Supongo que cuando dije "menos drama" me estaba sobreestimando. Supongo también que debe resultar ligeramente molesto que cada nota de autor comience con un "supongo".

Este capítulo es más largo, aunque quizá resulte un poco fastidioso ya que sólo son más explicaciones. Para el siguiente capítulo prometo un poco más de historia.

Gracias, como siempre, por sus comentarios (que leo siempre con una sonrisa en los labios y que les juro que un día de estos voy a responder directamente), por sus alertas, por sus lecturas.

Sólo tengo una cosa que añadir: perdónalo, Poppy; no sabe lo que hace.


La Memoria de los Elefantes

You can flee with your wounds just in time or lie there as he feeds

Watching yourself ripped to shreds and laughing as you bleed

Elephants, Rachael Yamagata

III.

La lluvia seguía estrellándose con furia contra los cristales de las ventanas, pero parecía apenas un susurro lejano opacado por el ominoso sonido de la sangre cayendo sobre la sangre en gotas pesadas que resonaban cruelmente llenando la habitación. Tenía el corazón detenido y no pronunció una sola palabra mientras ella tapaba el frasco, mientras ella se colocaba un trapo en la articulación y flexionaba el brazo. No dijo nada cuando tomó asiento en la silla contigua, cuando apoyó el codo derecho sobre la mesa y dejó caer la cabeza sobre su mano con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor.

Era su sangre la que corría helada de espanto por sus venas, y saberlo era peor que soportar la lástima de Potter, de los Weasley, del mundo entero. Ella estaba débil y sangrando por él, para él. Era atroz e inhumano. Sentía el cosquilleo de la rabia extenderse despacio en palpitaciones quedas y pausadas, sentía la repentina necesidad de meterse a la ducha y tallarse hasta quedar reducido a huesos, hasta que no quedara de él ni carne ni sangre, porque no era digno, porque aquello era aberrante. Pero su cabeza se balanceaba precariamente sobre su mano derecha y supo que estaba pronta a desmayarse, y le azotó la consciencia de que él estaba débil, de que no había querido siquiera tocar su varita desde que despertó en aquella jodida casa, de que era completamente incapaz de hacer algo por ella. Y entonces el miedo se materializó en su garganta removiendo casi en contra de su voluntad sus cuerdas vocales.

Granger... —la llamó, colocando apenas una mano en su hombro, meciéndola de forma casi imperceptible—. Granger, no se duerma... ¡Granger!

Ella entreabrió los ojos, ligeramente sobresaltada.

Necesita subir a su habitación —le dijo con la voz más suave de lo que hubiera deseado; estaba furioso, pero no pudo evitar la punzada de preocupación cuando vio que ella tenía la mirada perdida e indescifrable—. Yo no puedo ayudarla.

Asintió levemente, incorporándose despacio, ayudándose de su brazo sano para no perder el equilibrio. Él se puso de pie también, siguiéndola a pocos pasos mientras salía torpemente de la cocina, dos escalones abajo mientras subían las escaleras rumbo a las habitaciones.

No se le ocurra, Granger —dijo en un siseo oscuro cuando ella perdió momentáneamente el equilibrio y él tuvo que soportar con su pecho todo el peso de su espalda, apoyándose firmemente en el bastón y rodeándole con reticencia la cintura para no caer ambos de espaldas escaleras abajo—. No se le ocurra desmayarse.

No supo cuánto tiempo les tomó, pero parecía haber pasado una eternidad cuando por fin llegaron al tercer piso. Ella había apoyado una mano temblorosa sobre la mano larga y pálida que se aferraba al bastón, y su otra mano era un puño cerrado en torno al cuello de su propia blusa: no tenía fuerza siquiera para mantener el brazo herido flexionado. Él soportaba a duras penas el peso de ambos, empujando con sus rodillas la parte posterior de sus piernas, que a cada paso amenazaban con fallar.

Aquí... —susurró ella a dos puertas de la habitación que él ocupaba. Y haciendo acopio de sus últimos esfuerzos logró abrir la puerta y acercarla a la cama justo antes de que cayera como un bulto que rebotó suavemente sobre el colchón—. Díctamo... —logró articular—. Tercer cajón.

Intentó mantener la calma mientras hurgaba en el tercer cajón de la mesa de noche, apartando con una mueca de asco y como si quemaran todos los frascos de pociones revitalizantes, de pociones para dormir sin sueños, todas las gasas y los vendajes. Encontró el frasco de esencia de díctamo. Tragó saliva sin darse cuenta.

Está vacío, Granger.

Ella apenas gimió levemente.

Poppy —dijo en un suspiro—. La siguiente puerta.

Llegó en apenas un segundo, movido por la rabia y por la indignación. Golpeó la puerta una y otra vez con la palma abierta, sin detenerse ni por un solo instante a pesar de que al otro lado alguien exclamaba con voz somnolienta "Por Merlín, ya voy, ya voy". No dejó de golpear hasta que la puerta se abrió y del otro lado apareció la medimaga con el rostro hinchado del sueño y un gorro de dormir cubriéndole apenas el cabello desordenado.

¡Severus! ¿Qué...? —pero la pregunta murió entre sus labios cuando, dando zancadas, él entró a su habitación cerrando con un fuerte golpe del bastón la puerta a sus espaldas, haciéndola retroceder con su propio cuerpo, con la amenaza escrita en los ojos negros. Pero ella le mantuvo estoicamente la mirada a pesar del miedo.

¿Cómo, Poppy? —comenzó con la voz leve y casi risueña, con apenas un silbido que imponía mucho más que los gritos—. ¿Cómo, en el nombre de Merlín, pudo pasar por tu linda cabecita la brillante idea de que yo consentiría que arriesgaras la salud de un estudiante para salvar la mía?

Nadie pensaba que lo consentirías, Severus —dijo alzando la cabeza para sostenerle la mirada, entrecerrando los ojos—. No se suponía que te enteraras.

¡¿Cómo, Poppy? —insistió, alzando la voz en un rugido furioso—. ¡¿Cómo mierda puedes ser tan irresponsable? ¡La vi, por el nombre de Merlín! ¡Esa niña idiota se está desangrando, apenas puede mantenerse consciente y tú lo permites! Deberían quitarte la licencia de medimaga por esto, Poppy. Deberían...

Deberías dejarme pasar y dejar de inmiscuirte en mi trabajo, Severus —lo interrumpió con la voz fuerte y clara—. Tengo una paciente que atender.

Y colocándose dignamente el delantal y cogiendo algunas botellitas para guardarlas en el bolsillo, caminó hacia la salida rodeando su cuerpo estático, sin dirigirle de nuevo la mirada. Cuando su mano alcanzó el pomo de la puerta, otra mano mucho más fuerte y delgada se cerró alrededor de su brazo regordeto, haciéndole daño.

Detén esta estupidez cuanto antes. Te lo advierto, Poppy.

¡No, Severus! —gritó, liberándose bruscamente de su agarre y enfrentándolo con los ojos inundados de lágrimas de rabia—. Te lo advierto yo a ti: deja de entrometerte. Soy una medimaga perfectamente competente. La salud de Hermione y la tuya misma están perfectamente controladas y no voy a dejar que rompas ese precario equilibrio, porque han sido semanas de trabajo y de sacrificio. No voy a permitir que arruines eso, porque nadie lo está disfrutando. ¿O de verdad crees que a mí me gusta verla así, Severus? Esa niña tenía trece años cuando aquella horrible bestia la dejó petrificada. ¡Trece años, Severus! Yo la bañé, le cepillé el cabello, la cuidé durante meses como si se tratara de mi hija. La he visto crecer. A ella, a ti, a todos los demás. Les he curado la fiebre, les he sostenido la mano. ¿Crees que a mí no me duele...? Pero ella está ayudándote de una forma que no eres siquiera capaz de comprender, lo hace porque quiere y a mí me parece admirable. Yo no estoy obligando a nadie.

¡Me estás obligando a mí!

¡Oh, por supuesto! —dijo en un gritito agudo, llevándose una mano al pecho con teatralidad—. ¡Te estoy obligando a seguir con vida! Tienes razón: soy una medimaga terrible, deberían quitarme la licencia por cometer semejante atrocidad. Pero no te preocupes, muchacho: cuando todo esto termine serás libre de tirarte de la torre más alta de Hogwarts si es eso lo que deseas. Pero no antes, Severus. Es lo menos que le debes a esa niña.

Y, dando un portazo, salió de la habitación enjugándose entre sollozos quedos las lágrimas con el borde del delantal.

Pensó que se sentiría mejor después de escupir a alguien toda la rabia que llevaba semanas conteniendo, pero cuando escuchó a Poppy sollozar tras haberlo dejado solo en su habitación no pudo más que sentirse una mierda. "La he visto crecer. A ella, a ti...". Ella había hecho mucho más que curarle la fiebre. Durante años la vio transitar junto a la cama que ocupaba cada vez que terminaba en la enfermería a causa de una reunión particularmente tensa. Durante años sus manos pequeñas y regordetas, manchadas por los años, le untaban los ungüentos y las pociones con cuidado casi maternal. Durante años ella susurraba contramaleficios con la voz muy queda, como se le tararea a un recién nacido una canción de cuna. Y él le había gritado. Le había hecho daño.

Llevaba casi una hora en el pasillo, apoyando la espalda en la pared y las manos en el bastón, con la mirada perdida en el suelo, cuando Poppy salió de la habitación. Se secaba las manos en el delantal y parecía sorprendida de verlo ahí. Él le devolvió una mirada indescifrable, pero fue incapaz de pronunciar una palabra cuando ella carraspeó, visiblemente incómoda.

Quizá te interesará saber que ha dejado de sangrar. Sólo necesita descansar.

Él asintió con la cabeza, cerrando los ojos. La escuchó suspirar antes de perderse tras la puerta de la habitación.

Lo siento, Severus.

Permaneció unos momentos más en esa posición. Estaba agotado y necesitaba con urgencia dormir. Por eso ni él mismo comprendió por qué en vez de dirigirse a la puerta de su habitación se encaminó hacia la de ella abriendo despacio la puerta.

Los primeros rayos de Sol comenzaban a filtrarse por la ventana y entre sus pestañas. La vio revolverse despacio antes de abrir los ojos. Había pasado las pocas horas que lo separaban del amanecer sentado en un sillón que acercó a la cama, apoyando las manos en el bastón y la barbilla en las manos, asegurándose de que durmiera. Odiaba la situación y no podía evitar sentirse terriblemente responsable. Su cabeza era un remolino confuso de pensamientos y de preguntas urgentes.

¿Profesor...? —le alivió escucharle la voz enronquecida por el despertar, pero consistente y clara, tan distinta al susurro inestable que había sido la última vez que la había escuchado hablar. Se permitió suspirar con cansancio.

¿Por qué hace esto, Granger? —preguntó tallándose con dos dedos el tabique de la nariz, intentando frenar la migraña que se avecinaba.

¿Disculpe?

¿Quién sería tan irresponsable como para ponerse voluntariamente en un estado tan lamentable?

Usted, para empezar —dijo sin pensar, arrepintiéndose al instante cuando sus ojos negros se posaron fieros sobre los suyos.

Sabe a lo que me refiero, Granger.

Ella suspiró con algo parecido a la resignación.

Supongo que entonces la respuesta sería "todos", profesor.

La miró con el ceño fruncido, incitándola con los ojos a continuar. La vio incorporarse un poco y acomodar las almohadas contra la cabecera, sentándose descansando en ellas la espalda.

Como ya sabe, usted fue mordido por aquella serpiente... —se revolvió incómoda cuando una de sus cejas se alzó haciéndola sentir ridícula por señalar algo tan tristemente obvio—. Los primeros días ayudé a Poppy a hacer cultivos de su propia sangre, y esa era la sangre que le administraba...

Siga.

Aquello lo mantenía con vida, pero no servía de nada. Toda la sangre que podíamos regenerar estaba contaminada por el veneno de esa serpiente... es un poderoso anticoagulante... por eso las heridas son tan difíciles de tratar. Nos dimos cuenta de que seguir dándole su propia sangre era sólo prolongarlo todo inútilmente, darle más sangre para perder, sin ganar nada. Por eso supimos que la única solución era administrarle sangre que no estuviera contaminada para disminuir la concentración del veneno en su cuerpo... —frunció el ceño—. Es una práctica poco común entre los magos; después de todo tienen las herramientas para regenerar su propia sangre rápidamente de ser necesario, pero entre los muggles es algo muy habitual, aunque tiene sus riesgos. Hicimos la primera prueba en un vial, con la sangre de Harry Por supuesto, pensó él—, pero su sangre lo rechazó. Lo intentamos con la sangre de Ron. Con la de George. Con la del señor Weasley. Siempre ocurría lo mismo: la sangre parecía licuarse en el vial; de habérsela administrado hubiera sido fatal. Entonces se me ocurrió...

Algo brillante, seguramente —la interrumpió mordazmente, mientras ella entornaba los ojos.

Algo muy sencillo, en realidad. Debió haber visto la cara de Poppy; no podía creer que algo tan sencillo como eso pudiera funcionar. Como le dije, la donación de sangre es una práctica común entre los muggles. Los magos no toman ese tipo de cosas en cuenta. Pero funcionó —dijo con una sonrisa en los labios—. Así supimos que yo podía ser la única donante.

¿Qué demonios significa eso, Granger? —le dijo con los ojos convertidos en un par de rendijas amenazantes. Ella casi rió.

Que usted, al igual que yo, tiene un grupo sanguíneo extraño. "O negativo" —dijo con una sonrisa enorme—. Los muggles saben que las personas con ese tipo de sangre pueden hacer donaciones a cualquier otro grupo sanguíneo, pero sólo pueden recibirlas de alguien que también lo tenga. Es interesante como metáfora: Puede salvarlos a todos, pero sólo puede ser salvado por...

No es interesante, Granger. Y no me gustan las metáforas —la interrumpió antes de que siguiera diciendo estupideces. Ella frunció el ceño, ofendida.

Entonces supongo que eso sería todo, profesor.

No lo creo, Granger. Todo lo que me ha dicho no explica el hecho de que esa herida siga abierta después de haberle aplicado la esencia de díctamo —dijo señalando la carne tierna que se adivinaba en el pliegue de su codo izquierdo; la sangre ya no brotaba, pero la carne se veía rosada y palpitante—. Debería estar cicatrizando.

Oh, eso... —dijo mordiéndose levemente el labio inferior, intentando medir sus palabras, pensando que daría igual, que él terminaría enterándose de cualquier forma—. El díctamo apenas puede controlar la hemorragia, pero no cerrar la herida... como ya le dije, el veneno es un potente anticoagulante, pero como la concentración en mi sangre es casi nula...

¿De qué mierda habla? —siseó entrecerrando los ojos con furia, con la impresión de que la respuesta no le gustaría en lo absoluto—. Hasta donde sé, yo fui el único atacado por esa bestia... ¿qué ha omitido, Granger?

Bueno... como pocionista debe saber del poder de conducción mágica que tiene la sangre... su cuerpo se hubiera negado a aceptarla de la forma tradicional. Por eso fue necesario que se hiciera de esta manera —dijo señalando el corte en su brazo—. Debía renunciar de alguna forma a mi sangre para que su cuerpo pudiera aceptarla. Cuando comenzó a cicatrizar decidimos que lo mejor para mantener constantes los suministros de sangre era administrarme cada tanto un poco de la suya para que actuara como anticoagulante y no cerrara la herida, por eso...

Suficiente —susurró levantándose de golpe—. He tenido suficiente de esta locura. Puede ir olvidándose de su pequeña cruzada, Granger; no dispondrá de una sola gota de mí para seguir con esta estupidez.

Oh, le agradecería que lo reconsiderara, profesor —dijo enderezándose en la cama, mirándolo con decisión—. Si la herida cierra por la falta de su sangre tendré que hacerme un nuevo corte, y no es precisamente agradable. Pero lo haré, esté de acuerdo o no.

No tiene ningún deber. No tiene por qué salvarme de nada. No quiero que lo haga —le espetó despacio, con la furia contenida. Todo era aberrante y retorcido, y dejó de sentirse indigno para comenzar a sentirse tan sólo un muñeco de trapo bajo la voluntad de los habitantes de aquella casa. Estaban haciendo con él lo que querían ignorando sus propios deseos. Se sentía asqueado.

Usted me ha salvado la vida antes. A mí, a Harry, a Ron. Es lo menos que puedo hacer y no permitiré que me lo impida. Usted tampoco tenía por qué interponerse entre nosotros y el profesor Lupin cuando...

No se equivoque, Granger —la cortó acercándose a la cama, con la voz convertida apenas en un silbido—. Si lo hice no fue por gusto ni por buena voluntad. Lo hice porque era mi obligación como su profesor. Porque, de una forma u otra, me correspondía estar a cargo.

No. —bramó—. Lo hizo porque era su deber al ser más fuerte. Los humanos, por instinto, protegen al más débil. Es su naturaleza. Y tendrá que acostumbrarse, profesor, porque en estas circunstancias el débil es usted—murmuró apretando los dientes mientras se ponía en pie, enfrentándolo con la frente en alto y los ojos furiosos—. Le guste o no, lo deteste o no, esa es la verdad: soy más fuerte que usted. Esta vez me toca a mí.

Azotó con fuerza la puerta de su habitación y sacó del primer cajón de la mesa de noche su varita. La sangre le hervía en las venas, y la certeza de que no era suya, de que ni siquiera eso le pertenecía sólo lo hacía enfurecer más. Se largaría de aquel manicomio, de aquella macabra pesadilla en la que lo habían sumido. Cerró los ojos concentrándose con más fuerza que nunca en su casa en la Calle de la Hilandera. Aquel lugar sombrío, aquel altar al abandono se le antojaba por primera vez un refugio digno, un remanso de paz. Pero en vez del conocido y añorado tirón a la altura de su ombligo, sólo pudo sentir la varita escapando de entre sus dedos apretados, proyectándose con fuerza contra la pared antes de caer con un ruido sordo sobre la alfombra.

Por Merlín...

Ni siquiera notó el momento en que cayó de rodillas contra el suelo, con los ojos desorbitados fijos en su varita caída. Ni siquiera notó cuando se rindió al cansancio, cuando su cuerpo cayó de lado sobre la alfombra, cuando se quedó dormido.

En sus sueños vagaba por calles vacías, huyendo de algo invisible a lo que no podía dar forma ni nombre, pero que lo aterraba hasta los huesos. Intentaba desesperadamente abrir las puertas de aquellas casas en ruinas para refugiarse, para esconderse, pero todas estaban cerradas. Estaba a punto de darse por vencido cuando allá, al final de la calle, la vio sonriendo mientras le tendía la mano, y el pánico que sentía era tal que no pudo más que correr hacia ella y tomar su mano con fuerza, intentando por todos los medios aferrarse a algo, a lo que sea. Y en sus sueños volvía a escuchar su voz susurrando, su subconsciente completando la sentencia que no quiso escuchar durante la vigilia: "Puede salvarlos a todos, profesor, pero sólo puede ser salvado por un igual".

Y tembló cuando ella apretó protectoramente su mano entre las suyas, mirándolo con fiereza a los ojos.

"Esta vez me toca a mí".