Entre tu casa y la mía
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi invención.
No al plagio.
Capítulo Dos: El recuerdo que tiene la luna
They label you, but not a single word is true.
Who cares what the world is saying about you?
They don't know, they just assume
They're not with you when you're lonely up in your room
They not with you when you're begging to up above
They're not with you when you need a little love
They don't care when you have nothing to give
So who's to say than you even would want to live?
Please Don't Cut - MikelWJ
El cielo nublado y las primeras gotas de lluvia chocando contra mi rostro se sienten bien y mis labios dibujan una sonrisa. Las nubes grises se amontonan sobre mi cabeza y el sol, ese que a veces extraño con fuerzas, ha desaparecido. Entonces, entre las ramas enredadas de un árbol, mi memoria retrocede hasta el sábado pasado, cuando, por primera vez en meses, mis sentimientos entumecidos se vieron rescatados por alguien.
Miedo.
Terror y, por sobre todo, asco por mí misma.
Hace dos días
-Jacob, por favor, déjame estudiar en paz –imploré con el auricular en mi oreja –. Tengo que entregar este ensayo el martes.
-Vamos, Bells, es sábado –contestó enfurruñado mi amigo –. Puedes llamar a tu mamá que venga a cuidar de su hermana.
Mordí mi labio inferior, evitando soltar la verdad a ese insistente. Porque la mujer que vivía conmigo no solo era mi tía, sino la que me dio la vida. Pero no pude y desistí de negarme con un resoplido.
-Vale, pero me voy antes de las dos –aseveré, escondiendo mi sonrisa –. Hasta luego, Jake.
El pitido del fin de la llamada sonó por un rato en mi cabeza. Colgué y dejé mi celular junto a los apuntes que necesitaba para terminar este trabajo. No era una gran escritora, pero me defendía bastante bien. Es decir, el Sr. Mason, muy a su pesar, había alabado mi ortografía.
Jacob Black era mi confidente desde la más tierna infancia. Nunca antes había conocido a alguien como él, tan luminoso y lleno de vida. Sus ojos negros reflejaban esa inocencia que necesitaba cada vez que salía de casa, y no quería quitársela al contarle mis penas familiares. Sin embargo, no podía verle todos los días, ya que vivía en una reserva cercana al pueblo. La Push era una playa en donde algunos de los adolescentes del instituto iban a pasar sus tardes, el viento gélido impedía cualquier clase de bañador y los altos acantilados aseguraban a los padres de los pequeños niños que no tendrían una tranquila tarde.
Cada dos semanas se celebraba una fiesta en la reserva y más de una vez me había negado por mi madre casi entrando en un coma etílico. Mamá no era precisamente tranquila durante el fin de semana y siempre encontraba una nueva forma de que yo saliera lastimada.
Me arreglé con lo poco que poseía en mi armario. Era confuso; a veces, destilaba orgullo al ver esos cortos y ajustados vestidos robados de alguna pobre ancianita que vendiéndolos ganaba su comida. Y otras veces mi alma se retorcía de vergüenza.
Pero ya lo hice, no había vuelta atrás. No si quería que la policía del pueblo se mantuviera sobre mí.
Terminé de arreglarme a eso de las nueve con un poco de maquillaje y el pelo agarrado en una desordenada coleta. No era fanática de mi aspecto, pero debía admitir que a veces realmente me veía bonita.
Antes de partir a la Push, me aseguré que mi madre estuviera durmiendo en su cuarto, sin nada con lo que pudiera contaminarse y suicidarse al alcance. Todavía, aún después de meses, me estremecía al recordarla en el suelo, rodeada de un charco carmesí y chillado, como la loca que era.
A pesar de que a veces ansiaba ver a mi madre encerrada en una caja de madera, con su corazón pudriéndose y los ojos tan vacíos como siempre, era una idea tentadora, no me podía arriesgar a terminar yo en un orfanato. Sabía que mi excusa era egoísta y terriblemente cruda, pero cada mañana verla destruirse y luego tener yo que cuidarla, reforzaba siempre mi pensamiento.
Era una adolescente, con mis emociones a tope y buscando siempre lo peor de los problemas. Intento ser madura. A veces necesito solo un minuto para ser joven.
Llegué a mi destino en taxi, pagándole menos de lo pedido y asegurándole al furioso hombre que pronto le devolvería lo que faltaba.
Sí, claro.
Las fiestas de la Push comenzaban a las siete, pero las personas comenzaban a llegar una o dos horas después. Jacob, junto con Seth, su mejor amigo, disfrutaban haciendo apuestas y demostrando que "yo soy el mejor". Era gracioso ver cómo terminaban avergonzándose y sin ganar nada más que una reprimenda del padre de Jake.
-¡Llegaste! –Gritó Jacob sobre el ruido de la música y las personas. Sus grandes brazos rodearon mi cuerpo –. ¡Qué feliz estoy!
-Muy feliz –mascullé –. Oye, me estoy asfixiando.
Jacob me soltó sin verse ni una pizca de apenado, después de todo, ya era costumbre. Su sonrisa se borró de pronto y las cejas sobre sus ojos se fruncieron. Siendo él, un chico tan observador y que la oscuridad no le quitaba su increíble capacidad en la vista, no había pasado por alto mis heridas. Era evidente que mis patéticos intentos de ocultarlas todavía no progresaba.
-¿Qué pasó? –Dijo, casi gruñendo.
Me encogí de hombros.
-Me peleé con una compañera. Le dijo perra a Rose –no era del todo mentira. Era cierto que alguien había insultado a mi amiga, pero no era precisamente alguien del instituto.
Ella llegó por sorpresa a mi casa el jueves, invitándome a pasar una tarde con su familia. No pude aceptar por mi madre, que yacía borracha y adormilada en la alfombra. Sabía que si la dejaba sola, pronto se ahogaría con su propio vómito y la perdería para siempre. El orfanato. La casa del terror.
Al momento de irse Rosalie, mamá se rió entre dientes y comenzó una lista de blasfemias hacia mi rubia amiga, comenzando por su voz de poca musicalidad y el escote pronunciado en su blusa rosa.
No tuvo oportunidad y pronto la tuve agarrada de su cabello y amenazándola. Mamá sabía defenderse aún en su estado. ¿Salvarme luego, cuando estuvo sobria y recordando todo? ¿A quién quería engañar? Ella consume drogas que a veces la hacen más ágil y fuerte. No puedo superar eso, aun teniendo yo mi juventud al alcance de la mano. Nunca me ha ido bien en deporte.
-Tierra llamando a Bella –dijo Jacob, con su rostro moreno muy cerca del mío. Pestañeé para volver a la realidad –. ¿Entonces?
-¿Entonces, qué? –Pregunté, estúpidamente para variar.
-¿Te suspendieron? ¿Algo? –Inquirió, sin creerse del todo mi mentira.
-No… amenacé a la chica que no dijera nada –me encogí de hombros –. Se lo merecía. ¿Por qué no vamos a tomar algo?
Jake sonrió y tomó de mi mano, arrastrándome hacia la barra. Quien servía allí era el jefe de la pandilla que una vez fue amigo de Jacob. Sam Uley era su nombre y su cara de gruñón amargado siempre le salvaba de alguna mala broma por parte de los más jóvenes. Mi amigo le pidió whisky y ante mi mala cara, me explicó:
-Necesito olvidar todo, Bella –estaba avergonzado –. No todo está siendo precisamente fácil.
-Agua para mí –le dije a Sam, casi ignorando las explicaciones de Jacob. Si él estaría entrando a la inconsciencia, alguien tendría que cuidarle.
Sam asintió dispuesto a preparar nuestras bebidas. Antes de que el vaso de plástico llegara a mis manos, un brazo pálido rodeó mi cintura. Vi como Jacob frunció el ceño, sin decir nada.
Era un hombre universitario, que parecía un par de años mayor. Su mandíbula cuadrada y el cabello rubio agarrado en una coleta le hacía indudablemente guapo… y pijo. Me sonrió, tomando él el vaso y me lo entregó.
-James, preciosa. Un gusto –murmuró en mi oreja, ante la atenta mirada de mi amigo y Sam.
-Bella –respondí.
Si esta noche Jake se iba a emborrachar, ¿Por qué yo no podía disfrutar una velada de placer? Ese hombre prometía mucho.
-¿Quieres bailar? –Preguntó, luego de unos segundos de silencio.
Tomé un trago de agua, sintiendo el líquido deslizarse por mi garganta y luego su mano que me ofrecía y dejé que me guiara entre los grupos de personas que comenzaban a formarse en la pista improvisada. La música, dirigida por Paul, se colaba hasta los finales de la reserva, sin pasarse mucho más allá de las cercas.
Mis brazos colgaban en los hombros de James y mi cuerpo, delgado, se balanceaba sobre el suyo, fornido y con verdaderos músculos trabajados. Un estremecimiento corrió por mi columna cuando una de sus manos tomó posesión de mi trasero y bajaron, y subieron. Y se detuvieron…
Así, tranquila y fuera de la realidad me encontraba cuando lo encontré. Dos esmeraldas oscuras, ocultas entre la noche, escaneaban las parejas hasta caer en mí. Esos ojos me siguieron cuando James se detuvo y me arrastró hipnotizada hacia un lugar escondido, entre los árboles.
Muy cerca de nosotros, se hallaba un sendero y al final del sendero, el acantilado.
-Eres hermosa, Bella –murmuró con voz ronca en mi cuello –. Realmente hermosa.
Me besó, fuerte y duro. Mis manos instintivamente tironearon su cabello y me dejé. Porque de pronto no podía parar.
Acarició todo por sobre la ropa y luego por debajo. Y no dije nada.
Beso mi cuello, la clavícula, mis brazos y el inicio de mis pechos. Y luego mis pechos. No grité, pero todo se volvió más confuso, como si fuera un sueño.
Y en medio del sueño, apareció un ángel. No, un demonio de rojos cabellos. Era mujer y me separó del hombre. Le pegó una cachetada y aulló de rabia. Él la miró con furia, apretando sus puños, pero no reclamó. Ella, Victoria, según escuché de James, se volvió hacia mí y vi el infierno. No hubo parte de mi cuerpo que no se llenara de golpes.
Al momento de todo volverse negro, apareció un demonio. No, un ángel. Y cantó de rabia, con sus alas protegiendo mi pequeño cuerpo. ¿Qué soy? ¿Qué hago? ¿Qué sucede?
-Bella, resiste –dos palabras perdidas en mi aturdimiento.
Dos días después
Edward me dejó descansando en su casa, al ver la mía cerrada con llave –gracias por eso –y sus padres sólo me permitieron marcharme al ver que de ningún modo me iba a dar algún ataque de nervios. Admito que me hice ver fuerte y en cuanto llegué a la soledad de mi habitación, me rompí.
Asco y repugnancia. Pero no por James. Él era solo un chico desesperado por sexo. Y yo soy quien se deja. Yo fui quien le siguió. No soy la víctima.
Mamá miraba el aire vacío con confusión en su rostro, como si quisiera comprender esa nada. Le preparé un plato de comida y dejé que comiera la mitad, para luego arroparla en medio de su desastre. Besé su frente arrugada y la admiré un momento, percatándome lo demacrada que estaba. Ella era mi madre, aún con las drogas intoxicándola, el alcohol consumiendo su cerebro y la locura acechándola. A pesar de todo…
La abandoné a su suerte para continuar los deberes que dejé plantados.
Llegué al instituto evitando lo mejor que pude a los Cullen. Estaba consciente de que todos ellos tenían alguna idea de lo ocurrido el sábado. No me quejo, después de todo, Edward fue quien me salvó. Él puede hacer lo que quiera con el hecho: tiene un derecho implícito.
Mis hombros solo pudieron relajarse al llegar a mi asiento libre de molestias externas. Apenas mi trasero tocó la silla, la campana sonó y el profesor entró corriendo con sus libros en los brazos. Ojos risueños, lentes en la punta de la nariz y orejas sordas. Lo que él necesitaba para ser feliz.
Aparentemente.
Hay días que me gusta que mis ojos delaten mi interior. La rabia, la soledad, la amargura… todos pueden verla y se alejan. Entonces, estoy tranquila en mi aislamiento. Soy una persona poco comunicativa, más de una vez me lo ha recordado amablemente Rose, y a pesar de lo agradable que resulta a veces, odio que me recuerde tanto a mi padre.
Recuerdo… sí, recuerdo verle sentado en la silla de la cocina. Dos mujeres, a veces sus amigos con él y su boca no se habría. Allí, quieto como estatua, respirando, pestañeando, bebiendo de su cerveza fría. Algunas veces alcanza a borracho. Y no habla. Y yo, en la sombra de una esquina, tampoco.
No soy como él, no lo soy.
Edward Cullen, para sorpresa de los deportistas en las canchas, se sienta a mi lado a la hora del almuerzo. Al verle acomodado, desenvolviendo su sándwich y con una pequeña sonrisita en los labios, pienso que es estúpido. Parece que una coca cola y tierra en su persona no le es suficiente.
Quiere más.
-¿Disculpa? –Enarco una ceja.
-Disculpada –se ríe y sus ojos de intenso color esmeralda (que me recuerda mucho a la esperanza… ¿Qué será de ese sentimiento?) se achinan –. ¿No vas a comer nada?
Frunzo el ceño y le muestro mi manzana. Él repite mi gesto y divide su pan en la mitad. Abro la boca.
-No –me niego.
Ayer, para rematar mi depresión y odio, el mundo y la compañía de electricidad se les ocurrieron la entretenida idea de cortarnos la luz, justo en el instante en que comenzaba mi ensayo. Si mi comida diaria era el precio a pagar… bienvenido sea todo, después de todo, los estudios siempre van primero.
¿Por qué esa frase no se me vino a la cabeza el sábado?
-No te preocupes, Bella –sus labios parecen acariciar mi nombre –, tengo otro en mi bolso.
Por un breve instante, le envidio. Y dudo en aceptar.
-No –repito, esta vez, con un leve temblor.
-Tómalo… no es problema. A mi mamá le encantará que ayude a los demás –sonríe de nuevo, despreocupado.
Al dar su excusa, me siento como un proyecto solidario. Me cruzo de brazos y doy un mordisco a mi manzana. Edward me mira desconcertado, pero termina por encogerse de hombros y comenzar a degustar su almuerzo. El olor a atún llega a mis fosas nasales. Obviamente, una manzana jamás saciará el hambre.
-Así que… ¿Cómo estás? –Pregunta y veo un matiz de preocupación en sus ojos.
-Bien –no dudo en responder, porque es cierto.
-¿Segura? El sábado, para ser sincero, te veías… destrozada –me gustaría que se callara.
-Oh, bueno… -bajo la mirada. Nunca me sentí tan frágil frente a un desconocido –. No es a lo que estoy acostumbrada pero… da lo mismo.
Por el rabillo del ojo, veo como su gesto de furia se acentúa y desearía haberme guardado las palabras. Ugh, en estos momentos son los que desearía ser menos impulsiva, ¡Siempre hablando de más!
-No da lo mismo –masculla. Apenas le entiendo. De pronto, su mueca cambia a una de adolescente amistoso –. Así que… ¿Esto es una especie de tregua?
No sé que responder, por lo que hago el global gesto de encogerme de hombros. La extraña bipolaridad de Edward marea, pero en cierto modo, me alivia que no se encierre en un mismo tema. Odio dar explicaciones.
Así comenzó nuestra extraña amistad de almuerzo. Nos ignorábamos constantemente en los pasillos de la escuela, al salir, o toparnos en la entrada de nuestras casas, pero los almuerzos eran nuestros y se transformó en una especie de ritual. Me gustaba.
Y había días en los que me gustaba él… como hombre.
Sin embargo, esa ilusión de niña enamorada se quebrantó el viernes, cuando todo salió mal de nuevo y la fantasía se destrozó en pequeños pedacitos frente a mis ojos.
El viernes, al despertar, una sensación incómoda se amontonó en mi vientre. Me sentía enferma. Y no fue para menos, cuando encontré a mi madre en el suelo, un tipo sobre ella y las cinco botellas de alcohol destrozadas a su alrededor, tal como si fueran pétalos de rosas en su día de bodas. Eché a patadas al tipo que se hacía llamar Jason y espere, vanamente, que ella respondiera alguna de mis preguntas. Claro.
Los Cullen, todos y sin excepción, faltaron a la escuela y su casa la vi vacía. Rosalie me explicó brevemente que al salir el sol, tomaban sus mochilas y se iban a acampar. Tradición familiar.
Y para mi asombro, Rose los extrañaba. Esta última semana había forjado una especial relación sexual con Emmett, y lazos casi de sangre con Alice. La invitaron, incluso, a pasar con ellos el campamento. Pero mi amiga era de esas que necesitaban la ducha matutina y cremas humectantes, casi no formaba parte de la naturaleza.
Al no venir Edward, volvía a ser mi yo anterior.
Al momento del almuerzo, Rose se entretuvo charlando con un par de brujas en el baño, dejándome sola en un asiento de la cafetería. No es que me importara realmente, pero ansiaba su compañía. Era mi amiga y admitía que ese lazo formado con Alice Cullen lo envidiaba profundamente.
Todavía no podía pagar mi almuerzo como se debía, así que sobrevivía en base de una botella de agua y manzanas rojas. Hoy, sin embargo, me di el lujo de comprar una barrita de chocolate.
-¿Tan rápido de deshiciste de Edward, Swan? –Preguntó una voz que despreciaba profundamente. Frente a mis ojos, Jane Vulturi sonreía engreídamente y con ese deje de crueldad en sus ojos que despreciaba tanto.
-¿También te enamoraste de él, Pequeña Jane? Ya sabía que no eras tan diferente –me burlé. Sabía cuánto odiaba esa pequeña lagartija que le recordara su estatura.
Jane Vulturi odiaba seguir los estereotipos y las etiquetas, y no se daba por enterada que era la viva imagen de una. Su ropa negra, los piercings colgando en las cejas y orejas, y los tatuajes que hablaban del suicidio, se me asemejaba mucho a la imagen de la típica emo deprimida. Lo rubio de su cabello era lo único que la hacía, de alguna forma, especial en su estilo.
-Púdrete –murmuró, ardiendo de rabia –. ¿Dónde escondiste su cuerpo? ¿Junto al de tu putita madre? ¿Al de tu padre? Ya sabes, esos que también asesinaste.
El silencio en las mesas contiguas a la mía y lo que soltó la pequeña y maldita Jane congeló mi sangre. Apenas fui consciente de lo que hice después.
Derribé las sillas que estorbaron mi paso e incluso patee algunas. Lancé lo que quedaba del agua al piso y mi pobre chocolate olvidado en una esquina de la mesa. Alcancé al demonio femenino, que no dudó en hacerme frente.
-Perra –modulé lentamente. Y me lancé en defensa de los que no lo merecían. Porque el honor es lo último que se pierde.
Una hora después me encontraba en esa conocida silla de plástico negra, frente al hombre de amplia frente y ojos negros. Su barbilla, cuadrada, estaba tensa y por experiencia, sabía que no sabía a quién de las dos –casi tres –implicadas regañar duramente, más que al resto.
-Isabella, explícame la situación –pidió casi con amabilidad. Sentía pena por mí y a pesar de que me molestaba, no debía desaprovechar algunas oportunidades que se me presentaban.
-Jane Vulturi se lanzó sobre mí, director Robert. Ella simplemente me insultó. Y yo quería defenderme –expliqué con mi mejor tono lastimero, casi de niña caprichosa.
-¡No es cierto! –Saltó a mí lado la culpable de que esté en este momento en dirección –. Estaba hablando pacíficamente con ella, en el momento que se volvió loca y me atacó. Director, debería suspenderla.
-¡¿Cómo?! No sabes cómo se siente que insulten a tu madre como prostituta, cuando específicamente la mía, no lo es –repliqué. Si ella entendió el ataque, no lo dio a demostrar.
-¡Basta! Basta –Suplicó el director –. Estoy… Estoy hasta la coronilla de tenerlas siempre visitando mi oficina. Señorita Vulturi, no la quiero ver más insultando a los demás. Lo que quiero ver en ti, es respeto. Señorita Swan, está siempre en contra del mundo. Deje de mirar con odio y dedíquese a sus estudios. Esto está casi rebalsando el vaso, señoritas. Hoy sólo serán suspendidas hasta el próximo miércoles. Mañana probablemente sean expulsadas.
Frustrada, asentí a regañadientes. El director nos abrió la puerta de su oficina para dejarnos ir y sonrió.
-No más peleas –concluyó satisfecho –. Espero no verlas más por aquí.
Agarré mi bolso molesta, a pesar de lo acostumbrada que estaba a esta clase de situaciones. Mi brazo dolía por las largas uñas de la lagartija, también mi cuero cabelludo y sentía mi labio inferior hinchado. Pero no sabía golpear y por lo mismo, Jane se había llevado la peor parte.
Me salté las últimas clases para devolverme a casa. En el camino, más de una persona se quedó mirando mi rostro demacrado por los últimos golpes, pero ya me conocían. Más de una vez habrían escuchado mi nombre en los labios de las ancianas cotillas y los adultos advirtiendo a sus hijos que no se juntaran conmigo. Que soy mala influencia. Que soy la peste, ¡Se debe evitar, por un maldito demonio! ¡Y por qué Edward Cullen no lo hacía! ¡¿Por qué?! ¿Quién era él para hablarme, sentarse conmigo en el almuerzo y luego besarse de forma caliente con esa rubia desabrida?
Allí estaba él, tan guapo como siempre, agarrado de una... mujer, devorándose frente a su casa. Edward no notó mi presencia. ¿Para qué? Si después de todo, yo era solo su amiga que le conocía hace menos de un mes. Ni siquiera su amiga. Porque yo solo tengo un amigo hombre y ese es Jake. El cupo para el puesto ya fue ocupado hace bastante tiempo.
Me quedé de pie, mirándoles como torpemente Cullen abría la puerta de su casa y entraban desesperados. ¿Por qué él no estaba de campamento con el resto de los Cullen? Cuando cerraron, me digné a moverme de mi lugar.
No tenía que reclamarle nada, ni llorar por nada. Pero en el fondo de mi habitación lo hacía, amarga y largamente. Por todo y por todos. Por mamá, que estaba causando un desastre, por papá, enterrado y retorciéndose en su tumba. Por Bree, tan niña ella, que ya no quiso seguir viviendo. Por Rose, tan lejana y fría. Por mí.
Porque nadie me quería. Porque en este pueblo, soy el estorbo que de nada sirve.
Y de repente, en lo más profundo de mis pensamientos, solo quise morir.
Primer fanfic de Crepúsculo y tercer capítulo ;)
Pido perdón por el retraso que tuve al subir el capítulo. Nunca hay excusas por ello, sin embargo, estuve falta de inspiración y de seguro a más de un le habrá pasado eso :s
Por favor, si les gustó la historia, no pasen desapercibidos y dejen el Review... cada vez que veo el numerito aumentar, tengo un nudo en la garganta y chillo emocionada :3
Corte y fuera,
Alysonne
