Love is pure.

Summary: Él, un enviado de Dios, Cardenal e hijo del Santo Padre y ella el objeto de su sobreprotección y amor incondicional. Porque la unión entre hermanos es inconmensurable, sin duda Cesare y Lucrezia eran un claro ejemplo. A sus ojos, la clase de amor que compartían era pura, quizá a los ojos de otros no era más que antinatural, no era más que Incesto.

Disclaimer:Este fanfiction está basado en la serie The Borgias, todos los derechos reservados a Showtime, yo simplemente he tomado el contexto del capítulo The French King (S01e06) y lo he adaptado, desde aquí en adelante la historia comienza a cambiar a mi antojo. La historia es mía, toda la trama ha salido del producto de mis revolucionarías hormonas y la eterna ternura que me provocan estos personajes, por lo que está prohibida la copia parcial o total del texto sin mi previa autorización, demás está aclarar que es mejor que eviten problemas.


Capítulo III.

I timori di Papa


Previamente en Love Is Pure:

Lucrezia ha decidido alejarse de su hermano a pesar de amarlo intensamente, el miedo de lo que pudiese ocurrir con su alma fue más fuerte y decidió que lo mejor sería negar aquel sentimiento intenso. Cesare, no era capaz de comprender por qué su hermana decidió aquello, él la amaba y claramente no veía nada de malo en eso. Visita su habitación y consuma aquel amor ferviente, sin miedos ni prejuicios.


Cesare despertó esa mañana con las ansias de encontrarse en la habitación de su hermana y corroborar que nada de lo ocurrido anoche era un sueño. Abrió lentamente los ojos y vio el brillo del sol matutino colándose por el cortinaje. Si, había estado toda la noche en la habitación de Lucrezia, nada había sido un sueño. Cuando volteó para encontrarse con su hermana, vio que el lecho estaba vacío.

—¡Micheletto! —gritó de inmediato.

El fiel sirviente, que había estado toda la noche cuidando la puerta de los enamorados, escuchó el llamado de su señor y de inmediato acudió a él.

—¿Dónde está Lucrezia? —continuó gritando.

—Ha salido temprano, Sua Eccellenzza —aclaró su garganta —. Sua madre ha venido a buscarla, porque ha recibido una misiva urgente de parte de su marido, Sforza, al parecer ha debido viajar a primera hora.

Cesare sintió como un torbellino de pensamientos y emociones se mezclaban en su interior con un solo propósito: Estallar intensamente. Se recriminó el hecho de haber sido incapaz de despertarse, pensó en regañar a Micheletto por no despertarle, pero comprendió a tiempo, que mientras más pensaba, más tiempo perdía, por lo que se levantó de la cama, pidió que trajesen agua y le bañaron rápidamente. Había terminado de asearse cuando vio a su madre de pie en el umbral.

El aspecto de Vannozza era suficiente para que Cesare lo interpretara, para ella el amor entre hermanos era válido y jamás había dudado de aquel sentimiento puro, mucho menos del corazón de Lucrezia, aún así, conocía los deseos del hombre, y sabía que muchas veces no se detendrían por los lazos sanguíneos. Esa mañana lo había comprobado, estaba segura que había sido diferente, algo en Lucrezia le advertía que el nivel de amor había traspasado lo permitido.

Buongiorno—dijo Cesare, acercándose a besar a su madre.

Vannozza miró a Micheletto, quién comprendió sin más que debía marcharse. Una vez a solas, se armó de valor para enfrentar a su hijo, caminó de un lado a otro, sin encontrar las palabras adecuadas para comenzar la incómoda conversación.

—Veo que has vuelto a tus antiguas costumbres, aunque en otras ocasiones era Lucrezia quién se iba a dormir contigo —observó a Cesare quién terminaba de arreglar sus ropas —. ¿Por qué te marchaste de la boda de tu hermano?

Cesare comprendió que su madre no estaba allí con la intención de preguntarle aquello, sino que buscaba saber qué había ocurrido esa noche, entre Lucrezia y él. Sabía que Vannozza jamás aprobaría la relación entre hermanos, no de esa manera, en esos momentos el único con poder de absolver una situación como esta era su padre, pero con todo el problema que tenía en el Concilio hablarle de esto, sería otra bomba para su Papado. Por ahora, lo mejor era mantenerlo en secreto.

—Gioffrey no se irá, pero Lucrezia si y sabes que no soporto la idea de haberla entregado como señuelo para mantener a los Sforza de nuestro lado —gruñó al mencionar a Sforza —, ha perdido su inocencia, su mirada tranquila, dejó de ser una niña y…

—Y ahora es una respetable mujer casada que no debe dormir con otro hombre que no sea su esposo —sentenció Vannozza.

—¿Incluso si ese hombre es su hermano con quién ha dormido desde que tenía dos años? —miró atentamente a su madre para encontrarla con el ceño fruncido.

—Las cosas han cambiado, Cesare, no puedes pretender que no se nos haga evidente a todos, además sabes que si alguna de las criadas llegase a hablar de lo acontecido, nadie comprendería tus verdaderas intenciones con tu hermana —le criticó —. No olvides que si esto llega a los oídos del Concilio el más perjudicado en todo esto sería tu padre.

—¡Por el amor de Dios! —suspiró Cesare —. Madre, no tienes nada que temer al respecto, Lucrezia y yo seguimos sintiendo ese amor puro del que te sentías orgullosa.

De cierta manera lo que Cesare había declarado a su madre no era una mentira, él amaba a su hermana de la misma manera que había hecho cuando la tuvo en sus brazos. Sus intenciones al consumar ese amor no habían sido más que consecuencias de ese sentimiento tan intenso.

—¿Me puedes explicar, entonces, por qué ha estado tu sirviente cuidando toda la noche la puerta de tu hermana? —alzó la voz.

—Madre —la abrazó —. No puedo creer que tú estés ensuciando tus pensamientos con semejante idea. He dejado a Micheletto en la puerta porque últimamente han agredido a nuestra familia con tal que el Papado se ensucie aún más, ya te he contado de lo que fue capaz el Cardinale Orsini, quiso asesinar a mi padre y creo que no es necesario recordarte que planeaba asesinar a toda la familia Borgia. Pues no dejaré que eso ocurra, Micheletto es un hombre de confianza quién protegería mi alma incluso si le costase la suya.

No muy convencida del todo, Vannozza dejó marchar a su hijo, no sin antes advertirle que tuviese más cuidado para la próxima vez, porque si esto llegase a los oídos de la familia Sforza, la única que pagaría las consecuencias sería Lucrezia.

La sola idea hizo que le hirviese la sangre, Cesare no soportaba aquellas imágenes que el mismo demonio había puesto en su mente, no era capaz de imaginar a Lucrezia en brazos de Sforza, mucho menos si este le agredía. Decidido, envió a Micheletto a preparar su carroza porque planeaba viajar a casa de los Sforza. Iría de visita a la casa de su cuñado con la intención de estudiar la relación que este mantenía con su hermana.

—Santo Padre —dijo Cesare al ver que su padre estaba observando la ventana y no había advertido su presencia.

—Cesare —respondió en señal de saludo —. Supongo que ya sabrás de la muerte del Rey de Nápoles.

—No, Padre, no lo he sabido hasta que tu lo has mencionado —dijo vertiendo vino en su copa.

—Debo enviar a alguien de confianza para reunir tropas que protejan Roma, ya no estoy seguro de algunas lealtades, luego de lo que he visto…

—Padre —le interrumpió Cesare —. Creo que Sforza no planea defender Roma tal y como lo había prometido.

—Oh, Cesare —aclaró su garganta —. No hay nada que temer de aquella unión, he enviado a Lucrezia con un mensaje para su esposo, sin duda, si el Rey de Francia pretende atacarnos, los Sforza estarán de nuestro lado.

—Deberías confiar menos en ellos, Padre, te lo digo porque si mal no recuerdo es bien sabido que mantienen sus relaciones fieles al más fuerte, ahora que estás al frente de la Iglesia se caerán en elegíos ante ti, pero no harán nada en el momento en que te hundas y lo sabes —sentenció.

—¡No irás donde los Sforza! —gritó Alessandro VI —. Te necesito aquí, si caigo caeré con mi familia.

Cesare comprendió que era un mal momento para persuadirlo de la visita a casa de Lucrezia, quizá cuando recibiera las noticias de la deslealtad que planeaba Giovanni, las cosas fueran diferentes. En ese momento no podía quitarse de la cabeza la noche que había vivido en manos de su hermana.

Lucrezia llegó agotada del viaje, la carroza había ido lo suficientemente rápido como para incomodarla en su trayecto, no se quejó con el cochero, simplemente porque sabía que cuanto antes estuviera lejos de Cesare, mejor sería para su sanidad mental y espiritual. Había caído en el Incesto, sabía que ante los ojos de Dios sería una pena fatal, pero en su interior no podía negarse a ese amor. Al llegar a la casa de su esposo, vio a Paolo, él le sonrió, pero Lucrezia no se dio el tiempo de devolverle la sonrisa. Sabía que tiempo atrás Paolo habría sido la única salida de esas murallas de frialdad que existían en la casa Sforza, pero ahora, ahora que había sentido el amor en manos de su hermano, estaba sentenciada a no sentir por nadie más.

—¿Cuándo enviarás tus tropas a Roma? —dijo Lucrezia en la cena. El primer momento en que se había encontrado con su esposo.

—¿Tropas a Roma? —se hizo el desentendido —. Si Francia va a atacar el país, lo que menos deseo es enviar mis tropas lejos de mi casa.

—Pero mi Padre ha pedido tu ayuda —susurró al ver que la mirada de Giovanni se tornaba agresiva.

—Lo último que haría en mi vida es ayudar a un Borgia —dijo secamente —. Por más que ellos hayan sido tu familia.

Lucrezia contuvo las lágrimas por unos instantes, pero incapaz de seguir comiendo, se retiró de la mesa excusándose ante su esposo. Una vez en su habitación escribió una carta a su padre contándole todo lo ocurrido y de la situación que vivía en la casa de los Sforza, aunque en su interior guardaba pocas esperanzas de que su padre hiciese algo en su favor. Envió a Paolo para que buscase un criado que llevase en silencio la carta y que además fuera un buen jinete, el joven se ofreció a llevarla él mismo, pero Lucrezia se lo negó.

El día en que el Santo Padre recibió la carta de Lucrezia, apareció Vannozza en su estancia, sin previo aviso ni invitación. La presencia de la mujer había causado tal alboroto que todo el Concilio estaba murmurando detrás de cada paso que daba Vannozza, quién, claramente, poco le importaba lo que el resto opinase de su presencia allí.

—¿Qué ocurre, mujer? —dijo Alessandro VI.

—Es Cesare, visitó a Lucrezia la noche que se quedó en casa, estuvo toda la noche con ella y los criados han comenzado a hablar de ellos —su voz sonó preocupada.

—Siempre ha sido así, además tú los acostumbraste a que durmiesen juntos desde que eran críos, pues ya no lo son y no me preocuparé de ellos cuando tengo a Francia pisándome los talones —gruñó.

—Pues deberías —gritó Vannozza —, porque si no eres capaz de mantener a una familia unida, entonces no lograrás mantener a Roma dentro de estas paredes.

—¡Mira mujer! —alzó aún más la voz —. Los líos de faldas no me interesan, en estos momentos tengo que complacer a Dios y actuar ante sus ojos, que un grupo de bulliciosas criadas anden con un chisme sobre la familia Borgia no es una novedad que requiera de la presencia del Papa.

Indignada Vanozza se alejó de la habitación, gritando las deficiencias que tenía el actual Papa, que no era capaz de preocuparse por su familia y que andaba más pendiente de retratar a su nueva amante de lo que le podía llegar a importar su familia. Ante esto, todo el Concilio, que aún oía todo lo que allí ocurría, comenzó a propagar los dichos de cada uno, manchando así la reputación del actual Papa, aún más de lo que ya estaba.

Agotado Alessandro VI se sentó a leer la carta de Lucrezia y de inmediato mandó a llamar a Cesare.

—Deberás mandar a llamar a Giulia Farnese, nadie mejor que ella para que vaya de visita a la casa de los Sforza, quizá logre convencer a Giovanni de respetar el acuerdo nupcial —sentenció.

—Lo dudo Padre, enviar a Giulia sólo agravaría las cosas entre los Sforza y tú, sobre todo porque no es un secreto que ella es tu amante, y eso escandalizaría aún más los ánimos —sostuvo Cesare.

—¿Qué pretendes entonces?

—Debo ir yo —insistió —. Si voy, podré ver qué relación lleva Sforza con Lucrezia, podré intentar convencerle y de no ser así, entonces seré el primero en avisarte.

—No, tú no irás, los Sforza podrían verte como una amenaza y en estos momentos lo que menos necesito es eso, además te necesito a mi lado —dejó caer su mano en el hombro de Cesare.

Para la tarde, Cesare estaba frustrado viendo cómo el carro de Giulia partía hacía la casa de Lucrezia, mientras que él debía quedarse allí, al lado de su padre.

—¿Qué ocurre, Sua Eccellenzza? —dijo Micheletto.

—Debería ser yo quién va en ese carruaje.

—¿Y por qué no está allí?

—Pues porque el Papa precisa de mí en estos momentos —dijo con evidente amargura.

—Creo que los negocios del Papa dependen de esa carroza, usted no sería más útil aquí de lo que sería allí —insistió Micheletto—. Ahora si usted insiste en quedarse, puedo ir yo a hacer el trabajo que requiera.

—No, Micheletto…

—Si se va por un par de atajos, el Papa no notaría su ausencia —añadió el sirviente —. Es más, podría estar aquí mañana por esta misma hora.

Sin pensarlo dos veces, tomó el consejo de Micheletto. Se montó sobre el primer caballo que encontró y se marchó tras el carruaje que ya había partido. Sólo pensaba en lo que diría su padre cuando se enterara que había desaparecido, pero era por una buena causa, después de todo, él tendría todas las de ganar. Si no conseguía que Sforza le entregara sus tropas, sería libre de llevarse a Lucrezia de allí, podrían huir y así no sentiría más celos de solo imaginarla con otro hombre.

Giulia estaba en el carruaje cuando este se detuvo bruscamente y oyó a un hombre gritarle al cochero. Pensó que podía ser un asalto, se estaban volviendo más comunes, con el caos en Roma, los asaltos habían aumentando en número. No quiso mirar por la ventanilla de la puerta, se limitó a esperar, en caso de alguna agresión traía su pistola de mano, que le había obsequiado el Papa.

—¿Quién es? —gritó cuando sintió como se doblaba la perilla.

—Giulia, soy Il Cardinale Borgia—sentenció.

Al reconocerlo, Giulia no tuvo más que esconder su arma y dejarle entrar. Conversaron durante el viaje, Cesare le mintió sobre el motivo de su compañía y Giulia se conformó con las respuestas que este le daba. Bajo la guía de Cesare, el cochero ahorro las horas de viaje estipuladas por Micheletto.

—No sabía que se pudiese ahorrar horas de viaje de esta manera —dijo Giulia aceptando la mano de Cesare.

—Tampoco yo —sonrió —. Ha sido mi sirviente quién me ha advertido de este camino.

Anunciaron su presencia en la casa de los Sforza a una criada, esta fue de inmediato a informar a los dueños de casa que habían arribado los visitantes. El primero en enterarse fue Giovanni quién, aún cojeando por la caída a caballo, se acercó sin ánimos a saludar a los recién llegados.

—Nos disculpará usted por no anunciar nuestra visita —dijo Giulia—. Lucrezia se ha marchado tan repentinamente que no he tenido tiempo de despedirme de ella.

—Pues no era necesario si ha venido a visitarla tan prontamente —dijo con ironía Giovanni quién conocía la reputación que precedía a Giulia.

—¿Está mi hermana en casa? —rompió el silencio Cesare.

—Supongo que debe estar en los establos, había ido a cabalgar —respondió Giovanni.

Dicho esto, no necesitó más, se disculpó ante los presentes y se marchó a los establos. No había olvidado la historia que le había narrado Lucrezia cuando recién había llegado. Ella había tenido un amorío con un criado de los establos, así como él había tenido un amorío con Úrsula, realmente no le recriminaba el pasado, sino lo que pudiese estar ocurriendo en esos instantes. No soportaba la idea de lo que pudiese estar haciendo Lucrezia con ese criado en esos momentos.

—¡Lucrezia! —gritó al entrar —. ¡Lucrezia!

De inmediato Paolo se separó de ella, quitó sus manos que estaban enlazadas entre las de ellas, ya que minutos antes Lucrezia le había explicado que lo que habían mantenido ya no podía continuar. Y a pesar de esto Paolo se negaba a aceptar la realidad de que todo lo ocurrido con la señora de la casa había sido una simple aventura y que todo llegaba a su fin, así, sin más.

Cuando Lucrezia vio a Cesare de pie en el umbral del establo sintió que estaba al borde de un vahído, en cualquier instante caería al suelo. Intentó sostenerse con todas las fuerzas que se permitiese, y abrió los ojos de par en par, descartando la idea que esto fuese un sueño.

—Cesare —susurró llevándose las manos a la boca.

En ese instante, Paolo comprendió que su presencia allí era un estorbo, caminó hacía donde estaba Cesare que aún permanecía alterado, con la intención de abandonar el establo, pero sintió la presión de la mano del hombre en su brazo.

—Si te vuelvo a ver cerca de mi hermana, te mato —dijo secamente.

Paolo asintió y se marchó de allí sin comprender por qué, aquel hombre que parecía enamorado de Lucrezia, había llegado allí a interrumpir el momento, reclamándola con la mirada como si fuera suya, y este no fuese más que su hermano.

—Cesare —susurró mientras él se acercaba a ella —. ¿Qué haces aquí?

Sin más, él la tomó en sus brazos, la presionó contra sí y la besó con violencia, deseo y desesperación. No podía imaginar que los dos hombres que había visto hoy, habían dejado sus huellas en su hermana. Lucrezia se apartó suavemente de sus brazos y le miró directamente a los ojos.

—Esto no puede continuar, Cesare —dijo con su tierna voz.

—Si esto no continua, no tengo razón para vivir, cara Lucrezia—reconoció Cesare.

—Nuestra madre sospecha de nosotros, me ha reprochado con la mirada —confesó Lucrezia —. En estos momentos nuestro padre ya se debe haber enterado de todo y tu presencia aquí sólo empeorará las cosas.

—Si me mantenía en Roma me volvería loco, Lucrezia, loco —dijo apretándola aún más fuerte —. Si Sforza no cumple su trato con nuestro padre, veremos la manera de que te separes de él, nuestro padre no consentirá esa traición y serás una mujer libre, para casarte de nuevo.

—Cesare, Cesare —sonrió con los ojos apenados —. Aunque estuviese libre para casarme de nuevo, no podría hacerlo contigo, ni siquiera nuestro padre consentiría nuestra unión.

Cesare sintió como su corazón apesadumbrado parecía caerse con más presión sobre su pecho. En silencio abrazó a Lucrezia, sin decir nada. No quería que ella fuese de otro hombre, sentía desesperación con respecto a la sola idea de compartirla, de ver como el santuario de su cuerpo era violado por otro hombre al que ella jamás amaría. Tenía que hacer algo, tenía que separarla de Sforza, evitar otro matrimonio y no levantar sospechas. Sin querer pensar en todo eso, tomó la barbilla de su hermana y la besó con intensidad, como si quisiese borrar hasta la última gota de sangre que corría por sus venas, soñando borrar así el mismo lazo que los unía y a la vez los separaba: la sangre.


Hola chicas.

Primero que todo muchas gracias por leer este fic de la serie The Borgias y más aún por comentarlo.

Me agrada ver que dejan sus mensajitos en este fic que me encanta.

Para las chicas del Fandom twilight les comento que estoy participando

en un Concurso de .

Se llama Hateful Lemonade contest, como el nombre lo dice: Odio y Lemmon.

Así que aquí les dejo el Summary de mi Short: Barrera del Sonido (que puedes encontrar en mi perfil)

Summary: Bella era una corredora ilegal de autos. Tenía su negocio diurno y de noche daba rienda suelta a la velocidad. Quería vengar la muerte de su novio a manos de uno de los mejores competidores. Pero Águila no era cualquier curva, era la curva mortal de su camino. ¿Lograría sobrepasar el límite de la barrera del sonido?/ HLC2. AU.

Desde ya muchas gracias a todas las que dejen sus reviews, como saben los responderé todos. Además subiré capítulo en cuanto la inspiración me llegue, como algunas sabrán este capítulo salió de un solo tirón.

Cariños.

Manne Van Necker