sakura sonríe, mientras Hinata se seca una lágrima. Y como una promesa a aquella tumba que dejara en el cementerio de Mangekyō, como un grito de su corazón de doce años. Naruto ofrece:

—Volveré pronto, papá. ¡Volveré… para buscar a Sasuke!


Y pasaron los años…

Ésta es una historia que sólo podría pasar donde pasa… En Uzu no Kuni, tierra florida y convulsa, isla volcánica surgida al impulso de un borbotón de fuego, tierra de amores y de odios, de pasiones sin freno, de abnegaciones y de crueldades… Tierra sobre la que habrían de chocar aquellos cuatro corazones apasionados: Hinata, Sakura, Naruto, Sasuke…

Entre las cuatro paredes de una celda hay una mujer en quien la vida intensa parece palpitar. Un mundo de pasiones arde en el cerco de sus grandes ojos y parece resbalar bajo la piel de sus pálidas mejillas. Sus manos finas, sensitivas, se enlazan como para una súplica, como para una oración, mas hay en ellas un crisparse desesperado. Esa mujer sufre, esa mujer ama, es como una hoguera que se consumiese alumbrando. Pero sobre su cuerpo grácil hay un hábito, un blanco hábito de novicia, y cuelga de su fina cintura un rosario. Sus pasos trémulos la llevan ante el crucifijo, y allí se desploma sollozando…

—Hinata, hija mía, ¿ha hablado ya con su confesor?

—Sí, Madre abadesa.

— ¿Y cuál fue su consejo? Supongo que el mismo que yo le doy.

—Sí, Madre… —conviene Hinata Hyūga, con un dejo de tristeza.

— ¿Ve usted? Es demasiado pronto para profesar, para hacer los votos definitivos.

—Lo deseo ardientemente, Madre. ¡Con toda mi alma!

—Aunque así sea… No es un arranque, no es un arrebato lo que ha de llevarnos a vestir para siempre estos santos hábitos. Es una verdadera vocación, y hay que probar la suya, Hinata. Probarla, no aquí, no en esta santa casa, sino en la lucha, en el mundo, frente a la tentación…

—Yo no quiero volver al mundo Madre. Yo quiero profesar. No me saquen de aquí… ¡No me rechacen!

—Nadie la rechaza. Si algo decidimos por fin en contra de su gusto, es por su bien. Ahora mismo voy a hablar con su confesor. Entre tanto, rece y aguarde, hija. Rece y eleve su corazón a Dios. —Y diciendo esto, la abadesa se aleja con pasos suaves.

— ¡Dios mío! ¡Señor mío! No permitas que me rechacen —implora Hinata Hyūga asomando las lágrimas a sus lindos ojos—. Admíteme entre tus esposas… Dame la paz y el amparo de tu casa… Que se cierre la herida de mi corazón… Que ese amor que me humilla y me avergüenza se acabe… ¡Señor mío, limpia mi corazón del amor humano y llámame a Ti!

...

Un hombre cruza las anchas tierras fértiles. Monta en el más arrogante caballo de Suna que pisara la tierra del remolino, y viste finas ropas de caballero. Altivo y gallardo, con la fina mano sostiene las riendas, mientras la espuela de plata se clava en los ijares del bruto. Sus cabellos son rubios y en punta, sus grandes ojos azules abarcan en una mirada de dominio toda la tierra hasta donde alcanzan: tierra de la que es amo y señor. A su paso se inclinan las espaldas, se descubren las cabezas humildes de los trabajadores, se deshojan, como azahares criollos, las flores blancas de los cafetales… Pero él no sonríe… su mirada es inquieta, convulso el pliegue que aprieta sus labios. Es un hombre que busca… que busca sin encontrar jamás…

— ¡Shin! ¡Shin!

—Aquí estoy, niño Naruto. ¿Qué le pasa?

—Vengo de los cafetales, y ya te hablé de eso el mismo día que llegué —le reprocha Naruto Uchiha, disgustado, conteniendo a duras penas la cólera que le atosiga—. No es posible que esa gente siga trabajando en la forma en que lo hace. Es absurdo, inhumano… La jornada de catorce horas no es para hombres, no es para seres humanos y tú tienes ahí niños y mujeres. ¿Por qué?

—Sale más barato… Además, así llevan quince años y no ha pasado nada…

—Y también presos de la cárcel de Uzushiogakure, que trabajan encadenados. ¿Cómo es posible?

— ¡Ay, ay, niño Naruto! Usted trae la cabeza oliendo a Konoha. Ya no sabe cómo son las cosas por acá. En tiempos de su señor padre…

—Mi padre era severo, no inhumano —le ataja Naruto, francamente molesto.

—Las haciendas han rendido el doble desde que yo las administro —afirma Shin en forma por demás insolente.

— ¡No me interesa acumular más dinero! Quiero que trates a los que trabajan para mí, con justicia y bondad.

—La señora está conforme con cuanto yo hago…

—Es justamente lo que voy a averiguar. Pero esté o no conforme mi madre, yo no lo estoy, y he de remediarlo —rezonga Naruto, alejándose.

Una mujer sonríe al vaivén de la hamaca. Se mece suave, bajo el beso de fuego del mediodía tropical. Del arroyo cercano llega un murmullo de agua, y no es de flor, sino de fruto dulce y maduro, el aroma que en torno suyo exhala. Parece descansar, pero no descansa: tiembla, arde, siente rugir pecho adentro, como el volcán enorme, sus pasiones inconfesables. Es una mujer que espera, que aguarda, como puede aguardar la pantera en acecho, como lentamente, a través de la tierra, crece la lava que ha de desbordarse…

— ¡Sakura! ¿Pero qué es eso? ¡Deja ese piano! ¡Basta! ¡Basta! ¿Cómo te atreves…? —reprende Mebuki Hyūga a su hija.

— ¿A tocar un can cán? Deja que me veas bailarlo… Es la última moda en Konoha. Mira esta revista…

— ¡Quítame de delante ese papelucho! Si llegara tu novio… Si te viera Naruto leyendo una cosa semejante.

—Por favor, mamá —protesta Sakura en tono burlón—. Yo, con Naruto y sin Naruto, haré siempre lo que me dé la gana.

—Muy mal camino para una futura esposa… y para una novia, mucho más. Si Naruto supiera…

— ¡Basta, mamá! —le ataja Sakura con brusquedad—. No sabrá nada si tú no se lo cuentas, y espero que no vayas a contárselo. Naruto está muy lejos… Gracias a Dios, lo bastante lejos para dejarme en paz mientras nos casamos.

...

— ¡Santa Bárbara! ¡Viren a estribor! ¡Bajen el foque! ¡Tres hombres a babor para achicar el agua! ¡A estribor… a estribor…! ¡Quítate, estúpido, déjame a mí el timón! ¿No ves que te vas contra las rocas? ¡Pronto!… ¡Fuera!…

Saltando sobre los escollos, desafiando los elementos desencadenados, una goleta marinera cruza frente al Kēpu Akuma, gira con asombrosa rapidez entre las rocas aguzadas y los bancos de arena, y enfila al estrecho canal que le lleva a una pequeña y segura rada. Negro está el cielo y hosca la tierra, pero el hombre que lleva el timón no vacila frente a la furia del cielo y el mar, salva el último escollo, vira en redondo, alcanza milagrosamente el amparo de los farallones y luego, con gesto orgulloso, deja la rueda en manos de su segundo, saltando sobre la húmeda cubierta.

— ¡Echen el ancla… y un bote para tomar tierra!

Ha saltado sobre la arena de una playa, metiéndose en el agua hasta la cintura, para arrastrar hacia dentro la frágil barca que hasta allí le ha llevado desafiando la tormenta que está en su apogeo. Con flexible soltura de felino da unos pasos alejándose del mar, y luego se vuelve para contemplarlo, como contempla también el cielo oscuro: con gesto desafiante. A la luz del relámpago se ilumina de pies a cabeza la figura del recio capitán de la nave. Es fuerte y ágil; los pies descalzos parecen agarrarse como zarpas a la tierra que pisa; tiene la piel tostada por la intemperie, el cuello fuerte y ancho, alto el pecho, las manos callosas, y el rostro altanero posee un diabólico resplandor triunfante. Es como un hijo de la tormenta, como un proscrito que se alzara contra el mundo entero, y contra el mundo entero se sintiese capaz de luchar… Tiene veintiséis años y es el más audaz navegante del Océano. Las gentes le llaman: «Sasuke no Akuma».


N/A: Y bien hasta aquí llegamos hoy. Oh Dios, ya Sasuki es todo un sexy capitán de navío, —Se desmaya—. En el próximo nuestros protagonistas tendrán su primer encuentro kyyyyaaaaa, ansiosa por publicarlo. Espero les haya gustado tanto como a mí.

jajaja bueno, ya dejo la euforia para después, qu bastante falta nos hará. Ahora responderé sus Reviews en mi sección favorita.

RESPONDIENDO REVIEWS

Soo Hyun Yuki: Hola, me alegra que te haya gustado esta iniciativa que comenzó como el pedido especial de una de mis lectoras, también era uno de mis sueños leer esta historia en FF, y siendo tan linda me extrañaba que nadie se hubiese atrevido a adaptarla. También debo confesar que estoy enamorada de la telenovela de 1993 con Eduardo Palomo (RIP) y Edith González. Espero que la adaptación cumpla con tus expectativas.

Hime-23: Oiii! Muito feliz por ver que você gostou, Eu amo o SasuHina kkkk, espero que curta o novo capítulo. Um beijo linda, me desculpa o português tão ruim, mais apenas estou tentando retoma-lo.

cherrymarce: Hola, bueno he de decir que la historia es hermosa, estaba bien chica yo cuando la vi, y la verdad siempre me pregunté por qué en FF no había una adaptación de ella. Una de mis lectoras me animó a subirla y pues aquí está, espero que te guste tanto como a mí.

Por cierto yo tampoco soy de ver telenovelas, pero e gustan algunas de las que son de época, como Amor Real, está entre mis favoritas. Cómo olvidar esta última, nada más acordarme y sentir nostalgia de esa historia de amor tan bonita entre Matilde y Manuel.

Guest: ¡Holaaaaaaa! Lo prometido es deuda, Gracias a ti por incentivarme a hacerlo, jajajaja me alegra tenerte por aquí, pensé en ti cuando la publiqué e imaginé tu emoción al ver que estoy cumpliendo mi promesa. Ojalá disfrutes de este capítulo. Besitooos y apapachos para ti.


Bien, hasta aquí el día de hoy, no olviden dejar sus comentarios al respecto. Les mando un beso enorme, gracias por estar allí.

Sayonara!

Lis