¡He vuelto! La verdad es que me decepcionó mucho ver que en el último capítulo hubo sólo dos comentarios cuando en el primero hubo ocho. Me pregunto si os estará gustando...

En fin, pues eso. Además, me he dado cuenta que hay un montonazo de gente leyendo la historia, ¡y de todos lados! Eso es lo mágico de la lectura, la capaz de llegar y conmover a todo l mundo, sin importar qué idioma hablen :))

Y... ¡Aquí está el tráiler de la historia! watch?v=fv81E1hKoJU y si no lo encontráis con el link, buscad Inestabilidad y Toxicidad (tráiler)

Sintió que alguien la zarandeaba, pero no era su madre. No, no era su madre, era… ¿Emma? ¿Qué hacía ella en esa habitación?

― Venga, márchate antes de que nadie despierte ―le dijo la rubia, sacándola de la cama.

― Mierda… ―contestó al recordar la noche anterior. Se había colado por la puerta trasera y le había ordenado que la abrazara. Pues iba lista si quería olvidarla…

Cogió las llaves de casa y se marchó por donde vino, silenciosa y rápida. Antes de macharse, dejó clarísimo que Emma debía de alejarse de ella si quería llegar a los dieciocho. Y Emma se lo podía haber tomado a guasa, pero al ver su manera de decirlo y de mirarla, se dio cuenta que la debió de haber cagado mucho si esa chica hacía sólo veinticuatro horas le sonreía tímidamente y ahora quería cortarle la cabeza.

Regina llegó a casa y subió a su habitación, metiéndose en la cama y revolviéndola un poquito para que pareciera que había dormido allí. Espero pacientemente a que su madre llegara para despertarla y cuando hizo acto de aparición, fingió estar somnolienta y se hizo la remolona, no queriendo abandonar ese paraíso que eran sus sábanas y mantas. Pero finalmente, siguió con su rutina diaria, ansiosa de ver a su rubia aquel día en el instituto.

Su hermano ya estaba esperando en el coche para llevarla cuando dejó de pensar en lo mona que era Emma cuando dormía. No podía seguir así, lo sabía, porque cuanto más se enamoraba ella, más intentaba engañarla la otra para hacerle daño. Porque para Regina todos querían hacerle daño. Porque si no fuera por eso, ¿quién se iba a fijar en ella? Ella no tenía nada especial. Ella no era nadie.

Cuando la morena bajó del coche y vio a Emma afuera, hablando con Graham, sintió un fuerte ardor por todo el cuerpo, como si pudiera quemar, y no en el buen sentido. El estúpido hijo del sheriff estaba junto a ella, devorándola con la mirada mientras que a ella no parecía importarle lo más mínimo. "Pero no te gusta" pensó la actriz encaminándose a la puerta principal, "tú la odias, tienes que odiarla". Tenía pleno conocimiento de que sería una ardua tarea desenamorarse de esos ojos verdes, pero no tenía otra opción. Ya había pasado por esa situación antes, aunque aquello no fuera amor romántico. Ya había querido con todas sus fuerzas a alguien que, voluntariamente o no, se había marchado y la había dejado aún más rota. No volvería a pasar. Ahora tenía que ser realmente la mejor para conseguir sus sueños, y nadie podía interponerse en su camino.

La primera y única clase que no compartían: Biología. "Perfecto" pensó Emma, "no voy a tener que verla y además aquí puedo destacar como es debido". La clase pasó rápidamente, y ella, a pesar de lo mucho que le gustaba la biología, no prestó atención. Su mente estaba en un cuerpo humano diferente a de las explicaciones del libro. Su mente estaba en sus curvas, en su piel, en cada cosa que hacía. En como su pecho subía y bajaba con cada respiración. En ella. Una divinidad que vivía junto enfrente de ella, que hasta hacía poco era la luz de su vida. Estaba claro que Regina no se daba cuenta de eso, pero era la luz en la vida de Emma. Cada vez que la veía, sentía una turbina en su estómago, como lo de las típicas mariposas, pero más exagerado, mucho más. Aquella chica, con su actitud, le daba fuerzas para seguir con sus sueños de ser directora de cine. Oh, si lo fuera, estaba más que claro que Regina sería su actriz permanente. Dios santo, por mucho que quisiera, no podía sacarla de su cabeza. Estaba en absolutamente todas partes. Se giraba y giraba y no la encontraba por ningún lado, se estaba comenzando a asustar. Pero pronto volvió a la realidad. Cierto… pero la siguiente clase la vería. Y no se libraría de ella.

Quizás Regina creía que podía librarse de ella, pero Emma no la dejaría ir. Sabía que había un sentimiento profundo entre ellas dos, aunque ninguna de las dos quisiera admitirlo. No sabía realmente como de dañada estaba la morena, pero sabía que sus actos habían reabierto ciertas heridas. Había sido impulsiva, tenía pleno conocimiento de aquello. Oh, sí, había metido la pata hasta el corvejón, y lo había disfrutado. Pero el recreo había terminado y, si quería conseguir a la chica, tendría que trabajar duro.

Sabía que estaba destrozada internamente, pues ella misma ya lo había estado cuando era una huérfana. Conocía la soledad, la oscuridad, el miedo, la rabia, la frustración… conocía eso de no conocer nada excepto desolación. La había asustado con su estúpida actitud de niñata salida; ella no era así, pero aquella muchacha la volvía completamente loca. Debía pedir perdón, pero no sabía realmente cómo.

Ya por la tarde, con la banda sonora del musical de Chicago sonando de fondo, Regina pensó en una manera de vengarse. Podría… no, eso sería demasiado mundano. O quizás… nah, demasiado fácil de superar. Quería hacer pagar a aquella insolente por haberla tocado de esa manera, por haber abusado de ella de esa manera, por… haberla ilusionado. Por haberla lastimado, luego por haberla hecho sanar, para luego romperla aún más. Y entonces recordó. Película favorita de Emma Swan: Chicago. Entonces, sería Chicago. Sería Velma. Sería Roxie. Sería todo lo que ella quisiera que fuera, pero cuando abriera los ojos, ya no estaría. Se habría esfumado.

Con ese pensamiento, la morena decidió marcharse a buscar algo sexy. Encontró, tras muchas horas y muchas tiendas con muchos probadores, el conjunto perfecto, muy propio del musical del que se valdría para atormentar a la animadora. Y volvió al pueblo, tal como vino.

― Swan, soy tu vecina, y creo que deberíamos hablar. Te espero en dos horas en el piso de encima de la tienda de mi padre. No tardes―R.

Se dirigió al apartamento de su padre y lo preparó todo. La música, el vestuario, un par de bebidas... todo. Ahí estaba.

Las dos horas pasaron rápido, y cuando Emma llamó a aquella puerta, su mandíbula parecía querer atravesar el suelo. Ante ella, Regina Gold con unos elegantes tacones negros, y unas medias negras semitransparentes, un vestido de brillantes, corto y negro ajustado a su cuerpo, y unos guantes hasta el codo, también negro. Todo era negro en ella, excepto sus rojísimos labios. Como siempre, no pudo despegar la vista de ella.

― Pasa―le dijo con el tono de voz más sensual que pudo, tendiéndole su delgada mano. Ambas jóvenes entraron y Emma se quedó plasmada, era como estar en Chicago. Estaba en Chicago en los años 20. Estaba en su película favorita, no olvidemos que se oía All That Jazz de fondo. Regina condujo a su invitada al salón, con una tenue luz iluminándolo todo. La sentó en el sofá y le tendió una copa de Gin. Ahora comenzaba lo bueno. Ambas bebieron en silencio; Emma degustaba el momento, el escenario, la compañía, y Regina disfrutaba de la visión. Con su cabeza echada para atrás, una leve sonrisa y sus ojos cerrados, así se encontraba Swan. La joven de ojos marrones esperó a que su acompañante terminara la copa y, antes de que pudiera abrir los ojos, se sentó grácilmente sobre su regazo.

She took a flower in its prime, and then she used it, and she abused it ―cantó en su oído, con su grave y poderosa voz, para después agarrar la corbata del uniforme de su víctima ―it was a murder, but not a crime―finalizó, forzándola a besarla, aunque de todas maneras, Emma no opuso resistencia. Estaba confusa, pero no podía ni quería dejar de besarla. Coló su pálida mano por el vestido de la morena y le agarró el trasero, ganándose un doloroso mordisco en el labio inferior que la hizo gemir y sintió el sabor de la sangre.

― No, querida, esta vez no. Esta vez la que manda aquí soy yo ―escupió con un tono ronco que lo único que hizo fue excitarla más. Regina se levantó de golpe y, con las luces encendidas, la música de fondo y una botella de alcohol llena en la mesa de café, cogió a Emma y la puso contra una columna que había en el salón, cogiendo las cuerdas que había preparado, atándola. Emma observó sus movimientos con atención, con el calor de su entrepierna creciendo hasta niveles insostenibles. La necesitaba ya.

― Dilo ―ronroneó en su oído una vez que estuvo atada, metiendo las manos por debajo de su camisa. ―Dime lo que quieres, hoy todos tus deseos se cumplirán ―prometió Regina falsamente.

― Lo necesito ―susurró desesperadamente.

― ¿El qué?

― Fóllame.

Cuando las cuerdas finalmente soltaron sus extremidades, cuando ya no estaba en el salón ni en el dormitorio, sino en el ascensor, cuando su cuerpo ya no estaba desnudo y podía sentir el dolor y las marcas, se sumió en una tristeza incomparable. Nada más satisfacerla y estar satisfecha, tras gritos, gemidos, jadeos y unas cuantas palabras sucias, la echó. Como cuando guardas una muñeca en un baúl porque te has cansado de ella. Así se sentía Emma tras aquella tarde. Ya era de noche, el frío de la calle haciéndola sentir aun peor. ¿Era una vendetta, cierto? Por sus encuentros en el baño. Por sus manos hambrientas. Por sus miradas depredadoras. Por sus paso sin un "adiós" de coro. Por eso se había vengado. Por eso la había utilizado. Por eso ahora quería llorar. Por eso lo lamentaba sinceramente.

Pero, a pesar de lo dolida que se sentía, Emma volvería a ver a Regina y volvería a repetir los mismos hechos. Volvería a dejarse ganar. Volvería a sufrir. Todo porque su reina pudiera ser feliz. Lo que Emma no sabía, es que en la otra punta de Storybrooke, cierta estudiante se encontraba con los labios pegados a la botella, cuestionándose si se estaba convirtiendo en quienes más odiaba. Cuestionando si estaba enferma.

En segundos, cogió el teléfono y llamó a su amante.

Y Emma volvió al lugar. Porque Regina no sonaba bien. Porque Regina estaba borracha. Porque Regina estaba llorando. Porque Regina la necesitaba.

La tormentosa noche pasó y finalmente salió el sol. Cierta morena se despertó con dolor de cabeza y cierta rubia se despertó feliz de ver el escenario. Pero toda calma desapareció cuando el teléfono sonó, terminando de espabilar a la más mayor.

― Eh… sí, claro, yo… a ver, que… papi, es que… pues con una amiga… ya voy.

― ¿Qué ha pasado? ―preguntó Emma asustada.

― He estado toda la noche desaparecida ―dijo triste apoyando la cabeza contra el cabecero de la cama. ― Mis padres estaban tan preocupados…

― Hey, tranquila, seguro que si les cuentas alguna mentirijilla piadosa te perdonan ―intentó tranquilizar la rubia.

― ¿Tus padres no te han dicho nada?

― Que va, ―respondió confiada― mi madre está ya acostumbrada a que quede con mis amigas y se me olvide comentárselo.

Se sonrieron mutuamente y se miraron a los ojos. Regina pedía perdón a gritos y Emma se reía y la perdonaba, pero para eso no hicieron falta palabras. Para eso sólo fue necesario que se miraran un poquito más y se besaran suavemente, y todo aclarado.

Después de eso se vistieron y se marcharon a clase. Regina le mandó un mensaje a su hermana diciéndole que debían hablar de algo, que necesitaba su ayuda. Zelena, como buena hermana que era, respondió, no sin tener en mente que iba a tener una seria charla con su hermana. Lo que había visto aquella madrugada al ir a buscarla había sido impactante y tenían que hablar de eso. Oh, sí, hablarían, claro que hablarían.

Una vez finalizadas las clases, Emma llegó a casa muerta, pero no olvidó ni por un momento darle un beso enorme a su hermanita.

― Hola, gnomo de jardín ―dijo revolviéndole el flequillo.

― ¡Oye, que soy la más alta de clase! ―respondió indignada la pequeña, cruzándose de brazos y enfurruñándose.

― Ya lo sé, pero me encanta pincharte.

― Pues no es nada divertido ―sentenció con su voz más seria Anna, pero en menos de medio segundo ambas comenzaron a reír. Eso era vida para Swan. Su hermana. A menudo se preguntaba si, cuando llegara el momento sería capaz de ser una madre tan buena y sacrificada como la suya propia. Todo lo que Ingrid había trabajado para que Emma superara sus problemas y sus miedos; tanto trabajar día y noche; cuidarla y asegurarse de que no le faltara nada… y no sólo con una, sino con tres hijos. Ella quería ser una madre así de buena.

Emma de repente tuvo una idea bastante buena. El curso acababa de empezar y ella iba a proponer un concurso de cortos. Y ya tenía a la actriz principal: Regina Gold.

Por su parte, Regina adelantó su visita a Archie para así poder evitar a su hermana.

― Buenas tardes, doctor Hopper ―saludó educada, como siempre.

― Buenas tardes, Regina. Dime, ¿ha ocurrido algo? Como has adelantado la cita…

― Bueno, ―dijo, cayendo en la cuenta de que debía de hablar del hombre de un tema― sí que hay algo importante. Verás… esto… es complicado de decir. Desde hace casi una semana he tenido relaciones… íntimas con una chica y bueno, no han sido lo más cariñoso del mundo. ―Tomo un poco de aire y continuó― Sin embargo, no me ha molestado del todo. Quiero decir, está mi pasado y tal, pero aparte de eso… ha habido sentimientos… ―buscó las palabras en la cabeza, pero no sabía que quería realmente decirlas y volverse un completo tomate.

― ¿Excitación? ―completó el pelirrojo.

― Eso. Yo… he leído cosas y todo eso y… y no sé si con mis antecedentes el BDSM podría considerarse como una enfermedad.

El silenció abrumador resonaba audiblemente por toda la sala, Regina no miraba a ninguna parte mientras lo miraba todo y Archie la observaba a ella.

― Describe los hechos que te han hecho llegar a pedirme consejo por ello. ¿Qué te ha hecho pensar que está mal en tu caso?

― Esa chica, Emma, y yo… ella es posesiva, dominante. Me gusta muchísimo su manera de tratarme, es agresiva, pero es como si a la vez me intentara proteger, no sé… como si sólo ella pudiera hacerme daño. Y ese brillo sádico en sus ojos, y que me deje marcas y… que encuentre mis puntos débiles y los explote sin piedad… es… excitante ―finalizó. ―Pero también hay otra parte. El otro día quise venganza y fui yo esta vez la que controló la situación y… me encantó. Esa sensación de poder, de ser la dueña del mundo, de que nadie me hará daño si yo no quiero… hacía todo lo que quería y le gustaba, lo notaba.

― ¿Entonces dónde está el problema? ―inquirió el psicólogo. Porque había un pero seguro.

― Cuando todo terminé me sentí como ellos. Y no quiero sentirme así. ―Hopper supo que hacía referencia a Cora y a Killian.

― ¿Cuándo Emma es así… es sólo un juego o hay algo más?

― Es… creo que no es un juego ―admitió cabizbaja. ― Está furiosa y es como si me odiara y su manera de hacerme daño fuera esa. Es… ¡su manera de actuar me confunde! ―exclamó frustrada. ― Viene, me trata como un objeto, se va, vuelve, me ilusiona… me siento tan perdida… ―suspiró abatida.

― Regina, creo que el principal problema es que quizás no sepas diferenciar el maltrato y el juego sexual. La vida personal de cada persona es diferente, y si tú tienes esas preferencias sexuales son completamente normales y aceptables, tu pasado no tiene por qué afectar. El problema viene cuando te enamoras de una persona y esa persona te maltrata. No te golpea, pero el hecho de que te trate así puede indicar maltrato ―conforme iba avanzando en su monólogo, la morena sentía como el aire rehusaba pasar a sus pulmones. ¿Era aquello realmente maltrato? Su mente desconectó y viajó a otros lugares y otros días. Debía hablar con su vecina. Debían aclarar lo que eran, si tenían futuro, si no lo tenían. Ese pensamiento de alejarla necesitaba ser modificado Si no había posibilidades, no tenía caso que los sentimientos siguieran existiendo, pero si la había, si ambas estaban dispuestas a luchar, entonces…

Se marchó sin recordar nada de los últimos diez minutos, esos minutos se los había dedicado a sí misma y no a las palabras de su terapeuta. Llegó a casa, cenó y se puso a leer Otelo. Le mandó un mensaje a Emma en el que le pedía por favor que quedaran en algún momento para hablar de su relación o lo que fuera que tuvieran. Al final acordaron una cita. Se irían a cenar y hablarían tanto de sus sentimientos como de una propuesta escolar que tenía la rubia y que implicaba a Regina. Emma también quería hablar de sus celos, sus miedos, su desconfianza y de sus remordimientos por la manera de tratar a la pobre. No había sido en absoluto justa, eso estaba claro.

Tras un par de mensajes, Regina se inspiró, y se dirigió al frío ático de la casa; se sentó en el escritorio y cogió su libro y su pluma. Con su mejor caligrafía, escribió la letra que necesitaba esa canción que compuso hacía tantos años y que hasta ahora sólo tenía instrumentos. Y mientras las palabras fluían solas, una pelirroja tomo asiento a su lado.

― Regina, debemos hablar. Y de lo que debemos hablar es de Emma Swan. No lo sé todo, pero sé un par de cosas y creo que una conversación entre hermanas es necesaria ―Zelena llevaba todo el día intentando contactar con su hermana, pero esta le era esquiva. Robin le había dicho que debía de ser paciente, hablar de cosas así no era tarea fácil, pero Zelena se había mordido ya hasta las cutículas, era obligatoria aquella conversación.

¿Alguien tiene alguna idea de qué será lo siguiente que pasará? ¡Deseando estoy de ver vuestros comentarios, vamos, chicxs! P.D: ¿De dónde sois? Simple curiosidad. Ah, por cierto, aunque no responda alo comentarios, los leo toditos todos y estoy muy agradecida, y algunos me encantan XD