Mano amiga
Asmita tanteó las teclas del viejo interfono, ubicándose en la segunda columna empezando de izquierda a derecha y comenzando desde la parte baja, para seguidamente ir subiendo el dedo índice rozándolas hasta contar tres. Allí se detuvo y apretó la que con toda seguridad correspondía al 3º 2ª sin permitirse más tiempo para dudar. A fin de cuentas, la tensa conversación telefónica que había mantenido con el habitante de dicha morada ya daba a entender que su tardía visita no sería tomada por imprevista.
La jovial Dekhana respiraba ansiosa, esperando la apertura y blandiendo en alto la cola en clara señal de alegría; era obvio que la destinación no le era desconocida, y en consecuencia, quién tras ella se escondía tampoco. Y que además de conocerle, le caía bien. Asmita emitió un contenido suspiro mientras pugnaba para no lamentarse de haber decidido desplazarse hasta allí a esas horas que ya sobrepasaban la media noche, y cuando a punto estuvo de dar media vuelta y caminar hasta la Avinguda del Paral·lel(1) para detener otro taxi que paseara su pesar, el portal fue abierto sin ninguna otra señal que el chirriante carraspeo de los engranajes de apertura.
En ese antiguo bloque del barrio del Poble Sec(2) sí que había ascensor, y por su fortuna parecía estar esperando su llegada en el vestíbulo de la planta baja. Al acceder dentro ambos fueron asaltados por un fuerte olor a desinfectante, consorte de sus propias pisadas culpables de arrugar un par de hojas de periódico usado. Al parecer algún vecino había procedido con al rudimentaria limpieza de los espacios comunitarios del bloque, pero ni con ese casero empeño se podía borrar ese aroma a rancio y viejo, enquistado en todas las bisagras del edificio. El ascensor subió al tercero y se detuvo haciendo gala de su habitual rudeza, y al emerger de sus entrañas, la puerta que ostentaba sobre su umbral un número 2 se hallaba entreabierta.
Asmita pudo haber tocado el timbre para anunciar su aparición pero Dekhy, olvidándose de recibir alguna posible orden más, se le adelantó aprovechando la flacidez del agarre que se sostenía sobre su arnés. Sus pasos trotaron hacia el interior de la vivienda, y al toparse con su habitante no dudó en derrocharle alegría en forma de contenidos ladridos y repetidos intentos de alzarse en dos patas apoyándose con sus respectivas delanteras sobre un amplio pecho, siempre dispuesto a recibir sus caninos mimos.
- ¡Dekhy! ¡Hola, muchacha! Hacía días que no nos veíamos, ¿verdad? - La perra continuaba revoloteando alrededor de Defteros, emitiendo pequeños saltos para seguir llamando una atención que ya ostentaba al completo. Su cabeza fue acariciada con una energía que a ella le encantaba, sobretodo cuando esas dos grandes manos buscaban las partes traseras de sus orejas y los dedos masajeaban tras ellas.- ¿Qué quieres? ¿Galletas? Claro que sí, mi chica...si ya nos conocemos tú y yo...¡Vamos! ¡Sígueme!
Defteros ignoró la entrada de Asmita, incluso cuando éste cerró la puerta tras él. Sencillamente se concentró en las fiestas que siempre le regalaba Dekhana, agarrándose a ellas y a la conocida rutina de las galletas María(3), para llevársela hacia la cocina y satisfacer la costumbre que hacía tiempo se había instaurado a su llegada en ese piso.
El hindú suspiró con resignación ante el castigo que seguía recibiendo por parte de Defteros. Quería decir muchas cosas, pero las disculpas siempre se le atascaban en la garganta, pese a saber que esa noche las debía desde hacía más de una semana. Los jubilosos ladridos de Dekhy le indicaron que efectivamente ella y Defteros se hallaban en la cocina, lugar donde residía una caja metálica, cofre de las deliciosas galletas de desayuno que su guía y mirada devoraba cada vez que pisaba esa casa. La indiferencia que le mostró Defteros no le invitó a adentrarse en la cocina, pero tampoco le instó a que no lo hiciera, de modo que caminó los conocidos pasos que le acercaron hacia el epicentro del recién inaugurado festín de golosinas. Al no llevar el bastón, objeto que raras veces se veía obligado a usar gracias a la presencia de un lazarillo en su vida, sus pies chocaron con una silla mal dispuesta y por su dejada posición en medio de la estancia supo que habían hallado a Defteros cenando.
- Siento que hayamos interrumpido tu cena...- Susurró, moviendo la silla hasta medio encajarla bajo la pequeña mesa.
- Ya había terminado.
Defteros le respondió con la misma tosquedad empleada en su última conversación telefónica, privándose de dirigirle una mirada que Asmita no vería, pero que él quizás sí que necesitaba ofrecer. Aunque su pequeño orgullo se mantenía aferrado a la gula de Dekhy y sus ansias para seguir engullendo galletas. Una tercera unidad fue dejada caer desde una altura nada despreciable, pero los agudos sentidos de la perra la cazaron al aire, medio masticándola antes de tragarla entera y esperar otra que ya no iba a llegar.
- Ya está bien por hoy, mi chica, que luego te empachas...
Defteros le amañagó la cabeza y seguidamente tapó la caja metálica y la guardó en el lugar que tenía asignado dentro de la alacena. Asmita había dejado que sus manos se apoyaran en el respaldo de la silla que acababa de mover, y ahí aguardaba, esperando ser atendido. Sabiendo que el castigo que Defteros estaba infligiendo sobre él ya andaba rayando su caducidad. Los dos tenían orgullo, pero Asmita tenía más, y ambos lo asumían. Defteros se acercó a la pequeña mesa que había acogido su escueta cena, retirando el plato vacío y el quinto(4) de cerveza que le había ayudado a bajar el bocadillo de tortilla francesa que se había cocinado después de llegar del trabajo. Asmita escuchaba todos sus movimientos, percibía cuando se acercaba y cuando se ensanchaban las distancias entre ellos, pero aguardó paciente sin cambiar de posición, construyendo en su mente las palabras que podría decir si Defteros seguía negándose el derecho a iniciar una conversación.
- ¿Has trabajado con turno de tarde hoy? - Inquirió finalmente el rubio hindú, empleando un calmado tono de voz que pretendía ser conciliador.
- ¿Importa éso? - Defteros respondió con acidez al tiempo que depositaba el plato en el fregadero y que decidía apurar el último trago que le quedaba de la cerveza.
- Claro que importa. No deseo molestarte...Sé que llegas cansado...
- Joder Asmita...- Se quejó Defteros, que ya comenzaba a saberse perdedor del control de la situación.- Os he abierto la puerta. Estáis aquí porque así lo he decidido.- Añadió, dándose media vuelta para acabar apoyando su trasero contra la mesada que albergaba el fregadero.- Además, hoy ha concluído mi semana de tarde y mañana y pasado tengo fiesta. Así que...si estoy cansado tengo días para recuperarme.
Defteros se cruzó de brazos, inspeccionando la compunción que lucía el rostro de su viejo conocido, mientras Asmita se debatía con su propio orgullo y la necesidad de reclamar un abrazo al único que sabía arroparle, aunque fuera únicamente con su cercanía y presencia.
Hacía años que Defteros y Asmita se conocían. Muchos años. Sus caminos se habían cruzado en Barcelona cuando todavía ambos podían considerarse jóvenes, pese a que el apuesto griego lucía seis años más que los vividos por el extravagante hindú. Por ese entonces, Asmita trabajaba en la ONCE(5), vendiendo cupones de lotería en un puesto ubicado al final de Las Ramblas; vivía solo con su hijo pequeño y con la ilusión de que ambos pudieran salir adelante en un país extraño y muy lejano a las duras tierras de sus humildes orígenes. Defteros acababa de llegar, procedente de Atenas, con la intención de trabajar de estibador en el puerto mercante de la capital catalana. Había conseguido el trabajo gracias al currículum que traía consigo de su desempeño del mismo trabajo en el puerto de Piraeus, y cada día de vuelta a la primera vivienda que consiguió se detenía en el garito de Asmita y le compraba un cupón junto a una dosis de infinitos sueños e ilusión. La manía que entonces tenía Defteros había propiciado que esa relación, que en un inicio se ceñía a un nimio intercambio de bienes y palabras, acabara derivando en la construcción de una peculiar e intensa amistad.
Amistad...he ahí una de las palabras que escondían a menudo el origen de sus discusiones. Pasados veinte largos años, lo que para uno seguía siendo "amistad", para el otro había desembocado en algo que ya no sabía ni quería definir de ninguna manera. Y no había sido distinto en su último desencuentro, no... Pero ahí estaban otra vez, uno frente al otro, lanzándose reproches que viajaban entre las frecuencias de un silencio que entre ellos hablaba más que las palabras.
- ¿Vas a decirme por qué te has tomado la molestia de subirte a un taxi que aceptara perros y venir hasta aquí? ¿A estas horas? - Preguntó Defteros al fin, emitiendo un resoplido que ventiló su nariz e intentó apartarle un abundante mechón de cabello azulado que hacía rato sentía cosquilleándole por el rostro.
Asmita alzó el rostro hacia donde sentía el foco de la voz de Defteros, inspiró hondo y después de hinchar su pecho y dejar en el hilo de espera las disculpas debidas, puso nombre a su pesar.- Es Shaka...
Defteros resopló, descruzó los brazos y dejó que las manos se apoyaran sobre su cadera.- Cuéntame...
- ¿Te importa si vamos al salón?
- Claro que no.- Se rindió Defteros.
Al notar movimiento, fue Dekhana la primera en conquistar el salón, saltando sobre una butaca cubierta con una sábana a rayas que ya tenía su aroma impregnado. Defteros dejó el paso a Asmita, y éste se dirigió hacia el sofá de tres plazas que ocupaba todo un largo de pared. Los pasos de ese piso se los tenía casi tan bien contados como los del suyo, razón por la cuál no le era necesaria la ayuda de su fiel guía, quien innegablemente también se sentía en entorno seguro. Defteros tomó asiento a su lado, dejando escapar detalles de una segunda juventud que seguía impresa en sus gestos, como fue dejar caer su trasero sobre su pierna derecha flexionada encima los asientos del sofá. El codo se clavó en la cumbre del reposacabezas y la mano se convirtió en el apoyo de su sien. La azul mirada recorrió las facciones de Asmita, sentado a pocos palmos de distancia, y al mascarse otra vez el silencio, fue el apuesto griego el que abrió la lata de la conversación.
- También os habéis discutido...Otra vez...
- No exactamente...- Asmita se apartó los rubios cabellos que cubrían su frente con un gesto inconsciente, y luego se revolvió sobre el sofá buscando una comodidad que apenas hallaba, ni alejando su rostro del compasivo escrutino al que sabía estaba siendo sometido.- Lo que pasa es que ha vuelto a sacarme el tema de los currículums...y pues...me duele, Def...
- Sabes que algún día tendrás que hacerlo si no quieres que vuestro local se cierre.
- Lo sé...créeme que lo sé. Pero no soporto descubrirle esa frialdad...ese casi desprecio a la realidad...- Se sinceró Asmita, perdiendo poco a poco el orgullo que vestía su voz.- Desde que los médicos nos pusieron en situación que actúa así, como si la vida le importara una mierda. Como si yo tuviera la culpa de ello y me castigara a su manera...
- Tiene miedo, Asmita. Compréndele...
- ¡Yo también tengo miedo! ¡¿O acaso te crees que los años de ventaja que me da la vida me aportan serenidad?!
- Deberían. Igual que tus creencias...
- ¡Pues no! ¡Hoy no! Hoy necesito sentirme humano, dolorido y cabreado.- Exclamó Asmita, girando su rostro hasta encajar la carencia de su mirada en el camino que la enlazaba con la de Defteros.- Hoy necesito que me perdones por todo lo que te dije la última vez...- Añadió, deslizando su mano zurda por la superficie del sofá hasta que ésta se topó con un fuerte muslo, lugar dónde acabó reposando con el tácito consentimiento de su dueño.- Hoy necesito una mano amiga, Def...
No hubo confesiones de más debilidades. Conociendo a Asmita ya habían sido suficientes, pero ésto no privó que la sensibilidad de Defteros se olvidara de sus últimas rencillas y emergiera en silencio. Transformando la línea de sus labios en una mueca de tristeza que rápidamente fue atrapada por la sutil mordedura de sus dientes. Inundando su azul mirada con una pátina de lágrimas que no debía deslizarse más allá de su propia máscara de fortaleza y serenidad.
El griego se fijó en la mano de Asmita posada sobre su muslo, tanteando las cercanías de la rodilla. Esperando una respuesta que acompañara su tristeza. Y lo hizo...Permitió que su zurda, la cuál hasta el momento había permanecido cercando su tobillo, aterrizara sobre ella y la estrechara con fuerza.
Con confianza.
Y con un amor que en su clandestinidad, a nadie laceraba.
- Sabes que siempre me has tenido a tu lado.- Dijo, esforzándose en mostrar una voz segura.- Y siempre te he dicho que estaré a tu lado hasta el final. Que no afrontarás nada solo.
Defteros estaba al tanto de todos los detalles que conformaban la vida de Asmita. Nada se le escapaba, aunque a veces fingiera no darse cuenta de muchas cosas para no rasguñar la coraza de suficiencia con la que el hindú se cubría. Y también le dolía descubrirle herido y frágil...
Sobretodo frágil.
Asmita sonrió, luchando para sobreponerse a una densa aflicción que esa noche le había tomado con la guardia baja, estrujando a su vez la mano que siempre había sido una de sus anclas a la vida.
- Y tú sabes que quizás no me lo merezca después de todo...
- ¡Ya vale! No me vengas con éstas ahora.- Le regañó Defteros, afianzando mejor la mano de su amigo.- Prometo olvidarme de todo lo que dijiste de mi hermano la última vez que vino a verme. En algunas cosas...sólo en algunas...quizás tuvieras razón...- Admitió seguidamente, mintiendo para poder hacer un poco de broma en vez de leña de un árbol caído entre la confianza de ambos.
- Es que...como dije...
- ¡Que no! ¡Que ya vale! ¡Ya te escuché!
Defteros rompió el contacto de sus manos y se alzó del sofá de una arrebolada. El momento de flojera paracía estar superándose, tal y como lo delataba la intención de Asmita de volver a poner en duda ciertas actitudes de Aspros, el hermano gemelo de Defteros, y de paso también de su esposa Sasha.
- Aspros es muy prepotente...- Se lanzó a recordarle de nuevo Asmita, mientras escuchaba cómo Defteros se dirigía hacia la cocina.- ...y me molesta que no valore tu trabajo en el puerto, entre muchas otras cosas que menosprecia de ti.
- ¡Pues no le hagas caso! - Exclamó la voz procedente de la cocina.- ¡Él es así y yo hace una vida que me adapté a su altanería!
- ¡Y su esposa es terriblemente pesada! ¡Siempre preguntándote lo mismo! "¡¿Y no te piensas casar?!" "¡¿Y no has conocido a nadie?!" - Asmita seguía amarrándose al último tema de disputa para no acabar consumiéndose en otro tema que le urgía olvidar, aunque fuera por unas escasas horas.
- Pues la próxima vez trágate el miedo y déjame presentarte como lo que para mí eres, joder.- Le susurró Defteros, haciéndole sonrojar sin medida al mantenerle vociferando y creyendo que aún estaba lejos de él.- ¿Una cerveza?- Preguntó, cambiando de tercio y ofreciéndole un quinto abierto.
- Sabes que no puedo beber alcohol...- Se negó Asmita, ahora sintieńdose ruborizado por más de una razón.- Y no tengo miedo, lo que sucede es que_
- Una noche es una noche.- Le cortó el imponente estibador al tiempo que disponía la pequeña botella entre una de las manos del hindú.- Y la próxima vez que vengan, es decir...lo más probable que en Navidades, se lo diré. Contigo o sin ti. ¡Que no somos unos críos, joder!
Defteros propinó un trago a la cerveza que también traía para él, y acto seguido se dejó caer sobre el sofá al tiempo que su diestra se posaba sobre el hombro de Asmita y lo estrujaba con un gesto impregnado de algo más que simple amistad.
- No sé en qué condiciones estaré de decir nada en Navidad...
Ahí Defteros enmudeció. No por las palabras que traspasaron los finos labios de ese hombre que hacía años que le amaba amparado por una auto-impuesta clandestinidad.
Sino por la directa visión de unos ojos que albergaban un claro y apagado azul...
...y por las lágrimas que de ellos escaparon con total impunidad.
Continuará
(1) La Avinguda del Paral·lel es una de las calles importantes de Barcelona, en la cuál se ubican bastantes teatros y salas de fiesta, y que actúa de "separación" entre barrios.
(2) El Poble Sec es uno de los barrrios de trabajadores de Barcelona, ubicado a los pies de la montaña Montjuïc, cercano a la zona portuaria.
(3) Tipo de galleta dulce muy consumido en Europa.
(4) Quinto de cerveza es la medida de una botella equivalente a 25cl.
(5) ONCE: Organización Nacional de Ciegos Españoles.
