Título: Tu Jardín Con Enanitos
Autor:
Ritchy
Parejas:
H. Issei / S. Irina
Clasificación:
M (B15, dependiendo de la clasificación de vuestros países.)

Resumen: Hyoudou Issei es un hombre solitario que sólo busca tranquilidad y la oscuridad para poder sobrevivir un tiempo más. Es entonces, que a su vida le llega la sonrisa radiante de Shidou Irina, quien se le colaría en su vida en más de mil maneras.

Notas / Avisos:

- Esta historia no está revisada, porque no tengo un Beta.
- Hay mucho contenido para adultos, si sabéis a lo que me refiero.
- Éste, como os daréis cuenta, es un Universo Alternativo, por lo que no se perderán de cosas importantes.
- El título está basado en la canción de "Tu Jardín Con Enanitos" de Melendi. Y la historia, basada en la novela de "La Chica Perfecta" de [GirlCrazy01]

Advertencia:

Yo no soy dueño de los personajes, la historia retorcida o el universo, etcétera; éstos pertenecen a sus creadores. Yo sólo soy propietario de los personajes que he creado, y de esta historia que he escrito. Eso es todo.

Sé que no he dado tiempo para que la gente lea mi historia, pero no puedo aguantar las ganas de escribir todo el rato y publicar algo para vosotros. En fin, espero no ser tan rápido.


El lugar olía a whisky, y a humo. A Irina no le resultó desagradable, era parte del ambiente local. Un ambiente de luz tenue que iluminaba el escaso escenario. Las mesas redondas y poco más grandes que un plato de postre, abarrotaban la sala y, aunque la mayoría estaban ocupadas, apenas había ruido.

Irina llegó a la conclusión de que en sitios como aquél la gente hablaba susurrando; planeaban romances o disfrutaban de los ya existentes.

Sentados a una barra de robusta madera, otros clientes bebían sus copas y las protegían con los brazos como si alguien fuera a robárselas.

Era un lugar propio de una película de los años cuarenta. Una de esas historias en las que la heroína llevaba vestidos largos y estrechos, los labios pintados y el cabello rubio cayéndole sobre la cara, mientras cantaba canciones que hablaban de todos los hombres que le habían hecho daño.

Mientras ella cantaba, el hombre que la deseaba, y que le había hecho daño, hundía su mirada pensativa en un whisky.

En otras palabras, pensó Irina con una sonrisa, era un lugar perfecto.

Esforzándose en no llamar la atención, ocupó una mesa junto a la pared del fondo del local y lo observó entre el humo y los vapores del whisky.

Iba vestido de negro. Vaqueros y camiseta metida por dentro del pantalón. Se había quitado la chaqueta de cuero con la que se había protegido del frío. Estaba hablando con una mujer guapísima ataviada con estrecho vestido negro, que marcaba las curvas de su cuerpo. Su risa retumbó en toda la sala con enorme sensualidad.

Fue entonces cuando Irina lo vio sonreír por primera vez. Aunque el modo en que sus labios se curvaron e iluminaron su rostro no podía describirse como una simple sonrisa. Era un gesto lleno de diversión, afecto y sentido del humor. Un gesto que hizo que Irina sonriera también.

Supuso que la bella nipona debía ser su amante. Y tuvo la completa certeza de que así era cuando ella le agarró el rostro entre ambas manos y lo besó en la mejilla. Por supuesto, pensó Irina, un hombre así, lleno de secretos y misterios, tenía que tener una amante exótica con la que se encontraba en un lugar oscuro y lleno de humo, ambientado por música triste y sensual.

La escena le pareció tan romántica que de sus labios salió un suspiro.

Ya en el escenario, Kuroka le dio un cariñoso pellizco en la mejilla a Issei.

—¿Ahora te siguen las mujeres?

—Es una lunática.

—¿Quieres que pida que la echen?

—No —no se volvió a mirarla, pero podía sentir sus enormes ojos violetas clavados en él—. Me parece que es inofensiva.

Los ojos miel de Kuroka se llenaron de un brillo malévolo.

—Entonces tendré que fijarme bien en ella. Tengo que ver cómo es la mujer que acosa a mis queridos labios de fuego. ¿No crees, Vali?

El tipo delgado que se sentaba en el piano levantó la mirada de las teclas y sonrió levemente.

—Pero no le hagas daño, Kuroka. Es muy jovencita. ¿Preparado? —Le preguntó Vali.

—Empieza tú, yo te sigo.

Mientras Kuroka abandonaba el escenario, los dedos largos y fuertes de Vali comenzaron a hacer magia con las teclas del piano. Issei se dejó llevar por las notas y, con los ojos cerrados, dejó que la música fluyera.

La melodía lo arrastró. Conseguía hacer desaparecer de su mente las palabras, la gente y las escenas que a menudo lo aturdían. Cuando tocaba no existía nada más que la música y el placer de producirla.

Una vez le había dicho a Kuroka que era como tener sexo; te vaciaba por dentro, y a la vez te daba algo nuevo. Y siempre se hacía demasiado corto.

Al fondo del local, Irina se sumergió en la música, se dejó llevar por el melancólico Blues. Se dio cuenta entonces de que era muy diferente verlo tocar a simplemente escucharlo al otro lado de las paredes. La música unida a la imagen tenía mucho más poder, era más conmovedora y mucho más sexy.

Era una música para llorar. Para hacer el amor. Para soñar.

Estaba tan absorta en el escenario, que no vio acercarse a Kuroka.

—Tú dirás, guapa.

—¿Eh? —Irina levantó la mirada, distraída, y sonrió levemente—. Es maravillosa. Esta música llega al corazón, y de ahí al alma.

Kuroka enarcó una ceja. La muchacha tenía un rostro hermoso; con esa nariz respingona y esos ojos grandes, no parecía una lunática.

—¿Vas a tomar algo o sólo vas a ocupar una mesa?

—Ah, claro —suspiró Irina, en un lugar así había que consumir—. Es música de whisky —dijo con otra sonrisa—. Quiero un whisky.

Kuroka levantó la ceja un poco más.

—No tienes pinta de tener edad suficiente para pedir un whisky.

Irina ni siquiera se molestó en suspirar; estaba demasiado acostumbrada a aquella situación. Se limitó a sacar el carné de conducir del bolso y mostrárselo.

Kuroka la observó detenidamente.

—Muy bien, Shidou Irina, te traeré un whisky.

—Gracias —satisfecha, Irina apoyó la barbilla en las manos y volvió a concentrarse en la música.

Unos segundos después se sorprendió cuando Kuroka volvió con dos vasos en lugar de uno y se sentó junto a ella.

—¿Y qué haces en un sitio como éste, joven Irina?

Irina abrió la boca, pero enseguida se dio cuenta de que no podía decirle que había ido siguiendo a su misterioso vecino por todo el camino a hasta este lugar.

—Vivo muy cerca de aquí. Supongo que seguí un impulso —levantó el vaso y señaló con él el escenario—. Me alegro de haberlo hecho —dijo antes de beber.

Kuroka la observó detenidamente. Tenía aspecto de animadora de preparatoria, pero había que reconocer que bebía whisky como un hombre.

—Vas por ahí a estas horas de la noche tú sola, alguien podría hacerte algo, pequeña.

Irina la miró por encima del borde del vaso.

—No lo creo…

Kuroka asintió.

—Soy Toujou Kuroka —se presentó, chocando su vaso con el de Irina—. Soy la dueña del local.

—Pues, me gusta mucho, Kuroka.

—Puede ser —dijo con una carcajada—. De lo que estoy segura es de que te gusta mucho mi hombre —añadió mirando al escenario—. No le has quitado los ojos de encima desde que has entrado.

Irina dio otro trago con gesto pensativo, tenía que meditar bien cómo actuar. No tenía la menor duda de que sabía cuidarse en las calles de Tokyo o de cualquier otro lugar, Kuroka era mucho más delgada que ella y, como muy bien le había recordado, se trataba de su local y de su hombre. Sería mejor no hacerla enfadar

—Es muy atractivo —admitió con relajación—. Resulta difícil no mirarlo, así que, si te parece bien, seguiré haciéndolo. No creo que vaya a mirarme siquiera teniendo a una mujer como tú cerca.

Kuroka se echó a reír de nuevo.

—Parece que sí sabes cuidarte sólita. Eres una chica lista.

Irina soltó a reír también.

—Sí que lo soy, sí. Y de verdad me gusta mucho tu local. ¿Cuánto tiempo hace que lo tienes?

—Dos años.

—¿Y antes de eso? Por tu acento, supongo que eres de Kyoto.

Kuroka ladeó la cabeza.

—Tienes buen oído.

—Es que tengo familia en Kyoto. Mi madre creció allí.

—No conozco a ningún Shidou. ¿Cuál era el apellido de soltera de tu madre?

—Miyamoto.

—Conozco muchos Miyamoto. ¿Eres familia de la señorita Hana?

—Es mi tía abuela.

—Una gran dama.

Irina se echó a reír y después tomó un trago.

—Una mujer tan fría como el invierno. Mis hermanos y yo solíamos creer que era una bruja.

—tiene mucho poder, pero sólo por su dinero y por su nombre. ¿Así que eres una Miyamoto? ¿Y quién es tu madre?

—Sasha Miyamoto de Shidou, la pintora.

—La señorita Sasha —Kuroka dejó el vaso sobre la mesa con una sonora carcajada—. La hija de la señorita Sasha en mi local. El mundo es increíble.

—¿Conoces a mi madre?

—Mi madre le limpiaba la casa a tu abuela, querida.

—¿Sakura? ¿Eres hija de Sakura? —Impulsada por ese vínculo inmediato, Irina le agarró la mano a Kuroka—. Mi madre hablaba de Sakura todo el tiempo. Fuimos a visitarla una vez cuando yo era niña, y nos dio unas galletitas recién hechas. Me acuerdo de que nos sentamos en el porche, bebimos limonada y mi padre le hizo un dibujo.

—Lo puso en el salón, estaba muy orgullosa de él. Yo estaba en la ciudad cuando vino tu familia. Estaba trabajando, pero mi madre estuvo semanas hablando de vuestra visita. Siempre quiso mucho a la señorita Sasha.

—Verás cuando le diga que te he conocido. ¿Qué tal está tu madre, Kuroka?

—Murió el año pasado.

—Vaya —le puso también la otra mano sobre la suya—. Lo siento mucho.

—Tuvo una vida estupenda, y murió mientras dormía, así que supongo que también tuvo una buena muerte. Tus padres vinieron al funeral. Vienes de una gran familia, pequeña Irina.

—Lo sé. Tú también.

Issei no comprendía nada. Allí estaba Kuroka, la persona más sensata que conocía, charlando y abrazándose con esa loca como si fueran viejas amigas. Compartiendo whisky, risas, y agarrándose de las manos como solían hacer las mujeres.

Durante más de una hora estuvieron cotorreando animadamente.

Irina hablaba y gesticulaba con las manos mientras Kuroka soltaba una carcajada tras otra o meneaba la cabeza con incredulidad.

—Mira a esas dos, Vali —le dijo Issei al pianista.

Vali dejó de tocar para encenderse un cigarrillo.

—Parecen dos gallinas. Esa chica es muy guapa, amigo. Tiene chispa.

—A mí no me gusta la chispa —farfulló Issei. Se le habían quitado las ganas de tocar, así que guardó la guitarra en su funda—. Hasta la próxima.

—Aquí estaré.

Pensó en marcharse sin más, pero le daba rabia ver a su amiga tan a gusto con esa lunática. Además, al menos sería una satisfacción que su entrometida vecina se sintiera descubierta. Pero al acercarse a la mesa, ella se limitó a levantar la mirada hacia él y sonreír.

—Hola —dijo con total normalidad—. ¿No vas a tocar más? Es una música maravillosa.

—Me has seguido.

—Lo sé. No está bien, pero la verdad es que me alegro mucho de haberlo hecho. Me ha encantado la música, y si no hubiera venido no hubiera conocido a Kuroka.

—No vuelvas a hacerlo —espetó él antes de dirigirse hacia la puerta.

—Se ha enfadado —comentó Kuroka riéndose—. Tiene esa mirada que le hiela los huesos a una.

—Debería disculparme —dijo Irina al tiempo que se ponía en pie—. No quiero que se enfade contigo.

—¿Conmigo? Pero…

—Enseguida vuelvo —le dio un beso en la mejilla a Kuroka y se fue corriendo tras él—.No te preocupes, te prometo que lo arreglaré.

Kuroka se quedó allí mirándola, sorprendida.

—Pequeña, no sabes en lo que te estás metiendo —dijo sonriendo—. Claro que tampoco lo sabe labios de fuego.

En la calle, Irina llamó a gritos a su vecino mientras se lamentaba de no haberle preguntado a Kuroka cómo se llamaba.

Cuando por fin lo alcanzó, lo agarró por el brazo.

—Lo siento. Es todo culpa mía.

—¿Quién ha dicho que no lo sea?

—No debería haberte seguido. Fue un impulso y me cuesta mucho no dejarme llevar por los impulsos. Estaba muy enfadada con ese idiota de Dulio y… bueno, eso no importa. Sólo quería… ¿podrías caminar un poco más despacio?

—No.

—Está bien. Comprendo que quieras que me atropelle un camión, pero no tienes por qué enfadarte con Kuroka. Nos pusimos a hablar, y de pronto hemos descubierto que su madre trabajó para mi abuela. Conoce a mis padres, y a muchos de mis primos…

Por fin se detuvo, y la miró.

—De todos los antros de la ciudad —murmuró de un modo que la hizo reír.

—He tenido que seguirte hasta ése, y hacerme amiga de tu novia. Lo siento.

—¿Mi novia?

Irina comprobó con enorme sorpresa que era capaz de reír, un sonido que la hizo derretir.

—¿A ti te parece que Kuroka puede ser la novia de nadie? Dios, ¿de qué planeta eres?

—Es una manera de hablar. No me atrevía a llamarla tu amante.

Siguió mirándola con una cálida expresión en los ojos.

—Es muy halagador, pero da la casualidad de que el tipo con el que estaba tocando es su marido, y mi amigo.

—¿El tipo delgado que toca el piano? ¿De verdad? —Irina consideró la idea un segundo y le resultó increíblemente romántica—. Es genial.

Issei meneó la cabeza y siguió caminando.

—Lo que quiero decir —continuó diciendo Irina andando junto a él—… estoy segura de que Kuroka se acercó para asegurarse de que no iba a acosarte ni nada parecido, pero entonces una cosa llevó a la otra y acabamos charlando. No quiero que te enfades con ella.

—No estoy enfadado con ella, sólo contigo. Lo que has hecho es demasiado.

—Lo siento mucho, pero no te preocupes que enseguida te dejo en paz, porque está claro que eso es lo que quieres.

Levantó la cabeza y se dio media vuelta para cruzar la calle y caminar en dirección opuesta al edificio en el que vivían.

Issei se quedó mirándola unos segundos, después se encogió de hombros y continuó su camino, diciéndose a sí mismo que se alegraba de haberse librado de ella.

No era cosa suya que se dedicase a pasear sola en mitad de la noche; había sido ella la que había decidido seguirlo.

No iba a preocuparse por ella.

Volvió a darse media vuelta con una maldición en los labios. Sólo iba a asegurarse de que llegaba a casa sana y salva, nada más. Después se olvidaría de ella para siempre.

Estaba todavía a media manzana de ella cuando ocurrió.

Un hombre salió de entre las sombras y la agarró. Ella lanzó un grito ensordecedor. Issei soltó la guitarra y echó a correr con los puños apretados, pero se detuvo en seco al ver cómo Irina se giraba y no sólo conseguía zafarse de su atacante, sino que le propino un puñetazo en la nariz y un rodillazo en la entrepierna con el que lo hizo caer al suelo de bruces.

—¡Sólo tengo mil quinientos malditos yenes! ¡Mil quinientos yenes, estúpido! —Gritaba cuando Issei consiguió reaccionar y llegar a su lado—. Si necesitabas dinero, habérmelo pedido, estúpido.

—¿Estás bien?

—Sí, maldita sea. Esto es culpa tuya. No le habría pegado tan fuerte si no hubiese estado enfadada contigo.

Issei se fijó en que se estaba mirando los nudillos y le agarró la mano.

—Mueve los dedos.

—Déjame en paz.

—Vamos, mueve los dedos.

—¡Oye! —Dijo una mujer desde una ventana—. ¿Quieres que llame a la policía?

—Sí —respondió Irina mientras hacía lo que Issei le pedía—. Sí, por favor. Gracias —añadió con algo más de suavidad.

—Menuda damisela indefensa —farfullo Issei—. No tienes nada roto, pero deberían hacerte una radiografía.

—Muchas gracias, doctor —retiró la mano bruscamente—. Ya puedes irte, estoy perfectamente bien.

El atacante empezó a moverse en el suelo e Issei le puso un pie en el pecho.

—Creo que mejor me quedo un rato. ¿Por qué no me traes la guitarra? La he tirado al suelo porque aún creía que el lobo feroz se comería a Caperucita.

Irina estuvo a punto de decirle que si quería su guitarra, fuera por ella, pero entonces pensó que si tenía que volver a pegar al atacante, se haría daño en la mano. Así pues, comenzó a caminar con toda la dignidad que pudo, recogió la guitarra y volvió con ella.

—Gracias —le dijo ella.

—¿Por qué?

—Por intentar ayudarme.

—No hay de qué —respondió Issei.

Se retiró en cuanto llegó el coche patrulla y, al ver lo bien que se explicaba Irina, albergó la esperanza de poder escabullirse sin más, pero justo en ese momento se dirigió a él uno de los agentes.

—¿Ha visto usted lo ocurrido?

Issei suspiró con resignación.

—Sí.