Sherlock pertenece a sus creadores, idea original de Arthur Conan Doyle, y a la versión actualizada por la BBC y los productores. Sólo tomo un poco de su maravillosa obra para sufrir un rato.
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Si mi futuro era oscuro,
más valía enfrentarse a él como hombre, que
tratar de iluminarlo con fantasías de la
imaginación.
El signo de los cuatro.
Mary Morstan. Lo peor es que él lo había llevado hacia ella. Pero ¿cómo iba a suponer que John siguiera la pista de esos viejos casos que le contaba cuando quería distraerlo de sus manías por poner orden en el departamento y sobre todo con sus cosas?
Entonces le relataba casos de cuando no lo conocía y John olvidaba su afán por la limpieza de primavera, verano o lo que fuera. También le servía para distraerse un poco de la apremiante necesidad de fumar, del tedio, debía reconocer, pero no lo haría.
La madre de Mary lo había contactado para buscar a su esposo, que hacía más de doce años las había abandonado, un caso doméstico demasiado aburrido, de no ser por el curioso hecho de que cada año recibían un diamante el día del cumpleaños de la hija de un principio habían sido pequeños, pero cada vez aumentaba el tamaño y por consiguiente el valor. La mujer decidió esconder a su hija estos regalos y guardarlos pata la ocasión en que se requiriera, quizá para los estudios de Mary. Eran ya una pequeña fortuna, cuando dejaron de llegar. Paso un año sin que llegará el regalo y luego otro. Y eso le dio tanta curiosidad –Rescoldo de un amor, obvio-, que empezó a indagar que había pasado con su marido, que era un militar retirado. Al poco tiempo de ello, recibió una nota redactada en términos muy amables, pero amenazantes, indicándole que debía dejar de investigar por su bien y el de su hija. Le llevo a Sherlock la carta y todas las notas que llegaban con los diamantes, no fue complicado encontrar cierta coincidencia entre la letra de la carta y la que rotulaba los envíos de diamantes. Tomó el caso para averiguar qué había pasado con el coronel Arthur Morstan. También fue de las primeras veces que pudo tomar parte activamente con Scotland yard, pues resulto que detrás de todo estaba una banda de traficantes que no solo comerciaba con diamantes extraídos de África ilegalmente si no también con personas y formaban una curiosa y leal hermandad. Morstan, una vez que fue retirado del servicio militar, acostumbrado a cierto nivel económico, se inmiscuyo con ellos por sus conocimientos sobre el África, pero cuando quiso retirase del negocio, lo habían asesinado. Como compensación, mandaron los diamantes con su familia hasta que se cubrió el total del pago de sus servicios. John se había reído diciendo que hasta entre maleantes hay códigos de honor por seguir. Sherlock se encogió de hombros, argumentando que cada profesión tiene sus reglas, aún si eres un ladrón o un detective asesor, lo que le había ganado más risas de John.
Pero, ¿Por qué mejor John no se había puesto a buscar la rata de Sumatra o a Gloria Scott? No, tuvo que buscar y encontrar a la simple Mary Morstan. La simple Mary Morstan, con un marcado complejo de Edipo, perfecta para fijarse en un ex-militar retirado, seguramente le recordaba al padre que la abandonara. ¿O era complejo de Electra? Si, más bien. Vaya recurriendo a metáforas psicoanalíticas, estaba cayendo así de bajo. Pero es que necesitaba justificar el que John no regresará.
Después de su fingida muerte, John se había volcado a reunir los pedazos de su vida que no conocía. ¿Se había entrevistado con su madre? Tenía que preguntarle después. Mary era una de las pocas personas que no creía que fuese un fraude, por lo poco que lo había conocido cuando investigará el caso de su padre. Sherlock la recordaba cómo una chica rubia, delgada y tímida que se ruborizaba cuando su madre insinuaba lo guapo que era. Mary, por su lado, no podía negar que en algún momento se sintió atraída por ese joven pálido de expresión fría y concentrada, de aires victorianos, que hablaba rápidamente pero con tanta sabiduría y la arrogancia que conlleva esta, pero nunca pasó de ser algo meramente platónico. Porque no era tan tonta cómo a Sherlock le gustaría pensar y desde un principio le quedo claro que ella no era la adecuada para salvarlo de sus demonios, encarnados en drogas que en ese entonces estimulaban su aburrido cerebro.
Gracias a lo que fuera que aquellos tiempos estaban muy atrás, pensaba Sherlock mientras abría su segunda cajetilla de cigarros del día.
A su mente vino el día que John se la presento cómo su prometida oficial. Casi no había cambiado, parecía menos tímida ahora, o quizá era que le daba confianza la manera en que John tomaba protectoramente su mano -John solía tener ese efecto.- Sherlock fue distante con ella, pero no le afecto, Mary le sonreía amablemente mientras le decía que siempre tuvo fe en él.
-Es cierto, Sherlock -corroboró John- fue gratificante poder hablar con alguien que no creyera toda esa sarta de estupideces que la prensa se puso a publicar sobre ti.
-Yo lo vi trabajar en el caso de mi padre, no podía ser que todo fuese mentira, usted lo supo todo con sólo ver las cartas e investigar...- Su voz era dulce, del tipo que se considera usualmente reconfortante, por supuesto que John debió encontrar agradable hablar con ella tantas veces que todo había terminado con ellos viviendo juntos.
Sherlock asintió apenas hacia Mary, estudiando su joyería barata, la mala calidad del maquillaje que lucía haciéndola ver más grande de lo que en realidad sabía que era, sus manos estropeadas por el uso de pinturas dactilares, no tóxicas recomendadas para niños de cinco años en adelante. Aunque no era sólo eso.
-¿Y qué pasó con los diamantes?- le pregunto dio queriendo desviar su atención para que dejarán de mirarse ella y John de esa manera tan boba. John puso la cara de que había preguntado algo incorrecto. -¿No lo supo? la policía los retuvo como evidencia de… de lo que había pasado con mi padre, luego los confiscaron.
-Lo lamento.-dijo, por la expresión de John, suponía que era lo correcto. -Supongo. La Señora Morstan contaba con ese fondo para ustedes. Debió ser difícil quedarse sin él.
-Tuvimos algunas dificultades... pero logramos sobrellevarlas.
-¿Trabajando en el hotel?-Mary se ruborizo notoriamente y John miró a Sherlock sin entender -No, te dije que es maestra. De preescolar.
-Pero no deben pagar mucho, ¿o sí?, lo siento, no estoy familiarizado con los salarios de los empleados del gobierno. - Mary miró a John angustiada. -Sólo fue algo temporal... aún debía al hospital por mamá y no quería casarme contigo llevando esa deuda... trabaje cómo mucama varios meses. - John le sonrío comprensivo.
-Entre los dos lo hubiéramos pagado, no debiste preocuparte de eso sola- Sherlock rodó los ojos. -Bueno, sí empezará el momento cursi de la anagnórisis, creo es hora de que me vaya.- declaró poniéndose en pie de manera dramática. La suave voz de Mary lo detuvo. -¿Ira el sábado, cierto?
-Sí no tengo un caso más interesante, quizá, ¿por qué no? Hasta podría llevarles un presente nupcial. - John conocía la sonrisa que les dedico, era la misma que componía cuando lo obligaba a ser amable con los periodistas. Cuando hubo avanzado un par de pasos, John le dio alcance.
-Eso fue descortés...
-Me conoces, ¿esperabas que besara su mano y le dijera: «a sus pies, futura Señora Watson»?
-Esperaba que por cinco minutos fueras más que esa máquina que todo analiza.
-No.
-Oye. -le dijo cuándo lo volvió a ver darse vuelta. Sherlock espero sin girarse que dijera lo que tenía que oír.
-No tienes que ir el sábado.
-¿No quieres que vaya?
-¡No! Es decir, no si te resulta demasiado molesto. Ya sabes, habrá mucha gente, es un acontecimiento muy...social.
-Doble negación. Si no deseas que vaya sólo tienes que decirlo John.
-No se trata de mí.
-No te preocupes. Si es que voy, me comportaré más cómo un animal social que cómo una máquina, ¿Está bien? - John asintió un poco y murmuro un "si" cómo respuesta, tras el cual, Sherlock al fin pudo alejarse de ahí cuán rápido se lo permitieron sus largas piernas.
El sonido de unos pasos y el inconfundible golpeteo de una punta metálica lo regresaron al momento presente, a sus habitaciones de Baker street.
Mycroft entro al lugar frunciendo su respingada nariz. El olor a tabaco impregnaba el ambiente -¿Le dijiste al doctor Watson que necesitabas que regresará? –Su hermano menor le daba la espalda recostado en un sillón. -Le dije que volviera.
-No. ¿Le dijiste que lo necesitabas?
-Claro que no.
-Oh, Sherlock…
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Capitulo muy narrativo... lo siento, la escritura me lleva por donde quiere...
