CAPÍTULO 3. TIERRAS LEJANAS
Laupheim sentía sus parpados pesados. Estaba mareada y perdida. Los recuerdos acudían a su mente en forma de destellos, provocándole un terrible dolor de cabeza. Se obligó a abrir los ojos, siendo cegada por la luz anaranjada que se filtraba por la ventana.
Sus ojos tardaron en adaptarse, en apreciar cada detalle de aquel lugar. Era una alcoba algo tosca, de un color blanco hueso, ahora teñido de ocre por los últimos rayos del Sol. Examinó la estancia lentamente, sintiendo un punzante dolor de cabeza cuando hacía un movimiento brusco.
Ella estaba tendida sobre una cama individual, pegada junto a la pared. A su lado había una pequeña mesita de noche con un par de comprimidos encima y un paño cuidadosamente doblado. Su mirada escaló por el basto muro hasta dar con la ventana, justo en frente de la cama. Trató de deducir a donde pertenecía el paisaje que había más allá, pero no logró reconocerlo. Incapaz de forzar la mente, prosiguió con su inspección. Seguido a la ventana, en una esquina, había un caballete de madera. En él reposaba un lienzo de increíble belleza aún y estar incompleto. Quienquiera que fuese su autor, era un artista innato.
Finalmente, sus ojos se posaron sobre la puerta, situada más allá del pie de su cama. En si era una habitación sencilla donde, evidentemente, no dormía nadie con frecuencia. Por último, su vista cayó hasta encontrarse con el edredón verde que la cubría. Lo removió con lentitud y se incorporó a cámara lenta.
Sintió la frescura del suelo acariciar la planta de sus pies ¿En dónde estaba? Y a pesar del frío que la atormentaba (Además de su penetrante dolor de cabeza), se obligó a levantarse. Sus piernas la sostenían con dificultad, era muy posible que cayese. No tenía fuerzas. Pero eso no le importaba, debía descubrir donde se encontraba. Tenía que localizar a Shion y Zwölf, comprobar que ambos se encontrasen bien.
Quiso dar un paso, aunque lo único que hizo fue arrastrar el pie. Su cuerpo se movía con pesadez y lentitud. El frío caló en ella una vez más obligándola, como acto reflejo, a abrazarse a sí misma para tratar de mantener un poco el calor que le quedaba. Volvió a dar otro paso, pero de nuevo arrastró el pie.
Estar en aquella situación la molestaba, pero no era un impedimento. Aunque tuviese que arrastrarse por el suelo lograría encontrarles. Así pues, usando cada gramo de fuerza que pudiese tener, salió de la habitación.
El pasillo que se presentó ante ella era oscuro y tan austero como la habitación que acababa de abandonar, incluso más. Agradeció la alfombra que había en el suelo, protegiendo sus castigados pies del frío del piso.
Anduvo con dificultad, apretándose fuertemente para no perder el poco calor que le quedaba. Pero jamás se detuvo. Cruzó por delante de varias habitaciones, todas ellas con las puertas cerradas y, eventualmente, llegó a unas escaleras. Descendió por ellas, agarrándose fuertemente a la barandilla. Temía caerse, pero su mayor miedo era lo que pudiese encontrarse al final de aquella escalinata. No reconocía aquel lugar pero algo era seguro: no estaba en palacio.
Tragó con pesadez cuando bajó el último escalón. Apareció en una pequeña sala de estar, equipada con un sofá y una mesita cubierta por varios libros. Laupheim se acercó ligeramente a la mesa, comprobando a ver si conocía aquellas obras. Por desgracia, ni siquiera entendía el alfabeto en el que estaban escritas.
A mano izquierda, un arco de madera conducía a lo que sería la cocina. Se aventuró a comprobar que o quien habría allí dentro cuando un niño que salió de su interior la sorprendió. A juzgar por su altura tendría alrededor de siete u ochos años. Era lemuviano y su cabello pelirrojo, completamente alborotado. En sus brazos cargaba una botella de cristal rellena de leche. Prácticamente era la botella más grande que el niño. Él pegó un bote en verla, asustado de encontrársela allí.
— ¡Señor Mu! ¡Señor Mu! —gritó con histeria antes de pivotar y echarse a correr.
A desgracia del pequeño, apenas había dado algunos pasos cuando se chocó con alguien más. La botella que sujetaba salió disparada y suerte de Laupheim que logró interceptarla antes de que esta cayera al suelo y se hiciera añicos.
Ella miró un instante el recipiente, comprobando que no se hubiese roto y luego alzó sus ojos. Otro lemuviano, este de una edad cercana a la suya. Sus ojos esmeraldas eran brillantes, grandes, cautivadores; su cabello era lacio y largo, del mismo color de la planta a la cual olía: lavanda.
— Veo que has despertado ¿Te encuentras mejor?
Dudó, estrechando entre sus brazos la botella de leche. Sus ojos recorrieron la estancia una última vez.
— ¿En dónde estoy? —preguntó Laupheim finalmente.
El niño silbó y juntó sus manos tras su cabeza.
— ¿En serio no te acuerdas? —preguntó despreocupado.
Ella negó. El chico de cabellos lavandas dio un paso al frente y dejó su mano sobre la cabeza del menor. Este le miró y sonrió traviesamente.
— Estamos en Jamir —contestó el mayor.
— ¿Al norte o al sur de la capital? —preguntó Laupheim con cautela.
Ambos intercambiaron miradas, ligeramente confundidos por la pregunta.
— Estamos algo lejos de Lhasa ¿Tienes que ir hacia allí? —preguntó el peli lavanda.
— ¿Lhasa? ¿Qué ciudad es esa?
— Es la capital del Tíbet —explicó el pequeño.
— ¿Tíbet? —Laupheim quedó muda por unos instantes. Poco a poco, su mente empezó a comprender y sus ojos se fueron abriendo al sentir aquel torrente de sorpresa arrollarla— Estoy fuera.
Laupheim entrevió al chico frunciendo ligeramente el ceño. Parecía desconfiado. En otras circunstancias se hubiese preocupado más por eso, pero en aquellos instantes su mente trataba de asimilar que estaba fuera de Lemuria. Fuera de su cárcel. Y entonces, la gran pregunta llegó a su cabeza ¿Cómo lo había logrado?
Sus ojos se cruzaron con los del chico de cabellos lavandas. Su expresión se relajó y, tras alborotar un poco los cabellos del niño, empezó a hablarle. Laupheim no entendió que decían, dedujo que era la lengua típica de ¿El Tíbet, había dicho? Sin embargo, aún sin ser capaz de entender una sola palabra, su pronunciación era suave y amable. El niño asintió y, tras dirigirle una última mirada, desapareció escaleras arriba.
El silencio se instauró entre ambos. Laupheim quería preguntarle cientos de cosas, ¿Cómo había terminado allí? ¿Cómo se encontraron? ¿Si habían visto a Shion y Zwölf? Las preguntas se amontonaban en su mente, pero parecía que su boca era incapaz de pronunciar un solo sonido.
Un intenso escalofrío la recorrió por completo, aportándole una sensación de incomodidad que bien podría haber percibido aquel muchacho. Eventualmente, sus ojos escalaron por la figura que tenía en frente, encontrándose de nuevo con aquellos ojos verdes.
— ¿Tienes frío? —preguntó él con expresión preocupada.
Por instinto, Laupheim estrechó aún más la botella entre sus brazos. Si seguía así terminaría por romperla. Aunque un par de cortes y acabar empapada de leche era el menor de sus problemas en aquel momento. Reculó un paso, preparándose para lanzar el frasco si ese chico hacía cualquier movimiento extraño.
Por un instante pensó que su repentina desconfianza no tenía sentido. Aquel chico la había traído allí ¿O ya despertó en aquella cama? Maldita fuera, más preguntas sin responder.
— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó con precaución.
Él pareció traspuesto verse a su pregunta. Recapacitó unos instantes y una ligera sonrisa se formó en sus labios.
— Mu ¿Puedo saber yo el tuyo?
— Laupheim.
Por una mera cuestión de seguridad (y también porque le aburría), se ahorró decirle a aquel muchacho todo su nombre. Si algo tenía la realeza, al menos en Lemuria, es que sus nombres podían resultar ridículamente largos.
— Está bien, Laupheim —su tono era ahora pausado y calmado— ¿Tienes frío?
— ¿De nuevo con eso? —le reprochó con una pizca de indignación. Mu sonrió ligeramente y miró un instante el cuerpo de la chica. Laupheim siguió el recorrido de su verde mirada, percatándose del temblor en sus manos.
— Es que estas temblando.
Los colores rápidamente acudieron a cubrir el rostro de la chica. Decir que estaba temblando era quedarse corto. El sonrojo de su cara subió un par de tonalidades más. Volvió a alzar la mirada, pero Mu ya no estaba allí. Apurada, lo buscó por la estancia. Lo encontró, se dirigía hacia ella mientras cargaba con una parca. Su parca.
Cuando Laupheim entrevió sus intenciones, se quedó paralizada. Su mente dejó de pensar por unos instantes, mientras sus ojos presenciaban todo aquello que sucedía a su alrededor. Mu se acercó con parsimonia, depositando con delicadeza aquella pieza de ropa sobre sus hombros. Las manos del chico rozaron momentáneamente su clavícula, transmitiéndole una agradable sensación que viajó hasta su estómago y desapareció poco después.
Al momento sintió el calor de aquella prenda. Aquella que Nephelion le había entregado no hacía mucho y que aún conservaba el inconfundible olor a sal que reinaba en la capital de Lemuria.
— Gracias —dijo Laupheim entrecortadamente. Mu tomó la botella de cristal de sus brazos y la dejó encima de la mesa de la sala, junto a los libros. Laupheim siguió con atención cada movimiento, cada gesto.
Finalmente, él se irguió. Clavo sus penetrantes ojos verdes sobre ella y sonrió cálidamente. Laupheim sintió una curiosa sensación en su pecho. Aquella sonrisa se le hacía familiar y, en cierto modo, la extrañaba.
— ¿Estas mejor? —asintió lentamente. El rostro del Mu adquirió un tono más serio ahora, aunque aquello no logró intimidar a Laupheim— ¿Recuerdas algo?
— ¿De cómo terminé en la habitación de arriba? No tengo la menor idea.
— ¿Y de antes?
Laupheim calló ¿Debía decirle? Si estaba fuera de Lemuria, la gente no se creería que venía de allí. Según había leído en numerosos libros de palacio, muy pocos eran los que conocían la existencia de su país. Y por muy pocos se referí personas en todo el planeta y de seguro aquel chico no era uno de ellos. Su mente trabajó a contrarreloj. Si le decía que venía de Lemuria, la tacharía de loca y a saber donde terminaba. Y si no le decía…
— No lo recuerdo —trató de parecer confundida y preocupada. No le gustaba mentir, mucho menos hacer el numerito pero si con eso se ahorraba terminar en cualquier lugar, no tendría reparos en sacar sus dotes interpretativas a relucir— Yo estaba… Pero fue entonces —le miró con ojos asustados— y luego estaba en aquella habitación.
Mu permaneció en silencio unos instantes. La examinó de arriba abajo, estudiando cada movimiento, cada mirada que hacía. Laupheim sintió una opresión en el pecho, fruto del miedo. Temió que aquel chico no se hubiese trago su teatro y, una parte de su cabeza, empezó a imaginarse la secuencia en la que él le gritaba, la echaba y la dejaba vagando por "El Tíbet". Por suerte, la reacción de Mu fue muy distinta a la que su mente recreó.
El lemuviano se acercó a ella y, con un gesto cargado de afecto, le acarició la mejilla. Aquel tacto llevó lejos a Laupheim, cuando su infancia aún tenía aquella luz inocente y las miradas de desprecio no eran algo con lo que debiese lidiar a diario.
— ¿Te sientes con fuerza para ir a dar una vuelta, Laupheim? —le preguntó Mu, sonsacándola de sus pensamientos. Ella le miró, ligeramente sorprendida de aterrizar de nuevo en la realidad. Por un instante, se vio reflejada en el verde de los ojos de Mu. Era tan intenso y tan vivo. Un color distinto al que había visto en los ojos de los lemuvianos, siempre apagados por su desgracia.
— ¿A dónde iríamos? —preguntó con dificultad. Siendo incapaz de desistir de mirarse en aquellas preciosas esmeraldas.
— Hay un lugar que quiero mostrarte.
Ella asintió, notando como una mano tomaba la suya. Era cálida y grande. Su tacto era delicado pero áspero, tales como las de los artesanos. Lentamente, la mirada de Laupheim escaló, desde su mano, encajada a la perfección con la de Mu, hasta el rostro del mismo. La pregunta de si él sería un artesano vagó por su mente, aunque tampoco pudo darle demasiadas vueltas al asunto puesto que antes de darse cuenta, el paisaje cambió radicalmente.
Miró a su alrededor con un ápice de terror nublando su mirada. Estaban en un lugar prácticamente desértico, sin vegetación o fauna cercana. Volteó, contemplando con asombro la construcción que había a sus espaldas. Una pagoda construida por una piedra gris que carecía de vida, del mismo modo que tampoco había entrada para acceder al interior.
Sus ojos viajaron ahora hasta Mu, quien la observaba ligeramente divertido.
— No hay puerta —dijo ella remarcando lo obvio.
— Es una larga historia —fue lo único que le dijo Mu al respecto. El rostro del lemuviano se alzó al cielo, aún claro a pesar de que el sol estaba a punto de esconderse tras los altos picos de la cordillera en la que se encontraban—. No estamos demasiado lejos pero tampoco podemos entretenernos.
Sus ojos se cruzaron nuevamente. Mu sonrió ligeramente y soltó su mano. Un extraño frío cubrió la palma de Laupheim, allí donde antes se encontraba encajada la fuerte mano de Mu.
— ¿A dónde vamos? —preguntó ella.
— Sígueme.
Laupheim lo hubiese seguido satisfecha, sin embargo sus pies se negaban a moverse. Hacía unos minutos estaban dentro de la pagoda y ahora fuera. No había entrada por lo que únicamente era accesible mediante…
— Tele-transportación —susurró Laupheim inconscientemente, como un hilo a los pensamientos que desfilaban por su mente.
— Laupheim —llamó Mu en ver que no le seguía. Cuando ella alzó la mirada, vio como el joven lemuviano estaba ya algunos metros por delante suyo— ¿Vienes?
Ella asintió y corrió la distancia que los separaba para seguir el resto del camino al lado del chico.
Aquella era una tierra hostil donde la vegetación prácticamente no existía y el paisaje estaba conformado por puntiagudas formaciones de roca y arena. Cruzaron un largo sendero, como un puente hecho por la misma naturaleza. Laupheim trató de vislumbrar que había en el fondo de aquel barranco, sin embargo, era demasiado profundo como para que pudiese apreciar que reposaba al final.
— Ten cuidado —le alertó Mu quien caminaba delante suyo—. Este es un paso peligroso.
Laupheim asintió con cierto nerviosismo y se obligó a no mirar más hacia el fondo del barranco. Sus ojos quedaron fijos en la espalda de Mu todo el recorrido hasta que la vegetación empezó a hacerse presente.
Hacía algunos minutos que habían abandonado los senderos de piedra para acceder a planas de césped amarillento. Las montañas que se dibujaban en frente suyo estaban peladas, tanto como la explanada por la que andaban, donde no había un solo árbol en kilómetros. En el horizonte, diversas montañas blanquecinas eran ahora teñidas de color naranja, igual que el arroyo que corría por su lado.
No obstante, su mente volaba lejos de las praderas del Tíbet. Concretamente, estaba centrada en la tele-transportación de Mu. Aunque detestase pertenecer a la arisca familia real, debía admitir que su biblioteca tenía muy buen material. Además, al ser hija de los monarcas disponía de una serie de beneficios como, por ejemplo, saber de la existencia de una colonia de lemuvianos fuera del lapso temporal de Lemuria. En cuando le vio, supuso que Mu y aquel niño pelirrojo pertenecían a dicha colonia, sin embargo, desconocía que ellos supieran del uso de la tele-transportación. Supuestamente esta habilidad estaba reservada a los más selectos. Tan restrictivos eran con el desarrollo de dicha habilidad, que ni siquiera ella siendo una princesa la sabia usar.
— Llegamos.
La voz de Mu la alertó de que debía regresar a la Tierra. Obedeció, percatándose del hermoso lugar al que habían llegado. A su lado, un arroyo caía libremente por el barranco que había apenas unos metros en frente suyo, seguramente creando una hermosa y maravillosa cascada. Cerca del precipicio, sin embargo, se levantaba un colorido campo de flores. Era una estampa tranquila y casi onírica.
Laupheim avanzó entre las flores, tratando de dañarlas lo menos posible. Inhaló profundamente, sintiendo aquel dulce aroma de las plantas embriagarla y relajar todas sus preocupaciones e incertidumbres. El aire de aquel lugar era fresco y puro, el aire más limpio que jamás respiró. Trató de retener aquella delicia en sus pulmones, sintiendo como era depurada desde su interior. Una frenética sensación de liberación invadió sus sentidos, sus ojos adquirieron una mirada de libertad inquebrantable y, por un instante, agradeció haber podido salir de Lemuria para presenciar semejante estampa. Aquello era hermoso, digno del mejor de sus sueños.
Mu se acercó a ella, posando sus ojos sobre la inmensidad que había retratada en frente suyo.
— Más allá de aquellos cerros, se encuentra la aldea más cercana a Jamir —Laupheim corrió sus ojos sobre el chico, expectante escuchaba sus palabras, dichas con suavidad y calma—. Tardamos aproximadamente un día en ir y volver de allí.
— ¿No podéis tele-transportaros? —preguntó Laupheim. Con la mirada que le lanzó Mu, instantáneamente se retractó de haber abierto la boca— Perdón —susurró bajando ligeramente la cabeza.
Él la miró; lentamente una sonrisa se dibujó en sus labios.
— No hay nada de que disculparse. Es cierto que domino la tele-transportación pero trato de usarla lo menos posible. No creo que se deba abusar del poder cuando no hay una necesidad explicita.
Laupheim lo contempló con atención. El sol dotaba a su piel de un cálido color que enmascaraba la pálida piel de los lemuvianos. Lentamente, los ojos del uno buscaron a los del otro, hasta que finalmente se encontraron. Laupheim creyó perderse en la inmensidad de aquellas esmeraldas, incapaz de decir por cuanto tiempo estuvo allí. Finalmente, se obligó a salir de su ensoñación, sensación que también sintió Mu y que, igual que a ella, le hizo perder la noción del tiempo.
— ¿Por qué me has traído hasta aquí?
El lemuviano aguardó unos instantes en silencio antes de contestarle, parecía valorar su respuesta con extremada delicadeza. Finalmente habló, su voz sonó lejana.
— Hace 3 días, Kiki y yo bajamos a la aldea a comprar algunas provisiones. A Kiki le gusta especialmente venir a este lugar, por lo que tomamos un desvío y vinimos. Este lugar está demasiado alejado, jamás nos hemos encontrado a nadie hasta… —detuvo su relato y miró a Laupheim ligeramente inseguridad— que te vimos a ti.
Laupheim se sobresaltó ante aquella aclaración ¿Ella apareció allí? ¿Cómo era posible? Y como si Mu hubiese podido leer sus incertidumbres, prosiguió con su relato.
— Estabas tendida en el centro, inconsciente y helada. Temimos que pudiese ser algo grave y te tele-transportamos a Jamir. Una vez allí, te llevamos a la habitación, te abrigamos y cubríamos tu pecho y cabeza con paños ligeramente calientes. Si no hubieses despertado hoy, te hubiese llevado al médico de la aldea.
La explicación de Mu la confundió. Tenía la sensación de que como más cosas sabía, menos sentido tenía todo. Sin duda ocurrió algo desde que estuvo en el jardín junto con Zwölf y Shion hasta que Mu y Kiki la encontraron en aquella pradera. Y algo sumamente importante, puesto que logró salir de Lemuria a pesar de su barrera.
— ¿Laupheim?
La voz de Mu le sirvió de hilo de Ariadna para regresar de sus pensamientos a las vastas tierras del Tíbet. Volvió a echar un último vistazo a aquel paisaje y posó sus ojos sobre el joven lemuviano que la acompañaba.
— ¿Has podido recordar algo? ¿Sabes como llegaste hasta aquí?
En su imaginación aparecieron mil y una historias que podrían explicar el porqué apareció tendida en medio de una pradera perdida en la mano de dios, sin embargo, prefirió negar con la cabeza ¿Qué sacaría de decirle otra mentira? Realmente nada. Aunque, bien pensando, el que no recordara nada no era tan trolla, ella no recordaba nada más allá de su encuentro con Zwölf en el jardín mientras regresaba junto a Shion de su visita al orfanato de Nephelion.
Mu tomó aire y le sonrió gentilmente, posiblemente tratando de reconfortarla.
— ¿Regresamos?
Sobrecogida por la sonrisa de Mu, asintió lentamente. Aguardó unos instantes más en silencio hasta que pivotó y se dispuso a emprender el camino de regreso a la pagoda. Mu, por el contrario, permaneció unos instantes más allí, detenido al lado del acantilado, contemplando como Laupheim se alejaba.
El sol bañaba sus extrañas ropas, las cuales parecían una mezcla entre los ropajes de la India y las de Europa. En sus muñecas, aquellos brazaletes de oro con piedras incrustadas habían adquirido un color mágico. En las joyas azuladas parecía reflejarse la profundidad del mar y la inmensidad del cielo, siendo un calco reflejo a lo que se sentía cuando miraba directamente a los ojos de la muchacha. Los ojos más espectaculares que Mu jamás tuvo oportunidad de apreciar.
Desde allí, la veía alejarse, saltando ligeramente entre las flores, procurando no pisar ninguna.
— Por cierto —su voz sonó dulce, llegando a los oídos del lemuviano en forma de brisa. Laupheim giró levemente, ocultando sus manos tras la espalda y sonriéndole genuinamente—, muchas gracias por ayudarme.
La conmoción y el agradecimiento se plasmaron en el rostro del muchacho quien, torpemente, bajó la mirada al suelo para evitar que ella vislumbrase el sonrojo que se propagó por sus mejillas.
Laupheim lo observó con atención; Mu alzó nuevamente el rostro tras tranquilizarse un poco y trató de mostrarse lo más sereno posible. Aun así, sus sentimientos fueron traicioneros y aquella alegría que sintió cuando Laupheim le agradeció su gesto, quedó latente en su voz.
— ¿Tienes hambre? —Laupheim sintió que su corazón saltaba en escucharle. Un torrente de nostalgia la azotó en aquel momento, alejándola de las tierras del Tíbet. Por un instante se vio reflejada en Mu. Había sido la misma escena; ocurrió algo semejante cuando descubrió a Shion fuera del orfanato y él reconoció su esfuerzo por ayudar a los huérfanos. Mas en esta ocasión había sido ella quien había reconocido el esfuerzo de Mu (y también de Kiki) en cuidarla hasta que se recuperara— Al regresar deberíamos empezar a preparar la cena —prosiguió Mu.
Aunque Laupheim se demoró unos segundos en contestar, procuró que su voz transmitiese la misma dulzura que la de Shion en aquel instante, procuró que Mu entendiese su gratitud y la simpatía que sentía por él y, supuso, su pequeño hijo.
— ¿Podré ayudaros? —preguntó.
Mu la miró perplejo, haciendo que una pequeña risa escapara de labios de la princesa.
— Por favor —sonrió el lemuviano, dejando que algunos finos mechones danzaran por delante de su rostro, acentuando sus facciones y resaltando sus ojos esmeraldas.
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Para cuando llegaron a la pagoda, la noche ya había caído sobre sus hombros. Por suerte, aun tuvieron la suficiente claridad para poder pasar por el puente de piedra. Si hubiesen llegado de noche a aquel paso, Laupheim tenía claro que hubiese explorado en primera persona que se encontraba en el fondo de aquel profundo barranco.
Una vez llegaron a los pies de la pagoda, Mu agarró su mano de improvisto y antes de que pudiese parpadear, ya se encontraban en su interior. Lo primero que Laupheim sintió fue un delicioso aroma flotando por la sala de estar y providente de la cocina. Olía a leña y a pan recién hecho. Su estómago emitió un pequeño sonido, avisando del hambre que tenía.
Laupheim se abrazó el vientre con apuro y miró hacia Mu. Al parecer, él ni se había dado cuenta de la pequeña cancioncilla de su barriga. Algo más tranquila, siguió al lemuviano hasta el interior de la cocina.
— Ya regresaron —sonrió el niño pelirrojo mientras tomaba algunas hortalizas de un cajón.
— ¿Empezaste a preparar la cena tu solo? —preguntó Mu mientras caminaba hasta donde estaba el pequeño. El niño asintió.
Laupheim, por otro lado, examinó toda la estancia, maravillada. Quedó sorprendida de la calidez que emitía aquella sala, siendo increíblemente acogedora. No era grande, aunque para 3 personas que vivían ya estaba bien. Que eso le hacía pensar ¿En dónde estaba la madre de Kiki? Laupheim observó que Mu estaba preparando la mesa para tres personas. Su cara debió ser todo un poema, puesto que Mu le preguntó:
— ¿Ocurre algo? —incluso parecía preocupado.
Laupheim salió de su ensoñación y negó con esmero.
— No, no es nada.
Aunque no parecía estar del todo conforme con aquella respuesta, Mu no siguió insistiendo. Los ojos del lemuviano se posaron sobre el pequeño Kiki quien, subido a un taburete, removía un cazo con arroz en su interior. Una sonrisa apareció en el rostro del mayor y este volvió a mirar hacia Laupheim.
— Os presentaré —la atención de la sala recayó inmediatamente sobre Mu—. Laupheim, él es mi discípulo, Kiki.
Su expresión alcanzó un nuevo nivel de desconcierto. Kiki, detrás de su maestro, hasta parecía asustado.
— ¿Discípulo? —se las arregló para decir a pesar de que la sorpresa le impedía pensar con claridad.
Ahora era Mu el desconcertado. Él y Kiki intercambiaron miradas, posiblemente buscando una respuesta en el otro. Algo que no encontraron, desde luego, porque volvieron a mirar a Laupheim a la espera de que esta les esclareciera un poco lo que estaba pasando.
— ¿No es tu hijo? —preguntó ella después de un tiempo en silencio.
Los ojos de Mu se abrieron como platos y los de Kiki parecía que se iban a salirse de sus cuencas.
— No hace falta que digáis nada —se apresuró en decir Laupheim en ver que había metido la pata hasta el fondo. Si se hubiese quedado calladita, se hubiese ahorrado ese mal trago. A su suerte, tanto Mu como Kiki parecieron tomárselo bien, puesto que estuvieron toda la cena bromeando.
Fue una velada amena y agradable. Puede que no estuviesen relacionados sanguíneamente, pero Mu y Kiki tenían una relación muy similar a la de un padre y un hijo. Ambos parecían quererse y preocuparse por el otro.
Laupheim los miró con curiosidad y una pizca de envidia ¿Sería así como deberían llevarse los padres y los hijos? A diferencia de Mu y Kiki, quienes le dijeron que ambos habían sido huérfanos (y remarcaron el habían, puesto que lograron encontrar a alguien más quien se convirtió en su nueva familia), Laupheim tenía ambos padres vivos. Aun así, su relación con ellos, igual que con su hermana, distaba de ser como la que Mu y Kiki tenían.
En palacio, a pesar de estar rodeada de todos los lujos imaginables, a pesar de tener doncellas con las que poder pasar el tiempo o una enorme biblioteca en la que poder aprender y leer maravillosos relatos; no existía nada parecido a una familia. Su padre se encerraba en la biblioteca día y noche, cuando no estaba prediciendo el futuro. Su madre pasaba el día con sus doncellas o visitando a Zwölf para sus confesiones y Shenda… De ella prácticamente no sabía nada. Solía verla rodeada de soldados. A diferencia de ella, ellos llevaban a Shenda como si de una diosa se tratase. En definitiva, jamás vio como era una familia "normal" y ahora que la tenía en frente, no podía evitar sentir un enorme vacío en su pecho. Gustosa hubiese cambiado todos sus lujos por un solo minuto en el que sintiera la calidez de una familia arropándola.
Al terminar, Kiki subió a su habitación y dejó a Mu y Laupheim la tarea de recoger y lavar los platos. No se demoraron demasiado y en poco más de 15 minutos, la cocina ya estaba recogida.
— ¿Recuerdas donde estaba tu habitación? —preguntó Mu, recostándose contra el marco de la cocina. Laupheim volteó a verlo, uno de sus pies sobre el primer escalón.
— No realmente…
— Es la cuarta planta. Al final del pasillo, la puerta de la derecha.
Laupheim le sonrió en agradecimiento.
— Buenas noches, Mu.
Él asintió y se cruzó de brazos, observando como Laupheim desaparecía escaleras arriba. La soledad cayó sobre él, incluso el comedor y la cocina parecieron volverse más oscuros ahora que estaba solo en la planta baja. Sin embargo, no tenía ganas de irse a acostar aún. Pivotó y entró a la cocina. Rebuscó por los cajones y puso una tetera a calentar.
Desde pequeño, el té lo había ayudado a dormir, por muy incomprensible que pudiese sonar. Su maestro Shion solía prepararlo cuando por las noches se levantaba con pesadillas y no quería volverse a dormir. El té de manteca de Yak, en especial, era su favorito. Un té salado que muy pocos apreciaban y que solo lograba encontrar en las tierras del Tíbet.
La tetera silbó y se sirvió un poco de aquel líquido en una taza de cerámica que Kiki le hizo hace algunos años para su cumpleaños. La taza en sí no era una obra maestra pero, el que la hubiese hecho Kiki ya la dotaba de un valor especial. Mu retiró la silla de la mesa y se sentó con lentitud. Aquel té lo relajaría y le permitiría dormir tranquilamente. Abrazó la taza con sus manos y miró el líquido que había en su interior. Le divertía ver como su figura se deformaba con la inestable superficie del brebaje.
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Laupheim subía sosegadamente. No tenía prisa por regresar a la habitación a pesar de lo cansada que se encontraba. En llegar a la cuarta planta, se arrepintió profundamente de no haberle pedido una vela a Mu. Allí no se veía nada. Sin embargo, indispuesta a regresar a la cocina, tanteó por las paredes hasta que logró dar con la puerta de su habitación. Cuando la abrió, la luz de la luna iluminó su rostro. Una luna más brillante e intensa de la que vio en Lemuria.
Hipnotizada por el astro, cruzó la habitación, deteniéndose al lado de la ventana. La abrió, sintiendo la brisa jugar con sus cabellos. El aire se había vuelto ligeramente más frío, pero era agradable de todos modos. Su vista corrió desde las montañas lejanas, todas ellas cubiertas por un manto blanco de nieve, hasta la noche estrellada coronada por el satélite.
Las imágenes del puente revivieron en la mente de Laupheim. Aquellos instantes en los que Shion y ella regresaban del orfanato, deteniéndose en el puente Júpiter. Momentos en los que pudo saborear como era una persona de fuera de Lemuria, inocente a lo que pudiese ocurrir en aquel lugar desdichado.
Lentamente, recostó sus manos sobre la repisa de la ventana y, con la vista aún fija en el cielo, murmuró su nombre. Deseó que él pudiese escucharla, donde fuera que estuviese. Rezó a todos sus dioses para volverse a encontrar.
— Shion… —se escapó de sus labios.
Aguardó allí unos instantes. Puede que esperando a que alguna señal apareciera o que el mismísimo Shion se presentase allí. No obstante, nada ocurrió. Con una sonrisa amarga, riéndose de su propia ingenuidad, Laupheim cerró la ventana y fue hacia la cama. Era momento de dejar que Myniure, el dios de los sueños, la envolviese cálidamente entre sus brazos y la alejara, aunque fuesen por unos instantes, de la confusa realidad que estaba viviendo.
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No conocía aquel lugar, era oscuro y árido. El cielo y la tierra eran del mismo color, triste, agónico, pésimo. No había brisa, no había sol o luna. Estaba en medio de la nada. Había una tenue claridad uniforme. Parecía estar en un lugar apartado de todo y de todos. Ni siquiera el tiempo o el espacio parecían fluir en aquel sitio.
Una extraña ansiedad escaló por su garganta. Esa sensación de opresión y soledad que se hacía tan devastadora para cualquier persona. Y entonces le vio. Una figura alta y fuerte. Sus cabellos eran largos y revoltosos, su cuerpo cubierto por una parca negra. Le conocía. Claro que le conocía.
— ¿Shion?
Él la miró. Laupheim sintió una cálida sensación en verle e inmediatamente una profunda tristeza. Los ojos de Shion habían perdido su vitalidad, su alegría y aquella justicia que siempre relucía en sus iris. Aunque todo esto pasó desapercibido para la princesa, quien solo podía sentir el júbilo de encontrarle.
Laupheim vaciló. Buscó fuerzas para caminar hacia él. Quería verle, tocarle, abrazarle. La alegría de verle se extendió por su pecho en forma de ondas que se propagaron por su cuerpo, embriagándola. Él estaba allí, la estaba esperando. La veía acercarse.
— Shion, me alegra que estés bien
Él movió sus labios, dispuesto a contestarle. Sin embargo, ningún sonido emergió. Todo se volvió negro y la imagen de Shion desapareció junto aquel extraño e incierto lugar. Sintió caer en un pozo sin final. No veía luz y únicamente era la oscuridad quien la acompañaba. Temía por si llegaba al final de aquel agujero. Extendió su mano hacia arriba, esperanzada de que alguien la cogiera. Nadie lo hizo. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos y entonces gritó su nombre.
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— ¡SHION!
Laupheim se levantó de sopetón. Cuando se dio cuenta, vio que aún estaba en la habitación de la pagoda de Mu. Era oscuro, puede que sobre las 3 o las 4 de la madrugada. Vislumbró una figura a su derecha, lentamente miró hacia allí. Mu estaba a su lado, sentado sobre un taburete. Sus manos estaban juntadas sobre su falda, su mirada perdida, puesta sobre ella y una indescifrable expresión gradaba en su rostro. Laupheim miró fugazmente la mesita, encontrándose un paño mojado doblado sobre ella. Sus ojos volvieron sobre el lemuviano.
— ¿Mu? —preguntó con cautela. Él se mantuvo en silencio— ¿Ha ocurrido algo?
Mu desvió la mirada. Parecía frustrado. Sin mediar palabra, se levantó del taburete y se marchó de la habitación, dejando que la puerta se cerrase si sola, muy lentamente. Cuando Laupheim escuchó el sonido de la puerta al cerrarse, fue cuando logró salir de su ensoñación. No entendía la reacción de Mu, pero estaba bastante consternado al respecto.
En su mente, los sentimientos que experimentó durante aquel sueño aún la inquietaban. Miró a través de la ventana, la luna había bajado. Pidió ayuda al astro para levantarse de la cama. De repente, necesitaba salir de aquella habitación. Se destapó y salió.
En el pasillo, la oscuridad y el frío la recibieron. Aunque ella no podía estar más feliz de su presencia. Permaneció unos instantes delante de su puerta, buscando tranquilizar aquella inquietud. Cuando creyó que estaba algo más relajada, enfiló el pasillo hasta que llegó a las escaleras.
No había rastro de Mu ¿Podría haber subido arriba? Seguramente su habitación estuviese allí. Así pues, ascendió por la escalera de caracol. El recorrido se le hizo eterno, pero finalmente llegó. Arriba se encontró con una larga habitación. Aquello no era un dormitorio, no había duda. Hubiese regresado de no ser porque sintió curiosidad por lo que había allí. Diferentes armaduras, todas ellas destruidas, reposaban a lado y lado. Creaban un pasillo que conducía al balcón que había al frente, sin embargo, en medio del recorrido reposaba una caja dorada. Laupheim decidió acercarse al objeto, curiosa por saber de que se trababa. Desfiló por el camino que las armaduras creaban. Sentía el suelo crujir a sus pies, siendo esa la única compañía de la que disponía ahora. Avanzó con lentitud, observando aquellas obras.
— Armaduras —susurró hipnotizada por la majestuosidad de aquellos objetos. Sabía que las armaduras que los caballeros de Athena portaban fueron creadas por los lemuvianos. Cada una de ellas representado a alguna de las 88 constelaciones del cielo, todas ellas piezas de guerra con vida propia. Una creación como pocas se habían visto.
Eventualmente, llegó a la caja de oro. Se arrodilló y la acarició con delicadeza. Había un extraño dibujo en la parte superior y otros cuatro decorando los laterales. Su tacto era frío e irreal. Sin mirar, Laupheim dejó que sus manos recorrieran los relieves. Eran obras maestras, esculpidas hasta el último detalle. Sintió una curiosa forma de animal en uno de los laterales. Extrañada, giró la caja. Se paralizó en reconocerla. Esa forma pertenecía a…
— Veo que la has encontrado —escuchó una voz a sus espaldas.
Volteó sobresaltada, viendo como Mu permanecía a unos metros de distancia. Su rostro estaba serio, sus puños apretados. Parecía alguien completamente distinto.
— Como ves, Laupheim, yo soy el caballero dorado de Aries.
¡Hola a todos!
¡Y llegó el tercer capítulo! Hacía algunos días que lo tenía escrito (borrador). Ayer lo leí de nuevo y casi me asusto. Prácticamente está todo cambiado desde aquel primer borrador pero bueno, se supone que debe ser así ¿o no?
Antes de contestar a los reviews, me hace mucha ilusión el apoyo que estoy recibiendo. Prometo que tuve miedo de empezar la historia de nuevo, pensando que no gustaría. Sin embargo, me alegra ver que, poco a poco, va a trayendo a más gente :) ¡Muchas gracias a todos! Y ahora, la contestación de los reviews:
legatee: Sé que resulta confuso empezar la historia de nuevo pero realmente no sabía como proseguir con la otra sin enredarlo demasiado todo. Pensé en borrar la historia y abrir una nueva, pero me parecía una falta de respeto por toda la gente que había comentado así que decidí usar misma cuenta, por así decirlo ¡Y me alegra que te esté gustando este nuevo comienzo! Admito que es bastante distinto al otro pero creo que este es más interesante y da más intriga. No he fics donde aparezca Lemuria y me pareció interesante incorporarlo :) Y sobre Shion y Asmita, los veo así. Shion me parece muy inocente y Asmita muy independiente, pensé en varias reacciones pero creo que esta es la que se ajusta más a ellos ¡En eso coincides conmigo! En fin, también quiero agradecerte tu apoyo ¡Ha sido muy importante! Y espero volverte a ver pronto por este fic ;) Un fuerte abrazo :)
andy: A todos nos encanta Shion jajajaja ¿Y quién puede resistirse a él? :P Espero que te guste este nuevo capítulo y ¡Muchas gracias por tu aportación! Espero verte pronto por aquí. Un fuerte abrazo :)
Hecho esto, quiero decir que estoy trabajando en el 4 capítulo y que me queda bastanteeeee, por suerte estoy de vacaciones por lo que tengo mucho más tiempo libre. Además, prometo subirlo lo antes posible así que ¡Sed pacientes!
Por último, insisto en que todo el apoyo que estoy recibiendo a través de followers, favoritos o reviews es muy importante ¡Muchas gracias a todos vosotros!
Espero que os haya gustado este nuevo capítulo y nos vemos en el próximo.
No olvidéis dejar algún review :3
Un fuerte abrazo
Enna
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