Su regreso a Hogwarts no fue la gran cosa. Desde el tren ella estaba alejada de su casa, nadie se sentó con ella ~excepto~ los recién ingresados. Ella venia platicando con algunos de primero. Estaba feliz de contarles sus breves anécdotas a los principiantes. Cuando llegaron ella se despidió de los pequeños niños. Y de nuevo se formó un silencio abrumador de su casa.

En el banquete se percató que Potter y Weasley aún no estaban en su mesa. Después que termino la selección fueron a su casa. Al día siguiente estaba en el comedor desayunando cuando escucho lo que hicieron Potter y Weasley. Se molestó con ellos. Prometió que no les hablaría por una semana. ¿Por qué les gustaba romper las reglas? Cuando estaba disfrutando de su desayuno noto que la correspondencia llegaba. Muchas lechuzas dejaban su carta. Pasaron unos minutos cuando una voz retumbo por toda la sala. Al menos para la otra se la pensaría.

La profesora Sprout estaba en el centro del invernadero, detrás de una mesa montada sobre caballetes. Sobre la mesa había unas veinte orejeras.

—Hoy nos vamos a dedicar a replantar mandrágoras. Veamos, ¿quién me puede decir qué propiedades tiene la mandrágora?

Sin que nadie se sorprendiera, Hermione fue la primera en alzar la mano.

—La mandrágora, o mandrágula, es un reconstituyente muy eficaz —dijo Hermione en un tono que daba la impresión, como de costumbre, de que se había tragado el libro de texto—. Se utiliza para volver a su estado original a la gente que ha sido transformada o encantada.

—Excelente, diez puntos para Slytherin —dijo la pro fesora Sprout—. La mandrágora es un ingrediente esencial en muchos antídotos. Pero, sin embargo, también es peligro sa. ¿Quién me puede decir por qué?

Al levantar de nuevo velozmente la mano, Hermione roza el rostro de Zabini. Este la ve con asco.

—El llanto de la mandrágora es fatal para quien lo oye —dijo Hermione instantáneamente.

—Exacto. Otros diez puntos —dijo la profesora Sprout—. Bueno, las mandrágoras que tenemos aquí son todavía muy jóvenes.

Mientras hablaba, señalaba una fila de bandejas hondas, y todos se echaron hacia delante para ver mejor. Un centenar de pequeñas plantas con sus hojas de color verde violáceo crecían en fila. Algunos de sus compañeros asintieron. Solo cuatro de ellos se entendieron y sonrieron malvadamente.

—Póngase unas orejeras cada uno —dijo la profesora Sprout.

Hubo un forcejeo porque todos querían coger las únicas que no eran ni de peluche ni de color rojo.

—Cuando les diga que se las pongan, asegúrense de que sus oídos quedan completamente tapados —dijo la profesora Sprout—. Cuando se las podrán quitar, levantaré el pulgar. De acuerdo, póngase las orejeras.

Hermione se las puso rápidamente. Insonorizaban completamente los oídos. La profesora Sprout se puso unas de color rosa, se remangó, cogió firmemente una de las plantas y tiró de ella con fuerza.

Hermione dejó escapar un grito de sorpresa que nadie pudo oír.

En lugar de raíces, surgió de la tierra un niño recién nacido, pequeño, lleno de barro y extremadamente feo. Las hojas le salían directamente de la cabeza. Tenía la piel de un color verde claro con manchas, y se veía que estaba llorando con toda la fuerza de sus pulmones.

La profesora Sprout cogió una maceta grande de debajo de la mesa, metió dentro la mandrágora y la cubrió con una tierra abonada, negra y húmeda, hasta que sólo quedaron visibles las hojas. La profesora Sprout se sacudió las manos, levantó el pulgar y se quitó ella también las orejeras.

—Como nuestras mandrágoras son sólo plantones pe queños, sus llantos todavía no son mortales —dijo ella con toda tranquilidad, como si lo que acababa de hacer no fuera más impresionante que regar una begonia—. Sin embargo, los dejarían inconscientes durante varias horas, y como es toy segura de que ninguno de ustedes quiere perderse su primer día de clase, asegúrense de que se pongan bien las ore jeras para hacer el trabajo. Ya les avisaré cuando sea hora de recoger.

»Cuatro por bandeja. Hay suficientes macetas aquí. La tierra abonada está en aquellos sacos. Y tened mucho cuida do con las Tentacula Venenosa, porque les están saliendo los dientes.

Mientras hablaba, dio un fuerte manotazo a una planta roja con espinas, haciéndole que retirara los largos tentáculos que se habían acercado a su hombro muy disimulada y lentamente.

Hermione estaba rodeada por Malfoy, Zabini y Goyle. No sospecho nada cuando se puso las orejeras y hacia el procedimiento. Los tres chicos sacaron al mismo tiempo las mandrágoras bebes. Hermione estaba tan concentrada que no vio como Crabbe se acercó atrás de ella y le quito las orejeras. Cuando escucho el ruido de un bebe llorando como un serrucho o alguien rasgando vidrio. En ese instante cayo desmayada.

Snape tenía que castigar a los responsables de aquella "pequeña" travesura. Ella quedo inconsciente por dos días seguidos. Y agradecían a Merlín porque haya despertado. Pero, aún tenía secuelas en los oídos y así que no podía escuchar nada. Reunió a todos los de segundo en la sala común.

— ¿alguien que sea valientemente en revelar quien hizo esa "pequeña" broma? —pregunto el jefe de la casa

Todos negaron

—Nadie —suspiro—. Greengrass ¿usted sabe algo? —viéndola inquisidoramente

Negó sabía lo que les pasaba a los chivatones, y no quería ser repudiada por su casa por la culpa de una sangre sucia.

—está bien, si por los siguientes días meses llega a pasar algo parecido, tendré que expulsarlos por un mes

Al decir esto, vio a todos que asentían. Salió de la sala tenía que ir a ver a esa "desafortunada" muggle. Cuando ingreso a la enfermería, noto que ella estaba despierta ya, y que leía un libro que el reconoció verlo en el profesor de anterior de artes oscuras.

—Veo que despertó —hablo siseando con repugnancia— ¿me puede decir quien fue el culpable de su accidente?

Hermione palideció.

—Fue mi culpa, fui descuidada al no poner atención a mí alrededor —aclaro. No es que los estuviera encubriendo, pero, era cierto. No estaba poniendo atención cuando alguien le retiro las orejeras.

Snape no dijo nada se la quedo viendo por un momento. Para después retirarse. En la noche fue dada de alta. Llego a la sala común y noto que algunos hacían los deberes. Una niña de primer año se acercó y le entrego unos pergaminos. Debían hacer los deberes atrasados. Fue a la sala vacía que estaba en una esquina y solo era alumbrada por una antorcha. Se dispuso a leer y hacer los deberes. Cuando termino, se acordó del libro que estaba leyendo y se dispuso a reanudar su lectura. Ciertos ojos azules que la miraba del otro lado; Él se dio cuenta de la lectura de esta hija muggles era muy interesante.

Estaba en el salón de defensas con las artes oscuras. Cuando todos estuvieron sentados, Lockhart se aclaró sonoramente la garganta y se hizo el silencio. Se acercó a Crabbe, cogió el ejemplar de Recorridos con los trols y lo levantó para enseñar la portada, con su propia fotografía que guiñaba un ojo.

—Yo —dijo, señalando la foto y guiñando el ojo él también— soy Gilderoy Lockhart, Caballero de la Orden de Merlín, de tercera clase, Miembro Honorario de la Liga para la Defensa Contra las Fuerzas Oscuras, y ganador en cinco ocasiones del Premio a la Sonrisa más Encantadora, otorga do por la revista Corazón de bruja, pero no quiero hablar de eso. ¡No fue con mi sonrisa con lo que me libré de la Banshee que presagiaba la muerte!

Esperó que se rieran todos, pero sólo hubo alguna sonrisa.

—Veo que todos han comprado mis obras completas; bien hechas. He pensado que podíamos comenzar hoy con un pequeño cuestionario. No se preocupen, sólo es para comprobar si los han leído bien, cuánto han asimilado...

Cuando terminó de repartir los folios con el cuestionario, volvió a la cabecera de la clase y dijo:

—Disponen de treinta minutos. Pueden comenzar... ¡ya!

Hermione miró el papel y leyó:

1. ¿Cuál es el color favorito de Gilderoy Lockhart?

2. ¿Cuál es la ambición secreta de Gilderoy Lockhart?

3. ¿Cuál es, en tu opinión, el mayor logro hasta la fecha de Gilderoy Lockhart?

Así seguía y seguía, a lo largo de tres páginas, hasta:

54. ¿Qué día es el cumpleaños de Gilderoy Lockhart, y cuál sería su regalo ideal?

Media hora después, Lockhart recogió los folios y los ho jeó delante de la clase.

—Vaya, vaya. Muy pocos recuerdan que mi color favorito es el lila. Lo digo en Un año con el Yeti. Y algunos tienen que volver a leer con mayor detenimiento Paseos con los hombres lobo. En el capítulo doce afirmo con claridad que mi regalo de cumpleaños ideal sería la armonía entre las comunidades mágica y no mágica. ¡Aunque tampoco le haría ascos a una botella mágnum de whisky envejecido de Ogden!

Volvió a guiñarles un ojo pícaramente. Malfoy miraba a Lockhart con una expresión de incredulidad en el rostro; Goyle y Crabbe, que se sentaban delante, se convulsionaban en una risa silenciosa. Hermione, por el contrario, escuchaba a Lockhart con embelesada atención y dio un respingo cuando éste mencionó su nombre.

—... pero la señorita Hermione Granger sí conoce mi ambición secreta, que es librar al mundo del mal y comercializar mi propia gama de productos para el cuidado del ca bello, ¡buena chica! De hecho —dio la vuelta al papel—, ¡está perfecto! ¿Dónde está la señorita Hermione Granger?

Hermione alzó una mano temblorosa. Y todos la fulminaron con la mirada para después murmurar.

— ¡Excelente! —Dijo Lockhart con una sonrisa—, ¡excelente! ¡Diez puntos para Slytherin! Y en cuanto a...

De debajo de la mesa sacó una jaula grande, cubierta por una funda, y la puso encima de la mesa, para que todos la vieran.

—Ahora, ¡cuidado! Es mi misión dotarlos de defensas contra las más horrendas criaturas del mundo mágico. Puede que en esta misma aula se tengan que encarar a las cosas que más temen. Pero saben que no les ocurrirá nada malo mientras yo esté aquí. Todo lo que les pido es que conserven la calma.

En contra de lo que se había propuesto, Zabini asomó la cabeza por detrás del montón de libros para ver mejor la jau la. Lockhart puso una mano sobre la funda. Goyle y Crabbe habían dejado de reír.

—Tengo que pedirles que no griten —dijo Lockhart en voz baja—. Podrían enfurecerse.

Cuando toda la clase estaba con el corazón en un puño, Lockhart levantó la funda.

—Sí —dijo con entonación teatral—, duendecillos de Cornualles recién cogidos.

Goyle no pudo controlarse y soltó una car cajada que ni siquiera Lockhart pudo interpretar como un grito de terror.

— ¿Sí? —Lockhart sonrió a Goyle.

—Bueno, es que no son... muy peligrosos, ¿verdad? —se explicó Goyle con dificultad.

— ¡No estés tan seguro! —Dijo Lockhart, apuntando a Goyle con un dedo acusador—. ¡Pueden ser unos seres en demoniadamente engañosos!

Los duendecillos eran de color azul eléctrico y medían unos veinte centímetros de altura, con rostros afilados y voces tan agudas y estridentes que era como oír a un montón de periquitos discutiendo. En el instante en que había levantado la funda, se habían puesto a parlotear y a moverse como locos, golpeando los barrotes para meter ruido y haciendo muecas a los que tenían más cerca.

—Está bien —dijo Lockhart en voz alta—. ¡Veamos qué hacen con ellos! —Y abrió la jaula.

Se armó un pandemónium. Los duendecillos salieron disparados como cohetes en todas direcciones. Dos cogieron a Crabbe por las orejas y lo alzaron en el aire. Algunos salieron volando y atravesaron las ventanas, llenando de cristales rotos a los de la fila de atrás. El resto se dedicó a destruir la clase más rápidamente que un rinoceronte en estampida. Cogían los tinteros y rociaban de tinta la clase, hacían trizas los libros y los folios, rasgaban los carteles de las paredes, le daban vuelta a la papelera y cogían bolsas y libros y los arrojaban por las ventanas rotas. Al cabo de unos minutos, la mitad de la clase se había refugiado debajo de los pupitres y Crabbe se balanceaba colgando de la lámpara del techo.

—Vamos ya, rodearlos, rodearlos, sólo son duendeci llos... —gritaba Lockhart.

Se remangó, blandió su varita mágica y gritó:

¡Peskipiski Pestenomi!

No sirvió absolutamente de nada; uno de los duendecillos le arrebató la varita y la tiró por la ventana. Lockhart tragó saliva y se escondió debajo de su mesa, a tiempo de evitar ser aplastado por Crabbe, que cayó al suelo un segundo más tarde, al ceder la lámpara.

Sonó la campana y todos corrieron hacia la salida. En la calma relativa que siguió, Lockhart se irguió, Hermione y le dijo:

—Bueno, Hermione. Mete en la jaula los que quedan. —Salió y cerró la puerta.

Desde esa clase, se sintió un poco alagada al dejarle un trabajo que desarrollaría las habilidades que ha adquirido en leer esos libros. Conjuro un hechizo e inmovilizo a todos los duendes. Sonrió de satisfacción al ver su nuevo hechizo. Nott que regreso por su libro se asombró al ver que ella se encargó de los duendecillos y los atraía levitando a su jaula. Definitivamente la hija de muggles era interesante.

La semana paso. Ella se dio cuenta que el profesor Lockhart era un farsante pero lo utilizara a su favor. Esa semana pidió que el profesor Lockhart firmara una autorización para leer algunos libros de magia avanzada. El sin saber lo que esa pequeña mente maquinaba accedió.

Snape noto los libros que la "hija de muggles" no eran aptos para su edad, pero no dijo nada. Solo la observaba, mientras que no intentara nada malo, no pasaba nada. Por otro lado Nott, notaba lo que la "hija de muggles" leía y de nuevo su lectura era interesante. Estaba en las gradas terminando su lectura cuando vio que el trio de Gryffindor se acercaba a ella.

— ¡Hermione! —gritaron los tres al verla

Ella solo les dio una sonrisa

—escuchamos que tuviste en la enfermería la semana pasada. —Dijo Potter—, lamentamos no poder estar ahí

Ella solo asintió.

— ¿Qué lees? —pregunto ron al ver el libro

Ella se sonrojo.

—es la historia de Hogwarts, nunca me canso de leerla

Ron rodo los ojos, Potter le dio un codazo y neville solo sonrió.

—Quieres ir con nosotros al comedor ya tengo hambre —ofreció ron

Ella vio a sus alrededores y asintió.

Los tres sabían lo mal que la pasaba Hermione, nadie de su casa le hablaba y era el flanco de las burlas y bromas pesadas de su casa. Ellos la consideraban una buena amiga de la casa enemiga.

En los pasillos iban hablando de un elfo que visito a Harry este verano y como es que sucedió en realidad para que ellos tomaran el carro de ron y llegara a Hogwarts. Estaba feliz por socializar con la casa enemiga y esa felicidad se esfumo al ver que Malfoy y gorilas se detuvieron al verlos. Ella se fue atrasando. Sabía que iba a tener problemas.

—vaya, vaya, san potty viene que con la comadreja y squibottom

Goyle y Crabbe empezaron reírse

—y también a la sangre sucia

Los tres al escuchar esto se molestaron. Ron se metió la mano en la túnica y, sacando su vari ta mágica, amenazó

— ¡pagaras por esto Malfoy!

Un estruendo resonó en todo el estadio, y del extremo roto de la varita de Ron surgió un rayo de luz verde que, dán dole en el estómago, lo derribó sobre el piso

— ¡Ron! ¡Ron! ¿Estás bien? —chilló Hermione.

Ron abrió la boca para decir algo, pero no salió ninguna palabra. Por el contrario, emitió un tremendo eructo y le salieron de la boca varias babosas que le cayeron en el regazo.

Los Slytherin al verlo soltaron carcajadas. Neville y Harry lo agarraron y lo llevaron con Hagrid. El sabría qué hacer con babosas y las que sacaba ron eran demasiadas grandes. Cuando Ron dejo de sacar babosas regresaron al comedor. La profesora McGonagall les dijo que su castigo iniciaba esa noche. Ella se fue a su mesa y como siempre en la orilla de esta. Mientras todos platicaban arduamente y sonreían ella estaba concentrada en la lectura que no noto que un compañero de ella se sentó enfrente. Cuando se dio cuenta de la presencia del chico bajo el libro lo vio

—Hola —dijo el chico con una leve sonrisa

Hermione lo conocía, sabía quién era el. Y si no se equivocaba se llamaba Theo Nott

—H-hola —dijo tímidamente

— ¿Qué lees? —pregunto inquisidora

Ella bajo el libro de la mesa y lo escondió. No quería decirle lo que leía por que iba a tener problemas. Nadie sabía lo que estaba haciendo. Pero, recordó que su libro tenía un libro de ocultación y que nadie sabía lo que realmente estaba leyendo.

—La historia de Hogwarts, mi favorita —mintió

Desde esa noche, Hermione le confió algunos de sus libros secretos aquel castaño de los ojos azules. No sabía cómo ni porque, pero él era como ella. Tranquilo y le gustaba la lectura además era el único que no se metía con ella.

A mediados de octubre Harry le comento si quisiera pasar con ellos una fiesta de muerto de Nick casi decapitado ella acepto de inmediato. Hace un año ocurrió lo del trol y este año estaba segura que no le pasaría nada.

—Lo prometido es deuda —recordó Hermione a Harry en tono autoritario—. Y tú le prometiste ir a su fiesta de cumpleaños de muerte.

Así que a las siete en punto, Harry, Ron y Hermione atravesaron el Gran Comedor, que estaba lleno a rebosar y donde brillaban tentadoramente los platos dorados y las velas, y dirigieron sus pasos hacia las mazmorras.

La fiesta no fue lo que esperaban a cada rato un fantasma despistado los atravesaba y la comida era lo peor. Al menos ya no tenían la curiosidad de saber que era estar en una fiesta de muertos. Hermione les hablo de Myrtle la llorona. Y después Peeves empleo a molestarla. Salieron de las mazmorras los cuatro querian comer algo decente. Harry empezó a escuchar voces y los tres se lo quedaron viendo como un loco. Los tres lo empezaron a seguir

—Harry, ¿qué estamos...?

— ¡Chssst!

Harry aguzó el oído.

— ¡Va a matar a alguien! —gritó, y sin hacer caso de las caras desconcertadas de Ron y Hermione, subió el siguiente tramo saltando los escalones de tres en tres, intentando oír a pesar del ruido de sus propios pasos.

Harry recorrió a toda velocidad el segundo piso, y Ron y Hermione lo seguían jadeando. No pararon hasta que dobla ron la esquina del último corredor, también desierto. Neville fue el único que se quedó atrás.

—Harry, ¿qué pasaba? —Le preguntó Ron, secándose el sudor de la cara—. Yo no oí nada...

Pero Hermione dio de repente un grito ahogado, y seña ló al corredor.

— ¡Miren!

Delante de ellos, algo brillaba en el muro. Se aproximaron, despacio, intentando ver en la oscuridad con los ojos en tornados. En el espacio entre dos ventanas, brillando a la luz que arrojaban las antorchas, había en el muro unas palabras pintadas de más de un palmo de altura.

LA CAMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA.

TEMED, ENEMIGOS DEL HEREDERO.