"–…

–…

¿Puedo ayudarte en algo?

Eres lindo.

–… ¿Perdón?"

Fueron éstas las primeras palabras que se dirigieron el uno al otro algunos meses atrás mientras el ojiverde daba un paseo por el jardín de una plaza. Después del desconcierto inicial, Flippy trató de darle la vuelta a ese desconocido y salir de la extraña situación en la que se había metido, donde Splendid le siguió durante todo el día haciendo toda clase de indiscretas preguntas personales.

"¿Cuál es tu nombre?"
"¿Dónde vives?"
"¿Tienes un perro?"
"¿Pareja?"
"¿Te gustaría salir conmigo?"

Por supuesto el peliverde no contestó ninguna y se limitó a caminar por las calles lo más rápido que podía –algunas veces por lugares desconocidos o aglomerados– para intentar perder a su insistente perseguidor. Pero de alguna forma el chico de cabellos azules lograba darle alcance y ponerse frente a él a pesar de que el exmilitar habría jurado perderlo varias cuadras atrás.

Podría ser sencillo suponer que el exmilitar podría deshacerse de tal molestia simplemente encarándolo, tal vez darle un golpe, derribarlo o sólo asustarlo de ser necesario. Pero Flippy era una persona tranquila y amigable, desde su regreso de la guerra procuraba mantener la paz consigo mismo para evitar cualquier catástrofe con el otro habitante de su ser, y cuando se dio cuenta de que ese chico no se daba por vencido aun cuando pedía explícitamente que lo dejase en paz simplemente se rindió y permitió que lo acompañara en el resto de su paseo ese día.

Después de ese primer acercamiento, las ocasiones en que ambos jóvenes se encontraban por las calles empezaron a ser cada vez más frecuentes cuando nunca, antes de aquel primer encuentro, se habían visto. Flippy sospechaba de ello, pues sumado a eso, Splendid no se conformaba con un simple saludo de conocidos; sino que se afanaba en acompañar al más bajo en sus paseos fuera de casa hasta prácticamente dejarlo en la puerta de su hogar. Al principio el exsoldado se mostraba reticente a estas breves caminatas de dos, incluso llegó a desistir de salir para evitar encontrarse con su incansable "acosador". Pero poco a poco le parecía el chico más agradable con aquel humor invariablemente excelente y contagioso, alegre y jovial. Siempre tenía algo nuevo de qué hablar o por el qué preguntar. Sus pláticas eran ligeras y llevaderas, hacían indudablemente más entretenidos sus recorridos por el exterior aun cuando Splendid era capaz de decir las cosas más vergonzosas con la mayor naturalidad del mundo.

" –Caminar es divertido, hace mucho que no lo hacía.

Oh, lo había olvidado. Tú eres un "héroe", sin duda volar o lo que sea que hagas para transportarte es más eficiente que usar tus piernas como yo. ¿No sería mejor hacerlo a tu modo?

Uhm~…. Síp, sin duda es mil veces más eficiente. Pero entonces, Flippy, tú no podrías ir a los lugares a los que yo sí. A menos claro, que me permitas cargarte.

No, no, gracias. A los simples mortales nos gusta mucho andar por tierra. Además, tú mismo lo dijiste: caminar es divertido y si mantienes los pies en el suelo podremos salir juntos a donde sea.

¡¿Salir juntos?!

No en ese sentido, Splendid.

Ahhh…. Qué pena".

Sus encuentros dejaron de ser accidentales para volverse planeados. Cuando descubrieron que sus hobbies eran parecidos sustituyeron poco a poco las salidas casi cotidianas por tardes enteras horneando galletas o pasteles, o simplemente leyendo cómics y conversando sobre cualquier tema que se les ocurriera.

De esta forma Splendid llegó a constituir una parte importante del tiempo libre del soldado pues después de la guerra, cuando sus amigos y familiares se alejaban de él por temor o desconfianza, el que alguien insistiera en estar a su lado y conocerlo sin juzgar su pasado o incluso su presente, resultó para Flippy un gran apoyo emocional.

Si a ese atolondrado chico; su amigo, le sucediese algo por su causa, él no se lo perdonaría.

Despertó con un dolor de cabeza más fuerte que con el que había caído dormido, soltó un quejido y enderezó un poco el tronco desconcertándose cuando una delgada sábana resbaló por su espalda. No lo recordaba, pero al parecer había tenido la delicadeza de desplomarse en su cama y aparte procurarse cobijo… Él habría jurado que el suelo fue la última imagen que vio antes de perder la consciencia.

No estaba seguro de qué hora era, por fuera sólo se colaba una luz blancuzca suficiente para iluminar su estancia y ayudarle a orientarse en aquella habitación, al mirarla le pareció algo vacía. Se alzó tambaleante y aturdido, dobló la prenda depositándola sobre la almohada y finalmente caminó hacia el buró contiguo a su cama donde había una jarra de agua y un vaso de cristal.

Todo había sido relativamente tranquilo en esa ocasión: los somníferos lograron hacer efecto antes que el fulgor amarillo y la ira se apoderaran por completo de sus ojos y no supo de sí mismo hasta ese momento, y como si fuera poco, su cuerpo le había dado el consuelo de un sueño agradable por primera vez en semanas.

Flippy se dejó caer en canastillas de espalda contra sus aposentos, preguntándose, ¿por qué soñaba ahora con sus primeros encuentros con Splendid? A su mente vinieron de inmediato recuerdos de lo ocurrido esa misma tarde, no fue la gran cosa, sabía que todo estaría bien si se disculpaba por haber sido hosco, pues si algo era destacable de su amigo era su buen carácter. El de ojos azules no era alguien rencoroso, nunca le había visto enojado, triste o siquiera indispuesto, probablemente ni siquiera tomaría importancia a esa insignificante disputa y sólo lo olvidaría como cualquier pequeño incidente.

Pero el suponer, aun cuando puedes acertar, siempre es un gran error y Flippy no era una persona tan orgullosa como para no saber decir lo siento cuando era necesario.

Simplemente esperaría a su siguiente visita y arreglaría las cosas con Splendid.