3

-Te doy el tabaco con una condición.- lo dice serio, decidido, algo excitado con lo que va a pedir, porque Remus nunca, jamás, pide.

Y por eso mismo Sirius accederá, porque como Remus nunca pide, Sirius no puede negarse, porque siempre le ha dicho si necesitas algo, pídemelo y ahora no puede echarse atrás, no se negara tampoco, porque ese mono de tabaco es TAN, pero TAN sumamente grande que no puede con ello.

-¿Cuál?

-Sé mi esclavo un mes.

-Se te va la pinza, Remus.

-Posiblemente- sonríe- pero tú sigues sin tabaco.

Mueve la cabeza un poco y siente, huele, ese aroma tan familiar que tiene Remus. A libro viejo, a tarde junto al fuego, a chocolate caliente y a cama arrugada. Cama arrugada de un domingo cualquiera. Y es injusto que eso sea lo que decida todo, que acceda, simplemente porque huele bien y le promete tabaco y sexo y ser esclavo sexual no es un castigo que se diga.

Se levanta, se acerca, Remus le mira, le desafía y vuelve a resonar ese Haber quién puede más, capullo, imaginario, que resuena cada vez que se ven.

-Sí, amo.

Lo dice tan cerca de sus labios, tan sexy, tan porno, tan desgraciado el muy asqueroso que Remus le besa, con la boca abierta, sin vergüenza y con ganas, por esa semana en la que se han castigado mutuamente.

-El tabaco.

Y Sirius consigue su ansiado tabaco, sí, después del sexo con su amo, obviamente.

Sería un largo mes.