3. Santificarás las fiestas.
El vestido
La anual cena de la familia de Olette era, como cada año, el acontecimiento más especial para ella. Con toda la simpleza del mundo, adoraba aquel día. Aquella –a excepción de año nuevo- era la única ocasión en la que Hayner y Pence podrían ver a Olette llevando vestido, zapatos, y algún extraño peinado. Lo gracioso es que, después de tantos años juntos, aún no habían conseguido verla así. Por mucho que intentaran asomar la nariz a su habitación, y si quiera su casa, la madre de Olette acababa echándolos de allí a escobazo limpio.
-¡Pero que tenemos que avisarla de algo importante! –gritaba Pence, esquivando el colador con el que amenazaba la madre de Olette, impecablemente maquillada y peinada.
Aquella vez habían conseguido llegar al rellano de la casa, e incluso Hayner pudo asomar la cabeza hacia la escalera que conducía a las habitaciones.
-¡Me importa un comino! –respondió.
-¡Olette! –llamó Hayner-. ¡Olette, Sor… aargh! –con un hábil empujón, la madre de Olette por fin pudo echar a los muchachos de casa, y con un resoplido volvió a la cocina.
Al oír aquel nombre, la chica no pudo evitar poner la antena y salir precipitadamente de su habitación en dirección a la cocina. La poca costumbre que acarreaba con el tacón la hizo tropezar con la alfombra de la escalera y resbalar unos cuatro escalones abajo con el trasero.
-¿Qué? –asaltó a su madre.
-¿Qué de qué?
-¿Qué ha dicho Hayner? –chilló, con el corazón en la garganta-. ¡Ha dicho algo de Sora!
-Oh, dice no-se-qué de ese Sora y algo de un tren violeta –comentó con aire despreocupado, mientras colocaba cuidadosamente unos canapés-. Balbuceaba mucho.
Sin mediar palabra, la chica salió escopetada de la cocina, y al llegar a la puerta el tobillo volvió a torcérsele. Cuando se miró los pies, comprobó que la caída de la escalera le había hecho un enorme agujero en las medias. "Genial" pensó molesta, mientras abría la puerta y salía de casa precipitadamente, omitiendo totalmente las quejas de su madre. La calle no dudó en recibirla con una buena cascada de lluvia fría, abundante y atronadora.
Corriendo calle abajo se percató de que con esos zapatos no llegaría lejos (no sin romperse algo), así que paró para quitárselos y salió a toda velocidad con ellos en la mano. El atajo más fácil para llegar a la estación desde su casa era pasar por el Solar Deportivo y luego subir la cuesta de Altos de la Estación; pero al pasar por el solar metió el pie en un charco embarrado, y la tierra se le pegó hasta la altura del tobillo. Con un gritito de asco, continuó su camino por los Altos de la Estación y rápidamente llegó a la plaza.
Allí paró en seco. Tres jóvenes hablaban alegremente, pero sólo se fijó en uno de ellos. A ninguno parecía importarle el diluvio que caía sobre ellos. El castaño se giró tras una seña de Hayner, y al verla sonrió. Como siempre lo hace, siempre sonríe.
Con una última carrera se abalanzó sobre el y le rodeó con los brazos. Al separarse, Sora reparó detalle a detalle el aspecto de la chica, y transformó la sonrisa en una carcajada.
-¿Para qué has venido hasta aquí? Íbamos a buscarte a tu casa ahora -declaró, alzando una ceja.
A Olette se le cayó el alma a los pies, y estuvo a punto de echarse a llorar. Llevaba inclusive la ropa interior empapada, estaba totalmente congelada, y le dolían los pies a causa de las piedras que se había ido clavando en el camino. Incluso estuvo a punto de pegarle. Pero, pensándolo mejor, si él estaba ahí, aquel día de fiesta no podría empeorar.
Por eso, ella también sonrió.
