Disclaimer: Nada de esto es mío sino de Martin. Lo único que verdaderamente me pertenece son las palabras.

A disfrutad.

·

-ROJO-

Hacía ya más de media hora que el sol bañaba por completo su habitación y aún no había subido ninguna doncella a atenderla. La niña se quitó como pudo la gran montaña de mantas que la cubrían y salió de la cama. ¡Por la Madre, la Doncella y el Herrero!, fue su primer pensamiento racional, ¡estaban en Desembarco del Rey y ella era una norteña de sangre y espíritu, ¿a nadie se le había ocurrido pensar que podía estar pasando un calor de mil demonios en aquella ciudad infesta y austera?

Sansa se acercó al hogar donde apenas ya resplandecían los últimos rescoldos del fuego de la noche anterior y suspiró. Estaba segura de que si no fuera por la reina Margaery, ni siquiera hubiera habido un fuego esperándola cuando llegó a acostarse. Otra cosa más que agradecerle a los Tyrell, apuntó mentalmente. Como si ya no hubiera demasiadas en la lista.

Gracias a la llegada de las flores al castillo, las palizas a Sansa no habían parado del todo pero sí disminuido en gran medida. Jeoffrey ya no estaba tan pendiente de ella como cabía esperar. Su futura reina eclipsaba ahora todo su mundo. Y cuando ella no estaba delante, su real madre lo tenía demasiado ocupado como para que pudiera pensar en otra cosa.

Sansa abrió el baúl a los pies de su cama y sacó un bonito vestido azul claro que había dentro. Un par de golpes en la puerta de su habitación la hicieron girarse en redondo.

-¿Sansa? ¿Estás despierta?

Al principio no la reconoció, pero en cuanto repitió sus palabras, la pelirroja pudo reconocer claramente la voz de Margaery Tyrell. Un poco aturdida, Sansa susurró un rápido "adelante", y esperó hasta que la reina entró en su habitación. Cuando la niña echó una rápida hojeada a aquellas cuatro paredes tan desvencijadas, únicamente adornadas con una cama antigua, un baúl y un tocador con la esquina inferior derecha del espejo rota, la Stark no pudo más que sentir vergüenza por los aposentos donde estaba obligada a recibir a la futura reina.

-Perdonadme, Lady Margaery –intentó excusarse. –No tengo demasiadas cosas con las que atenderos.

La castaña sonrió y se acercó un poco más a ella, cerrando la puerta tras de sí.

-Venía a preguntarte si te gustaría salir hoy conmigo a montar a caballo –en ese mismo momento se dio cuenta de las ropas de cama que aún llevaba puestas Sansa. -¿Qué haces así vestida todavía? ¿Dónde está tu doncella para que te ayude y… -se acercó a la puerta y se asomó al pasillo.

-No mi señora, por favor. No va a venir nadie.

Margaery se volvió de nuevo hacia ella lentamente. A través de sus ojos, Sansa pudo percibir cierto grado de entendimiento. Por muy joven que pareciera, y calculaba que debían rondar la misma edad, la castaña no era tan estúpida como cabría esperarse de alguien de su condición. De hecho, Sansa sabía que se callaba demasiadas cosas. Las sonrisas bonitas de Margaery con frecuencia ocultaban la astucia del que ve, oye y aguarda una oportunidad.

-Entonces yo te ayudaré, mi querida Sansa.

Sin que pudiera impedírselo, Margaery tomó el vestido de sus manos y lo dejó sobre la cama. Después la hizo volverse y comenzó a desabrocharle los lazos de la espalda hasta que la tela se deslizó por la fina piel de Sansa hasta llegar al suelo. En silencio y sin atreverse demasiado a moverse, Sansa aguardó cualquier movimiento por parte de su compañera, preguntándose de paso, por qué se empeñaba ella tanto en acariciarla cuando era evidente que la ropa de cama ya no la cubría en absoluto. Sansa giró el rostro lo suficiente hasta que pudo ver los ojos de Margaery mirarla fijamente.

-¿Mi señora? –murmuró. -¿Ocurre algo?

-Ojalá yo tuviera tu piel, Sansa. Tan suave y blanca, sin estar dañada por el sol. Algún día tendrás que enseñarme Invernalia. Quiero verlo contigo.

-Como deseéis –fue lo único que se le ocurrió decir mientras Margaery tomaba el vestido de la cama y se lo pasaba por la cabeza.

-Renly solía decirme que le encantaba el tono tan poco tostado de mi piel –siguió diciendo mientras tomaba un cepillo para el cabello y obligaba a Sansa a sentarse frente al espejo. –Estoy segura de que hubiera preferido el tuyo. Níveo y cristalino. Pensé que una flor del invierno como tú se marchitaría en el calor asfixiante de Desembarco. ¿Cómo lo soportas tú, Sansa? Porque cada día para mí se está convirtiendo en una tortura.

La niña le devolvió la mirada a través del espejo.

-Mi padre solía decir que lo que no nos mata, sólo nos hace más fuertes –contestó sinceramente.

Margaery asintió y olió el pelo de Sansa en el proceso.

-En cambio, lo que suele decir mi padre es que las flores que crecen en la adversidad luego serán las que florecerán más hermosas.

Ahora las manos de Margaery reposaban sobre sus hombros, deslizándose incesantemente por sus brazos. La doncella se inclinó sobre Sansa y le besó la mejilla izquierda, demorándose en aquel lugar mucho más de lo estrictamente necesario. Sin apartarse demasiado, las manos de Margaery ascendieron por el cuello de Sansa, tocándolo únicamente con la yema de sus dedos. Cuando un mechó rojizo se enredó entre sus dedos, soltó una risita armónica que a Sansa le pareció deliciosa. Sin embargo, seguía demasiado insegura sin llegar a comprender del todo las intenciones con las que Margaery la tocaba. Un cosquilleo nuevo para ella comenzó a atormentarla en un lugar prohibido para una niña como ella.

El rubor comenzó a hacerse visible en el rostro de la norteña y así lo percibió la futura reina cuando continuó profundizando en sus caricias.

-Renly me hizo varias promesas para la noche de boda que no tuvo tiempo de cumplir, Sansa. Las mismas promesas que me ha hecho Jeoffrey. Promesas que no estoy segura de que me vayan a gustar.

-¿A qué os referís, mi señora? –la niña tuvo que cerrar los ojos con fuerza cuando aquellas manos pequeñas y ágiles se deslizaron por su espalda.

Margaery soltó una risotada.

-A la clase de promesas que le hace un hombre a su esposa, boba.

Sansa seguía sin saber demasiado bien a qué se refería.

-El amor Sansa. El horizontal, que es el único que parece importarle a los hombres.

-¿Queréis decir que…

-¿Qué clase de amor estás tú dispuesta a dar?

Sansa estaba paralizada y más cuando vio aquella cabeza llena de tirabuzones castaños acercarse a ella, mirándola fijamente, abrasándola con aquellos ojos verdes. La niña cerró los ojos con fuerza, tal y como su Tata le había contado que solían hacerlo las damas en los cuentos de hadas. Sólo que frente a sí no tenía a ningún caballero de brillante armadura, sino a una niña que se empeñaba en colmarla de atenciones y susurrarle versos de espadas y dragones mientras los hombres tragaban y eructaban a su alrededor. Margaery le rozó los labios con los suyos, tanteándola, incitándola. Sin separarse, la miró de nuevo a los ojos y cuando vio que ella aún los tenía cerrados y que todo su cuerpo temblaba ligeramente, volvió a sonreír por aquella merecida victoria.

Un carraspeo desde la puerta, la privó de tomar su bien merecido trofeo.

-La Reina Cersei y su hijo requieren de vuestra presencia en la Sala del Trono –fue lo único que dijo la voz seca y cargada de burla del Perro.

-Estoy segura de que pueden esperar –parecía irritada, pero en seguida se recompuso. –No. Mejor voy a verlo, en seguida. Gracias, Sir Clegane por venir a buscarme.

Cuando ya estaba a la altura del hombre, se volvió de nuevo hacia Sansa y le dijo con una radiante sonrisa en los labios.

-Mandaré en seguida a una de mis doncellas para que te ayuden a terminar de arreglarte, mi querida amiga Sansa. Tendré los caballos preparados para cuando bajes.

Luego se marchó, dejándola sola bajo la mirada airada de aquella mole de músculo y piel quemada.

-Parece que la futura reina compartirá algo más que trono con el rey. –espetó mientras no podía apartar la mirada de los labios rojos de Sansa.

-¿Qué acaba de ocurrir?

-Que eres demasiado estúpida como para decir "no".

-¿Por qué estás tan airado? –le dijo mientras volvía a ponerse en pie y recogía la tela con la que dormía del suelo.

El Perro se acercó por detrás, la cogió del brazo derecho y la obligó de nuevo a levantarse.

-Estás jugando a algo demasiado peligroso, pajarito. Y algo más que tu estúpido corazón lleno de fantasías estúpidas puede salir herido.

Sansa lo miró con odio y se desenganchó de él con fuerza.

-Quiero salir de aquí. Y si para ello debo quemarme, lo haré. Preferiría mil veces morir quemada en una hoguera que permanecer aquí un solo día más.

-Cuidado con lo que deseas, niña. Puede que al final acabe cumpliéndose.

El cuerpo de ella volvió a tensarse cuando las dos manos de Sandor la agarraron por los brazos. Esta vez no cerró los ojos cuando aquel rostro feo y deforme se acercó con rapidez al suyo, sino que lo miró con una altivez que no sentía y un deseo que poco a poco la iba consumiendo por dentro. Pensó en cómo debía de sentirse aquella barba de varios días al contacto con su piel o si el beso de aquel hombre rudo y sucio se parecería en algo a la delicadeza y docilidad de Margaery. En el último segundo, cuando el aliento de aquel guerrero dominaba por completo al suyo, cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, el hombre ya estaba fuera de sus aposentos.

-No te regales tan fácilmente a cualquiera que intente besarte. Créeme. Acabarías en un lugar mucho peor que este.