Disclaimer 1: No poseo ningún derecho sobre los personajes o trama de Divergente, todo ello es propiedad de nuestra querida Verónica Roth.

Disclaimer 2: Esta historia es una traducción del fanfiction original con el mismo nombre "Take Care" o "Cuidarte" de la prometedora escritora Writerbynight.

Fingir que mi hombro no dolía como el demonio fue lo más difícil de volver a la escuela el lunes. Podía lidiar con las clases y con la historia demasiado entusiasta y exagerada de Christina sobre una fiesta a la que fue el fin de semana. Podía soportar, a duras penas, ver a Peter en los pasillos a la distancia. Pero mi hombro… me estaba matando. En algunos momentos durante el día llegué a olvidar mi miembro adolorido, solo para acordarme un segundo después al golpearlo contra algo por accidente. Tuve que poner todo de mi parte para no adoptar la forma de una pelota y dar por finalizado el día.

-Oh, casi lo olvido. –Dijo Christina, dejando su bandeja junto a la mía en nuestra mesa de almuerzo habitual. -¿Cómo estuvo la cena con el diablo?

Cualquier otro día la hubiera golpeado en el brazo por su elección de palabras. Pero hoy tuve que estar de acuerdo.

-Estuvo bien. –Murmuré.

Nuestros amigos, Al y Will, se nos unieron antes de que Christina pudiera preguntar nada más. Al se sentó junto a mí, Will aprovechó el asiento libre junto a Chris, por supuesto. El sentía algo por Christina, era obvio para todos menos para ella.

-Peter te está buscando. –Fue lo primero que salió de la boca de Will. Quise golpearlo en su estúpida cara, y probablemente lo hubiera hecho si mi hombro no doliera tanto.

-Claro que sí. –Christina murmuró por lo bajo.

Me cubrí los ojos con las manos, frotando los pliegues junto a la nariz.

-Peter parecía tener un pequeño ataque de pánico, -Añadió Al. -¿Han estado peleando?

Noté cómo la esperanza se escondía debajo de esa pregunta. El pobre Al, yo sabía, estaba desesperadamente "enamorado" de mí. Él intentaba ocultarlo pero yo no era tan despistada como Christina era con Will. A veces deseaba poder corresponder a sus sentimientos. Era un muchacho agradable, un osito de peluche gigante que me trataría como el ángel que él pensaba que yo era. Pero yo no podía mirarlo como algo más que un amigo. Mi novio actual probaba que los suavecitos y apachurrables no eran mi tipo.

-Seeh… -Le respondí a Al. Aunque era la verdad, fue una respuesta errónea. Me arrepentí inmediatamente cuando vi sus ojos iluminarse. Le dio una falsa sensación de esperanza.

Christina cambió el tema al comenzar a contarles a los chicos la historia que yo ya había escuchado sobre sus experiencias en la fiesta el fin de semana. Estuve en silencio mientras ellos comentaban en los momentos apropiados y añadieron sus relatos sobre los últimos dos días. Intenté poner atención, pero la tarea se volvió casi imposible cuando la última persona que quería ver entro por las puertas de vaivén de la cafetería. Sus ojos me encontraron en cuestión de segundos

Llegó la hora de enfrentar mis problemas. Me levanté y les dije a mis amigos que no tardaría. Entonces caminé hacia Peter. Para mi sorpresa, me saludó con un abrazo. Yo mantuve mis brazos a los lados mientras él me sostenía, sintiéndome rara e incómoda.

Peter y yo no hablamos durante el fin de semana. Él me llamó persistentemente, me dejó un millón de mensajes de voz, y me mandó mensajes de texto cuando todo lo demás falló, pero todos sus esfuerzos pasaron sin respuesta. En ese momento necesitaba mi espacio; un concepto que Peter parecía no entender.

-Lo siento tanto. –Susurró en mi oído Y demonios, sonaba como si en verdad lo sintiera.

No sabía qué decir. Sus dedos comenzaron a trazar círculos suaves en mi espalda baja, y a pesar de mi misma, eso se sentía bien. Amoroso, casi.

-No sé qué me poseyó, -Dijo. –Perdí la razón. Tú no lo merecías.

La sinceridad en su voz sonaba tan auténtica, como si de verdad lo lamentara. La combinación de sus palabras y de los suaves movimientos en mi espalda hicieron que mi corazón doliera. Ya estaba a punto de perdonarlo. Peter no era el diablo. Era humano, y los humanos cometen errores. Al menos él tenía el coraje de admitir los suyos.

Mis brazos se deslizaron alrededor de su cintura sin que mi cerebro siquiera se los ordenara, y me derretí en su abrazo. Se sentía bien abandonarse en él.

-¿Estamos bien? –Preguntó, alejándose un poco de mí para poder mirarme a la cara.

Asentí cuidadosamente.

-Pero no lo estaremos si sucede otra vez.

-No volverá a ocurrir. –Respondió rápidamente. Elevó su mano hasta mi mejilla y la corrió lentamente hasta mi barbilla. -¿Puedo ver?

-¿Ver qué?

-Donde te lastimé.

Mantuve un debate interno en si debía o no mostrarle. Yo sabía cómo se veía, y no era algo agradable. Pero mientras pensaba en ello, decidí que él debía verlo. Él me había dañado. Nunca sería capaz de ver el efecto emocional que había causado, pero al menos podría ver las huellas físicas. Tal vez él necesitaba ver el moretón para poder entender la severidad de lo que había hecho.

Así que tomé su mano y lo llevé fuera de la cafetería, a un pasillo más tranquilo donde no había nadie más. Él se paró detrás de mí y jaló la tela del cuello para poder ver dentro de mi camiseta.

-¡Mierda! –Exclamó. Jaló mi blusa aún más, exponiendo el moretón entero.

Incliné la cabeza cuando él examinaba mi hombro. Me sentí avergonzada. Deseé no haber tenido ese morete. Peter ni siquiera me había empujado contra la pared tan fuerte. Me sentí culpable por ser tan débil. Por ser frágil.

-No me duele tanto. –Le dije aunque sí me dolía.

-Se ve horrible. –Discutió Peter. Lo tocó y me estremecí. – ¿Te duele, verdad?

No respondí.

-Nena… -Dijo a modo de disculpa. Me volví en un medio círculo para enfrentarlo.

Sus brazos me rodearon por segunda ocasión. Y por alguna razón no le regresé el abrazo otra vez.

-Lo siento. – repitió.

-Sé que lo sientes.

-Perdóname. – No era una pregunta. –Necesito escuchar que me perdonas.

Fruncí los labios antes de obedecerle.

-Te perdono.

Me abrazó un poco más fuerte y nos quedamos así un rato. Después sus dedos comenzaron a viajar por mi espalda, por debajo de mi blusa, hasta que encontraron el nudo que yacía debajo de mi piel amoratada.

-Oye, -Dijo con la cara aún enterrada en mi cabello. –Al menos está en un lugar discreto. –Se apartó un poco con una sonrisa de genuina felicidad en el rostro. – Nadie sabrá que está ahí.

Sus palabras me molestaron de cierta manera. No las esperaba. Él estaba en lo cierto, y de algún modo me sentía aliviada por la misma razón, pero la forma en que lo dijo… fue egoísta. Como si su mayor preocupación fuera lo que la demás gente pensaba, en lugar de lo que yo pensaba. No estaba contento de que yo estuviera bien; estaba satisfecho de que los demás no tuvieran motivo para pensar que yo no estaba bien.

-No debería estar ahí en primer lugar. –Contraataqué, mis palabras alimentadas por la furia.

-Lo sé, lo sé. Pero si tiene que estar en algún lugar, ya sabes, al menos está en donde tu blusa lo cubre.

Si tiene que estar en algún lugar.

Negué con la cabeza en su dirección, incrédula. El perdón que le prometí a Peter hace unos momentos se desvanecía rápidamente.

-No puedo creer lo que acabas de decir.

Él bajó sus cejas.

-¿Qué?

Su ignorancia me frustró aún más. No tenía ganas de explicarle lo que era sentido común.

-Nada. Quiero ir a terminar mi almuerzo. –Aunque sabía que no sería capaz de comer otro bocado, mi apetito ahora era inexistente.

-Está bien.- Me besó en la frente y tuve que luchar con la urgencia de limpiarme su beso. –Te llamaré en la noche.

Le dediqué un leve asentimiento de cabeza y me alejé de él dirigiéndome a la cafetería. Pensando una y otra vez lo que había dicho. "Al menos está en un lugar discreto." Sí, algo muy bueno, ¿No, Peter? Felicidades, tu secreto está a salvo por unas cuantas semanas más. Asqueroso. Era el tipo de actitud que me hacía esperar otro de sus episodios violentos. ¿Quién sabe cuándo será el siguiente? ¿Qué tan herida saldré la próxima vez?

Saqué ese pensamiento de mi cabeza. No habría una siguiente ocasión. Yo no lo permitiría.

La entrenadora Johanna recibió una llamada en medio de la práctica de volleyball diciendo que tenía que recoger a su hijo enfermo de la escuela primaria. Nos dejó salir temprano porque la escuela nos prohibía practicar sin supervisión adulta. Nadie se quejó.

No me molesté en quitarme el uniforme de práctica. Christina se quedó en los vestidores para ducharse de nuevo, y fui la primera en salir. Los brillantes conos de tráfico aún seguían bloqueando la porción de acera que continuaba bajo construcción, pero no me importó. Tenía que cruzar la calle para llegar a donde quería ir, de todos modos.

La ventana por la que había espiado la semana pasada estaba ahora tapada con persianas horizontales. Caminé unos pasos más hasta topar con una puerta de metal ligero que procedí a abrir. Una campana tintineó para anunciar que había llegado un visitante.

El interior del local olía a sudor y pies. Los tapetes de foamy en el suelo cedieron bajo mi peso cuando seguí avanzando por la habitación. Una de las cuatro paredes estaba totalmente cubierta por un gran espejo de piso a techo, haciéndome recordar un estudio de ballet al que mis padres me obligaron a asistir cuando tenía tres años. Los espejos me hacían ver más "amplia" de lo que en realidad era. Me agradó la forma en que me veía.

-Sin zapatos en los tapetes.

Transferí mis ojos a la esquina lejana de la habitación donde había un umbral sin puerta y parado ahí estaba alguien a quien no esperaba encontrar.

Eric estaba recargado contra el marco blanco, con los brazos cruzados.

-Quítatelos o vete.

Obedecí, deslizándome fuera de los tenis y recogiéndolos por los talones.

-Disculpa.

-¿Te puedo ayudar en algo, Spandex? –Preguntó, sacando el apodo de los apretados shorts que estaba usando. Ahora me arrepentía de no haberme quitado el uniforme. Mis mejillas se enrojecieron por la vergüenza.

-Solo me preguntaba… -Sabía que sonaba tímida. Yo no quería hablar de esto con Eric. – si tú o alguien que trabaje aquí, ofrecen lecciones privadas.

Los labios de Eric se curvaron en una malvada sonrisa. Sus ojos azules habrían sido lindos si no fuera porque me miraban como si fuera alguna clase de presa. El azul desapareció bajo sus párpados cuando paseó sus ojos por mi cuerpo.

-¿Lecciones de qué? –Coqueteó espeluznantemente.

Me abstuve de poner los ojos en blanco. Qué profesional de su parte.

-Defensa personal.

Sus ojos vagaron por la habitación mientras consideraba mi pregunta. Las venas en su cuello sobresalieron cuando flexionó la mandíbula.

La misma campana que sonó cuando yo entré, tintineó de nuevo. Miré sobre mi hombro expectante. No quedé decepcionada.

Cuatro se quitó los zapatos pateándolos suavemente en la entrada. Estaba vestido con el mismo uniforme negro con el que los vi peleando a él y Eric el otro día, con la correa de una bolsa de ejercicio a través de su pecho. Levantó la correa sobre su cabeza y dejó la bolsa a un lado. Su mirada viajó por la habitación hasta fijarse en mí. Si estaba sorprendido de verme, no lo mostró.

-No. –Dijo Eric, atrayendo mi atención de nuevo hacia él. Casi se me había olvidado de qué estábamos hablando.

-¿Estás seguro? –Persistí.

Cuatro estaba en el otro extremo de la habitación, ahora, armando un maniquí de boxeo que parecía un torso humano. Lo podía ver con el rabillo del ojo.

-Mira, Spandex, - Dijo Eric, severamente. Cualquier rastro de coquetería en su voz, ahora, ausente. Y me pregunté si tendría algo que ver con que Cuatro estuviera aquí. –Si quieres aprender defensa personal, entonces inscríbete en una de nuestras clases. –Sin esperar mi respuesta, se dio la vuelta y caminó a través del umbral sin puerta.

Genial. ¿Ahora qué voy a hacer? Inscribirme en una clase no era opción. No quería ser la estudiante más vieja e inexperta en un grupo de niños de doce años de edad, y no podía arriesgarme a que Peter se enterara si, por alguna razón se le ocurriera tropezarse por este lugar. Sabía que la posibilidad de que eso pasara era minúscula, pero me asustaba lo suficiente para convencerme de no tomar la clase.

Giré para irme pero, a medio camino de la puerta, una mano fuerte me tomó por el codo.

-Espera. –Conocía esa voz. No pertenecía a Eric.

Miré a Cuatro por encima de mi hombro. Su rostro estaba tan cerca del mío que podía ver la sombra de su incipiente barba. Liberó mi brazo ahora que había capturado mi atención.

-¿Por qué quieres aprender defensa personal? –Preguntó.

Su pregunta me sorprendió.

-¿No se supone que animes a la gente para que aprendan a defenderse en lugar de cuestionar sus intenciones?

La esquina izquierda de sus labios se torció en algo parecido a una sonrisa.

-No estoy intentando disuadirte pero aun así me gustaría saber la razón.

Estaba sucediendo al fin. Cuatro y yo estábamos manteniendo una conversación. Y no planeaba arruinarla contándole sobre mi novio.

-Mi familia está planeando un viaje a Nueva York. –Mentí. Fue la primera cosa que me vino a la mente. –Mi papá pensó que sería buena idea que aprendiera a defenderme. Ya sabes, en caso de que me asalten o algo.

Me miró fijamente con los ojos entrecerrados. Por un segundo pensé que no me había creído, pero entonces comenzó a asentir con la cabeza como si mi razón inventada fuera suficientemente buena.

-¿Qué tal está tu horario de clases? –Preguntó.

Estaba agradecida de tener una actividad que valiera la pena nombrar.

-Tengo práctica de volleyball de dos a tres y media los lunes, miércoles y viernes. – le expliqué. – Y eso es todo.

-Déjame ver tu teléfono. –Extendió la mano con su palma arriba, moviendo sus dedos en un gesto que indicaba que se lo diera.

Insegura de a donde llevaba esto, balanceé mi mochila alrededor de mis hombros y hurgué en ella hasta que encontré mi Smartphone. No tenía permitido tener contraseña en él debido a mi novio controlador, así que le entregué el celular a Cuatro sin molestarme en desbloquearlo.

Presionó el botón de menú y una foto de Peter y yo apareció como fondo de pantalla, soltó una breve risita y me miró antes de volver a navegar por mi teléfono. Mis mejillas se sintieron calientes mientras lo miraba.

El teléfono estaba suficientemente inclinado como para que yo no pudiera ver lo que hacía, pero momentos después Cuatro lo puso de regreso en mis manos. Esperé a que me diera una explicación.

-Puse mi dirección en tus notas. –Dijo, - Si hablas en serio sobre las lecciones privadas entonces te espero ahí mañana a las 2:00.

Estuve a punto de reír. Apenas la semana pasada, Cuatro y yo nunca habíamos cruzado más de dos palabras. Ahora, aparentemente tengo su dirección. Por una cuestión estrictamente de negocios, por supuesto. Pero aun así… ¿Cuántas otras chicas podrían decir eso? Para hacer las cosas mejores, me estaba ayudando a espaldas de Eric. Escogiendo a una extraña en necesidad sobre su compañero de trabajo. Me hizo sentir especial.

-A las dos en punto. –Repitió. –Si llegas un minuto tarde, puedes olvidarlo.

Aunque estaba intentando parecer severo, le sonreí. Presionó sus labios y se giró para caminar hacia la habitación donde Eric se encontraba pateando cachorritos, probablemente. Pero algo lo detuvo, y se volvió para enfrentarme de nuevo.

-No te pongas esos shorts mañana. –Me indicó. –Son una distracción.

Se retiró finalmente a la otra habitación sin darme tiempo a responder. Probablemente algo bueno, porque me sentía incapaz de formular una oración completa. Lo único que podía hacer era sonrojarme.

Dejé el edificio, deteniéndome afuera para revisar la aplicación de notas de mi teléfono. Ahí estaba, el último documento ingresado. Flotando encima de una lista de compras que me había olvidado que tenía: La dirección de la casa de Cuatro. Ahora que lo veía con mis propios ojos sonreí y presioné el botón de apagado para que la pantalla se pusiera negra.

El resto de la caminata por el estacionamiento fue un recuerdo borroso. Aún con lo mareada que me sentía ante la posibilidad de pasar tiempo con Cuatro, otro pensamiento peleó su camino dentro de mi cabeza hasta que venció mi alegría.

Cerré la puerta de mi auto después de sentarme en el asiento del conductor, recordándome en silencio que Peter jamás debía enterarse de esto.

Perdón por la tardanza! Gracias por sus reviews!