Cuando nadie mira a Feliciano
Ludwig se despierta todas las mañanas sintiendo una falta de calor en su cama. Se gira para asegurarse y ve que el lado del italiano no tiene sábanas, que en cambio, éstas están sobre él pues Feliciano sabe que aunque sea verano, Ludwig es friolento.
Está en la cocina, piensa y puede oler el pan recién horneado, la mantequilla y el café de grano que tanto les gusta a ambos. Nadie más que él sabe perfectamente que Italia Veneciano no vive si no madruga aún después de una extensa sesión de amor. Es verano, después de todo, se dice y se permite un relajo. Son sus dos semanas de vacaciones y aunque su castaño tiene tres, comparten los 21 días juntos en Berlín o en Florencia.
Y a él le encanta, porque su chico es hogareño y detesta salir si no es con él (u ocasionalmente acepta invitaciones de Francis aunque a Alemania no le agrade), mucho menos si nadie le ha sugerido cruzar el pórtico. Entonces esa semanita que llega del trabajo en la casa de gobierno, Veneciano lo espera con la cena preparada, un café, un abrazo, muchos besos y todo el romanticismo que sólo es para el rubio.
Ludwig también sabe que Feliciano esconde secretos, muchos secretos. Lovino y él (por casualidad), los conocen. No todos. Algo tiene que guardarse pues los tratos con la mafia son delicados y de eso se encarga Romano; luego manda la información a su hermano por mensajería. Muy a pesar de la ilegalidad en la que bien se maneja el aparentemente inocente italiano, Alemania lo calla porque lo ama y está seguro de que él no se meterá en problemas.
Feliciano Vargas es más inteligente que el resto y Ludwig no sabe si estar feliz o asustado de aquel hecho. De memoria se conoce cada gesto, cada sonrisa que pueda ser falsa, el cerrar de ojos y la poca intelectualidad que muestra, haciendo creer al mundo que no sabe contar hasta cien. Él es listo al cien por cien, vaya que lo es. La academia agradece a los que abusaron de su inocencia y trataron de robarle.
Para Beilshmidt han pasado varias décadas desde que finalmente, supo distinguir lo real de lo irreal en la vida de Veneciano.
—Confío en ti, eso lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé.
—Entonces puedo tener fe en que nuestra vida es nuestra y sólo nuestra, ¿cierto, amor?
—Nunca lo dudes. A mí no tienes que guardarme secretos porque te conozco mejor que nadie y sabes que no me puedes mentir.
Feliciano lo miró perplejo, con los ojos muy abiertos y algo herido— ¿Por qué te mentiría? —y se acercó a él, abrazándolo y siendo correspondido al abrazo— El día que eso pase lo que te diré será que no te quiero y tú podrás distinguir plenamente toda su falsedad, porque es la única mentira que tengo para ti. Que no te quiero.
Para Ludwig eso es suficiente, no necesita nada más.
Veneciano se hace el tonto, nada más que eso, pero distingue y reconoce todo lo que pasa a su alrededor. No se le escapa nada.
—¡Como el Sherlock de la novela que nos prestó Arthur! —Alemania sonríe nada más, sosteniendo que la comparación es bastante cercana a la realidad.
Aun a pesar de todo lo que se contradice a sí mismo en el mundo de Italia del Norte, no ha podido borrar, sino más bien perfeccionar las características que lo hacen único a ojos del resto del mundo. Romántico, encantador, talentoso, divertido e inocente. Inocente sí, de ingenuo nada.
Nada de desayunos en la cama, se dice Ludwig, agarra su bata azul marino y parte en dirección de la cocina. Arrastra los pies por los pasillos, descalzo. Frente a la estufa está el dueño de su vida, sentado en un banquito de madera, vigilando el pan con los ojos cerrados y gesto de concentración profunda.
—¿En qué piensas? —pregunta el rubio con ternura cuando su compañero se levanta a darle el beso de los buenos días.
—En que no sé si comer pan con mermelada o mantequilla…
Responde y el alemán sonríe— Ayer comiste con la mermelada de frutilla que te regaló Hungría.
—¡La cual estaba riquísima! —dice el más bajo soltándose del cuello de Ludwig—, ¿ya viste que tenía trocitos de fruta? Recuérdame pedirle la receta, a mí nunca me han resultado las mermeladas… Y ahora que lo recuerdo, Alfred me había dicho algo acerca de una tarta para... para...
—Canadá.
—¡Sí, Canadá! Siempre olvido el nombre de ese chico...
El germano se ríe en voz baja, entre dientes, que no son propias de él las carcajadas, gracias. Feliciano le dedica una sonrisa sincera, aquella que está reservada exclusivamente a él.
Ludwig sabe que es real, que su Feliciano es él mismo sintiéndose en casa. Su casa. Ludwig Beilshmidt es su hogar y Feliciano Vargas es el hogar del alemán. Nada se les escapa del otro. Sin secretos que ocultar ni mentiras por decir.
Y la vida es hermosa tal cual y nadie tiene porqué saber nada más de ellos.
