No todo eran rosas, sin embargo, en la vida del Sereitei. Ya hacía varios siglos, un escuadrón de combate de la Décima División había alcanzado a penetrar accidentalmente en Hueco Mundo. Antes de desaparecer para siempre, sin dejar rastro alguno, habían sido capaces de enviar un mensaje a la Sociedad de Almas que indicaba la existencia de una estructura social bastante asentada en el desierto gélido que se conoce como Hueco Mundo.
Desde entonces, la hostilidad innata entre ambos mundos se disparó hasta cotas insospechadas. La curiosidad casi malsana del Gotei 13 chocó frontalmente con la indignación y la rabia que había producido entre los hollows aquella violación de su territorio. Ambos sentimientos se alimentaban mutuamente y condujeron a un inevitable desenlace: la guerra abierta y sin cuartel que se desencadenó sólo dos décadas después de la boda entre Sadoq y Rin.
Fueron tiempos oscuros, especialmente para los mortales, cuyo mundo llegaron a dominar por completo las tropas animales de la dimensión gélida, a quienes bastó una noche para realizar la conquista. Más de dos décadas de hegemonía de Hueco Mundo, que llegaron a ocupar efectivamente los confines más remotos del Oriente del Rukongai, fueron necesarias para que el Sereitei lograra liberar el mundo mortal y hacer retroceder a los ejércitos enemigos en la Sociedad de Almas.
El Valle del Gran Sol y las Llanuras Verdes, situadas en su extremo más oriental, eran ya los únicos bastiones hollow fuera de Hueco Mundo. La victoria allí supondría su expulsión definitiva, y por ello, en la gélida mañana que sucedió al solsticio de invierno de 1452, se había decidido lanzar la última ofensiva.
Pero no iba a ser nada fácil: allí se encontraban agrupadas legiones incontables de vacíos, comandadas por los Menos, aquellas criaturas fruto de la unión de varios hollow, y, de entre ellos, sus más temibles generales, los VastLords. Por ello, se habían reunido también allí todos los miembros del Gotei 13 y sus subordinados. Sería la primera vez que los veintiséis shinigamis más poderosos en el Sereitei entrasen en combate al mismo tiempo. Sumado a la potencia de las tropas a las que debían enfrentarse, todo parecía anunciar un enorme cataclismo.
– ¿Qué estarán discutiendo? Debería estar todo totalmente claro… No lo entiendo, no lo entiendo…
Kaiser comenzaba a sucumbir ante el peso de los acontecimientos. Los trece Tenientes se encontraban agrupados mientras sus superiores permanecían reunidos decidiendo, probablemente, la estrategia a seguir durante la cruel batalla que se avecinaba. La espera podía con todos, pero especialmente con el ya naturalmente inquieto Teniente de la Décima División, que no conseguía lidiar con la tensión como hacían sus compañeros.
– Cíñete al flanco la espada, valiente – oraba mientras tanto Sadoq, al tiempo que se pertrechaba para el combate siguiendo un complejo ritual que era tradicional en su familia – es tu gala y tu orgullo. Marcha, cabalga victorioso en pro de la verdad, la piedad y la justicia; que tu diestra te enseñe a realizar proezas. Agudas son tus flechas. Sometes a los impíos. Pierden el coraje tus enemigos…
Recitaba aquellas palabras en la lengua de sus antepasados, el hebreo, aunque no suponía ningún problema para sus dos viejos amigos o para su mujer, a quienes se la había enseñado tiempo atrás, mientras aún eran académicos.
Mientras tanto, Kaiser seguía paseando intranquilo de un lado a otro del improvisado cuartel y Kumaru se abandonaba a sus habituales ejercicios de meditación para preparar su espíritu para el día fatídico que se avecinaba.
Rin le acompañaba, como solían hacer cuando estaban juntos en casa. Sentía que aquello la unía mucho más a su hermano, una sensación que había comenzado a perder hacía bastante tiempo, sobre todo desde que ella se había mudado a la mansión Ashartîm junto a su esposo, y que añoraba con toda su alma. Kumaru, Kumhard, había sido siempre su sombra protectora. Ahora necesitaba sentirlo más que nunca.
– Bendito el Señor, mi roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la batalla, mi bienhechor, mi alcázar, mi baluarte y mi libertador, el escudo que me cobija, el que me somete a los enemigos.
Las oraciones del Teniente de la Sexta División, entonadas como una especie de canto extático a la par que comprobaba una y otra vez, de forma casi neurótica, sus útiles de batalla, servían de telón de fondo para toda aquella escena. El sol comenzaba a asomar más allá de las montañas, la hora se acercaba.
– Rin – le dijo Kumaru en cuanto terminaron los ejercicios. – Ten cuidado, ¿vale?
– Eso debería decírtelo yo a ti, ¿no crees? – sonrió ella, nerviosa. – Mi puesto está aquí, en la retaguardia, pero vosotros…
– No te preocupes – intervino Kaiser, que se había acercado viendo en aquella conversación el mejor modo de espantar los nervios que le atenazaban. – Estaremos bien los tres, ¿verdad, Sa…?
Kumaru le hizo un gesto con la mano indicándole que era mejor no molestar a su cuñado en aquel momento. El lobo captó lo que quería decir y no terminó la frase. Mirando alrededor, se dio cuenta de que todos los allí reunidos parecían estar en la misma situación de nerviosismo y tensión que él, buscando métodos para relajarse.
Al fin, los cantos y las oraciones en la lengua de los hebreos detuvieron y el joven noble se unió al pequeño grupo que formaban su esposa y sus dos mejores amigos. Por fin estaba totalmente preparado. Los rezos le habían ayudado a tranquilizarse y se creía capaz de enfrentarse a todo lo que viniera por delante.
– ¿Qué os parece si…? – propuso Kaiser, aunque se detuvo. – Na… Dejadlo…
– Ahora lo dices – le instaron, curiosos, Sadoq y Kumaru.
– Es… Está bien – se encogió de hombros, mostrando una timidez inusitada en él. – En mi clan, antes de comenzar una batalla… solemos cantar una canción… un himno… pero… realmente… aquí…
– Podemos hacerlo – sonrió Rin, divertida y benévola.
A pesar de que su relación no había llegado a buen puerto, Rin y Kaiser eran los mejores amigos. La relación entre ambos dos era tan buena o casi incluso mejor que la que podían tener los dos hermanos Akano entre sí. Aunque sabían que su destino no era estar juntos como esposos, se compenetraban a la perfección, de tal manera que los que no los conocían hubieran pensado que eran familia, o, incluso, marido y mujer.
– Dejadlo, sería bastante ridículo…
Aunque en cierto modo tenía razón, y comenzar el canto de un himno que ninguno de sus compañeros conocía y que, además, era totalmente extraño a las prácticas de los shinigamis podría resultar ridículo, sus amigos entendieron perfectamente la intención. Todos compartían la sensación de que debían hacer algo que les concienciara de que aquella era una ocasión especial de la que tendrían que hablar a sus nietos, que no podían quedar por el camino.
– Lo que podemos hacer es una promesa – rompió el hielo Kumaru. – Pase lo que pase nos veremos en la mansión Akano en cuanto termine la batalla. ¿De acuerdo?
– Por supuesto – asintió Sadoq.
– De acuerdo – sonrió su hermana.
– ¿Acaso lo dudabas?
El joven Wolf, estiró su brazo hacia delante, invitando a los demás a hacer lo mismo. Sellarían aquella promesa al estilo tradicional. A Kumaru le pareció un tanto ridículo aquel gesto, pero nuevamente entendió lo importante que era aquello para su amigo. Las cuatro manos se unieron en el centro del círculo, sellando la alianza.
– Prometido – dijeron los cuatro casi al unísono.
– Vaya, vaya… Las viejas tradiciones nunca cambian… – rió el Capitán Georgos, que había sido el primero en abandonar la reunión de Capitanes. – Ni que fuera la primera vez que entráis en combate. Kaiser, nos vamos.
El Teniente miró a sus tres amigos fijamente, atesorando aquel momento en lo más profundo de su corazón. Rötterwulf estaba preparado, igual que lo estaba su portador. Guardó en su mente y en su memoria las sonrisas de sus amigos. Estaba convencido de que los cuatro volverían a verse, pero el temor inevitable a que aquella pudiera ser la última oportunidad de estar los cuatro juntos le podía en aquel momento.
Se dio la vuelta para ocultar la lágrima que comenzaba a recorrer lenta y silenciosamente sus mejillas. La presión había podido con él por primera vez en mucho tiempo y no se lo quería mostrar a sus amigos. No podían verle así, se preocuparían demasiado y tenían otras cosas más importantes de las que preocuparse.
– Vosotros tres… – dijo Rin. – No me deis mucho trabajo, ¿vale?
– Sabes que no – sonrió su hermano. – ¡Pórtate bien, Lobito!
– Seguro que me cargo yo más que tú – replicó Kaiser, tratando de recuperar la compostura. – Recordad que tenemos una promesa que cumplir…
– Lo mismo te digo…
Con las palabras de sus amigos como telón de fondo, el heredero del gran König Wolf persiguió a su Capitán y maestro hasta el exterior de la tienda. El sol, con el color del fuego, aún no había asomado del todo por encima de las colinas de levante y proyectaba unas siniestras sombras sobre el valle que parecían como presagios de la sangrienta batalla que estaba a punto de librarse en aquel escenario.
– Todo hombre tiene un destino que cumplir, Kaiser – le dijo Georgos a medida que caminaban. – Si el nuestro es este, si hoy hemos de caer aquí, nuestro deber es aceptarlo.
– ¿Habla de resignación?
– No. Hablo de aceptarlo – le corrigió. – En cualquier caso… un guerrero siempre debe enfrentarse a su destino y luchar por la vida. La muerte… es algo que no se puede aceptar hasta que es algo inevitable. Y sin embargo nosotros somos los compañeros inseparables de la muerte.
– Ya veo…
– Kaiser… Si entras en ese campo de batalla con la más mínima duda de que vayas a salir vivo de allí… Entonces es bastante probable que suceda – le advirtió.
– Saldremos victoriosos – le interrumpió su Teniente. – Tengo una promesa que cumplir.
– Yo tampoco tengo la sensación de que me haya llegado la hora así que… ¿vamos allá?
En la tienda que se había acondicionado como Cuartel-Hospital de campaña para la Cuarta División, los oficiales de rango medio, los suboficiales y los subordinados de menor graduación se afanaban en preparar todo siguiendo las instrucciones de su Teniente. La actividad de la que bullía el recinto le servía a Rin como medio para evadirse de todo lo que estaba pasando y al fin podía dejar de pensar en imaginadas catástrofes propias de las peores pesadillas. Habían pasado cinco escasos minutos desde el momento en que su hermano y su marido habían partido hacia los puestos que les habían sido asignados y las imágenes de sus cuerpos destrozados y sin vida amenazaban con llevarla a la locura. Mantener la cabeza ocupada era lo mejor que podía hacer en aquel momento.
– Teniente Akano, – la llamó su Capitán – ¿todo preparado?
– Sí, Capitán – asintió ella, girándose hacia su superior. – Los servicios básicos y de urgencia están listo. Ahora mismo los oficiales médicos están ultimando los detalles secundarios y los servicios de logística están pendientes del transporte de suministros.
– Perfecto… – musitó Minami Keita, más nervioso que nunca. – Vamos a tener mucho trabajo hoy… Será un día muy largo…
La mirada del Nigromante se perdió en la lejanía. En aquel momento, por las vastas Llanuras Verdes desfilaban ya las incontables figuras negras y blancas, que se confundían en una inmensa marea en la que sólo destacaban las capas de algunos de los capitanes, aquellos que no tenían una misión especial, como era el caso de Georgos el Grande, Xabier Suddley y el Rey de las Sombras, Ahmed Bin-Jaffet, el Capitán de la Segunda División.
Al igual que Kaiser, Kumaru seguía a su Capitán hacia la batalla seguido de un pequeño grupo de miembros del Escuadrón de Ejecutores. La misión de los dos pequeños batallones era rodear y atacar desde los flancos norte y sur al campamento de los hollows. El silencio del paisaje confería aún una mayor teatralidad a todo el conjunto. Debían moverse con el mayor de los sigilos y no alertar a los vigías del campamento enemigo. Afortunadamente para ellos, aquella era su especialidad.
La avanzadilla que había enviado la Segunda División para reconocer el terreno, le explicó Suddley a Kumaru mientras le informaba del cometido especial que les había sido asignado durante la reunión nocturna de los máximos mandatarios del Gotei 13, había indicado que las tropas de Hueco mundo parecían no estar alerta. De todos modos, con aquel tipo de criaturas cualquier precaución era poca.
– Escuadrón Alfa en posición – comunicó el Capitán Suddley por radio cuando se situaron en el punto previsto. – Estos cachivaches nuevos que se ha sacado Gugli de la manga son realmente útiles – añadió con una sonrisa.
Aquel comentario sirvió, al menos, para aliviar la tensión acumulada. El Teniente de la Novena División dejó escapar una risita nerviosa ante las palabras de su superior que hacían más fácil la espera. Aún debían aguardar la orden de ataque y, para ello, debía posicionarse el grueso de las tropas.
– Caerán a tu izquierda mil, – recitaba Farés Asharet – diez mil a tu derecha. A ti no te tocarán.
La Sexta División, la más numerosa de todas, estaba posicionada en la vanguardia del ejército del Gotei 13, inmediatamente detrás de la Undécima División. Sadoq, que caminaba junto a su padre, esperaba recibir las últimas instrucciones antes de marcharse a ocupar el mando de un contingente mixto de combatientes de la Novena y la Décima División.
– ¡El Señor está con nosotros! – gritó su padre. – ¡Expulsaremos a los impíos de esta tierra sagrada!
Farés Asharet parecía en éxtasis, pero Sadoq no le dio importancia. No era la primera vez que o veía así. Entraba en aquella especie de trance místico ante la perspectiva de cada batalla, una vez había concluido las oraciones preparatorias. El joven apartó la mirada de su padre pues no le gustaba nada aquel tipo de situaciones. Él también oraba. Lo hacía antes de cada batalla. Pero los exagerados trances extáticos del Capitán lo sacaban de quicio.
– Hoy es un gran día, hijo mío – le dijo Farés. – Hoy el nombre de los Ashartîm quedará inscrito con letras de oro en las páginas de la historia de la Sociedad de Almas, porque nosotros seremos sus libertadores.
Sadoq arqueó una ceja y adoptó una expresión neutra mientras esperaba a que su padre acabara con el discurso grandilocuente con el que ya había previsto que le agasajara. No le prestó mucha atención a sus palabras, pues intuía lo que le diría acerca del destino y la eminencia de la familia Ashartîm y sus deberes y su responsabilidad para con ella.
– Hoy es el día en el que comenzará a cumplirse la profecía sobre nuestra casa – concluyó el anciano Capitán. – Hoy se abrirá el camino que nos llevará al gran poder. Estoy convencido. Nuestro Señor nos ha bendecido con la promesa de un gran poder – sonrió exaltado. – ¡Hoy comienza la Era Ashartîm!
Mientras el Teniente de la Sexta División caminaba hacia su posición al frente del batallón que le había sido asignado, no podía dejar de pensar en las últimas palabras de su superior. ¿Por qué mencionar en aquel preciso momento la profecía? Había conseguido aislar su mente de aquello para poder mantener su cabeza despejada durante el combate. ¿Por qué tenía que haber tratado aquel tema para regresarlo a su mente? Tenía que relajarse. No era el momento para distracciones.
Lanzó una mirada a su flanco derecho. Avanzaba en paralelo al grueso del Sexto Escuadrón, comandado por su Capitán y por el Tercer Oficial, su hermano pequeño, Jeconías. Más allá de ellos se encontraba el escuadrón del Capitán Estévez, la Quinta División, que atacaría desde el flanco sur una vez les fuera indicado. Les seguía el Octavo Escuadrón, en el que, aun a pesar de la lontananza, destacaba la gigantesca figura de su líder, Orrin Klapp, a quien apodaban el Capitán Sol, por el color rubísimo de su larga melena.
Por el norte, a la izquierda según avanzaba Sadoq, iba la Tercera División, con el refinado hasta el grado del esperpento Capitán LeBon al frente. Junto a él departía su mejor amigo, Abel Gama, el único de piel negra entre los máximos mandatarios del Gotei 13. Su División, la Séptima, estaba posicionada a la retaguardia de la del francés, aunque las estrechas relaciones en sus miembros y el hecho de que los dos líderes caminaran juntos los hacía parecer como una única compañía.
En la retaguardia del ejército caminaba la División Decimotercera, que escoltaba al Capitán General y su Escuadrón. Sadoq no entendía la decisión del Consejo de relegar a la retaguardia un contingente tan poderoso como el que comandaba el Capitán McCarthy, el Demonio Rojo, pero no era su tarea discutir las órdenes y menos aún cuando a él le habían encargado una responsabilidad inusitada para un Teniente. En aquellas circunstancias, lo extraño parecía normal y, de hecho, no era el único Segundo Oficial al que se le había encargado una misión como aquella. Había sucedido lo mismo con sus homólogos de la Quinta y de la Octava División.
Para completar la escena digna de una de aquellas epopeyas que afloraban en el mundo de los humanos y que narraban las grandes gestas de reyes, héroes y dioses hechos hombre, por doquier se podían observar los distintivos carmesíes que identificaban al Escuadrón de Artes Demoníacas. Sus miembros estaban desperdigados por entre todos los batallones, para poder prestar el apoyo necesario a los ejércitos regulares, y sus dos máximos dirigentes, siempre envueltos por aquel halo de misterio que tanto inquietaba a muchos, acompañaban al General Kraug en la retaguardia. Sus identidades permanecían en el más absoluto de los secretos, lo que favorecía la aparición de leyendas a cada cual más imaginativa alrededor de aquellos dos individuos, de quien se decía, incluso, que no eran humanos.
No había logrado localizar, sin embargo, a la Duodécima División. Seguramente parte de sus miembros estaría coordinando aquel nuevo sistema de comunicaciones que no llegaba a entender y otros estarían analizando la batalla cómodamente desde los misteriosos laboratorios de su Cuartel, pero ¿y el resto?
Todos los batallones avanzaban velozmente, pues debían haber alcanzado la posición indicada antes de que el sol acabara de asomar sobre las montañas. Entre tanta excitación, Sadoq fijó de nuevo la mirada sobre su padre. ¿Merecía aquel fanático ver el cumplimiento de la profecía? Farés Asharet era un hombre ciego de ambición y borracho de poder, ¿sería él en quien se cumplirían las profecías? No podía permitirlo.
– Capitán Georgos en posición – anunció una voz gravísima a través de la radio.
– Creo que debería decir "Escuadrón Beta" – sonrió Kaiser, viendo cómo le costaba a su superior entenderse con las nuevas tecnologías. – "Escuadrón Beta en posición".
– Escuadrón Beta en posición – murmuró resignado el viejo maestro, activando de nuevo el sistema. – Deberían haberme entendido a la primera.
– Escuadrón de Ejecutores en posición – correspondió el acento árabe de Bin-Jaffet al otro lado de la radio.
– Es repetirse… pero lo mismo por aquí – anunció Suddley. – Escuadrón Alfa posicionado.
– Escuadrón Médico preparado – indicó Minami Keita. – No nos deis mucho trabajo.
Mientras las voces salían una tras otra del diminuto auricular que llevaba en el oído, Alexander Kraug recorrió con la mirada el campo de batalla. Todo estaba preparado. Hacía poco que había sido promovido a la Capitanía de la Primera División y, por consiguiente, a la Generalato del Gotei 13 desde su antiguo puesto de Capitán de la Quinta División. Aquella era la primera gran orden que debía dar: enviar a un diezmado Gotei 13 a una lucha sin cuartel, a una carnicería que probablemente decidiría el curso del resto de la historia.
– No hay marcha atrás – se dijo.
Su mirada nerviosa e indecisa se topó con la de su buen amigo Patrick McCarthy. El escocés le sonrió para tratar de inculcarle una tranquilidad que él mismo no tenía. No podía aguantar la presencia inquietante de los dos encapuchados del Escuadrón de Artes Demoníacas a su espalda. Pero al menos parecía haber podido calmar a su superior.
– Grupos de avanzadilla… Escuadrones Alfa y Beta – decidió – procedan.
En cuanto la orden llegó, los dos pequeños destacamentos liderados por Xabier Suddley y por Georgos el Grande abandonaron sus escondites y avanzaron a toda velocidad hacia el campamento enemigo. Su misión consistía en penetrar desde los flancos norte y sur del campamento donde estaban asentados los ejércitos de Hueco Mundo y retirarse hacia el Oeste, para reagruparse con el resto de los ejércitos del Gotei 13.
Se trataba de "picar como avispas", en palabras literales del General Kraug, para distraer la atención de los contingentes principales, imposibles de ocultar. Una vez ellos comenzaran a penetrar entre las líneas enemigas, cumpliendo su objetivo de sembrar la confusión, las verdaderas avispas, los Ejecutores, tanto el grupo principal, desperdigado por los alrededores del campamento, como los que acompañaban a los Capitanes y sus tenientes, debían convertir esa confusión en caos.
Por ello habían sido elegidos ellos, porque eran los más rápidos entre los oficiales de alto rango del Sereitei y, probablemente, de entre todos los habitantes de la Sociedad de Almas. En pocos minutos, regueros de cadáveres indicaban los caminos que habían seguido cada uno de los cuatro oficiales a través del asentamiento.
Casi como un zumbido, incontables entrechocares de espadas indicaban que la Segunda División había entrado en acción. Realmente parecían un ejército de insectos con sus ágiles y veloces movimientos que eran incapaces de igualar la mayoría de los torpes y corpulentos vacíos. La intervención de aquel nuevo contingente era la señal indicada para que los cuatro altos mandos se retiraran hacia el Oeste.
– Divisiones Undécima y Sexta, – ordenó, ya más sereno, el General – avancen.
Un grito estremecedor, casi como un rugido, inundó entonces el campo de batalla. Era el grito de guerra del Undécimo Escuadrón del Gotei 13, el más sanguinario, violento y feroz de todos los que integraban el ejército. Su líder, Ragnar Rommeveit, el Dragón, era el mayor exponente de aquel carácter distintivo que les había hecho famosos en el mundo entero como enemigos temibles e implacables.
Implacable era precisamente el adjetivo que mejor describiría el avance de los shinigamis, que habían sorprendido por completo a sus enemigos, a pesar de que estos llevaran preparándose desde que, en la tarde anterior, hubieran apercibido la presencia de los hombres de negro y blanco en los alrededores de su campamento. La sorpresa había servido a los hombres del Sereitei para anular la mayor ventaja de las feroces bestias de Hueco Mundo: su superioridad numérica, que era capaz de suplir la profunda indisciplina de sus tropas.
La vanguardia shinigami atravesó las filas de hollows comunes como un cuchillo atraviesa la mantequilla. Muy pocos de aquellos animales que un día habían sido humanos normales y corrientes, y quien sabe si incluso alguno de ellos había mantenido amistad con los que hoy eran sus adversarios, lograron sobrevivir al envite de los sanguinarios asesinos de la Undécima División; pero los supervivientes se encontraron de frente inmediatamente al fanatismo del escuadrón de los Ashartîm, que nada tenía que envidiar a los que les precedían en ferocidad.
– Flancos, ataquen.
Los vacíos quedaron definitivamente cercados cuando las Divisiones indicadas cumplieron la orden del General Kraug. Pocos minutos después, el resto de Divisiones entró en combate, anulando absolutamente a los hollows comunes que aún sobrevivían y a los Gillian, los Menos menos evolucionados y, por tanto, menos poderosos, aunque de un tamaño monstruoso y un aspecto gigantesco que los hacía parecer más temibles de lo que en realidad eran. En cualquier caso, eran Menos Grandes, y sólo los oficiales mejor preparados eran rivales dignos para enfrentarse a ellos en un uno contra uno.
Pero no todo eran luces. Al Cuartel-Hospital provisional de la Cuarta División llegaban cada vez más y más heridos y las múltiples bajas que ya se estaban produciendo allí abajo, en las Llanuras. Las medidas que había dispuesto Rin en previsión de la avalancha de trabajo daban sus frutos, pero aún así parecían insuficientes para cuando llegase la parte más cruenta de la batalla.
Ciertamente, las tropas del Gotei 13 apenas se habían enfrentado aún a hollows y Gillians, las criaturas más débiles de entre los ejércitos bestiales. Aún debían enfrentarse a los Menos de mayor rango, los Adjuchas y los VastLords, aquellas clases de Menos en los que uno de los hollows integrantes de aquella extraña fusión había logrado dominar a los demás y evolucionar, alcanzando unas cotas de poder y una racionalidad inexistente entre sus homónimos de mayor tamaño. Aquellos, especialmente los últimos, que tenían forma humanoide, eran rivales temibles. Sólo alguien con un poder comparable al de un Capitán podría soñar con plantarle cara a un VastLord.
Afortunadamente para la Sociedad de almas se cumplían las mejores previsiones y el número de bajas, entre caídos y heridos, entraba dentro de los márgenes que se habían considerado como "aceptables" a esas alturas de la batalla. Mejor aún, los oficiales de alto rango, los Tenientes y los Capitanes continuaban en combate, prácticamente ilesos, y las magníficas labores del Capitán Minami y de la Teniente Akano permitían enviar a muchos de los heridos de vuelta al campo de batalla, generando un confortable efecto de refresco en el momento más oportuno, pues llegaba la hora de la verdad, en la que debían enfrentarse a los más poderosos enemigos.
Akano Kumaru se paró y tomó aliento para continuar la ofensiva aprovechando un momento de tranquilidad a su alrededor. Como si se hubieran citado en el campo de batalla, Kaiser y Sadoq aparecieron junto a él. Los dos no parecían tener más que unos pocos rasguños sin importancia, de esos que son inevitables en una batalla, sobre todo una de esas características, y la mayor parte de la sangre que impregnaba sus uniformes era de los vacíos que ya habían derribado.
– Quedan los gordos – sonrió Kaiser que, vencidos sus miedos iniciales, estaba disfrutando del combate de una forma casi animal, como solía hacer habitualmente.
– ¿Vamos allá? – propuso Sadoq, mientras oteaba el horizonte en busca de su padre, cuyas palabras seguía rumiando en su interior.
– Vamos allá – asintió Kumaru, incorporándose. – Es el momento… Recordad la promesa.
– ¡Rin! – llamó Kaiser por el comunicador que le había entregado su Capitán, viendo su inutilidad para el manejo de aquellos aparatos.
– ¿Qué haces? – le miró extrañado Sadoq.
– Oh, vamos – replicó el Teniente del Décimo Escuadrón. – Voy a tranquilizarla. Los tres estamos bien y seguro que está preocupada por nosotros.
– Aquí la Teniente Akano – se escuchó la voz de la pequeña de los Åska a través de la radio.
– Estamos los tres bi…
– Dejen de mal usar el sistema de comunicaciones – interrumpió la Capitana Marlatti. – Esto es para cosas serias.
– Gracias – se escuchó a la voz de la segunda al mando de la Cuarta División mientras se cerraban las comunicaciones.
– Eres de lo que no hay – meneaba la cabeza Kumaru, sonriente. – En fin… Allá vamos…
El joven Kumhard Åska desenfundó de nuevo su espada y la miró fijamente. Luego paseó su mirada por la de sus amigos y los tres supieron que había llegado el momento. Aunque aún volaba sobre ellos la posibilidad de no volverse a ver, aquella inesperada reunión en el medio del caos era el presagio de que todo iba a ir bien.
– ¡Muestra el poder del Rey Tuerto y resquebraja los abismos! – gritó Kumaru. – ¡Nottung!
– Aúlla a la luna sangrienta, ¡Rötterwulf!
– ¡Desciende de los cielos y somete la Creación, Luzbel!
