Aquel viernes de mayo le estaba poniendo las cosas demasiado de cara, y fiel a su inseguridad, eso no le hacía presagiar nada bueno. La mañana había sido de lo más tranquila en la comisaría. Ni asesinatos, ni interrogatorios, ni teléfonos, sólo el aburrido papeleo. Era curioso, no recordaba ninguna igual desde que era inspectora de homicidios en la 12. La falta de interrupciones le estaba permitiendo incluso acabar el informe del caso Orlando Costas, que había empezado a trabajar el día anterior. Si no había sobresaltos de última hora, podría salir pronto y prepararse para su cita sin problemas. La verdad es que no tenía muy claro si aquello podía denominarse exactamente así, pero para ella lo era. Le resultaba incluso gracioso que después de todo este tiempo compartiendo momentos con él, estuviera nerviosa como si fuera la primera vez que quedaban. Aunque a sus ojos esta vez era claramente diferente. Llevaba un buen rato sumida en sus pensamientos, mirando sin ver la pantalla de su ordenador. Y es que decidir cómo ir vestida era un auténtico quebradero de cabeza. Iba ser algo informal, pero a pesar de ello quería estar especialmente guapa. Que se diera cuenta de que se había arreglado para la ocasión. Ella no iba a ser menos. No tenía la menor duda de por más cotidiano que fuera ver un par de películas en su casa, él estaría irresistible con su peinado perfecto, vestido con alguna de sus camisas arremangadas hasta el antebrazo, acabado de afeitar y esa cara colonia que aseguraría estar notando en el preciso momento en que la visión de un café se interponía entre ella y el informe que estaba acabando.
-Buenos días, inspectora. ¿A que no me esperabas hoy por aquí? – sacaba de su ensoñación a Beckett.
-¡Menuda sorpresa! Gracias por el café, Castle. La verdad es que no te esperaba hoy por aquí– le dedicaba una de sus exclusivas sonrisas mientras agarraba el vaso de café y le daba un pequeño sorbo- Te hacía más bien repasando el discurso de la graduación con Alexis o… Preparando kilos de palomitas para acompañarnos en nuestra sesión doble de esta noche. Porque sigue en pié, ¿verdad?- preguntaba ahora con cierta prudencia.
-No tengo otra cosa en la cabeza desde hace tres días– le aclaraba también él sonriente mientras tomaba asiento en su silla -De hecho,-proseguía seductor apoyando su codo izquierdo sobre la mesa y acercándose ligeramente a ella- he venido a asegurarme que lo tenías tan presente como yo- Kate intentó disimular con poco éxito la sonrisa complaciente que siguió al guiño con el que finalizó su coqueteo.
-Sabes que sí, Sr. Escritor.-Replicaba ligeramente azorada la inspectora, reclinándose en el respaldo en su silla -Hemos hablado de ello unas cuantas veces los últimos tres días ¿o no? A ver, dime ¿qué haces aquí?- Rick iba a contestar cuando Kate continuó –No, déjame adivinar: Alexis te ha echado de casa porque no dejabas que se preparase su discurso de esta tarde y no sabías dónde ir.
-Eso crees, ¿no es cierto?- Entrecerrando los ojos y tras una pausa durante la que estudió detenidamente la expresión de Beckett prosiguió- No puedes estar más equivocada. Tengo asumido que Alexis no me va a dejar que la ayude –es demasiado orgullosa- y los nervios por su graduación me estaban carcomiendo por dentro. Tenía que salir de ahí un rato y quería de verte…- dejó en el aire un Rick mirándola fijamente a los ojos.
Una semana después de cerrar el caso de Kyle Jennings, volvían a ser los de antes. Se podía decir que la crisis estaba olvidada y su relación –fuera la que fuera- era más estrecha que nunca. De nuevo había cafés a pares sobre la mesa de Beckett, teorías alocadas o conspiratorias acompañaban los casos y se provocaban con sus típicos comentarios con doble sentido.
Desde hacía tres días sin embargo, desde que en aquel callejón Rick se había atrevido a invitarla a acompañarle en su terapia anti depresión tras la graduación de su hija viendo un par de películas de John Woo y ella había aceptado, se sentía extrañamente envalentonado. Y ella, mientras acababa de derribar aquellos pocos tochos una vez fueron muro, le seguía el juego más que encantada.
-En realidad, inspectora, venía a decirte que no debes preocuparte por nada- aligeraba el ambiente Rick- Mientras vemos las películas vas a poder escoger entre diferentes tipos de helado, palomitas dulces y saladas, chucherías y frutos secos. Eso para empezar, claro.
-¿Para empezar?- abría los ojos como platos- ¡Eso es una auténtica barbaridad, Castle!
-¡Pues claro que para empezar! ¿No querrás que la noche acabe ahí?- la inspectora subía una de sus cejas mostrando curiosidad.
-A ver, para no confundirnos, ¿de qué estamos hablando exactamente?-intentaba aclarar Beckett.
-De que me gustaría que te quedaras a cenar, por supuesto. ¿En qué pens...? -Castle se interrumpió bruscamente- Katherine Beckett, yo nunca... -se hizo el ofendido cuando los dos empezaron a reír recordando una situación parecida tiempo atrás. Realmente habían echado a faltar estos momentos.
-Con una condición: Que pueda participar del festín trayendo un buen vino- retomaba la conversación Beckett tras beber un poco más de café.
-Estaba pensando en algo informal. Comida thai o italiana. Tendrás que ser imaginativa para encontrar uno que vaya bien con eso. Y ya que sale el tema ¿Qué preferirás?
-Sorpréndeme. Yo te sorprenderé a ti- le retó.
La visita de Castle la había distraído más de lo que ya estaba, si eso fuera posible. Tras lo que le pareció una eternidad, Beckett terminó el informe poco después de mediodía. Aún le parecía increíble cómo Gates se había alineado con su buena suerte dándole la tarde libre. Tenía varias horas por delante y de pasarlas en casa sabía que las ocuparía lidiando una indómita batalla con su armario y vestuario. Decidió entonces -quizás de manera demasiado ingenua- cuidar un poco su abandonada amistad con Lanie, pasando por la morgue para saludarla. Lo que empezó con un "Te veo guapa" había seguido con un "¿Qué pasa? ¡Canta!" que inevitablemente derivó en la confesión del encuentro cinéfilo entre escritor e inspectora -Ya, John Woo... Si tú te crees esa "película", yo también. Vas depilada, ¿verdad? Ponte lencería sexy- le había espetado la forense apenas había acabado de contarle su plan con Castle -No tengo otra cosa que pensar que en ponerme lencería atrevida, por dios- le decía una Kate falsamente molesta mientras abandonaba la sala de autopsias.
-¡Lo vas a lamentar! ¡Al menos ves conjuntadaaa!- le oía gritar desde los pasillos mientras se marchaba decidida hacia casa.
Música de ambiente, velas con aroma a vainilla encendidas por toda la estancia, una botella descorchada y una copa de vino medio vacía sobre un taburete, eran la única compañía de una Kate Beckett sumergida en un relajante baño de espuma. Hoy no le acompañaba un libro. Necesitaba olvidarse de todo. Menos de él.
-¡Que te ha invitado a ver unas películas! ¡Por dios bendito, deja de hacer el tonto!- se dijo en voz alta intentando que las palabras fueran más convincentes que sus pensamientos. La visita a su amiga no había hecho más que añadir una nueva incógnita a la ecuación que daba vueltas en su cabeza. No tenía ni idea de lo que él esperaba de la velada, pero ella lo quería todo. Lo que realmente preocupaba a la inspectora era ser capaz de llevar a cabo su determinación de dar el último paso hacia él esa misma noche. Cómo ir vestida, cómo arreglarse el pelo, o si era mejor llevar vino o cervezas no eran más que excusas absurdas para apartar de su mente lo que realmente le preocupaba. Dudaba tener el valor suficiente de decirle con algo más que con silencios o miradas cargadas de intención que ella también le quería. Nada justificaba seguir esperando un momento mejor. Él se lo merecía por su paciencia, por su perseverancia, por su obstinación hacia ella, por quererla sin condiciones. Y ella... Ella le amaba. Se había cansado de vivir ese amor en silencio, reprimiéndose constantemente bajo la disculpa de sus miedos, muros y terapias. A pesar de su escepticismo, las sesiones con el Dr. Burke habían funcionado. Ahora no sólo sabía lo que sentía. Lo aceptaba e iba a luchar por ello sin pretextos. Era irónico cómo después de cuatro largos años, ahora le quemaba la espera de unas pocas horas y sobre todo la incertidumbre de lo que acontecería.
Aún con su impaciencia por acelerar el avance de las manecillas del reloj, se sentía afortunada. No le había pedido al azar nada más que una ocasión tan propicia como esa y la tenía al alcance de la mano: los dos solos, sin posibilidad de interrupciones y disfrutando de su compañía. Como aquella vez en el hotel de L.A. Si pudiera volver a aquel sofá no lo dudaría ni un segundo. Y sus esperanzas estaban ahí. Castle tenía sofás en casa, se decía sonriendo a la vez que se mordía ligeramente su labio inferior. No iba a negar que en su esquema mental de cita perfecta John Woo desentonaba un poco... Un poco mucho. Pero esa fue la excusa para quedar. Tendría que lidiar con ese inconveniente director de cine, mientras buscaba el momento. Quizás él también lo había pensado y por eso había querido alargar la noche con la cena. O simplemente se le ocurrió que tendrían hambre - Dios - se dijo de nuevo en voz alta tapándose los ojos con ambas manos, hundiendo la cabeza en el agua. Como si de esta manera sus agobios se fueran a diluir. Y es que ahí sumergida, escuchando el ahogado sonido del vaivén del agua chocando suavemente con las paredes de la bañera, se sentía protegida. En su burbuja. Escuchando lo que le pedía su cuerpo y su alma, sintiéndose capaz de lo que quisiera, segura de sí misma -Muy bien, Kate. Tienes valor, se lo dices. Y entonces ¿qué?- se incorporó lentamente, recuperando su posición inicial. Se apartó el agua que le caía por la cara como pudo antes de probar de nuevo el vino que aguardaba paciente a su derecha -entonces tengo que buscar un conjunto bien sexy de lencería porque nada me va a parar. Si llego ahí lo querré todo y como decía Lanie, no puedo arrepentirme-.
