III
Del amor a la pasión
Harry y Hermione paseaban juntos a menudo por los terrenos del colegio mientras podían, pues se acercaba el invierno. A veces se revolcaban en el pasto, riendo y jugueteando alegremente. Otras, Harry abrazaba por la espalda a su amada y le decía citas románticas al oído. Pero la mayoría de las veces, se los veía hablando como si fueran sólo amigos, riéndose con chistes u ocurrencias del pasado.
Por otra parte, Ron estaba muy apagado. El fin de la relación con Hermione lo había dejado en muy mala posición. Sin embargo, se había disculpado con Harry por haberlo tratado tan mal y simulaba estar alegre pero, en el fondo, tenía el corazón roto. Harry le estaba dando lo que él nunca pudo darle y se reprendía a si mismo por haber actuado tan mal y por ser tan inmaduro. De todas maneras, Harry y Hermione hablaron con él y se sintió mejor. Entendió que debía sentirse feliz porque los dos estaban sinceramente enamorados y se esforzó por dejar el pasado atrás.
Ya habían pasado tres meses desde que Harry y Hermione se besaron y los dos estaban muy bien. No había peleas pero sí discusiones que, felizmente, se resolvían sin contratiempos. No obstante, algo estaba creciendo en los dos. Un sentimiento que los carcomía por dentro y que deseaban mitigar. Pero, no estaban seguros de estar preparados para eso. Muchas veces se miraban con deseo y pasión sin poder hacer nada.
Finalmente, el 14 de Febrero, se celebraba el Día de los Enamorados. Sentían que un globo estaba a punto de explotar dentro de ellos. Decidieron tener paciencia, esperar que los sentimientos afloraran solos dentro de ellos. Harry invitó a Hermione a una cena romántica en la Sala Multipropósito, donde nadie podía descubrirlos. Eran las diez de la noche y brillaba la luna llena, iluminando la sala, el cual contenía una mesa para dos y (para sorpresa de ellos) una cama con dosel blanco de dos plazas. Las ventanas eran amplias y dejaban ver todos los terrenos allá afuera, cubiertos de nieve. Encima de la mesa había dos platos grandes con ostiones y atún, una fuente llena de frutillas con miel, ensalada de brócoli y unas barras pequeñas de chocolate. De bebida, había dos copas de vino. Sorprendido, Harry la invitó cortésmente a sentarse y él también tomó asiento. Se dedicaron a mirarse unos momentos antes de coger el cuchillo y el tenedor y comer lentamente.
—No me imaginaba que pudiera ser así —admitió Harry, sonriendo, echándose un pedazo de atún a la boca.
—Yo sí —dijo Hermione, saboreando una frutilla con miel y pasando la lengua por su labio superior, sin dejar de mirar provocativamente a Harry.
—¡Mi amor! —exclamó suavemente Harry, al tiempo que cogía un ostión y se lo llevaba a la boca lentamente. Tomó un sorbo de vino, también sin dejar de mirar a su novia. Entonces sucedió.
El globo que llevaban dentro de sus corazones explotó de repente. Les brillaron los ojos y se incorporaron los dos y se acercaron lentamente. Sentían que se les inflamaba el corazón de pasión.
—Harry —dijo Hermione con voz ronca y susurrante—, esta noche, y muchas más, quiero ser completamente tuya.
—Yo también quiero ser tuyo, Hermione —dijo a su vez Harry, también en un susurro. Después del escueto diálogo, se besaron.
Fue tan fogoso el beso que se tocaban por todas partes. Harry dejó los labios de Hermione para llegar a su cuello y besarlo lentamente. Mientras tanto, ella jalaba el suéter de Harry hacia arriba y se lo quitó por completo. Él también tiró hacia arriba el suéter de Hermione y, para su sorpresa, pudo ver que no llevaba nada debajo, excepto unos provocativos sostenes de color rojo y con encaje. Esto provocó en Harry sensaciones conocidas pero magnificadas muchas veces. Hermione se sacó los zapatos hábilmente para que Harry pudiera quitar todas sus prendas de manera lenta y sensual.
Harry quitó los pantalones de su amada y pudo ver que usaba pantaletas también de color rojo, también con encaje. Harry estaba cada vez más sorprendido. Parecía que Hermione estaba esperando este momento. Inflamado de amor y pasión, Harry se dejó desvestir y acariciar y besar. Su piel temblaba a cada beso que recibía de parte de su novia. Después fue el turno de Harry. Quitó lentamente la provocativa y sensual ropa interior de Hermione hasta que la tuvo como se la imaginaba tantas veces en las noches. Pero lo que contemplaba era muchas veces mejor que lo que se representaba en sus sueños. Hermione tenía un cuerpo magnífico y, en todo este tiempo, nunca se le había pasado por la cabeza que pudiera ser tan bella. Él la abrazó y la besó nuevamente. Pero esta vez pasó de largo por su cuello y llegó a la altura de sus pechos y… también los besó, masajeándolos y acariciándolos lentamente. La recostó con suavidad sobre la cama, besando su vientre. Subió nuevamente a la altura de su cara y la besó otra vez.
De pronto sintió un endulzante placer. Ella lo había volteado y se había encaramado encima de él y oscilaba lentamente hacia delante y hacia atrás, besando su pecho de vez en cuando. Ella lanzaba gemidos dulces que parecía música celestial. Era lo más parecido a tocar las estrellas con la mano, según pensaba Harry.
—Y las vas a tocar —dijo Hermione entre gemidos y suspiros, adivinando los pensamientos de su novio. Y se movió más lento pero más sensual y ardiente. Harry sentía que flotaba sobre la cama. No sentía el colchón. No podía pensar en nada ni en nadie. Entonces, en un arranque de pasión, Harry se dio la vuelta y tumbó a su novia de espaldas. Estaban muy cerca el uno al otro. Podía sentir cómo ella disfrutaba de la experiencia y cómo él también gozaba. Como de improviso, sintió que estaba en un cohete espacial. Se elevaba, se elevaba y seguía elevándose hasta que se sintió ingrávido. Estaba en todos los lugares y, a la vez, en ningún lugar. Entonces comprendió que había llegado a un lugar divino y sagrado.
Podía tocar su alma, estaba dentro de ella. Estaba en el lugar más bello del mundo. Un segundo después, que a él le pareció la eternidad, estaba de vuelta en la Sala Multipropósito, acompañado de un placer jamás sentido por alguien, según creyó. Hermione suspiraba y jadeaba pero estaba sonriente. Los dos estaban muy cansados pero contentos y se sentían en paz con el mundo. No les importaba nada más que ellos. Hermione no dijo nada y se tendió de espaldas sobre la cama sin cubrirse. Harry la miró y, desnuda como estaba, pensaba que era la mujer más hermosa del mundo. La admiró por unos momentos hasta que ella le dio la espalda y comprendió.
La abrazó por detrás, dándole calor y mitigando el frío. Pensó, antes de quedarse dormido que, del amor a la pasión había un paso muy corto y, si se daba mal, podría tener graves consecuencias. Con Hermione había vivido todas sus primeras veces. Era la primera vez que se sentía atraído físicamente por una mujer, era la primera vez que se enamoraba verdaderamente de alguien y… era la primera vez que hacía el amor en su vida. Con semejante acto, dejó atrás los miedos y las dudas y las tinieblas se apartaron de repente, pudiendo ver el camino sin nieblas ni obstáculos. Tenía que agradecer a Hermione por todo lo que le había dado.
—Gracias por existir, Hermione —dijo en un susurro.
Ella sonrió antes de quedarse dormida.
—De nada.
Y cerró los ojos.
Harry había encontrado el amor de su vida en su mejor amiga, en quien había estado a su lado por largos siete años. Tal vez, pensó él con alegría, la vida no era tan amarga después de todo.
Todo el colegio sabía de lo que había pasado la noche del 14 de Febrero en la Sala Multipropósito. Harry y Hermione eran observados por todos. Sorpresivamente, Cho Chang estaba maldiciendo por lo bajo al ver el rostro de Hermione, resplandeciente y pacífico. Los demás estaban atónitos y Malfoy, junto con los de Slytherin abucheaban a la feliz pareja, sin conseguir ningún resultado. Era la primera vez que se sentía completamente indiferente a las opiniones de los demás.
—Estaré siempre contigo Harry: en las buenas y en las malas —dijo Hermione, sonriendo pronunciadamente.
—Yo también —le dijo a su vez Harry. Y, junto a Ron, salieron del colegio para disfrutar de los primeros días del resto de sus vidas, juntos e inseparables.
