Un Padre
El trago de limonada que recién había tomado no duró más de un segundo en su boca. Miró, horrorizada, el rostro de sus padres, mientras Molly levantaba todos los platos y se disponía a limpiar los charquitos de la bebida que Ginny había ocasionado sobre la mesa al escupir.
- ¡Millones! – exclamó con la voz agazapada. - ¡¿Acaso sólo las mujeres ricas pueden tener bebés?
- Baja el tono de voz, Ginny.
- Millones, mamá… - observó de nuevo el presupuesto, y de pronto le vinieron más ganas de gritar.
- Sabías perfectamente que esos procesos no son nada económicos – habló la señora Weasley conforme dejaba en el lavaplatos todos los cubiertos y vasos sucios. – Creí que lo tenías claro después de tu apresurada cita con el médico hace dos días.
- Sí… pero no pensé… - sus ojos chocolates seguían fijos en el alto número con demasiados "ceros" `para su gusto. – No es justo. – No eran millones. Había exagerado, pero sí necesita bastante dinero. El proceso era delicado, en suma medida, y la clínica metía en el presupuesto hasta el uso del aire acondicionado en la habitación.
- Ginny, quizá sea una especie de "Señal" – la pelirroja enarcó una ceja, con la vista puesta ahora en su madre. – Es que esa decisión tan precipitada de tener un bebé, no creo que estés pensando las cosas de la manera correcta.
- Por favor… - resopló recostándose en la silla y dejando a un lado el presupuesto.
- Piensa bien las cosas antes de hacerlas.
- Ya lo pensé bien.
- No lo creo…
- Mucho dinero… - murmuró otra vez, sintiéndose terriblemente mal. Quizá el acostarse con el primer hombre que se le cruzara en su camino no era tan mala idea, analizando la situación.
O O O
La turbulencia que presentó el avión fue lo suficientemente fuerte como para despertarlo de su profundo sueño. Hacía días que no dormía bien y la pequeña siesta que logró tomar durante el vuelo no fue lo bastante larga como para quitarle la sensación somnífera que cargaba su cuerpo.
- ¿Gusta algo de tomar, señor? – preguntó la aeromoza amablemente conforme señalaba un carrito lleno de diversos tipos de bebidas, tanto alcohólicas como no.
- No, gracias. Disculpe, ¿pero cuanto falta para llegar a Londres?
- Una hora exactamente, señor. ¿Desea alguna otra cosa?
Harry negó con la cabeza.
Quizá el hecho de regresar a Londres tenía parte de la culpa de sus pésimos intentos por dormir durante las noches. Cierta inquietud había invadido su cuerpo cuando decidió volver a Inglaterra… sin saber por qué, estaba entre nervioso y a la vez ávido.
- Eh, ¡Señorita! – llamó a la aeromoza después de que ésta se alejara unos pasos de él. – Discúlpeme, pero me apetece un café – sonrió, medio apenado al hacerla regresar.
- Un café… - preparó una humeante taza. - ¿Crema y azúcar?
- Sólo azúcar, por favor – tomó la fina taza que la chica le tendió. – Muchas gracias.
- No hay de qué, señor.
Dio un primer sorbo a la caliente bebida, deseando que esa taza de café fuera suficiente para acabar con aquel sopor. Trataba de calmar esa inquietud que nacía desde la base de su estómago y se extendía poco a poco por cada fibra de su ser. Un sentimiento agitado lo embargó al pensar en aquellos a quienes vería de nuevo… por sobre todo pensaba en aquella mujer a la cual había dejado hacía ya tiempo.
La taza en su mano tembló debido a las pequeñas oscilaciones que sintió. ¿Cómo estaría? Seguramente igual de hermosa, pululante, divertida, terca y extremadamente alegre como él la recordaba. Con ese espíritu indomable y esa característica forma de ser que dejaba bien claro que de una Weasley se trataba.
-Ginny… - murmuró, buscando en uno de los bolsillos de su pantalón su billetera. Una pequeña y vieja foto reposaba dentro de ella, guardando la imagen de una fresca jovencita de dieciocho años con sonrisa alegre y ojos pícaros y avivados.
Había tomado la decisión equivocada, la más errónea e inexacta. ¿Cómo pensar que irse había sido lo mejor? Por más que ella no se hubiese inmutado ante su abrupta decisión… aquella noche fue muy extraña; ninguno de los dos pensaba. Par de brutos, se dirían.
Era un tremendo idiota; el más grande estúpido, lo aceptaba.
Suspiró guardando la billetera en su lugar y terminando con la taza de café, ahora más fría que caliente. En el inicio del viaje había maquinado millones de pensamientos e ideas para volver a tener a esa pelirroja nuevamente con él… mas algo en su interior le repetía, de manera muy constante, que Ginny no lo perdonaría tan fácil. Por como habían terminado las cosas, dudaba que ella lo disculpase a las primeras.
O O O
- Neville, ¿me prestas dinero?
- Por supuesto Ginny, ¿Cuánto necesitas?
La pelirroja dio al joven una servilleta con la suma de dinero que necesitaba. La reacción de su amigo fue muy parecida a la que sufrió ella esa mañana en la madriguera; Neville escupió todo el vino tinto, manchado los blancos manteles que cubrían las mesas del restaurante.
- Ginny…
- ¡Lo necesito!
- Sabes que te lo prestaría con todo gusto, ¡pero no poseo semejante cantidad! Además, ¿Para qué necesitas tanto dinero?
Neville representaba para ella su mejor amigo desde que se habían unido en Hogwarts durante la guerra hacia ya años atrás. Le agradaba de sobremanera y sabía que él era una de las pocas personas (además de su familia) con las que podía contar.
- Lo necesito.
- ¿Para qué?
El que fuera su mejor amigo no significaba que debía contarle todo. Pero, sintiendo la necesidad de gritar a todo pulmón lo que más quería, no se reprimió.
- Quiero un bebé.
- ¿Qué?
- Me escuchaste, quiero un bebé.
- Ginny…
- No podré tenerlo si no consigo esta suma de dinero.
- ¿Pero qué…? No entiendo – la cara de Neville era todo un poema ante ella. Sabía que él, siendo hombre, no la entendería del todo.
¡Hombres! La simple palabra la medio ofuscaba.
- Escucha… - suspiró. – Quiero tener un bebé. Quiero ser mamá. Pero no podré si no logro reunir todo esto. – mostró frustrada la servilleta que marcaba la gran suma de dinero.
- Pero…
- Inseminación artificial, querido.
- Inse… ¿Estás hablando en serio? – Ginny asintió con la cabeza. – Estás…
- No me digas que estoy loca, ya mi familia viene repitiéndomelo desde que les conté mis planes.
- Es que, ¡de verdad estás loca! – la pelirroja resopló. – Siempre lo supe, pero esto…
- ¡Por favor! Al menos esperaba contar con tu apoyo.
- Igual harás lo que te venga en gana.
- Exacto – sonrió. – ¡Necesito este dinero!
Llevó sus manos a ambos lados de su cabeza apoyando los codos sobre la mesa. Su vista se perdió en las pequeñas burbujas que se formaban en su gaseosa mientras pensaba. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar que el destino le decía que no debía ni podía ser mamá? No quería…
- Neville, ¿quieres ser el padre de mi hijo? - el joven volvió a escupir todo el vino que había sorbido, a Ginny casi le cayó en la cara. ¿Por qué debía decirle sus locuras justamente cuando bebía de su copa?
- ¡Después dices que no estás loca! – vociferó con las mejillas de un encendido tono escarlata.
- ¡Oh, vamos! Somos amigos desde hace años. Sé que eres un hombre sano; no fumas, no tienes ninguna enfermedad y no me cobrarás nada por acostarte conmigo – Ya estaba hablando como toda una demente.
- Mira lo que dices. No podemos hacer tal cosa, además ¡tengo prometida!
- Quizá si hablo con Hannah…
- Ginny… - la chica suspiró.
- Tienes razón. ¡Esto me tiene completamente loca!
- Hasta que por fin lo aceptas – la pelirroja enfocó su vista en el rostro de su amigo antes de exhalar nuevamente.
Era demasiado frustrante.
- Creo que ya debo irme al trabajo – exclamó, inexpresiva, mientras se levantaba de su asiento.
- Te acompaño.
- No tienes que…
- Te acompañaré – aseguró el joven mientras pedía la cuenta.
Salieron del local a la par que Neville abría su ancho paraguas, la lluvia que caía sobre Londres esa tarde era un tanto fuerte. Ginny ajustó su abrigo sobre sí y entrelazó uno de sus brazos con el que Neville le ofrecía tan amistosamente. Caminaron en silencio. Siempre le resultaba agradable esos momentos y más con el aroma de la lluvia penetrando de manera tan amena en sus fosas nasales; le obsequiaba cierta paz muy grata. Podía percibir la mirada que su amigo lanzaba sobre ella de vez en vez; generalmente, sus paseos por las aceras inglesas, con lluvia o sin ella, eran más animados. Siempre conversando sobre situaciones triviales o compartiendo chistes malos que a él le contaban en su trabajo. Supuso que Neville veía muy extraño aquella situación actual, y mucho más con esa expresión tan apática que había adoptado de manera neutral.
- Las cosas llegan cuando deben llegar, Ginny – le sonrió el joven. Ginny lo miró; como muchos otros, no la entendía para nada. – Hannah quiere ir al cine esta noche, ayer estrenaron una película que desde hacia tiempo espera. ¿Te gustaría venir con nosotros?
- No… - negó con la cabeza. – Quedé con Fleur y Hermione para ajustar los detalles de la boda
- ¿Ya programaron la fecha?
- En un mes exactamente. Ambos querían que fuera antes, pero creo que al menos necesitaremos de treinta días como mínimo para tenerlo todo listo.
Cruzaron una esquina hasta llegar a un imponente edificio. Ginny se separó del abrazo de Neville y le sonrió como despedida.
- Gracias por el almuerzo. Sabes que a la próxima me toca a mí.
- Lo acepto. Con tal de que no sea Sushi, todo…
- Precisamente será Sushi.
- ¡Yo siempre me aseguro de invitarte lo que te gusta!
- Y eso es algo que te agradezco mucho – rió. – Nos veremos después.
Se despidió con una sonrisa mientras cruzaba la calle hacia el gran edificio londinense, con suma prisa para mojarse lo menos posible.
- Terminarás enfermándote si continúas mojándote de esa forma, Ginny – habló Lisa, su asistente. Para Ginny resultó ser una mujer sumamente agradable desde que la entrevistó para el puesto. No se había equivocado en contratarla, pues, además de eficiente, resultó ser una muy buena amiga.
- Tan sólo fueron unas gotas, además, sólo me mojé cruzando la calle – entró a su oficina y tomó asiento tras su amplio escritorio. - ¿Alguna novedad?
- Llamó tu hermano. Estaba muy alterado por algo de sus tarjetas de crédito… - Ginny movió la mano en señal de poca importancia. - ¿No llamó a tu celular?
- Lo tengo apagado.
- Con razón.
- ¿Algo más?
- A ver… - la mujer revisó sus notas. – No, sólo la llamada de tu hermano y… ah, una junta que programó el jefe para las tres de la tarde.
- Bien. Gracias, Lisa.
- No hay de qué, es mi trabajo. ¿Gustas una taza de café? – le preguntó al verla temblar un poco por la humedad de sus ropas.
- No, sólo necesito secarme un poco y bajar el nivel del aire acondicionado.
- De acuerdo. Llámame si necesitas alguna otra cosa.
Al apenas ver que la puerta se cerraba tras su asistente, Ginny hurgó en las gavetas de su escritorio hasta dar con su delgada varita y, murmurando un simple y común hechizo, secó sus ropas y su cabello. Miró los papeles que tenía frente a ella, la verdad es que el trabajo se hallaba muy flojo en esos días… o era quizá por el poco interés que ahora mostraba ante él. Bien sabía que debía redactar unos cuatro o cinco artículos para la próxima edición de la revista, pero por motivos y razones, no encontraba la inspiración ni las ganas adecuadas para empezar.
Suspiró sonoramente, buscó dentro de su bolso de cuero falso encima de su escritorio y dio con su pequeña novela de bolsillo que desde hacia tiempo venía tratando de culminar. Abrió justo donde había dejado el capítulo por la mitad, dando a sus ojos la imagen de aquella vieja foto.
¿No se suponía que la había dejado en la oscuridad del cajón de la mesita junto a su cama? ¡Qué insistencia de hacerla recordar cosas que no quería ni pensar! Pero que, algunas veces, se le hacía inevitable no concentrarse en ellas.
Recuerdos. Recuerdos. Recuerdos.
A veces no podía soslayar momentos pasados en los cuales se mostraba una gigantesca felicidad. Lo extrañaba tanto… el sentirse querida, amada y deseada… esas sensaciones que despertaban en las mujeres momentos que parecían ser más soñados pero que eran total y completamente reales.
Inhaló y exhaló con fuerza. Desde que Harry se había ido ella se tenía netamente prohibido pensar siquiera en una nueva relación seria. Se negó demasiadas oportunidades que se le presentaron en bandeja de plata y eso era algo que lamentaba, ahora que lo pensaba. Si se hubiera dado la conveniencia cuando ésta se le aparecía sin siquiera esperárselo, quizá ahora…
- Tendría un padre para mi hijo... – se dijo, apoyándose en su silla y fijando sus ojos en el techo de la oficina. - Un padre.
N/A: ¡Gracias por leer!
¿Qué les pareció el capítulo? Cualquier comentario, siéntanse con la gran confianza de dejarlo, me ayudarían mucho.
Nos leeremos pronto.!
Yani.!
