"I became addicted to the guilt. The strange thrill of doing something so morbid, so off-color, and so completely wrong."

Without Tess

Aleister Chamber estaba arrodillado encima de su enorme y blanca cama. Tenía la cara pálida como el arroz y ojeras se estaban formando bajo sus ojos, síntoma de haber llorado y pasado la noche en vela. Estaba a medio vestir con sus característicos pantalones blancos desabrochados.

Claude tuvo que retener por el brazo a su amo para evitar que éste se lanzase al cuello del hombre rubio y lo estrangulase. Lo que no pudo evitar fue la retahíla de improperios, insultos y maldiciones que salieron en tropel por su boca.

Lo que había enfadado tantísimo a Sebastian era el cuerpo que yacía a un lado del vizconde. El cuello tenía marcas moradas de estrangulamiento y sólo cubrían al resto las enaguas sedosas. Irene Díaz miraba a la nada con los ojos bien abiertos pero totalmente opacos y vacíos.

-¡La has matado, Aleister! ¿¡Me quieres decir por qué!?

-Yo...yo...Lo siento.—balbuceó incapaz de levantar la mirada—Es que estaba tan bonita...que tenía que durar para siempre.

-¡Muerta durará menos que nada!—exclamó Sebastian zafándose de Claude y dirigiéndose a Aleister, a quien agarró de los rubios cabellos—Y me has llamado para que te ayude a deshacerte de ella.—aseveró con veneno en cada palabra. El rubio le miró compungido con los ojos acuosos, esto terminó de exasperar a Sebastian, que le propinó un puñetazo que lo lanzó sobre el cadáver de Irene. Provocando que éste cayera al suelo como una muñeca de trapo.—Ya te ayudé a deshacerte de Nina Hopkins y de tu primera mujer, Margaret Connor.

-Eso sólo fueron...errores.— dijo sobándose la mejilla.

-¿¡Y esto qué ha sido!? ¿¡Se te cruzaron los cables mientras te la fornicabas!?

-Mi amo, cálmese.—le pide Claude colocando una mano en su hombro—Permítame tener unas palabras con Lord Chamber.

Sebastian respira con furia. Mira a su mayordomo a los ojos, que brillan como amatistas, y asiente a regañadientes. Salió de la habitación y se apoyó en la pared llevándose una mano a la frente. Pudo notar a los empleados de Aleister cerca, intentando asomarse o curiosear a qué venía el repentino reclamo de Sebastian en la casa. Aún así ninguno se acercó. A los tres minutos exactos Claude salió también.

-¿Y bien?

-Déjelo en mis manos, yo me encargaré de todo. Saque a Chamber de la habitación y lléveselo fuera para que le dé el aire y de paso tranquilice a sus sirvientes.—dictó, Sebastian asintió y susurró una última cosa a su mayordomo antes de llevarse a Aleister.

-Procura que jamás se le olvide esto.

-Como mi amo ordene.

Durante casi media hora Sebastian estuvo paseando a Aleister por sus terrenos como si fuera un enfermo mental. Y verdaderamente lo parecía. Pues seguía con la mirada perdida y la expresión de pajarillo asustado que no sabe volar y se ha caído del nido. A los sirvientes que se acercaron los excusó diciendo que su señor no se encontraba nada bien debido a que el último negocio e inversión llevado a cabo no estaba saliendo según lo planeado. Las buenas gentes lo creyeron. Sabiendo lo hipocondríaco que podía resultar su señor cuando algo no salía como él lo había previsto.

-Prepárenle un baño caliente y una tila cuando yo me haya marchado. Lo necesitará. Y en caso de que no pueda dormir adminístrenle valeriana.

A la orden todos partieron para comenzar a preparar las cosas que el vizconde podría necesitar. Excepto uno, que en vez de ir venía.

-Míster Michaelis. Su mayordomo le solicita.

Sebastian asintió y se llevó a Aleister de vuelta a sus aposentos. Llevando cuidado de que no se tropezase, porque entonces le tocaría a él levantarlo. Llegaron a la habitación donde Claude los esperaba. A su lado tenía una estatua de mármol con la forma de Irene Díaz en su posición de cantante. El rubio cayó sobre sus rodillas en cuanto la vio. El pelinegro se agachó y lo agarró con una mano por el pelo y con la otra por la barbilla obligándole a mirar fijamente la estatua.

-Mírala bien Aleister. Y jamás la pierdas de vista.—dijo en su oído—Porque este es tu castigo por haberla matado y haberme metido en medio a mi por tercera vez. Ponla en el recibidor para que todo el mundo la vea y sepa el monstruoso animal que en realidad eres.

Lo soltó y salió del lugar dejando al vizconde llorando nuevamente mientras contemplaba asustado el rostro marmóreo de Irene. Antes de partir Claude se acuclilló junto a él.

-Le he extraído los órganos servibles antes de escayolarla. Por si queréis venderlos como hicistéis con los de la señorita Connor.

Ambos partieron del lugar con paso airado. No cruzaron palabra ni si quiera cuando volvieron a Cielo Oscuro.

Sebastian se metió en su habitación y se dejó caer sobre la cama mirando al techo. El enfado aún no disminuía. "Maldito Aleister. Maldito sea él y su obsesa mente."

Lo que Sebastian llamaba obsesión más bien era un trauma que el vizconde arrastraba desde hacía años. Desde niño rodeado de lujo y belleza Aleister siempre pudo tener a cuanta mujer se le antojase. Precisamente ambos se conocieron cuando el rubio le invitó por primera vez a una de las tantas fiestas que gustaba de organizar. A pesar de que Aleister le aventajaba unos cuantos años se interesó por él y por su incipiente ascenso económico que le estaba labrando ya una reputación. En esa misma fiesta conoció también a su esposa: Margaret Connor.

Margaret acababa de dejar de ser una niña cuando Aleister la conoció. Inmediatamente cayó prendado de ella y no paró hasta que la convirtió en su esposa a pesar de que ella no provenía de ninguna familia noble o sobresaliente. Aleister esperó con paciencia hasta que la muchacha cumpliera 16 años, entonces se casó con ella teniendo él ya cumplidas las dos décadas. Sebastian tenía 15 años recién cumplidos cuando les conoció dos años después. Margaret le pareció poco más que una muñeca de porcelana ultra-protegida por su posesivo y acaparador marido.

Precisamente por eso se sorprendió poco cuando una noche oscura, después de que Claude le hubiese llevado a ver cómo funcionaba la zona de los muelles por la noche, se topó con él arrastrando a su mujer del brazo. Obviamente volvían de algún evento de gala. Desde su posición, oculto en la sombra, les vio discutir. Oyó a Aleister increparla de coquetear con otros hombres y dejarle en ridículo. Margaret trató de hacerle entender por activa y pasiva que sólo eran majaderías suyas y de su paranoica y celosa mente. Fue entonces que el vizconde le echó las manos al cuello y apretó mientras gritaba peyorativos y acusaciones. La vio asesinarla.

Ese día Aleister ligó su destino al suyo.

"Ayúdame y haré de tu futuro el más brillante de este país."

Aleister Chamber firmó un contrato financiero y de confidencialidad con Sebastian y sin saberlo vendió su alma al diablo. El pelinegro pasó a encargarse de eliminar todo rastro de detalles sórdidos de la vida del vizconde, y éste, a cambio, le nombró su socio principal además de convertirse en su activista mayoritario.

Sebastian suspiró. Pensando en qué parte de la casa tendría Aleister escondido el ataúd con los restos mortales de Margaret. El hombre estuvo lo suficientemente enamorado de ella como para no querer deshacerse de su cuerpo pero no lo bastante cuerdo como para negarse a la amoralidad de vender sus órganos en el mercado negro. Sumas ingentes que los chinos le pagaron y sus principios de formación médica fueron más que suficientes para abrir, extraer lo necesario y luego remendar.

Después de ella tuvo también que ayudarle a deshacerse de la 'aventura' que tuvo con una de sastres. La señorita Nina Hopkins. Nada serio. Pero no había mujer que cayese en manos de Aleister por más de una noche que acabase bien. En ellas el rubio siempre veía el reflejo de Margaret y la sombra de los celos posesivos que lo consumieron hasta matarla. Lo de "tan bonita que tiene que durar para siempre" no eran más que palabras para justificar un medio.

-"Para que duren siempre a tu lado, supongo."

Tocaron a la puerta de su dormitorio. Tres toques. La característica llamada de Claude. No tuvo más que pensar que pasase para que el demonio entrase.

-Mi amo.

-Nos han cortado el rollo. Y lamentándolo mucho no estoy de humor para retomarlo ahora mismo.—Claude soltó una risita, Sebastian levantó la cabeza con aire reprochador.

-No era a eso para lo que venía.—su amo le torció el gesto—Venía a deciros que la comida está lista. La visita al señor Chamber nos ha quitado tiempo pero debéis comer algo.

-Arg. Ya hasta había olvidado la comida. Está bien, bajaré.—acepta. Se levanta y enfila hacia la puerta sostenida por su mayordomo. Antes de cruzarla le mira—¿Qué has hablado con Aleister?

-Lo sabréis a su debido tiempo, mi amo.—contestó con una enigmática sonrisa.

Semanas después

Un joven pelirrojo iba acompañado de otro castaño. El primero caminaba con los brazos cruzados tras la cabeza mientras que el segundo iba tan tieso como una vela. Recorrían un largo pasillo blanco custodiado por guardias reales puestos en hilera, su destino era una puerta roja con dos guadañas de doble filo cruzadas talladas en el marco superior.

El pelirrojo le hizo un gesto con la cabeza al otro mientras chasqueaba la lengua para que abriese él la puerta. El castaño frunció el ceño pero abrió. Al otro lado sólo había una habitación normal y corriente con una única mesa en el centro. Dos hombres los esperaban tras ella.

-Enhorabuena caballeros. Han pasado gratificantemente el examen de admisión.—les dijo el que estaba sentado mirando un par de papeles en los que aparecía la ficha técnica de cada uno—Grell Sutcillf, William T Spears, mis felicitaciones y bienvenidos al cuerpo de élite de los Reaper.

-¡Ya era hora, Death!—exclamó Grell, Will rodó los ojos. Los examinadores les tendieron la mano y les extendieron una pluma para que firmasen la asistencia a su ingreso.

-Bien. Y ahora permítanme que les conduzca hasta su tutor.

-¿¡Tutor!?—se escandalizó Grell—¡Ya hemos tenido maestros, creí que a partir del examen seríamos independientes!

-Todos los novicios deben tener al menos por un año a un tutor supervisando sus progresos.—explicó con calma—Si al acabar el año el tutor no les ve preparados o cualificados de verdad para ser unos Reapers, inmediatamente dejarán de serlo, o, volverán a someterse a prueba. Pero si cumplen las expectativas entonces pronunciarán el juramento de la Hermandad y serán Reapers de pleno derecho.

-Tsk, y yo que pensaba que se había acabado.—protestó Grell.

-Creíste mal.—le respondió una voz nueva.

-Ah, veo que por fin ha llegado.

-Sí. Hubiera venido antes pero me daba tantísima pereza levantarme para verle la cara a mis dos nuevos mocosos que me he permitido el lujo de no hacerlo.

Grell y Will miraron con cara de no creerse del todo que ése personaje fuera a ser su tutor. Pero el asentimiento de los examinadores se lo confirmó.

-Permítanme presentarles—habló el segundo instructor que aún no había abierto la boca—a su tutor, Ser Undertaker. Uno de los miembros más destacados y respetables de la Hermandad de los Segadores.

-"¿Destacado?"—pensó irónico Grell.

-"¿Respetable?" —pensó luego Will.

Ambos mirando a ese hombre de pelo gris y atuendo negro fachoso que sonreía con divertida superioridad mientras les miraba desde detrás de ese descomunal flequillo que le ocultaba casi en totalidad la mirada, les hizo una seña con los dedos para que lo siguieran y los condujo a través de una segunda puerta anexa que se mimetizaba con la pared dado que eran del mismo color. La empujó y los tres descendieron.

-En fin mocosos, bienvenidos al cuartel general de la Hermandad de los Reapers.—dijo el tutor cuando llegaron abajo. La construcción se notaba relativamente nueva y todo era totalmente blanco inmaculado, aunque no había ventana alguna que dejase pasar luz natural.

Los Reapers operaban bajo tierra, o más concretamente bajo el palacio real. Sólo ellos podían entrar o salir del cuartel. Tenían pasadizos conectados a prácticamente cualquier parte de palacio, incluida la habitación de su majestad, pero sólo de salida, nunca de entrada. El único modo de entrar a los cuarteles solo los auténticos Reapers lo sabían.

-Bien...bien...Decidle adiós a vuestra vida y hola al infierno porque en eso voy a convertir vuestras vidas este próximo año.—siguió el tutor enmarcando una sonrisa terrorífica—He leído en vuestros expedientes que ambos alcanzásteis nota máxima en el examen, por eso yo seré vuestro tutor. De otro modo ni soñar que perdería mi valioso tiempo con pequeñas escorias como vosotros.—Will tuvo que sujetar a Grell de la muñeca para impedirle abalanzarse contra el más adulto—Como ya os han dicho podéis llamarme Undertaker—se ríe—, y pronto descubriréis por qué. ¡Bien, manos a la obra con vuestro primer encargo!—les tiende a ambos un informe—Averiguar qué le ha pasado a la cantante Irene Díaz.

-¿Una cantante?—inquiere irónico Grell echandole un vistazo a la primera hoja—¿En eso voy a desperdiciar mi tiempo? ¡Ay!

Undertaker había propinado un capón a la cabeza pelirroja.

-Me gusta tu actitud agresiva, rojo. Pero hasta que pase un año estáis bajo mi yugo y yo decido en qué empleáis el tiempo. Además esa muchacha era la primera voz de la ópera londinense y desapareció de la noche a la mañana.

-Aquí pone que se la vio por última vez con el vizconde Druitt.—apuntó Will, Undertaker le sonrió.

-Exacto. Así que quiero que averigüéis si Druitt ha tenido algo que ver con la desaparición.

-¿Y no va a guiarnos en esto?—pregunta Will viéndole con toda la intención de alejarse.

-¿Ah? Creí haber escuchado que queríais independencia.

Y se alejó emitiendo sonoras carcajadas.

Cielo Oscuro

Sebastian andaba intranquilo últimamente. Desde que le hizo el último 'favor' a Aleister no había vuelto a saber de él más que la última misiva que le llegó de Lau informándole que partía rumbo a China con el dinero que le había proporcionado el rubio. Eso sin contar con el hecho de que Claude mantenía el secretismo de su conversación con el vizconde.

-Arg.—se quejó fastidiado. Ya era la tercera vez que le salía mal la suma, claro, con los números bailando en su cabeza junto a otras cosas no había persona que se concentrase. Entonces tocaron a la puerta de su despacho—¿Arys?

-No, mi amo, soy yo.—responde Claude entrando y cerrando tras de sí, un gesto quisquilloso adornaba su cara—¿Lo esperábais con ansia?

-No uses ese tono conmigo—le reprende—que no estoy de humor y nada tranquilo habiendo enviado a ese chiquillo a la ciudad.

-Es uno de los sirvientes y un encargo simple: dar aviso a la oficina de correos de que envíen cualquier paquete de Lau aquí. Además, a un joven con la cara tan agraciada ningún mal ha de ocurrirle.

Sebastian fulminó con la mirada a Claude. El demonio había amanecido quisquilloso. Sebastian supuso que porque en lugar de delegarle a él un trabajo fuera de la finca se lo había dejado a otro de sus sirvientes. Un jovencito llamado Arys, tan dócil y gentil que hasta hastíaba.

-No ha de pasarle nada, va a la ciudad no a un coto de caza.

-Eso no puedo saberlo, ya que al alejarle de aquí he perdido control sobre él.

-No me digas que lo que te molesta es haber perdido los hilos de una de tus marionetas. Sólo serán un par de horas a lo sumo.

-¿Mis marionetas? Vuestros juguetes diréis, yo sólo los manejo para que os obedezcan.

-Tsk, como sea. ¿Querías algo serio o sólo has venido a refunfuñar?

-Sí, algo sí. He venido a informaros de que los Reapers se han movilizado y pretenden cercar a Aleister para sonsacarle qué ha pasado con Irene Díaz.

-¿Los Reapers?—se sorprende—¿Por una cantante?

-Me barrunto que no es el nombre de Irene lo que los ha puesto en marcha sino el de Aleister. La cantante no es más que su última presa.

-Así que han podido relacionar a Aleister con más de un desaparecido...

-En femenino mi amo. Irene ha sido la última nota que ha hecho sonar todas las alarmas.—Sebastian se quedó pensativo—¿Cuáles son vuestras órdenes?

-Hay que hacer algo con Aleister, impedir que hable o que diga la verdad. Si los Reapers le echan el guante en nada que lo presionen un poco acabará confesando hasta su primera erección. Vigila a Aleister, cuida el momento en que los segadores vayan a por él y cuando eso ocurra contrólale.

-Como ordenéis mi amo.—dijo haciendo una reverencia y apenas sujetando la mano izquierda de Sebastian por los dedos.

Claude se marchó y Sebastian se quedó el doble de intranquilo. Maldición. ¿Por qué el grupo de operaciones especiales de la corona había tenido que meterse? Por lo que sabía la Hermandad de los Segadores era un grupo especializado en todo tipo de asuntos turbios, algo así como una policía secreta que trabajaba bajo órdenes directas de la monarquía. Una mezcla de perros guardianes y de presa. Sus miembros eran mejores que soldados de élite y sólo los más dotados llegaban a ser Reapers.

En pocas palabras eran peligrosos. Por eso el ojirrojo maldecía que le hubieran echado el ojo a Aleister. Ya estuvieron a punto de engancharlo a él cuando puso a los Noah bajo su servicio, pero, por fortuna y gracias a las artes de Claude, pasó desapercibido.

La noche ya era cerrada cuando una algarabía de ladridos despertaron a Sebastian del primer sueño. Los tres Doberman ladraban a pleno pulmón al parecer mientras corrían. Se dio la vuelta y gruñó pero los ladridos no cesaban. Antes de que llamase a Claude este mismo apareció a su lado, su rostro pálido parecía una máscara de hielo.

-Mi amo hay algo que tenéis que ver.—dijo sin preámbulos.

Confuso, Sebastian se levantó y siguió a su mayordomo, que le echó un batín por encima para que no cogiese frío y agarró una linterna. Cuando salieron a la calle los perros se habían calmado ya pero se los oía gimotear y lloriquear. A través de la niebla por fin los distinguió sentados con la orejas gachas en torno a algo tendido en el suelo. Cuando les notaron llegar gimotearon más fuerte mientras se echaban a un lado.

Sebastian se quedó de piedra.

En el suelo estaba Arys, arrojado como un fardo sobre el polvoriento camino. Estaba vivo pero sus ojos estaban perdidos y conmocionados. Le habían cortado las manos y una cascada de sangre ya seca caía desde su boca y le manchaba la barbilla y el cuello. El joven temblaba de pies a cabeza, tenía las ropas desarregladas y desgarradas, especialmente los pantalones, y pequeños regueros sangrientos le caían por el interior de los muslos delgados y pálidos.

-Llama a Doctor.—ordenó Sebastian casi en un susurro—¡Ahora!—vociferó echando a Claude a todo correr de su lado mientras él seguía de pie contemplando a Arys.

Doctor llegó arrastrado por Claude apenas en un par de minutos. El demonio cogió a Arys y lo bajó hasta el sótano.

-¿A qué viene que llames a estas horas de la noche? Un poco de decencia para con la comunidad científica.—protestó Doctor restregándose los ojos por detrás de esas gafas que lo hacían ver como un sapo.

Sebastian no le contestó, se conformó con hacerle bajar las escaleras del sótano rodando de un puntapié. Al aterrizar en el frío suelo Doctor soltó varios quejidos de protesta. Se enderezó y mientras se ajustaba las gafas y el enmarañado pelo su percepción de buitre captó el olor de la sangre de Arys. Con los movimientos de un escorpión que ha detectado a su presa Doctor se acercó a la camilla de metal donde estaba tendido el sirviente.

-Asombroso.—dijo emocionado—¡Qué caso tan asombroso!

-Cierra la cloaca que tienes por boca Doctor y cúrale.—espetó Sebastian.

Doctor, ajeno o haciéndose el sueco, examinó con cautela el cuerpo mutilado del joven. A cada cosa que veía emitía un asentimiento o un sonido de sorpresa.

-Increíble. Le han violado, cortado las manos y la lengua y no se ha desangrado más de la cuenta como para morirse.—enumeró abriéndole la boca a Arys, que sollozó reaccionando por fin. El chico miró en dirección a Sebastian con miedo y súplica pero no articuló ningún sonido reconocible más allá de los sollozos o gemidos de angustia.

-Me da igual cómo le arregles Doctor, pero haz que sea capaz de decirme quién diablos ha sido. —dijo el amo con frialdad.

-No creo que pueda hacer nada por que vuelva a hablar con normalidad. El corte de la lengua es profundo y aunque consiga ponerle una prótesis no creo que ésta funcione para que hable.—meditó Doctor mesándose la barbilla sin afeitar. Irguiéndose le echa un vistazo a Arys de pies a cabeza y luego mira de refilón a Sebastian—Si queréis mi opinión lo mejor que se puede hacer ya con este chico es acabar con su vida y aprovechar los restos servibles, como los huesos que no estén dañados.

Un sollozo más fuerte escapó de Arys, que emitió una especie de grito silencioso y ahogado y se giró de nuevo hacia su amo extendiendo los brazos heridos hacia él suplicándole auxilio.

-¿Es que no me has oído Doctor?—preguntó Sebastian como si nada—Le quiero vivo hasta que me diga quién ha osado desafiarme de esta manera.

-¿Consideráis la desgracia de este chico un desafío?

-Desafío y agravio. Le han puesto las manos encima a una de mis pertenencias como si pudieran hacerlo impunemente y eso no pienso tolerarlo.—la mirada que le dedicó Sebastian a Doctor hizo que a éste le recorriese un escalofrío—Has arreglado a los Noah ¿no? Pues haz lo mismo con él.—caminó hacia Arys quitando al facultativo de en medio—No te preocupes Arys, cuando sepa quién ha sido lo mataré con tanta saña que va a desear no haber puesto un pie en este mundo.

Arys lloró con más fuerza. Pues las palabras de su señor lejos de ser reconfortantes o de consuelo eran más una terrible promesa para sí mismo. Entonces comprendió qué clase de hombre era Sebastian Michaelis. Dejó caer la cabeza de lado ya derrotado y abandonándose a su aciago destino. Apenas oyó a su señor discutir con ese hombre vestido de médico que daba miedo y luego decirle algo al jefe de los mayordomos, quien también se acercó a él. Lo último reconocible que vio el joven fueron los ojos claros del mayordomo volverse refulgentes.

Doctor se llevó de la mansión a Arys esa misma noche. Si quería tratarlo había de llevárselo a su laboratorio personal, lo que los Noah llamaban burlonamente 'La Carnicería', y cuya localización sólo la conocían él y los otros Noah sin contar a Sebastian y Claude. Doctor prometió tenerle listo en menos de una semana, de otro modo el ojirrojo lo desollaría vivo, y avisarle cuando hubiera acabado.

Una vez solos de nuevo Sebastian volvió a su habitación sin decir una palabra, pero esta vez Claude lo siguió. Al llegar arrojó el batín por ahí y se acostó de nuevo. Con la diestra se tocó la frente, apretándola con las yemas de los dedos. Entonces sintió tras su espalda al ojidorado, que le rodeó por la cintura con uno de sus brazos, notando su piel fría a través de la camisa de su traje.

-¿Desde cuándo se atreven a desafiarme así, Claude?

-Esto no hubiera pasado si me hubiérais mandado a mi a la ciudad, como siempre.—el humano se deshizo de su brazo y se puso recto mirándole ceñudo a los ojos—No os estoy echando la culpa. Sólo respondo a la pregunta que me habéis formulado.

-Claude te echaré a patadas antes de que te hayas dado cuenta.

-Mi amo—se pone en la misma postura—, todo lo que hago y digo sirve a vuestros deseos. Jamás me perdonaré haberos fallado como hoy y sólo pensar en que Arys ha sido una advertencia y piensan haceros lo mismo...

-Los demonios no conocéis el significado de la palabra perdón.—le interrumpe Sebastian—Además de que de mi no te tienes que preocupar. Me ensañaste a defenderme, además de que tú eres mi escudo y espada juramentada ¿no?

Claude sonríe maligno y con gentileza recuesta de nuevo a Sebastian quedándose suspendido sobre él.

-Ordenadlo mi amo. Dadme la orden e iré a por ellos, los encontraré, torturaré y mataré. Arrojaré sus cadáveres al Támesis para que las gaviotas los devoren y atraparé sus almas en una agonía eterna.—Sebastian le toca la cara con la zurda y los ojos del demonio brillan.

-Cuando llegue el momento Claude. Quiero que sea el propio Arys quien me diga quién ha sido.

-Puedo preguntar por qué mi amo.

-Je, porque no soy tan mal amo como para no dejarle saborear la venganza también.

-Como ordenéis, mi amor.—respondió cayendo sobre él para robarle un beso que Sebastian le cedió.

-Eh Claude. Mañana tengo que ir a ver a Haven y necesito estar de buen humor para aguantarla. Así que ya sabes lo que tienes que hacer.

El demonio asintió y volvió a buscar la boca del humano. Mordiendo los guantes se los quita y con manos de sastre le quita poco a poco la ropa de dormir, deleitándose con los gestos de sentir escalofríos que hace Sebastian cuando su piel fría toca la suya. Antes de dejarle completamente desnudo toca y presiona, arriba y abajo, los pezones despertándolos y poniéndolos duros y erguidos. Con calma desciende con la boca hasta el abdomen y besa los abdominales hasta el ombligo.

Sebastian apenas emite sonidos tan sólo se le acelera un poco la respiración. Claude, aceptando el desafío, le muerde un pecho y tironea con los dientes. Entonces el humano se tensa y jadea apagadamente. El otro sonríe con suficiencia, su amo era orgulloso hasta para demostrar el placer que sentía y esto provocaba en el demonio un serio deseo de romper esa faceta y avivar su deseo hasta verlo retorcerse y gritar de éxtasis.

-Mi amo, noto que no estáis disfrutando como se merece.—comenta con cierto tono entre burlón y provocador—Si no os gusta paro.

-Claude, te mataré como pares.—le contesta sofocado—Ponte serio.

-¿Tan ansioso estáis por tenerme dentro?—pregunta al tiempo que de un tirón lo acaba de desnudar y cuela la mano derecha entre sus piernas, abriéndolas—Veo que algo sí.

A Sebastian le sube un tono rojo a las mejillas ante la mirada canina de Claude puesta entre sus piernas.

-Shit, no me pudo haber tocado demonio más charlatán.

-Si me callo el asunto perdería la mitad de gracia.—asevera comenzando a masajear el medio despierto miembro del ojirrojo, que se muerde los labios y luego los nudillos. Claude ejerce algo más de presión y entonces un sonoro jadeo se escapa de Sebastian, que se aferra a las sábanas. Con la mano libre Claude le acaricia un poco algunos mechones de pelo—Está bien mi amo, yo también estoy algo ansioso ya.

Desabrochándose el pantalón el demonio libera su propio sexo y se apega a Sebastian, haciendo que ambos miembros de juntasen, con la diestra acaricia ambos. Los rubíes se nublan momentáneamente y luego miran hacia abajo, donde dirige una de sus manos, imitando los movimientos de Claude. Para mayor comodidad ambos se ponen de lado uno frente a otro.

-Ah, Claude...—gime por fin—¡Ah!

Con algo más de fuerza cuando la zurda libre del mayordomo pasa por debajo de su costado hasta alcanzar la zona de sus glúteos, entre los cuales empieza a colarse. Una serie de gemidos comienzan a salir en racha de su boca. Con gesto poco consciente levanta y flexiona las piernas dejando al otro más espacio libre.

-Estáis tan suave aquí abajo. Y realmente caliente.

-Mnn...Claude, ah...Continúa...no te detengas.—dice jadeante, como un relámpago en medio de la tormenta los ojos citrinos del demonio se iluminan violáceos. Con premura se pone de rodillas entre las piernas del humano asiéndole de las caderas.

-Como mi amor ordene.—Posicionando la punta de su miembro erecto en el anillo de músculos de Sebastian presiona suavemente contra ella—¿Puedes notarlo, Sebastian? Justo así te la meteré —susurra junto a su oído guiándole la mano hacia abajo—una vez más.

-Esto...—los dedos largos y finos acarician la extensión de carne—estará dentro de mi, por completo...¿verdad, Claude?

Quizá fue la maliciosa sonrisa de Sebastian o el tono candente de sus palabras pero Claude no esperó más y se deslizó dentro de él. El ojirrojo gritó y arqueó la espalda.

-Esa clase de cosas...me provocan mucho mi amo. A no ser que me lo pidáis no creo que pueda ser gentil ni parar hasta veros llorar.

-Llorar no vas a verme, pero...—le mira a los ojos—continúa como te plazca.

Claude le sonrió de vuelta enseñándole los colmillos y comenzó a balancearse. Estaba deleitado, su amo estaba verdaderamente sugestivo esa noche. Este humano lograba lo que ningún otro al que había conocido: querer arrastrarlo al infierno de la lujuria con él y allí poseerlo para siempre.

-Nnh...mi amo si apretáis tanto vais a lograr que salga fuera.

-Ah, haa...eso es que no aguantas nada.—le pica dándose la vuelta quedando de espaldas a él. Agarra la almohada y se la coloca bajo el abdomen y la pelvis para que ésta última se elevase.—¿Mejor así?

-Perfecto.—contesta besándole la espalda y sujetando con firmeza sus caderas, tan pulidas a fuerza de montar. Y no sólo a caballo pensó divertido.

Con más fuerza en esta nueva postura le embiste hasta que la cama se mueve incluso al compás. Sebastian aprieta las sábanas entre las manos y jadea descontrolado, especialmente cuando el miembro dentro suyo le llena por completo alcanzando ese punto interno que lo hacía delirar.

-¡Aah! ¡Claude, ahí! Más rápido...estoy por...haa...acabar.

-Entendido.

Con certeza y precisión de arquero profesional el mayordomo hace diana repetidamente justo donde su amo le pedía. Nota los temblores que lo recorren cada vez más seguidos y cómo tensa los hombros mientras estruja más la ropa de la cama. Doblándose por la cintura se junta a su espalda y le muerde el hombro derecho alisando después con la lengua la marca de dientes.

Sebastian nota el mordisco y las manos de Claude sobre él, acariciando cada cm de piel que tiene al alcance y jugueteando entre su cuello y oreja. Cuando nota un calambrazo por su espina más fuerte mueve su cadera hacia atrás acoplándose al movimiento contrario. El miembro de Claude llega hasta el fondo y entonces, con un grito extasiado, el ojirrojo llega al orgasmo corriéndose. Perdiendo toda la fuerza que posee se deja caer laxo sobre el colchón y siente la semilla del demonio llenarle.

Con más cuidado Claude sale del interior de Sebastian, observando por unos segundos como su semen sale despacio detrás de él. Sujetando a su amo lo coloca cómodo en la cama quedándose a su lado.

-Aaah...—suspira el ojirrojo—mucho mejor.—Una sonrisita satisfecha le adorna la cara, girando su rostro lo vuelve hacia su mayordomo a quien toca en el centro del pecho—Aunque eres frío siempre te calientas un poco cuando lo hacemos.

-Tenéis ese efecto en mi. Mi amor.