Saludos en este primer fin de semana del año en el cual nos fueron implantados los recuerdos de antes del fin del mundo… Ah, no, ¿verdad? (Ikki ya se está riendo y Shuncito me ve con cara de preocupación). Espero se encuentren muy bien, lectores / víctimas, y que los reyes les traigan lo que pidieron. Dejo aquí esta actualización de la historia de Shun-poeta maldito, espero les guste.

Tot12: Gracias por seguir mis desvaríos y los de Shuncito (está lindo su poema, también me gustó, sacando su coraje). Aquí se pondrá menos suave el asunto con el despreciable menordomo, ya verás. Un capítulo más y termina esto.

Alhyshaluz: Verás en este capítulo a un niño bueno no tan bueno (o eso espero, darle lo que se merece al menordomo, a quien le tengo un buen susto). Muchas gracias por seguir leyendo y por comentar.

SakuraK Li: No sé si decir gracias o correr, je, je… Diré gracias por leer y comentar y luego corro a esconderme (detrás de Shuncito, of course). Aquí habrá un buen susto para el menordomo y mucho Shuncito sentadito en un escritorio, aplicado a su tarea de ser mi colega, wiiiii, eso se escucha tan bien. Espero te guste este capítulo.

InatZiggy-Stardust: Sí, yo también pido la cabeza del menordomo después de todo lo que le hizo a Shuncito y a Ikki… ¡Tomarle fotografías al Fénix, dejarlos colgados, burlarse de Shun! Pobres hermanitos, sospecho que son los preferidos del Tatsumi para torturar, no sé por qué. Espero te guste este capítulo, y que disfrutes a Shuncito escribiendo y la venganza contra el menordomo, gracias por leer y comentar.

Carito357: Gracias por continuar leyendo y comentando esta historia. Ese ¡chan chan chan! (que yo convertiría en un ¡chan, chan, chan, chaaaaaannnn!), no sé, como que suena muy amenazador junto al nombre del adorable nii-san de Shun. A ver a quién convenzo para que me defienda de su furia. El menordomo tendrá su merecido, espero no haberme quedado corta.

A quienes se asomen por este rincón, espero disfruten este tercer capítulo de Tinta / Sangre, y una disculpa, la musa parece haber puesto una casa de campaña casi permanente en esta historia, negándose a trabajar en los otros fics (creo que debería aplicarle la reforma laboral, ja, ja, ja).

Copyright a Kurumada por sus personajes, los que nos presta para inspirarnos y torturar, ejem, escribir. Ahora sí, adelante, ya pueden pasar a leer, uno más y termino.

Ficus macrophylla

III

El parásito se aferra al otro.

Bebe. Muerde. Tritura.

Soy yo aquel.

Y no me conformo

con esa única savia:

hurto su aliento,

me apropio su corteza.

.

.

Y el organismo antes sano

pregunta

por ese más infeliz que el mendigo,

por el hato de lloros y fango,

por aquellas sus manos serviles

que tanto se habían humillado.

.

.

Y cual si fuera respuesta,

la nada exuda silencio,

y borra en sus ojos la vida,

y arropa su piel con veneno.

Capítulo 3

Experimentando

El hospital de noche está lleno de sombras, de vueltas en los corredores y voces que corresponderían más a un castillo como los que ilustran los libros para niños. El hospital, ¿por qué está aquí? No sabe por qué dijo "Sí, de acuerdo, yo lo cuido en la noche", ni quién se lo pidió. Había demasiada actividad en la mansión y nadie podía venir a sentarse doce horas junto a una cama de mantas azules y blancas, al lado de una ventana por la que atraviesan fantasmas que arrastran sueros y ordenan tener listo el historial clínico de la cama cincuenta y tres.

Las mantas ondulan siguiendo el movimiento del cuerpo al que cubren, una enfermera cruza delante de la puerta. Shun, todavía adormecido por el sopor de las tres cuarenta y cinco de la mañana, se acomoda en la silla antes de frotarse las manos una vez más.

–¿Está bien?

El mayordomo se queja en sueños y el muchacho aprieta un puño, recordando las fotografías de Ikki. ¿Por qué acepté cuidarlo?, vuelve a repetirse. Nadie podía hacerlo hoy; a veces le molesta ese espíritu de sacrificio suyo.

Shun piensa de nuevo en el accidente, como viene haciéndolo desde que una de las mucamas contestó el teléfono, desde que puso un pie dentro del edificio blanco, cundido de andares presurosos y nombres genéricos, de principios activos, llantos y miradas a relojes de pared y de pulsera.

Fue muy raro, el accidente. La joven recibió la llamada desde este hospital. Y luego de colgar la bocina le dijo a Shun algo acerca de una ambulancia, de un auto fuera de control, de un animal de campo casi en el centro de la ciudad. Y Shun vino. A firmar papeles, a escuchar diagnósticos sin comprender ni media sílaba, a decir sí con la cabeza mientras la mariposa nocturna seguía aleteando, ahora transparente, muy cerca de su oído. Eso fue hace tres días. Y ahora debe vigilar el reposo del mayordomo.

/ – / – / – /

No tengo por qué sentirme culpable. Y sin embargo es así. Recuerdo su cabeza calva llena de moretones, de golpes, algún vidrio del parabrisas que se rompió con el impacto. Y mi sonrisa cuando el médico dijo que no era de gravedad, pero debía permanecer en observación los próximos días, una semana o dos, tal vez, por si acaso surgía un imprevisto: una hemorragia interna, una contusión, una fractura.

Sonreí no tanto por el diagnóstico, sino por el accidente mismo. Fue imposible evitarlo. Era un castigo que los dioses cernieron sobre aquella sombra que tan amenazadora y grande me parecía cuando era un niño. Seguro de eso se trataba, de dar a cada quien su merecido, aunque para Tatsumi todavía no era suficiente. Por mi hermano, por la infinidad de castigos infligidos porque sí y porque no, por su dureza de roca y su espada de bambú en nuestros cuerpos, aún no era suficiente.

Con todo, no debí alegrarme al verlo en su habitación de enfermo, conectado al tubo del suero, a las máquinas que siguen esquematizando con líneas verdes y sonidos electrónicos los impulsos de su corazón. Se trataba –se trata– de una vida, pienso ahora, pensé luego de hablar con el médico, mientras el chofer me llevaba a la esquina del accidente. Salió de la nada, un asno enorme, casi un caballo, joven, es cierto, aunque no me crea, dijo, la mirada al frente, alerta a los cambios en los semáforos, a las direccionales de los otros automovilistas. Yo veía el rostro de la ciudad, amarillo y azul a esa hora del día. Observaba el sol en los vidrios de los edificios más altos, a las mujeres caminando con prisa, el celular junto al oído y un niño de la mano, algunas.

–Y sólo el señor Tatsumi resultó herido.

¿Perdón?, susurré. El chofer siguió hablando del cofre hecho añicos y las patrullas necesarias para desviar la circulación en una avenida con gran flujo vehicular. Pronto dejé de ponerle atención; el aleteo de la mariposa negra me enloquecía tanto, que deseé quedarme sordo.

Y no era ella la única molestia. El enunciado aquel regresaba a ramalazos para golpearme en la palma de la mano. Observé mi piel, blanquísima de nuevo, como si la tinta y la sangre no hubieran sucedido jamás. Podrirse, un asno viejo, creí pensar.

–¿Perdón?

Fue el turno del chofer para no entenderme. Lo miré; parecía haber cambiado su rostro por el de un errabundo de galaxias.

–Llegamos–, susurró. Nada más.

Y bajé del auto como si no conociera una calle pavimentada. Un pie, el otro, tanteando un terreno sólo en mi percepción movedizo. Deja de inundar el aire con tu mierda, recordé antes de tallar la suela de mis zapatos contra la acera. No fue necesario, eran sólo palabras, murmuré, repetí para acallar el zumbido de la mariposa negra, posada en mi cerebro desde que la escuché contra la ventana de aquella habitación.

Sólo palabras, sólo palabras, quise convencerme. Pero era demasiado. El olor a excremento, la sensación de tener cundidas las suelas y la descripción del chofer: un accidente ocasionado por la aparición súbita de un animal enorme. Y Tatsumi como el único herido, pese a ir en el asiento del copiloto, su cabeza calva dibujando estrías a lo largo y ancho del parabrisas.

Y aún ahora no dejo de pensar que es mi culpa, que mi mano, el trazo de tinta y sangre construyó un accidente en torno al eterno servidor de la mansión Kido.

/ – / – / – /

Shun no se paseó por aquella avenida y tampoco se inclinó para ver la huella de los neumáticos en el asfalto. No dijo qué raro, sino "quisiera caminar un poco, por favor, siento las molestias, volveré después a la casa" luego de limpiar la suela de sus zapatos. El chofer regresó al asiento del piloto y aferró el volante con la mano derecha, la izquierda movió el retrovisor hasta que el caballero de Andrómeda se reflejó dentro. Un estremecimiento sacudió al hombre en cuanto observó la espalda del caballero, esa frágil llama verde y blanca en las ondulaciones de la tarde. Se parece cada vez más a su hermano, susurró, dio vuelta en U en una esquina prohibida. De pronto temió un Puño fantasma, una sombra idéntica al ave de fuego.

Shun se alejó sin volverse, arrastrando los pies, la mirada en el filo amarillo de la acera. Las personas lo escucharon hablar con un ser transparente, pero él no hizo caso; el aleteo de la mariposa negra y la tinta en la palma de su mano allá, en el cuarto de las fotografías, lo envolvió con un halo de vacíos blancos, de silencios, mientras sus pies se perdían entre los árboles de un parque cercano.

La tinta, mi sangre, repitió para sí por enésima vez, recargado en un tronco seco, idéntico a una falange que se abriera paso desde el sepulcro para arañar el mundo de los vivos. ¿Y si fue culpa mía?, meneó la cabeza al tiempo de ignorar la mano sucia del mendigo a quien casi siempre le obsequiaba una moneda.

El caballero caminó otro tanto y se quedó sentado en una banca hasta que el sol empezó a tocar el horizonte, a sembrar el cielo de flores anaranjadas. Luego regresó a pie a la mansión y subió las escaleras sin antes frotar las suelas en el tapete de la entrada; nunca sintió el óxido clavándole una herida pequeña en la parte posterior del brazo, ni el balanceo de la única banca olvidada por los empleados de mantenimiento del parque.

/ – / – / – /

Salió del hospital y, como el día que acompañó al chofer a la esquina del accidente, subió a la habitación de la gran ventana. Miró la fotografía donde su hermano lo llevaba en brazos. Sonrió al acariciar el vidrio del portarretratos, el marco sencillo que mantiene lo turbio de este tiempo lejos de sus recuerdos, del Ikki niño, del Shun bebé, ajenos ambos a las constelaciones y al poder que un cosmos pone en las manos desnudas de los guerreros.

Pero hoy no se quedó allá arriba, sentado en el sillón, viendo el suceder lento de la noche, como si se tratara de una llave mal cerrada, de un goteo negro impregnando la línea del horizonte. Hoy el caballero de Andrómeda entró a la habitación en la que siempre imaginó fantasmas colgados de las cortinas y espadas en los muros.

Y ahora está detrás de aquel gran escritorio, cercado por estanterías ahítas de lomos polvosos en tonos vino y negro; el escritorio desde donde un anciano millonario escribiera para él y sus amigos, para su hermano, un futuro sinuoso, inspirado en la oscuridad que humedece la biblioteca desde el techo.

Suspira, tiende los brazos a cada lado de una libreta enorme, abierta justo a la mitad. Luego se acomoda sobre el enorme respaldo y toma la pluma que le dieran la noche que fue a buscar a Seiya sin suerte. Le tiemblan los dedos al rodear ese objeto alargado, que por momentos pareciera guardar un corazón en el cintillo que lo parte a la mitad. Está viva, piensa el caballero, y de pronto sus brazos inertes comienzan a moverse. La mano derecha se ciñe más a la pluma y aunque lo deseara no puede contener sus movimientos, ese navegar sobre la superficie blanca que deja huellas oscuras, continuas y descendentes.

Shun observa sus propios trazos extrañado, igual que si se tratara de correspondencia que se entrega en un domicilio incorrecto. Arranca la página, la gira, la devuelve a la libreta, y luego recorre los libreros con dedos nerviosos. Aquí está bien, susurra, nadie extrañará un poco de literatura, nadie se asoma a estos versos cundidos de veneno, de palabras que los hombres aseguran no recordar.

Y el destino de la libreta alcanza al volumen elegido. Shun toma una página, la arranca y regresa a reposar en el sillón. Nuevos trazos se unen a los párrafos impresos en ese pliego amarillento y un poco más grueso que el papel de la libreta. Pero no es suficiente. La tinta sepia de la pluma devora cuanto papel le sea posible guardar en el vientre del objeto que la contiene. Y esa ansiedad, esa hambre, arrastra la mano y el brazo y las piernas del caballero de Andrómeda, quien además de rebuscar en los diarios del día y en los que cuentan los hechos de semanas anteriores, debe arrancar largos trozos del papel del baño, hojas de revista que le muestran el nuevo diseño de un auto viejo.

Y Shun regresa cada vez al sillón tachonado de plata, de gran respaldo que, pese al acojinado, parece un sembradío de púas que lo empuja hacia adelante, que casi lo recuesta sobre el enorme escritorio, bajo el polvo amarillo de luz que despide una lámpara pequeña, hecha para arrojar un poquito de día sobre documentos y pliegos en blanco.

Y al fin a la página del libro, a la hoja de la revista, al trozo de periódico y al de papel de baño los une una raíz color sepia, un filamento de tinta lleno de nudos y vueltas en el que Shun no es capaz de distinguir palabra alguna.

/ – / – / – /

El aleteo. Siempre el aleteo. Aquella mariposa inoculó mi mente con sus rumores fuera de horario. Escribí, llené con párrafos más de un trozo de papel, distintos uno del otro en su grosor, en su tono, en su utilidad y manufactura. Escribí en pliegos con impresión previa. Y ni así aquella mariposa negra me abandonó; por el contrario, de sus alas continuó desprendiéndose el polvillo negro que es sustancia de las noches de luna nueva, de las oscuridades hechas con bruma y tormentas por suceder.

Salí. Azoté la puerta de la biblioteca. Los goznes, al girar, estremecieron las paredes y el pasillo, el cercano barandal. Pero nadie estaba ahí para ser testigo, la mariposa negra y nada más. Por un momento, inmerso en el eco del portazo, imaginé que las alas del insecto se habían vuelto aire, polvo, nada. No fue así; detrás del eco aún me esperaba el plap-plap-plap que me volvió sordo a los sonidos ajenos a su voz.

Intenté callarlo cubriéndome con una gabardina negra y amplia que encontré en el perchero del recibidor, subiendo el cuello de la prenda para que me protegiera los oídos y el mentón del frío oculto en el fondo seco de la fuente, frío que corrió a envolverme en cuanto abrí la puerta principal y no me abandonó ni cuando me acerqué a la reja, ni cuando el vigilante se volvió para saludarme con una mano en alto.

Cualquier intento fue inútil. La mariposa extendió sus alas y cubrió mis huellas en el camino que avanza en sentido contrario al de la playa, al que conduce al departamento de Seiya. Tomó el lugar de mi sombra. A mi lado, muchos voltearon para ver a la única persona con una. Los comprendo; no es algo común ver una sombra llena de redondeces, sin titilar, siempre clara detrás de los tobillos de alguien que camina bajo una casi noche nublada.

Tengo que deshacerme de ella, susurré, para evitar que aquel insecto me escuchara. Alcé la cabeza, me asombró la rapidez del tiempo. ¿Cuándo es que había anochecido?, antes de salir de nuevo a la calle lo único fue el hospital, mi presencia en la habitación, la fotografía donde Ikki me lleva en brazos y la biblioteca, la tinta sepia y el papel, ¿cuántas horas pueden consumir actos tan sutiles como sentarse, caminar, rozar un vidrio, llenar con palabras un cuaderno?

Una zona desconocida de la ciudad se unió a aquella duda. La hizo grande, la llevó hacia otros terrenos: ¿cómo, entre edificios relucientes de ventanas, altísimos, de recibidores limpios y amueblados con terciopelo y plantas de ornato, cómo, me dije, podían existir escondrijos como aquel a donde llegué, sucios, oscuros, desde cuyas esquinas llegaba el hedor a excremento y humedad? Fue como si hubiera salido de la fecha que marcaba el calendario, como si una ciudad ajena y vieja hubiera brotado de repente en mitad de los sitios conocidos.

Y el aleteo persistía. Más potente por segundos.

Le pedí vino tinto a un mesero y me acerqué a la barra. Quizás entre el choque de vasos y el humo del tabaco densificando el aire dejaría de escuchar el rumor de la mariposa. Nada pasó; a cambio, una mirada miel y escarlata me distrajo del molesto plap-plap-plap instalado en mis canales auditivos. La contenían unas pupilas húmedas de alcohol y lágrimas, un rostro muy blanco, femenino, apenas abandonando la edad infantil.

Deslicé mi copa, arrastré el banco donde estaba sentado y saludé a la chica asintiendo en silencio, el vino en alto. Ella respondió hundiendo la mirada en un vaso pequeño, lleno de un líquido transparente y de astillas de hielo. Insistí de nuevo con mi copa en alto, cuando alzó la vista otra vez, por sus mejillas no escurría llanto, sino el rumor de las alas de la mariposa negra.

Debía extirparlo o enloquecería. Sólo se me ocurrió arrastrar a quien lo contenía hasta una puerta medio oculta al fondo del lugar y empezar a buscarlo. Enterré labios y uñas en aquella piel joven, la embalsamé con saliva, con sangre extraída a fuerza de morder y con palabras: permíteme que lo encuentre, no quiero lastimarte pero tampoco me gustaría escuchar ese aleteo aún más allá de la muerte.

No sé si la chica me oyó; ahora sólo tengo presente la fluorescencia de sus lágrimas, el escarlata de sus ojos vuelto estrías en torno a sus pupilas miel. Creí ver detrás de ellas el aleteo, el temblor negro de la mariposa. ¿Y su inocencia? Estaba burlándose.

La aferré por los hombros, la atraje hacia mí. Plap-plap-plap, escuché, eran sus palpitaciones, su corazón. Plap-plap-plap. No podía soportarlo un segundo más. En tal sonido estaban inmersas las cinco líneas, la imagen de mi hermano, los castigos de Tatsumi. Plap-plap-plap. Mis dedos vacilaron sobre los botones de su blusa. Ella se defendió escudándose con ambos brazos, empujándome. Gritando. No, quise decir, sólo estás regalándole tiempo de vida a esa mariposa, ella podría… No me escuchó. Alguien me sacó a empujones de ese sitio antes de ver su pecho desnudo, antes de averiguar si su corazón había absorbido el polvillo negro de la mariposa nocturna.

Tropecé, el tobillo torcido, las manos apoyándose en baldosas húmedas con la lluvia de aquel barrio, agua que nació gris y llegó no a lavar sino a ensuciar. Desde el suelo, antes de levantarme, vi la nube de tabaco que llenaba el lugar de donde me corrieron, la maraña de sombras, las luces mortecinas. Me puse de pie a tropezones, alisé los pliegues de la gabardina. Y el aleteo ocupó el lugar del aire, se convirtió en mi voz, en mis latidos.

Caminé pocos pasos, ¿dónde buscarlo, si era también la atmósfera y el asfalto y las paredes? Acabé apoyado en una banca, me empezaba a faltar la respiración. De momento las alas de la mariposa robaron el color de los días, tornándose claras, amarillas y coral, como hechas de diminutos peces que nadan contra la corriente. Claras, idénticas a la indumentaria de hospital. Había descubierto el lugar desde donde me atormentaba el aleteo de aquel insecto, pero no supe si sonreír. Debía regresar a la cabecera de Tatsumi.

La ciudad, como si obedeciera a mis pensamientos, a mis intenciones, me devolvió a la autopista, a las calles donde las farolas plantan conos amarillos en cada esquina. Transité por lugares conocidos, llegué al sitio del accidente, al jardín delante del hospital, donde mujeres de blanco miraban la noche sentadas en una banca.

Entré. Nadie me detuvo, nadie pidió ver una identificación ni preguntó el asunto que me llevaba a casi correr en los pasillos del tercer piso, el de los pacientes en observación. Y eso me hizo sentirme ligero, casi sonreír; no me hubiera gustado una mentira, un "tengo el turno de la noche para cuidar el sueño de uno de los enfermos". Me habrían descubierto en el temblor de mi voz, en los parpadeos repetidos a fin de ocultar dos pupilas nerviosas.

La puerta cada vez más cerca. Por un momento quise volver sobre mis huellas, o que al pasillo le crecieran mosaicos, que alguien ocupara la cama vecina. Tras empujar la puerta y escuchar la débil queja de los goznes, vi una escena idéntica a la que dejé antes, cuando nadie pudo ir a velar la convalecencia del mayordomo. Sólo pude negar con la cabeza, en silencio; la mariposa deseaba ser encontrada, quería entregarme la voz de sus alas. No hay otra explicación; de ser diferente, habría caminado en un piso incorrecto, o un paciente de nuevo ingreso me hubiera detenido desde la cama anterior.

Pero llegué hasta la cabecera de Tatsumi. Sin tropiezos, sin más presencia que la apresurada del médico de guardia. Un paso, dos más, las mantas delatando su respiración tranquila casi al alcance de mis dedos. Ahí el aleteo era más persistente. Lo encontraría. Debajo de la almohada, en el vaho con el que el aire frío delataba el aliento del enfermo. Hundí los dedos, como hice con aquella casi niña; alguna huella tenía que haber en esa maraña de tubos y lecturas de signos vitales.

El rumor de la mariposa nocturna formó un capullo alrededor mío. Nada escuché, nada noté que no fuera las mantas y la cabeza calva llena de heridas a medio cicatrizar. Nada, ni siquiera mi respiración contenida, mis manos apoyándose a uno y otro lado de una tráquea que empezaba a ceder.

Sólo me detuve hasta ver los ojos encendidos del sirviente de los Kido. Eran dos esferas negras a punto de desprenderse de aquel rostro. Y su boca abierta, buscando el aire que mis manos le arrancaban. Y sus dedos crispados, empujando aquella amenaza que atacaba su mejoría, pronta si se tomaba en cuenta la magnitud del accidente.

No aguanté más semejante espectáculo; decidí enterrarlo bajo la almohada. Debí hacerlo antes, pensé, ahora las noches lo repetirán para mí hasta el cansancio. Pero ahora no recuerdo sino la almohada blanquísima y unos pasos cada vez más cercanos, mi regreso al pasillo, a las escaleras, al jardín, a la madrugada transcurriendo por encima del alto edificio blanco, lustroso. Ni siquiera tengo presente el terror en los ojos de Tatsumi, ese que hinchara sus globos oculares y los vistiera de negro, le confío a una nueva página arrancada a la libreta. ¿Mi naturaleza es perversa al desear ver otra vez el miedo en el semblante del enfermo? Tal vez, no lo sé, tan sólo me gustaría prolongar esos minutos, atesorar esos segundos en pago parcial por tanto azote, por las demasiadas lágrimas recientes y añejas.

.

…Continúa…

La autora siente cómo un poderoso cosmos se enciende a sus espaldas. No necesita voltear, escuchando el reclamo sabe ya de quién se trata:

¿Qué le hiciste?

¿Yoooo? ¿Y por qué supones que le hice algo a Shun…?

El Fénix la interrumpe:

Mi hermano no escribiría eso en sus ocho sentidos, ¿qué le diste? ¡¿Qué fumó?!

La autora niega con la cabeza. Deberías enorgullecerte, le dice a Ikki, Shun escribió muy bonito, casi como Poe, no es necesario fumar nada para escribir. Al poderoso caballero de bronce vuelven a nacerle infinidad de signos de interrogación, como antes, cuando escuchó lo de los poetas malditos.

Nii-san, Edgar Allan Poe es el autor del poema El cuervo y se le considera el creador del relato moderno y del de suspenso.

El Fénix se vuelve, pero la autora sonríe porque ha alcanzado a ver su ligero sonrojo.

Muy bien, Shun, felicidades, me gustó mucho lo que escribiste, muy Poe. Otro tanto y te parecerás a Baudelaire.

El caballero de Andrómeda también se sonroja, no está acostumbrado a los halagos.