Capítulo II

Izuku Midoriya

A las afueras de la muralla se podían ver casas dispersas por el campo, en su mayoría cercanas a extensas parcelas donde se cosechaban diversos plantíos, siendo el otoño cuando los cultivos de maíz se encontraban en su apogeo. Sus habitantes eran en su mayoría granjeros, gente trabajadora y perseverante cuyos ingresos provenían de los frutos que la tierra les brindara y siendo la región de Ionad conocida por su fertilidad, eso les bastaba para sobrevivir durante todo el año sin ningún problema.

—¡Izuku! ¡Izuku!— Gritaba una mujer regordeta de cabello verde oscuro con preocupación hacia uno de los maizales, buscando la forma de adentrarse sin arruinar los tallos de las plantas— Éste niño me va a matar del susto un día... ¡Izuku!

Su respuesta fue el graznido de los cuervos, alzándose con sus negras alas para irse a la cosecha del vecino. Esa maldita plaga siempre se salía con la suya y arruinaba gran parte de las mazorcas.

—¡Izuku!— Quería llorar de la desesperación. El muchacho solo había salido a sacar agua de la noria, pero ya tenía por lo menos una hora de eso. Conforme iba avanzando, su impotencia y nerviosismo crecían—¡Izuku, respóndeme por favor! —Imploró una vez más.

—¡Mamá, estoy aquí!

La mujer peliverde se volteo y comenzó a llorar de felicidad casi al instante. Ahí estaba su hijo, parado Justo frente al maizal, con un balde en cada mano, rebosantes de agua: se trataba de un muchacho no muy alto pero si más que ella, de rostro afable surcado por incontables pecas y una mata de pelo verdoso semejante al suyo. No pudo evitar intentar correr hacia, una hazaña difícil al hacerlo en tierra suelta, haciéndola hundirse en más de una ocasión al querer salir del plantío. Izuku se agachó, los baldes sobre el suelo.

—Izuku...— Gimoteo una vez fuera, tomando al joven en sus brazos y apegando su redonda cara sobre su pecho— ¡Me tenías muy preocupada!— Exclamó, alzando su rostro hacia el de su hijo aún con lágrimas rodándole por las mejillas— ¡No vuelvas a asustarme de esa manera! ¿Que estabas haciendo, eh?

El muchacho le sonrió apenado, sintiéndose mal tras perder la noción del tiempo al quedarse fantaseando con ser un caballero en la guardia real. A veces se iba al la arboleda cercana que imaginaba como un bosque encantado y tomaba una vieja rama que fungía como una espada para defenderse contra las alimañas que lo atacaban; tal vez venía siendo tiempo de dejar los juegos infantiles a un lado, pero no podía negarse lo mucho que lo disfrutaba.

—¡Izuku!— Le reprendió, sabiendo bien con esa sonrisa lo que había ocasionado su retraso.

—Perdona mamá— Respondió, apenas pudiendo moverse por el firme agarre de la mujer— No volverá a pasar

—¡Eso espero!— Replicó la señora, soltándolo— Ahora, trae los baldes con agua adentro de la casa, necesito utilizar un poco para hacer el estofado.

En ese momento, Izuku cayó en cuenta del hambre bestial que lo aquejaba y ahora debía soportar una hora más por ser tan distraído. Hizo tal cual le dijo su madre y tomó ambos cubos de agua para llevarlos a su hogar, dejándolos a un lado de la puerta. El lugar no era muy grande pero sí acogedor, lo suficiente para sus dos habitantes, la familia Midoriya; la cocina, el comedor y la sala de estar con su chimenea coexistían en un espacio oblongo sin divisiones.

Tras lavarse las manos, el muchacho tomó asiento en un taburete frente a la vieja mesa de madera para continuar pelando papas, labor que había abandonado por ir a sacar agua para su madre.

—¿Iremos a Ionad esta noche, cierto?— Preguntó mientras removía con un afilado cuchillo la piel grisácea del tubérculo, cuidando no lastimarse.

—Claro que iremos— Expresó más tranquila al estar cortando unas zanahorias en cubos y poniéndolos adentro de un caldero— No me perdería los fuegos artificiales por nada del mundo.

Izuku sabía lo mucho que su madre apreciaba el festival de Herfst. A su parecer, la Ciudad Amurallada de Ionad si sola era un laberinto en el cual era fácil perderse y esto empeoraba durante ese día en especial, pues extranjeros gustaban de celebrar en la capital del continente. Ese año iba a estar hasta reventar por cumplirse un siglo de paz entre los pueblos. A pesar de eso, se sentía afortunado de que ambos fueran a ser testigos de un momento tan especial.

— Mamá, ¿crees que pueda ir a caminar por mi cuenta esta vez? — Preguntó el joven, dejando en un canasto la papa recién pelada para tomar la siguiente y repetir el proceso— Dijiste que vendría una amiga tuya desde Oirthear.

— No lo sé, hijo— Respondió— Me preocupa que algo te pase.

Izuku apretó los labios por unos segundos. Su madre era demasiado sobreprotectora, aun sabiendo que él ya tenía quince años. Sí, a veces jugaba a ser un caballero, pero eso no le quitaba las ganas de explorar el mundo por su cuenta y pasar el resto del festival atado a un par de mujeres adultas no era algo que sonara atractivo.

—No me iré muy lejos, te lo prometo— Insistió Izuku, botando la cáscara de la papa a un saco que tenía a sus pies— Además, tú estarás muy ocupada con tu amiga.

La mujer se quedó pensativa por unos segundos, dejando que el sonido del filo del cuchillo golpeando la tabla de picar hablara por ella.

— Pero solo unas cuadras, donde pueda verte.

Los ojos verdes del muchacho resplandecieron de emoción, ¡quería comprar un diario nuevo y una daga! Había estado ahorrando todo el año para eso. Se levantó de su lugar y abrazó a su madre por la espalda, dándole un beso en la mejilla.

—Gracias— Murmuró, antes de volver a sus deberes.

Izuku y su madre salieron de casa tan pronto el sol bajó y comenzó oscurecer. Ambos, vestidos con sus mejores ropas, se dispusieron a ir caminando rumbo a la ciudad. Tan pronto hubieron traspasado la entrada principal, se tomaron de la mano. Aún no había empezado el evento y las calles se encontraban atiborradas de gente. Empujaron y se dejaban empujar por la multitud con tal de continuar el camino.

— Kaede nos está esperando en la plaza de la Fuente del Cisne — Anunció la madre en voz alta.

Izuku asintió, dejando que ella fuese frente suyo. Agradecía que el punto de reunión no fuera lejos, de lo contrario iba a ser algo insoportable; las muchedumbres lo mareaban demasiado y la plaza estaba tan aglomerada como el resto de la ciudad. Ambos se acercaron a la fuente tras hacerse camino entre la gente y comenzaron a voltear de un lado al otro, en busca de la susodicha.

—¡Inko! ¡Izuku!

Una voz familiar hizo a ambos fijar sus miradas en una mujer de cabello negro recogido en una larga trenza con un elegante vestido naranja con detalles dorados; esa era Kaede, moviendo las manos para captar su atención. Inko sonrió y le dio un suave jalón a la mano de su hijo para que la siguiera.

—¡Cuánto tiempo!— Dijo la mujer una vez que los dos la alcanzaron. Saludó primero a Inko, tomándola de los brazos para darle un beso en cada mejilla y repitió lo mismo con Izuku, haciéndolo sentir avergonzado— ¡Mírate! ¡Cuánto has crecido! — Volteo a ver a su amiga, sonriéndole — ¿Tanto tiempo ha pasado desde que los visité?

—Sólo han sido un par de años, querida— Respondió la mujer peliverde a la par que se volteaba para acomodarle bien la capa a su hijo—Venir desde Oirthear para acá debió de ser agotador.

Kaede dejó salir una risita— Y que lo digas, una de las mulas que tiran mi carrera llegó acá cojeando ¡La pobre se tiró en la paja tan pronto llegamos al hostal!

Izuku miraba con impaciencia a las dos mujeres mientras se ponían al día. Se encontraba impaciente, más procuraba no demostrarlo, pero eso no podía engañar a su madre.

—Toma— Dijo de pronto la mujer peliverde, sacando unas monedas de un saquito de terciopelo que traía escondido entre sus ropas— Nos vemos en la entrada de El Caballero Errante antes de medianoche.

Los ojos del joven resplandecieron con gozo al escuchar esas palabras. Guardó las monedas y se despidió de ambas mujeres. Acto seguido se dispuso a aventurarse por las veredas serpenteantes de la ciudad, mirando cada puesto con el que se topaba con detalle, asombrándose con las maravillas traídas de tierras lejanas, como coloridas plumas de aves exóticas de las islas de Dheas, tapices y alfombras con motivos religiosos de Siar, las magníficas armas de plata Tuathianas y las piedras preciosas de Oirthear que resplandecían con la luz de las lámparas rojas que colgaban como iluminación por todo el lugar con el emblema de la familia real: dos leones machos deteniendo con sus patas delanteras un escudo dorado en cuyo centro se encontraba una elegante letra T en un fondo azul oscuro siendo consumida por brillantes llamas naranjas y carmesí en la parte inferior. Los Todoroki eran queridos por su pueblo y no era por nada que se trataban de la dinastía más longeva en todo Áit, siendo quienes habían traído la paz a sus tierras hace un casi un siglo. Tan pronto las campañas de la iglesia comenzarán a teñir, el balcón más grande del castillo sería testigo del discurso de la paz por el rey regente, Enji Todoroki.

El cielo de Ionad jamás se vio tan Bello como esa noche: estaba despejado y un séquito de incontables estrellas titilaba a la par de una enorme luna llena de aura azulada. Tan pronto el monarca terminará de hablar, la bóveda celeste se teñiría de color con los fuegos artificiales, el momento más esperado de la noche y con el cual la festividad llegaría a su cúspide para ir poco a poco bajando de intensidad, hasta que solo quedasen algunos borrachos tambaleándose por las calles, en busca de algún buen lugar para quedarse dormidos.

Nadie se imaginaba que pronto, un giro de tuerca cambiaría todo.