La historia me pertenece pero los personajes que aquí se presentan son propiedad de Stephanie Meyer, yo sólo los adapto en mi historia.

Capítulo beteado por: Pichi LG

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Capítulo II ¿Destino o casualidad?

"Luchar contra nuestro destino sería un combate como el del manojo de espigas que quisiera resistirse a la hoz". Lord Byron.

La mirada del Sr. Cullen sostenía la mía mientras yo detallaba sus rasgos. Tenía unos ojos verdes, con un delgado aro negro rodeando el exterior de su iris que conforme se alejaba de la pupila adquiría un tono grisáceo, ambos enmarcados por unas gruesas pestañas y cejas pobladas, su nariz recta, labios suaves y mandíbula definida, cubierta de una delgada capa de barba. Un atractivo singular.

—Mi nombre es Anthony... —Alejó sus manos del cinturón y después tendió su mano derecha a modo de saludo.

—Isabella —Omití mi apellido tal como él lo había hecho, sin embargo, sabía cuál era gracias a su intercambio de palabras con la azafata.

—¿Qué te lleva a Rumania, Isabella? —Anthony se removió en su asiento, buscando una mayor comodidad.

—Estudios —respondí con simpleza—. ¿Y a usted? —pregunté por cortesía. Nunca había sido sociable y, por lo que podía apreciar, el hombre sentado a mi lado era lo opuesto.

—Vamos, puedes tutearme —habló alegre—. Y con respecto a tu pregunta, este viaje me lleva de vuelta a casa —Su voz adquirió un tono serio—. Aunque preferiría quedarme más tiempo en Nueva York, el regreso es inevitable —Sonrió con nostalgia.

—Yo también prefería quedarme, pero por razones completamente diferentes —Miré ausente hacia mi ventanilla.

No habían pasado ni diez minutos de vuelo y ya deseaba volver a casa, los extrañaba. O tal vez sólo estaba tratando de engañarme. Desde la extraña plática que había tenido con Dave me sentía diferente, era mi nueva mirada después de esa revelación.

—¿Algún novio? —aventuró.

—No exactamente —negué sin voltear a verlo—. No somos novios —le expliqué a ese extraño mi lío amoroso.

—¿Amigos con derechos? —soltó una risa baja y, sin poder evitarlo, mis ojos se despegaron de la ventanilla para observarlo con el entrecejo fruncido.

—No —respondí sin humor.

—Lo siento —se disculpó.

—No importa. No es algo que te interese de alguna manera —La sinceridad se abrió paso en mi voz.

—Mi comentario no fue lo más cortés. De verdad, lo lamento —Su mano tomó la mía y le dio un apretón—. Fue algo impulsivo, sin embargo, no trato de excusarme —Mi mano se alejó de la suya, jamás había sido partidaria del contacto físico con gente extraña, era incómodo—. ¿Quieres contarme? Tal vez te alivie un poco hablarlo con alguien —terminó.

—¿Hablarlo con alguien? Suenas como un terapeuta —Miré su atuendo, y no figuraba ser uno—. ¿Lo eres? —cuestioné dudosa, y él soltó una carcajada breve y baja.

—No soy terapeuta —Volvió a reír—. Pero siempre he escuchado que eso funciona para hacer hablar a los demás.

—No necesito una terapia... pero debo admitir que mis sentimientos son conflictivos —me sinceré.

—Cuéntamelo, Isabella.

Su curiosidad provocó que empezará a hablar sin detenerme, él me miraba atento por lo que continué con mi relato, le platiqué de mi relación con Dave y las dudas que habían surgido posterior a mi partida.

—¿Cómo te sientes ahora? —preguntó cuando finalicé mi historia.

—No hagas eso —me quejé.

—¿Qué cosa? —dijo contrariado.

—Hablarme como si fueses un psicólogo, me haces sentir como si no estuviera cuerda o no fuese racional —acoté.

—Me disculpo de nuevo... Nunca he sido bueno para hablar con los demás —expresó con pesar.

—Y yo no soy la mejor compañía, ¿cierto? —Lo miré decaída.

—Yo no he dicho eso —negó repetidas veces.

—No necesitas decirlo, el carácter que tengo lo dice todo —Sonreí a medias—. Además, he hecho que te disculpes demasiadas veces.

—Sólo me has puesto en mi lugar —alivió mi angustia—. Eres sincera, no debes sentir culpa por eso, es algo natural... me gusta —Su mirada me contempló.

—Supongo que debo agradecer —Él se rió de mi respuesta.

Después de eso, la azafata llegó para procurar nuestra comodidad, preguntando si necesitábamos algo. Se detuvo más tiempo del necesario atendiendo a Anthony después de notar que el enojo por el incidente anterior había descendido de manera notoria.

Decidí ignorar lo que sucedía alrededor mío y saqué un libro de mi mochila para entretenerme.

Las páginas avanzaban con rapidez, al igual que el tiempo, no me detuve hasta que un pensamiento cruzó mi mente.

—Eso fue efectivo —susurré sin despegar la vista de mi libro, consiente de que Anthony sabía que me dirigía a él, sentía su mirada puesta en mí.

—¿A qué te refieres? —preguntó confundido.

—"Hablarlo con alguien" —Lo miré al tiempo que repetía sus palabras.

—Me alegro que funcionara —Me guiñó un ojo.

—Recobré la sensatez —bromeé—. Debí haber sonado como una adolescente con problemas amorosos —Anthony se rió y yo lo acompañé.

—Dave es un joven afortunado... Eres muy atractiva, Isabella —Tragué en seco.

—A mí no me gusta la sinceridad en demasía.

—Sólo era un cumplido —Sonrió con picardía.

—¿Qué me dices de ti? ¿Tienes alguna relación? —Cambié de tema, nunca había sido buena para recibir halagos.

—No. —Su respuesta me alertó de que caminaba por terreno minado. No volvimos a tocar ese tema ni cualquier otro, Anthony estuvo ausente, y yo decidí no interrumpir su monólogo interno.

El vuelo de Nueva York a Rumania constaba de doce largas y eternas horas, sin ninguna escala, y aún faltaban alrededor de ocho horas antes del aterrizaje.

No había nada que hacer en aquél espacio de cubierta metálica así que opté por dormir, una manera fácil de pasar el tiempo.

Mis sueños fueron como estar frente a una pantalla sin recepción, no había nada en ellos, lo cual fue un alivio después de tener pesadillas durante una semana.

A lo largo de siete tortuosos días había presenciado el mismo sueño, no hubiese existido queja alguna si hubiera estado protagonizado por algún actor famoso, pero desgraciadamente no había sido así. Por el contrario, había algo que me ponía la piel de gallina, ese misterioso sujeto de ojos rojos.

Tal vez buscar información sobre mi destino había sido mala idea, ya que durante mi búsqueda había hallado un sinfín de artículos sobre vampiros, y era probable que me hubiese sugestionado. Sólo eso, no había nada más que temer, eran sólo sueños demasiado reales.

Abrí mis ojos, mi mente empezaba a traicionarme, cualquier apoyo que pudiese darme se esfumaba cuando meditaba demasiado las cosas.

—Justo a tiempo —Escuché la voz de Anthony—. Estaba a punto de despertarte, deberías comer algo —sugirió. Estiré un poco mis músculos agarrotados y asentí. En ese momento me di cuenta de que estaba cubierta por una manta, y me deshice de ella.

—Gracias, Anthony.

—No hay nada que agra... —Se interrumpió con la llegada de la azafata.

—¿Me llamó, Sr. Cullen? —preguntó la misma azafata que lo había atendido horas atrás.

—Sí, ¿podría servirnos la cena? —pidió Anthony amable.

—Por supuesto, Sr. Cullen, en un momento —La mujer desapareció por el pasillo.

—¿Cena? ¿Dormí mucho? —Un bostezo me atacó.

—Sí, son las siete, hora de Nueva York, dormiste alrededor de cinco horas —informó—. Temía despertarte e interrumpir tu estado de hibernación —bromeó. Yo rodé los ojos y reí.

—No he dormido bien últimamente... la falta de sueño me pasó factura —¡Lo había hecho! Había dormido como una roca.

Ninguno dijo nada más a causa de la llegada de la azafata, quien arrastraba un pequeño carro con alimentos. Ambos recibimos una ración de pasta, carne y ensalada, y comimos entre pláticas banales y anécdotas breves.

Después de eso, el tiempo se acortó, las tres horas restantes del vuelo pasaron con rapidez. El capitán del avión había anunciado el aterrizaje, seguido de las palabras: Disfruten su estancia en Rumania.

—Si necesitas algún guía turístico, no dudes en llamarme —Me tendió una tarjeta de presentación. El grueso papel mate rezaba: Vicepresidente de Masen Company seguido de su nombre y teléfono celular. Estaba tratando con el segundo al mando de una empresa multinacional, encargada de comprar acciones en las fábricas automotrices más importantes de todo el mundo, la compañía alemana Volkswagen había sido su última adquisición. Jamás me pasó por la mente que Anthony estuviera relacionado con dicha empresa.

—Gracias. Ha sido un placer conocerte —Le tendí mi mano, pero él prefirió acercarse y besar mi mejilla como despedida.

Ambos partimos en caminos opuestos. Cuando perdí de vista la mata cobriza entre la multitud, me centré en los cartelones que llevaban algunas personas, buscando mi nombre.

Una mujer alta, de notorias curvas, cabellera negra y cálidos ojos marrones, sostenía un pequeño cartel con mi nombre. La mujer era preciosa. Ella debía ser la mujer que me daría acogida y que la Universidad había asignado.

—Isabella Swan —Me acerqué a ella.

—Renata De Luca —Se presentó con un marcado acento italiano, ella se acercó a mí y besó mis mejillas—. Él es Marcus —Señaló al hombre detrás de ella, era unos centímetros más alto que Renata, su semblante lucía serio, con aquellos ojos negros pendientes del exterior, su saludo constó de un asentimiento de cabeza—, él nos llevará a casa, pero antes vamos por tus maletas.

Caminamos a la banda de equipaje y esperamos hasta que mis maletas aparecieron, Marcus las tomó y a continuación nos guió a la salida del aeropuerto. Renata, quien había pasado su brazo alrededor del mío, y yo caminábamos detrás de él. Marcus metió mis pertenencias dentro de un auto oscuro y después sostuvo la puerta trasera para que ingresáramos.

—El camino a casa es corto, sólo veinte minutos... ahora son las cinco de la mañana, pero cuando lleguemos puedes dormir si lo apeteces. Después podrás acostumbrarte al horario actual —Me sonrió con comprensión.

—Eso suena bien, gracias... —dudé en como llamarla, parecía estar en los treinta. ¿Debía llamarla señorita? ¿Tendría hijos, quizá?

—Renata —completó.

—Gracias, Renata.

Como había predicho la mujer pelinegra, el camino había sido corto. Nos detuvimos en un lugar solitario, era un terreno extenso, habíamos pasado un par de kilómetros antes de la última casa.

—Es hermosa —dije cuando salí del auto.

La casa era alta, rodeada de pastos verdes, algunas estructuras terminadas en punta, no sabía mucho sobre estilos arquitectónicos pero podía afirmar que esa construcción databa de varios siglos, era de piedra y aunque parecía haber recibido algunas modificaciones que la hacían ver más moderna, el estilo rústico seguía ahí.

—Gracias —respondió Renata ubicada a mi costado—. Vamos... entremos.

Recorrimos un camino pedregoso antes de llegar a la puerta principal, hecha de madera, que estaba abierta esperando por nosotros.

—Sue, ella es Isabella Swan, nuestra huésped... Isabella ella es Sue, nuestra ama de llaves —Renata hizo la presentación correspondiente.

—Bienvenida, Srta. Swan —yo asentí. Sue era un mujer de aproximadamente cinco décadas, sus rasgos no parecían ser nativos de la región rumana, ella tenía la piel tostada y ojos pardos.

Caminamos al interior de la casa, que hacía un contraste perfecto con la fachada, el ambiente era cálido, los muebles eran en su mayoría de madera, de un hermoso tono caoba, algunos eran más sofisticados que otros.

El recibidor constaba de una mesa redonda en el centro, con un florero sobre ella, las flores, que figuraban ser de la región, eran preciosas, todas ellas rojas y blancas. Había un tapete circular debajo de la mesa y algunas pinturas colgadas en las paredes.

Marcus, que venía detrás de nosotras, habló dirigiéndose a Renata—: Srta. De Luca, ¿en qué habitación desea que deje las pertenencias de la Srta. Swan?

—En la tercer habitación del primer piso, Marcus, por favor —solicitó Renata.

—¿Desean desayunar algo? —preguntó Sue con cortesía.

—No, por el momento... gracias Sue —contestó Renata por las dos—. Sígueme, Isabella, te mostraré tu habitación.

Renata me guió escaleras arriba hasta el que sería mi recinto durante mi estancia en Rumania. Cuando abrió la puerta, me sorprendió la decoración, una amplia cama matrimonial ubicada en la pared izquierda, con dos burós al costado, una pintura de una caballo blanco corriendo en la pradera colgaba arriba de la cabecera de la cama. En la pared frontal había una portezuela de vidrio que probablemente era destinada a un balcón; en la pared derecha había una puerta de madera y alrededor de ella un librero y un escritorio. Todas las paredes estaban pintadas de un suave color crema.

—Espero sea agradable tu estancia —Despegué mi vista de la habitación para mirar a una Renata sonriente.

—Gracias —Fue lo único que salió de mis labios.

—Te dejaré para que descanses —dijo antes de dejarme sola en aquella habitación.

Mis pies caminaron por el reluciente piso de madera hasta estar frente a la cama, un felpudo tapete blanco la tapizaba a los lados.

Me despojé de mis zapatos, me recosté en el colchón, y me dediqué a observar el techo, el sueño me había abandonado.

Después de unos desesperantes minutos sin poder conciliar el sueño, opté por levantarme, me coloqué mis botas y salí de la habitación, caminé por el pasillo y bajé las escaleras.

—¿Hola? —llamé esperando la contestación de alguien. No sabía a dónde dirigirme.

Miré el reloj de mi muñeca.

Las seis con treinta minutos.

Aún era temprano para tomar el desayuno, dudaba que estuvieran en el comedor, y aún cuando lo estuvieran, no sabía en donde se encontraba.

Decidí salir y observar los alrededores, rodeé la casa para llegar a la parte trasera, había poca luminiscencia, los rayos del sol apenas daban señales de vida. A lo lejos, en el horizonte donde el sol apenas ascendía, se extendía un bosque.

Vivir aquí debía ser algo espectacular, recién sentía la emoción de pisar territorio extranjero.

Caminé sobre el pasto y la hierba baja en dirección al bosque, aunque no planeaba adentrarme, era simple curiosidad. Me pregunté sobre la extensión de ese bosque, si Central Park podría competir contra él. La majestuosidad del paisaje era particular. De hecho, dudaba mucho que Central Park le llegase a los talones. Si una neoyorquina que amaba su lugar de origen pensaba de esa manera debían darse una idea qué tan imponente era.

Magnífico.

Fue la palabra que se vino a mi mente cuando me senté en el pasto y observé la salida del Sol, sobre las copas de los árboles.

La luz y el calor del astro fueron rodeándome, lo que me permitió percatarme de la silueta que se escondía en los límites del bosque, la silueta de una persona. Desde mi lugar no podía distinguirla, como reacción me levanté, despegando la vista de aquella sombra, por unos segundos, cuando levanté la mirada ya no había nada ahí. Un remolino de emociones me invadió. Una combinación extraña de temor y curiosidad.

Avancé un poco pero algo me hizo arrepentirme así que retrocedí los pasos que había avanzado y caminé de vuelta a la casa, cuando abrí la puerta e ingresé, vi a Renata, quien bajaba las escaleras tomándose de la balaustrada.

—Creí que seguías dormida —habló cuando llegó a mi lado.

—No pude conciliar el sueño, salí de la casa unos minutos —Miré mi reloj y noté que el tiempo había avanzado demasiado rápido para mi gusto. Cuarenta y cinco minutos había estado fuera—. El paisaje es precioso, me gustaría dar una vuelta por el bosque más tarde, si no hay problema.

—No lo hagas —respondió hostil—. No es seguro, puedes perderte —Disminuyó la rudeza de su voz.

—Está bien, no lo haré.

—Ahora, vamos a desayunar, es muy temprano pero tenemos que arreglar los papeles de tu estancia... acudir a la universidad, hay mucho por hacer —Su mirada voló a la puerta cuando el sonido de la perilla al girar resonó, yo hice lo mismo, y una cabellera cobre fue lo primero que capté.

¿Era posible?

—¿Isabella? ¿Renata? ¿Se conocen? —bombardeó de preguntas Anthony.


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La próxima actualización espero que sea pronto. Gracias por seguirme y por sus reviews. Agradezco a mi beta por ayudarme.

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G.