Bueno, lo prometido es deuda. Por increíble que parezca, hemos cumplido el plazo: aquí os traemos el segundo capítulo de «Invictus» tras cuatro semanas de espera —Ana, aquí lo tienes, jeje.

Las reviews las contestaré por PM (a quien esté registrado, claro).

Se me olvidó agregar un fanart perteneciente al primer capítulo, por lo que lo editaré para agregarlo —al igual que pondré el link en mi perfil.

Sólo deciros que estoy muy satisfecha de cómo ha quedado este segundo capítulo, puesto que aquí algunas escenas me han hecho vibrar prácticamente como lo hizo el original. Espero que a vosotros os complazca tanto como a mí.

Muchas gracias a mi amiga MAEC: Dirás lo que quieras, pero sin ti esto no sería lo mismo ni de lejos.

Nos vemos en otras cuatro semanas (cruzad los dedos).


Capítulo 2: Hacia el interior del bosque.

Sano dejó caer su mochila frente a la puerta de los Kamiya y estiró los brazos por encima de la cabeza, sintiendo cómo sus articulaciones crujían. El maldito viaje se le hacía cada vez más largo. Además, en esos días la carretera del Mar del Este era cada vez menos segura, con las pistolas sin regular del Oeste inundando el país y los campesinos recurriendo al bandidaje para llegar a fin de mes. No era que tuviera nada que reprocharles. Teniendo en cuenta la inflación y el incremento en los impuestos, todo se reducía a eso: morirte de hambre o vender a tus hijos como esclavos.

Flexionó su mano derecha, haciendo una mueca de dolor. Había habido más caravanas de esclavos de las habituales; tenía sus propias teorías de por qué había sido así, aunque eso no hacía que pasarlas por alto sin hacer o decir algo fuera en absoluto más fácil. Tenía que recordar que ya no estaba él sólo y que no lo había estado desde hacía bastante tiempo. Había un plan. Y el plan estaba en marcha.

Viviría para ver un Japón libre.

—¡Ey! ¡Señorita! —voceó. La puerta estaba cerrada. No era lo normal y siempre significaba que se debía proceder con cautela. Sano esperó durante un momento y entonces volvió a gritar.

—¿Chico? ¿Hay alguien en casa?

Pasos. La puerta se abrió y Kaoru asomó la cabeza para echar un vistazo. Sonrió cuando le vio, pero sus ojos guardaban una demacrada y quebradiza mirada. Él arrugó la frente preocupado.

—¡Sano! Bienvenido de nuevo —dijo ella, y abrió más la puerta. Viendo cómo la observaba, agrandó su sonrisa. Sano crujió los nudillos y le lanzó una mirada de «no-me-engañas».

—¿Qué pasa, señorita?

La sonrisa de ella se desvaneció y apartó los ojos.

—Será mejor que entres primero. Es complicado.

—¿De veras? —Él recogió su mochila y la lanzó sobre su hombro—. Entonces supongo que entraré.

El recinto estaba en silencio. Los altos muros bloqueaban cualquier pequeño ruido que pudiera llegar de las calles aunque tampoco era que Kaoru tuviera muchos vecinos, de hecho. El aislamiento lo hacía un lugar muy útil para esconder cosas —y gente— que él no quería que encontraran. Eso y la reputación de Kaoru. La comunidad había respetado mucho a sus padres y parte de ese glamur había pasado a su hija. Al no haber carecido nunca de influencia la joven no se percataba de ello, pero la gente le brindaba más cortesía de la habitual y, por esa razón, nunca sospecharía que ella albergaba esclavos huidos —o nada que fuera ilegal.

No sólo concentraba aquí a los que se escapaban: estaban los paquetes y los «amigos necesitados de ayuda», y quizá estaba mal usar su casa como un refugio para la causa; pero Kaoru nunca hizo preguntas y era mucho más seguro para ella si desconocía el alcance real de las cosas.

—¡Yahiko! —exclamó ella mientras caminaban juntos hacia el edificio principal—. ¡Sano ha vuelto!

—¡Ya era hora! —brotó un grito indignado de la sala de entrenamiento. Yahiko salió como una exhalación, apenas deteniéndose para meterse en sus sandalias, y saltó en el aire con su espada de bambú levantada.

—¡Prepárate!

Sano se echó hacia un lado sin inmutarse. Yahiko aterrizó en el suelo —esta vez no se tambaleó, bien por él, el chico había estado trabajando duro— y cargó de nuevo. Sano presionó su mano contra la frente de Yahiko y lo contuvo de forma casual a la distancia de su brazo mientras el chico blandía su espada de prácticas, intentando conectar un golpe con ferocidad.

—Luego, chico, ¿vale? Me parece que la señorita y yo tenemos un asunto del que encargarnos.

Y, para sorpresa de Sano, el chico desistió al instante.

—Sí —dijo él, bajando la espada de bambú—. Ese tipo. Um... Kaoru, ¿debería...?

—Vuelve a la sala de entrenamiento. Cuando hayas terminado los ejercicios de hoy y hayas limpiado, puedes irte y hacerle una visita a Tsubame.

—Entendido. —Asintió con la cabeza y se marchó. Sano se quedó estupefacto.

Debe de ser algo serio —comentó, y fue sólo una broma a medias.

—Lo es —dijo ella, deteniéndose para quitarse los zapatos—. O al menos eso cree Megumi.

Sano se deslizó fuera de sus propias sandalias y la siguió hacia el interior de la casa.

—Bueno, no me tengas en ascuas. ¿Qué pasa?

—Probablemente sea más fácil mostrártelo. No pierdas los estribos, ¿de acuerdo? —Ella se detuvo frente a las habitaciones libres y golpeó en el marco de madera de la puerta de papel—. ¿Kenshin? Voy a entrar.

¿Kenshin? Sano frunció el ceño. Nunca antes había oído ese nombre. ¿En qué se había metido Kaoru en las dos semanas que él había estado fuera? No podía ser muy malo o Megumi le habría enviado una paloma mensajera...

No hubo ninguna respuesta del interior de la habitación, pero Kaoru abrió la puerta de todas formas. A Sano le llevó tres segundos reconocer al hombre vendado que se encontraba arrodillado en el futón1 —pelo rojo, una marca de esclavitud en su mejilla izquierda, unos extraños ojos azules— y tan pronto como lo hizo, empujó a Kaoru tras su espalda y subió los puños.

—¡Kaoru, sal de aquí!

—¡No! —Ella se abrió paso empujándolo; Sano la cogió del cuello del kimono y ella gritó, momentáneamente muda de la impresión. Y justo después el Asesino estaba de pie, arremetiendo contra ellos, y Kaoru estaba en medio...

—¡Kenshin!¡Detente!

Las piernas del Asesino se doblaron bajo su cuerpo. Se derrumbó sobre el suelo, temblando, y apretó la frente contra la estera. Sano se quedó boquiabierto. Suavizó el agarre que ejercía en el cuello del kimono de Kaoru y ésta se alejó de él para arrodillarse al lado del Asesino. Y éste se encogió, apartándose de ella.

—Señora. Perdone a este ser despreciable —murmuró, y Sano vio cómo sus dedos se hundían ligeramente en las esteras.

Sano se quedó mirando la escena con la sangre y la adrenalina todavía palpitando en sus venas. Entonces los engranajes de su cabeza empezaron a girar y se combó pesadamente contra la puerta, vaciando sus pulmones en un único suspiro lleno de estupor.

Mierda.

Kaoru lo ignoró, posando dos dedos en la manga del Asesino con suavidad. Él se sobresaltó ante el contacto, preparándose para recibir un golpe.

—No pasa nada —dijo ella en voz baja, y Sano la conocía desde hacía demasiado tiempo como para no percibir la ira contenida que habitaba en sus ojos, aun incluso cuando ella mantenía su postura de forma tan cuidada—. Sano también me asustó a mí. Pero él es mi amigo y no puedes hacerle daño, ¿lo entiendes?

—Sí, señora. No habrá más errores.

Sano nunca había oído hablar al Asesino antes. Conocía al hombre, por supuesto, lo había visto un par de veces cuando Kanryu había hecho apariciones en público llevando consigo un guardaespaldas, pero nunca le había oído decir ni una sola palabra. Su voz era... Ni siquiera era una voz. Era un sonido que emitía palabras. Las voces tenían personalidad, decían algo al que escuchaba sobre la persona a la que pertenecían. La voz de Kaoru era aguda y resuelta, la de Yahiko era descarada y alta, la de Megumi era baja y suave como la seda negra... pero no había nada en la voz del Asesino. Sólo era un sonido.

Sano reprimió un escalofrío.

Kaoru convenció al Asesino de que volviera al futón y deslizó con cuidado la parte de arriba de su bata para revisar sus vendajes. Sano se dio cuenta entonces de toda la extensión de sus heridas y cerró los ojos durante un breve instante mientras se maldecía a sí mismo por haber sido un idiota. Por supuesto. Por supuesto, si ella se hubiera encontrado a alguien en ese estado habría tenido que ayudarlo. No estaba en ella no hacerlo. ¿Y por qué iba a pensar que debía tener cuidado si él nunca le había dicho que debía tenerlo? Había estado intentando protegerla, maldita sea.

Presionó su frente con la base del pulgar durante un instante, sintiendo cómo se avecinaba un dolor de cabeza. Maldita sea. Maldita sea.

Los ojos de Sano se entrecerraron mientras observaba a Kaoru atender al Asesino. No parecía gran cosa, sentado sobre el futón mientras Kaoru le revisaba las heridas. Habría sido una tierna estampa: la mujer atendiendo al guerrero herido; si no fuera por la total inexpresividad en los ojos de él y por la forma en que seguía cada movimiento que hacía ella. Como si su vida dependiera de anticiparse a esa mujer y de ceder a sus deseos sin que se lo preguntaran...

Algo más hizo clic y a Sano se le trabó la lengua en una sarta de palabras que definitivamente no quería que Kaoru supiera que usaba con regularidad.

—¿Kaoru?

—¿Sí? —dijo ella, terminando su examen.

—¿Cómo, exactamente, ha acabado el Asesino aquí?

Su nombre —y Sano se encogió ante la acidez que residía en su voz— es Kenshin. Por favor, úsalo.

—Bien. —Él cerró los puños conteniendo su creciente ira—. ¿Cómo ha acabado Kenshin, la pequeña mascota rabiosa de Kanryu, durmiendo en tu habitación de invitados?

El Asesino se tensó, encogiéndose sobre sí mismo. Sus manos se contrajeron mientras trataba de alcanzar la hoja que no estaba en su costado. Por lo menos Kaoru había tenido suficiente sentido común.

Kaoru suspiró y volvió a deslizar la bata sobre el cuerpo del pelirrojo antes de levantarse.

—Como te he dicho, es complicado.

—Bueno, joder, ilumíname. —La ira y el temor se enfrentaban en su interior: ira hacia sí mismo, hacia ella, hacia todo ese feo asunto. Temor porque tenía una idea bastante clara de lo que había sucedido (a grandes rasgos, aunque no los detalles) y no había forma alguna en la que Kaoru considerara hacer lo más inteligente. Eso era lo que le encantaba de ella, por lo que este lugar era el recuerdo al que se aferraba cuando había visto más maldad de lo que una persona era capaz de soportar, y cuando necesitaba recordar que pasar a la acción sólo por el simple hecho de hacerlo no era algo que mereciera que lo echase todo a perder.

Sin embargo, en este caso había propiciado una buena ocasión para que la mataran.

A Sano se le había pasado por la cabeza que algo así podría ocurrir, a la larga: Kaoru estaba demasiado dispuesta a entregarse en cuerpo y alma. Pero siempre había desechado ese pensamiento poco después, porque lo había hecho lo mejor que había podido para protegerla de la lucha real y nunca se le había ocurrido que mantenerla en la ignorancia pudiera ser lo que la involucrase. Aunque en realidad debería haberlo pensado. «Mierda, mierda, mierda».

—De acuerdo, entonces. Ven conmigo —dijo ella, tirando de la manga de Sano mientras abandonaba la habitación. Él la siguió, observando por encima del hombro al Asesino. Éste estaba de nuevo arrodillado en el futón, inmóvil como una estatua.

Kaoru lo llevó a la cocina y le contó lo que había ocurrido mientras hacía el almuerzo, y estuvo lo bastante distraída como para que la comida resultara mediocomestible. Sano la dejó hablar, mitad escuchando la historia que ya se había imaginado y mitad observándola.

Kaoru estaba asustada. Y eso no le gustaba. Kaoru no se asustaba, ella se enfadaba y, aunque también lo estaba —tan enfadada que no creía que ella fuera consciente de ello más de lo que un pez lo era del agua en el que habitaba—, ese enfado estaba entremezclado con un miedo de muerte que no le sentaba bien.

Y era por su culpa. Podía haber seguido manteniéndola totalmente en la ignorancia o podía habérselo contado todo. Pero, en vez de eso, había intentado quedarse en un punto intermedio entre ambas opciones y había acabado diciéndole justo lo suficiente como para meterla, sin darse cuenta, en un buen lío.

—No lo vas a abandonar, ¿verdad? —dijo él cuando ella hubo acabado.

Kaoru hizo una pequeña pausa antes de contestar.

—No. —Su voz era queda—. No puedo. Me he comprometido.

—Mierda. —Él clavó la mirada en su almuerzo con tristeza, habiendo perdido el apetito—. Lo siento, señorita.

Ella arrugó la frente, cogiendo su propia comida.

—¿Por?

Sano se rascó la nuca, suspirando.

—Porque no debería haberte ocultado nada. O nunca debería haberte contado nada para empezar. O una u otra.

—No creo que hubiera importado. —Finalmente, Kaoru tomó un bocado y lo masticó despacio, sin saborearlo: como alguien con dolor de estómago o recobrándose de la gripe, comiendo sólo porque tenía que hacerlo. Tragó—. No creo que nada hubiese cambiado las elecciones que hice. Yo no podía... no puedo dejar a alguien así. A nadie.

—¿Así que la Arpía2 te contó lo que hago de verdad, aparte de... ya sabes?

Ella asintió.

—Al principio me impresionó, pero cuando lo pensé explicó un montón de cosas. Como por qué te estás yendo siempre a Kioto. No te vas a detener ahí, ¿verdad?

—Bueno... de hecho, sí que me voy a detener ahí. Es donde me encuentro con mi contacto. Es... ah... Intentamos no saber demasiado el uno del otro, ¿sabes?

—Un sistema clandestino de células.

Él parpadeó sorprendido.

—No es como si no supiese nada del tema —dijo ella de forma cortante, comiendo un poco más—. Tú eres el jefe de la célula de Edo3, ¿verdad? Conoces a todos los de tu célula y a tu contacto, pero a nadie más. Todos los de la célula te conocen y puede que conozcan aparte a una o dos personas, pero a nadie más. De esa forma ninguno puede echar abajo a la organización.

—Se acerca bastante. —Él sopesó si decirle o no que, de hecho, él era el jefe de una célula de Edo. Técnicamente no era una información que él debiera saber, pero tenía oídos y la gente se volvía descuidada—. Mira, ¿cuánto quieres implicarte?

—¿No estoy ya lo bastante implicada? —Levantó la vista hacia él y lo miró enfadada, taladrándolo—. No sólo has estado pasando esclavos fugados por mi casa, ¿no? ¿Hasta dónde me he involucrado ya?

Sano vaciló antes de contestar.

—Mira, no pueden acusarte de traición si no lo sabías, y ayudar a los esclavos escapados es sólo robo...

—¿Y de verdad crees que yo te habría permitido sólo...? ¡Oh! —Kaoru le apuntó con los palillos, con los ojos echándole chispas—. Tú, estúpido, idiota, egoísta...

Sano levantó las manos en un gesto de intentar aplacarla.

—La jodí. No tengo ninguna excusa. Lo siento.

—Bueno... bien. —Kaoru empezó a comer con vehemencia—. Bueno, Megumi dijo que puedes descubrir lo que pasó: si fue abandonado, o se escapó, o lo que sea. Yo lo he estado ocultando desde entonces, pero necesito saber mi siguiente paso.

—De acuerdo, de acuerdo. —Sano empezó a comer entonces, contento de volver a ver algo de luz en sus ojos—. Voy a encontrarme con mi chico esta tarde de todas formas, hablaré con él entonces. Dios...

—Bien. Y si tengo que marcharme con Kenshin, y Yahiko no viniese, ¡espero que te responsabilices de él! ¡Y de la escuela de mi padre! ¡No quiero volver un día y encontrar que este lugar está en ruinas o que se ha convertido en alguna clase de antro de juego repleto de tus amigos perdedores!

—¡Vale! ¡Lo cojo! ¡Déjalo ya!

Tomaron el almuerzo y discutieron, y Sano sintió el polvo del camino descascarillándosele: ahora estaba en casa y no había nada con lo que no pudiera.


Kaoru y Sano caminaron juntos hasta llegar al primer puente antes de que él abandonara la carretera, mencionando la necesidad de encontrarse con un amigo —su «chico», presumiblemente— y Kaoru continuó en dirección al mercado. La alegría que sentía cada vez que Sano volvía a casa y su familia se volvía a reunir había sido sólo un alivio momentáneo. Ahora el apretado nudo que tenía en el estómago empezaba a reafirmarse y se tuvo que parar en medio del puente para observar el agua arremolinándose en la base de los postes y respirar. Por la nariz al centro de su ser, la sede del poder; y fuera otra vez a través de la boca, llevándose la discordia con él.

Después continuó caminando, mientras revisaba la lista de la compra y el presupuesto mensual. Podía hacer que funcionara —Sano le había dado algo de efectivo antes de marcharse—, incluso teniendo una boca más que alimentar.

Debería haberse traído a Yahiko. Necesitaría saber cómo hacer esto si ella tuviera que marcharse. O quizá no, quizá decidiera irse con ella. Lo que dejaría a Sano a cargo de la escuela. Era un hombre adulto, por lo menos sería capaz de hacer la compra. ¿No?

¿De verdad podía marcharse de Japón? No hablaba otra lengua que no fuera la japonesa, nunca había dejado Edo. Pero ¿y si...? ¿Podía hacer las maletas e irse sin más? No estaría tan mal, ¿verdad? La organización de Sano ayudaba a la gente a hacer esto día tras día. Habría otros japoneses en los países libres, ¿no? No estaría completamente sola...

Su corazón comenzó a ir a toda velocidad y tuvo que volver a pararse a la sombra de un gingko4.

Basta. Ya tenía suficientes problemas en la actualidad como para andar preocupándose ahora por algo que ni siquiera sabía si se daría en el futuro.

Kaoru echó los hombros hacia atrás, alzó la barbilla y se marchó al mercado con resolución.

Recién comenzaba el mediodía, y la gente estaba empezando a regresar tras el descanso colectivo para el almuerzo. Había esclavos mezclados con ciudadanos libres: siguiendo a sus propietarios o caminando solos, con las cabezas gachas. Subiendo y llevando, corriendo y yendo a buscar; marcados con una simple cruz en la mejilla o en la frente —donde no pudiera ocultarse— y llevando los emblemas de sus amos en sus prendas. La mayoría de ellos, en cualquier caso. Algunos estaban marcados con un tatuaje en el antebrazo o dentro de la muñeca; esos emblemas de tinta no siempre se correspondían con los que tenían sus ropas.

Kaoru había preguntado, una vez, por qué algunos esclavos eran marcados de esa forma y qué ocurría si esos esclavos eran vendidos. La cara de Sano se había oscurecido y le había dicho que ella no querría saberlo. De todas formas había escuchado rumores: que a los esclavos especialmente atractivos se los solía escoger, por ciertas razones, y enviar a unas «casas de entrenamiento» especiales...

Kenshin sólo tenía una cruz en la mejilla. Ella tocó la suya de forma ausente y creyó por un momento sentir las realzadas líneas de una cicatriz.

Kaoru nunca había prestado mucha atención a los esclavos. Era difícil mirarles sin sentir náuseas, sin querer hacer algo sin saber qué. Pero no podía evitar encontrarse con ellos, así que había aprendido a no prestarles atención. Ahora, en cambio, los observaba minuciosamente: cómo actuaban cerca de sus amos, entre los libres, entre ellos. Algunos eran un poco como Kenshin: callados y sumisos, respondiendo de inmediato a cualquier petición repentina de sus amos, o sin mostrar ninguna respuesta mientras no se las hiciesen. Otros eran serviles, pero por lo menos miraban a su alrededor y se fijaban en las cosas cuando no se desvivían por sus amos. Y algunos actuaban más como sirvientes que como otra cosa, hablando respetuosamente pero con libertad, e incluso iniciando conversaciones, aunque casi siempre con otros esclavos. Los del último grupo viajaban en su gran mayoría solos, receptores de una confianza que les permitía cumplir los recados sin supervisión, y se preguntó si eso era lo que marcaba la diferencia.

Ella no podía preguntarles, por supuesto. La etiqueta requería que nunca te acercaras al esclavo de un extraño, al igual que nadie intentaría tomar prestada la cesta de la compra de otro sin permiso. Y dudaba que fuese capaz de obtener una respuesta sincera aunque pudiera hacerlo. Así que en vez de eso suspiró y se volvió a su compra, echando un vistazo por las verduras.

—¿Le preocupa algo, señorita?

Kaoru alzó la vista sobresaltada y sonrió de forma educada al tendero.

—Oh, no es nada. —Sus ojos se desviaron hacia la joven mujer que estaba arrodillada sobre el suelo elevado de la tienda, tras los puestos callejeros, ordenando y pesando paquetes atados de puerros. La chica se giró para colocar sus fardos en una cesta y Kaoru vio la cruz grabada a fuego en su mejilla. Quizá...

—Bueno, si tiene un momento... —Tomó aliento, concentrándose en el tendero. Era un hombre mayor, con una mirada gentil en los ojos. Y aun así poseía un esclavo.

—Por varias razones, estoy sopesando comprar un esclavo. Nunca antes he tenido uno, mi familia nunca necesitó ninguno. Pero desde que mis padres fallecieron... —Dejó que su voz se fuera apagando—. En todo caso, sólo me preguntaba...

—Ah, ya veo. —Asintió con aires de hombre sabio, chascando su lengua contra la pipa que tenía en la esquina de su boca—. Bueno, bueno. ¿Y qué tipo de ayuda necesita?

Ella se encogió de hombros.

—Reparaciones. Cuidar el jardín. No puedo hacerlo todo yo sola y no tengo hermanos mayores; bueno, tengo uno pero viaja mucho. —Lo que era prácticamente verdad. Sano contaba, más o menos.

El anciano se frotó la barbilla, con un brillo contemplativo en sus ojos.

—Suena como si necesitaras más un marido que un esclavo.

—¡Oh, no! —Ella se ruborizó, sin fingir—. Me temo que no puedo, no todavía, en todo caso. Hay circunstancias que...

Kaoru cruzó los dedos bajo su manga, esperando que el anciano no fisgoneara más. Afortunadamente, sólo soltó una risa ahogada y se dio golpecitos en un lado de la nariz con el dedo.

—Bueno, eso es cosa tuya. Pero viendo que eres una mujer que vive sola, deberías considerar comprarte un guarda. Siempre puedes enseñarle a hacer la tarea que necesites, y es más fácil que enseñar a uno doméstico a ser un guardián; eso sí te lo puedo decir. Pero también es por todo esto que cuesta un poco más.

—¿Un guarda?

—Sí. —Él asintió con firmeza—. Antes los guardas solían ser los esclavos menos fiables que podías conseguir. Poner un arma en las manos de un esclavo era una forma de hacerles pensar que eran casi tan buenos como los ciudadanos. Sin embargo, hace unos diez años el grupo Kanryu empezó a vender guardianes que eran justo tan dóciles como tú quisieras. Incluso se cortan sus propias gargantas si se lo ordenas. No dudaría en recomendarlos, incluso a una mujer.

—Ya... ya veo. —Su estómago le dio un vuelco. Se obligó a sonreír sobrepasando su náusea—. Lo tendré en cuenta, sin lugar a dudas. ¿Podría llevarme estas verduras...? De veras que tengo que volver a casa pronto.

Terminó su recado rápido y se las apañó para alejarse caminando del puesto con calma, sin apresurarse o parecer otra cosa que no fuera una mujer joven haciendo la compra. Tan pronto como fue posible viró hacia un callejón, se escondió tras una pila de madera y se puso a vomitar violentamente justo después.


Yahiko pasó por fuera de la puerta de la habitación de Kenshin, mordiéndose el labio inferior. Se había llevado su espada de prácticas consigo, algo que Kaoru hubiera desaprobado, por lo general, pero se sentía mayor cuando la llevaba sujeta con una correa a su espalda. Más fuerte. Como si pudiera enfrentarse al mundo.

Empezó a encaminarse hacia la puerta, cambió de opinión y se giró para marcharse. Entonces volvió a cambiar de idea y abrió la puerta.

Kenshin estaba arrodillado en el futón, con la cabeza inclinada hacia delante. Su única reacción fue el rápido movimiento de sus ojos hacia la puerta cuando ésta se abrió; por lo demás se mantuvo tan inmóvil como una estatua.

—Ey —dijo Yahiko. Una sutil tensión subyacía en los hombros de Kenshin. Nada más—. Mi nombre es Yahiko —dijo tras una pequeña pausa. Dio un paso hacia el interior de la habitación—. Soy el alumno de Kaoru.

Los ojos de Kenshin se abrieron de forma casi imperceptible. Giró su rostro hacia Yahiko, hizo una reverencia y la mantuvo, moviéndose con tanta fluidez como una muñeca de cuerda, salvo que las muñecas tenían más personalidad.

—Joven señor —dijo con voz monótona. A Yahiko se le erizaron los pelos del cuello. No era sólo por la falta de vida; ya lo había visto antes, y no sólo en esclavos. Las mujeres de los barrios del placer, los niños que se iban con un hombre mayor extraño que les ofrecía comida y refugio y volvían cambiados...

Yahiko tragó con dificultad.

Había habido perros en los suburbios. Cosas viciosas y hambrientas, más que mediosalvajes y tan peligrosos como la gente que los poseía. La mayoría de los perros tenían su dueño; eran mantenidos, no por amor o compañía, sino como armas. Tan buenos como los puños o las armas de fuego o dagas escondidas —mejores, de hecho, ya que eran más baratos—. Podían encontrar su propia comida, después de todo, y siempre había alguna perra pariendo en algún sitio.

Había aprendido a identificar con rapidez a los perros con dueño. Los salvajes reptaban y hurtaban desde la periferia, pero los perros guardianes acechaban abiertamente por las calles cubiertas de barro, portando un aire de amenaza con ellos. O una violencia desesperada esperando liberarse: dientes que ansiaban rasgar y arrancar porque eso era todo lo que eran. Eso marcaba la diferencia entre la inanición y un estómago lleno, entre el dolor y el no-dolor, entre un techo sobre su cabeza o una temblorosa noche en el helado lodo. No era una cuestión de deseo, en absoluto. Pero un perro que no luchaba no tenía ninguna utilidad para su amo y un perro inútil no merecía siquiera que lo mataran. Moriría muy pronto él solo.

El hombre arrodillado sumisamente en el futón parecía uno de esos perros.

Yahiko se obligó a dar otro paso, moviéndose por un aire que de repente era tan denso como el agua.

—Quería decirte... —Su boca estaba completamente seca, por lo que movió la mandíbula tratando de humedecerla—. Quería decirte... Es raro estar aquí, ¿verdad? Porque Kaoru está comportándose como una madre y no es así como funciona. Y quería decirte...

En ese momento vaciló; entonces recordó sus primeros días allí, la tensión de esperar a que cayeran las máscaras, y recuperó su determinación.

—Quería decirte que no es una farsa. Ella es de verdad. Mira. —Se subió las mangas que llevaba cubriendo sus manos y dejó que Kenshin viera las marcas por ladrón de sus palmas—. Pillado tres veces por ladrón, ¿lo ves? Debería estar marcado, pero... Sano me salvó. Y me trajo aquí, y Kaoru... Sé que ella es un poco autoritaria, tiene mal carácter y no sabe cocinar, pero una vez que está de tu parte, ella nunca... Ella no pierde la esperanza en la gente, y no les delata, pase lo que pase. Y ahora está de tu parte, así que no dejará que te ocurra nada malo. Estás a salvo. No tienes nada que temer. De verdad.

Buscó en el rostro de Kenshin algún indicio de que el otro hombre comprendiese. Y no pareció haber ninguno —excepto que entonces ahí estaba, sólo un destello de algo: ojos azules oscureciéndose de preocupación, durante sólo un instante, y la sensación de amenaza animal que emanaba se desvaneció de repente.

—Ella no te hará daño, nunca —dijo Yahiko, dejando que sus mangas le cayeran sobre las manos de nuevo—. Y tampoco dejará que nadie te haga daño. Así que no debes asustarte. Eso es todo.

Yahiko asintió y se dio la vuelta para marcharse. Por el rabillo del ojo, creyó ver a Kenshin estirar el brazo; pero cuando miró por encima de su hombro, Kenshin no se había movido ni lo más mínimo.


Megumi estaba haciendo ungüento para las heridas.

El Asesino —no, Kenshin... Él era Kenshin ahora; siempre había estado en su interior y era importante que ella lo creyera en lo más profundo de su ser— había necesitado casi todo lo que tenía disponible. Sagara debería estar de regreso hoy o mañana, y emplearía lo que le quedaba. Así que estaba haciendo más. Duraba meses y siempre solía ser muy demandado.

El pilón molía contra el mortero en sencillos y rápidos círculos.

Ella no lloró porque la sal de sus lágrimas alteraría la composición del ungüento, y el ungüento era necesario.

Estaba tan orgullosa de que la hubieran escogido. Orgullosa de servir. El señor de su familia la había convocado a una audiencia y le había encargado especialmente a ella que sirviera como asistente del doctor Tsukuda. Le habían dicho que era algo muy importante. Había sido escogida porque se requería a los mejores. Y ella había estado tan orgullosa y tan confiada que nunca había preguntado lo que estaba haciendo o por qué. Sin embargo, un día después de que el doctor Tsukuda hubiera muerto había sido citada para ser recibida por su patrón, el aliado de su señor, el hombre para el que trabajaba en realidad.

Y entonces había sabido lo que ella era. En lo que había permitido convertirse, por orgullo; había estado tan ansiosa por demostrarse a sí misma su valía que había traicionado todo lo que su familia valoraba en lo más profundo. Kanryu la había llevado él mismo hasta las jaulas de entrenamiento y se lo había mostrado. Desde aquel día, raras veces era capaz de pasar una hora entera sin recordar el hedor o los gritos.

Su agarre casi le había fracturado la muñeca, haciéndose más férreo cada vez que ella intentaba cerrar los ojos y darse la vuelta. Le dejó moratones, señales de dedos de color negro oscuro que él nunca permitió que se desvanecieran.

«Lo siento, lo siento», se lamentó el pilón, y su pecado se enterró más hondo en su interior.

Y si ella fuese una mujer diferente, puede que dijera: «no tuve opción». Y si ella fuese una mujer diferente, puede que dijera: «intenté detenerlo». Y si ella fuese una mujer diferente, puede que dijera: «por lo menos escapé cuando tuve la oportunidad».

Pero ella no era otra mujer sino Megumi Takani, y sabía lo que era; así que se arrodilló en su estera de bambú e hizo ungüento para las heridas y no lloró, porque la sal de sus lágrimas alteraría la composición del ungüento, y el ungüento era necesario.

Alguien llamó al timbre de la puerta y Megumi alzó la vista, sacada bruscamente de sus meditaciones. Dejó su mortero y el hedor y salió fuera. Agudizó la vista a través de la mirilla. Era Sagara, de pie con las manos en los bolsillos y con una mirada de descontento en el rostro.

—Eh, Arpía, déjame entrar.

—Tan educado como siempre —resopló, descorriendo el pestillo de la puerta y abriéndola—. Así que has vuelto.

—Sí. Y me pasé por la casa de Kaoru antes de venir aquí.

Por un momento, Megumi se quedó inmóvil; entonces se obligó a mirarse las uñas mientras él pasaba dentro y cerraba la puerta tras de sí.

—Así que lo sabes.

—Takani. —Incluso ahora, se mantuvo bajo control; él nunca la llamaba por su nombre, porque sabía que no podía soportar cuando un hombre la llamaba por su nombre—. ¿En qué mierda estabas pensando?

Sano continuó con las manos en los bolsillos, aunque ella ya lo había visto así antes y sabía que iba más con él agarrarla por los hombros y darle un buen meneo. Pero él sabía lo que le haría recordar si lo hacía.

Megumi lo odiaba, un poco, por todas las cosas que sabía.

—Estaba pensando en que no iba a servir de mucho llorar sobre la leche derramada. —Ella se encogió de hombros y caminó de vuelta hacia la casa. Sagara la siguió—. No es culpa mía que mantuvieras a Kamiya en la ignorancia. Él se sometió a ella, sin que nadie se lo ordenase. Al menos así él está con alguien a quien no es capaz de hacer daño.

—¿No se te ha ocurrido pensar que puede ser alguna especie de truco? ¿Que Kanryu sólo busca llegar hasta ti?

—¿Y por qué demonios mandaría al tipo... mandaría a Kenshin para molestarme?

—También ha hecho que lo hagas, ¿eh? —dijo tras un momento. Sagara se pasó una cansada mano por el rostro—. Porque incluso diría que te compadeces del tipo y que siempre cargas con un montón de culpa. Estaba claro que no ibas a dejar escapar la oportunidad de ayudarlo. Y entonces... —él se golpeó la palma abierta con su puño cerrado— ya eres suya.

—Shinomori nos habría advertido. De hecho, ya que estás aquí, ¿no quiere decir eso que pronto se pasará por aquí? Y si esto es una trampa, ¿no es mejor que Kenshin esté lejos de mí? —Ella lo hizo pasar a la clínica, sacudiéndose el pelo—. Y para tu información, Kamiya no me hace hacer nada. Su nombre es Kenshin. Ahora siéntate y espera a Shinomori; tengo trabajo por hacer...

—Estoy aquí.

Megumi palideció, agarrándose el pecho, y dio un paso hacia atrás del susto. Shinomori salió de la oscura alcoba que había frente a ella. Sus ojos azules estaban ensombrecidos por sus mechones de pelo y sólo la miró de manera fugaz.

—Aoshi —dijo Sagara, asintiendo con la cabeza a forma de saludo—. ¿Cómo va eso?

—Tengo información para ti.

—Sí, acerca de eso... ¿te has enterado de a quién encontró Kaoru?

Shinomori asintió.

—Estoy informado. No representa ninguna amenaza.

—¿En serio? —Sagara subió una ceja—. Bueno, ¿entonces por qué no nos sentamos todos para que nos puedas poner al corriente? Después de eso nos ocuparemos de nuestros propios asuntos.

El espía inclinó un poco la cabeza. No fue exactamente un asentimiento, sino más bien una especie de reconocimiento hacia las prioridades de Sano, y el hecho de que era necesario calmar sus miedos antes de que pudieran lograr hacer cualquier cosa. Se hizo a un lado y dejó que Megumi les guiase hasta la sala de estar, donde había preparada una bandeja con las cosas del té cerca de un frío brasero. Ella se dedicó a encenderlo y a poner el hervidor encima mientras los hombres se acomodaban.

—Así que —dijo Sagara cuando ella se sentó al fin sobre sus talones—, ¿qué sabes del Asesino?

—Lo han abandonado. —Shinomori se arrodilló, como hizo Megumi; sólo Sagara permaneció sentado con las piernas cruzadas, casi recostado—. Kanryu ha renunciado al título y a la posesión. Se han respetado todos los protocolos.

—¿Qué? —Megumi se echó hacia delante y estuvo a punto de tirar el brasero—. Pero... ¿por qué lo haría?

Shinomori se giró hacia ella y ésta se obligó a no temblar bajo su impasible mirada. Ahora estaban del mismo lado y no tenía razón para temerle.

—Porque él ya no era de utilidad. —Shinomori buscó en su petaca de mensajero y sacó un manojo de papeles, extendiéndolos sobre las esteras—. Está envejeciendo. Sus reflejos se están ralentizando. Y Kanryu creyó que el condicionamiento estaba empezando a... fallar. Durante un tiempo usaron al Asesino como asistente de entrenamiento y después acabó fuera del recinto.

Ayudante de entrenamiento. Eso explicaba las recientes heridas. Megumi juntó las manos en su regazo y fijó la vista en el hervidor, sintiendo cómo la sangre abandonaba su rostro.

—Espera-un-minuto. —Sagara se puso derecho—. ¿Qué quieres decir con «fallar»? ¿Es peligroso?

—No —dijo Shinomori alzando la vista—. Lo esencial del condicionamiento permanece: no puede hacer daño a su amo reconocido, o desobedecer sus órdenes, ya sea un hombre o una mujer. Sin embargo, últimamente el Asesino empezó a presentar... fallos de juicio. Pérdidas inexplicables de memoria. Parecía que estaba dejando de funcionar, y cuando los métodos usuales no repararon el daño, Kanryu concluyó que había dejado de ser de utilidad. —Para su satisfacción, Aoshi acabó de organizar los papeles y levantó los ojos—. Kanryu no es un hombre sentimental.

—No —dijo Megumi aturdida—. No lo es.

—Si la señorita Kamiya desea tomar posesión de él, puede hacerlo sin ningún tipo de impedimento legal. Si lo hace, esto le proporcionará una tapadera muy valiosa. La situación no ha cambiado desde mi último informe: no he sido capaz de disuadir por completo a mis hombres de investigarla sin poner en peligro mi posición. Nadie creería que es una abolicionista si toma posesión de un esclavo.

—¿Aun siendo un esclavo inservible? —preguntó Sagara con ironía. Shinomori se encogió de hombros.

—Es bien conocido que la familia Kamiya tiene mucho honor pero poco dinero. Una mujer, sola... cogería lo que estuviera a su alcance. Y en cuanto a las inclinaciones liberales de sus padres... —Él ondeó su mano—. Reiterar que ella es una chica joven con muchas responsabilidades y pocos recursos. Quizá es por lo que escogió uno que había sido abandonado, como un bálsamo ante su culpabilidad. No sería la primera hipócrita.

Megumi observó en silencio cómo la boca de Sagara se torcía en una mueca de disgusto.

—Shinomori tiene razón —dijo ella en voz baja, tras darle un momento para que lo procesara.

—A la pequeña dama no va a gustarle —dijo al fin—. Y quiero decir que de verdad no va a gustarle.

—Liberarle no es práctico a estas alturas. Entre otras cosas, porque no creo que cumpla los requisitos legales. —Shinomori sonaba completamente desinteresado, como si estuviera hablando del tiempo, y Megumi tuvo que preguntarse si realmente le importaba o si sólo les ayudaba para promover sus propios intereses. Cualesquiera que fuesen.

—A Kamiya no le va a gustar, no —dijo ella, dirigiéndose a Sagara de forma evidente—. Pero lo hará. Ahora ha abogado por su causa y ya sabes cómo es. Es capaz de hacer cualquier cosa para mantener a alguien a salvo. ¿No es ésa la razón por la que la has estado utilizando durante tanto tiempo?

Había escogido la palabra deliberadamente y dejó que una satisfecha sonrisa de suficiencia revoloteara por sus labios cuando Sagara se encogió ante el golpe. Era algo cruel que decir —pero a veces la verdad lo era—. Y a pesar de su sin duda verdadera preocupación por la chica, la había estado utilizando.

—Oh, mierda. —Sagara enterró la cara entre las manos y se rascó su rebelde cabellera de color castaño—. Mierda. Mierda. —El último taco se prolongó en un cansado suspiro—. Maldita sea. Está bien. ¿Juras que Kanryu no lo quiere de vuelta?

—Él ya no tiene ningún interés legal ni personal en el Asesino. La señorita Kamiya puede tomar posesión legal de él sin ningún impedimento. Recomendaría que lo hiciera hoy si es posible, mañana a lo sumo. El Asesino es muy conocido y puede interesar a otros, aun sabiéndose que es defectuoso.

Sagara frunció el ceño.

—Sí, aunque tengo que darte el último...

—Me voy. —Megumi se levantó—. ¿Dónde está ella? ¿En el Maekawa5?

—En el mercado. —Sagara la miró confuso—. ¿No quieres enterarte?

—Puedes ponerme al día luego. Salvo que —y se giró hacia Shinomori—, ¿el asunto que discutimos antes...?

Él le pasó unos papeles, cogidos por una cuerda.

—Kanryu es consciente de tu paradero y no le preocupa siempre y cuando se mantengan sus suministros de la droga. Estimo que esto será así durante otro año. Después... —Él negó con la cabeza y la miró a los ojos, y había un inesperado destello de humanidad en su mirada—. Lo siento, señorita Takani.

—Bueno —dijo ella sonriendo con languidez—, ya cruzaremos ese puente cuando llegue el momento.


Kaoru ajustó la cesta en su mano y suspiró. Le dolía la garganta. Había bebido de la fuente pública y se había lavado la cara con manos temblorosas —el cuello de su kimono aún estaba mojado de agua—, pero todavía no se sentía limpia. Aunque no le quedaba otra, porque debía comprar provisiones, llevarlas a casa y guardarlas. La cena debía hacerse y los vendajes de Kenshin, cambiarse. Después de que todo eso se hubiese hecho podría darse un baño. Pensaba restregarse hasta quedarse en carne viva.

El sol se estaba deslizando hacia el oeste y su suave luz se sesgaba por toda la ciudad. El mundo empezaba a oler a primavera otra vez, a pétalos de flores y a suelo enternecido por la lluvia. Se detuvo en el puente que llevaba a su vecindario, apoyándose ligeramente contra la barandilla y cerrando los ojos.

—¡Kamiya! —Alguien la llamaba, y miró por encima del hombro.

—¿Megumi?

—Me alegro de haberte alcanzado. —La mujer más adulta se apresuró a encontrarse con ella—. ¿Has terminado de comprar?

Kaoru asintió.

—Estaba a punto de irme a casa.

—Bien. Necesitamos acercarnos a la oficina municipal antes de que te vayas.

—¿Por qué? —Kaoru dio un paso hacia atrás, alarmada—. ¿Pasa algo malo?

—No, no es eso. —Megumi negó con la cabeza—. Necesitas registrar tu título de propiedad sobre Kenshin.

—Oh. —Ella parpadeó confusa. Entonces procesó lo que Megumi le había dicho—. Espera. ¿Qué? ¿Ahora?

—Sería ideal.

Kaoru exhaló con fuerza, flaqueando un poco.

—¿Por qué?

—¿Sabes? Kenshin es una pieza muy interesante. —La voz de Megumi era cortante. Kaoru sabía que no iba dirigida a ella—. Históricamente, quiero decir. Sería un magnífico añadido a cualquier colección.

Los ojos de la joven se abrieron de par en par y se sintió débil.

—¿La gente hace eso?

—Alguna sí. No mucha. Es un hobby raro. Pero parece que fue abandonado después de todo, por lo que necesitas tomar posesión legal de él rápido, antes de que algún otro se dé cuenta de que está disponible.

Kaoru vaciló durante un instante.

—Oh... —Sus brazos parecieron quedarse sin huesos de repente. Depositó la cesta en el suelo, mitad en el camino y mitad en la madera del puente—. Lo siento. ¿Puedo sólo... Puedo tomarme un momento?

Había un banco cerca. Se dirigió hacia él dando tumbos y se sentó, sujetándose la cabeza entre las manos, y Megumi se sentó a su lado. La doctora no dijo nada mientras Kaoru intentaba ordenar sus pensamientos en algo coherente.

Se había convencido a sí misma de que tendría que abandonar el país. Habría sido fácil; aterrador, pero fácil, porque al menos ella podría ser ella misma. Pero esto... hacer su esclavo a un hombre vivo y racional, aunque sólo fuera en apariencia...

—No es que... me lo esté pensando mejor —dijo de repente, sin levantar la cabeza—. Yo sólo... No lo entiendo.

—Lo sé —dijo Megumi en voz baja—. Lo siento. No sé cómo hacerlo más fácil.

Su voz era cruda y sincera, y Kaoru alzó la vista, sorprendida por la brutal honestidad que residía en ella. Megumi estaba con la mirada fija en la puesta de sol y las manos entrelazadas en su regazo, y Kaoru no se había dado cuenta hasta entonces de que una persona pudiera llorar sin derramar ni una sola lágrima.

—Podría decirte que deberías alegrarte de que esto sea tan duro para ti, salvo que dudo que ayude. Podría decirte que a tu edad me enseñaron todas las razones por las que la esclavitud debe existir. Debes entender que nadie hace esto simplemente por ser malvado. Muchos creen, con rotundidad, que esto es el orden natural de las cosas, y que nosotros somos los que tratamos de destruir de manera inexplicable una forma de vida que no hace daño a nadie. Pero incluso si te dijera todo eso, incluso si llegaras a comprender toda la apologética involucrada... Bueno, ¿crees que serviría de algo si lo hiciera?

Hablaba como si estuviera en un trance. Kaoru se enderezó despacio. Al final, Megumi dirigió sus ojos hacia ella y esbozó una sonrisa.

—Quizá lo hiciese. —La joven tragó, con dificultad, incapaz de escapar al amargo sabor del vómito. Una sensación a fría lluvia calaba sobre su columna vertebral, como el momento cuando había tomado por primera vez una espada: lento, cierto y absoluto—. Necesito saber, Megumi. Saber de verdad. Y yo creo que... tú eres probablemente la única persona que puede enseñarme. No va a ser real pero... lo será para él, ¿verdad? Así que si no sé qué hacer...

Kaoru tragó de nuevo y dejó que las palabras se quedaran sin decir, suspendidas entre ellas. Megumi cerró los ojos.

—Nunca me has preguntado por mi pasado —dijo ella, y un oyente casual podría pensar que había cambiado de tema.

—No —dijo simplemente la joven—. No me importa el pasado de la gente.

—¿No es eso lo que te ha metido en este lío?

—Eso no cambia nada.

Megumi estuvo a punto de echarse a reír. Entonces se puso de pie, estrechando los ojos en la mortecina luz.

—Bien, el primer paso es registrar tu título de propiedad sobre él —dijo, y lanzó a Kaoru una de aquellas miradas retadoras—. Levántate, Kamiya. Te enseñaré lo esencial por el camino.


Para cuando llegó a casa ya era de noche. La luz procedente de las casas se derramaba sobre sus paredes y se dirigía hacia la calle, no tan luminosa como la del día, pero tampoco tan oscura como la de la noche; lo suficientemente clara como para ver gracias a ella. Megumi la ayudó a llevar sus provisiones adentro y Yahiko, bostezando, se ofreció a acompañarla a casa. Ella aceptó con un coqueto volteo de su pelo y miró a Kaoru con relucientes ojos de raposa.

—¿Estarás bien, Kamiya?

Kaoru asintió y pensó «no».

Hizo la cena. No era nada impresionante.

Llevó su comida a Kenshin y después se comió la suya sola, arrodillada en el comedor con las puertas abiertas, y recorriendo con los ojos el camino que llevaba hacia el santuario funerario de sus padres. Ellos lo entenderían, ¿verdad?

El aire se volvió pesado.

Tras guardar y ordenar los platos, encendió incienso en el altar de sus padres y se arrodilló durante largos minutos mientras rezaba pidiendo perdón. Después se dirigió al almacén.

El pasillo que llevaba hacia la habitación de Kenshin se alargaba más de lo que recordaba. Lo recorrió de forma pausada, sopesando sus responsabilidades. Cuando Kaoru abrió la puerta, él estaba arrodillado en el mismo punto en el que había estado durante los últimos tres días, desde que se había repuesto lo suficiente como para sentarse. Sus platos vacíos estaban apilados cuidadosamente en la bandeja, que había sido colocada al lado de la puerta. De no ser por eso, no habría sabido que él se hubiese movido lo más mínimo.

La luz del farol de la habitación iluminaba su pelo y ocultaba su cara entre las sombras. No era capaz de decir si sus ojos estaban abiertos o cerrados. Él podía ser un guerrero en estado de profunda meditación y ella podía ser su hermana o su hija, su esposa o su criada, o su madre que venía a cuidarlo; y cualquiera de ellas habría sido preferible a la verdad.

Kaoru sólo tuvo un segundo para pensar todo esto porque, tan pronto como la puerta se deslizó abriéndose por completo, él se volvió hacia ella y se postró. Tuvo que contener las ganas de correr a su lado, abrazarlo, ahuyentar su dolor y ordenarle que no se arrodillara ante nadie nunca más.

Eso no habría servido de nada, lo sabía, ahora que Megumi se lo había explicado. Kenshin no recordaba lo que significaba que alguien fuera amable. Debió haber conocido la bondad, alguna vez. Megumi le contó lo de la noche que se escapó, sobre la elección que él había hecho. Y eso había sido una elección. Tenía que creerlo así.

Nadie que no comprendiera la bondad podría haber hecho esa elección.

Megumi le había contado un montón de cosas en el camino de ida y vuelta a la oficina municipal. Más de lo que hubiera querido saber, pero no todo lo que necesitaba saber. Había algunas cosas que simplemente no podía procesar todavía. No lo haría. Una persona sólo podía asumir tal cantidad de maldad de una sola vez.

—Siéntate —le dijo, y él obedeció—. Te voy a cambiar los vendajes. Quítate la parte superior de tu bata.

«Estás haciendo demasiado por él», le había dicho Megumi negando con la cabeza después de que Kaoru le describiese los últimos días: los silencios y la quietud de él y el desconcierto de ella. «Se supone que debe ser completamente al contrario. Le está confundiendo. Tienes que darle obligaciones, Kaoru. Dale una forma de servirte, una forma verdadera, o asumirá que no vale nada y que sólo estás jugando con él. La utilidad es la única protección que tiene un esclavo».

Sus manos temblaban mientras preparaba el ungüento medicinal y deshacía los vendajes.

—Date la vuelta y levanta los brazos.

«Decirle lo que vas a hacer es bueno», había seguido diciendo. «Eso creará confianza. Explícale las cosas tanto como te sea posible. Sin embargo, no le pidas cosas. Piensa en ello como... como si entrenaras a un perro. Sé clara, consistente y segura».

Deshizo el nudo que mantenía en su lugar la blanca tela enrollada alrededor de su pecho y deshizo los vendajes lentamente, observando por si hacía algún signo de dolor. Sus manos temblaron un poco.

«Pero no quiero hacerle daño», había protestado. Megumi sacudió la cabeza.

«No puedes confiar en él para que te detenga, aun cuando le ordenes hacerlo. Su idea de lo que le hiere y tu idea es probable que no sean las mismas. Recuerda, él es un guardián, no un esclavo doméstico ni de placer. Se supone que él es duro, que no se queja. Tendrás que observarlo todo el tiempo».

Las heridas se estaban curando muy bien y apenas dejarían cicatriz. Seguramente no necesitaba más vendajes. Un ayudante de entrenamiento... un objetivo de prácticas. Le habían ordenado que se quedara de pie y que permitiese que lo golpearan hasta desmayarse, entonces lo arrojaban a una jaula al final del día para que se las curara lo mejor que podía. A la mañana siguiente todo comenzaría de nuevo, hasta que Kanryu determinó que también había dejado de ser útil para hacer eso.

Y entonces, simplemente se lo habían llevado y lo habían abandonado a la orilla del río.

No quedaba ungüento que aplicar pero sus dedos continuaron dibujando trazos sobre su piel, intentando leer la historia escrita allí. La luz del farol titiló y bailó, delineando músculo y hueso. Notó un sabor a sal en sus labios.

Kenshin vaciló un instante antes de preguntar.

—¿Señora?

Él le estaba preguntando algo, aun cuando apenas se atrevía a expresar la pregunta. El triunfo resplandeció en ella. Y el dolor, por ser tan feliz por algo tan nimio. Se enjugó los ojos y comenzó a vendarlo de nuevo.

—Kanryu ha renunciado a su título de posesión sobre ti—dijo ella, no muy segura de por qué lo hacía, salvo porque Megumi le había dicho que era bueno que le explicara las cosas que quería que él supiera—. ¿Comprendes lo que eso significa?

Kaoru fijó los nuevos vendajes en su lugar. Él se había quedado petrificado mientras ella hablaba, y ésta pensó que quizá estaba aprendiendo a leerlo, un poco, porque le pareció que había terror bajo la superficie.

—Vuélvete hacia mí. Ahora tengo que vendar tus brazos.

E incluso con ese terror subyacente, él obedeció con una fluida gracia que le dolió ver a su corazón.

Le había pedido a Megumi que le contara lo que Kanryu le había hecho hacer a Kenshin con exactitud. Megumi le había contestado que había sido un guarda y nada más. Cuando Kanryu dejaba el complejo se llevaba a Kenshin con él, pero cuando Kanryu estaba en su residencia, a Kenshin se le dejaba vagar por los alrededores y ocuparse de cualquier intruso. Había dormido en la habitación de Kanryu, escondido tras un panel; y cuando Kaoru le había preguntado a Megumi cómo sabía eso, la mujer más adulta había puesto esa mirada helada, distante, y Kaoru no había necesitado que nadie se lo dijera.

«Y...», Megumi había vacilado entonces. «Algunas veces había hecho que Kenshin actuara. Para los invitados. Como tú muestras lo que sabe hacer un animal entrenado, sólo que con su habilidad con la espada».

La rabia tensó sus dedos y se resbalaron, haciendo que sus nudillos desnudos raspasen contra un rasguño a medio curar.

—Lo siento. Se me resbalaron los dedos. —Ella alzó la vista hacia el interior de sus ojos, esos increíbles ojos azules que se ensombrecían hacia el violeta como un amanecer invernal, y quiso llorar.

Megumi no lo había comprendido. Había sabido, sin mucha claridad, que había algo en esas actuaciones que estaba tan mal como todo lo demás; lo había sentido a través de algún vínculo común entre maestros, aun estando en campos tan diferentes. Pero no lo había comprendido, porque nunca había blandido una espada en toda su vida; por lo que, ¿cómo iba a poder hacerlo?

¿Cómo podía comprender lo que era tomar lo más profundo de su ser, lo que debería ser su orgullo y su gloria, y convertirlo en un show, en un truco que él realizaba? —date la vuelta, siéntate, suplica, golpe en la cabeza, golpe en el cuerpo...

Una blasfemia.

Se obligó a permanecer firme mientras terminaba de vendarle el brazo, haciendo que el control la envolviese del mismo modo que hacía que la tela envolviese las extremidades de Kenshin.

—Como Kanryu ha renunciado a su título de propiedad sobre ti —dijo a través de sus labios entumecidos, agradeciendo los largos años de disciplina que la ayudaban a hacerlo y odiándose a sí misma por mancillarlos con esto—, yo lo he reclamado. Tú eres mío. Llevarás mi emblema, me obedecerás a mí y a nadie más. ¿Lo entiendes, Kenshin?

Kaoru bajó la vista hacia él, repitiéndose: «sé firme, sé firme; sé de hierro y piedra» a pesar de la oposición de su mente y del dolor en su corazón, y rezó para que él no viese la verdad escrita en sus ojos.

Él se quedó mirando la bandeja con atención durante un buen rato: la ropa limpiamente doblada, estampada con el emblema Kamiya —la ropa formal de su padre de cuando era más joven, y por lo que ella rogó para que su espíritu lo comprendiese—; las protecciones de los brazos, estampados con el emblema de igual forma; y la espada de madera centrada con cuidado encima de todo ello. No era una espada de verdad. Porque ella seguía siendo ella misma y no tendría a ningún miembro de su casa portando acero de verdad.

Entonces él hizo una reverencia y Kaoru recordó aquel momento en la sala de baño, la primera vez que la había llamado «señora»: su rendición absoluta y la cadavérica paz que había en ella, el frío confort de un hombre que al final deja que el agua inunde sus pulmones.

—Sí, señora.

—Una cosa más.

Y esto no estaba en el guion que había preparado con Megumi en ese interminable viaje de vuelta a casa, pero ella lo añadió porque había algunas partes de ella misma que no estaba dispuesta a sacrificar. Kaoru se agachó frente a él, apoyando una rodilla en el suelo, de forma que todavía era unos dedos más alta que él.

—Mírame.

Él levantó la cabeza.

—Sé por qué te abandonó Kanryu —dijo en voz baja—. No me importa. Tú tienes valor para . No necesitas saber por qué. —Y ésa era quizás la mentira más horrible que jamás hubiera salido de sus labios, pero Megumi le había dicho que él no lo entendería y tenía que confiar en Megumi para que la guiara a través de la oscuridad que había más adelante—. Todo lo que necesitas saber es que lo tienes. Tú siempre tendrás valor para mí. Lo juro sobre el nombre de mi familia y sobre mi propio honor. Ésta es tu casa ahora, y por siempre, sin importar lo que ocurra. ¿Lo entiendes?

La lámpara de aceite chisporroteó y las hojas que había en el patio susurraron con suavidad. Él levantó la vista hacia ella, con los ojos muy abiertos, y allí estaba esa chispa, de nuevo esa vulnerabilidad humana, un ligero destello de identidad y pertenencia.

Tras un momento, Kenshin volvió a hablar.

—Este ser despreciable lo comprende, señora. —Apenas fue más que un susurro.

—Bien.

Kaoru se puso en pie de nuevo.

—Ahora descansa. Mañana a primera hora quiero que vayas a la sala de baño, te restriegues bien y te des un buen remojo; Megumi dice que ya deberías poder lavarte como es debido, así que ya es hora de que lo hagas. No te preocupes por los vendajes; ya estás casi curado de por sí. Te los volveré a poner si es necesario. Y después... —Ella se detuvo durante un instante. Kaoru solía despertarse una hora o así después del amanecer y todos los días que había estado allí, él se había despertado antes que ella—. Si no me he levantado para cuando hayas terminado, espera en la cocina. Allí repasaremos tus obligaciones.

—Sí, señora.

—Buenas noches, Kenshin. Te veré por la mañana.

Kaoru lo dejó allí sin volverse a mirarlo por encima de su hombro. Se dio un baño y se restregó hasta que su piel estuvo roja y dolía. Se dirigió hacia el interior de su habitación, se puso su ropa para dormir, se metió en la cama y entonces miró al techo durante mucho, mucho tiempo... y no lloró.


Notas del traductor:

1.- Futón: colchón fino plegable con un cobertor que suele ser la típica cama japonesa. Se puede doblar y almacenar, cosa que suelen hacer una vez que se han levantado, dejando libre el espacio de la habitación en la que lo han desplegado.

2. - La Arpía: forma en la que se suele traducir «fox» («mujer zorro» en este caso y en sentido figurado «ladina») y «vixen» («mujer zorro» y en sentido figurado «arpía») en el manga y que también voy a utilizar yo. Aquí Sano la suele llamar «Fox», de ahí que a veces haga referencia a sus artes de raposa.

3. - Edo: antigua ciudad de Japón, que tras la Guerra de Restauración Meiji pasó a ser su capital y a llamarse Tokio. Aunque en este fic estamos en la era Meiji, la Restauración y el Bakumatsu nunca ocurrieron.

4. -Gingko: Árbol también denominado «árbol de los cuarenta escudos».

5: El Maekawa: se refiere al dojo Maekawa, al que Kaoru va de vez en cuando a impartir clases.