El camino al infierno de Alexander pasaba por el atajo de la lujuria, esa era su elección. Y no necesitaba a ningún chino travestido para tratar de desviarlo al buen camino ¿o si?

Nota de autor: Gracias por los reviews, han sido todos muy amables. Este cuento, como el primero, también se lo debo al Rojo. Chico, tú sabes de que estoy hablando… y, si has elegido tu atajo al infierno, aguántate. No estoy muy segura de la clasificación, pero, mejor ser precavida y poner M... No es muy gráfico, aunque admito que hay ciertas cosas que, bueno –es el producto de una noche de insomnio y esto es mejor que pagarle al loquero. Ah, y no sé de donde me viene la idea de que la tienda de D está en San Francisco, en algún lugar dicen que es L.A. pero eso no me lo creo. Algo en esta cabecita loca mía me dice que si un día de niebla das un paseo por Nob Hill, muy cerca de las mansiones con bugambilias y los hoteles de lujo, y tienes la suerte – buena o mala- de dar la vuelta en la esquina correcta, llegarás al Chinatown, y encontrarás la tienda del Conde D. Y, lo siento Don Herb Caen, a mí me gusta la contracción: Frisco, turista inculta que soy.

Pet Shop of Horrors

Detour (Desviación)

"El amor es como el fuego, el problema es que nunca sabes si va a calentar tu corazón o a quemar tu casa hasta los cimientos." Joan Crawford.

Alexander Flüstern-Lügen podía hacer que Casanova se ruborizara y huyera del cuarto. Su nombre se pronunciaba con una mezcla de horror y fascinación morbosa, tanto en las mejores como en las peores casas de la ciudad, digo, en las casas donde todavía se atrevían a pronunciarlo. Estando en Frisco eso es algo que tener en cuenta. Y, como Casanova, parecía preocuparse más por la cantidad que por la calidad. Claro que el tipo tenía sus estándares, pero no era lo que digamos quisquilloso. Si respirabas, te encontraba atractivo, y tenías la mala suerte de caer en sus garras, lo más probable es que acabaras siendo otra marca en la cabecera de su cama.

Una noche, Alexander bostezaba aburrido, acababa de corromper a una modosita rubia recién salida de un internado católico. La chica era la hija de un tipo que siempre lo había mirado por encima del hombro en el Club Náutico. Todo había comenzado uno de esos días en que despertaba desorientado, balanceándose al ritmo de su yate atracado, tratando desesperadamente de recordar el nombre de la persona que dormía a su lado. Mientras intentaba ahuyentar la resaca tragándose un par de aspirinas en seco, Alex había escuchado al tipo amonestando al padre de otra de sus víctimas. Gracias a su costumbre de dar buenas propinas, el personal del Club mantenía en secreto la localización exacta de su embarcadero. Por eso no habían podido encontrarlo. Y, el imbécil progenitor de la rubita le decía a su desconsolado amigo, con voz petulante, que su desgracia era culpa de su falta de mano dura. Porque sólo una cabeza de chorlito caería en las redes de una basura como… En fin, que el resto no es difícil de adivinar.

Enfrentado a la posibilidad de tener que vérselas con dos idiotas fortachones que se las daban de pilares de la sociedad; algo que sólo podía acabar en que le partieran la cara o tuviera que darle explicaciones enojosas a la policía, Alexander había optado por permanecer oculto. Aun tenía el suficiente orgullo como para que eso le pareciera deshonroso. Alex había estado tan furioso, que más tarde ese día casi lo arrestan por manejar su conspicuo Alpha Romeo Spider a velocidad asesina sobre Marina Boulevard.

Así que, además del usual entusiasmo que siempre le producía la caza, el asunto con la rubia modosita había estado condimentado con el sabor de una venganza cobrada a la mala. Pero, una vez que otra cabeza de chorlito hubo caído en sus redes – a pesar de la mano dura la hija del imbécil no había opuesto la menor resistencia- Alex había comenzado a perder el interés. Se congratulaba de haber logrado que la chica hiciera un par de cosas que le había jurado sobre la Biblia a su padre que jamás haría, pero la escolapia no tenía madera de diletante. La chica era demasiado simple para su gusto y tenía ganas de lavarse la boca con algún sabor más exótico.

Con la ayuda del portero, acostumbrado a consolar histéricas a cambio de una más que generosa compensación mensual, puso a la llorosa chica de patitas en la calle, con suficiente dinero para pagar el taxi y darle sus mejores recuerdos a su padre. Después, Alex se desperezó, descolgó su esmoquin del armario, se dio una ducha rápida y se fue a una de las fiestas de Grace Maximilian.


Grace era una mujer cuya reputación casi le llegaba a la suya, y que tenía el dudoso honor de haber sido la anfitriona de algunas de las fiestas más refinadas e infames que se habían organizado sobre la faz del planeta, desde las que organizara Calígula. Sin embargo, para desgracia de Alexander, no hay nada nuevo bajo el sol – o la luz alógena para el caso. Todas las delicias que la hospitalidad de Grace podía ofrecerle, ya las tenía más que vistas. Excepto por la gente del catering, pero Gracie era muy vanidosa. Le gustaba ser el centro de atención y elegía personalmente al servicio para garantizar que nadie le hiciera sombra.

'Aburrido,' pensó Alex. Quizá lo mejor fuera regresar a casa y olvidarse del asunto; pero, había pasado un rato largo desde la última vez que había dormido solo. Además, siempre había tenido el sueño inquieto y temía haber perdido la habilidad necesaria para no caerse si no había alguien que lo detuviera al otro lado de la cama. Indolentemente comenzó a escanear el lugar en busca de alguien dispuesto a prestarle el servicio de almohada humana, cuando su anfitriona hizo su teatral entrada a la sala vestida de pies a cabeza con tacones de vértigo y un ajustado vestido en un estampado de rayas atigradas.

Grace no venía sola, entro al cuarto con los reflectores apuntándole y, con estudiada agilidad, cruzo la sala. Andaba arrastrando –sujeta a una correa y con un collar alrededor del cuello- a la morena más impresionante que Alexander hubiera visto en su vida, lo que ya es decir bastante. La morena también venía vestida con un atuendo entallado, con estampado de piel animal – un pantsuit moteado, de hecho. Pero, lo que en Gracie se veía un poco vulgar, en la morena era como una segunda piel y le quedaba de maravilla. La morena caminaba con una gracia felina que hacía que el estudiado despliegue de Grace pareciera el baile de sambito.

Quizá sintiendo la intensidad de la mirada de Alex sobre ella, la chica alzó los ojos – que hasta ese momento había mantenido fijos en el suelo. Alexander siempre se había burlado de las expresiones que algunos estúpidos, atrapados por sus hormonas, usan para describir a los objetos de su deseo, pero finalmente pudo entender porque la gente hablaba de ahogarse en los ojos de alguien. La morena tenía un par de pozos verde oscuro con reflejos dorados, en los que se hubiera hundido con mucho gusto.

Después de quedarse un par de segundos paralizado, resopló con sorna, en parte por su propia reacción y en parte porque, cínicamente, pensaba que seguro que a Grace su estancia en la clínica de rehabilitación no le había ayudado nada. Quien sabe que diablos se había metido, pero si hubiera estado sobria no se hubiera atrevido a mostrar el rostro al lado de la mujer del traje de jaguar.

Como es lógico, todo mundo estaba tratando de acercarse al despampanante par. Con determinación Alex se unió a los demás, comenzó abriéndose paso diplomáticamente, con una sonrisa por aquí y otra por allá; y acabó usando los codos. Todo fue inútil, cuando llegó al centro de la masa de adoradores, alcanzó a ver a la morena que se iba con alguien del que sólo pudo identificar que estaba usando un kimono floreado. Para cuando logró llegar a la puerta ya se habían ido. Se fue directo a buscar al mayordomo de los Maximilian, para tratar de conseguir un nombre, una dirección o lo que fuera. Geoffrey, último de una larga línea de mayordomos quienes habían sobrellevado con impecable sangre fría las locuras de los vástagos de la noble casa Maximilian desde tiempos del rey Jorge, se limitó a encogerse de hombros e informarle que esos eran asuntos de Madame. La Señorita Gracie se encargaba de sus soirees hasta el último detalle. Así que Alex se fue a tratar su asunto directamente con la dueña de la casa.


No hay tal cosa como un almuerzo gratis, y con Madame las cosas siempre eran quid pro quo. La Señorita Gracie también tenía unos apetitos egregios, así que ya era de día cuando Alexander pudo finalmente concentrarse en conseguir lo que realmente le interesaba.

"¡Vaya, Alexander! Ese Gran Tour del que acabas de regresar te ha sentado a las mil maravillas," dijo Grace recostándose en su pecho con una sonrisa depravada iluminando sus engañosamente delicadas facciones.

Alex le sonrió besando un hombro satinado: "Admito que fue divertido; sin embargo, mi querida Grace, el tiempo que he pasado lejos de aquí ha tenido un costo muy alto. Hace un buen rato que no sé nada de ti. Así que dime: ¿en qué diabluras andas metida últimamente?"

Grace apartó de sí la mano que había comenzado deslizarse del hombro al brazo y se rió con ganas: "Déjate de esas mierdas don juanescas, Alexander. Acuérdate de con quien estás hablando. Te juro que el día que tú hagas algo desinteresado, me como el zapato de Geoffrey en salsa marinara. Tú quieres algo, y me apuesto a que es algo más que la hospitalidad de mi humilde cama," apuntó con los ojos brillantes, haciendo un dramático gesto para abarcar el monstruoso mueble que era todo menos humilde. Lo había dicho en son de burla, pero se sospechaba que era verdad y esa verdad le dolía más de lo que hubiera querido admitir.

Alexander se rió con buen humor y le pidió perdón, de la mejor manera que sabía, antes de decirle: "Pues, de hecho, sí necesito que me resuelvas una duda. Aunque, espero que sepas que la hospitalidad de tu cama es algo que siempre deseo," dijo besándola levemente en los labios. Aquello no era exactamente una mentira, aunque, siendo sinceros, lo dijo fundamentalmente para aplacarla. Cuando Grace alzó la ceja escépticamente, decidió dejar de andarse por las ramas: "Lo que quisiera saber es: ¿a dónde encontraste a la exquisita criatura que andabas arrastrando la noche de ayer en tu fiesta?"

"¿No!" jadeó Gracie incrédula.

"Por supuesto que sí. Es una criatura cautivadora."

"Estás bromeando ¿verdad?" preguntó ella con una mirada esperanzada que lo confundió. Él negó sacudiendo impacientemente la cabeza y ella se desplomó en la cama con cara de espanto: "¡Dios! Alexander, te juro que esto es demasiado, incluso para ti."

Sonaba realmente escandalizada y Alex malinterpretó su malestar: "Vaya, Grace querida, me ofende tu falta de fe en mis habilidades. Creo que puedo arreglármelas con tu chica."

Grace parpadeó con el disgusto pintado en el rostro y siseo: "Esa no es mi nada, la renté exclusivamente para la fiesta."

Alex palideció pensando: '¡Imposible! Grace miente, la morena no era una prostituta, tenía demasiada clase para eso.' Alex pensó que si ese hubiese sido el caso, el se hubiera dado cuenta enseguida. Malinterpretando nuevamente el ceño fruncido de Grace dijo: "Gracie, créeme, entiendo perfectamente que no quieras compartirla. Pero, si vas a inventarte una mentira, sinceramente, podrías pensar algo mejor que esto. Estás perdiendo facultades, querida. ¿No estarás celosa, verdad?"

Mirándolo con ojos entrecerrados, Grace se puso de pie, sacó una pluma y papel del escritorio, y garabateó algo en ella: "Aquí tienes, ve y compruébalo tú mismo. Por lo que a mí respecta, puedes hacer lo que te venga en gana. Y mientras lo haces, Alexander, hazme un favor y olvídate que existo. Pensé que este día nunca iba a llegar, pero hasta yo tengo mis límites. Hay ciertas cosas que simple y sencillamente no se hacen…" murmuró algo entre dientes que él no logró entender y dijo en voz alta: "Felicidades, haz logrado que comience a sonar como mi madre," reprimiendo un escalofrío se envolvió en un salto de cama, señaló la puerta y dijo: "añade mi dirección a la lista de lugares en los que ya no eres bienvenido."

Lo que fuera que estuviera tomando, no le mejoraba el humor. Alex hizo una nota mental de enviarle un gran bouquet de magnolias yulan –su flor favorita- y la tarjeta de su farmacéutico. Después miró la dirección y se fue manejando hasta el Chinatown.


Una misteriosa criatura en un kimono negro estampado con crisantemos blancos le abrió la puerta. A pesar de sus peculiares ojos dicromáticos, uno era dorado y otro violeta, se veía que tenía ascendencia China y era muy guapa o guapo, a primera vista no había manera de saberlo. Pero la tienda desmerecía al dueño –o dueña. Desde afuera el sitio no se veía como un local del que fuera clienta Gracie. Incluso había un letrero diminuto que decía: tienda de mascotas. Al leerlo Alex se rió entre dientes, hombre o mujer, vaya que tenía un sentido del humor bastante negro.

El Conde D abrió la puerta, inclinó levemente la cabeza y dijo: "Bienvenido. Por favor, pase. Ha llegado justamente a la hora del té."

En el interior de la tienda las cosas mejoraban, algo. Alex no bajó la guardia hasta que probó el té. Estaba delicioso, afrutado y con un sabor ligeramente ahumado. Era algo amargo al principio pero dejaba un regusto dulce al final, y era sin lugar a dudas el mejor que había probado de su clase. Se preciaba de ser un conocedor en el tema. Sabía que era un té oolong, cuyo proceso de fermentación estaba a medio camino entre el té verde y el negro, y sospechaba que se trataba de un té Dān Cōng, ya que estos suelen imitar el sabor de flores o frutas; pero por más que trató, no logró identificar exactamente de que variedad se trataba. Jugueteó con el líquido en su boca un rato hasta que al final se dio por vencido: "Exquisito. ¿Qué variedad es? Sé que es oolong, pero no podría decir cual."

"Oh, es que lo hacen por pedido. Se podría decir que es un secreto de familia, así que yo tampoco puedo decirle de cual se trata."

El hombre del kimono se rió encogiendo los hombros graciosamente, y el sonido de su risa, a medias apreciativa y a medias burlona, fue casi tan bueno como el té. Así es, el tipo decía ser varón y un Conde, nada más y nada menos. Aunque no hubiera tenido ninguna dificultad para hacerse pasar por una fémina, y puede que incluso fuera un Conde de verdad. Como Alex sabía de primera mano, los títulos nobiliarios no pagan la renta, o su madre, la heredera de un vulgar pescadero que había sabido hacerse una fortuna, no hubiera podido comprar uno – con Duque incluido- para casarse con él. De cualquier manera, el tipo resultaba bastante atrayente. Si no hubiese visto antes a la morena, quizá se hubiera sentido realmente intrigado.

El Conde mantenía cuidadosamente la tapadera de la tienda de mascotas. Vamos, si hasta animales había, aunque ese no era el mejor truco que Alex había visto para hacer pasar un gato por liebre. Le hubiera encantado ir al grano, pero su muy educado anfitrión, no hablaba de negocios mientras tomaba el té. Así que Alex aumentó mentalmente el precio que había pensado.

Casi inmediatamente desechó la idea. Pensó: 'Realmente el precio no tiene la menor importancia, hay cosas en las que vale la pena gastar un poco más.'

Estaba distraído y la voz del Conde D lo tomó por sorpresa: "¿Y dígame, Señor Flüstern-Lügen, qué es lo que lo trae por aquí?"

'Supongo que eso quiere decir que ha acabado la hora del té. Es hora de regatear' pensó Alex con una sonrisa cínica y dijo con un tono calculadamente casual: "Estoy interesado en una de sus mascotas."

"Ah!" asintió el Conde D: "Y ¿tiene alguna en particular en mente?"

Sí la tenía, pero Alex no era un novato en esto de negociar con los mercaderes de Venus, así que sabía que no era conveniente enseñar sus naipes desde el principio. Con un gesto displicente dijo: "Oh, si no le importa, me gustaría ver el menú."

Cinco minutos después tenía a un cachorro de Border Collie babeándole el esmoquin. Se volvió a mirar al Conde con una ceja alzada. "¿Es esta su idea de una broma?" gruñó regresándole al perro. Temía que el animalito le arruinara el traje con pelo o algo peor.

El Conde D acarició al perro y miró a Alex con los ojos entrecerrados y una mueca de desprecio temblándole en los labios: "Para nada. Pero siempre he pensado que los perros son mascotas maravillosas para los que tienen problemas con el afecto y el compromiso. Estas criaturitas pueden enseñarles una o dos lecciones al respecto."

Alex dejó escapar el aire que estaba conteniendo y junto con él, dejó ir la ira. Riéndose con sorna dijo: "Mi buen hombre, esta mascarada es totalmente innecesaria. Yo sé cual es su verdadero negocio."

D sonrió enigmáticamente: "¿De veras?"

"Debí haberlo dicho desde el principio, pero quien me lo recomendó fue Grace Maximilian."

"¿En serio?" dijo el Conde mirando a Alexander con la cabeza inclinada como un ave rapaz.

Alexander comenzaba a sentirse algo nervioso. "Mire, lo vi en la fiesta de Grace anoche. Y esa es la mascota en la que estoy interesado."

D exclamó: "¡Ixchel-B'alam!"

Alex repitió lo que el hombre había dicho, aun sin saber siquiera el idioma en que hablaba, saboreó las palabras como si fueran chocolate. ¡Diablos! Hasta el sonido de su nombre lograba excitarlo. A penas si fue capaz de responderle al chino: "Sí."

"Ella no está en venta."

"Mi querido Conde, todo en esta vida tiene un precio. En este caso, algo tan trivial como el dinero no debe ser un impedimento. Además, me ofende que intente mentirme, después de todo, usted y yo sabemos que ya se la ha vendido a Grace."

"Eso fue un préstamo. Pero tiene usted razón, Señor Flüstern-Lügen, todo tiene un precio. Y, en este caso, la mascota de la que hablamos es invaluable en términos mundanos. Esa es precisamente la razón por la que creo que ella no es para usted," dijo D con voz aterciopelada. Después, clavándole una mirada ponzoñosa, matizó: "Las cosas realmente valiosas, al contrario que los caprichos, no se pueden obtener con un mero intercambio de dinero."

"Le sorprendería lo que estoy dispuesto a hacer para conseguir este capricho en particular." Tan pronto como las palabras abandonaron sus labios, supo que en esa ocasión no estaba mintiendo. La verdad es agridulce para aquellos que no acostumbran consumirla. Por un momento su rostro se despojó de la máscara que lo cubría y frunció el entrecejo pensando: '¿Pero qué diablos me pasa?' Fue sólo un instante, dudaba sinceramente que el Conde se hubiera percatado de ello, logró controlarse y rápidamente sus rasgos volvieron a asumir su expresión habitual de indiferencia.

D lo miraba, evaluándolo, y por su sonrisa despectiva, era evidente que el hombre que tenía delante no había superado el examen. El Conde D estaba apunto de acompañar a Alexander a la puerta cuando escuchó el llamado resonando en su cabeza.

((El Bacab amarillo ha hablado. Tráelo ante mi presencia.))

((Su alteza, no es posible que este usted hablando enserio… este hombre es indigno de…))

La airada respuesta le llegó antes de que pudiera terminar: ((Kami rojo, ni tú ni yo somos quien debe juzgar el valor de este hombre. ¿Te atreves a cuestionar la palabra de los Dioses?))


A pesar de lo pequeña que se veía desde afuera, la tienda era realmente enorme por dentro. Caminaron por interminables corredores que parecían perderse en la oscuridad, sin embargo, conforme iban avanzando, un suave resplandor parecía salir directamente de las paredes.

Todo el camino Alex pudo percibir un extraño olor a incienso, un aroma embriagador con cualidades miasmáticas, que, a pesar de todo, era marginalmente placentero. Pero Alexander sospechaba que si olías demasiado acabarías por sentirte enfermo.

¿Había el chino puesto algo en el té? De pronto Alexander se encontró en medio de la jungla. Aun con la desorientación que parecía ser producto tanto del té y como del incienso, Alex pudo percibir brochazos de ruidosos pájaros que emprendían el vuelo asustados a su alrededor, coloreando el fondo intensamente verde del follaje selvático. El Conde D y Alexander continuaron caminando por un camino de tierra, las ramas golpeaban a Alex en la cara y una liana –o quizá una serpiente- cayó sobre su hombro y le hizo apartarse sobresaltado.

No podía decir por cuanto tiempo habían estado caminando, cuando finalmente llegaron a un claro. Alex movió la cabeza de lado a lado. '¡Carajo, debo estar loco!' pensó, incapaz de aceptar que lo que sus ojos estaban viendo fuera verdad. Porque sólo un loco de atar vería una pirámide adentro de una tienducha del Chinatown en San Francisco. Era enorme, y no era la ruina gris en la que estamos acostumbrados a pensar. No, esta era una pirámide como debieron haberse visto en su época de esplendor, pintada con colores tan brillantes como el plumaje y los caparazones de las aves y los insectos que poblaban la selva. El implacable sol de mediodía arrancaba destellos dorados a las joyas que colgaban de los cuellos y orejas de piedra de los ídolos que flanqueaban la impresionante mole del templo.

Alexander rió entre dientes, con un toque de histeria en la voz. Definitivamente estaba teniendo un mal viaje. Pero si ese chino travestido creía que Alex estaba indefenso gracias a la droga que le había dado, iba a llevarse una desagradable sorpresa. Hace unos años, cuando había tratado de ahogar ciertos recuerdos desagradables de su adolescencia en alcohol, más de un listillo buscando sacar ventaja se las había visto con el estilete que siempre llevaba oculto en la bota. Aunque por regla general evita las confrontaciones directas, si no tenía otra opción, incluso borracho perdido podía destrozar a un hombre del doble de su tamaño. Esa es una habilidad que uno debe aprender cuando acostumbra a buscar sus placeres en ciertos lugares.

Fingió un tropiezo y cuando estaba levantándose, con cuidado de no ser visto, llevó la mano hacia su estilete. En ese instante la vio. La chica había logrado sacarlo de balance cuando estaba sobrio, en su presente estado no tuvo otro remedio que caer a sus pies, literalmente.

Ella apareció enmarcada por el humo de dos pebeteros de piedra. Alex reconoció el olor inmediatamente, lo había olido en uno de sus viajes: era copal, la resina que los antiguos mexicanos quemaban en honor de sus dioses. La chica estaba usando una delicada túnica negra, de cerca uno se percataba que la tela estaba cubierta de pequeñas motas aterciopeladas de un color más oscuro. Alexander pensó que era una lástima que ella hubiera elegido una aparición tan dramática, era una de las pocas mujeres que hubiera podido obviarse el decorado; no lo necesitaba, quitaba el aliento sin necesidad de teatros. Al menos, pensó Alex con un encogimiento de hombros, no había llevado las cosas al punto de usar joyas baratas, un collar de oro y obsidiana balanceándose entre sus pechos perfectos era el único adorno que usaba. La chica descendió la escalinata pausadamente y Alex luchó por encontrar una palabra que describiera la manera en la que esa mujer se movía. La única que se le ocurrió fue sigilo, algo que al mismo tiempo resultaba fascinante y aterrador. Cuando llegó al pié de la pirámide, continuó avanzando al mismo ritmo, sus pies desnudos no arrancaban ni un sonido de la hojarasca que cubría el suelo.

Alex sintió un escalofrío cuando ella lo miró con sus ojos de jade. Una sonrisa condescendiente floreció en los labios rosados de la chica. Este no era el primer baile de Alexander y no estaba dispuesto a dejarse humillar, ni siquiera por la diosa que tenía delante. Enderezándose la miró con la barbilla en alto.

Una mirada de sorpresa surcó su rostro, pero la chica se recuperó rápidamente y dejó escapar una risa ronca y profunda, que hizo a Alex sentir un tirón en las entrañas. En un acento que Alexander no pudo identificar la chica dijo con su voz de terciopelo: "Cuanto orgullo, para un pies pesados."

Alex se rió también. "Yo también puedo andar suave, cuando quiero, princesa," dijo alzando la ceja sugestivamente.

La chica parpadeó confundida, aunque hay que admitir que para una puta, tenía agallas. Se alzó en toda su altura, que era unos 6 centímetros menor a la de Alex y dijo: "Mide tus palabras, no tienes idea de con quién estas hablando."

"Cierto, no hemos sido formalmente presentados, tu chico es un anfitrión terrible."

Alex sintió las uñas de D clavándose en su brazo y el Conde habló con voz suave, sin delatar la rabia que sentía: "Un olvido imperdonable de mi parte. Ixchel B'alam, ojo vigilante en el ombligo del mundo, sigilosa caminante en el curso verdadero de la luna y las mareas; este… hombre, es Alexander Flüstern-Lügen. Viene a ti con una petición."

"Lo sé, Kami Rojo. Desde que tengo memoria, todos los de su clase han venido a mí con preguntas, en este caso, la respuesta es muy fácil: No."

Alexander sintió que la ira le nublaba la cabeza, el enojo traía de la mano otro sentimiento, pero no se detuvo a analizarlo. Y lo más probable es que, de haberlo hecho, no lo hubiera reconocido, normalmente el que rompía corazones era él. No estaba acostumbrado a que algo que realmente quería le fuera negado. Y no estaba dispuesto a acepta que una zorra que se le había ofrecido a Grace Maximilian, lo rechazara a él. Tampoco era de los que se echaban a llorar, siempre había preferido un enfoque proactivo. Se acercó a la chica, dispuesto a aplicar el principio de: Lo que no es dado voluntariamente, puede ser arrebatado por la fuerza.

Antes de que pudiera hacer nada, el chino le cortó el paso. El tipo era más fuerte y rápido de lo que su pinta podía hacer pensar. Además tenía unas uñas afiladas como el acero. Alexander había estado en más de una pelea callejera y a penas si era capaz de seguirle el paso. Estaba tratando de crear un espacio entre ellos, para poder sacar su daga de la bota, cuando el grito airado de la chica partió el cielo en dos. Vaya pulmones que tenía.

Mientras los truenos comenzaban a presagiar una tormenta sobre sus cabezas. La chica rugió: "¡Alto! ¡La sangre no será derramada en este sagrado lugar!"

Alex se distrajo tan sólo un segundo, pero fue suficiente para que en un dos por tres se encontrara besando el suelo; con la rodilla del Conde en los riñones y sus manos sujetas a su espalda en una presa inquebrantable. Después de un rato, Alex dejó de intentar liberarse, sabía cuando había perdido.

Escupiendo un par de briznas de pasto dijo: "Okay princesa, tu ganas. ¿Puedo hacerte una pregunta antes de irme?"

Esa era la única petición a la que Ixchel B'alam no podía negarse, D también lo sabía, así que ayudó a Alex a levantarse y esperó, colocándose al lado de la chica.

Ixchel dijo entre dientes: "Habla pues, pies pesados. Pero, sábete que sólo puedo responderte con la verdad. Piensa bien si estas dispuesto a escucharla; si no es así, guárdate tu pregunta y márchate."

"¿Si no estabas interesada, princesa, por qué me miraste de esa manera en la fiesta?"

"¿Qué te hace pensar que estaba mirándote a ti?"

Alex resopló: "Así que no puedes mentir, pero no tienes ningún problema evadiendo la pregunta ¿verdad, princesa? Pero tú y yo sabemos que habías tenido los ojos fijos en el piso hasta que te volviste a verme, a mí, no a nadie más. ¿Qué fue todo eso?"

Ixchel no pudo pensar en una evasiva: "Te había visto antes, en un sueño."

Alex dijo burlón: "Espero que haya sido un sueño bonito, princesa."

Con la mirada perdida y la voz temblorosa, la chica negó: "No, fue una horrible pesadilla."

El tono de la chica hizo que Alexander sintiera el súbito impulso de abrazarla. La presencia del chino le hizo contenerse. Con la ceja alzada comentó: "Pues cuando me miraste, no parecías asustada."

Con un gesto desdeñoso, la chica replicó: "Ixchel B'alam no conoce el miedo."

Con una sonrisa Alex preguntó: "¿Entonces por qué estas siendo tan gallina ahora? En el fondo soy realmente inofensivo, princesa."

Ixchel se rió amarga: "Porque, pies pesados de lengua de plata, tú me traes la muerte y todavía no estoy lista para marchar hacía el oeste."


Sin más ceremonia, el Conde D lo echó a la calle. No era la primera vez que Alex terminaba tirado en la acera, pero sí que era la primera vez que no se sentía con ánimos de levantarse. Se sentía extrañamente deprimido, sobre todo cuando recordaba la manera en que la chica lo había mirado mientras el chino se lo llevaba a rastras. No había habido miedo en esos ojos, lo que había visto era anhelo. ¡Carajo! La bilis le subió a la boca y él agradeció el sabor amargo, eso era lo que necesitaba para echarse a andar. Sí, ahora podía verlo claro, todo había sido tan teatral, una representación barata con el sólo objeto de ver si podían sacarle más dinero. Debajo de las ropas bonitas y de sus aires de grandeza, la chica no era más que una puta que probablemente había llegado al país flotando en una patera. Y claro, él, cegado por una cara bonita, había mordido el anzuelo como un idiota. Lo mejor era largarse de ahí y no volver a pensar en el asunto.

Pero todavía estaba digiriendo el enojo mientras ataba su cama a un par de mocosos que había levantado en una discoteca. Los muy tontos no se dieron cuenta de que iban a pagar los platos rotos de alguien más, hasta que le vieron sacar un paquete de cigarros y un encendedor de la chaqueta. Bueno, la que se dio cuenta en ese momento fue la chica, el chico, más inocente el pobre, no se enteró de que iba el asunto hasta que Alex, con una sonrisa siniestra encendió al mismo tiempo dos cigarrillos.


Ixchel B'alam, la voz de las cuatro esquinas del mundo, paseaba de arriba abajo enfrente del templo, meneando su larga cola y preguntándose, entre preocupada y burlona, si la locura, que usualmente ataca a los clarividentes, finalmente habría comenzado a afectarla. Todo el día había estado en un estado de nervios tal, que hasta el menor ruido la sobresaltaba. Vaya, si hasta un pequeño tapir, que corrió intempestivamente de vuelta a su madriguera, había logrado espantarla al punto de sacar sus garras directamente sobre el suelo, manchándolas en el lodo. Moviendo la cabeza con impaciencia, resopló, erizando los bigotes de su hocico aterciopelado, y comenzó a limpiarse concienzudamente a lengüetazos.

Lamerse no había sido una buena idea, lo único que consiguió fue ponerse más nerviosa. Sentía un hormigueo por todo su pelaje, como si se hubiera revolcado en hiedra venenosa. Comenzó a rascarse, pero se obligó a detenerse cuando se percató de que si continuaba así, iba acabar por lastimarse. La frustración relampagueó en sus ojos verdes; no podía evitar sentir rebeldía frente al destino que los dioses le habían reservado. Por incontables años los había servido fielmente, siempre lista a cumplir sus órdenes ¿qué había hecho para merecer esto?

Alexander, había querido pronunciarlo como una maldición; pero el nombre del pies pesados, con sus ásperas consonantes y sus fuertes vocales, le hacía sentir escalofríos corriendo por su espalda, desde su testuz a la punta de su cola. "GRREOOW," rugió moviendo su cabeza de lado a lado y se mordió el belfo color negro hasta que lo tiñó de sangre.

Exasperada consigo misma, se encaramó de un salto sobre un árbol inclinado y comenzó a otear el horizonte en busca de una presa. La caza era uno de los pocos placeres que le eran permitidos en su calidad de sacerdotisa, y justo ahora necesitaba desesperadamente distraerse, necesitaba quitarse la cara del pies pesados de la cabeza. Sin embargo, todavía tenía suficiente sentido de lo justo como para avisarle a los otros habitantes de la jungla lo que se les venía encima, lanzó su poderoso rugido al cielo estrellado. Esa noche iba de caza, y los que fuesen sabios, procurarían apartarse de su camino.

D estaba tomando el té con el detective Orcot cuando escuchó a Ixchel rugir. Frunciendo el ceño con preocupación se quedó con la taza suspendida a medio camino de sus labios.

"¿Qué fregados fue eso?" preguntó Leo con su habitual falta de tacto.

"¿A qué se refiere, Detective?" preguntó el Conde D con una cara de inocencia tal que ni él mismo se la creyó.

Otro rugido volvió a hacer temblar las paredes.

"De eso justamente estaba hablando, suena como el Animal Planet pero con esteroides. ¿Qué diablos estas escondiendo en la trastienda, D?"

D acarició distraídamente a Q-chan, el pequeño conejo con alas de murciélago que revoloteaba a su alrededor y dijo: "Ah, eso… Bueno, he estado teniendo problemas con el calentador. Hace un ruido tan raro."

"¿Con este calor de perros y haciendo ese ruido horrible, aún así lo dejas encendido?" Leo sonaba más que escéptico.

"Algunos de los inquilinos de mi tienda necesitan una cierta temperatura para estar saludables. De cualquier manera, ya llamé al técnico y ¿quién sabe? A lo mejor el problema termina por resolverse por sí solo."

A Leo siempre lo desconcertaba la actitud de D hacia sus animales ¿quién más andaría por ahí llamándolos inquilinos? Pero ya lo conocía lo suficiente como para saber que era inútil tratar de discutir de eso con él. Además un calentador defectuoso no iba a conseguirle una orden del juez para revisar la tienda de arriba abajo, y finalmente descubrir cual era el negocio ilegal que D escondía. Así que se limitó a cortar otro trozo de pastel y dijo con una cierta satisfacción: "Pues sinceramente lo dudo. ¿Es de gas? Porque con ese ruido, se me hace que si no lo arreglas pronto, un día de estos explota."

"Mi querido Detective Orcot, espero sinceramente que esté usted equivocado."


Dos semanas y media después del incidente en la "tienda de mascotas", Alexander estaba recostado en su cama, con los ojos clavados en el techo, mirando sin ver el patrón de su cielo raso. Últimamente padecía de insomnio y había tratado, inútilmente, de convencerse que todo era culpa del calor infernal que hacía. Después de todo, estaban en medio de una de las peores ondas cálidas de los últimos cuarenta años.

Alex también había tratado de echarle la culpa al calor por el impulso que lo había hecho correr a la chica que había llevado a casa esa noche. Por supuesto, hasta él se daba cuenta que eso era una mentira; la había escogido por su piel color miel y sus rizos color chocolate, pero le basto una mirada a sus opacos ojos cafés, que lo miraban con adoración, para perder el interés. Claro que eso no le impidió aprovecharse de lo que tan obviamente se le estaba ofreciendo, pero procuró terminar tan rápido como la mínima educación lo permitía, y, pretextando que tenía una reunión a primera hora del día siguiente, hizo que la chica se marchara.

Definitivamente estaba enloqueciendo, le bastaba cerrar los ojos para ver un par de profundos pozos verde y dorado mirándolo de vuelta. La cosa había llegado al punto de que un día en el mall, después de ver a una chica increíblemente parecida a Ixchel –que sin embargo resulto ser sólo otra más del montón- había tenido que hacer una escala técnica en el baño para lidiar con su "problema"; algo que no le sucedía desde que había dejado los pantalones cortos. Después, mientras se lavaba las manos, le había dicho al reflejo en el espejo que se estaba comportando como un perfecto estúpido. Y una parte de él mismo habría podido jurar que había escuchado una risa ronca y desdeñosa que se mostraba completamente de acuerdo con el diagnóstico.

Tenía que hacer algo, le resultaba imposible quedarse acostado contemplando las musarañas, así que salió a dar un paseo para despejarse. Fue buena cosa que llevara las llaves del automóvil en la chaqueta, que había tomado del perchero por puro hábito; porque cuando salió de su apartamento no tenía conciencia de que iba a ir hasta el Chinatown. Aunque igualmente habría terminado por caminar los 16 kilómetros que lo separaban de su destino, ir en auto era más cómodo.

Estaba estacionándose en el callejón de atrás de la tienda del Conde D, decidiendo cual era el mejor método para colarse dentro, cuando la vio salir sigilosamente por la puerta trasera. Iba vestida de blanco, con una camiseta y pantalones ajustados que le quitaron a Alex el aliento. A la luz de un foco solitario se veía dolorosamente bella y su cara asustada la hacía parecer terriblemente joven.

La chica se quedó parada por un par de segundos sin moverse, viendo el auto como si hubiera estado esperándolo y, ahora que finalmente había llegado, no supiera muy bien que hacer. Alexander tenía la cabeza llena de preguntas, pero hay algunas cosas que es mejor no cuestionar, abrió la puerta del lado del pasajero y la chica entró. No se dijeron ni una palabra durante todo el trayecto de vuelta a su departamento.


La chica estaba excitada o asustada. El perfil de sus pezones enhiestos dibujado por la blanca camiseta podría apuntar a cualquiera de las dos cosas. Sin embargo, su respiración angustiada y los dedos temblorosos con los que ella trató de abrir la puerta del auto cuando llegaron a la cochera, le hicieron a Alex sospechar que se trataba de lo segundo. Por alguna razón que no acababa de entender, Alexander quiso darle la oportunidad de arrepentirse y regresar a casa.

"¿Te estás arrepintiendo, princesa? Porque ahora sería un buen momento para devolverse."

"Estoy aquí y no soy de las que se arrepienten," dijo Ixchel sin molestarse en aclararle al pies pesados que no era como si realmente tuviera otra opción. Había sellado su destino en el momento en que cruzó la puerta de la tienda y no había marcha atrás.

Él sabía que había algo que ella no le estaba diciendo, pero decidió hacer de la vista gorda y no arriesgarse a que se fuera. Sin embargo, procuró ser lo más gentil que pudo cuando comenzó a besarla. Ella no estaba interesada en ser gentil, le devolvió el beso con entusiasmo, mordisqueando sus labios con los ojos bien abiertos.

¡Mierda! Esos ojos lo estaban volviendo loco. No podía esperar. La hizo hincarse en la alfombra y comenzó a quitarle la ropa. Ella tampoco podía esperar, y era incluso más impaciente que él, con una facilidad de no creerse le arrancó la camisa del cuerpo, desgarrándola.

Él se incorporó parcialmente para quitarse los pantalones y después quitárselos a ella. Era como si ella le estuviera leyendo la mente, volvió a adelantársele. Cuando él terminó ella ya estaba desnuda, de espaldas a él, con el torso girado, mirándolo con una sonrisa invitante. Él consideró la oferta un par de segundos y después la hizo girarse, quería poder sumergirse en los ojos verdes que tanto lo habían obsesionado mientras la tomaba.

Ella lo miró, ligeramente confundida, por un par de segundos pareció que estaba apunto de protestar, pero se lo pensó mejor. Aunque puede ser que la chica se hubiera distraído porque Alex comenzó a besarla hambrientamente, primero en los labios y después trazando la curva de su cuello hasta la clavícula. Cuando llegó a su pecho, con los ojos entrecerrados, Ixchel comenzó a ronronear como un gatito.

Ixchel B'alam estaba a punto de enloquecer, esto era mucho mejor de lo que había soñado. Pero ya sabía como iba a terminar el asunto y se rehusaba a ser un mero juguete de los dioses. Ella había visto alzarse y caer a los imperios de los hombres, había visto y oído cosas que los mortales apenas podían imaginar; así que remontaría esta ola igual que había hecho siempre.

Era más fácil decirlo que hacerlo, pensó mientras gruñía con frustración: "GRRRRR." Evidentemente había subestimado la fuerza de la marejada que había venido a llevársela. Y el pies pesados no estaba colaborando para nada. La besaba y acariciaba con un entusiasmo que iba a acabar por llevárselos al oeste a ambos. Con gran esfuerzo conjuró la imagen de los volcanes nevados que había visto alguna vez, cuando la habían llevado a una ciudad norteña para que le dijera a un rey cual iba a ser su fortuna. Esperaba que el recuerdo las frías cumbres la ayudara a controlarse.

'Eso es, nieve, blanca y helada, reconfortante nieve. Inhala, exhala, se como un volcán dormido que sólo expulse vapor y cenizas de vez en cuando.' Ixchel estaba a punto de convencerse que lo había conseguido cuando el pies pesados la trajo bruscamente de vuelta a la realidad.

'¡Dios!' pensó Alex. La chica era virgen. Por un momento se quedó congelado tratando de digerir esa información, ganada de la peor manera posible. De haberlo sabido, habría intentado al menos de ser más cuidadoso. Estaba considerando seriamente una retirada estratégica cuando la chica le clavó las uñas en la espalda y lo estrechó firmemente alzando las caderas para recibirlo. Aunque lo de uñas se quedaba corto, garras era quizá una mejor palabra para describir los exquisitos instrumentos de tortura que le estaban destrozando la espalda. Podía sentir como brotaba la sangre de las heridas que la chica había dejado. Si a ella no le importaba jugar rudo ¿por qué iba a importarle a él?

Lo de la nieve no estaba funcionando, de hecho las cumbres nevadas habían comenzado a derretirse y estaban a punto de hervir, bajando por la colina en ardientes riachuelitos. Y, con respecto a inhalar y exhalar profundamente, apenas si era capaz de respirar. La clarividente que todavía habitaba en ella gritó en su cabeza: 'Muchachita tonta, recuerda lo que va a suceder. Recuerda lo que el Bacab negro te mostró en tu visión.' Y si eso no era suficiente para hacerle no perder la cabeza, debería recordar que era lo que le esperaba en la otra vida si persistía en andar ese camino. Podía apostar lo que fuera a que el Bacab negro la estaría esperando y, tan cierto como que el infierno arde, no iba a estar nada feliz de verla. La ira del guardian del oeste era legendaria, bastaba ver su ceño fruncido una vez como para no poder olvidarlo, sin importar cuanto tratara uno de hacerlo. La chica suspiró aliviada: 'Eso es, esa cara sí que ayuda a controlarse'.

Irónico, eso fue lo que Alex pensó mientras se reclinaba exhausto sobre el cuerpo de Ixchel. Por primera vez le había interesado realmente complacer a una chica y ésta, por razones que no alcanzaba a comprender, había decidido luchar contra ello. Lo único que lo consolaba era que al menos ella no se veía victoriosa. Le acarició la cara y la apretó fuertemente contra sí pensando que ya habría oportunidad de compensarla, mañana o al día siguiente. Porque, por lo que a él hacía, la chica había llegado para quedarse.

Ixchel pensó con sarcasmo que esa había sido una victoria pírrica si es había visto alguna en su vida; sin embargo, la bala había pasado rozándolos, demasiado cerca. Se hubiera sentido realmente miserable de no ser por el hombre que dormía recostado junto a ella, aferrándose a su cuerpo, indefenso como un cachorro, haciéndola sentir una ternura tan inmensa que la tomó desprevenida. Nada en su experiencia vital la había preparado para sentirse así, y supo en ese preciso instante que había hecho lo correcto huyendo de la tienda del Conde D, esto era algo por lo que valía la pena morir. Por su puesto que era en su muerte en la que estaba pensando, pensó con fiereza que no iba a permitir que su destino le hiciera daño a él. Se juró que iba a marcharse antes de que nada malo pudiera pasarle a Alexander. Pero todas sus buenas intenciones se hicieron humo cuando bajo la vista y lo vio. Antes de apretarse junto a él y quedarse dormida pensó: 'Bueno, puedo esperar hasta mañana a primera hora.' Había perdido su inmortalidad por esto y lo menos que se merecía era tener el recuerdo de una noche feliz al cual aferrarse.


"¡Leon! Hay alguien esperándote en la oficina del jefe." Le gritó un compañero cuando regresaba de la cafetería.

Quien lo estaba esperando era D y se veía muy angustiado. Leon Orcot sintió un vacío en el estómago y tragó grueso. Este era el mismo hombre que se había mantenido imperturbable durante una invasión de conejos come hombres. Y, apenas la navidad pasada, lo había llevado de un lado al otro de la ciudad sumergida en el caos de un apagón general, buscando un supuesto huevo de dragón.

"¡Oh, Detective, esto es horrible! Una de mis mascotas ha desaparecido. Me temo que se la han robado. Es una de mis inquilinas más valiosas. Tenemos que encontrarla antes de que suceda algo terrible."

"¿Y cómo que viene a ser esa mascota? Sabes que, mejor no me digas. No quiero saberlo. Sólo dime si tengo que llamar al ejercito."

"No, Detective, se equivoca, ella es muy especial, pero es relativamente inofensiva. Y además creo saber el nombre de su raptor."

Leon miró a D con el ceño fruncido: "¿Y cómo es que sabes eso?"

"Porque este hombre trató de comprarla y yo me rehusé a vendérsela. No se veía como alguien acostumbrado aceptar un no como respuesta."


Por el nombre de Tepeu y Gucumatz, el pies pesados era muy testarudo. Se había despertado y la había descubierto intentado salir subrepticiamente del apartamento, y ahora se rehusaba a dejarla ir. Ixchel frunció el ceño: "No me estás entendiéndo, quisiera quedarme, pero no puedo. Realmente es imposible."

"¿Esto es por lo que pasó anoche? ¡Vamos, princesa! Mira que realmente me esforcé, al menos dame una segunda oportunidad para tratar de redimirme."

"No, te equivocas. No se trata de eso para nada. Anoche fue maravilloso, con gusto intercambiaría mil años por una noche como esa," y en cierta forma, ya lo había hecho: "Pero si me quedo aquí, los dos vamos a morir."

Quizá hubiera podido engañarse a sí misma hasta el punto de convencerse de que iba a ser capaz de controlarse si no lo hubiera descubierto mirándola dormir a la mitad de la noche. Todavía medio dormida había visto en sus ojos todas las promesas que sus labios no se atrevían a pronunciar. Uno no puede luchar contra una mirada así, tarde o temprano iba a acabar por hacerle daño si se quedaba. El recuerdo de la primera vez que lo había visto en su visión fue lo que le dio la fortaleza de tomar la resolución de marcharse.

Él no podía dejarla irse, sin importar que pasara. El hecho de que ella pareciera incapaz de entender lo que para él era una verdad evidente, le hacía daño, y, lo que es peor, le hacía querer hacerle daño a ella también. Con voz dolida Alex dijo: "Así que prefieres regresar a patear la calle ¿no, princesa?"

Ixchel se rió con ganas: "Así que tú, el experto, no pudiste darte cuenta de que andabas por tierras inexploradas ¿no, pies pesados?"

Claro que se había dado cuenta, y eso sólo lo hacía sentirse más posesivo con ella. El solo pensamiento de dejarla volver a esa cochina tienda o dejar que otra como Grace la anduviera jalando de una correa le ponía la carne de gallina.

La estrechó en sus brazos, hundiendo el rostro convulso entre sus pechos. No había llorado en público desde que teniendo ocho años, en la estación de tren le había suplicado a su padre que se lo llevara con él. Sus suplicas habían sido en vano, su padre los había dejado a él y a su madre sin mirar atrás. Desde entonces había dudado del valor de las lágrimas. Su abuelo materno se había encargado del resto, inculcándole un temor al ridículo, rayano en una fobia. Pero ante la idea de perderla todo lo demás palidecía. Con los ojos arrasados de lágrimas le suplicó: "Por favor, no te vayas. Necesito que te quedes."

'No, no me mires así o voy acabar por hacer algo estúpido,' pensó Ixchel tratando de respirar: "No puedo, es muy peligroso. Si fuera sólo yo quien estuviera en peligro, me arriesgaría. Pero no podría soportar que algo te pasara a ti."

"¿Es esto por el Conde?"

"¿El Kami Rojo?" se rió ella entre dientes: "No, claro que no. No le gustas, pero puede que acabara por entenderlo. Hay otros que no serán tan indulgentes."

"Entonces vámonos, los dos. Déjame hacer un par de llamadas y los boletos nos estarán esperando en el aeropuerto. Elige tú, podemos ir adonde quieras."

Ixchel sintió ganas de gritar, pero trató de que su voz sonara calmada mientras decía: "No hay lugar en el mundo donde podamos escondernos de ellos."

"Entonces nos quedaremos y pelearemos juntos. Puede que no lo parezca, pero tengo más de un truco escondido bajo la manga y yo también puedo ser muy peligroso si me lo propongo. Tus enemigos son mis enemigos, princesa."

Ella lo miró y descubrió dos cosas sin necesidad de leer su mente: él no estaba bromeando y ella estaba perdida; hay cosas de las que uno no puede correr. Ni siquiera estaba segura de querer correr. Las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas aún antes de que él le cubriera los párpados cerrados con besos.

"Tonto pies pesados," musitó ella, con un nudo en la garganta.

Pero a él no podían importarle menos las pullas, mientras ella se quedara él se sentiría bendecido. Sospechaba que no se lo merecía, pero se sentía bendecido. Desbordado por la felicidad que sentía, soltó la carcajada mientras la alzaba en brazos y giraba con ella. Era la primera vez en años que se reía así de libremente, como un niño.

'Ella es lo que había estado buscando, sin saber incluso que la buscaba, y ahora está aquí, la he encontrado.'

Incluso sabiendo que ella no mentía –le quedaba claro que alguien muy peligroso iba a venir a intentar arrebatársela- sentía una confianza inquebrantable de que iba a ganar. Se había acostumbrado a obtener lo que quería sin resistencia y junto a ella se sentía invencible. Le resultaba inconcebible que, justo en el colmo de su felicidad, algo pudiera llevarse de su lado a lo único que necesitaba para poder vivir.


"Tiene varias direcciones. ¿Tienes idea de adonde pudo habérsela llevado?" preguntó Leo, mirando la pantalla de la computadora.

D respondió sin dudarlo: "A la que esté más cerca de la tienda. Me apuesto que tenía prisa."

Orcot entrecerró los ojos y miró a D con sospecha: "¿Prisa para qué?"

¡Dios! ¿El Conde D ruborizándose? Leon se lo quedó mirando hasta que respondió.

D no tenía tiempo que perder, así que le dijo mientras lo llevaba, casi rastras, hasta el auto: "Nosotros también debemos darnos prisa, antes de que sea demasiado tarde."

Leo se subió al auto de mala gana. La actitud de D lo estaba poniendo nervioso a él también. Con un tono áspero preguntó: "¿Qué es exactamente a lo que nos vamos a enfrentar aquí, D?"

Mordiéndose nerviosamente el labio, D dijo: "A la ira de los dioses."

Si cualquier otra persona lo hubiera dicho, Leon se hubiera muerto de la risa. Pero D no estaba bromeando y algo en la mente del Detective Orcot gritó con urgencia: ¡Acelera!


'Al demonio con los Dioses,' pensó Ixchel devolviéndole los besos a Alex. Ya se arreglaría con ellos más tarde. Rozando su mejilla contra la de él se dijo a sí misma: 'Esta es la única verdad que importa.' Perdido en los ojos de Ixchel, Alexander comprendió que ella era la respuesta a esa pregunta que ni siquiera había estado conciente de estar formulando. Juntos, los dos se sentían completos. Pero lo que ambos estaban olvidando es que resulta imposible escapar del ojo vigilante de los dioses. Uno puede pensar que lo ha conseguido, pero es solo una cuestión de tiempo el que te encuentre y se encarguen de ti. Y esos bastardos tienen todo el tiempo del mundo. Aunque eso no los hace menos impacientes para tomar su venganza.

Roto el hechizo que enmascaraba su identidad, Ixchel B'alam sintió que se iba a volver loca. Había mordido a su amante en el cuello, y, en su angustia por ayudarle, había acabado hiriéndolo aún más. Ahora la voz de las cuatro esquinas del mundo veía impotente como la vida se iba escapando por sus heridas. Aullando de desesperación se pasó una garra afilada por el rostro, dejando un rastro de color rubí a su paso.

Él intentó detenerla, pero estaba tan débil que sólo pudo murmurar: "Lo sabía, no podías ser de este mundo."

Ella inhaló profundamente, intentando tranquilizarse y lo besó para acallarlo: "No, no lo soy. Y esto todavía no se acaba."

Recuperando el control, con un pase de su mano sacó una hoja de maguey, que terminaba en una espina afilada, y con un movimiento decidido cortó su brazo. Fue caminando hacia cada una de las cuatro esquinas, ofreciendo su sangre y sus lágrimas. Finalmente, se paró en el centro del cuarto, mirando hacía el sol naciente y comenzó a cantar en una lengua que Alexander no pudo entender. Se veía majestuosa y terrible y Alex pensó que era extraño que tuviera que estar muriendo para comprender cuanto la amaba.

Ixchel B'alam alzó sus brazos al cielo y habló una última vez con los dioses; pero no estaba implorando, demandaba la ayuda que creía merecer. A pesar de eso, cuando el suelo a sus espaldas comenzó a temblar y apareció una grieta que exhaló vapores sulfurosos, la chica tuvo que reprimir el impulso de salir corriendo.

Pronto descubrió que no tenía razón para asustarse tanto. El Bacab negro no se había molestado en venir en persona, había mandado al Dios murciélago. Ixchel se forzó a mirar su horrible cara con una expresión neutra.

El Dios murciélago fue directamente al grano: "¿Incluso después de haberte deshonrado, gata, después de haberte reído en nuestras caras, te atreves a pronunciar nuestro nombre?"

"¿Es eso lo qué piensa tu jefe? Sinceramente, preferiría hablar directamente con él. No estoy acostumbrada a tratar con segundones."

El murciélago chilló e Ixchel recordó que esta bestia era la que había decapitado al lucero de la mañana. Pero ella tampoco era una segundona y no iba a echarse atrás.

"¿Qué es lo que quieres, gata?" dijo el Dios murciélago después de un silencio incómodo, sin molestarse en ocultar el desprecio que sentía.

Ixchel hizo oídos sordos y dijo: "Sólo lo que es legítimamente mío después de cientos de años de servicio dedicado."

El murciélago miró a Alexander y dejó escapar una risita burlona: "¿Así que este es el precio del jaguar lunar?"

Entonces la bestia repelente dejó resbalar su mirada por el cuerpo desnudo de Ixchel y la chica no pudo evitar dar un paso atrás, temblando de disgusto. El murciélago alzó una ceja, se rió con aspereza, hasta que comenzó a toser, finalmente escupiendo una masa sanguinolenta a los pies de la chica. "Nada te debemos, gata."

"Ni yo estoy mendigando nada. Lo que te ofrezco, murciélago, es un intercambio, mi vida por la suya."

Alex protestó: "No. No puedo permitirte que hagas esto, princesa."

El pies pesados era tan testarudo, Ixchel dijo: "Shhh, mi amor. Esto no es de tu incumbencia."

"Estamos hablando de mi vida, así que claro que es de mi incumbencia. Y primero se congela el infierno antes de que yo te deje intercambiar la tuya por la mía."

El murciélago chilló: "Pueden quedárselas ambos, no hay nada que ganar con este trato."

Estaba a punto de marcharse cuando Ixchel le cortó la retirada dejando escapar un gruñido amenazador: "¿Estás tratando de insinuar que la vida de la boca de los dioses no tiene ningún valor, murciélago?"

El Dios murciélago se acordó que sólo había logrado ganarle al lucero de la mañana gracias a un truco sucio, no era de los que se enredan en una confrontación directa. "No, pero has disminuido su valor, gata. Sin embargo, aún hay un trato que puedo ofrecerles."

Era una oferta casi insultante, pero con Alexander desangrándose, se les estaban acabando las opciones.

Sin embargo, Alex todavía se dio el lujo de protestar: "Ya te dije, princesa, no voy a permitirte hacer esto."

Ixchel resopló con impaciencia: "Si las cosas fueran al revés ¿te quedarías?"

Alex no tuvo que responder en voz alta, mirándose a los ojos los dos asintieron, sellando el trato. Y se abrazaron estrechamente mientras el Dios murciélago le hacía honor a su sangrienta reputación.

Después de que el asunto hubo terminado, Alex e Ixchel dejaron sus cáscaras vacías atrás. Alexander rodeó la cintura de Ixchel con el brazo y los dos se fueron siguiendo el giro de la tierra hacia el este, dejando atrás los problemas mundanos.


Leon Orcot había visto un par de cosas desde que comenzara a asociarse con el Conde D, pero esto era demasiado perturbador, incluso de acuerdo a los estándares de D. "!Carajo! ¿Pero qué diablos es esto?"

El tipo estaba desnudo, abrazado a un gran gato moteado, cubierto con heridas. Alguien –o algo, le susurró la voz adentro de su cabeza a Leo- les había drenado la sangre, decapitado y se había llevado las cabezas.

Con tono abatido, D dijo: "Hemos llegado demasiado tarde."

Leon se apoyó en la pared, sintiéndose mareado. Esto era demasiado: "¿En qué estaría pensando este tipo?"

"Para averiguar eso, Detective, tendríamos que preguntarle a los dioses. Lástima que ya no hay nadie que pueda hablar con ellos."

Ok, admito que suena un poco rudo, pero es algo así como un final feliz ¿no? Al menos todo el final feliz que se merece ese susurrador de mentiras, ese es, por cierto, el significado del nombre Flüstern-Lügen, para quien le interese saberlo.
Ah, y la chica es un jaguar. Aunque déjenme decirles que estoy cruzando mis mitos, así que sean avisados todos los puristas que, aunque todo es maya, hay algunas inconsistencias. B'alam es la palabra maya para jaguar. Y los Bacabs, eran los dioses jaguar de los cuatro puntos cardinales. Eran oráculos, hijos de la luna: Ixchel. El nombre de la chica iba a ser Iqi-B'alam, jaguar lunar, pero esta historia fue concebida primero en inglés e Iqi suena muy parecido a icky (repulsivo).
Los Bacabs tenían asociado un color (norte-blanco, sur-amarillo, este-rojo y oeste-negro). Las malas noticias venían del oeste. ¡Diablos! Como ya dije, al menos todo es maya. Si quieren saber más, sobre todo de como el lucero de la mañana al final del día le partió la cara al dios murciélago, les recomiendo que lean el Popol Vuh.
Y ahora, dejando un poco de lado la fantasía, déjenme les digo que hubo un tiempo en que en mi país, usar una piel de jaguar (que siempre son moteadas aunque pueden ser amarillas, negras o blancas) era un signo de valor en la batalla y era un honor sólo concedido a los más valientes guerreros. El glifo del jaguar se le añadía al nombre de los reyes. Estos animales eran respetado y adorados como dioses. Ahora se encuentran en peligro de extinción, así que me siento un poco mal por haber matado a uno, aunque sea de mentiritas… Pero la culpa es del Rojo, chico, uno de estos días te vas a ir al oeste y no va a haber quien te salve.

Mercurial Weather.
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