El autocontrol del que siempre se había enorgullecido Quinn amenazaba con desaparecer. Rachel había roto aguas y estaba a punto de dar a luz. La línea telefónica se había cortado en algún momento de la tarde y en los alrededores de la casa había casi un metro de nieve. Todo en lo que confiaba normalmente estaba ahora fuera de su alcance, y eso significaba que iba a resultarle imposible llevarla a la ciudad.

Al menos contaba con tres generadores de emergencia y un montón de enciclopedias. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, tenía que confiar en el instinto en lugar de en la tecnología. A pesar de lo insegura que eso la hacía sentirse, tenía muy claro que no iba a dejar que Rachel lo notara.

Después de varios minutos de angustia, había conseguido llevarla hasta la cama y proveerse de todo lo que creía necesario en esos casos: toallas, agua caliente y agua fría, tijeras, más toallas, un cordón. Entre contracción y contracción leyó todo lo que pudo, y cuando el dolor hizo a Rachel retorcerse y gritar todo lo que le daban los pulmones, intentó tranquilizarla sin dejarle siquiera sospechar que lo que estaba viendo la hacía estremecerse de pies a cabeza.

Estaba avivando el fuego de la chimenea cuando oyó la voz débil de la morena que la llamaba. Cruzó la habitación y se arrodilló al lado de la cama.

—No hay manera de llevarme al hospital, ¿verdad? —le preguntó con los ojos llenos de preocupación.

—Me temo que no.

Rachel se quedó en silencio, con la mirada perdida en el vacío; parecía estar concentrándose en algo. Quinn no sabía qué hacer, solo sabía que no quería hacer ninguna pregunta estúpida.

—¿Quieres que te traiga algo?

—No se te ocurra moverte de ahí —respondió Rachel moviendo la cabeza justo antes de agarrar las sábanas y retorcerse de dolor, hasta el punto que gotas de sudor empezaron a mojarle la frente.

—No te preocupes, estoy aquí —tenía que ayudarla de algún modo, hacer que se sintiera a salvo.

Le habría gustado sentir parte del dolor que estaba sintiendo ella, pero lo que hizo fue ocuparse de las cuestiones prácticas. Agarró un paño húmedo y se lo pasó por la cara y el cuello mientras le susurraba palabras de aliento, asegurándole que todo iba a salir bien.

—¿Cómo estás? —le preguntó cuando había acabado la contracción. Sabía que se trataba de una de esas preguntas estúpidas que no quería hacer, pero los nervios la estaban traicionando.

Rachel la miró con ojos fatigados.

—Como si un camión me estuviera pasando por encima de la tripa.

La sonrisa que dibujó su rostro después de decir aquello volvió a demostrarle que Rachel seguía siendo una mujer valiente y muy, muy especial. Allí estaba, enfrentándose con bromas al dolor.

—Tengo que decirte algo, Quinn —le dijo mientras buscaba su mano, ella la agarró con fuerza.

—Dime, Rachel.

—Tengo mucho miedo.

Sin pararse a pensarlo, se llevó su mano a la boca y la besó suavemente.

—Lo sé.

—El bebé llega un mes antes de lo debido.

—Todo va a salir bien —jamás en su vida había sentido tanta impotencia— Las dos juntas vamos a hacer que esto salga bien, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —cerró los ojos y su respiración se hizo más lenta— Dime algo que me distraiga, cualquier cosa.

—Cualquier cosa…

—Háblame de aquel día.

—¿Qué día?

—El día que llegaste a Lima —le dijo apretándole la mano— El día que te marchaste de ese lugar tan horrible.

Quinn titubeó unos segundos. Había compartido con Rachel y con su padre ciertas cosas de su pasado, pero había algunos detalles que jamás había revelado a nadie, cosas que había jurado no volver a recordar. Sin embargo, en aquel momento habría hecho cualquier cosa por Rachel.

Cuando empezó a hablar notó la garganta seca.

—Me marché de Youngstown un lunes por la mañana, llevaba cincuenta centavos en el bolsillo y solo la ropa que llevaba puesta. Caminé más de cincuenta kilómetros, hasta que estuve demasiado cansada para continuar y me senté en el arcén de la carretera para hacer autostop —Quinn la miró y comprobó que parecía más relajada que antes, eso le dio fuerzas para seguir con su relato— Era verano y hacía mucho calor, tanto que yo llevaba la camiseta empapada en sudor. Recuerdo que me sorprendió mucho que alguien parara para llevarme.

—Seguro que alguien te encontró atractiva con esas pintas y te ayudó —bromeó Rachel con voz débil.

—Era una mujer de unos setenta años —respondió ella riéndose.

—¿Se...? —su rostro se puso en tensión ante la llegada inminente de otra contracción— ¿Seguro?

—No hables, Rachel —le susurró— Intenta respirar y piensa que pronto vas a ser mamá.

Al oír aquello, Rachel recuperó parte de su fuerza y en sus ojos apareció una expresión de satisfacción.

—Yo puedo hacerlo, ¿verdad?

—Claro que puedes.

Unos segundos después, había pasado otra terrible contracción.

—Entonces... te subiste en el coche de esa mujer y... ¿qué pasó después?

—Pues yo no había desayunado nada y me estaba muriendo de hambre cuando la señora me ofreció unas galletas deliciosas que ella misma había hecho, me dijo que comiera todas las que quisiera, pero a mí me daba vergüenza. Al final me las comí todas, aunque con un gran sentimiento de culpabilidad hasta que la señora me dijo que no pasaba nada.

—¿Fue entonces cuando te diste cuenta?

—¿De qué?

—De que tu suerte estaba a punto de cambiar.

Quinn pensó en aquello un momento mientras le daba un suave masaje en el hombro con la mano que no tenía agarrada a la de ella. Lo cierto era que la palabra suerte nunca había figurado en su vocabulario, aunque...

—Supe que mi suerte había cambiado en el momento en que puse un pie en aquella tienda de Lima donde las niñas empezaron a llamarme... —se le hizo un nudo en la garganta— tullida.

En la habitación no había más ruido que sus respiraciones y el chisporroteo de las ramas en el fuego.

—Y entonces aparecí yo con mi pistola de agua.

—Y les disparaste hasta que salieron corriendo.

A Rachel se le escapó una sonora carcajada.

—Parecía que se hubieran orinado encima.

Quinn recordó las miradas de aquellas jóvenes que acababan de ser tan crueles con ella, y el rostro triunfante de la joven Rachel empuñando su pistola de agua como si de una magnum 57 se hubiera tratado. Quizá tuviera razón, quizá existiera algo llamado suerte y fuera ese el día que la suya cambió.

—Sí, fue un buen momento.

—Sí —la mirada de Rachel fue como un rayo de sol para Quinn— Me alegro mucho de que estés aquí conmigo.

Fue como si alguien acabara de clavarle una flecha en el corazón. Rachel confiaba en ella para que su bebé llegara al mundo sano y salvo. No iba a defraudarla. Llevaba toda la vida superando retos y aquel iba a ser uno más.

Otra explosión de dolor se reflejó en su cara y en todo su cuerpo. Quinn no sabía demasiado sobre partos, pero era obvio que las contracciones eran cada vez más frecuentes. El niño no tardaría mucho en nacer.

Pero la noche dio paso al alba. El dolor seguía sin darles tregua y toda la valentía que había demostrado Rachel al principio se estaba consumiendo por el agotamiento. No obstante, se negaba a rendirse. Podía notar una extraña conexión con el bebé que le daba fuerzas para continuar, debía de ser la señal de que madre e hijo estaban por fin preparados para conocerse.

—Necesito que empujes fuerte, Rachel.

Quinn la miró intentando transmitirle su energía. Ella también estaba sudando por el esfuerzo y eso hacía que Rachel no sintiera la más mínima vergüenza de tener que compartir esos momentos con ella, porque sabía que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por ayudarla y hacerla sentir cómoda; por su parte, Rachel cada vez se encontraba más unida a Quinn.

—Respira hondo y empuja todo lo fuerte que puedas.

Rachel se apoyó en los codos y empujó con la poca energía que le quedaba mientras se mordía el labio. El sabor de la sangre se confundió con la sensación de que la estuvieran abriendo en canal.

—Muy bien —la animó Quinn— Otra vez. Respira hondo y...

—Quinn, si me ocurre algo...

—No te va a ocurrir nada —interrumpió ella inmediatamente con tono firme— No mientras yo esté contigo, ¿entendido?

De pronto fue como si el tiempo no hubiera pasado. La ira de Quinn había desaparecido y en su lugar surgió la estrecha unión que en otra época había habido entre ellas. Aunque esa vez era Rachel la que necesitaba de su fuerza.

—¡Empuja, Rachel! ¡Empuja fuerte!

Arqueó la espalda y dio todo lo que llevaba dentro. En su cabeza se mezcló el dolor, el miedo y la impaciencia. En su cuerpo el sudor y las lágrimas. ¿Sentirían todas las mujeres el terrible pánico que se estaba apoderando de ella?

—Dios, Rachel…

—¿Qué? —preguntó alarmada— ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?

—Nada malo —aseguró Quinn— Puedo verle la cabeza —estaba sencillamente maravillada— ¿Crees que podrás empujar una vez más?

En ese instante desapareció de Rachel cualquier rastro de temor. Mientras el viento de la mañana soplaba al otro lado de la ventana y la nieve seguía cayendo, ella luchó por su hijo con la fuerza que le daba la adrenalina y la impaciencia.

—¡Eso es, Rachel! ¡Eso es!

Unos minutos después se podían oír los llantos de madre e hijo. Dejándose caer derrotada sobre la cama, Rachel sonrió satisfecha.

—¿Rachel?

Abrió los ojos y vio a Quinn sujetando al bebé.

—Es una niña.

Una niña, repitió Rachel en silencio y con los ojos llenos de lágrimas observando aquel milagro hecho persona.

Quinn estaba emocionada, y no sólo porque acabara de asistir a un parto, sino porque estaba siendo testigo del extremo amor de una madre por su hija. Después de cortar el cordón umbilical, limpiar a la pequeña y envolverla en una toalla limpia, se la entregó a Rachel, que no podía dejar de llorar y reír al mismo tiempo.

Unos minutos más tarde la morena la miró.

—Gracias.

A Quinn le habría gustado decirle que era ella la que estaba agradecida por haber podido ser parte de todo aquello, pero no lo hizo; estaba demasiado confundida por las emociones que estaba sintiendo y que no conocía.

—Has estado increíble, Quinn Fabray.

—Tú también —le dijo con los ojos clavados en los de ella— ¿Cómo la vas a llamar?

—Había pensado llamarla Harmony —respondió mirando embelesada a la pequeña.

—¿Por tu padre? —Quinn recordó aquella charla en la que el padre de Rachel confesó que antes de nacer, su esposo Leroy y él tuvieron varias discusiones sobre el nombre de Rachel. El hombre quiso llamarla Harmony, pero finalmente cedió ante Leroy y su petición de llamarla Rachel, a cambio, Hiram eligió "Barbra" como su segundo nombre. Quinn estaba segura de que Hiram se habría sentido muy orgulloso de su hija en ese momento.

—Sí. ¿Qué te parece?

La pregunta dejó a Quinn boquiabierta. ¿Qué derecho tenía ella a opinar?

Rachel le agarró la mano.

—Quiero saber tu opinión. Tú has ayudado a traerla al mundo.

—No, lo has hecho tú todo.

—Eso no me lo creo, ni yo ni Harmony —respondió sonriendo a pesar del agotamiento.

Quinn miró a la pequeña, que miraba a su mamá con unos tremendos ojos azules. Sabía que la mayoría de los recién nacidos tenían los ojos azules, pero pensó que este caso se debían a la herencia genética de su padre. De lo que sí estaba segura era de que pocos recién nacidos tenían esa adorable expresión... o esa madre tan preciosa. No pudo impedir que una sonrisa le iluminara el rostro. No creía haber sonreído tanto en toda su vida.

—Creo que es el nombre perfecto para la niña perfecta —dijo por fin con cierta brusquedad.

—Sí que es perfecta, ¿verdad? —le preguntó Rachel orgullosa.

Quinn se limitó a observarlas maravillada. En pocos segundos madre e hija se rindieron a la extenuación y se quedaron dormidas.

Ella se dirigió hasta el sillón casi sin poder mover la pierna y se derrumbó sobre él. De todo lo que había hecho en su vida, traer al mundo a Harmony y dejarla en los brazos de su madre había sido su mayor logro. Y sabía que nada de lo que le sucediera a partir de entonces nada podría siquiera acercarse a la belleza de aquel momento.


La tormenta de nieve continuó durante la mañana del día siguiente hasta la tarde tenebrosa. Sin embargo Rachel despertó con una increíble sensación de plenitud y satisfacción. A pesar de que le dolía el cuerpo entero, jamás se había sentido más feliz. Y todo era porque hacía solo unas horas que se había convertido en madre.

Con solo recordarlo se le dibujaba en los labios una enorme sonrisa y hasta se le olvidaba dónde estaba. De pronto le daba igual si no podía marcharse de la casa de Quinn, o si se retrasaba la inauguración de la pastelería, solamente quería hacer perdurar mientras pudiera la emoción de aquel momento.

Claro que no le vendría mal la visita del doctor Sullivan para que este le confirmara que todo estaba como debía. Desgraciadamente todavía tendría que esperar uno o dos días para que eso sucediera.

La pequeña Harmony se movió con inquietud entre sus brazos y, con solo mirarla, el instinto de Rachel le dijo qué era lo que quería.

Aquel era un momento histórico, estaba a punto de darle el pecho a su hija por primera vez, y eso la asustaba. Había leído toda la teoría necesaria pero, como en todo, seguramente la práctica sería muy diferente. Se abrió la bata lentamente mientras colocaba a la niña como se lo había visto hacer a otras madres; no tardó en comprobar que no había ninguna necesidad de preocuparse, porque en solo unos segundos Harmony había encontrado el camino hasta el pecho y se había puesto a mamar como si llevara meses haciéndolo.

Estaba claro que aquello era lo más natural del mundo. Y algo que a Rachel le habría gustado compartir con alguien.

Alzó la mirada. Al otro lado de la habitación, en el sillón de terciopelo descansaba su particular "heroína".

Mientras ellas dormían, Quinn debía de haberse quitado la camiseta sucia y no se había molestado en ponerse otra limpia. Por supuesto, a Rachel no le importaba lo más mínimo que estuviera allí en sujetador y con el torso desnudo. De hecho, se entretuvo en observarla minuciosamente. Tenía el pelo alborotado, el cuerpo relajado y los labios un poco entreabiertos. A medida que sus ojos iban bajando hacia el pecho, el corazón de Rachel se iba acelerando. Se moría de ganas de tocarla, deseaba tenerla más cerca por mucho que supiera que debía controlar esos sentimientos.

Merecía el descanso porque había luchado mucho para cumplir su promesa de sacarlas a ella y a su hija sanas y salvas de aquel difícil parto. Y ella jamás podría olvidar la imagen de Quinn entregándole a la pequeña Harmony. Orgullosa. Y tan guapa...

En aquel momento en que la vida parecía perfecta, Rachel habría deseado que ella fuera su pareja y la madre de su hija. Tenía que apartar aquellos pensamientos de su cabeza, debía recordar que Quinn era solo su amiga, una mujer que la había ayudado para saldar una deuda que creía tener con ella.

Retiró la mirada de ella pero en realidad su bella dama no estaba dormida. Quinn tenía los ojos cerrados pero escuchaba todo lo que sucedía en la habitación, llevada por un profundo, y quizás ilegítimo, instinto de protección.

Por eso sabía que Rachel estaba dando de mamar a la pequeña y se sentía incómoda. No sabía si debía quedarse o marcharse, o si tenía derecho a compartir ese momento tan íntimo. Sin embargo y a pesar de las dudas, su deseo de estar cerca de ellas pudo más.

Justo entonces el dolor en la pierna se hizo tan intenso que tuvo que moverse para poder estirarla.

—¿Quinn?

Lo último que quería era perturbar la paz reinante, pero tampoco podía no contestar.

—¿Sí?

—Pensé que estabas dormida.

—Es que me dolía la pierna.

—Bueno, pues ya que te has despertado… —dio unas palmaditas en la cama invitándola a sentarse a su lado— Me encantaría tener un poco de compañía.

Quinn se sintió inquieta. Estaba más segura a unos metros de distancia.

—Vamos, así puedes estirar la pierna.

—¿Estás segura?

—Claro que sí.

Cualquier duda se esfumó al instante. Le daba igual si tenía derecho o no, quería estar cerca de ellas, quería compartir lo que Rachel estaba dispuesta a darle.

Aquella tormenta le había permitido olvidar su pasado y toda la rabia contenida; se había creado de pronto una especie de mundo de ensueño. Al fin y al cabo, ¿quién era ella para romper aquel delicioso encantamiento? De hecho, seguramente acabaría rompiéndose sin su ayuda; en un par de días Rachel se marcharía con Harmony y ella volvería a su vida normal. El cuerpo entero se le puso en tensión al pensar aquello.

Decidió no preocuparse con lo que pasaría, así que se levantó y fue a sentarse al lado de Rachel, que tenía a la pequeña mamando satisfecha de uno de sus pechos.

—Debes de estar agotada —le dijo Rachel con dulzura.

—Estoy bien. ¿Tú qué tal estás?

—Genial. Cansada pero genial —al decir aquello miró hacia la ventana— Parece que la tormenta se está alargando. Me temo que vamos a estar molestándote un poco más.

—Y yo me temo que tú vas a tener que seguir sufriendo mi comida.

Rachel respondió con una carcajada y luego volvió a mirar a su hija; sin darse cuenta, Quinn hizo lo mismo. La pequeña Harmony tenía los ojos cerrados y Rachel estaba preciosa, tan natural con el pecho desnudo y una suave sonrisa en los labios. Era lo más dulce que había visto jamás, lo más dulce y lo más...

Quinn se puso en pie inmediatamente y se pasó una mano por el pelo con un gesto de confusión. No se atrevía a poner nombre a lo que estaba sintiendo. Tenía que salir de esa habitación antes de volverse loca por completo.

—Debes de tener hambre. ¿Qué te parece si voy a preparar algo de comer? —sugirió con normalidad.

—Sé que debería estar muerta de hambre, pero no lo estoy.

—Pero necesitas estar fuerte, después de lo de la tormenta y del parto... Es demasiado para solo dos días.

La expresión de Rachel se dulcificó aún más.

—No te vayas.

Era como si le clavaran cientos de alfileres en el pecho. Lo que más deseaba en ese instante era quedarse allí con ella y eso la hacía sentirse nerviosa.

Durante toda su vida Quinn no había sido ninguna monja. Las mujeres siempre se habían acercado a ella porque sabían quién era y, aunque tenían ciertas reticencias por su reputación, la curiosidad siempre podía más. Por su parte Quinn solía mantener las distancias y ser sincera con ellas, de manera que aquellas que acababan en su cama lo hacían a sabiendas de que ella no buscaba relaciones serias.

El resumen de todo aquello era que había evitado necesitar a nadie o que alguien la necesitara.

Eso era lo que veía en ese mismo instante en los ojos de Rachel, y eso era precisamente lo que le daba tanto miedo. Pero lo que más la aterraba, y lo que más le costaba admitir, era que también lo notaba en sí misma. Tenía que alejarse de Rachel inmediatamente.

—Voy a hacerte otro sándwich —insistió, provocando una expresión de decepción en el rostro de la morena, que enseguida hizo un esfuerzo para que no se le notara.

—Está bien, pero después prométeme que dormirás un rato.

Quinn asintió y salió de la habitación. Los pinchazos de la pierna se habían intensificado y, aun así lo que más la molestaba era lo que sentía en el pecho. Quería que durmiera un poco. Pues si dormía, lo haría en el sillón porque, por muy claro que viera que tenía que alejarse de ella, también sabía que mientras Rachel y su hija estuvieran en su casa, eran su responsabilidad y debía velar por su bienestar.

Pero, ¿cómo iba a explicárselo a Rachel? Y sobre todo, ¿cómo podía explicarse a sí misma el tremendo sentimiento de protección que la morena le provocaba? ¿Cómo iba a deshacerse de tal sentimiento antes de que la devorara por dentro?


He intentado actualizar lo antes posible xD

Gracias por los follows, favs y reviews :)