CAPITULO 3

Desde el lago soplaba un viento frio, que hacia volar las hojas secas. El cielo grisáceo obscurecía el sol de noviembre y una lluvia fría brillaba en las aceras. Cerca ululo una sirena. Edward se apretó mas la gabardina entorno al cuerpo y cruzo la calle deprisa.

Después de lo ocurrido en su despacho dos días atrás, había sido una sorpresa haber tenido noticias de Bella. Había llevado mal la reunión, en parte por que le había sorprendido que ella lo creyera capaz de obligarla a casarse con el. El contrato solo había sido un medio para conseguir que fuera a cenar con el. ¿Por qué estaba tan decidido a hacerlo con ella?

Tal vez volver a verla lo ayudaba a aclararse. Sí, era muy atractiva y, sí, habían tenido una amistad bonita en el pasado, pero ahora eran personas diferentes con vidas distintas. ¿Significaba eso que no podían volver a empezar? Entro en el parque pequeño situado enfrente de la biblioteca Newberry y hecho a andar por el camino mirando a los transeúntes en busca de Bella.

Esa mañana le había dejado un mensaje pidiéndole que fuera a verla pero sin darle más explicaciones. Y Edward había decidido aprovechar la oportunidad para explicarle su comportamiento y buscar el modo de arreglar las cosas con ella. En el mejor de los casos, quizá accederería la fin a cenar con el. En el peor, le diría donde podía meterse el contrato.

No era la misma que había conocido en la universidad. La chica tímida se había convertido en una mujer segura de si misma que probablemente tenia todos los hombres que necesitaba, hombres que habrían reconocido la belleza cuando la habían conocido, hombres que habían sido mas listos que el.

Edward había estado con muchas mujeres y aunque en muchas ocasiones había sentido mucha pasión, nunca había conectado de verdad a nivel de sentimientos, nunca había confundido aquello con amor y ni siquiera con un afecto profundo; siempre había sido cuestión de deseo físico y nada mas.

Lo que sentía por Bella era diferente. Era una mujer hermosa, sexy e interesante, pero el no quería seducirla. Antes que nada eran amigos y, si se convertían en amantes, seria por que lo hicieron como un paso lógico dentro de su relación, no por el deseo abrumador de arrancarse mutuamente la ropa.

Bella no era de la clase de mujer a la que pudiera seducir y luego dejar. Ocupaba un lugar diferente en su vida a todas las demás mujeres, a pesar de lo cual no podía ignorar los chispazos de atracción que brotaban entre ellos cuando estaban juntos ni podía negar que había pensado a menudo en ella en los últimos días.

Se volvió despacio y volvió a mirar de nuevo el parque. Por un instante creyó verla sentada en un banco, pero enseguida se dio cuenta que no era ella. Se sentó a esperar y observo aun anciano lanzar una pelota de tenis a un perro. Diez minutos después, empezaba a preguntarse si le habían dado plantón cuando la vio andar hacia el. Se puso en pie y ella lo miro largo rato.

Se acercaron despacio uno a otro y se encontraron en el centro de la plazuela.

-Pensaba que ya no venias- dijo el.

-He estado apunto- repuso ella.

Se produjo un silencio y Edward reprimió el impulso de tender la mano y apartale un mecho de pelo de los ojos. Si podía tocarla, todo iria bien. Pero se metió las manos a los bolsillos de la gabardina para resistir la tentación.

-¿Quieres ir a tomar un cafe?- pregunto. –Hay sitio justo en …-.

-No, estamos bien aquí. Solo voy hacerte una pregunta y quiero que seas sincero conmigo-.

-De acuerdo-.

-¿Por qué haces esto? Puedes tener todas las mujeres que quieres ¿Por qué yo?-.

-Eso son dos preguntas- dijo el. –Con respuesta muy distinta-.

-Dime la verdad- insistió ella.

Edward pensó con cuidado la respuesta, sabedor de que lo que dijera podía influir mucho en la decisión de ella. Sintió deseos de mentir y ocultar sus verdaderos motivos, pero si quería que aquello funcionara, no podía empezarlo con una mentira.

-Tengo treinta años. Mi padre me esta presionando para que me tome el futuro enserio. Quieres que me case y forme una familia, pero mi vida social hasta el momento no ha sido enfocada a ese objetivo en concreto y, si quiero dirigir la compañía, tengo que probarle que tomo enserio lo de conseguir esposa.

Espero la reacción de ella, que se limito ha asentir con la cabeza.

-De acuerdo eso puedo entenderlo, ¿Y por que yo?-.

Edward se encogió de hombros.

-Tiene sentido- repuso. –Para empezar, esta el contrato. Y ya éramos buenos amigos- no le dijo que ella lo atraía mucho, que no dejaba de pensar en ella y la veía bajo una luz nueva.

-¿O sea que esto es solo cuestión de eficiencia?- pregunto ella.

Edward soltó una risa.

-He pasado años perfeccionando mis encantos, ¿y que he conseguido? Todavía no he encontrado a la mujer perfecta-.

-¿Y estas dispuesto a conformarte con una mujer imperfecta?-.

-¡No!- protesto el. –Tú no eres imperfecta en absoluto. Nosotros empezamos como amigos, Bella. Quizás sea lo mejor- hizo una pausa. –Si quieres saber mi opinión, creo que nos han tomado el pelo. Nos dedicamos a buscar el amor y los finales felices y puede que la mayoría no los encuentre nunca. Yo tengo treinta años y he salido con muchas mujeres suficientes para saber que es difícil encontrar algo especial-.

Cerró los ojos y respiro hondo el aire húmedo.

-¿Seria tan malo intentarlo? ¿Qué tenemos que perder?-.

La miro, vio que dudaba y resistió el impulso de presionarla más. No quería asustarla.

-Somos personas distintas. Tú ya no me conoces-. Dijo ella.

Edward la miro a los ojos.

-Te conozco lo suficiente- contesto. –Se que nos ira bien juntos. Dame una oportunidad de demostrártelo-.

Ella se mordisqueó el labio inferir, pensativa, y Edward se permitió sentir una leve esperanza.

-De acuerdo- dijo ella por fin. –Pero tiene que ser según mis condiciones-.

-Por supuesto- el hizo ademan de tomarle las manos, pero ella evito el contacto y entrelazo los dedos. –Acepto cualquier condición-.

Bella lo miro a los ojos con una expresión que tenia algo de retadora.

-Quiero un anillo- dijo ella. –Uno muy grande. Tres quilates por lo menos-.

Edward reprimió un respingo de sorpresa.

-¿Que?-.

-Y no quiero perder el tiempo con un compromiso largo. Si después de tres meses, esto no funciona, seguimos cada uno nuestro camino y rompemos el contrato. Y por supuesto, yo me quedo con el anillo, ¿Aceptas?-.

Ella no hablaba de una cena precisamente. Seguía pensando que quería obligarla a casarse y hablaba de algo mucho mas serio. Su cerebro intentaba entender lo que ocurría. ¿Anillo? ¿Compromiso? Entendió entonces la mirada retadora de ella. Aquello era un farol por que quería asustarlo con la posibilidad del compromiso. La audacia de ella le dio ganas de reír. Pero aquel juego podían jugarlo los dos.

-De acuerdo- dijo en tono mesurado. –Pero yo también tengo condiciones. Si vamos a intentarlo de verdad, tenemos que pasar más tiempo juntos. Creo que debes mudarte conmigo. Así podemos ver si somos compatibles-.

Bella se puso tensa y Edward pensó que iba a dar marcha atrás.

La joven se encogió de hombros.

-Supongo que eso estaría bien, pero con una condición. Tendremos habitaciones separadas-.

Edward admiro su sangre fría. Ni siquiera había parpadeado. Habían pasado de salir a vivir juntos en menos de un minuto.

-De acuerdo, pero tendrás que hacer un esfuerzo por realizar algunos deberes de esposa- repuso, convencido de que aquello seria demasiado para ella.

Tal y como esperaba, Bella abrió mucho los ojos.

-¿Quieres que me acueste contigo?-.

Edward se echo a reír.

-No, no me refería a eso, pero si quieres añadir eso a tu lista de responsabilidades diarias, no tengo nada que objetar-.

-Esto no saldrá bien- murmuro ella.

-Yo me refería a cosas que suelen hacer las mujeres por sus maridos. Cocinar de vez en cuando, lavar, arreglar la casa, escuchar mis problemas en el trabajo-.

-¿Y que me dices de los deberes de los esposos? ¿Qué vas a hacer tu para contribuir a este acuerdo?-.

-Yo hare lo que quiera-.

-Una cerradura en la puerta de mi dormitorio- musito ella. –Y un cuarto de baño propio-.

-Eso será un problema- repuso el. –En mi casa solo hay uno y medio-.

Bella suspiro le lanzo una mirada recelosa.

-Supongo que puedo soportarlo. Podemos hacer turnos para el baño-.

-De acuerdo-.

-Bien. Tres meses- dijo ella. –Hasta es día de San Valentín. Y si no funciona, seguimos caminos separados-.

-Tres meses- asintió el. -¿Quién sabe lo que puede ocurrir?-.

Bella le tendió la mano y el se la estrecho.

-Trato hecho- dijo ella. –Quizá deberíamos escribir otro contrato-.

Edward, sorprendido todavía por el giro de los acontecimientos, le retuvo la mano.

-Añadiremos una clausula al viejo- comento. -¿Cuándo quieres mudarte conmigo?-.

-¿Este fin de semana?-.

-Esta bien – no pudo reprimir una sonrisa. -¿Qué te parece el sábado? Te ayudo a instalarte y luego podemos salir a cenar. Conozco un restaurante magnifico. En…-.

-El sábado tengo que trabajar; seria mejor el domingo-.

-La dirección en el 2234 de North Winston. Te espero el domingo-.

La joven asintió y se volvió para marcharse, pero el se negó a soltarle la mano.

-¿Bella?-.

Ella miro los dedos enlazados de ambos.

-¿Sí?-.

-Tú me has preguntado por que; yo puedo preguntarte lo mismo. ¿Por que?-.

-Yo no tengo que darte mis razones-contesto ella. –Eso no entra en el contrato- se soltó y hecho a andar por el camino. Edward la contemplo hasta que doblo un recodo y desapareció; se sentó en un banco del parque con la respiración formando nubes delante de su rostro.

Desde el comienzo había buscado solo una cita y de pronto había acabado con una prometida. No sabia que pensar, así que opto por no pensar en lo sucedido. Tendría tres meses para averiguar lo que sentía por ella… y lo que sentía ella por el.

El dormitorio de Bella estaba lleno de cajas. Miro el lado del armario donde guardaba la ropa de verano y pensó que podía hacer con aquellas prendas.

-Las guardare en el almacén- murmuro.

Alice tomaba un café sentada en el borde de la cama y la observaba.

-Estas loca. ¿Se puede saber que te ha dado?- levanto una mano. –Espera, no contestes. Yo se lo que te ha dado. Un virus llamado Edward Cullen. ¡Y yo que pensaba que al fin te habías curado!-.

-Lo que me ha entrado es sentido común- repuso Bella. Tomo un monto de jerséis bien doblados y los dejo en una caja vacía.

Había pasado dos noches dando vueltas en la cama, considerando sus alternativas, pero lo que al fin la forzó a decidirse fue una llamada del mecánico que le dijo que tenia que cambiar unas piezas de su coche de nueve años, reparación que ella no podía pagar, y menos si tenia que pagar a un abogado que la librara del ridículo contrato de Edward.

-Sentido común?- gruño Alice. -¿Qué tiene de sensato irse a vivir con Edward?-.

-No solo me voy a vivir con el. Digamos que estoy prometida con el-.

Alice abrió mucho la boca.

-¿Prometida?-.

Bella miro el montón, de jerséis que tenia que empaquetar.

-Creía que podía obligarlo a renunciar a su estúpido contrato, pero las cosas no salieron como yo planeaba-.

-Bella no puedo creer que ese contrato sea vinculante. No puede obligarte a casarte con el-.

-Esa no es la cuestión. Luchar con el me costara un dinero que no tengo. Además, esto me viene bien. Tendré un sitio para vivir mientras nos recuperamos y dentro de tres meses rompemos el contrato y no tendré que volver a pensar en Edward Cullen- miro a su amiga. –Solo son tres meses, Alice. Nos esforzaremos con el negocio, haremos dinero suficiente para pasar el invierno y en marzo volveremos a empezar-.

-Te dije que podías venir a vivir con Jasper y conmigo. El sofá es muy cómodo-.

-No, no podía-.

-¿Y con tus padres tampoco?-.

-Seria muy pesado ir y venir del pueblo a la ciudad. Y no quiero hablarle a mi madre de nuestros problemas. Siempre ha querido que renuncie a mi negocio y busque un marido. Si se entera de que estamos apunto de quebrar, tendrá a todos los médicos de Chicago haciendo cola en mi puerta-.

-Tiene que haber otra solución-.

-¿Qué alternativa tengo? Si me mudo con el, gano tiempo-.

-Bella, este no es un hombre con el que deberías vivir. Tu sabes cuanto te costo olvidarlo la otra vez. ¿Estas dispuesta a saltar al fuego de nuevo?-.

-Ahora soy una persona diferente. Lo veo como es en realidad-.

-¿Y como es? ¿Un hombre guapo, sexy y triunfador?- Alice se llevo las manos a las mejillas con fingido horror. -¡Oh! Comprendo que te vaya a repeler, ¡Que pesadilla!-.

Bella sonrió.

-Sí, es sexy, pero nada a lo que no pueda resistirme-.

-Nunca pudiste- dijo Alice. –Pero seamos sinceras, Bella. Edward Cullen siempre te hizo sentir como plato de segunda mesa. El se dedicaba a conquistar a otras y tu esperabas las migajas que quisiera arrojarte-.

Bella suspiro con suavidad. Sabia que su amiga tenia razón, su instinto le decía que estar cerca de Edward era peligroso, pero sentía la necesidad de probarse que no era la misma chica de seis años atrás, que ahora era una mujer y sabia que las cosas habían cambiado. Los sentimientos fraternales que Edward hubiera podido albergar por ella en el pasado ya no estaban allí. Se notaba en su modo de mirarla. Había algo más que amistad y ella quería saber que era exactamente.

-Ya no soy aquella chica tonta- musito.

-Y el no es el estudiante guapo que vive abajo. Imagínate esto. Te despiertas por la mañana, entras en el cuarto de baño y te lo encuentras saliendo de la ducha mojado y desnudo. O te levantas por la noche por un vaso de agua y el esta dormido en el sofá en calzoncillos con el pecho desnudo y brillando a la luz de la televisión. Sí, has madurado. Eres una mujer y el, un hombre. Y no me digas que no lo has imaginado desnudo y… excitado-Alice se llevo una mano al corazón y suspiro. –La cercanía puede destruir hasta las resoluciones más firmes-.

-Pero tengo un plan- dijo Alice.

-¿Cual? ¿Llevar una venda en los ojos y un cinturón de castidad durante los tres meses?-.

-No. Me entregare a mi papel de esposa y le demostrare que soy la última persona con la que quiere casarse. Tal vez ni siquiera necesite un abogado. Después de tres mese, estará mas que contento de enseñarme la puerta-.

Alice lanzo un gemido y se cubrió el rostro con las manos.

-Eso no funcionara. Te conozco y se que serias una esposa excelente- se tiro de espaldas en la cama y miro el techo. –Sabes cocinar y hornear eres una buena decoradora. Hasta sabes hacer cortinas. No tengo dudas de que podrías preparar una cena para doce personas con solo veinticuatro horas de aviso-.

-¿Ves? Todo el tiempo que paso mi madre entrenándome sirvió para algo- se burlo Bella. Subió a la cama y cruzo las piernas ante si. –Se como ser la esposa perfecta, pero también se como ser una mala esposa, una esposa horrible y gruñona que no cocina ni limpia y que cree que el rosa chillón es el mejor color para la decoración de interiores-.

-¿Que?- Alice frunció el ceño, pero no tardo en comprender lo que tramaba su amiga. -¡Oh!- se sentó en la cama con una sonrisa. -¡Oh, eso si que es un plan!-.

Bella sonrió.

-Lose. Es sencillo y brillante. ¿Verdad?-.

-Hazlo desgraciado y no tendrá mas remedio que prescindir de ti. No sabia que fueras tan retorcida-.

-Cree que me conoce, pero no es cierto. Seré una prometida infernal, la mujer que le haga la vida imposible. ¿Quieres que hagamos una apuesta sobre el tiempo que tarda en echarme?-.

Alice dejo de reír.

-Eso no es lo que me preocupa- contesto. –Me preocupa que, cuando veas lo que es vivir con Edward Cullen, tú no quieras irte-.

Edward deambulaba delante de la puerta, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo. Esperar a que llegara Bella se había convertido en una agonía. Para pasar el tiempo, había decidido limpiar la casa, pero la tarea no había servido para tranquilizarlo.

Si alguien le hubiera dicho unas semanas atrás que le ocurriría aquello, se habría reído en su cara. Vivir con una mujer alteraría necesariamente sus costumbres, sin tener en cuenta lo que implicaba aceptar estar con la misma persona día tras día.

Sin embargo, estaba deseando tener cerca a Bella. Recordaba sus conversaciones del pasado, lo divertido que era hablar con ella, como valoraba sus consejos sensatos. Además, podía ser divertido discutir con ella. En los últimos días había percibido asomos de mal genio y sabía que era una mujer terca y… apasionada.

Apasionada y muy hermosa. Eso tampoco podía olvidarlo. No se cansaba nunca de admirarla. Su belleza no era obra de la química y de la cirugía, era una belleza sencilla natural, de las que mejoraban con el paso del tiempo.

Edward estaba delante de la puerta cuando sonó el timbre de seguridad. Thurgood salto desde el sofá de la sala, donde había estado durmiendo, y empezó a ladrar.

-Silencio- Edward se seco las manos sudorosas en la camiseta y respiró hondo. –Y se bueno con la señorita. No saltes sobre ella ni la chupes-.

Hizo una pausa antes de abrir la puerta. Lo natural habría sido que sintiera más temor. Después de todo, la suya era una casa de soltero, cómoda y funcional, y ella querría hacer cambios.

-Por el rosa no pasamos- le dijo al perro. –Si trae algo rosa a esta casa, yo elevo una protesta formal y tú lo destrozas a mordiscos-.

La casa tenia todo lo que un hombre podría desear: televisor de pantalla plana, una cadena de música de primera, una maquina de pesas y dos tumbonas de cuero. Y Edward estaba dispuesto a añadir algunos toques femeninos… paños de cocina de colores, cortinas, algunos cojines…-.-Que no diga que no soy flexible- musito.

Thurgood estaba sentado delante de la puerta y golpeaba el suelo con la cola.

El timbre volvió a sonar y Edward abrió la puerta frontal. Bella estaba en el umbral con una maceta en la mano. Edward la tomo y se hiso aun lado.

-Entra- dijo.

Dejo la palmera en el suelo y miro a la joven, que a pesar de ir vestida con vaquerón y un suéter y llevaba el pelo recogido con un pañuelo, estaba extraordinariamente hermosa. Era increíble que hubiera cambiado tanto y siguiera pareciendo al mismo tiempo la chica de diecinueve años que había conocido.

Bella vacilo un momento antes de entrar. Thurgood se coloco ante ella, que lo miro nerviosa. Pero luego avanzo unos pasos y Edward respiro aliviado.

-Te enseñare esto- dijo. –Te presento a Thurgood-.

-Es grande- musito ella. –Muy grande-.

-¿No te gustan los perros? ¿Nunca tuviste un perro de pequeña?-.

-A mi madre no le gustaban los animales, decía que ensuciaban mucho. Yo tenia plantas- ella forzó una sonrisa y señalo la palmera. –Voy por el resto de mis cosas. Regina es sensible al frio y Anya esta envuelta en plástico, pero seguro que sufre el efecto del shock-.

-¿Regina? ¿Anya?-.

-¿No te acuerdas de ellas? Regina es una sedum morganianum y Anya es una pallaea rotundifolia. Conocidas vulgarmente como cola de burro y helecho de botón-.

Edward la tomo de la mano y la apretó con fuerza.

-¿Sigues poniendo nombre a tus plantas?-.

-Son las mismas plantas-.

Bella salió por la puerta y Edward la siguió y bajo corriendo los escalones hasta la calle.

-Te ayudare. Levantar peso es responsabilidad del marido-.

-¿Insinúas que no puedo llevar mis cosas?-.

-no. Solo digo que será un placer hacerlo por ti-.

-De acuerdo. Pero no creo que me creas incapaz de llevar unas plantas y algunas cajas pesadas-.

Edward sonrió y se coloco delante para cortarle la retirada. Ella choco con el, que la sujeto por la cintura.

-Creo que eres muy capaz de hacer todo lo que te propongas- por un instante pensó en besarla para romper la tensión, pero no quería espantarla antes de que se instalara en la casa. Tenía tres meses para conquistarla y podía ser paciente.

-Bien, vamos allá- murmuro ella.

Edward asintió. Las plantas y las cajas estaban en la parte de atrás de una camioneta que llevaba el nombre de Windy City Gardens y que Bella había aparcado en doble fila delante de la casa. Edward ayudo a llevar todo hasta el vestíbulo y, cuando terminaron, la dejo entrar en casa y le llevo la camioneta a su garaje.

Cuando volvió, encontró a Bella en la cocina regando una planta que parecía algo marchita.

-¿Se repondrá?- pregunto.

Bella se volvió a mirarlo con un sobresalto.

-Creo que si. No es una buena época para mover plantas. Se acostumbran a un lugar y abeses se alteran cuando les cambias las condiciones de vida-.

Edward se coloco detrás de ella y miro la planta.

-¿Quién es esta?- pregunto.

-Sabrina. ¿No te acuerdas de ella?-.

-¿De la universidad?-.

Bella asintió con la cabeza.

-Me la regalaste tu cuando te mecanografié un articulo para la revista de leyes. Es vieja, pero todavía esta sana. Esta especie es propensa a insectos o enfermedades y la he trasplantado unas cuantas veces-.

-¿Y por que la llamaste Sabrina?-.

-Por Audrey Hepburn y Humphrey Bogart-.

-Ah, si, esa película- retrocedió para reprimir el impulso de besarla en el cuello. –Supongo que debería enseñarte esto-.

Bella se volvió haca el.

-De acuerdo-.

Edward salió por la puerta y ella miro a su alrededor con curiosidad. Y el aprovechó la gira para tocarla una y otra vez, colocar la mano en la parte baja de la espalda de ella o tomarla por el codo al guiarla de habitación en habitación. Thurgood los seguía, ansioso por conocer a aquella visitante.

-Compre la casa por los techos altos- explico Edward. –Y por los detalles arquitectónicos. Las escayolas del techo son originales y la chimenea de la sala también. Cuando compre la casa, estaba cubierta de capas de pintura-.

Bella asintió.

-Es hermosa. Pero la decoración es algo moderna -.

-Si, me gustan las líneas limpias. Acero inoxidable, cristal y cuero-.

-Muy masculino- murmuro ella.

-Te enseñare tu dormitorio- le tomo la mano y tiro de ella escaleras arriba. –Ya has visto la cocina y la salita de atrás. Arriba hay tres dormitorios y un baño. El tercer piso es un espacio grande sin terminar. Todavía no se lo que hare con el-.

Cuando llegaron al segundo piso, señalo la habitación más pequeña.

-Esa la uso como despacho. Y esta es mi habitación- abrió una puerta y Bella vio una cama grande con una cómoda sencilla estilo danés y un armario.

Edward cruzo el pasillo y abrió la puerta del cuarto de invitados.

-Y esta es la tuya. No es gran cosa, pero seguro que tu tendrás objetos personales que la embellezcan-.

Bella entro en la estancia y miro a su alrededor.

-No creo que esto sea buena idea- dijo. –Lo siento, pero me parece que debería irme-.

Edward la sujeto por lo brazos para cortarle la huida.

-No tienes nada que temer de mi- musito. Le puso los dedos debajo de la barbilla para obligarla a mirarlo a los ojo. –Aquí estas segura. Te lo juro-.

-Lo se- susurro ella con expresión dudosa.

-Dale una oportunidad a esto- el se inclino con la mirada clavada en los labios. Su instinto le decía que no debía, vio la aprensión y la duda que expresaban sus ojos y supo que había cometido un error. –Perdona- murmuro. –Voy a subir tus cosa, ¿de acuerdo?-.

-De acuerdo-.

Edward bajo corriendo las escaleras y entro en la cocina. Abrió el grifo del agua fría en el fregadero y se froto el rostro con las manos mojadas. Lanzo una maldición, tomo un paño de cocina y se apoyo en el borde de la encimera con los ojos cerrados y la cara mojada.

Unos segundos más tarde, Thurgood entro en la cocina y se sentó al lado del fregadero.

-¿Qué te parece?- pregunto el hombre. –lo se, lo se, es una chica. Pero es muy guapa, ¿no crees?-.

El perro echo la cabeza a un lado y levanto una oreja, como si no aprobara a la nueva invitada.

Edward le dio una palmadita en la cabeza.

-Solo tienes que acostumbrarte a ella- dejo el paño en la encimera y volvió al vestíbulo, donde levanto tres caja para llevarlas al dormitorio.

Encontró a Bella sentada en la cama con Regina o Anya en las manos. Parecía apunto de echarse a llorar y Edward dejo las cajas y se arrodillo ante ella.

-¿Qué te pasa?-.

Bella forzó una sonrisa y movió la cabeza.

-Nada-.

-Vamos, dime que ocurre-.

Ella miro a su alrededor.

-Esto no parece un hogar-.

La mujer decidida y segura de si había desaparecido, sustituida por la chica que había conocido en la universidad, la chica que lloraba al final de las películas románticas, la chica entregada. Si tan desgraciada se sentía con aquel acuerdo, ¿Por qué había accedido? Edward tuvo la impresión de haberla obligado a hacer algo que no quería.

Se maldijo e intento pensar en el modo de hacerla sonreír de nuevo.

-Tendrás que arreglar eso- dijo. –Compra cortinas, cuadros o lo que quieras. Puedo conseguirte una televisión de pantalla plana si quieres para que veas películas antiguas aquí-.

Bella sonrió y Edward respiro aliviado.

-Creo que cambiare la decoración- declaro ella.

-Hazlo. Que narices, puedo pintar la casa de rosa si quieres- el se levanto y le tomo las manos. -¿Qué te parece si termino de subir tus cosas y salimos a cenar?-.

-¿Preparar la cena no entra en mis deberes de esposa?-.

-Si. Y uno de mis deberes de marido es invitarte a cenar fuera. Me temo que en la cocina sola hay crema de cacahuate, pan, leche y cerveza. Y no espero que cocines con eso.

-Tengo hambre-.

Edward sonrió y tiro de ella hacia la puerta. Sabia que la primera noche seria dura, pero el aria lo posible por que estuviera cómoda. La invitaría a cenar, calmaría sus miedos y procuraría contenerse y no besarla cada vez que la mirara.

Ok, por fin termine de transcribir el tercer cap. espero le guste y me aguantes un poquito mas ya que me voy a ver un poco ocupada con mis exámenes de la universidad así que no podre actualizar pronto. No se olvide de dejar un reviews.