CAPITULO 1

Highlands de Escocia

19 de septiembre, hoy en día

Candy White necesitaba un hombre. Desesperadamente. A falta de eso, se conformaría con un cigarrillo. «Dios, cómo detesto mi vida—pensó—. Ya ni siquiera sé quién soy.»

Candy paseó la mirada por el concurrido interior del autobus del viaje organizado, inspiró profundamente y se frotó el parche de nicotina que llevaba puesto debajo del brazo. Después de aquel fiasco, se tenía bien merecido un cigarrillo, ¿verdad? Salvo que, incluso aunque consiguiera escapar del horrendo autobús y hacerse con un paquete, temía expirar a causa de una sobredosis de nicotina si se fumaba un cigarrillo. El parche hacía que se sintiera temblorosa y un poco enferma.

Se dijo que quizás hubiese debido esperar hasta haber encontrado al hombre que se encargaría de recoger su flor antes de decidir que iba a dejar de fumar. Claro que dado su estado de ánimo actual, tampoco se podía decir que Candy estuviese atrayendo a los hombres como un panal de miel a las moscas. El que su reacción habitual ante cualquier representante del sexo opuesto al que conocía consistiera en soltar gruñidos y poner malas caras tampoco contribuía en nada a hacer interesante su virginidad.

Candy se recostó en el asiento agrietado y torció el gesto cuando el autobus pasó sobre un bache que hizo que los muelles del respaldo se le clavaran en el omóplato. Ni siquiera despertaba su interés la misteriosa superficie de un gris pizarra de las aguas del lago Ness, que se divisaba más allá de la ventanilla de su asiento; ventanilla que no cesaba de tintinear y se negaba a permanecer cerrada cuando llovía, y que de otro modo era incapaz de mantenerse abierta.

—Candy, ¿te encuentras bien? —le preguntó cariñosamente Bert Cartwright desde el otro lado del pasillo.

Candy miró a Bert a través de los rizos sueltos al estilo jennifer aniston que lucía, cuidadosamente moldeados por una suma bastante elevada con el objetivo de atraer a su propio Brad Pitt. Hasta aquel momento, los rizos sólo habían servido para hacerle cosquillas en la nariz y ponerla de muy mal humor. Cuando dieron inicio al viaje organizado, hacía una semana, Bert había informado orgullosamente a Candy de que tenía setenta y tres años y que el sexo nunca había sido mejor (mientras hablaba, le daba palmaditas en la mano a Paulina, su flamante, regordeta y bastante sonrojada esposa). Candy había sonreído educadamente y los había felicitado y, después de aquella tenue exhibición de interés, pasó a convertirse en «la chica americana favorita» de la enamorada pareja.

—Estoy perfectamente, Bert —le aseguró, preguntándose de dónde habría sacado Bert aquella camisa de poliéster color limón y esos pantalones de un verde campo de golf que tan mal casaban con sus zapatos de cuero blanco y sus calcetines a cuadros escoceses.

El conjunto, visiblemente inspirado en el arco iris, se completaba con un cárdigan de lana roja pulcramente abotonado alrededor de la barriga de Bert.

—Pues la verdad es que no tienes muy buen aspecto, queridita—observó Paulina con voz preocupada mientras se ajustaba el sombrero de paja de ala ancha que cubría sus suave cabello de un azul plateado—. Pareces enferma.

—Son todos estos baches, Paulina.

—Bueno, ya casi hemos llegado al pueblo, y tienes que comer algo con nosotros antes de que varamos a visitar los lugares de interés—dijo Bert con firmeza—. Podemos ir a ver esa casa, ya sabes, donde vivió el hechicero Aleister Crowley. Dicen que está encantada—le confió con un movimiento de sus frondosas cejas blancas.

Candy asintió apáticamente. Sabía que protestar no serviría de nada, porque aunque sospechaba que Paulina podría haberse apiadado de ella, Bert estaba resuelto a asegurarse de que se «divirtiera». A Candy le había bastado con unos cuantos días para darse cuenta de que nunca hubiera debido embarcarse en tan ridícula empresa.

Pero allá en casa, mientras miraba por la ventana de su cubículo de la Compañía de Seguros de Allstate en Santa Fe, Nuevo México, y discutía con otro asegurado más que había conseguido acumular la asombrosa suma de 9.827 dólares en facturas del quiropráctico debido a las lesiones sufridas en un accidente que había causado daños por valor de sólo 1 27 dólares a su parachoques trasero, la idea de estar en Escocia —o en cualquier otro sitio, pensándolo bien— había sido irresistible.

Así que había permitido que un agente de viajes la convenciera de que un recorrido de catorce días a través de los románticos parajes de las Highlands y las Lowlands de Escocia, todo ello al módico precio de 999 dólares, era justo lo que necesitaba en aquellos momentos. Por una parte, el precio era aceptable. Además, el mero hecho de pensar en llegar a hacer algo tan impulsivo ya resultaba excitante, y eso era precisamente lo que necesitaba Candy para reorganizar su vida.

Hubiese debido saber que una estancia de catorce días en Escocia por un millar de dólares tenía que consistir en un circuito para turistas de la tercera edad a bordo de un autobus. Pero Candy estaba tan desesperada por escapar al agobio y el vacío de su vida que se había limitado a echar un rápido vistazo al itinerario del folleto, y no se le ocurrió pensar ni por un solo instante en sus posibles compañeros de viaje.

Treinta y ocho ciudadanos mayores, cuyas edades oscilaban entre los setenta y dos y los ochenta y nueve años, charlaban, reían y se abrazaban en cada nuevo pueblo, pub o parada para ir al baño con un ilimitado entusiasmo; y Candy sabía que cuando volvieran a casa jugarían a las cartas y obsequiarían con un sinfín de anécdotas a sus ancianas y envidiosas amistades. Se preguntó qué historias contarían acerca de la virgen de veinticinco años de edad que había viajado por Escocia con ellos. ¿Dirían, quizá, que aquella chica tenía más púas que un puercoespín? ¿Que había sido lo bastante idiota para tratar de dejar de fumar mientras se tomaba las primeras auténticas vacaciones de su vida y, simultáneamente, intentaba librarse de una vez de su virginidad?

Suspiró. En realidad aquellos ancianos eran de lo más dulces, pero lo que andaba buscando ella en aquellos momentos no era precisamente dulzura.

Candy buscaba la clase de sexo lleno de pasión que hace que tu corazón lata desenfrenadamente.

Quería sexo que fuera prosaico y vulgar, salvaje y sudoroso y abrasador.

Últimamente Candy había empezado a anhelar algo a lo que ni siquiera era capaz de poner un nombre, algo que la hacía sentirse nerviosa y llena de inquietud cuando veía algún episodio de la serie de televisión 10 th Kingdom o su película favorita de enamorados a los que el destino volvía la espalda: Lady Halcón . Si todavía estuviera viva su madre, la renombrada investigadora y experta en física teórica Maria White, le aseguraría que sólo se trataba de un impulso biológico programado en sus genes.

Decidida a seguir los pasos de su madre, Candy se había licenciado en física y después estuvo trabajando durante una breve temporada como ayudante de investigación en Tritón Corporation mientras completaba su doctorado (antes de que su gran rebelión hubiera provocado su aterrizaje en la aseguradora Allstate). Aveces, cuando la cabeza le hervía de ecuaciones, Candy se preguntaba si su madre no estaría en lo cierto después de todo, si cuanto había en la vida no podía llegar a ser explicado mediante la ciencia y la programación genética.

Candy se metió un chicle en la boca y miró por la ventanilla. Ciertamente no iba a encontrar al recogedor de su flor dentro de aquel autobus. En los pueblos anteriores tampoco había tenido ni pizca de éxito. Debía hacer algo y además tenía que hacerlo pronto, porque si no terminaría regresando a casa sin ser distinta de como era cuando llegó allí y, francamente, ese pensamiento era bastante más aterrador que la idea de seducir a un hombre al que apenas había llegado a conocer.

El autobus se detuvo con una brusca sacudida que hizo que Candy saliera disparada hacia delante. Su boca chocó con el marco metálico del asiento que tenía delante. Candy lanzó una mirada airada al gordo y calvo conductor del autobus y se preguntó cómo era posible que las personas mayores siempre pareciesen ser capaces de prever el momento en que tendría lugar una parada súbita, mientras que ella nunca podía hacerlo. ¿Sería simplemente que las personas mayores eran más cautelosas con sus frágiles huesos? ¿Sabrían sujetarse mejor a sus asientos con los cinturones de seguridad? ¿Estarían Confabulados con el orondo y también anciano conductor?

Candy sacó del bolso su estuche de maquillaje y, como era de esperar, vio que su labio inferior ya había empezado a hincharse.

«Bueno, eso tal vez atraerá a un hombre», pensó mientras hacía que el labio sobresaliera todavía un poquito más antes de seguir obedientemente a Bert y Paulina fuera del autobus y a la soleada mañana. Labios de chupadora: ¿no era cierto que los hombres tenían fijación por los labios carnosos?

—No puedo, Bert, de verdad —dijo cuando el amable anciano enlazó su brazo con el de ella—. Necesito estar sola durante un rato —añadió a modo de disculpa.

—¿Se te ha vuelto a hinchar el labio, querida? —Bert frunció el ceño—.¿Qué pasa, es que no te pones el cinturón del asiento? ¿Estás segura de que te encuentras bien?

Candy hizo como si no hubiera oído las dos primeras preguntas.

—Me encuentro perfectamente. Es sólo que quiero ir a dar un paseo a ver si se me aclaran un poco las ideas —contestó, fingiendo no reparar en que Paulina la observaba desde debajo de la ancha ala de su sombrero con la inquietante intensidad de una mujer que había sobrevivido a la educación de múltiples hijas.

Como era de esperar, Paulina empujó a Bert hacia los escalones de la entrada del hostal.

—Ve tú delante, Bertie —le dijo a su nuevo esposo—. Las chicas necesitamos hablar un momento.

Mientras su esposo desaparecía dentro del pintoresco hostal con techumbre de cañizo, Paulina condujo a Candy hasta un banco de piedra y la hizo tomar asiento junto a ella.

—Hay un hombre para ti, Candy White—aseguró una vez que las dos estuvieron sentadas.

Candy abrió mucho los ojos.

—¿Cómo sabes que es eso lo que estoy buscando?

Paulina sonrió y sus ojos azules como la flor del maíz se empequeñecieron en su cara regordeta.

—Tú escucha a Paulina, queridita mía:

no seas tan precavida y arriésgate un poco más. Si yo tuviera tu edad y el aspecto que tú tienes, te aseguro que ahora estaría meneando el pandero allá donde fuese.

—¿Pandero? Las cejas de Candy se elevaron.

—La popa, querida. El trasero, lo que sobresale por detrás de una—dijo Paulina con un guiño—. Sal ahí fuera y encuentra a tu propio hombre. No permitas que Berty yo te echemos a perder el viaje llevándote a remolque de un lado a otro. Tú no tienes ninguna necesidad de andar pegada todo el rato a un par de viejos como nosotros. Lo que necesitas es conocer a un joven bien guapo que te haga perder la cabeza. Y después de que lo hayas conocido, asegúrate de que tu cabeza siga perdida durante mucho tiempo—concluyó significativamente.

—Pero es que no consigo encontrar un hombre, Paulina —Candy dejó escapar un resoplido lleno de frustración—. Ya llevo meses buscando al recogedor de mi flor y…

—De tu flor… ¡Oh!

Los redondos hombros de Paulina, envueltos en perlas y lana rosada, temblaron de risa.

Candy torció el gesto.

—¡Oh, Dios, qué vergüenza! No me puedo creer que acabe de decir eso. Verás, lo que pasa es que he empezado a llamarlo así en mis pensamientos porque soy la más vieja de todas las… ejem… de todas las…

—Vírgenes —contribuyó Paulina servicialmente, con otra carcajada.

—Ajá.

—¿Y una joven tan guapa como tú no tiene ningún hombre en casa?

Candy suspiró.

—Durante los últimos seis meses he estado saliendo con carretadas de hombres…

Se interrumpió. Después de que sus prominentes progenitores hubieran muerto el mes de marzo anterior en un accidente de avión cuando regresaban de un congreso en Hong Kong, Candy se había convertido en una auténtica máquina de citas. El único pariente que le quedaba, una abuela por parte de padre, tenía Alzheimer y hacía una eternidad que no la reconocía. Candy había empezado a sentirse como el último mohicano, alguien que vagaba desesperadamente de un lado a otro en busca de algún sitio al que poder llamar hogar.

—¿Y? —la animó a seguir Paulina.

—Y no soy virgen a propósito —dijo Candy con voz malhumorada— Lo que pasa es que no consigo encontrar un hombre al que pueda querer, y estoy empezando a pensar que el problema estriba en mí. Quizás espero demasiado. Quizás estoy reservándome para algo que ni siquiera existe.

Candy acababa de expresar en voz alta su gran temor secreto. Tal vez la pasión con mayúsculas sólo era un sueño. Con toda la práctica en el besar que había llegado a adquirir durante los últimos meses, no había habido ni una sola vez en que se sintiera dominada por el deseo. Ciertamente entre sus padres no había existido ninguna gran pasión. Ahora que pensaba en ello, Candy se dijo que ni siquiera estaba segura de que hubiera llegado a ver esa clase de pasión fuera de una película o un libro.

—¡Oh, queridita mía, no pienses eso! —exclamó Paulina—. Eres demasiado joven y hermosa para renunciar a la esperanza. Nunca se sabe cuándo puede aparecer el hombre ideal. Mírame a mí, por ejemplo —dijo con una risita que se burlaba de sí misma—. Con unos cuantos kilos de más, demasiados años a cuestas y cada vez menos hombres disponibles en el mercado, ya me había resignado a ser una viuda. Llevaba años sola, y entonces una soleada mañana mi Bertie entró como si tal cosa en el pequeño café de Elm Street donde las chicas y yo vamos a desayunar cada jueves, y me enamoré de él en menos que canta un gallo. De pronto volví a soñar despierta como si fuera una muchacha, empecé a pensar en arreglarme el pelo y… —Se sonrojó—. Bueno, hasta me compré unas cuantas piezas de lencería selecta en Victoria's Secret. —Bajó la voz y le guiñó un ojo a Candy—.Cuando de pronto descubres que ya no te basta con unos sostenes y unas bragas blancas perfectamente respetables, y empiezas a comprarte cositas de color rosa, violeta, verde lima y demás, eso quiere decir que estás pensando en hacer travesuras.

Candy carraspeó, se removió nerviosamente encima del banco y se preguntó si se le transparentaría mucho el sostén de color lila a través del top blanco que llevaba. Pero Paulina, que seguía hablando, ni se dio cuenta de su repentina agitación.

—Y Bertie ciertamente no era lo que yo pensaba que quería en un hombre, eso sí que te lo puedo asegurar. Yo siempre había creído que me gustaban los hombres sencillos, honestos y trabajadores. Nunca pensé que llegaría a liarme con un hombre peligroso como mi Bertie—confesó. Su sonrisa se volvió soñadora y llena de ternura—.Estuvo treinta años en la CIA antes de retirarse. Deberías oír algunas de sus historias. Apasionantes, decididamente apasionantes.

Candy se quedó boquiabierta.

—¿Bertie era de la CIA?

«¿Quién, Arco Iris Bertie?»

—Nunca juzgues el contenido de un paquete por su envoltorio, queridita mía —dijo Paulina, tocándole la mejilla—. Y un consejo más: no tengas demasiada prisa por entregar tu virginidad, Candy. Encuentra a un hombre que valga la pena. Encuentra a un hombre con el que tengas ganas de hablar hasta altas horas de la madrugada, un hombre con el que puedas discutir cuando sea necesario hacerlo y que te haga chisporrotear cuando te toque.

—¿Chisporrotear? —repitió Candy dubitativamente.

—Confía en mí. Cuando encuentres el hombre apropiado, enseguida lo sabrás —dijo Paulina, sonriendo de oreja a oreja— Lo sentirás. No serás capaz de alejarte de él.

Satisfecha tras soltar su discurso, Paulina plantó en la mejilla de Candy un beso embadurnado de carmín rosado y después se levantó, se alisó el suéter por encima de las caderas y desapareció en el interior del hostal pintado de vivos colores. Candy contempló su retirada sumida en un pensativo silencio.

Paulina Cartwright de sesenta y nueve años de edad y con sus buenos veinte kilos de más, caminaba con andares firmes y llenos de confianza en sí misma. Se deslizaba con la gracia de una mujer que tuviera la mitad de sus dimensiones, contoneaba su amplio trasero y mostraba serenamente la línea entre sus senos. De hecho, caminaba como si fuese hermosa.

«Un hombre que valga la pena. ¡Buf!»

Tal como estaban las cosas, Candy White se habría conformado con un hombre que no requiriese una buena dosis de Viagra.

Candy se detuvo a descansar un rato en lo alto de la pequeña montaña de rocas a la que acababa de subir. Después de haber descubierto que no podía entrar en su habitación del hostal hasta pasadas las cuatro, y decidida a mantenerse firme en su resolución inicial de no poner rumbo hacia la tienda más próxima y comprar en ella un paquete de esa palabra que ella ya no decía, cogió su mochila y una manzana y partió hacia las colinas para una excursión introspectiva. Las colinas que se elevaban sobre el lago Ness se hallaban puntuadas por pequeños promontorios rocosos, y el grupo de rocas sobre el que se encontraba ahora Candy se extendía a lo largo de casi un kilómetro, elevándose en escarpadas colinas y descendiendo en abruptos barrancos. La subida había sido bastante dura, pero Candy disfrutó con todo aquel ejercicio después de haber pasado tanto tiempo atrapada en la atmósfera cargada del autobus.

No se podía negar que Escocia era hermosa. Candy había atravesado cautelosamente lugares cubiertos de marzoleto, rodeado matorrales espinosos, admirado las bayas de un intenso color rojo de un serbal y dado patadas a unas cuantas castañas verdes erizadas de pinchos, cuya caída anunciaba la proximidad del otoño. Había pasado largos momentos admirando las hojas en forma de cruz de los brezales que ascendían y se fusionaban con el púrpura rosado de una ladera cubierta de brecina. Ella y un elegante gamo rojo se habían dado un buen susto el uno al otro cuando Candy pasó por el claro del bosque en el que estaba pastando el animal.

Cuanto más subía Candy por los verdes prados y las colinas rocosas, más llena de paz se sentía. Muy por debajo de ella, el lago Ness se extendía a lo largo de casi cuarenta kilómetros, con más de un kilómetro de anchura y trescientos metros de profundidad en algunos lugares, o eso decía el folleto que Candy había leído en el autobus y que hacía hincapié en el hecho de que debido a la turba ligeramente ácida que contenía, sus aguas nunca llegaban a helarse durante el invierno. El lago era un inmenso espejo plateado que rielaba bajo el cielo sin nubes. El sol, ya casi en su ceñir, acariciaba su piel. Durante los últimos días el tiempo había sido desusadamente caluroso, y Candy planeaba sacar provecho de ello.

Se sentó en una roca plana, estiró las piernas y se dedicó a empaparse de sol. Su grupo iba a permanecer en el pueblo hasta las siete y media de la mañana siguiente, por lo que tenía tiempo de sobra para relajarse y disfrutar de la naturaleza antes de volver a subir al autobus turístico del infierno. Aunque nunca encontraría a un candidato apropiado en lo alto de las colinas, al menos allí no había teléfonos que no paraban de sonar, con asegurados furiosos al otro extremo de la línea, ni representantes de la tercera edad fisgoneando.

Candy sabía que sus compañeros de viaje hablaban de ella, porque los viejos siempre hablaban acerca de todo. Sospechaba que con ello trataban de compensar todas las veces en que habían tenido que callarse cuando eran jóvenes, para lo que invocaban la impunidad de la edad avanzada. De pronto se encontró deseando que llegara el momento de disfrutar de esa impunidad. Qué gran alivio sería decir exactamente lo que pensaba, para variar.

«¿Y qué dirías, Candy?»

—Estoy sola —murmuró suavemente—. Diría que estoy sola y que estoy muy harta de fingir que todo va bien. ¡Cómo deseaba que ocurriera algo emocionante! Y, naturalmente, la única vez que había intentado hacer que ocurriera algo, había terminado en un circuito turístico para la tercera edad. Tendría que ir haciéndose a la idea de que estaba condenada a vivir una vida árida, solitaria y falta de acontecimientos.

Cerrando los ojos contra la intensa claridad solar, Candy buscó a tientas su mochila para coger sus gafas de sol, pero calculó mal la distancia e hizo que la bolsa cayera de la roca. La oyó rebotar durante unos momentos entre el estrépito de piedras sueltas, y luego hubo un prolongado silencio al que siguió un golpe sordo. Candy se sujetó los rizos detrás de una oreja y se incorporó para ver dónde había caído la mochila. Quedó consternada al descubrir que se había precipitado desde lo alto dee la roca para caer por la ladera y terminar en el fondo de un estrecho precipicio, de aspecto bastante imponente.

Fue hasta el borde de la abertura y la contempló con mirada recelosa. Sus parches de nicotina estaban dentro de la mochila, y ciertamente no se podía esperar de ella que siguiera absteniéndose de esa palabra en la que no pensaba sin tener a mano algo para mitigar los peores efectos de la experiencia. Después de haber determinado que la profundidad de la hendidura rocosa no superaría los ocho o nueve metros, Candy decidió que sería capaz de recuperar la mochila.

No tenía alternativa; tendría que bajar a por ella. Se sentó en el borde y tanteó el vacío con los pies en busca de algún punto de apoyo. Las botas de montañismo que se había calzado aquella mañana tenían unas gruesas suelas con surcos que le facilitaron un poco el descenso; no obstante, y a medida que la áspera piedra le arañaba las piernas desnudas, Candy se encontró deseando que se le hubiera ocurrido ponerse unos tejanos en vez de los pantalones cortos color caqui de Abercrombie & Fitch que tanto furor estaban causando últimamente. Su top blanco con encajes resultaba muy cómodo para ir de excursión, pero la chaqueta de dril que se había atado alrededor de la cintura no paraba de enredársele entre las piernas, así que se detuvo un momento para desatársela y la dejó caer sobre su mochila. Una vez que hubiera llegado al fondo, la metería dentro antes de iniciar el ascenso.

La bajada fue lenta y penosa, pero la mitad de la vida de Candy estaba dentro de aquella mochila; y se habría podido argumentar que era su mejor mitad. Allí había cosméticos, un cepillo para el pelo, pasta dentífrica, hilo dental, bragas y muchos otros artículos que quería tener a mano en el caso de que su equipaje llegara a extraviarse. «Oh, admítelo, Candy —pensó—, podrías vivir durante semanas de esa mochila.»

El sol caía sobre sus hombros mientras descendía, y enseguida empezó a sudar. Era de esperar que el sol tuviera que brillar directamente dentro de esa grieta en ese momento, pensó con irritación. Media hora antes o después, y sus rayos no habrían penetrado allí.

Cuando ya se encontraba muy cerca del fondo, Gwen resbaló y sin darse cuenta le dio a su mochila una patada que la dejó firmemente incrustada en el fondo del estrecho barranco. Gwen miró el sol con lo ojos entornados y musitó:

—Oh, vamos. Estoy tratando de dejar de fumar en este rincón perdido del mundo, así que cuando te venga bien podrías ayudarme un poco.

Descendió cautelosamente el último metro y puso un pie en el suelo. Bueno, ya estaba. Lo había conseguido. En aquel espacio tan reducido apenas quedaba lugar suficiente para darse la vuelta, pero había conseguido llegar hasta allí.

Candy bajó el otro pie, recogió su chaqueta y extendió los dedos hacia la tira de la mochila.

Cuando el suelo cedió bajo sus pies, lo hizo de una manera tan súbita e inesperada que Candy apenas tuvo tiempo de soltar una exclamación ahogada antes de precipitarse a través del fondo rocoso del barranco. Durante unos segundos aterradores cayó en el vacío, y luego tomó tierra con tal violencia que el impacto la dejó sin respiración.

Fragmentos de rocas trituradas y un poco de tierra llovieron sobre Candy mientras yacía en el suelo y trataba de volver a llenarse los pulmones. Como si no hubiera suficiente con eso, la mochila cayó por el agujero tras ella y la golpeó en el hombro antes de alejarse rodando hacia la oscuridad. Candy finalmente consiguió hacer una temblorosa inspiración, escupió pelos mezclados con tierra y evaluó mentalmente su estado antes de tratar de moverse.

La caída había sido bastante violenta y Candy sentía el cuerpo lleno de magulladuras. Le sangraban las manos debido a sus frenéticos intentos de encontrar algún asidero mientras se precipitaba a través de aquella abertura de contornos irregulares, pero por suerte no parecía tener ningún hueso roto.

Cautelosamente, Candy giró la cabeza y alzó la mirada hacia el agujero a través del que había caído. Un terco rayo de sol se filtraba hacia ella.

«No me dejaré dominar por el pánico.» Pero el agujero quedaba a una distancia inaccesible por encima de su cabeza. Y lo que era todavía peor, Candy no se había encontrado con ningún otro excursionista durante la subida hasta aquel lugar. Podía gritar hasta quedarse afónica, y aun así no ser encontrada jamás. Reprimiendo un estremecimiento de puros nervios, Candy trató de ver algo entre la penumbra. La negrura llena de sombras de una pared se alzaba a unos cuantos metros de allí, y pudo oír el tenue gorgoteo del agua fluyendo en la lejanía. Obviamente, había caído dentro de alguna clase de caverna subterránea.

«Pero el folleto no decía que hubiera ninguna caverna cerca del lago Ness.»

Todo pensamiento cesó abruptamente cuando Candy se dio cuenta de que aquello sobre lo que estaba tendida no era roca o tierra. Aturdida por la súbita caída, dio por sentado que había aterrizado sobre el duro suelo de una caverna. Pero si bien aquello era duro, ciertamente no estaba nada frío. De hecho, estaba más bien caliente. Y dado que ningún rayo de sol había entrado en aquel lugar hasta hacía unos instantes, ¿cuáles eran las probabilidades de que algo pudiera estar caliente dentro de aquella fría y húmeda cueva?

Candy tragó saliva y se quedó completamente inmóvil mientras intentaba adivinar sobre qué estaba yaciendo sin que para ello tuviera que llegar a mirarlo.

Lo empujó con un movimiento de la cadera. Lo que quiera que fuese cedió ligeramente, y al tacto no parecía tierra. «Voy a vomitar —pensó Candy—. Parece una persona.»

¿Había caído dentro de una antigua cámara funeraria? Pero, en tal caso, allí no tendría que haber nada aparte de unos cuantos huesos. Mientras Candy debatía consigo misma si debía hacer algún otro movimiento, el sol llegó a su cénit, y un haz de intensa claridad bañó el punto en el que había caído.

Recurriendo a todas sus reservas de valor, Candy se obligó a mirar hacia abajo. Y gritó.

Continuara...

Candy se encontro con el jardinero durmiente? Jajajaja