¡Banzai, Volg! ¡Banzai!
La mujer sirvió un par de copas desinteresadamente, de rojizo vino. El rojo, como muchos decían de costumbre, era el único y gran color de los campeones. Le iba de maravilla al tema, y eso no hacía más que alegrar la velada.
-¡Lo he dicho bien? Aun no entiendo lo del japonés. Oh vaya. Me sorprende que puedas hablar algo tan complicado.
-Muchas gracias, Lea – Murmuró algo cansado, pero revelando una leve sonrisa. – Tengo mucha suerte de que me dejaran descansar aquí. Por muy poco terminaba en el hospital. – Dijo con cierto gusto, mientras se acomodaba. Eran cerca de las tres de la mañana. La prensa le había dejado respirar un momento, las celebraciones habían acabado. Sus metas y compromisos se habían desvanecido de cualquier carga que llevara en sus espaldas. La asistenta, cautivada por la tremenda amabilidad del extranjero entendía muy bien que no se trataba solo de ganar un cinturón dorado de mil banderas.
-¿Un trago, señor Alexander?. –Le ofreció con ternura, acercando su mano con el pequeño cristal hacia el rostro del joven.
-N-no. Eso no me ayudaría mucho con mi salud en este momento. M…muchas gracias. – Contestó algo nervioso, pero aun así alegrándose. Su inglés aún era muy tosco y se avergonzaba de no expresarse del todo bien, pero se trataba de alguien tan sincero que nunca nadie dudaba de su palabra por muy trémula que fuera. La joven retiró la copa entendiéndolo, y analizó al cabizbajo hombre de pies a cabeza, dudando del todo en la euforia sentida durante la noche.
-Señor Alexander…por alguna razón le siento preocupado. ¿Sucede algo?
Estaba consumido en pensamientos. "No es nada importante" fue lo que se escuchó de su boca. Pensaba en cuestiones del pasado, en preciosos recuerdos familiares junto a su madre. En que si sus compañeros le habrían animado a gritos, en que si habría enorgullecido a sus antiguos contrincantes, aquellos guerreros que provenían de una alejada isla, aquellos a quienes más que enemigos había puesto como hermanos. Quería que le alcanzaran en la cima del mundo, y como tales lograr la vida que se habían propuesto amando al boxeo.
-¿Señor Volg?
Mmmm… se había dormido en el sillón embaucándose en sueños como un borracho de mala muerte, contando con que no había tomado ni una sola gota de alcohol. Fue algo imprudente no darle descanso de inmediato. La joven suspiró algo cansada, mostrando su paciencia. Recogió una manta y lo empujó delicadamente para que cayera hacia los cojines, poniéndosela encima sin ningún problema.
-Supongo que este no es el fin del camino para un boxeador. – Murmuró
"Buena suerte, lobo rojo"
