3. Sobre el pánico, la duda y la decepción

Amelia estaba acostumbrada a ser ella quien se revolcaba en la cama pidiendo piedad cuando sonaba el despertador. En consecuencia, era Arthur - responsable, recto - quien se levantaba, la movía, le decía unas palabras dulces en su tono ronco - Love, poppet, pet - ella se volvía pudín, pero luego recuperaba la dignidad y se levantaba.

Esa mañana,sin embargo, Arthur gruñó al despertador y lo apagó; acto seguido enterró la cabeza en la almohada suplicando. Ahora no, ahora no. Amelia miró cómo el británico se escondía bajo las mantas y, sin pensarlo mucho, se metió a la guarida con él encontrando su cara de ojos apretados, resoplando, dispuesto a retomar el sueño. Se miraron intensamente, iris verde, iris azul, Amelia alcanzó a contar algunas pecas de la nariz del inglés antes que este se sobresaltara- Tal vez fue la intensidad de su mirada la que acabó por espantarle el sueño. Sus ojos verdes se fijaron en ella una última vez, en silencio, y de pronto se levantó al baño. Así, de la nada. Como si no hubiera estado luchado con las frazadas hace unos segundos. Esa era una de las cosas típicas de él: ser tan inesperado.

Cuando se conocieron ella tampoco lo esperaba. Había pedido la pasantía a Inglaterra más llevada por su deseo de recorrer el mundo que por estudiar (aunque sí era una buena estudiante, pero ese no era el punto). Su plan era estudiar lo justo y necesario, salir, recorrer Europa en tren, ir a fiestas, seducir hombres de acentos elegantes y extraños y luego volver a sentar cabeza a Estados Unidos. Lo que pasa en Europa, queda en Europa.

Arthur se había asomado entre los libreros un día en que ella decidió quedarse en la biblioteca a estudiar. Amelia examinaba el estando buscando un tomo del libro Memoria y Olvido, pero en su lugar vio una cabellera despeinada e imposiblemente rubia que hacía un barrido visual por la estantería de enfrente. Greñudo, flacucho, palido, ojos verdes... mierda estaba mirando. Amelia fijó su vista en los libros fingiendo demencia y el tipo frunció el ceño - que ridículas y adorables cejas tienes - quiso decirle como piropo rompe hielos. Eso habría sido un poco impertinente.

No se volvieron a ver en semanas hasta la fiesta de cierre de semestre en uno de los dormitorios de la facultad. Personas por todos lados, abundante cerveza, Amelia con vestido amarillo y ancho. Eres como una versión postmoderna de Marilyn Monroe, le dijo Toris, el lituano también de intercambio que se había amigado con ella desde que llegaron y ella se sonrió muy satisfecha porque siempre fue esa la idea. Clásica, pero no anticuada; un poco perra, pero no tanto.

Sostenía un vaso plástico y se reía con un grupo de gente cuando la mirada verde del otro día volvió a asaltarla. ¿Qué hacer?, era como hacer contacto con un animal salvaje. Si me muevo se va a ir corriendo, quédate quieta, Amelia, gobiérnate, sé fuerte. El tipo corrió la mirada y siguió discutiendo acaloradamente con el grupo con el que estaba y de pronto, de la nada comenzó a caminar hacia ella.

EntoncesJane Austen o Charlote Bronté?

La pregunta la tomó desprevenida, intentó demostrar inteligencia. Austen, más ironía... ¿Eres de letras?

Estadísticas.

¿Siempre abordas chicas haciendo preguntas literarias?

Solo a las que sorprendo mirándome en la biblioteca.

Los labios de Amelia se curvaron involuntariamente y los de él también. ¿Bailas?

Tengo dos pies izquierdos.

Pues yo dos derechos. El tipo miró hacia abajo y apreció. Son muy bonitos. Le había mirado descaradamente las piernas para soltar ese comentario ridículo. Qué tipo más enervante.

Gracias, señor Darcy, contestó ella burlona.

Arthur. Aclaró él sin más y se alejó atrayéndola tras él con el poder de su tono de voz sarcástico y su apariencia inusual.

En muchos sentidos, Arthur era como un gato callejero de esos greñudos y flacuchos, que parecen no querer atención de nadie, pero luego se sientan al lado de uno como esperando nada. Cuando comenzaron a salir ella también lo sorprendió muchas veces mirándola cuando creía que ella no se daba cuenta y, cuando ella hacía contacto visual, él se hacía el tonto, incluso se ponía de pie y fingía fijar su atención en otra cosa. Se mostraba enojado muchas veces, aunque no lo estuviese; en un momento incluso rehuía las muestras de afecto físicas. Amelia debió ser muy tenaz para llegar a ese punto en que lo podía tomar del brazo y abrazarlo sin que se sobresaltara, o poder lograr que él la besara en la calle con naturalidad. Aún así habían días malos, de ceño fruncido, de silencios inexplicables que ella aliviaba con un masaje de hombros o un beso en la frente.

¿En qué momento su viaje de estudio ya aventura terminó en esta misión de domesticar a un tipo malhumorado?, ¿En qué momento habían decidido que no era solo una tontería de un semestre y querían mantenerla en el tiempo?, ¿En qué momento ella fue a cenar con la familia de él como si las cosas fueran en serio?, ¿Cuando las citas por Skype se volvieron una necesidad?, ¿Qué milagro había hecho que esta esquiva criatura atravesara el Atlántico, llegase a dormir con ella para luego rehuirle las miradas en la comodidad de su casa?

Esa mañana Arthur se duchó con lentitud, comió sin ganas y con la mirada perdida en la ventana que daba al río. Ella pensó que era la misma indiferencia felina de siempre e hizo liviana conversación sobre sus prácticas clínicas; él asentía o vocalizaba Uhum... para dar a entender que estaba escuchándola, mientras seguía comiendo lento y después lavando su taza de forma maníaca. Entonces, cuando Amelia ya hubo agarrado su bolso, se puso frente a él expectante y él la miró como si no comprendiera lo que ella buscaba, pero finalmente puso sus labios en ella; tirante, nervioso y breve. Ella se apartó dando una última caricia a su cabello imposiblemente claro y despeinado.

Vas a llegar tarde, comentó Amelia desde la puerta antes de salir y Arthur asintió. ¿Tal mal le había ido en las entrevistas que no quería hablar de ello? ¿Se estaba dando por vencido?

¿Qué estaba sucediendo? Era como estar de vuelta a ese momento en que él no compartía nada con ella por miedo a quedar en ridículo. Cuando recién comenzaron él no hablaba de sus problemas, sólo sus éxitos, y preguntaba por ella. Ella le contaba todo en esperanza de que su prueba de lealtad lo empujaran a abrirse hasta que, finalmente, de tanto reir y llorar en sus brazos, él le había contado lo triste que fue para él cuando murió su abuelo; lo aislado que se sentía de sus hermanos, su temor a estar solo.

Luego, vinieron los meses separados en que hablaban por video llamada todas las noches. Ya no podían tocarse, tenían que hacer intimidad de otra forma. Arthur finalmente se hizo el hábito de contarle su día, lo bueno y lo malo, porque había entendido que no tenía que fingir ser un súper hombre. No lo era y eso estaba bien. Ella no quería un súper hombre, solo quería a este tipo greñudo y silencioso y la forma en que se volvía dócil con ella.

Las distancias inciales habían sido en todo. Arthur también había tenido sus pudores. Amelia los tenía porque, si bien no era gorda, tampoco era tan delgada y eso la acomplejaba un poco; sin embargo, le había parecido absurda la vergüenza de Arthur al estar sin camisa delante de ella por primera vez. Soy muy pálido y delgado, se excusó él. luego había dicho, eres tan linda que me siento indigno. La autoimagen y percepción de la belleza, como ella bien sabía, eran algo absolutamente subjetivo, una construcción personal que se arraigaba a lo largo de la vida. Arthur creía de sí mismo que era un tipo inteligente y de buena retórica, pero no se apreciaba físicamente. Por eso ella siempre que podía le decía lo guapo que le parecía y lo orgullosa que estaba de él

Ya habían superado tantas cosas que no entendía, la conducta distante de la mañana. Tal vez era estrés y frustración de no encontrar el trabajo que le permitiese reafirmar su residencia. Arthur podía estar sintiendo que estaba fallando en su fuerte - ser estudioso, trabajador, confiable - y, con eso, mancillando la parte de él de la que estaba seguro. Tal vez todo eso causaba la actitud culposa.

Quiso decirle que no se preocupara, que firmara un contrato a largo plazo en la tienda de libros. No importaba si ganaba el sueldo mínimo, ella solo quería que él se quedara a vivir con él. No era tan complejo.

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La vida estaba poniéndose extraña. Un día estaba él con su rutina de estudiar en los cursos vespertinos, trabajar de día en la tienda, ir al gimnasio, comer sus hamburguesas, buscar tipos morenos y musculosos en Grindr, follárselos y así, en repetir. Alfred estaba contento con esa rutina sin preocupaciones.

Entonces, como de la nada, llegó este tipo flaco, paliducho, vestido con kakis y camisa blanca a pedir el trabajo que Joe había estuvo ofreciendo sin éxito. El tipo sabía de libros, según el viejo, así que pondría en orden toda la sección y vería cuáles eran de valor. Con los audífonos puestos sólo los vio conversar, la sorpresa vino cuando se los sacó para que el jefe los presentara. El tipo flacucho y desabrido saludó con un Arthur Kirkland, encantado, con un muy marcado acento inglés y voz grave, el tipo de sonido capaz de mojar pantys, si es que Alfred pudiera hacer eso. Lo saludó con un tono neutral y le explicó lo que había que hacer. Casi sintió pena por él:esos libros no habían sido organizados en dos años. No obstante, 'British dude from work', como Alfred lo llamó en un inicio, no se hizo problemas y comenzó a organizar las estanterías por temática - política, poesía, novelas, ciencias - y dentro de cada categoría hizo grupos por nacionalidad de autor y luego, dentro de este orden, hizo un índice alfabético.

En los primeros días notó que no era hablador, que se mensajeaba mucho con alguien y que cuando un cliente venía a preguntar por libros, este tipo lo sabía todo.

No tenía intención de fetichizar a su compañero de trabajo, pero tenía un aire de bibliotecario sexy, de esos niños ordenados que dan ganas de despeinar y empotrar contra un librero. Se busco una cita en Grindr y encontró a un puertorriqueño atlético y de exquisita piel morena - como le gustaban- y se juntaron en un hotel conocido en el ambiente por su seguridad.

Eventualmente, comenzaró a hablar con 'Mr. Queen of England'. Fue a partir de una discusión acerca de qué versión de Lolita era una mejor adaptación cinematográfica de la novela. 'British Book Worm' afirmó que ninguna adaptación cinematográfica podía compararse a la belleza que era el libro y desde allí comenzaron a discutir acerca de distintas adaptaciones cinematográficas, acordando después que la del Señor de las moscas era muy buena.

La conversación había sido interesante, así que Alfred pensó que no había nada de malo en averiguar si había terreno allí. Premeditadamente, con su camiseta blanca más delgada y apretada, se puso a levantar cajas. Sabía que sus biceps flectados ofrecían un show a quien quisiera verlo. Pero ninguna mirada. Nada. Pues bien, no es gay. Un desperdicio.

En algún momento el cejón inglés comenzó a preguntarle por qué se arreglaba tanto antes de salir y Alfred le dijo que tenía una cita; seguro por cortesía salió un ¿Quién es la chica afortunada?. Oh no, no hay chica afortunada, soy gay. El tipo lo miró como que no se lo veía venir, la sorpresa claramente pasó por su rostro, pero no la dejó quedarse, en cambio soltó, Muy bien, entonces. Cuánto aplomo, cuánta rectitud había en 'Mr. Darcy'.

Esa situación volvió a repetirse y entonces había preguntado, ¿Segunda cita?. Nope, otro tipo. Vaya, ojalá esta vez funcione. No busco nada a largo plazo. Qué moderno, canturreó. Y luego no volvió a preguntar por las veces que se arreglaba, porque asumía seguro que Alfred se andaba revolcando con quien quisiera. O aún más divertido, asumía que estas citas eran solo citas platónicas sin revolcones. Se imaginaba a este tipo británico, seguro él no conocía chicas en Tinder, sino que era del tipo que las abordaba en parques, bibliotecas, cafeterías y les invitaba a una taza de té y luego de muchos rodeos expresaba sus intenciones, para cuando ya estaba en la friendzone. Algo en él gritaba monogamia. La forma en que se vestía, en que hablaba, en que juzgaba silenciosamente las andadas de Alfred, en especial cuando le había explicado lo que era Grindr.

Por eso nunca esperó que al verlo vitrinear el catálogo de tipos de allí le dijera, muéstrame como funciona. Entonces comenzó este bizarro momento en que juntos, Alfred y este heterosexual británico monógamo discutían quien era guapo, quien no y Alfred impuso su opinión señalando a un tipo con pinta de surfista que estaba cerca y conectado en ese momento y el otro tuvo el nervio de decirle, que esté cerca no significa que esté interesado, la foto del pene llegó en un momento tan preciso y causó una ofuscación tan graciosa en su compañero de trabajo que Alfred se entretuvo mirándolo por el resto de la jornada. Este tipo no solo era inteligente, organizado, responsable e irónico, era divertido.

Arthur era, en una palabra, interesante. Curioso notarlo así de pronto, Alfred decidió buscarse un ligue en Grindr, una mamada en un baño fue suficiente para volver a centrarse.

Hablaban mucho, de su vida en Inglaterra. Arthur quería quedarse en el país por una chica, lo cual le parecía muy fuerte. Alfred como mucho recorría un kilómetro para acostarse con alguien, así que como el tema de la novia no le parecía interesante, mejor hablaban de libros, películas y las diferencias del mundo heterosexual monógamo vs su promiscuo mundo gay. Arthur trataba de mostrarse como un tipo de mente abierta, no obstante, Alfred notaba, cuando nombraba Grindr o los tipos de Grindr lo hacía con el disgusto de quien habla de algo sucio. No lo culpaba, Arthur era un tipo bueno. Ese que se lleva a casa a conocer a los padres. Se imaginó a la novia como una típica esposa americana, cariñosa, bonita, conservadora, heterosexual y monógama como él.

Aunque...

A la sexta semana Alfred ya se estaba cuestionando qué tan heterosexual era su nuevo amigo. A veces lo pillaba mirándolo. Alfred sabía cuando lo miraban, los ojos verdes recorrían la línea de sus bíceps y pectorales o el contorno de sus muslos enfundados en los jeans apretados. Alfred necesitaba respuestas, pero no podía simplemente preguntarlo además ¿qué ganaba?; Arthur seguía mensajeando a la novia en el trabajo como prueba irrefutable de que sí eran cercanos. Felicidades Al, estás complicado con una persona con la que Jamás pasara nada. Hora de ir a Grindr.

Quiso ignorar el hecho de que estaba eligiendo gente más blanca, más delgada y más rubia, nada especial, en la variedad estaba el gusto. Pudo ignorarlo hasta que le tocó con un rubio muy claro de pelo revuelto y espalda pecosa. Alfred lo penetró mirando esa constelación de piel y se corrió tan fuerte que en compensación le ayudó a correrse con la boca.

Fue duro para él darse cuenta de que, efectivamente, había pensado en Arthur en ese momento. La incertidumbre lo estaba volviendo loco. La tensión... Una vez Arthur le dijo Friki encubierto y Alfred le dijo que él no escondía nada, sino que dejaba todo a la vista y le preguntaron. ¿Estás seguro?

¿Seguro?, pensó Alfred, porque no estaba muy seguro de nada últimamente. Joder. Se miraron a los ojos unos segundos intensamente. si Arthur no fuera heterosexual monógamo con novia, Alfred habría lanzado el control del Atari para comerle la boca. Los ojos de Arthur eran tan verdes...

En las certezas está el error, dicen. Alfred quiso hacerse el interesante contestando esa estupidez y la expresión del inglés se intensificó. No dijo nada, corrió la mirada. Alfred nunca sabía en qué terreno estaba con él,pero estaba cada vez más seguro de que Arthur no era 100% heterosexual como creía serlo y se propuso comprobarlo. Lanzó su caballería pesada: camisetas ajustadas, miradas prolongadas, el tono de voz unas octavas más abajo, contacto físico accidental-intencionado y pudo ver cómo cuando estaban cerrando un día, y Alfred bailó al ritmo de República, que Arthur le lanzaba esa mirada hambrienta y el americano lo supo. Era ahora o nunca. Justamente habían quedado de ir por unas cervezas. Los astros se habían alineado.

No fue planeado lo del bar gay. Alfred simplemente caminó hacia el local al que estaba acostumbrado hasta que notó a Arthur barriendo el lugar con la mirada. Nohabía notado que toda la situación de llevarlo allí había sido una jugada poco sutil y temió espantar a su compañero. Se disculpó, pero Arthur como siempre, siendo el más maduro, dijo que no importaba y pidió unas cervezas.

¿Cómo es que nunca se le había ocurrido esto de llevar a Arthur a un bar?, el británico cuando estaba bajo el calor del alcohol era más risueño y abierto. Alfred pudo contentarse escuchando historias de borracheras universitarias, peleas de bar. Una cantidad alarmante de anécdotas en que Arthur terminaba trenzado a golpes con un desconocido ante cualquier desacuerdo. Era difícil sospecharlo, con tanta formalidad y ese lenguaje tan elaborado de niño culto.

Siendo justos, había muchas cosas de Arthur que uno no esperaba de solo verlo.

La catarsis, cuando por fin llegó, también fue inesperada. Estaban hablando de las peores experiencias sexuales que habían tenido, donde Arthur confesó que una vez llegado al departamento de una chica descubrieron, con horror, que ninguno tenía preservativo, por lo que intentaron hacer otras cosas, pero ella estaba en sus días y entonces todo había sido tan incómodo que prefirió retirarse. Esas cosas con hombres no pasan, rió Alfred como un chiquillo satisfecho que intenta regodearse de tener la ventaja. Luego vino el turno de Alfred de contar su historia, Arthur se reía de la idea - inconcebible en su mente moldeada por la norma heterosexual - de que un pene fuera bonito y de pronto se estaban besando.

'De pronto', porque una cosa es desearlo y orquestar el mejor escenario, pero otra cosa es cuando de verdad las cosas ocurren. Alfred no sabía qué hacer porque no pensaba que un beso podría hacerle hormiguear todo el cuerpo, que pudiera lograr que el corazón se le saliera por la boca de tal forma que estaba seguro de que todos escuchaban el bum bum bum y bailaban al ritmo de él.

No alcanzó a descifrar el ritmo de esa melodía. Arthur se alejó con suavidad, con el rostro dolido y con un: No puedo, lo siento, se puso de pie y salió del bar. Alfred no quiso sufrir con la visión lejana de su espalda, así que volvió la atención al trago y pidió otro, más cargado, y se fue a dormir con su expectación y su soledad. El tequila lo arrulló con éxito hasta el día siguiente.

Arthur llegó tarde esa jornada, le saludó de forma seca y se puso audífonos aislándose por el resto de la jornada. A Alfred no le extrañó la situación. Lo entendía, eso de ignorarlo al otro día como si él fuera el culpable de todos los pecados era típico de los heterosexuales en negación. Muchas veces le había tocado estar con tipos así que en el momento se aferraban a él con pasión desesperada y luego lo miraban con el desprecio y horror de quien se mira al espejo y descubre el cadáver de su autoimagen.

Alfred estaba acostumbrado, pero le dolía, porque Arthur no era cualquier tipo sin nombre que conoció en un bar.

El lunes llegó y Arthur le saludó como si nada. Se fue a ordenar los libros, atendió clientes, se mensajeó con alguien - la novia insípida y fea que Alfred imaginaba pálida, delgada y mal vestida - y siguió tratando a Alfred como si su figura fuese transparente, así que no le dejó más opción que meterse a Grindr y acabar en un motel de barrio con el primer moreno que le dio la hora. Si Arthur quería seguir jugando a ser heterosexual era cosa suya. Que se joda.

Yo te preparo la cena... ¡Pero qué dices!... eres una malagradecida... está bien, nunca más te ofrezco nada... o mejor aún, te pones el vestido con lunares rojos y yo invito... te veo allí.

Alfred se sintió un intruso escuchando toda aquella conversación tan trivial. Quiso ir a la trastienda a refugiarse de esa farsa que era la relación de Arthur con su novia, no obstante, no pudo dejar de oír, ni el acuerdo ni el tono cariñoso, hasta embobado con que él le hablaba, ni dejar de ver cómo quedó mirando el teléfono de esa forma tan afectuosa. Desde ahí fue el turno de Alfred de ser arisco por el resto de la jornada.

Antes del cierre de ese día Alfred preguntó, sintiéndose un arrastrado. ¿Nunca vamos a hablar de lo que pasó?

No hay mucho de qué hablar... estaba borracho, ambos los estábamos, tu eres libre y yo tengo novia... deberíamos olvidarlo ¿es lo mejor, no?

Es lo más fácil, contestó el americano con rencor y puso el candado al portón sin querer mirar como el británico se iba a su refugio de calidez y conformidad.

Así que la idea es que cada uno siga con su vida. Él también podía seguir ese juego. Llamó a un viejo conocido con el que quedaba cuando no quería perder tiempo en Grindr y necesitaba un polvo seguro. Pedro llegó a buscarlo al cierre del día siguiente vistiendo una casaca de cuero ajustada y saludando con un 'Hola, cabrón', en ese dialecto chilango tan musical y atrevido. Alfred le cerró el ojo y Pedro esperó mirando los dvds mientras con Arthur cerraban la caja. El inglés levantaba una mirada desconfiada hacia el latino, con las cejas increíblemente fruncidas. ¿Cómo se siente, ah?, quiso preguntar Alfred con un tono insolente, pero mantuvo un gesto casual y solo le habló de cuentas, luego cerraron el local y caminaron en direcciones opuestas. Arthur solo hacia su paraíso doméstico y Alfred con la mano en el bolsillo trasero de Pedro, camino a Sodoma.

Él sabía que muchas veces llenaba sus abismos y respondía sus problemas buscando el placer efímero. No lo veía como algo negativo. La gente normalmente condenaba el placer sin romanticismo, como si la falta de amor y sentimientos profundos convirtieran un orgasmo en algo sucio, pero no tenía que serlo. Compartir el placer con otra persona aunque fuese anónima, aunque solo unos minutos, hacía que por ese instante compartieran algo. Se ayudaban a sentirse bien mutuamente, se respetaban como adultos, se tenían en cuenta las necesidades y límites del otro y eso en sí era noble. Alfred era hedonista y promiscuo, pero no se consideraba un amante desconsiderado, se involucraba en el disfrute de sus amantes como en el suyo propio y esos pequeños momentos servían para aliviar no solo la presión en sus pantalones sino además le salvaban de perderse en el laberinto de su soledad.

Normalmente eso funcionaba. Orgasmo explotado y problemas olvidados.

Sin embargo... algo acerca de Arthur hacía que su cabeza siguiera dando vueltas alrededor de él. Sin importar con qué intentase regalarse.

Tal vez era la cotidianeidad de verse todos los días, la travesura y el ego de saber que estaba haciendo que un "hétero" se revolucionara por él; tal vez la sensación de villanía de saberse un rompe hogares. La imaginaba a ella pálida, sosa, simplona y en contraste él, apolíneo, atrevido y a Arthur corriendo desde su zona de confort hacia él... Quizás qué era, pero un polvo con un desconocido o con la bestia sensual que era Pedro no cambiaban su situación. Seguía pensando en Arthur, seguía queriendo besarlo y francamente no sabía si acostándose con él - una acción que entonces parecía improbable - mataría las ganas.

A la mañana siguiente Arthur lucía furioso. Ceño fruncido al máximo, boca apretada, un moretón en los ojos y los nudillos pelados. ¿Cómo se hizo esos rasguños?, Alfred quiso preguntarle, casualmente, tal vez ayudarlo. Yo te sostengo eso, no hagas fuerza, yo levanto esa caja, mira mis músculos mientras lo hago, ¿sigues jugando a ser heterosexual? Hubiese sido bueno saber eso de una maldita vez, pero Arthur estaba aún más frío que los otros días; ahora ni lo miraba y tuvo que aguantar más de ocho horas de jornada en ese clima de mierda y la mente de Alfred gritaba: No puedo más, no puedo más, mírame, dime un insulto inglés con ese acento ridículo que tienes. Bollocks, blimey, bloody git, sodding, shagging... lo que sea. Pero incluso mientras cerraban caja Arthur seguía sin mirarlo, cuando estaban acomodando la cortina metálica por dentro, no lo aguantó más.

Artie... No me llames así. Vamos, no te hecho nada. Risa con sorna, ceño fruncido. Nada, solo me llevaste a un bar gay, me emborrachaste, me diste un beso... Lo haces sonar como que he abusado de ti, no te obligué a nada... Y luego me restregaste a ese tipo en la cara, para ti es fácil, te da igual que tengamos que vernos todos los días, yo, los tipos de Grindr, los clientes, todos te damos igual... Tenía que callarlo, no eres igual, quiso decirle, no Artie, no eres igual, eres distinto, pienso en ti, me gusta tu risa, me gusta tu pelo espigado, tu nariz respingada, la forma en que está pelada y roja por el sol, tus pecas, tienes tantas pecas... son adorables, las quiero ver todas, me he vuelto un cursi por ti, Artie... quiso decirle eso, pero hubiera sido confuso, demasiado. Así que le agarró ambos costados de la cara y le dio un beso de aquellos que tenía reservado para sus citas, fuerte, duro, intenso, pero más que eso. Habían rasgos de desesperación y necesidad que nunca estaban presentes en los besos con esos anónimos insignificantes de Grindr. Arthur suspiró en el beso, como si hubiera contenido el aliento desde hacía tres días, que fue la última vez que se habían besado.

Se quedaron con las frentes juntas. Arthur parecía una bestia sedada. ¿Ves como sí te gusto?, Arthur movió la cabeza suavemente, como negándolo. Te gusto, siguió Alfred. Y quiso agregar: deja a tu novia... quédate conmigo, no sé ser monógamo, pero enséñame, puedo jugar bajo tus reglas.

Tal vez lo pensó en voz alta sin darse cuenta porque Arthur suspiró, esto no puede ser... no entiendes, yo la amo, de verdad la amo, me gusta, aún me vuelve loco.

Entonces qué te pasa conmigo.

No sé, pobre animalillo asustado, cómo temblaba, Alfred quiso abrazarlo con una ternura recién inventada.

No lo entiendo...