Capítulo 2

6 horas desde la caída de la Venganza sobre San Francisco

Las largas piernas de Spock se movían con celeridad a través de los maltrechos pasillos de la Enterprise. Llegó hasta una de las bodegas de carga más dañadas. Siguió las instrucciones de Scotty y logró atravesar la zona sellada; ante él apareció media cubierta volada y la ciudad de San Francisco aún envuelta en columnas de polvo y humo que velaban la siniestra silueta de la Venganza. Fue hacia una de sus paredes, ahora ausente, y vio a Sulu esperándole.

–El señor Scotty está ya en el puente de mando, capitán. Todo está listo.
–Salgamos.

–Sí señor.

Siguiendo los pasos de Spock, Sulu comenzó a descender a través del amasijo de hierros que rodeaba al buque insignia de la federación. Con habilidad, Spock evitó que las miradas curiosas de la veintena de soldados presentes en aquella zona les encontrasen; en cuanto sus pies tocaron suelo firme ambos iniciaron su camino, alejándose de la nave sin impedimento alguno pues los dos lucían ropas civiles, y ningún símbolo que les identificase como miembros de la flota estelar.

Durante dieciséis minutos siguieron su macabro camino: la gente aún vagaba por las calles gritando en busca de auxilio, clamando por sus familiares perdidos, tratando de encontrar a los extraviados. El personal de los cuerpos de seguridad de la ciudad, así como numerosos cadetes de la flota, trataban de auxiliar a cuantos podían, pero gran parte de sus esfuerzos se dirigían hacia los escombros, trampas mortales bajo las cuales aún quedaban miles de personas cuyas esperanzas de ser rescatadas con vida disminuían a cada segundo que pasaban sepultadas bajo el intrincado laberinto de metal y cemento en el que el centro de San Francisco se había convertido.

–Ojala pudiéramos ayudarles– musitó Sulu incapaz de apartar la mirada del horror que se extendía a su alrededor.

–Eso estamos haciendo– replicó Spock apurando el paso.

El piloto tuvo que trotar para volver a colocarse a la altura de su superior al que miró de forma dubitativa. Viendo el gesto del humano, Spock continuó hablando.

–Ahora mismo estamos dándoles una nueva oportunidad a estas personas aunque ellas no lo sepan. Estamos tratando de devolverles la esperanza.

–No le entiendo señor.

Spock se detuvo y volvió la vista hacia el lugar por el cual el sol se escondía perfilando en sanguinolento rojo el relieve de lo que quedaba de la flota estelar; entre los edificios que aún seguían en pie, los ojos del Vulcano se posaron sobre uno relativamente pequeño, de apenas tres plantas, de sólidos muros, y algo apartado de las edificaciones más grandes destinadas a fines académicos. Apretando inconscientemente los puños Spock reanudó la marcha.

–Lo entenderás cuando lleguemos. Vamos teniente Sulu.

6.30 horas desde la caída de la Venganza sobre San Francisco

–M'Benga, Christine, acompañadme.

Leonard McCoy guió a su personal hasta el laboratorio en el que se había atrincherado para investigar el suero que salvaría a Jim.

–En estos momentos sois los únicos en los que puedo confiar y por ello voy a dejar las cosas bien claras: he localizado el factor capaz de regenerar células muertas presente en la sangre de Khan. En cuanto termine nuestra conversación iniciaré los ensayos y me desharé de cualquier atisbo de moral o duda que quede en mi. Yo tengo muy claro hasta dónde estoy dispuesto a llegar, pero el compromiso ético que os pido es tan elevado que, por última vez, os voy a invitar a que reflexionéis sí de verdad queréis seguir adelante con esto.

–Leonard, si no fueses mi jefe, te pegaría una sonora bofetada– dijo la enfermera cruzándose de brazos y mirándole con irritación–. Sé que eres el mejor amigo del capitán, pero nosotros somos su tripulación, y nuestra lealtad está con él. Hasta el final.

–Me uno a lo dicho por Christine– dijo M'Benga–. El capitán ha muerto por nosotros sin dudarlo un instante. ¿Qué son unas cuantas leyes éticas en comparación con eso? Nada Leonard, no son nada. Seguiremos adelante.

–Eso es. Así que prosigue con tu estudio Leonard. Yo te voy a traer un café y un bocado; y ni se te ocurra rechistar– le dijo Christine cortando su réplica–. Necesitas mantenerte firme y no sabemos cuantas horas, o días, tendremos que seguir trabajando sin descanso.

–Está bien– Bones suspiró y se frotó los ojos–. Allá vamos.

7 horas desde la caída de la Venganza sobre San Francisco

El último nivel del EFIT, el cuerpo de fuerzas especiales de la flota, su rama más secreta e inaccesible, era ahora un hervidero de personal yendo de un lado a otro, y no porque uno de los proyectos de la flota estuviese ahora ardiendo en medio de San Francisco a escasos cuatro kilómetros del buque insignia de la federación, no. Si el EFIT bullía en actividad era por un tubo de tres centímetros de altura y uno de diámetro que descansaba sobre una mesa de metal tras la cual se sentaba una mujer, de unos sesenta años de edad, enfundada en un traje militar negro, pelo cano, y rostro grave. Su mirada recorría las últimas líneas de un informe que acababa de llegar a su padd. Al concluirlo, apagó el dispositivo, lo dejó a un lado de la mesa, y miró al Vulcano, de pie al otro lado de la mesa.

–Nuestro centro de análisis ha concluido que la muestra es auténtica. ¿Qué quiere a cambio de la vida de Khan y los suyos?

–La vida de mi capitán.

Los ojos de la mujer se estrecharon.

–Nuestros equipos no pueden…

–Nosotros nos encargaremos, almirante. Lo único que le pido es que usted formalice todo aquello que vamos a hacer ante los ojos de la federación.

–Entiendo– dijo la mujer dando con su dedo índice unos golpecitos rítmicos sobre la mesa–. Bien, esto es lo que haremos: Usted deja bajo nuestra tutela el cuerpo de Khan y los torpedos y yo me encargaré de Komack y su grupo de fisgones. ¿Está conforme?

–Sí señora.

–Pues entonces– la mujer se inclinó y le tendió un pequeño comunicador– contácteme cuando quiera que inicie mi trabajo. Buena suerte comandante Spock.

12 horas desde la caída de la Venganza sobre San Francisco

La puerta del laboratorio se abrió con un suave siseó. Al otro lado las voces y el ajetreo se habían calmado, por lo que el cerebro de Leonard procesó la vaga idea de que la estructura de la Enterprise había sido asegurada y todos los supervivientes atendidos.

–Leonard.

La voz de Spock sacó al médico del estudio de los hematíes de Khan.

–Spock. ¿Cómo está todo ahí fuera?

–Todo lo bien que cabría esperar teniendo en cuenta de que Komack quiere que desembarquemos de inmediato y la policía de San Francisco nos pide que comencemos a trabajar con ellos para retirar la Enterprise.

–Genial– masculló Leonard pasándose una mano por la mejilla derecha, ya surcada por el inicio de una fina barba.

–Sin embargo, he conseguido la ayuda que necesitamos para ayudar al capitán, y en cuanto consideres que ha de ser tratado tenemos vía libre para llevarle a las mejores instalaciones a nuestra disposición.

–¿Y qué instalaciones son esas?

–Las del EFIT.

–Creía que habías dicho que hablarías con los almirantes– dijo Leonard recordando lo que Spock les había dicho horas atrás en la sala de reuniones.

–Y así fue; pero en ningún momento insinué que fuera a decirles lo acontecido con Jim.

El médico miró con auténtica curiosidad al Vulcano.

–¿Tenías previsto desde el principio saltarte el control de los almirantes y acudir directamente al EFIT?

–Sí.

Aún agotado como estaba, Leonard sonrió.

–Y que luego digan que sois una especie sin sentimientos…

–Considerando mi genética medio humana tu hilo de pensamientos acerca de los vulcanos puede estar errado. Pero creo que debemos discutirlo en otro momento. ¿Habéis logrado algún avance con la sangre de Khan?

–Pocos. Ya tenemos un suero base capaz de regenerar tejidos, pero su eficacia está ligada aún al tamaño del tejido diana. Es decir, podemos curar a un tribble pero aún no a un organismo tan grande como un humano.

Encendiendo su padd, Spock comenzó a teclear en él.

–Hay varias líneas de trabajo que hemos pensado– prosiguió M'benga–. Pero de momento…

–Tal vez esto os ayude– dijo Spock dejando el padd ante los médicos.

–¿Qué…?– Leonard detuvo su pregunta al comprender que tenía ante él–. Los análisis de la sangre de Lucille Harewood. En ella usó Khan su propia sangre.

–Sí, y tal vez en sus análisis esté lo que necesitamos.

Pasando el archivo a su propio padd, Leonard volvió a su microscopio.

–Manos a la obra señores.

18 horas desde la caída de la Venganza sobre San Francisco

–¡Lo tengo!

La exclamación de Leonard hizo que todos en el laboratorio se sobresaltasen, incluido Spock que, en tres zancadas llegó hasta el médico.

–¿Estás seguro?

–Segurísimo– Leonard se retiró de su puesto y le indicó al oficial científico que mirase a través del microscopio–. Compruébalo tú mismo.

Tomando asiento, Spock se acercó al microscopio y estudio la imagen que este le mostraba durante largos segundos hasta que, parpadeando, volvió a erguirse y miró al médico.

–Puede funcionar. De hecho estimo que hay un ochenta y nueve por ciento de probabilidades de que funcione.

–Al capitán le sobran el ochenta y ocho por ciento de esas posibilidades– dijo M'Benga con una gran sonrisa de satisfacción viendo en la pantalla principal la modificación del suero que su superior había conseguido–. ¡Lo tenemos Leonard!– palmeó el hombro de su compañero que asintió mientras su rostro adquiría un nuevo gesto serio.

–Ahora tenemos varios problemas que tratar antes siquiera de osar en pensar sintetizar el suero. Tenemos que sacar a Jim de una congelación, pero hacerlo de forma parcial para que el suero pueda comenzar a actuar antes de que sus tejidos queden estabilizados térmicamente.

–Podemos emplear una rutina de semidescongelación Haurier– sugirió M'Benga.

Leonard cabeceó.

–Sí, puede resultar. Pero también me preocupan los siguientes acontecimientos.

–¿Qué acontecimientos?– preguntó Spock.

–El cuerpo de Jim no sólo recibió una sobredosis de radiación, sino además un fuerte impacto que rompió la casi totalidad de sus costillas, le dañó varias vértebras, y un sinfín de fracturas óseas por todo su cuerpo. Si recuperamos su actividad cerebral, y si logramos reanimar su corazón, aún nos quedarán varias semanas de tratamiento antes de poder reanimarle por completo.

Spock se puso en pie y miró al médico mientras sacaba de su bolsillo un pequeño comunicador que activó para abrir una línea.

–Doctor, cómo dicen los humanos: será mejor que tomemos los problemas de uno en uno. Y ahora, si me lo permites, voy a solicitar el transporte del capitán. Preparadlo todo.

Para alivio de los almirantes, Spock permitió por fin que la flota estelar entrase en la Enterprise. En menos de diez minutos medio centenar de soldados abordaron la nave para iniciar el traslado de enfermos antes de remolcar la nave al puerto de reparaciones.

La masiva afluencia de soldados hizo que ninguno se diese cuenta de cómo cuatro de ellos se desviaban a través de los pasillos para ir directamente al laboratorio de ciencias, lugar en el que un criotubo era custodiado con celo por dos figuras.

Al entrar en el laboratorio, uno de los soldados se cuadró ante Spock.

–Comandante, soy el comandante Aathot, vengo por el transporte especial que solicitó a la almirante Valenti.

–Seremos cinco– dijo Spock ya que el doctor M'Benga entraba en aquellos instantes al laboratorio junto a Christine, portando los últimos intrumentos que Leonard, aún junto al criotubo, les había pedido.

–Por supuesto comandante.

Con rapidez cada uno de los cuatro soldados sacó de su mochila de emergencia dos placas de metal que se extendieron nada más tocar el suelo. Las alinearon hasta formar un círculo de cinco metros de diámetro y activaron un campo de fuerza portátil.

El comandante Aathot miró a Spock.

–Su transporte está listo.

23 horas desde la caída de la Venganza sobre San Francisco

El silencio en la sala de reanimación del centro clínico del EFIT era sepulcral a pesar de que en aquel momento había cuatro personas allí, todas alrededor de un único criotubo que presidía la estancia.

Con un cuidado extremo, Leonard tomó un hipospray cargado con un líquido de color rosáceo, abrió una de las pequeñas compuertas situadas sobre la superficie de la cápsula de enfriamiento y la inyectó.

De inmediato el líquido entró a través de medio metro de tubo transparente que acababa justo dentro del cuerpo inerte tendido en el criotubo.

Tomando una respiración profunda, y rezándole a todos los dioses que conocía aún sin ser creyente, Leonard miró a M'Benga y a Spock antes de vovlerse hacia la enfermera.

–Christine, inicia el aumento de temperatura.

Con una vibración, seguida de un leve zumbido, el criotubo comenzó a descongelar el cuerpo de James Tiberius Kirk.