LUS PRIMAE NOCTIS


—An in love heart—


III


Allistor despertó al otro día en la mañana, tendido en una cama ajena que, sin ser suya, le pertenecía. A su lado dormía Arthur dándole la espalda. Se le hizo más pequeño de lo que recordaba, parecía absolutamente indefenso dormido a su lado, como si necesitara protección. Allistor frunció el ceño al percatarse de lo irónica que era la situación; s había algo que Arthur poseía de sobra era protección. Constaba de un techo, una cama caliente, un pequeño ejército y sus dominios iban ensanchándose cada vez más, se expandían como un virus y eso no podía ser bueno para nadie. Era un problema que un lord común, joven y soltero llegara a alcanzar tanto poder hasta aparentemente superar al rey. Eso no podía ser. Por eso sus acciones eran vigiladas constantemente por la corte real, pese a ser él miembro de la misma.

Lo que nadie pensaba en esa corte, era que el problema se pondría todavía peor.

Allistor pensó en salir de ahí cuanto antes, pero no se esperó que apenas pusiera un pie fuera de la cama y terminara de vestirse, Arthur se girara hacia él y le clavara su gélida mirada verde.

—¿Tan rápido te vas? —Le pregunta, con una sonrisa burlesca.

Allistor lo mira simplemente, y no le dice nada. Ni siquiera lo mira con rencor, es como si todo aquello negativo que traía en el corazón se hubiera quedado allí, en esa cama austera y la tosca habitación. Lo triste era, realmente, que ya no le quedaba nada más dentro. Estaba vacío, hueco, y sentía una profunda apatía por todo cuanto lo rodeaba. Arthur aún lo mira expectante, todavía le sonríe mientras Allistor ya ni siquiera puede ser capaz de odiarlo. Es como si se hubiera acostumbrado rápidamente a la aversión y se hubiera adaptado a un nuevo hábitat, uno ruin y despiadado, buscando eternamente una forma de redención. Ni siquiera era capaz de sentirse culpable por haberse acostado con él, por haberlo deseado y haber querido destruirlo en el acto, humillarlo hasta lo más abominable que era capaz de expresar por su eterno corazón destrozado. Murron ya no estaba con él, qué más podría hacer salvo destruirse a sí mismo.

Gira hacia la puerta dispuesto a irse. Arthur lo vuelve a detener con el mero sonido de su voz.

—Sabes que puedo detenerte con sólo dar la orden, ¿no?

Está de pie frente a la puerta, es cosa de abrirla y salir de allí. No importa que los soldados ingleses le perforen el cuerpo con sus espadas mientras intenta llegar a la tumba de Murron. Tanto mejor si lo asesinan, nada desea más que reunirse con ella.

—Mira, Allistor—Continúa Arthur, marcando exageradamente un acento inglés al pronunciar su nombre—. No voy a obligarte a quedarte conmigo, aunque déjame decirte que es lo que más te conviene, al menos de momento.

Allistor sigue sin moverse. Aprieta fuertemente sus puños y, girándose hacia Arthur, le espeta:

—Vas a decirme por qué mierda me trajiste aquí, y me lo vas a explicar ahora—Su voz suena autoritaria y con una marcada irritación. Se odia al pensar que la luz de la mañana, una luz blanca de día nublado, ilumina la pálida piel de Arthur como si fuera una criatura celestial.

El inglés ríe brevemente.

—Ven.

Allistor no se mueve de allí. Arthur rodea sus ojos.

—¿Todavía piensas que voy a hacerte daño?

—Serás hijo de puta… Suficiente has hecho ya, sodomita.

Arthur vuelve a reír.

—¡Ah! Ahora el sodomita soy yo—Bufó, burlista.

Allistor se aguantó las ganas de golpearlo.

—En fin. ¿Quieres que te lo cuente o no? —Dice, sin estar muy interesado en contárselo.

Allistor se mantiene unos segundos allí, sin acercarse. Volver a esa cama, a la cercanía con Arthur le produce una sensación horrible en el estómago, y el inglesito engreído ya está listo para ir a buscarlo él, así que prefiere acercarse. Se sienta en la cama, ve que Arthur le sonríe con cinismo. Es apenas un muchacho, despeinado, sarcástico, caprichoso, que tiene todo el poder y la suerte de su lado. Allistor es un simple campesino humillado, vaciado de todo cuanto ha podido obtener, lo poco que pudo conseguir. ¿Qué puede buscar en él un lord inglés que, siendo tan joven, posea tanto en sus manos sin el menor riesgo a que todo se le resbale entre los dedos? Porque todo cuanto Arthur tiene es indisoluble, permanecerá eternamente colgado a su cuello, como una marca de nacimiento. Podrá perder sus tierras, su riqueza, pero su sangre seguirá siendo la de un noble y eso significa tanto para la política que en un abrir y cerrar de ojos podría volver a obtenerlo todo. Si Allistor pierde, allí se queda, estancado, acabado y solitario en una torre escocesa, muriendo por la edad y por su sed de venganza.

—Sin juegos—Amenaza—. Habla.

—Sabes—Arthur ignora su tono demandante— no puedo decírtelo porque te dejaría con más preguntas aún.

Allistor frunce el ceño, indignado.

—Qué mierda significa eso, enano.

—Dejaré que te vayas—Informa Arthur, rodando por la cama hasta el otro extremo de ésta, preparado para vestirse. Allistor intenta no mirarlo—. Creo que Eleanor y Agnus tienen algo que decirte.

Allistor frunce todavía más el entrecejo, y su expresión se vuelve tan desconcertada que por un segundo pensó en qué diablos estaba haciendo.

—Qué tienen que ver mis padres aquí.

—Mucho—Arthur termina de vestirse y se para frente a él, como si quisiera presumirle algo—, te sorprenderás de lo mucho que tienen que ver—Se le acerca de pronto y Arthur, transformado su semblante aniñado y embustero a uno propio de un asesino, le advierte, tomándolo de la quijada y el pelo—. Y cuidado con lo que hagas después, salvaje. ¿Entendido?

Allistor lo mira con la expresión equivalente a la de una hoja en blanco. No asiente, no responde, no hace absolutamente nada y no se deja intimidar por el inglesito pese a todo lo encima que está de él.

Arthur le devora la boca en otro beso que parece querer arrebatarle todo el aire. La primera reacción de Allistor fue la sorpresa, luego, prefirió responderle. Le mordió los labios tanto como si quisiera despedazarlo entero con los dientes. Luego, lo empujó sobre la cama y se puso de pie, caminando hacia la puerta. Dos soldados prepotentes aparecieron de inmediato en el pasillo, y Arthur les dio la orden para que lo dejaran marcharse.

Allistor no era un soldado, no contaba con el entrenamiento militar necesario para derrotar limpiamente a algún guardia del lord con el que acababa de acostarse, así que debió utilizar otros recursos con los que contaba. Era un maestro cuando de pelear sucio se trataba. Al salir del castillo, pensó en que de ninguna manera iba a llegar lo suficientemente rápido a Escocia a pie; necesitaba un caballo. Apareció un soldado inglés yendo por el caminito modesto de tierra hacia algún pastizal. Allistor le saltó encima como una bestia y aprovechando la sorpresa y el miedo del soldado, en un movimiento rápido tomó su arma y el cortó la garganta. Luego, tranquilizó al caballo y, apropiándose de él y de la espada (la cual no sabía manejar como hubiera deseado) comenzó su camino a Glasgow.

Llegó en menos tiempo del pensado. Había tomado algunos trozos de pan del castillo de Arthur, también agua y aunque extrañaba mucho su arco, cazar algún conejo u otro animal pequeño no se le hizo complicado considerando la destreza que poseía en las manos al confeccionar herramientas para ello. Dormía junto al equino y agradeció a Dios que ninguno de esos días hubiera llovido. Aún vestía la kilt del día de su matrimonio, su camiseta de algodón y sus zapatos. Pensaba, mientras apoyaba el torso en el estómago del animal y miraba el cielo estrellado frente a la pequeña fogata que había hecho, que no hubiera sido mala idea robar una cota de malla para su propia defensa. Quizá la del mismo Arthur, pero muy posiblemente le iba a quedar pequeña. Arthur no era un muchacho de espalda amplia y pecho fuerte, era más bien delgado, aunque su cuerpo adolescente se encaminara hacia la adultez. Era lampiño, la piel era insoportablemente blanca, tan blanca que Allistor veía en ciertas zonas unos sub tonos rosas que lo hacían lucir asquerosamente adorable. El cabello rubio, alborotado, le daban un aspecto de niño, y sus cejas gruesas desentonaban un poco con la delicadeza de sus facciones: la nariz perfilada, la quijada demasiado fina todavía por su excesiva juventud, los ojos verdes almendrados y la suavidad de su cara era casi inaudita; aún no se asomaba la barba, ni siquiera parecía tener intenciones de aparecer, ni en su mentón ni sus patillas. El cuerpo, por lo demás, guardaba solamente unos vellos delgados y vergonzosos en la zona de su sexo. Allistor recordaba al lord como un muchacho impertinente y caprichoso que se había metido en el lugar equivocado, con la persona equivocada y con la nación equivocada, pero parte de crecer es saber, también, que toda acción tiene consecuencias, y Allistor pensaba, desde ese momento, en qué posibles historias le contarían sus padres cuando apareciera en Glasgow, cuando los padres de Murron posiblemente lo aborrezcan para siempre y se lo hagan saber de inmediato. Pero nada de eso le significaba, ni de cerca, el asombro que experimentaría cuando llegara.

Días después en Escocia, a lo lejos, desde la actividad precaria del pueblo, se vio un caballo marrón ir colina arriba. Su jinete era un joven inexperto escocés, cabello rojo como el fuego y la mirada ennegrecida por el dolor. No portaba expresión alguna en su rostro.

La primera persona en verlo llegar fue Agnus. Fue tanta su euforia y su alegría que Allistor casi pudo escuchar cómo el corazón de su padre estallaba de felicidad. Sus ojos miel, tan opuestos en color a los de su hijo, brillaron como dos piedras preciosas. El joven bajó del caballo y Agnus apretujó el cuerpo de su hijo en un abrazo sentido que acompañó con un llanto sincero derramado sobre sus ropas. Allistor devolvió el abrazo, dejó que su padre tomara su rostro con la rudeza de un hombre campesino que no comprendía la intriga que el joven mostraba delante de él, pero que sí comprendía la oscuridad de su mirada. Eleanor, que buscaba a su marido, dio con él y con su hijo, y corrió hasta ellos como pudo, sosteniendo sus faldas avejentadas con sus manos callosas. Lo abrazó por la cintura, su cabeza quedó apoyada en el pecho de Allistor porque ella era mucho más baja que él. El hijo, conmovido hasta lo indecible, acarició el cabello rubio oscuro con los dedos y correspondió el abrazo.

—Tenemos mucho de qué hablar—Comentó Allistor intentando sonar como un recién llegado cargado de experiencias enriquecedoras y optimismo. Nada de eso brotó de su voz.

El camino a casa fue sentido. Todo para él le era un recuerdo. Sólo recuerdo, ni bueno ni malo. Recordar a Murron era algo que hacía todos los días, desde que la conoció, recordarla ahora, luego de su muerte, no alteraba en lo más mínimo su memoria, pero el corazón se le destrozaba en mil pedazos. Alzó la mirada hacia el bosque y no fue capaz de sostenerse sobre sus pies, tambaleándose su cuerpo joven y fornido hacia el experimentado de su padre, quien lo sostuvo del torso. Fue peor su mareo cuando vio que Ian y Brigitte paseaban por el pueblo (Eleanor le comentó que ahora que Murron no estaba con ellos habían decidido hacerse una casa allí, lejos de los valles escondidos que si bien aún eran propiedad de los Mackay, eran trabajados por distintas familias según la semana) y lo vieron llegar, afirmado de los hombros de sus padres como si fuera un hombre herido en guerra buscando restauración. Allistor no fue capaz de hacerse el tonto. Detuvo su andar, sus padres lo miraron con extrañeza y el joven hizo una seña a sus suegros.

Se le acercaron los dos luego de que Ian se mostrara dubitativo. Brigitte incluso quiso correr hacia él buscando abrazarlo. Necesitaba llorar la muerte de su hija con quien más llegó a amarla. Ian, parado frente a él, aguantó las ganas de golpear el rostro amoratado y pálido de Allistor cuando el joven se arrodilló delante de ellos y volvió a llorar a Murron como el primer día. Ian se contrajo en su lugar, estiró su mano hasta él, tembló como una hoja de papel y se conmovió con la imagen. Agnus parecía igual de acongojado.

Finalmente posó su mano sobre la nuca de Allistor, como diciéndole sin palabras "entiendo. Te perdono". Brigitte se arrodilló junto a él y lo abrazó sentidamente. Allistor, esta vez, no encontró fuerzas en ninguna parte como para corresponderle el abrazo.

Fue Eleanor quien lo dejó sentado en una de las sillas rústicas de la casa. Miró las paredes, el techo, la llama de la cocina; todo se le hacía extraño. Fue apenas una noche la que pasó en el castillo de Arthur pero todo cuanto miraba en Escocia se le hacía demasiado lejano como para llegar a pensar que en algún momento de su vida todo aquello lo sentía propio, ahora casi sentía que estaba en un lugar ajeno a la vida tranquila que llevó en ese lugar, hasta que ese lord inglés llegó a ponerlo todo de cabeza.

Eleanor le preparó algo para comer, mencionando lo acongojada que estaba al pensar que probablemente Allistor estaba muerto, o prisionero en un calabozo y se le ocurría en silencio que nunca más volvería a verlo. La mujer vio, conmovida, cómo el muchacho comía del estofado de carne de conejo como si estuviera contra el tiempo. Le recordó a cuando era niño, cuando volvía de los bosques luego de sus lecciones de caserío con Agnus, con un arco a su medida, una capa azul a sus espaldas que colgaba de sus hombros. La sonrisa alegre y traviesa de diablillo rojo; su mano sosteniendo la primera presa que pudo cazar con éxito. Ahora su hijo era un hombre adulto, de mirada curtida. A sus veintidós años, había vivido tanto, y en tan poco tiempo, que parecía imposible ver esa calma presente en sus movimientos. Allistor se mantenía en silencio, una expresión seria y tranquila, no la inquietud aniñada y de carácter férreo que tantas veces le vio presente en sus ojos verdes, tan distintos a los suyos y los de su esposo, antes de ir a buscar a Murron para cortejarla y enamorarla. Siempre jovial y cercano a ella, el beso en la frente a su madre y el abrazo a su padre estaban tan lejos que Eleanor dudaba muchísimo si es que Allistor volvería a hacer todo aquello algún día.

Y más, sabiendo que quien se lo llevó la noche de la boda, había sido ese chiquillo, de ese apellido, de esa zona de ese país sangriento y despiadado. Eleanor lo sabía, lo tenía todo claro, desde que lo vio de nuevo en Escocia abrazando a Agnus por su regreso, quizá, no tan feliz.

Eleanor escuchó que el plato de madera volvió a la mesa, que Allistor se regaba en el respaldo de la silla mirando el techo, como si buscara respuestas inalcanzables para cualquier persona. Eleanor sintió que su corazón se quebraba de miedo; un miedo que la esperó desde las fauces de una monstruosa verdad y que ella creyó ausente durante veintidós años. Ahora la asaltaba como una ola de mar, engulléndola en la oscuridad y la incertidumbre. Agitada, Agnus notó que comenzaba a sollozar. Allistor quiso calmarla, quiso abrazarla con todas sus fuerzas y decirle que todo estaba bien, que nada sucedería, pero sus preguntas eran más fuertes que su instinto protector que tan bien había desarrollado tanto con sus padres como con sus hermanos menores, Haydn y Charles, los mellizos. Miró a su madre y le pidió a Agnus que la ayudara a sentarse a la mesa con él. Cuando Eleanor tomó asiento, el llanto perforó los oídos y el corazón de Allistor hasta hacerlo añicos. No fue capaz de enfrentar la verdad que Arthur le atisbó para luego esconderla entre sus burlas de adolescente presumido.

Agnus miró a su hijo mayor en una forma en que jamás se esperó. Era una mirada que imploraba por silencio y que temía por perder lo más importante en su vida. Allistor lo entendió a la perfección, porque si había algo en el mundo que quería evitar, era que su padre, el hombre más importante para él, sufriera lo que él sufrió aquel fatídico día en que Murron fue degollada por un inglés frente a sus ojos sin haber podido defenderla.

Así que Allistor prefirió esperar. Esperó durante esa noche y varias más, evadiendo su mente en las mañanas con ir a recoger los frutos de los campos, cazar en los atardeceres y las lecciones que comenzaba a darles a Charles y Haydn en esas artes. Tal como lo había hecho Agnus con él, fabricó dos arcos pequeños para sus hermanos, que ya estaban próximos a cumplir los ocho años y de momento ocupaba aquel que su padre fabricó cuando era él quien salía a cazar sin contar con el aprendizaje necesario aún, ansioso por volver a casa con algún animal sabroso para que mamá lo preparara sólo como ella sabía hacerlo.

Sus hermanos no mostraron tanta destreza como él, o al menos no tan rápidamente como lo había hecho Allistor. Las lecciones en el bosque, la primera opción, habían sido un paso demasiado grande para ellos, así que debió emplear otros recursos y ser más pedagógico de lo que pensó. Con paciencia infinita, y con la mente y el corazón totalmente volcados a sus hermanos y lo más ajenos posible a la tristeza, al duelo y la ira, les enseñó, primero, el manejo del arco. La postura adecuada, el correcto ángulo de los brazos, la mirada fija en el objetivo. En ese caso, un atril de madera que sostenía una película de paja, la cual tenía el blanco dibujado en el centro, un punto rojo que con el paso de los días y conforme las lecciones se iban haciendo cada vez más estrictas, fue empequeñeciéndose. El primero en dar a ese blanco fue el mayor, Haydn; dos días después lo logró Charles. Con esa lección aprendida, Allistor los elevó a ambos en sus fuertes brazos y los cobijó en su capa, prestándoles esa protección de hermano mayor que tan bien lo hacía sentir. Allistor revolvía sus cabellos, marrones ambos, y miraba el brillo en los ojos miel de sus hermanos y la sonrisa que le dedicaban, era una admiración que Allistor podía hasta palpar con sus manos. Eleanor, desde la ventana, sonreía enternecida, pero con un deje de tristeza que pasaba desapercibido para sus hijos menores, pero no para su esposo ni su hijo mayor. A veces la cercanía de Allistor con sus hermanos era tan conmovedora, que Eleanor no podía evitar llorar de terror, como si quisiera evitar algo que no era seguro que sucediera, pero que de todas formas la acongojaba hasta límites insanos. No quería que su familia se destruyera como sucedió con los Mackay, sin su única hija, arrebatada su felicidad para siempre. Eleanor sentía que todo lo que había construido se le derrumbaría frente a sus ojos y no podría hacer nada para evitarlo.

Lo veía salir temprano en las mañanas, cuando ella y Agnus aún no se levantaban. Allistor despertaba antes del amanecer y parecía desear deambular por los campos, los bosques, los lagos; como si se hubiera vuelto un errante, hasta que casi sin querer dio con la tumba de Murron.

El único indicio de que se trataba de ella enterrada allí eran las flores marchitas que intentaban decorar el aspecto fúnebre de la tumba sin lograrlo. La cruz cristiana, de madera rústica, no tenía tallado su nombre porque Ian y Brigitte no sabían escribir. Las rosas, que alguna vez fueron blancas, vibraron levemente con la brisa fría. Allistor sintió un frío aplastante en su piel y su corazón, como si se lo hubieran congelado.

Miró la cruz, el pasto verde, las rosas. Lloró. Se arrodilló delante de ella pidiéndole perdón por no haber podido defenderla, por haberla traicionado, por no haberla protegido tal como prometió hacerlo delante de un sacerdote y de Dios. Y aunque en ese momento quería prometerle muchas cosas, como si pudiera escucharlo, como si quisiera enmendar todos sus errores, no fue capaz de nada de eso. Quería vengarla, quería matar tantos ingleses como pudiera (partiendo con uno en particular) pero no podía, y qué sentido tendría hacer algo como eso, si nada la traería de vuelta a la vida, al mundo que tan amplio le parecía ahora, tan vacío y desprovisto de belleza.

Deseó quedarse allí para siempre, yacer con la tumba, la cruz y las flores marchitadas, como un amante-espectro. Fue Ian el que tocó su hombro y lo sacó de su letargo.

—Qué haces, muchacho.

Allistor se secó las lágrimas con la torpeza de un niño. Dejó que la mano de Ian permaneciera allí, como si no quisiera perturbarlo.

—No tiene caso.

—¿P-perdón? —Allistor se giró, mirando de frente al hombre. Los años le habían llegado casi de golpe a la cara, a su expresión cansada y párpados débiles, con el cabello y la barba decorados por tintes blancos, señales inequívocas de la edad y el paso del tiempo.

—Esto, muchacho. No tiene caso que sigas sintiéndote culpable.

Allistor sintió que la cortesía de Ian sobrepasaba los límites.

—Es mi culpa que esté muerta—Dijo. La voz se le quebró igual que el alma—. Si yo la hubiera protegido…

—Allistor—Interrumpió Ian, con la voz tan gruesa que el joven se ordenó guardar silencio al instante—; nada de lo que nos ocurre es culpa de nosotros. Si quieres culpar a alguien, culpa a los ingleses.

No respondió nada porque sabía que culpar a los ingleses era ser hipócrita. Se había acostado con uno y había sido capaz de desearlo, al mismo inglés que le arruinó la vida y que tantas preguntas le había dejado. En vez de replicar, frunció los labios evitando llorar.

—¿Y qué piensas hacer ahora? —Insistió Ian, hablando con un dejo de indignación y provocación—¿Vas a quedarte aquí todos los días de tu vida llorando la pérdida de tu esposa como si no tuvieras nada que hacer?

—¿Qué quiere decir? —Se apresuró a preguntar, lleno de incertidumbre.

—Toma cartas en el asunto, hombre. O terminarás muerto como mi hija—Ian dejó caer su mano del hombro de Allistor y se acercó un poco a la tumba de Murron, mirándola enternecido, como si pudiera divisarla como cuando era una niña—. Y conociéndola como la conozco—Continuó, embelesado—, sé que ella no quiere verte allí tan pronto.

Allistor abrió en demasía sus ojos. Era cierto que aún tenía algo que hacer. No llegaría con las manos vacías delante de Arthur Kirkland ni con la mente en blanco para improvisar. Tenía que aclarar ese misterio cuanto antes y luego… luego dejarse hacer por lo que fuera que moviera los hilos del mundo.

Cuando volvió a su casa ya era de noche. Eleanor lo recibió con un plato de comida, y aunque no le preguntó en dónde había estado todo el día, pensó en un montón de opciones, porque Haydn y Charles le preguntaron más de diez veces en dónde estaba Allistor y cuándo irían a cazar juntos los tres.

Fue Agnus el que se lo preguntó.

—¿Dónde estabas? No te vi en todo el día—Finge prestarle más atención a su estofado que a la respuesta de Allistor.

—Fui a caminar—Responde sin más, con el tono de voz ya no seco; desértico.

—¿Caminaste todo el día? —Inquirió, ahora, Eleanor, preocupadamente.

—Fui a ver a Murron.

Ella se tapó la boca, como si se hubiera espantado de pronto, como si hubiera visto un fantasma detrás de su hijo. Agnus la miró pidiéndole implícitamente que no llorara y que mantuviera la compostura lo mejor que pudiera. Eleanor quiso sonar lo más comprensiva y respetuosa posible.

—Lo siento, hijo.

Allistor deja el plato sobre la mesa y se toma la cabeza. La mirada escueta, el ceño fruncido. Ya no quería sentir más lástima de nadie, ni siquiera de sus padres. Quería respuestas. Las necesitaba.

—Al diablo—Repuso. Eleanor se espantó. Agnus lo miró desaprobatoriamente. Los mellizos se removieron en su cama por el ruido repentino, pero no interrumpieron su sueño.

—¿Qué…?

—Ese lord—Habló Allistor, sin ya poder soportarlo más. Sentía que el corazón se le saldría del pecho por una extraña adrenalina que le recorría el cuerpo—… Ese lord me dijo algo. Algo raro. Y quiero que me lo aclaren.

Eleanor palideció.

—Hijo…

—¡Mamá, por favor! —Gritó él de vuelta, aún sin mirarla. Cuando lo hizo, los ojos verdes la atravesaron como dos espadas— Dime por qué ese lord me llevó ese día con él y no se llevó a Murron—Se acercó a ella de una manera casi intimidante— dime qué tengo que ver con Arthur Kirkland…—Y no pudo seguir pidiendo explicaciones ni justificando las dudas que lo volverían loco, porque el sólo nombrarlo lo hacía querer destruirlo todo.

—Allistor…—Agnus intentó tomar su hombro tal como Ian lo hizo en la tumba de Murron. Ahora, él no permitió que lo tocaran.

Se puso de pie, interrumpiendo los dichos de su padre y el llanto silencioso de su madre, como un torbellino inquieto y desprendido de sí mismo y su sentido común. Caminó de un lado a otro como queriendo escapar hacia alguna parte, sin desear realmente saber lo que Eleanor debía decirle de una vez por todas. Agnus caminó hacia ella y la tomó de los hombros, queriendo calmarla. La mujer también cargaba una cantidad considerable de años en su espalda, su corazón había soportado un secreto durante muchos años, más de los recomendados, tratándose de algo tan insoportablemente doloroso, sin haber dado atisbo alguno de que le mentía a su propio hijo. Su capacidad de contención era tan dañina como impresionante.

—Mamá—Volvió a rogarle. Conmovido por el llanto de su madre, se arrodilló junto a ella, tomó sus manos y la miró hacia arriba. Parecía un niño rezando—Necesito saber qué pasa conmigo; por qué…

Ella desvió su mirada miel a su hijo. Allistor, el hombre que a sus veintidós años ha vivido tanto. Una viudez prematura, un secuestro, un abuso que le removió hasta el alma, y un origen cuyo acceso se le denegó por cuestiones incomprensibles. Ya no era el niño travieso que al sonreír parecía querer mostrar todos los dientes, que la hacía reír en los peores momentos del invierno, cuando las cosechas no habían sido suficientes, que cuando comenzó a crecer la arropaba contra su pecho y la protegía. Allistor estaba arrodillado delante de ella como si le rogara extenderle la vida.

El niño que alguna vez cargó en sus brazos le pedía explicaciones.

Debía dárselas ahora, antes de que el secreto que tan bien supo esconder le explotara en la cara y la matara con un golpe certero.

—Siéntate, Allistor—Ordenó Eleanor, sonando más a una súplica. Se secó las lágrimas y tomó las manos de su esposo. Agnus se sentó junto a ella y la mantuvo abrazada hasta que su relato terminó. Él jamás intervino.

Allistor no despegó los ojos de su madre en ningún momento. La amaba, ¡cuánto la amaba! a esa mujer de rostro maduro y mirada curtida, pero Eleanor sintió que ese amor de hijo se transformaba poco a poco en un rechazo tan doloroso como cien espadas perforándola.

—Hay algo que tienes que saber, hijo—Continuó.

Él separó los labios un poco, como si su cuerpo lo supiera, como si la mente le hubiera predispuesto a la sorpresa y la mentira y el golpe no fuera tan fuerte hasta hacerlo desfallecer. Pero nada funcionó.

—Ni Agnus ni yo somos tus padres.


...


Notas de la autora:

¡Hola! No hay mucho más que decir aquí, sino sería spoiler de los buenos... Espero que les haya gustado este capítulo que si bien no dice mucho, es la conexión con lo que pasará después.

Muchas gracias a Mlle. Anya T. Kirkland por sus bellos reviews. Son sin duda un motivo para continuar con este fic. Igual que los reviews en general, así que manifiestense

Gracias por leer y hasta la próxima.

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