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El merodeador, el perro y el pocionista
—¿Cómo… cómo lo ha…?
Dumbledore sonrió mientras se acercaba a ella, tras haber bajado la varita —A uno no lo llaman el mago más poderoso del mundo por nada, señorita Granger.
—No lo entiendo…
Levantó las manos, con los dedos índices apuntando hacia arriba, como cada vez que iba a decir algo importante —Verá, es curioso. Hoy, por segunda vez en mi vida, vuelvo a creer en la Adivinación ¿Y por qué? Ayer la profesora Sybill Trelawney, de Adivinación, predijo que una joven llegaría desde el futuro, y que conseguiría entrar aquí, en el despacho de la subdirectora, para buscar un giratiempos.
Hermione parecía atónita. La profesora Trelawney había tenido una premonición. Qué oportuna —Entonces… ¿va ha detenerme?
Dumbledore rió —Oh no, por supuesto que no. Pero la próxima vez le pediría que viniese directamente a verme a mí, no que lanzase un imperius a mi guardabosques, allanase el castillo e inspeccionase el despacho de la subdirectora. Creo que… —y sacó algo del bolsillo de su túnica —busca esto —sacó una cadena dorada de la que colgaba un giratiempos. Hermione lo miró fijamente —. Curioso el tiempo es ¿no cree, señorita Granger? Podemos viajar hacia atrás y reparar los errores del pasado… o eso intentamos, o ir hacia el futuro y descubrir los secretos que nos aguardan.
—El tiempo se ha moldeado a la vida de los magos. No hay nada que sea imposible para nosotros.
—La resurrección es imposible para nosotros —dijo el anciano con pesar mientras jugueteaba con el mecanismo.
—No si tenemos el tiempo de nuestra parte.
Dumbledore sonrió de nuevo —Si, el tiempo. Resulta extraño y a la vez fascinante que yo puedo estar hablando aquí, con usted, cuando mañana su yo de trece años, de este tiempo, vendrá a iniciar su tercer año, en el cual podrá utilizar este aparato —se acercó hasta la chica —. Y creo que usted lo necesita ¿no es así? —Hermione afirmó con la cabeza —Me temo que no es posible —y dicho esto guardó el giratiempos en su bolsillo.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Desconozco que giratiempos le dieron a usted, señorita Granger. Quizás dentro de unos años logren mejorarlos, pero ahora los giratiempos sólo permiten viajar horas en el futuro o en el pasado. Nunca años. Me temo que… está usted atrapada en el tiempo.
Hermione se sentó con pesar, asumiendo la noticia —Y ahora… ¿qué voy a hacer?
Dumbledore tomó aire —Yo puedo ayudarla. No hay vacantes en el profesorado, y el Consejo Escolar pediría referencias, pero los profesores necesitarían un ayudante, alguien que pueda atender sus asuntos relacionados con las asignaturas. Así podría usted quedarse en el castillo, al menos hasta que pueda volver al futuro ¿Guarda aún los restos de su giratiempos?
Hermione asintió, dándole los pedazos del artilugio. Tras esto, Dumbledore se dispuso a irse.
—Señorita Granger, podrá pasar la noche aquí, en el castillo. Se le proporcionará una habitación particular. Y en cuanto a estar aquí, en esta época tres cosas: nadie, absolutamente nadie debe saber que viene usted del futuro, nadie debe conocer los asuntos del futuro, y usted no debe inmiscuirse en los asunto del pasado. Lo hecho, hecho está, aunque para usted no sea así.
Y dicho esto, se marchó, dejando a Hermione sola.
**********
Comenzaba a oscurecer, y Hermione se dirigió a su habitación. Los profesores comenzaban a llegar para prepararse para el día siguiente, por lo que la chica decidió mantenerse apartada. Dumbledore ya se encargaría de anunciar la nueva incorporación.
Su habitación se encontraba en el quinto piso. Los elfos domésticos se habían encargado de hacerla acogedora, con una cama mullida, una mesa, sillas, una chimenea en la que crepitaba un fuego y dos sillones. Un armario y un espejo complementaban la sala, con un baño contiguo.
Los elfos también se habían encargado de proporcionarla ropa y un uniforme de trabajo. Tras esto, se desvistió, preparó la bañera y se dio un baño, relajándose. Parecía como si realmente hubiesen pasado trece años, pero en realidad habían sido menos de veinticuatro horas. O una eternidad para ella.
**********
El Gran Comedor bullía con las voces de todos los alumnos como si fueran una sola. Hermione estaba sentada al lado de la profesora Vector, contemplando las cuatro mesas, y en particular la de Gryffindor, donde Ron miraba extrañado a todos los lados, preguntándose donde estaban ella y Harry. Habría jurado que miró varias veces a donde estaba ella.
Tras la Ceremonia de Selección y la cena, los alumnos procedieron a irse a sus respectivas salas comunes. Hermione decidió hacer lo mismo e irse a su habitación. Seguramente al día siguiente los profesores comenzarían a hacerla peticiones.
Cuando se dispuso a entrar por la puerta de los profesores, alguien la interrumpió.
—Disculpe —era el profesor Lupin, con su aspecto habitual de hombre cansado y vestido con una túnica raída.
Hermione evitó sorprenderse —¿Sí?
—El director Dumbledore me ha dicho que es usted la ayudante del profesorado —Hermione asintió —. Sé que debería solicitarlo mañana, pero es urgente…
—Claro —asintió Hermione —. Dígame de qué se trata.
Lupin sacó una lista —Necesito… una pecera, para un…
—Para un gryndilow —e inmeditamente lamentó haber dicho eso.
Lupin parecía extrañado —Sí, si así es. Sé que abundan en el lago pero, ¿cómo lo ha sabido?
Hermione sonrió —Pura intuición.
Lupin también sonrió —Vaya, que desconsiderado. Me llamo Remus. Remus John Lupin.
—Jane. Melinda Paige Kensington —había preferido utilizar el apellido de soltera de su madre.
—Encantado de conocerla, Melinda.
—El placer ha sido mío, profesor Lupin. Mañana tendrá su pecera. Hasta mañana.
Antes de que pudiese despedirse, Hermione salió por la puerta. Subió al quinto piso, entró en su habitación y se metió en la cama a la espera del día siguiente.
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Había perdido la cuenta de los días que llevaba allí, de las veces que le habían traído comida o de cuantas maldiciones tortura le habían aplicado.
La celda, en otro tiempo un aula de Pociones, estaba oscura y lúgubre. No había ventanas, y hacía mucho frío y humedad. La habían encadenado en una pierna, y en una esquina permanecía el pan duro y el jarro de agua helada.
Terry había muerto, y su cuerpo arrojado a las bestias que guardaban la fortaleza. Aún no había pasado el tiempo suficiente como para que los aliados se percatasen de su captura. Para cuando lo hicieran, probablemente ella ya estaría muerta.
De repente la puerta se abrió, y por ella entró un hombre con el pelo rubio platino. Al verlo, gritó, llamándole asesino, para que después el lanzase una nueva maldición.
Se despertó sobresaltada. Había sido una pesadilla, pero sintió su cuerpo como si la hubiesen torturado. Miró el reloj. Faltaba media hora para levantarse, pero al no poder conciliar el sueño, se levantó y se preparó.
Ni siquiera tenía ganas de desayunar. Cogió una bolsa y se fue hasta Hogsmeade, donde compró la pecera para el profesor Lupin. Como todavía era muy pronto, caminó hasta la Casa de los Gritos, donde podría estar tranquila. Se sentó en un tocón y miró a la casa.
Pero de repente algo ocurría que no iba bien. Al fondo, a la izquierda de la casa, había una figura negra a cuatro patas. Un perro. Pero no era un perro normal y corriente, sino que era un perro negro enorme y siniestro. Miraba fijamente a la casa, y después a ella.
—Sirius —susurró. Y acto seguido se levantó y lo siguió.
El perro se percató de que lo habían descubierto, y corrió a esconderse. Hermione, al ver que se marchaba, corrió a buscarle. Por suerte no fue muy lejos. Se había escondido entre los árboles del bosque.
—No tengas miedo —decía Hermione —. No voy a hacerte daño —El perro gruñía y mostraba unos enormes dientes. De la boca chorreaba saliva. Arqueó todo su cuerpo en señal de ataque —. No tienes que tenerme miedo, Sirius.
De repente el perro se quedó tieso. Al parecer aquella chica sabía quién era en realidad, pero no podía dar crédito acerca de cómo lo sabía. Permaneció quieto mientras la chica se acercaba sigilosamente, pero en última instancia echó a correr.
Observando cómo se marchaba, Hermione decidió volver al castillo para darle la pecera a Lupin.
Cuando llegó a su despacho, llamó antes de entrar. Todavía era muy pronto, pero el profesor Lupin la abrió. Llevaba puesta una camisa desabotonada. A través de ella, Hermione pudo ver el torso desnudo del profesor, con algo de vello en el pecho. Lupin enrojeció de vergüenza y se tapó inmediatamente.
—Vaya, yo… lo siento mucho —decía, avergonzado.
—La culpa es mía —confesaba Hermione, que evitaba mirarle a la cara —. Le he traído la pecera.
—Oh, muchísimas gracias. Qué rapidez. Cuando vuelva a necesitar algo se lo diré —Hermione asintió y se dispuso a irse, pero cuando se dio la vuelta, el profesor la volvió a llamar —quizás sí puedas ayudarme de nuevo.
—¿Dé que se trata? ¿Un nuevo recinto para un animal?
Lupin negó, sonriendo —No. Señorita Kensington, me preguntaba si querría usted ir a tomar algo conmigo.
Hermione dudó un momento, pero aceptó —Sí, por supuesto. El sábado me viene bien.
—El sábado a las 18:00 la recogeré en su habitación.
Tras eso, Hermione se dispuso a dar un paseo por el castillo. Una cita, si se le podía llamar así, con el profesor Lupin. Era extraño. Para ella, Lupin siempre le había parecido atractivo, pues era relativamente joven. Siempre había pensado que era un hombre misterioso, con ese aspecto cansado que le dotaba de un cierto aire de misticismo e inteligencia centenaria. Para ella siempre fue su profesor favorito, y en una ocasión soñó que se casaba con él.
Enrojeció de vergüenza y agitó la cabeza. Menuda tontería acababa de decir. Aunque ahora ella tenía veinticinco años y el superaba los treinta. La diferencia no era tanta, a fin de cuentas.
Iba tan sumida en sus pensamientos, que de repente se chocó contra una especie de muro negro en movimiento. A causa de ello, se desplomó contra el suelo. La figura sin embargo, permaneció inmóvil. Levantó la vista y lo vio. Alto, pelo negro, piel cetrina y nariz ganchuda. Una amplia túnica negra y capa del mismo color. Severus Snape la miraba extrañado.
—Discúlpeme, no he mirado por dónde iba —decía mientras ofrecía una mano para ayudarla a levantarla —. Severus Snape, profesor de Pociones. Y usted es… la nueva ayudante.
—Melinda Kensington —contestó ella.
—Encantado, señorita Kensignton. Ya que está aquí, necesito de sus servicios. Quiero que me traiga estos ingredientes. Se me han acabado. Los encontrará en la linde del Bosque Prohibido. Puede pedirle al guardabosques que la ayude por si necesita adentrarse.
Le pasó una lista con diez ingredientes. Acto seguido se marchó. Como aún faltaba para la comida, se fue hasta el bosque, no sin antes pasar por la cabaña de Hagrid para pedirle ayuda. Llegó hasta la cabaña y llamó a la puerta. El semigigante abrió la puerta, preguntándose quién era. Hermione no olvidaba el hechizo Obliviate que le había lanzado ayer mismo.
—Hola, buenos días. Me llamo Melinda Kensington, y soy la nueva ayudante. El profesor Snape me ha pedido que le traiga unos ingredientes que hay por el Bosque y quizás usted pudiese ayudarme.
Hagrid sonrió —Por supuesto que sí. Me llamo Rubeus Hagrid, y soy el Guardián de las Llaves y Terrenos de Hogwarts. Cogeré mi ballesta, por si las moscas. Y aquí tienes una cesta para los ingredientes.
Tras esto, caminaron por la linde del bosque, mientras hablaban:
—¿Un perro negro? No, no he visto ninguno. Aquí hay muchas criaturas, sobretodo el Bosque. El Bosque Prohibido esconde muchos secretos. Pero perros negros… no he visto ninguno ¿Y dónde dices que lo has visto?
—En la Casa de los Gritos, esta mañana.
Hagrid agitó la cabeza, desestimando la idea. Iba a decir algo, pero se encontraron con el profesor Lupin.
—Señorita Kensington, Hagrid. Un placer verlos.
Hermione se acercó a Remus para saludarle, mientras Hagrid alegaba tener asuntos pendientes.
—¿Qué hace aquí? —preguntó Hermione.
—Estoy buscando criaturas mágicas. Venía a hablar con Hagrid, el nuevo profesor, pero veo que le pillo en mal momento, además de que…
De repente se quedó petrificado, mirando a algo que había detrás de Hermione. Esta se dio la vuelta y lo vio. Un enorme perro negro entre los árboles de la linde del bosque, mirándolos fijamente. Era Sirius. Hermione miró de nuevo a Remus, que seguía quieto y mudo.
—¿Ocurre algo, profesor?
Remus volvió en sí, mirándola —No… no ocurre nada. Debo irme… yo… ya nos veremos.
Especiales agradecimientos a Shitai Lutaria (por proponer esta historia), yuna, ludibicapotterfics y ludaris por vuestros reviews. Al aparecer como anónimas, no puedo contestaros personalmente, así que tengo que hacerlo por aquí. Muchísima gracias :D
