¡Hola! :D
Simbología:
…Las frases centralizadas y con punto suspensivo…: Poema
~xXx~: Cambio de escena.
"""": Inicio de un recuerdo.
"""": Fin del recuerdo.
.
.
. : Salto en el tiempo.
LOS PERSONAJES PERTENECEN A TITE KUBO
Capítulo Segundo
"Ángeles asesinados"
Uryu corría por las calles de la ciudad de Karakura, con el corazón latiéndole a mil por el esfuerzo físico y el mar de emociones que lo asechaban.
"Oka-san…"
Era en lo único que lograba pensar, y hacerlo solo le provocaba más lágrimas.
Su respiración se entrecortaba y no podía dejar de sollozar ni de correr, mientras las gruesas gotas de lluvia le caían en el rostro.
De pronto cayó al suelo, por culpa de sus lentes empañados que le obstruían la visión.
Se incorporó y quedó de rodillas sobre un charco de agua. Ya no lo resistía, la expresión de dolor de su madre se le quedó marcada en la memoria como un clavo hundiéndose cada vez más en su pequeño corazón de niño.
Tragó saliva y soltó un sollozo.
–Oka-san…
–Pero qué imagen tan triste. –Uryu levantó la mirada hacia quien había dicho esas palabras y se encontró con el sujeto de antes. Sus pequeñas orbes se abrieron con espanto–. Me parte el corazón.
Intuitivamente cerró los ojos, esperando cualquier cosa de ese tipo.
Kirge Opie sonrió por el gesto de miedo del muchacho y con tranquilidad se agachó hasta quedar a su altura.
Tomó una de sus pequeñas manos y de un jalón rompió la cadena Quincy del niño. Luego abrió el guardapelo y esperó a que la cruz fuera a refugiarse en el objeto, pero nada ocurrió.
Una de sus cejas se enarcó lentamente.
Hizo el procedimiento manualmente, pero el guardapelo escupió el medallón y la cruz cayó en un charco de agua.
Entrecerró la mirada, suspicaz.
Volvió a tomar el objeto ahora mojado y lo observó atentamente. La cruz del niño reposaba en la palma de su mano y le costó asimilar que estaba evaporando el agua de su guante. Y no solo eso, estaba quemando la tela.
De pronto sintió un dolor y soltó el medallón. Al observarse la mano, vio como tenía una quemadura con la forma de la cruz del niño.
Uryu estaba completamente quieto, paralizado por el miedo y el frío que comenzaba a colarse en sus entumecidos huesos. Tanto así, que no se dio cuenta cuando el sujeto lo agarró del mentón y lo observó atentamente.
–Qué extraño… esto no debería pasar –le dijo, antes de escuchar al aire cortarse y alcanzar a esquivar una flecha.
Levantó la vista y vio la silueta de un anciano, con arco desplegado.
–Ha pasado tiempo desde la última vez que se hizo ver en público –continuó Opie–, Ishida Souken.
…Ah, mi hermosa luna,
si tu luz no se extinguiera,
cuando las nubes cubren el sol,
cuando la lluvia te golpea…
El aludido en un segundo estaba entre el pequeño y Kirge. Se arrodilló para recoger por la cadena el medallón en el piso y se lo entregó a su nieto.
–No lo pierdas nunca, Uryu –le dijo.
Luego le dedicó una mirada neutra al soldado Quincy, esperando a que hablase.
–Así que… ¿me dirá porque el Auswahlen rechaza a este niño, señor Ishida?
El anciano cerró por un momento los ojos, y cuando los abrió, ya no estaba a la vista de Opie.
Kirge formó algo parecido a una sonrisa y comenzó a caminar, con las manos juntas en su espalda.
–Ya veo, una respuesta sabia. –Se detuvo a mirar el cielo gris, mientras gotas de lluvia le caían en el rostro y la gorra–. Creo tener interesante información que darle a Su Majestad.
~xXx~
Uryu apoyaba la cabeza en el hombro de su abuelo, exhausto, mientras éste lo cargaba hasta casa.
– ¿Qué pasará con mi Oka-san? –Le preguntó en un susurro.
Souken cerró los ojos por un momento y tragó saliva. Intentó percibir su reiatsu pero no lo encontró, solo podía sentir el de su hijo, moviéndose a un punto en específico.
–Tu papá está con ella, estará bien.
En verdad le era insoportable ver una cara triste.
~xXx~
Siguió corriendo a más velocidad. Estaba sintiendo la presencia de un Hollow y ya no sentía la de su esposa.
"El Hollow es débil, Kanae es mucho más fuerte. Estará bien", intentó auto-convencerse.
Dobló en una esquina y la encontró al fin: en manos de un Vacío con la mitad de su cuerpo con forma de rombo, de un color gris y una lengua que amenazaba con devorar el alma de Katagiri.
– ¡Kanae! –Gritó, antes de desplegar su arco y lanzar una flecha a la extremidad atacante.
La lengua del monstruo se partió en dos y soltó a Katagiri. Con un hirenkyaku, Ryuken llegó hasta su esposa y la atrapó antes de que colisionara con el suelo.
El Hollow había retrocedido dando un grito, escondiéndose en el espacio entre Hueco Mundo y el mundo material.
Los ojos de Ryuken no podían creer lo que veían. Parecía como si el tiempo se estuviera moviendo muy rápido o muy despacio, de forma irreal.
"Esto es una pesadilla… Tiene que ser una pesadilla", pensó.
El aliento se le fue y ciñó fuerte a su esposa, sintiendo como la sangre de ella se le escurría entre los dedos.
–Kanae –la llamó, con la voz quebrándosele–. Dime que sigues aquí, Kanae ¡por favor!
Katagiri abrió los ojos levemente y se encontró con el rostro entristecido de su marido.
–R-Ryuken… –musitó, esbozando una sonrisa.
– ¡Kanae! –Volvió a llamarla, como si diciendo su nombre una y otra vez detuviera su muerte–. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué…? ¿¡Quién te ha hecho esto!?
No sabía por dónde empezar. Las pulsaciones le hacían temblar las manos, y la lluvia lo regaba de forma cruel.
Kanae cerró los ojos un momento, para abrirlos después con una mueca de dolor. Se llevó una mano a su adolorido vientre. Estaba completamente empapada, con una herida punzante en la espalda y un hilo de sangre escurriéndosele de la boca.
Vio los ojos azules del hombre que la había hecho tan feliz y volvió a sonreír.
–No llores, Ryuken… –susurró, secándole las lágrimas antes de que se escaparan y recorrieran sus mejillas–. Ahora… –continuó, cada vez con más dificultad y aferrándose a la empapada camisa de su esposo–. Hay alguien a quien debes proteger… Protege a nuestro hijo, Ryuken… Por favor… Protégelo…
– ¿De quién? ¿¡Quién te ha hecho esto!?
–De… nosotros… –Cerró los ojos de nuevo, y poco a poco sus dedos soltaron la tela de la que se aferraban.
El hombre tomó su mano antes de que cayera, sujetándola con fuerza.
Katagiri quiso recordar todos los buenos momentos que había tenido con su marido. Cuando se conocieron, sus travesuras de niños, los gestos tan amables de él, sus lágrimas, cuando le pidió que se marcharan juntos, sus primeros besos, sus primeras palabras de amor, cuando le pidió matrimonio, el momento en que se enteró de que estaba embarazada, cuando dio a luz a Uryu y la primera vez que estrechó a su hijo entre sus brazos…
No podía ni quería quejarse. Había tenido una vida feliz, después de todo, ella misma dijo que a su lado siempre estaría feliz. Y él estaba aquí otra vez, llenándola de alegría con su sola presencia. Volvió a sonreír.
–Gracias… Ryuken…
–Kanae… –apenas pudo decir.
Su pecho se agitaba con vehemencia por los nervios. Intuitivamente la tomó entre sus brazos, y aguantándose la opresión que deseaba verlo derramar lágrimas, se tragó su llanto y corrió hasta el hospital.
~xXx~
En cuanto llegó a su destino, una enfermera, tapándose la boca con ambas manos, movilizó una camilla para la esposa del director.
–Preparen un quirófano, entraré a operar.
–Pero, señor, no es bueno que usted-
–No pedí tu opinión, solo hazlo.
La enfermera se sorprendió por el tono usado por el director. Usualmente él era una persona bastante amable.
–Sí, señor.
En menos de media hora, estaba ataviado del pijama quirúrgico, con la luz de varios focos iluminando el cuerpo de su esposa sobre la mesa de operaciones.
Los ojos de Ryuken estaban apagados, mientras el anestesista trabajaba con el carro de medicación, ubicando sondas de aspiración y tubos endotraqueales.
El cuerpo de Katagiri estaba cubierto con una sábana, volteado de modo que se tuviera acceso a la herida en el dorso de su figura.
–Estado –cuestionó Ryuken con voz fría, mientras otro doctor preparaba una jeringa.
–Laceración en la espalda y derrame interno en la zona abdominal –respondió una enfermera.
– ¿Órganos en peligro?
–Posiblemente solo el útero.
– ¿Pulmones?
–Sin cisuras.
–Suturaremos la herida en la espalda, está perdiendo mucha sangre, y luego esterilizaremos para evitar agentes asépticos.
Y diciendo esto, comenzó a operar.
Movía sus manos de forma mecánica, su mente estaba vacía mientras trabajaba con el material de sutura, borrando de su cabeza el hecho de que era su esposa la que estaba allí.
–Constantes vitales –decía de tanto en tanto.
–Todo en orden.
Pasaron unas horas para que la herida estuviera completamente cerrada, deteniendo el derrame del líquido vital.
–Sudor –pronunció. Rápidamente la enfermera instrumentista deslizó un pañuelo por su frente–. Inicien la transfusión.
Voltearon a Kanae, y Ryuken pudo ver su rostro, más pálido por la pérdida de sangre, con sus negros cabellos encerrados en una gorra. Desvió la mirada y enfrió su mente para concentrarse en el procedimiento.
–Abriremos el vientre para localizar el origen de la hemorragia. –Extendió una mano hacia la mesa auxiliar y la armamentista le alcanzó el bisturí.
Deslizó la hoja por la blanca piel moreteada, la cual se desgarró con un sonido peculiar. En sus manos podía sentir los restos de un reiatsu poderoso, perteneciente a un Quincy.
Frunció el ceño.
Las enfermeras acomodaban instrumentos para permitir el acceso a los órganos sangrados, limpiando la sangre y deteniendo el torrente carmesí.
Ryuken miró de soslayo los parpados cerrados de su esposa, luego su boca, refugiada en un respirador. Recordó todos los besos que esos labios, ahora azulinos, le habían dado. Todas las bellas palabras que le habían pronunciado, todo el aliento que le había entregado y arrebatado en un roce.
…Mis dedos tiemblan en esta oscuridad,
no encuentran tu silueta luminosa,
te quieren abrazar…
El grito ahogado del doctor asistente no pasó desapercibido para nadie.
Las dos enfermeras que allí se encontraban vieron la escena con espanto, articulando pequeñas exclamaciones de pena y horror.
Ryuken dirigió la vista hacia las manos del otro médico, perdiendo el aliento y haciendo que su pulso se desenfrenara.
–L-La radiografía no mostraba esto por el d-derrame… –intentó explicar el cirujano, tomando entre sus dedos la imagen de la muerte.
–Señor… –apenas pudo decir una de las enfermeras, viendo el rostro empalidecido de su jefe.
La otra en cambio, había salido del quirófano y se dirigió al teléfono más cercano.
–Necesitamos al cirujano de turno en el quirófano 3 ¡rápido!
Ryuken tembló y lentamente comenzó a retroceder, quitándose los guantes ensangrentados.
Abrió una puerta y comenzó a correr por la zona de lavado, alejándose del lugar y rozando el hombro del doctor que iba en camino a reemplazarlo.
Los pacientes en las salas de espera observaron extrañados al hombre que corría, con mascarilla y gorra quirúrgica puesta aún, en dirección a su despacho.
Llegó a la puerta del lugar y vio a un colega que lo estaba esperando.
– ¿Director?
Ryuken hizo a un lado al sujeto y entró a su oficina, cerrando la puerta de un portazo. Avanzó tambaleante hasta su escritorio, donde aún se hallaban los papeles que no terminó de revisar.
Se afirmó de allí y se sacó de un tirón la mascarilla y la gorra de cirujano, arrojándola al piso.
Su pecho se agitaba fuerte, le costaba respirar y su cerebro aún no procesaba lo que había visto. Solo podía oír su entrecortada respiración, intentando salir por entre sus dientes. Un calor amargo le subió desde la boca del estómago y se acopló en su garganta, haciendo a sus ojos aguarse.
Escuchó la voz de su esposa decirle que no llorara y se imaginó sus suaves manos rodeándolo en un abrazo, calmando sus tormentos, como siempre lo había hecho. Iluminándolo con su sonrisa, llenando sus vacíos con su amor incondicional.
Hizo sus manos un puño y golpeó con furia la estructura, cerrando los ojos con fuerza y aguantándose las ganas de gritar, apretando los dientes.
Sintió nauseas, rabia, miedo, la impotencia lo asechaba. Ya antes se había sentido un inútil, por no poder proteger a su prima y haberse convertido en el que echó por la borda el futuro de su clan. Pero el sentimiento que sintió entonces no era nada comparado con éste. El rechazo y decepción de los Quincy solo habían sembrado en él un rencor humano.
Ahora su corazón estaba lleno de odio, pero especialmente, lleno de dolor. Dolor por perder a su esposa y al hijo que ni si quiera había alcanzado a tener.
Recordarlo le hizo soltar un lamento cargado de sufrimiento.
Miró hacia un costado y allí estaba: la foto de su mujer, sonriéndole con una mirada cálida, que llegaba a entibiar su corazón.
Ella había sido la única persona en el mundo, que desde siempre, fue capaz de descifrar lo que tergiversaba su boca. Conocía todas sus verdades sin que se las dijera, y podía enfrentarse a las batallas de la vida, sabiendo que al llegar a casa, alguien lo libraría de su armadura en silencio y lo abrazaría, a él y a todas las debilidades que intentara ocultar. Con ella podría mostrarse débil y fuerte, valiente y cobarde, pero siempre lo querría y estaría a su lado para protegerlo.
Se abrazó a la fotografía, encogiéndose y tragándose el llanto que hacía de todo por salir. Pero no se lo permitió, eso le hubiera roto el corazón a Kanae.
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Tres meses habían pasado desde aquel día y Katagiri no recuperaba la conciencia. Cada vez Ryuken sentía como su reiatsu iba disminuyendo, y en todas esas ocasiones le iba cediendo el de él.
Pero llegó un momento en que ni si quiera dándole todo su reiatsu, Kanae resistiría.
Ryuken se sentó al lado de la camilla donde el cuerpo de su esposa descansaba y deslizó uno de sus largos cabellos.
La contempló por un largo rato, recordando todos los bellos momentos que habían tenido juntos. Desde el día en que se conocieron, hasta el último beso que se habían dado, la mañana del 17 de junio, antes de que él se fuera a trabajar.
Entrelazó su mano a la inerte de ella y sintió mucho dolor al no recibir reacción alguna. De Kanae jamás había recibido indiferencia.
Soltó un suspiro, antes de depositar un beso en los blancos nudillos.
El pitido de las máquinas que vigilaban sus constantes vitales hace días que estaba perdiendo su ritmo. Desde semanas que el sonido de su corazón debió apagarse y era él y su reiatsu lo que habían impedido que eso sucediera.
Sus ojeras estaban marcadas y una barba de algunos días cubría su mentón. Ya no tenía fuerzas ni energía espiritual que entregarle.
Miró su rostro vivo por última vez, antes de depositar un beso en sus labios azulados, sintiendo como el hilo de su respiración se extinguía y la habitación se llenaba del sonido del último pitido, mucho más largo y cruel que los otros.
Se incorporó y salió al pasillo, donde una enfermera lo esperaba con unos papeles. Ryuken los firmó rápidamente.
–Donen sus órganos.
~xXx~
Uryu caminaba por los pasillos del hospital.
Por ser hijo del director, los funcionarios lo veían constantemente y no le preguntaron qué es lo que hacía allí, pensando de antemano que probablemente iba al despacho de su padre.
Antes de llegar a la habitación de su mamá, vio que su papá terminaba de hablar con una enfermera y se marchaba con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos de su delantal.
Iban en sentidos contrarios y Ryuken no se percató de la presencia de su hijo hasta que éste se posicionó justo en frente de él.
– ¡Oto-san! –Comenzó con entusiasmo–, en clase de manualidades me hicieron hacer esto. –Le enseñó un florero hecho con la mitad de una botella plástica y pintado con tempera, adornado con fideos y lentejuelas–. Lo traje para las flores de Oka-san.
Ryuken se quedó en completo silencio, con la mirada ensombrecida.
No le dijo nada, no fue necesario, porque por detrás de la figura de su padre, Uryu pudo ver que de la habitación de su madre sacaban una camilla con una figura cubierta con una sábana blanca.
Su joven corazón dio un vuelco y sus ojos se aguaron al segundo. Miró a su papá, en busca de apoyo, pero éste no le devolvió la mirada. Se sentía avergonzado, ¿cómo decirle que no había sido capaz de salvar a su madre? Había vuelto a ser un completo inútil.
–O-Oka-san… –sollozó Uryu–. ¡Oka-san! –La llamó, haciendo intención de correr hacia ella.
Ryuken se lo impidió, tomándolo por un brazo.
– ¡Oka-san! –La seguía llamando, entre lágrimas y siendo llevado por su padre en la dirección contraria–. ¡Oto-san, diles que no se lleven a Oka-san, tú puedes traerla de vuelta! –Su padre lo apretó con más fuerza del brazo y se mantuvo en silencio–. ¡Oka-san!
Cada llamado de su hijo a la mujer que fue su esposa, era una daga que atenazaba a su vendado corazón.
Arrastró a Uryu hasta su despacho y lo sentó sobre su escritorio, tomándolo firme de los hombros y mirándolo fijamente.
– ¡Ya basta! –Le dijo–. ¡Deja de llorar! ¿Crees que a tu madre le hubiera gustado verte así? –El pequeño se quedó en silencio, mirando asustado a su padre–. Llorando jamás llegarás a algo, Uryu. Ya deja de hacerlo.
"No seas igual que tu padre", pensó.
–Pero…
–Dame eso. –Antes de recibir respuesta, le arrebató el florero–. Yo lo usaré. –Dejó el objeto en su escritorio, cerca de la fotografía de Kanae–. No estés triste, hoy puedes ir a casa del abuelo.
Otro día eso lo hubiera puesto feliz, pero aquel no.
Abatido, se bajó del mueble y se fue en silencio, cerrando despacio la puerta.
En cuanto su hijo se fue, Ryuken abrió un cajón y sacó una caja de cigarrillos. Extrajo uno y lo puso entre sus labios, para encender el vicio de nuevo.
Observó pensativo la ceniza que intentaba quedarse en su lugar y antes de que ésta cayera al piso, usó el florero como cenicero.
…Tu imagen de luna,
en su ciclo se aparece,
fumaré para recordarte,
llena, nueva y menguante…
Continuará…
Gracias por leer :'D
