Este fic inicia inmediatamente después de la Saga de Poseidón, un par de meses antes de la Saga de Hades, cuando Milo encuentra en la playa a una persona gravemente herida...


Kanon


"Admítelo" me dije a mí mismo "esta vez estás muerto"

Me alegré. Sinceramente me alegré. Independientemente de lo que fuera a pasar a continuación (de si había o no una vida después de la muerte), estaba feliz de haber acabado con todo finalmente. Había liberado mi alma. Había pagado mi deuda. Podía descansar.

Claro que "descansar" resulta un poco difícil cuando tienes un tridente sagrado clavado en el pecho mientras todo se derrumba a tu alrededor porque el océano está a punto de caer sobre tu cabeza.

Por eso realmente me sentí agradecido cuando algún escombro me alcanzó con la fuerza necesaria para dejarme inconsciente.

...Despertar no fue nada divertido. No fue un suave regresar a la conciencia con mis sentidos entrando en funcionamiento en forma lenta y serena. No, para nada.

Despertar dolió, en parte porque tenía algo de decepcionante el que la muerte me hubiera evadido por enésima vez y en parte porque entonces me di cuenta de que la mayor parte de mis heridas seguían doliendo en una forma realmente espantosa.

Pero al fin estaba consiguiendo permanecer despierto por más de dos o tres segundos y descubrí que tenía fragmentos de recuerdos de muchos despertares fallidos.

Una playa de guijarros extrañamente familiar... sensación de movimiento, mi cabeza colgaba hacia atrás mientras alguien me llevaba cargando... ¿quién?... ese alguien me hablaba... en forma bastante incoherente aunque reconocí que lo hacía en mi lengua materna... pero no entendí ni la mitad de lo que me decía, eran palabras que no se dirigen a un desconocido, pero que me resultaban completamente extrañas, como si le estuviera hablando a otra persona aunque me hablara a mí... un grito que me desgarró la garganta cuando alguien extrajo un fragmento del tridente que aún estaba en mi herida... ojos azules y preocupados... lágrimas y palabras de consuelo mezcladas con...

Er… no, no, eso no podía ser.

Definitivamente, no.

Debía estar delirando en algún momento porque los últimos fragmentos de recuerdos incluían cosas que definitivamente no tenían ningún sentido ni en este ni en ningún otro universo.

¿Por qué alguien iba a estar besándome mientras me decía lo mucho que me había extrañado?

Y hablando de besos...

Era eso precisamente lo que me había hecho despertar en esa ocasión cuando finalmente podía pensar racionalmente... bueno, casi. Había alguien inclinado sobre mí, y aún podía sentir sus labios en mi frente, un beso tan suave y cariñoso como el que se le da a un niño pequeño mientras duerme, así habían sido los otros, en la frente, en las mejillas... y me parecía recordar alguno en mi mano derecha, sobre una de mis heridas...

¿Y dónde estaba yo? ¿Qué lugar era ese? No me parecía haber estado ahí antes, pero la arquitectura no me resultaba desconocida.

Traté de moverme, apartarme un poco de la persona que me había besado en la frente. Apenas conseguí mover un poco la cabeza, pero eso hizo que se apartara instantáneamente para mirarme mejor, lo cual me permitió verlo también.

Reconocí los ojos azules de buena parte de mis intentos anteriores por despertar, la cara también me resultaba familiar, sólo que no lograba darle un nombre en ese momento... una sonrisa llena de esperanza...

-Estás... despierto...

No conseguí asentir, así que me limité a parpadear e intenté sonreír. Supongo que la mía no era una sonrisa extremadamente alegre, pero pareció bastarle.

-¡Estás despierto!

Bueno, sí... ¿pero era como para que se entusiasmara tanto?

-¡Estás despierto!

Entonces la experiencia se volvió realmente bizarra. El sujeto de los ojos azules me besó de nuevo... en la boca.

Mi primera reacción fue tratar de huir... y sólo logré comprobar (para mi desesperación) que estaba demasiado débil y adolorido como para intentarlo siquiera.

El otro seguía besándome, reía y lloraba al mismo tiempo, me besaba una y otra vez (eso empezaba a volverse alarmante), y me abrazó estrechándome contra él... eso realmente dolió.

La herida en mi pecho (la más importante de todas, al parecer) protestó rabiosamente y yo conseguí emitir un quejido débil. Mi garganta se sentía seca, rasposa, cerrada... de otro modo habría gritado hasta quedarme afónico... uh... ¿sería justamente por eso que no conseguía gritar?

-¡Oh! ¿Te lastimé? ¡Perdóname! Es que... es que...

No encontró la palabra que buscaba, así que si limitó a recostarme de nuevo en la cama, con cuidado.

Logré levantar una mano y apartarme algunos mechones de cabello que insistían en taparme los ojos y lo miré de nuevo. Nada. Ningún nombre me venía a la memoria, a pesar de la familiaridad que me demostraba. ¿Quién podía ser él?

-¿Cómo te sientes?

¿Además de confundido? Otra vez traté de hablar, pero no conseguí hacerlo, acabé llevándome la mano a la garganta, ¿qué era lo que estaba mal ahí?

-¿Duele? –me preguntó-. ¿Quieres beber algo?

Asentí. Diosa, el agua que me dio a beber se sentía como un milagro, a pesar de que solo logró aliviar un poco mi pobre garganta. El desconocido seguía hablándome, como si temiera que fuera a desmayarme otra vez, insistiendo en que ahora todo estaría bien, que él se encargaría de que todo estuviera bien y que Atenea... ¡¿ATENEA?!

-¡Tranquilo! –sonrió suavemente al notar mi alarma-. En cuanto te recuperes, iremos a hablarle. Nadie sabe que estás aquí, solo yo. Lo único que tienes que hacer es descansar y recuperarte, ¿de acuerdo? Déjame lo demás a mí...

Fui quedándome dormido mientras lo escuchaba, todavía sin poder comprender del todo lo que estaba pasando.

Lo único que estaba claro era que me encontraba de vuelta en el Santuario (¿cómo?) y que no estaba en la Casa de Géminis (¿dónde, entonces?), pero alguien (¿quién?) cuidaba de mí (¿por qué?)... aunque de un modo un tanto extraño.


Milo


Pude ver claramente cómo se deslizaba de la vigilia al sueño, pero esta vez no me inquieté, la fiebre había desaparecido finalmente y todo indicaba que empezaba a recuperarse.

Sin duda reiría bastante cuando pudiera explicarle que además de los golpes y las heridas había estado a punto de sucumbir por una pulmonía. ¿Cuánto tiempo habría estado inconsciente en la playa antes de que lo encontrara? No había manera de saberlo, pero estaba empapado en agua de mar y de lluvia... debían haber sido horas cuando menos, quizá toda la noche... Al parecer, ahora estaba completamente afónico, pero eso era una molestia menor si lo comparaba con todo lo que había tenido que sobrevivir...

Sobrevivir...

Aún no podía creerlo y tenía que forzar mi lado más racional a quedarse calmado cada vez que me atacaba con un torrente de preguntas.

Yo estaba ahí cuando él murió. Lo vi, cuando aquel monstruo que tomaba su lugar en contra de su voluntad atacó a Atenea, lo vi aferrar el báculo de la diosa y dirigirlo contra sí mismo. El golpe fue suficiente para fracturarle dos costillas y que los fragmentos de una de ellas destrozaran su corazón y parte del pulmón izquierdo. Estaba muerto entonces cuando lo llevé a su tumba, no me quedaba la menor duda al respecto, y lloré por él cuando no había nadie cerca para mirarme.

Y, meses después, nada más terminar el diluvio, lo encontré medio ahogado en la playa, con heridas completamente distintas a las que tenía cuando lo preparé para la tumba. Heridas recientes.

Tenía que esperar a que pudiera explicarse. A que él mismo me dijera cómo era que estaba vivo otra vez; no era una buena idea empezar a cuestionar tan pronto un milagro. Decidí que lo mejor era aceptarlo por el momento, luego habría tiempo para los detalles. Todo el tiempo del mundo.

Saga dormía profundamente y, por primera vez desde que lo cargué hasta mi Casa, su expresión era completamente pacífica; no pude resistir la tentación, así que lo besé otra vez... aún dormido, frunció el ceño y apartó la cara... de nuevo... Eso era cada vez más frecuente desde que había empezado a mejorar y empecé a inquietarme. ¿Cómo podrían estar las cosas entre ambos ahora, después de todo lo que había pasado?

La siguiente vez que despertó su garganta no parecía estar mejor. Había usado mucho de mi cosmos para sanar sus heridas más graves, si empleaba más yo mismo me debilitaría demasiado y alguien podría notarlo, así que eso habría que tratarlo en la forma tradicional.

No pude evitar reírme un poco al ver la cara que puso cuando intentó beber la infusión que preparé para él.

-Sí, ya sé que sabe a rayos, pero te ayudará con la garganta.

Supongo que el sabor era lo suficientemente malo como para opacar los buenos razonamientos, pero conseguí que terminara de beberla.

-¿Mejor?

Sacudió la cabeza.

-Uh, te preparé más...

Sacudió la cabeza con más fuerza y trató de salir de la cama, tuve que sujetarlo.

-Estás loco si crees que voy a dejar que te levantes tan pronto. Oh, vamos, Saga, tranquilízate.

Se quedó inmóvil, tenso, como si se hubiera transformado en piedra.

-¿Saga? ¿Qué...?

Me hizo a un lado de un empujón, trató de levantarse, se enredó con las mantas, cayó de rodillas en el suelo... y vomitó.


Kanon


¡Saga!

¡Me había llamado Saga!

En ese instante el rompecabezas de mi mente se resolvió por sí solo y conseguí darle un nombre a aquel sujeto de ojos azules.

Milo.

El Caballero de Oro del Escorpión.

...el amante de mi hermano.

No pude contener la oleada de náuseas y acabé de bruces en el suelo, sintiendo que estaba listo para enloquecer mientras mi estómago se vaciaba de aquel asqueroso cocido de hierbas que me había obligado a tragar.

¿No podía ser solamente una pesadilla? ¿O quizá estaba muerto y en el infierno? Eso parecía verosímil.

Estar con Milo debía ser el paraíso para mi hermano, así que resultaba casi poético que la misma situación fuera mi infierno.

Estuve a punto de reírme hasta que me di cuenta de que estaba llorando.

Milo me ayudó a volver a la cama tratando de calmarme.

-Tranquilo, no es nada, todo estará bien...

Secó mis lágrimas y me hizo beber algo de agua antes de limpiar el desastre que había dejado yo en el piso.

-Lo lamento, este remedio siempre ha funcionado conmigo, jamás imaginé que te sentaría así de mal.

Tenía que decírselo... Oh, sí: "mira, no soy Saga sino su hermano gemelo del cual nunca te habló porque nadie debía saber que yo existía. ¿No me crees? Ve y pregunta a los Caballeros de Bronce quién manipuló a Poseidón para que tratara de ahogar a Atenea y destruir a la humanidad. Y, de paso, dale mis saludos al Fénix y al pequeño Kiki". Sí, cómo no...

Le pedí por señas algo con qué escribir y cuando tuve papel y lápiz en mis manos estuve a punto de confesarlo todo, pero en lugar de eso acabé anotando la receta de un remedio casero un poco más apropiado y sencillo de preparar que el que había tratado de darme. Si iba a enterarse, sería mejor que se lo dijera, no que tuviera que leerlo.

El té alivió el dolor en mi garganta y aplacó un poco la tos, pero aún tardaría en recuperarme y probablemente tendría la voz completamente distorsionada unos días.

Lo único que quería en ese momento era estar solo y poder pensar largamente en todo lo que había pasado, y tratar de encontrar una salida para ese enredo... Pero era un poco difícil con Milo sentado junto a mí y jugando con mi cabello.

Lo miré con disgusto y me aparté un poco.


Milo


Suspiré.

¿Qué era lo que estaba pasando?

-¿Por qué no me dices qué es lo que te molesta?

Me miró como si no supiera si yo era tonto o si solo lo fingía.

Bueno, sí, no fue la mejor frase que podría haberle dicho a alguien que obviamente no podía hablar, pero la mirada que me lanzó me dejó congelado. Esa no era la forma en que se comportaba Saga. No mi Saga.

Si seguía apartándose de mí terminaría por caerse de la cama. Lo sujeté por un brazo y tiré de él hacia mí.

¿Por qué un segundo me miraba con tanta frialdad y al siguiente parecía completamente aterrorizado? Acaricié su mejilla con las puntas de los dedos.

-Tranquilo, relájate un poco. Sabes perfectamente que vamos a tener que hablar tarde o temprano.

Nuevamente esa expresión fría, que empezaba a parecerme casi como si más bien fuera la cara de otra persona.

-No tienes nada que temer de mí. Lo sabes, ¿verdad?

Nada. La máscara estaba en su sitio y era evidente que yo no iba a conseguir nada, al menos no en ese momento, y era evidente que quería que lo dejara solo, lo cual tenía bastante lógica.

Así que le revolví el cabello una vez más y salí de la habitación.

De todos modos, tenía que reportarme en el Palacio del Patriarca; con Atenea y los Cinco de Bronce recuperándose apenas de su odisea en el Santuario de Poseidón, y con el resto de la Orden casi exterminada, los que quedábamos debíamos multiplicarnos para hacerlo todo, la carga de trabajo era grande.


Kanon


Sentí su presencia saliendo del lugar, que decidí identificar como la Casa de Escorpión. Sí, tenía que ser ahí.

Recordando mis años en el Santuario, empecé a explorar los alrededores enmascarando mi cosmos lo mejor que pude. Las casas de Aries, Tauro, Leo y Virgo estaban habitadas, percibí un rastro lejano en la de Libra. Había más personas en el Palacio del Patriarca. Mínimo diez caballeros de Bronce y quizá dos amazonas de Plata... pero por encima de todo centelleaba la luz de una diosa.

Atenea estaba en el Santuario y el corazón me dio un vuelco al darme cuenta de eso.

¿Qué camino debía tomar?

Pasé el resto de la mañana desesperándome por pensar en algo y no me di cuenta de que estaba en un estado cercano al pánico hasta que Milo regresó y se sorprendió de ver lo pálido que estaba.


Milo


-¿Qué te sucede?

Jamás lo había visto así. Saga, siempre tan calmado y compuesto... Desde la Batalla de las Doce Casas, había tenido que estrellarme a la fuerza con las muchas facetas de Saga que no conocía en realidad, y ese Saga asustado y perplejo debía ser solo una más.

Mi pobre Saga... Después de todo, tenía buenas razones para angustiarse, y además debía estar aún confundido y desorientado... Me sorprendí un poco al darme cuenta de que esa era la primera vez que lo veía demostrar alguna debilidad... y yo no sentía nada siquiera cercano a la lástima. Sólo una sensación de ternura que, en cierto modo, era un poco atemorizante. En algún momento, cuando se aclararon las cosas después de la Batalla de las Doce Casas, llegué a pensar que era mi deber odiarlo, pero nunca pude.

Volví a sentarme junto a él y tomé sus manos, como solía hacer él cuando era a mí a quien había que tranquilizar, y le sonreí cuando por fin me miró a la cara.

-Hay algo que necesito que quede claro entre nosotros: puedes confiar en mí. Y creo que eres la única persona en el universo que puede darse ese lujo.

-¿Tú confías en mí?

La pregunta me hizo dar un respingo, no por su contenido sino por la voz con que fue pronunciada, una voz ronca, rasposa... ¡en verdad no debería haber hablado si tenía la garganta tan maltratada! Pero era una pregunta de debía responder de inmediato si quería recuperarlo.

-Confío en ti.

-Haces mal.

-Lo sé.

Quise tocar su mejilla y sólo logré que apartara la cara otra vez.

-Oh, vamos, ¿cuándo te volviste así de esquivo? –esa era la frase que él siempre usaba conmigo cuando me ponía de mal humor (lo cual era bastante frecuente, sobre todo en la época en que se recrudecieron los asesinatos ordenados por el Patriarca... no, era mejor no pensar en eso en ese momento...), eso y algo de cosquillas y los dos terminábamos riendo y todo estaba bien de nuevo... pero esta vez no funcionó. ¿Por qué me miraba como si se sintiera avergonzado?

Traté de no prestarle atención a eso y me aproveché de su desconcierto para robarle un beso. Tampoco entonces logré que correspondiera, pero ya estaba empezando a perder la poca paciencia que tengo y seguí insistiendo.

-¡Basta! –gruñó a la primera oportunidad.

-Un beso –le dije, siguiendo una inspiración repentina-. Sólo un beso y te dejaré tranquilo.

Me miró con duda.

-¿Promesa?

-Acabo de decirte que puedes confiar en mí.

-¿Promesa? –insistió.

Bueeenoooo... ¿no se suponía que el infantil era yo? ¿Y ahora se invertían los papeles? Cuando tuviera tiempo, me reiría un poco de eso.

-Lo prometo: un beso, uno de verdad, y te dejaré tranquilo... si eso quieres.

Otra vez ese gesto que no le conocía y que cada vez era más frecuente. Era algo en la forma en que apretaba los labios cuando se sentía contrariado, algo que me parecía completamente ajeno a su forma de ser... aunque, claro, yo había llegado a creer que lo conocía bien, cuando en realidad no sabía nada.

La tensión que sentía en él no disminuyó ni un ápice, pero cerró los ojos y podría jurar que intentó no lucir aterrorizado. Estuve a punto de dejar aquello por la paz, pero era una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar. Quizá lograría recuperarlo a fin de cuentas... por supuesto, esperaba demasiado.

Jamás había besado a una persona que deseara menos ser besada y por un instante me sentí completamente ridículo.

No, eso no estaba funcionando.

-¿Te gustó? –le pregunté, con un tono tan patético que habría hecho reír a una piedra.

-Suéltame.

No me di cuenta hasta ese momento de con qué desesperación lo estaba abrazando, pero comprendí que no estaba dispuesto a dejarlo ir. Tenía que haber alguna manera de recuperarlo.

-En un momento.

-Suéltame. Prometiste.

-Sí, sí, pero espera un momento...

-¡Suéltame!

Ese grito tenía que haber sido doloroso y yo empecé a alarmarme.

-Tranquilízate, Saga.

-¡No me toques!

-¡Sólo quiero que te calmes y me escuches un momento!

-¡Déjame!

Se estaba poniendo histérico.

-¡Saga, por Atenea, cálmate!

Oh-oh, mala elección de palabras...

-¡NO ME NOMBRES A ATENEA!

Apenas pude descifrar el nombre de la diosa, estaba perdiendo la voz de nuevo y luego de eso sólo hubo sonidos inarticulados, pero me las arreglé para no soltarlo hasta que se calmó, un rato después. Entonces me di cuenta de que estaba meciéndolo, como solía hacer él cuando yo tenía pesadillas.

-No soy Saga.

Al principio pensé que ese susurro había sido sólo mi imaginación.

-...¿Qué?

-No. Soy. Saga. Soy. Kanon.

¿Kanon?

Cerré los ojos.

¿Kanon?

-¿Quién es Kanon? –pregunté.

-¿Dónde escuchaste ese nombre? –Saga me miraba intrigado.

Levanté la pulsera de oro en la que estaba grabado el nombre en cuestión, para que pudiera verla.

-Encontré esto entre los almohadones del sofá. ¿Debo suponer que estás viendo a alguien más?

-Oh, sí, lo veo todos los días. Y si no está aquí, siempre puedo verlo mirándome al espejo.

Tomó la pulsera y la puso junto a la suya para que pudiera compararlas. Mismo material, mismo diseño, mismo tipo de letras en el grabado, igual de gastadas, hasta aparecía la misma fecha de nacimiento. Sólo diferían en los nombres.

-El pobre despistado debe estar buscándola por todas partes.

-¿Quién es Kanon? –insistí.

-Mi hermano.

-¿Tienes un hermano?

-También Aioros tiene uno, ¿cuál es el problema?

-¿Cómo es que nunca lo he visto?

-No forma parte de la Orden, sólo vive aquí y me ayuda a entrenar.

-¿Cuándo vas a presentármelo?

-¿Para qué?

-Oye, no te pongas a la defensiva. Podría pensar que temes que tu hermano me guste más que tú...

Me miró como si acabara de insultarlo.

-Siempre he tenido que compartirlo todo con él. No voy a compartirte a ti.

Nunca más volví a mencionar a Kanon, del cual, por cierto, jamás vi ningún otro rastro.

-¿Gemelos? –pregunté.

Asintió.

Géminis y además gemelos. Demasiado conveniente.

-No te creo.

-¿Nnngh?

-Sólo escuché de Kanon una vez y nunca lo vi. Igual podrías estar refiriéndote a tu otra personalidad.

-De Saga –me corrigió.

-Como sea. Si quieres que te llame "Kanon", así te llamaré. No hay problema, Kanon.

¡La cara de desconcierto que puso valía oro puro!


Kanon


No pude dormir en toda la noche. Y no fue solo por la maldita tos, que, aunque seguía siendo una molestia, ya estaba bastante aplacada, tanto que no despertó a Milo ni una sola vez, sino porque descubrí que resulta bastante incómodo compartir la cama con alguien.

Especialmente si ese alguien estuvo envuelto románticamente con una persona idéntica a uno, no quiere creer cuando se le dice que uno no es esa persona, y además tiene la mala costumbre de abrazar estando dormido.

Acabé en el borde de la cama y ni aún así logré librarme del dichoso abrazo, hasta que al final no me quedó más que resignarme y dejarlo. Por lo menos no intentó pasar de eso, cosa que agradecí bastante, porque no habría podido levantarme y buscar otro lugar donde dormir sin despertarlo e iniciar otro problema. Pero no podía dejar de preguntarme si también había dormido en la misma cama que yo durante el tiempo que estuve inconsciente... Más valía no pensar en eso; si estaba tan enamorado de Saga como juraba, no se habría aprovechado de él estando tan enfermo... ¿o lo habría considerado algo natural, ya que estaban tan unidos? La sola idea me daba escalofríos.

Finalmente, cuando ya estaba por amanecer, me levanté (para mi eterna sorpresa, eso no despertó a Milo... haberlo sabido...) y fui a preparar el desayuno. Tenía un hambre atroz y eso debía ser una buena señal, me estaba recuperando.

Cuando Milo entró a la cocina (despeinado y bostezando), la mesa estaba servida para él y yo iba por la segunda taza de té. Mi voz seguía lejos de la normalidad, pero ya para entonces debía notarse que era distinta de la de Saga. Vana esperanza, porque Milo simplemente decidió ignorar el detalle. Luego me enteré que los cambios de personalidad de mi hermano iban acompañados por cambios físicos, incluida la voz.

-Creí haberte dicho que no te levantaras todavía –me dijo a modo de saludo.

-No me lo dijiste a mí, se lo dijiste a Saga.

-Sólo por curiosidad, ¿cuántas personas viven ahí dentro?

Chistosos amanecimos, ¿eh? A mí no me pareció nada gracioso... Por lo visto quería seguir creyendo que yo era Saga y confesar había sido una pérdida de tiempo, ¿debía seguirle el juego?

-Sólo una persona, el resto son demonios.

-¿Y con quién estoy hablando ahora?

-Con Kanon.

-De acuerdo, Kanon. ¿Sería posible que me permitieras hablar con Saga?

Psicología barata y además mal aplicada...

-No es mi decisión.

-¿Eso significa que Saga no quiere hablarme? –parecía preocupado.

-Saga está muerto. Si quieres hablar con él tendrás que alcanzar el Octavo Sentido o conseguir un buen espiritista –yo también puedo dármelas de chistoso de cuando en cuando...

-¿Le darías un mensaje de mi parte?

-No puedo. Está muerto. ¡No puedo hablar con los muertos!

-Está bien, está bien, no te alteres...

Luego de desayunar y despedirse de mí con un beso en la mejilla (¿iba a seguir insistiendo con eso?) se marchó a sus labores y yo me quedé solo, dando vueltas por la Casa de Escorpión como un animal enjaulado. No soporto los lugares cerrados y ya tenía demasiado tiempo ahí dentro. Así estuve hasta la media tarde, cuando ya empezaba a sentir que no podría aguantar más.

"Sí que estás inquieto hoy. Imagino que te sientes mejor y querrás salir un rato" susurró una voz en mi mente.

Me quedé paralizado, completamente horrorizado. ¡Esa era la voz de Atenea!

-¿Atenea? –pregunté.

Su cálida presencia me llegó a través del cosmos.

"¿Cuántas diosas conoces, Kanon?"

-Ocho –respondí sin detenerme a pensar primero.

"¿En serio? Acabas de hacer que me llene de curiosidad."

-Alteza, no creo que le guste conocer esa historia.

"Te sentenciaste solo, tendrás que contármelo todo con lujo de detalles. ¿Milo te ha tratado bien?"

-Me dijo que nadie sabía de mi presencia aquí.

"Eso cree él. Sentí tu presencia desde el momento en que te trajo al Santuario, pero se estaba afanando tanto por cuidar de ti que consideré que estabas en buenas manos."

Buenas manos, sí, nada más que un poco sueltas. Mandé ese pensamiento al fondo del baúl más recóndito de mi inconsciente e intenté ser diplomático.

-Ha sido un buen enfermero, considerando las circunstancias, Alteza.

"¿Por qué me da la impresión de que te sientes incómodo al decir eso?"

Tal vez no estaba logrando ser tan diplomático como quería.

-Cree que soy Saga.

"¿No le has dicho quién eres?"

-Sí, y cree que soy otra personalidad secundaria de Saga.

La diosa empezó a reír a carcajadas. En otras circunstancias, tal vez me habría agradado escucharla reír de esa manera, pero en ese momento solo conseguir hacer un puchero, digno de un niño mimado. Y, de alguna manera, ella se las arregló para percibir eso también a través del cosmos.

"Lo siento, lo siento, no debí reírme."

-Su Alteza está en todo su derecho de reír por cualquier cosa que le parezca graciosa.

"Oh, pero qué formal y cortesano. ¿Te ofendí?"

Suspiré y bajé la cabeza. ¿Qué estaba tratando de lograr?

-No, Alteza. Solo estoy alterado y preocupado. Milo ha sido amable conmigo, mi hermano lo amaba, y yo estoy en deuda. Pero es frustrante el que no quiera creerme que no soy Saga.

"Ya veo. Hazme un favor, ven al palacio, quiero conversar contigo."

-Alteza…

"Sé que conoces bien todos los pasajes secretos, nadie va a verte. Y tengo té caliente y galletitas."

Demonios.


Milo


Regresé a mi Casa y la encontré vacía.

Saga no estaba por ninguna parte y entré en pánico.

"La persona que buscas está conmigo, en el Palacio" me llegó la voz de Atenea por medio del cosmos. Me di cuenta de que la diosa quería tranquilizarme, pero solo consiguió elevar mi angustia. "¿Por qué no nos acompañas, Milo? Hay algunas cosas que nos gustaría conversar contigo."

No hace falta decir que me lancé en dirección al Palacio a toda carrera.

Por el camino iba pensando en cómo suplicar a la diosa para que le permitiera quedarse, si pudiera convencerla de que lo recibiera otra vez en la Orden… Y me iba anticipando a todo lo que podrían decir los demás en contra, sabía mejor que ninguno que no se encontraba bien mentalmente, esa insistencia en asegurar que no era Saga sino un hermano gemelo que jamás había existido (porque si mi Saga hubiese tenido un hermano, yo estaba seguro que me lo habría presentado…).

Entonces me detuve tan bruscamente que estuve a punto de caer.

El Santuario estaba siendo atacado.

Esos cosmos…

Shura…

Kamus…

Kamus, mi amigo. Mi mejor amigo…

…Y Saga…

Tres Caballeros de Oro que habían muerto estaban invadiendo el Santuario de Atenea, luchando Casa por Casa contra sus hermanos de armas y avanzando en forma inexorable

¿Cómo podía Saga estar allá abajo si la diosa acababa de decirme que la persona que yo buscaba estaba allá arriba, con ella?

No recuerdo cómo llegué hasta el Palacio.

Tengo la impresión de que casi pasé por encima de Atenea para llegar a él.

Sé que lo ataqué afirmando que era un traidor, a pesar de que Atenea me gritaba que era un aliado, que contaba con la confianza de ella.

Él no me devolvió ni un solo golpe.

Y yo tuve que detenerme cuando me di cuenta de que estaba atacándolo no porque hubiera traicionado a Atenea y a la Orden en algún momento. No porque me hubiera engañado (¡si había intentado tantas veces convencerme de su identidad!)…

No… no estaba volcando mi cólera y mi desesperación en él porque era Kanon.

…Estaba haciéndolo porque no era Saga.

Le confié la protección de Atenea y corrí a reunirme con Mu y Aioria para detener a Shura, Kamus …y Saga. Quizá, con algo de suerte, moriría en el intento.

Por supuesto, las cosas no salieron como yo esperaba.

Otra vez.


Saga


Había sentido su cosmos. Había estado en la Casa de Géminis, había visto la armadura siendo manipulada por él a distancia, lo había atacado incluso, y cuando lo tuve frente a mí, me di cuenta de que hasta ese momento no había podido acabar de creerlo: Kanon estaba vivo.

Mi reacción fue rápida. La Otra Dimensión nos tragó a él, a mí y a Milo, que estaba tan cerca de mí…

-¡¿Qué es esto?! –gritó Milo.

-La Otra Dimensión, una técnica de Géminis –respondió Kanon.

-¡¿Qué estás tratando de hacer, Saga?!

-Cálmate –le dije con mi tono más tranquilo-. Aquí dentro no transcurre el tiempo. Cuando regresemos, nadie se habrá dado cuenta de que desaparecimos y volvimos a aparecer.

Pude ver la duda luchando en él con un deseo inmenso de creerme.

-¿Por qué? ¿Por qué estás atacando a Atenea? –me preguntó.

¿Por dónde empezar a explicarle?

Mientras titubeaba, Kanon se acercó y trató de hablarme. Él también debía tener sus propias preguntas.

-Herma…

No lo dejé terminar. Estaba justo detrás de mí, fue cosa de dar media vuelta y abrazarlo. Una débil exclamación de alarma me hizo sonreír, había logrado sorprenderlo.

-Estás frío… -murmuró. Claro, debía ser incómodo para él, el Sapuri era frío por sí mismo y yo estaba muerto, debía sentir como si lo abrazara una estatua de metal que llevara algún tiempo en refrigeración.

Aún así, me negué a soltarlo, porque ese abrazo (frío, incómodo y todo) probablemente sería el último y tendría que valer por todos los que le estaba debiendo.

Un ruido leve atrajo mi atención. Era Milo, que se había acercado más, nos había rodeado hasta quedar frente a mí y nos miraba con una expresión tan… extraña en él. Estaba serio.

Le sonreí y solo conseguí que enarcara una ceja. ¿Estaba imitándome acaso? Interesante.

-¿Ahora me crees, Milo? –preguntó Kanon. ¿Así que había percibido su cercanía? Eso era interesante también.

Besé la frente de mi hermano mientras le daba forma a un plan, y entonces lo empujé al tiempo que le hacía una zancadilla. Su expresión de asombro y desconcierto valía oro, pero no fue nada comparado con la cara que puso Milo cuando, tan rápido de reflejos como siempre, lo atrapó en sus brazos (sin siquiera pensarlo) para impedir que fuera a dar al suelo.

-Una vez me preguntaste cuándo iba a presentarte a mi hermano, bueno, ahí lo tienes.

Aprovechando que estaba demasiado ocupado tratando de conservar el equilibrio mientras Kanon se retorcía tratando de recuperar el suyo, los abracé a ambos.


Kanon


Se besaron por encima de mi hombro izquierdo y yo quedé estrujado en medio de los dos, apenas podía respirar y definitivamente no quería estar en medio de ellos, ni metafórica ni literalmente.

-Me alegra que esté todo bien en su relación, ¿qué tal si me sueltan para que puedan abrazarse apropiadamente? –sugerí, y solo conseguí risitas por parte de ellos.

-Milo, lamento tanto…

-No me pidas perdón, eso sí que no te lo perdonaría.

-Pero…

-Luego arreglaremos cuentas.

-¿Y si no hay un "luego"?

-Lo habrá.

La terca seguridad con la que hablaba Milo debió bastarle a Saga, porque su sonrisa era la sonrisa calmada de los buenos tiempos.

-Está bien. Pero me dejarás compensarte entonces, ¿verdad?

-Mmm, ¿compensarme?

-Sí, cuando llegue ese "luego", haré lo que sea para darte gusto.

-¿En serio?

-Palabra.

-Bueno… hay algo…

-Esto se está volviendo demasiado íntimo, ¿por qué no me dejan ir? –supliqué. Los muy desgraciados me ignoraron.

-Dime, lo que sea.

-Pues, últimamente he tenido una fantasía: hacer un trío con unos gemelos, ¿sabes?


Milo


"Turulato", es la única palabra que se me ocurre para describir la cara que puso Saga.

Entonces dirigió la mirada hacia su hermano y yo pude ver la cara de Kanon reflejada en sus ojos. Si Saga estaba turulato, Kanon estaba completamente horrorizado. Estaba a punto de empezar a reírme para decirles que era una broma, cuando Saga pasó de confundido a calculador y me miró con una sonrisa torcida.

-Puede arreglarse –me dijo.

-¿En serio? –yo no lo podía creer.

-Aunque me parece que muy probablemente tendremos que emborrachar a este.

-"Este" acaba de declararse abstemio a partir de este momento –dijo Kanon, con voz gélida-. Cuando llegue ese "luego" del que tanto hablan, lo primero que haré será un voto formal ante Atenea y renunciaré al licor para siempre.

-Bravo por ti –respondió Saga con tono ligero-. Pero no te preocupes, ya conoces a Milo, ¿no? Puedes estar seguro de que encontrará cómo convencerte.

-¡Primero muerto! –exclamó Kanon.

-Eso también puede arreglarse.

-¡Saga!

No pude evitarlo, tuve que reír, abrazándolos a ambos con más fuerza que antes, a pesar de las protestas de Kanon y a pesar de las lágrimas que resbalaban por mis mejillas.

Saga se apartó un poco, sin soltar mis manos, para que su gemelo pudiera respirar, y aguardó con una sonrisa serena a que yo pudiera contener las carcajadas y el llanto.

-Lo siento, Milo. Ya te dije una vez que siempre he tenido que compartir todo con Kanon. A ti no voy a compartirte.

-Por mi parte, les deseo toda la felicidad del mundo, tórtolos –insistió Kanon-. Les aseguro que estaré muy feliz de verlos… Nooo, déjenme corregir eso: estaré muy feliz de saberlos juntos y lo más lejos de mí que puedan.

-Lo explicaré todo –nos prometió Saga-. Encontraremos la manera de que todo salga bien… ¿puedo contar con ambos?

-Sabes que soy capaz de seguirte hasta el infierno y volver –le dije, impulsivo.

Su sonrisa se volvió triste.

-Puede que sea justamente eso que lo que tenga que pedirte.

-¿Saga…?

La técnica que estaba empleando para que pudiéramos hablar en forma privada se desvaneció y de nuevo estábamos donde empezamos. Saga a los pies de Atenea, junto a Shura y Kamus. Yo estaba más cerca de Aioria y Mu que de ellos, Kanon estaba un poco atrás de Atenea… y tenía en sus manos una pequeña caja en la que había estado guardado un puñal los últimos trece años.

Mientras Atenea sujetaba las manos de Saga y lo obligaba a cortarle la garganta, caí en la cuenta de que Saga no había respondido mi pregunta sobre por qué estaban invadiendo el Santuario.

Los Caballeros de Oro que quedábamos con vida decidimos lanzarnos al Hades. Aioria, Mu y yo estábamos desesperados, pero de todos modos logré darme cuenta de que Kanon estaba más calmado, como si supiera algo que nosotros no.

Mientras los otros dos alcanzaban el Octavo Sentido, yo agarré a Kanon de un brazo y lo jalé hacia mí. Vestido por fin con la armadura de Oro de Géminis, era todavía más difícil de distinguir de Saga.

-Dime que Atenea tenía un plan y que todo esto es parte de ese plan –le ordené, petulante.

-Oh, sí. Tiene un plan y me lo explicó hoy mientras tomábamos el té –me respondió sin sombra de sarcasmo. No supe si creerle o no.

-Cuando llegue ese "luego" del que hablamos, los tres vamos a tener que sentarnos y conversar largo y tendido –le advertí.

-Mientras no me obliguen a sentarme entre ustedes dos, cuenta conmigo. Yo también tengo preguntas por hacer.

Asentí, estreché su mano a modo de despedida y busqué el Octavo Sentido, con la plena confianza de que los tres volveríamos a encontrarnos en un momento más propicio.

Ya fuera en esta vida, en el Hades o en la vida siguiente.