Capítulo 3:
Candy conducía con cuidado, a pesar de que las lágrimas corrían por sus mejillas, sabía que estaba tomando la decisión correcta, miró la hora, hacía una hora que había salido de Lakewood, su teléfono seguía vibrando constantemente, sabía que era él, pero no quería contestar, no quería tener que dar más explicaciones, y por un lado tampoco quería que él cambiara sus planes solo porque ella le había confesado que lo amaba, por Dios, si no se había dado cuenta antes que sentía algo por ella, ahora no era el momento de cambiar de parecer con respecto a su matrimonio.
Trató de concentrarse en el camino, y en lo que tenía por hacer, manejaría hasta el departamento en Chicago, ese que alguna vez habían compartido cuando él fue presentado como el patriarca, y antes de que ella y sus amigos partieran a la universidad.
Ese era su lugar especial, a veces ella regresaba algún fin de semana solo para pasar tiempo con él, cuando estaba demasiado cansada, o cuando necesitaba sentir su cercanía, era su santuario, ahí nadie los molestaba, el mundo no había cambiado, y todo era tal cual había sido mientras él estaba amnésico, ahí las convenciones sociales no importaban, ahí no había visitas inesperadas, ni pretendientes traídos por la tía Elroy para ayudarle a conocer jóvenes adecuados para ella.
Ahí sólo eran ellos dos, con sus sueños, su cariño, sus locas manías, su desdén por las pretensiones sociales, y su amor por la naturaleza, los animales y las causas sociales.
Pero no se quedaría ahí, sólo iba a dejar la camioneta y tomar el otro equipaje que había dejado escondido al fondo de su vestidor antes de partir para Lakewood, las sencillas maletas llenas de ropa práctica y de cosas que en el lado del mundo a dónde iba no sería fácil encontrar, quería llevar con ella lo que pudiera para regalar a quien lo necesitara.
Ahí la estaría esperando Derek, ese sencillo joven de ojos soñadores, firmes convicciones, y sonrisa conquistadora que había conocido en la universidad.
Stear los había presentado, era de su edad y estudiaba junto con él la maestría en desarrollo sustentable. Derek al igual que ellos pertenecía a una familia acaudalada, y él al igual que ellos creía que teniendo tanto no era posible no regresar algo a los menos afortunados.
Cuando él le habló a Candy de su proyecto de trabajar un año con Tiny Hands International a ella le encantó, y buscó formas de ayudar y promocionar el trabajo de la organización que opera principalmente en el sudeste de Asia, ayudando a rescatar niños de situaciones de riesgo y de la esclavitud sexual. Candy había incluso organizado un baile de beneficencia en Yale para reunir fondos.
Dos meses atrás. Universidad de Yale.
Derek la había encontrado sentada en uno de los jardines, rodeada de sus libros, con la mirada perdida y una solitaria lágrima corriendo por su mejilla.
¿Candy? ¿Estás bien?
Sí… no es nada…
Candy… algo te pasa, se perfectamente que estás triste, por favor confía en mí. Hace seis meses que no eres la misma.
Ella suspiró y limpió las lágrimas que ahora fluían libremente.
Debes prometerme que no le dirás a nadie.
Por supuesto que puedes confiar en mí.
Estoy enamorada.
¿Y por eso lloras? Según he escuchado el amor es maravilloso.
No cuando se ama en silencio, y no cuando toda esperanza de ser correspondida tiene fecha de caducidad.
¿Por qué habría de tener fecha de caducidad?
Porque él se va a casar… Derek, creo que moriré si tengo que verlo unir su vida a ella.
No vayas a la boda. – le dijo él de forma práctica.
Soy la madrina de anillos…
Candy…estás enamorada de ... – él la miró a los ojos, medio incrédulo, aunque después de hacer memoria se quiso dar una bofetada por no haberlo deducido antes.
Sí… ¿ahora ves cual es mi problema?
Creo que tu problema es no habérselo dicho, él daría lo que fuera por ti. Cumple tú más mínimo capricho, apoya todos tus sueños, deja cualquier junta de negocios por estar a tu lado… de hecho no entiendo cómo es que su novia no lo ha botado.
¿Por qué habría de botarlo?
Pues porque si mal no recuerdo más de una vez la ha dejado plantada porque su adorada pequeña se ha metido en algún lío y él debe ir en su rescate cual caballero medieval en brillante armadura.
¿Y eso qué? Sabe que es… como mi hermano mayor.
Pero no lo es. Y tiene tres sobrinos, un hombre de su ultra confianza y un ejército de empleados a quienes podría mandar en tu rescate en vez de él.
Candy guardó silencio y se quedó meditando, nunca lo había visto de esa forma, ella simplemente había dado por sentado que la vida era así, Albert iría a su rescate cada vez que ella lo necesitara. Pero se negó a creerlo.
Es mi …
No es tú hermano, tan no es tú hermano que estás enamorada de él.
Bueno, soy su …
No, no lo eres… no llevo a mi hermana a cada compromiso social que tengo, y si tuviera una prometida te juro que no la hubiese dejado la noche de nuestra fiesta de compromiso porque la atolondrada de mi hermana estrelló mi auto y se encuentra con raspones…. Espera… ¿fue a propósito?
Por supuesto que no… pero iba llorando, la vista se me empañó, un perrito se atravesó…
Candy… destrozaste un auto de 600 mil dólares, su auto para ser precisos, el regalo de compromiso de parte de su prometida.
Era el único que tenía las llaves pegadas y yo tenía que salir de ahí… además, a Albert esas cosas no le importan.
No le importan porque eres tú. ¿Cuánto tiempo tuvo que pasar Anthony sin auto porque había chocado el suyo?
¿Qué quieres decir? ¿Qué debió castigarme? No soy una chiquilla.
No estoy diciendo eso, pero tampoco creo que debió comprarte la Mercedes…
Era mi regalo de… no se puede hablar contigo… - le dijo Candy frustrada al no tener para dónde hacerse, con Anthony, Stear y Archie siempre lograba salirse con la suya, pero con Derek era diferente.
Candy, no quiero que te sientas mal, solo quiero que te des cuenta de que las cosas entre tú y Albert no son precisamente normales.
¿Y entonces? ¿me lanzo a sus brazos la próxima vez que lo vea?
Eso ya lo haces. Dime una cosa, ¿quieres que suspenda su boda?
Sí… no… quiero que sea feliz.
¿Crees que la ama?
No lo sé, la verdad evito verlos juntos… seguramente me odia.
Tiene sus razones.
¡Derek!
Es la verdad Candy, eres estupenda, y única, pero a veces creo que los Andrew te perdonan demasiadas cosas. Mira, esto es muy sencillo, si quieres no tener nada que lamentar confiésale lo que sientes, y espera su respuesta.
No puedo hacerle eso a Anelisse… es como…
Como lo que Susana Marlowe te hizo a ti.
Sí…
No realmente, no lo estás atando a ti por obligación, le estás dando una opción.
Ay Derek… las cosas no son tan sencillas, tu sabes que hay un sinfín de acuerdos, mucho dinero de por medio, y… ser la matriarca de los Andrew… no es para cualquiera.
Candy, esas son tonterías, nunca pensé que eso te importara…pero bueno, dime que piensas hacer entonces.
Estaré a su lado estos dos meses, y después me iré, quiero acompañarte en tu viaje por Asia. Creo que ayudar a los demás me hará tener una perspectiva diferente.
Candy, ese viaje no es un juego.
Lo sé. En verdad quiero ir.
¿Y la boda?
Me iré el día de la boda en la madrugada, le dejaré una nota, seguro no se dará cuenta hasta que ya sea demasiado tarde.
Aha, seguramente, no me sorprendería que tuvieras un chip para localizarte sin que lo sepas.
¿Me ayudarás?
Si. Mañana mismo empezamos los trámites.
Gracias.
Sólo dime una cosa, ¿por qué te vas?
Porque me romperé en mil pedazos si tengo que presenciar su boda. Porque en algún punto olvidé que hay cosas más importantes que mis problemas de niña rica y mimada, además una enfermera no les vendría mal.
Derek había cumplido su palabra y la había ayudado en todo, ahora la estaría esperando en su departamento, esa misma mañana volarían a Hawaii para emprender su viaje hacia la India.
Candy se permitió por un momento recordar el sabor de sus labios, la calidez de sus manos en su cintura, una parte de ella quería regresar o al menos contestar el teléfono, pero debía ser fuerte, la memoria de su beso y su abrazo, su aroma, sería algo que llevaría con ella en su imaginación por el resto de su vida.
Manejó con cuidado, aún era temprano, entró en la enorme ciudad que apenas comenzaba a despertar, y condujo a uno de los barrios más exclusivos de Chicago, ahí se erguía un soberbio edificio de acero y cristal, propiedad de los Andrew, y en el último piso estaba el penthouse del patriarca.
Candy se preguntó si ahora lo habitaría con Anelisse, aunque había creído entender que Anelisse y él vivirían en la mansión de Chicago.
Candy entró al estacionamiento subterráneo, levantando la pluma con su tarjeta. Condujo tres pisos abajo hasta el estacionamiento privado de los Andrew, estacionó su camioneta en el lugar de siempre y bajó. Sacó sus finas maletas de diseñador, revisó que todo estuviese en orden y tomó su bolso de cuero. Cerró la camioneta y caminó rumbo al elevador exclusivo, utilizó su huella digital para abrirlo y subir hasta el piso 71.
El elevador se abría directamente en el vestíbulo. No esperaba encontrar a nadie, pero el ama de llaves la sorprendió.
Candy, ¿qué haces aquí?
Mary…
Disculpa, fui imprudente, vine a asegurarme que tuvieras el refrigerador lleno, porque supuse que regresarías acá después de la boda, y el señor Andrew me pidió que estuviera al pendiente de ti.
Gracias Mary. Sólo me quedaré un momento, así que no te preocupes, y en cuanto a la comida, tampoco tienes que preocuparte, salgo de viaje, de hecho necesito que dejes este sobre para que lo manden a Annie por paquetería.
Muy bien Candy, ¿algo más niña?
No Mary, voy a ducharme rápido, debo estar lista en una hora.
Que tengas buen viaje mi niña.
Gracias Mary…. Mary.
¿Sí? Por favor cuida de Albert.
Candy, el ya tendrá quién lo cuide, no te preocupes.
Por favor Mary.- le dijo ella con ojos suplicantes.
Así lo haré mi niña.
La mujer se acercó a ella y la abrazó, al igual que para muchos no era ningún secreto que el corazón de la rubia estaba partiéndose en ese momento. Después tomó el sobre que ella le extendió y la dejó a solas.
Candy se dirigió a su habitación, entró en la ducha y tomó un rápido baño de agua caliente, esperando que esto la relajara y le ayudara a hacer desaparecer su dolor de cabeza.
Salió envuelta en una toalla, y rebuscó en su armario, tomó un par de jeans, y una sencilla blusa de algodón color gris, buscó sus tennis y arregló su cabello. Cuidó de dejar todo en orden, no llevaría joyas, sólo una sencilla cadena de platino con un pendiente Luckenbooth que Albert le regalara, era sencillo y discreto. Revisó su equipaje, tomó su bolso y su equipo de fotografía. Y sin dar una última mirada cerró su habitación para dirigirse a la de él.
Aún faltaba cerca de media hora para que Derek llegara, Candy había pensado dejar el sweater de él en la habitación, pero lo pensó mejor, se lo puso, lo llevaría con ella como su amuleto. Se dirigió a un cajón y se sorprendió al ver que todo estaba como si él fuese a vivir ahí, buscó su sudadera favorita, un vejestorio de la universidad, y también tomó una de sus camisas. Las empacó con cuidado y estuvo tentada a dejarle una nota en el espejo, pero no podía arriesgarse.
Toda la habitación olía a él. Candy se tendió en la cama por un momento recordando la última noche que habían pasado ahí.
Una semana antes.
Ambos habían estado trabajando en sus computadoras todo el día, ya habían recorrido todas las habitaciones del penthouse y habían terminado en la habitación de él.
Cada quien, en su lado de la cama, Candy terminando proyectos y él cerrando pendientes. Hasta que él le propuso un descanso.
¿Acabaste?
Acabo de subir el último ensayo, con eso cierro el semestre. Gracias por ayudarme.
No tienes nada que agradecer pequeña. ¿Quieres que pidamos algo de comer?
¿No quieres cocinar para mí?
Jajajaja.
Anda, después iremos a Lakewood… y después... - Ella no completó la frase.
Está bien, supongo que quieres tu pasta favorita.
Siiii – le dijo ella con una enorme sonrisa mientras se lanzaba a abrazarlo.
Muy bien, guarda todo mientras yo empiezo a preparar la comida. ¿dónde quieres comer?
¿Te importa si comemos en la terraza?
No, ve a prepararlo todo, date un baño, o bien si quieres ve a nadar, y yo llevo las cosas en un rato.
Ella no se hizo del rogar y se dirigió a su habitación a cambiarse, tomó un diminuto bikini azul marino con dorado y salió así rumbo a la cocina por algo de beber.
Él la miró discretamente, se veía hermosa. Y una vez más sus hormonas se aceleraban, su aroma lo embriagaba… era mejor pensar en cosas práctias.
¿Ya te pusiste bloqueador?
No, por eso vine acá. – le dijo dándole la espalda y poniendo el bloqueador sobre el mostrador de mármol.
Él dejó lo que estaba haciendo y se lavó las manos, tomó el bloqueador comenzó a untarlo en su espalda y cuello, hizo lo mismo con su espalda baja y cuando terminó se lo tendió a Candy.
Anda, termina de ponértelo y ve a nadar un rato.
Gracias. Mi príncipe de la Colina.
No me llames así… siempre te delata…
¿Qué quieres decir?
Quieres algo.
Jajajajaja que te apures a terminar porque muero de hambre.
Anda pequeña vete de aquí y déjame concentrarme.
Ella se acercó y le plantó un beso en la nariz antes de tomar su bloqueador y dirigirse a la enorme terraza sin darse cuenta del efecto que tenía en él. Así era ella, así iba por la vida, irreverente, natural, y despreocupada.
Media hora después Albert salió con las cosas, ella estaba dentro de la alberca, recostada en un inflable, los lentes oscuros tapaban los ojos, y parecía dormir.
Pequeña, ya todo está listo. Ven acá a comer.
Ella se lanzó a la piscina y nado hasta la orilla, salió chorreando agua con el bañador pegado a su cuerpo. Él le alcanzó una bata y toalla para su cabello y le abrió la silla. Ella la tomó y esperó a qué él se sentara.
Gracias.
¿Porqué?
Porque cumples mis caprichos.
Es mi más grande placer le dijo él.
Comieron bromeando y disfrutando, cómo si el día de mañana no debieran partir a Lakewood, como sí él no se casara en una semana, como sí pudiesen seguir compartiendo ese departamento eternamente.
Cuando terminaron de comer y hubieron lavado los platos Albert fue a cambiarse para nadar. Candy lo observaba descaradamente a través de sus lentes oscuros, vestía un traje de baño de rayas blancas y azul marino, pero eso era lo de menos, Candy recorría las líneas de sus pectorales y abdomen ávidamente, aun cuando las conocía demasiado bien. Estaba tan concentrada en admirarlo que ni siquiera lo escuchó cuando le habló.
¿Candy? ¿te sientes bien?
¿Mande?
Estás distraída. ¿Todo bien? –
Como decirle que todo estaba demasiado bien… al menos en ese momento.
Él se lanzó a la alberca para nadar hasta su lado.
¿Crees que cabemos los dos en el inflable?
Claro, pero seguramente terminaremos en el agua intentando subirnos.
Jajajajaja vamos.
Los siguientes 20 minutos jugaron como niños, intentaron de todo, él se subió primero, y trato de ayudarla, él la cargó y luego intento subirse, lo intentaron al mismo tiempo, pero invariablemente terminaron en el agua. La cercanía física era intoxicante, y Albert dio gracias por el agua fría. Rendidos salieron para darse un baño y ver una película.
¿En tu cuarto?
Sí, ven.
Ella lo siguió hasta ahí enfundada en pequeños shorts y una amplia camiseta, mientras veían la película ella se había derramado soda encima, él se había puesto en pie y le había pasado una de sus camisas para que se cambiara, ella simplemente se había dado la vuelta y mientras le daba la espalda había retirado la camiseta.
Él observó su diminuta cintura, las curvas de sus paletas, y el sexy sujetador de encaje color nude antes de que ella se pusiese su camisa, que por supuesto le quedaba de vestido. No dijo nada, solo se acurrucó a su lado y siguieron viendo la película, él la rodeó con sus brazos, y así en algún momento se quedaron dormidos. Plenamente conscientes que sería la última vez que podrían hacerlo de esa manera.
El sonido de su celular la sacó de su ensueño, era Derek, que le avisaba que ya había dejado. Se puso en pie a regañadientes, tomó sus cosas y salió del que había considerado su hogar por tanto tiempo, pensando que tal vez nunca volvería a él.
Mientras Candy abordaba el Range Rover de Derek, Albert salía de Lakewood con rumbo a Chicago esperando encontrarla en el departamento.
Archie, Annie, Stear y Patty junto con Anthony llegaban a Chicago. Pero para cuando entraron al departamento, Candy abordaba un avión con rumbo a Hawaii.
