Aunque a veces me presten a Sesshōmaru, ni él ni Inuyasha & CO. me pertenecen, son todos de Rumiko Takahashi.
N/A: Wow, es bueno estar de vuelta! Muchas gracias por leer hasta acá :)
"Cuando las sombras de la noche y las estrellas aparezcan,
Y el mundo entero este en contra tuya,
Yo te sostendré por un millón de años"
-Make you feel my love.
Capitulo III
El día que Rin había llegado al mundo, su madre casi lo deja. Una muerte que habría traído vida. Irónico.
El parto había sido atendido por las mismas personas que ayudaron a Kagome la primera vez, diez años atrás: La anciana sacerdotisa Kaede, la fiera cazadora de demonios: Sango, y la única con experiencia en partos Youkai: Ayame.
Un trio extraño para cualquiera, sobre todo dada la delicadeza del tema, pero las únicas personas en quien Kagome confiaba a final de cuentas. Otras parteras, cegadas por su aversión a los Youkai, y a los descendientes de estos, no eran una opción. Aquellos que servían a Sesshōmaru tampoco eran de confianza. Evidencia suficiente de ello habían sido las ocasiones en que alguno tratara de asesinar, secuestrar o herir a su primer hijo por considerarlo impuro, hibrido y aberrante.
Así pues, dejó nuevamente su vida y la del niño en manos del particular trio.
Sesshōmaru se había marchado semanas atrás al Sur para arreglar asuntos pendientes con uno de sus aliados, y había regresado, por mera coincidencia, en el momento justo en que la cazadora de demonios, envuelta en un kimono escandalosamente salpicado de una sangre cuyo aroma, el Daiyoukai conocía muy bien, deslizaba las puertas de los aposentos donde estaba la Miko, salía a su encuentro y empujaba un brazo contra la armadura del demonio, a la altura de su pecho sin titubear.
Él levanto imperceptiblemente una ceja. No le sorprendía del todo, claro, la cazadora nunca había tenido ningún tipo de diplomacia o cautela al dirigirse a él, pero entre eso y acercarse tanto, y tocarlo directamente…
Por instinto considero arrancarle la mano para castigar su atrevimiento. De inmediato, la voz de la razón le dijo que eso probablemente molestaría a Kagome.
Se limitó a bajar la vista con indiferencia hacía el brazo firme de la mujer, para descubrir que ahí sostenía un bulto cálido de pulso frenético y aroma curioso, envuelto en mantas blancas.
Sango levantó el rostro para encontrar su mirada con el gélido hielo que él tenía en los ojos.
—Si no hacemos algo pronto, Kagome morirá. — Sentenció con una voz dura que se quebró ligeramente antes de terminar la frase. — Me necesitan adentro. Tómala. Cualquier otro tratará de matarla.
Sesshōmaru regresó la vista al frente y agudizó sus sentidos: Dentro en la habitación, el aroma de la sangre inundaba todo, mezclándose con lágrimas, sudor y otros fluidos corporales.
Los latidos de Kagome parecían volverse más inconstantes a cada segundo, la respiración lenta y dificultosa de ella delataba que sus exhaustos pulmones podrían simplemente detenerse en cualquier instante.
Sesshōmaru estrechó la mirada: La cazadora no mentía.
Con un seco asentimiento en respuesta, levantó una mano provista de garras y la colocó debajo del bulto movedizo, sin mirarlo.
Sango pareció darle un gesto de aprobación con la cabeza y retirando su agarre suavemente, dio media vuelta y cerró la puerta detrás de ella.
Por breves instantes, Sesshōmaru se quedó inmóvil frente a la puerta sin bajar la vista. Fue uno de aquellos contadísimos momentos de su longeva vida en los que no supo exactamente qué hacer. Después de casi medio segundo, llego a la resolución de que lo primero sería moverse de ahí.
Las paredes tenían ojos y oídos, y él no deseaba ser visto ni escuchado en aquél instante. Tan pronto como lo pensó, se dirigió a la primera habitación vacía que encontró.
Lo segundo importante sería ir hasta la cama para depositar…le ahí. Si. Dejaría el bultillo en la cama mientras él se quedaba en el marco de la puerta y se aseguraba de que nadie entrara.
La idea había sonado más sencilla en su mente de lo que hacerla resultaba. Cuando estuvo frente a la litera de cubiertas finas no supo decir que procedía.
¿Bajaba al bultillo como si estuviese poniendo una espada en el suelo? Parecía ligeramente más sabio que solamente dejarle caer sobre la superficie acolchada, pero era sólo una suposición. Sesshōmaru jamás había sostenido a un recién nacido entre sus brazos.
Él ya tenía un hijo, sí, pero la situación había sido distinta.
Sesshōmaru no era idiota, por supuesto. Tenía un excelente sentido del olfato que detectaba mil aromas más que la mayoría de los humanos ni siquiera comprendería. Uno de ellos era la dulzona y fina esencia de la fertilidad en una mujer.
En su momento, no se había detenido por ello con Kagome, no porque no supiera las consecuencias potenciales que podrían surgir, sino porque supuso, erróneamente, que una sacerdotisa y un youkai jamás podrían concebir.
Él había visto a la Miko quemar a mil demonios durante sus travesías juntos al simple contacto o a través de sus flechas purificadas. Sonaba anti natural que cualquier cosa que engendrara con un Youkai sobreviviera dentro suyo.
Y, sin embargo, después de yacer juntos, nació algo que no era humano ni Youkai, pero que tampoco era un Hanyo, no al menos uno como Inuyasha.
No tenía orejas de perro coronando su cabeza, pero tampoco la cabellera platinada propia de los Inu Daiyoukai, sino una intensa melena negra.
En el rostro de la criatura, blancos relieves que parecían heridas de quemaduras cicatrizadas por el tiempo, o hilos cocidos por debajo de la piel, ocupaban el lugar de las marcas demoniacas de colores purpuras y cerúleos que Sesshōmaru si poseía. Una línea gruesa a cada lado de las mejillas y una luna menguante dibujada en la frente.
Garras y colmillos largos impropios de su escasa edad. Herramientas útiles para una bestia, pero letales para un humano, especialmente cuando le salen desde dentro.
Kagome casi había muerto cuando nació su primogénito, también. Y a pesar de que fue lo suficientemente fuerte para resistir, la anciana sacerdotisa de la villa de Inuyasha le había dejado bien claro que la muchacha nunca más podría tener hijos: su interior había sido destrozado.
Aquella equivocación de la anciana era lo que los traía ahí, nuevamente con una Kagome moribunda, una criatura de naturaleza desconocida y un Sesshōmaru cuestionando sus decisiones de vida.
La criatura emitió un chillido y se revolvió entre su agarre, regresando al príncipe del oeste de vuelta a la realidad. Reparó que no se había movido de los pies de la cama y que, en su lugar, simplemente se había mantenido mirando la ventana sin ver nada realmente.
Sesshōmaru nunca sostuvo, o se acercó siquiera, a su primer hijo hasta pasados varios años de su nacimiento.
No podría haberlo hecho. Estuvo furioso. Lleno de resentimiento consigo mismo por permitirse caer tan abajo al acostarse con una humana. Absolutamente disgustado cuando llegó a sus oídos el rumor de que había nacido el bastado del Lord de la casa de la Luna. Sesshōmaru pensó en matarla a ella, a la cría y a todos lo que habrían sabido o siquiera sospechado del asunto entre ambos, para restaurar su honor.
Una fuerza más grande que él mismo lo detuvo en ese pasado.
Casi con cansancio, Sesshōmaru exhaló.
La curiosidad llevó su mano a donde las mantas se encimaban. Con gracia, las removió de un movimiento fluido para descubrir el rostro de la criatura.
Bajó la vista, y ahí, con los ojos bien abiertos se encontraba observandole su segunda hija.
Un pedacito insignificante de carne rosada y grandes ojos marrones con un detalle felino en ellos que le recordaba a su propia mirada, pero llenos de curiosidad y alegría, como los de Kagome. Una cabellera corta y alborotada hecha de almendras y chocolate que parecía el resultado de mezclar el negro intenso de los cabellos de la madre y el blanco platinado de los suyos.
No había marcas Youkai visibles sobre sus mejillas. Sesshōmaru utilizó un dedo para remover el flequillo rebelde de la frente infantil y ahí descubrió la marca de su linaje: Una luna menguante del mismo tono lila que la propia.
Shirōumaru era un recuerdo constante de sus errores. El niño era indudablemente suyo. Tenía sus ojos dorados, sus marcas demoniacas deformadas en color y forma y un semblante duro, pero había heredado el escandaloso color azabache de su madre, sus ojos grandes y su personalidad arrebatada.
La niña por otro lado no le recordaba a nada. Ni se parecía a nadie más que a ella misma. Una extensión pequeña que ambos habían creado. Con una energía destacable que mezclaba chispeantes auras de sacerdotisa y poderosos torbellinos de yoki. Un aroma único de sol y luna. El punto de equilibrio exacto entre sacerdotisa y demonio. No era lo suficientemente humana, pero si lo necesariamente Youkai. Era de Kagome y suya también y sin embargo no le pertenecería a ninguno.
A diferencia del primogénito, que debía cubrir y superar la sombra de su padre, y la del padre de este antes que él; la hija menor crecería para ser libre, excepcional y…
— Digna. — musitó, apenas audiblemente. — Rin, entonces.
Y ella en respuesta sujetó el dedo largo de Sesshōmaru con sus pequeñas manos tersas, sin dejar de emitir soniditos.
Las comisuras de sus labios se elevaron imperceptiblemente.
—¡Inuyasha! — grito la Miko angustiada, y corrió hasta el hanyo caído.
—¡Pero de qué demonios se trata esto! — gritó de pronto él desenterrando su cara del fango fulminó al collar con la mirada, halándolo duramente entre sus garras.
—Este imbécil, ¡Cómo rayo pudo activar el collar! ¡La vieja Kaede dijo que sólo tú podías hacerlo funcionar! Agh, ¡Maldición!
Inuyasha tenía el rostro cubierto de barro y el hechizo de dominación aún ejercía cierta gravedad sobre su cuerpo que le impedían ponerse de pie.
Le había dolido y se veía ridículo, pero Shirōumaru no pensó lo mismo, el seguía enojado. Muy enojado.
"Si hubiese sido más rápido lo habría detenido. Si Inuyasha no se hubiera atravesado, pude alcanzarle. Imbécil, Imbécil. ¡Imbécil! " Pensó sin dejar de fulminar con la mirada al caído.
Un gemidito esporádico acaparo por completo la atención de los presentes, una queja diminuta proveniente del cuerpo maltrecho de Rin.
—¡Espera por favor, no la lastimes!
Gimoteó la miko cuando en un fugaz movimiento que escapaba de la vista, el joven youkai ya estaba agachado a la altura de la niña sosteniéndola sobre su regazo.
La mirada dorada del muchacho reparó en Kagome. Su semblante se descompuso con un breve asombro y luego, con una mirada de nostalgia incomprensible para la Miko. Sus fríos orbes centellearon brevemente con tristeza y a ella le pareció la cara herida de un niño haciendo pucheros de reproche.
—Yo nunca haría algo así. Para mí, nada puede valer más que la vida de Rin.
Regresó la vista a la niña y peinó sus cabellos castaños con delicadeza.
La más pequeña de las sonrisas apareció en sus labios, sintiendo algo cálido iluminar su interior cuando la sujetó.
Se sintió... ¿Feliz? Creía que esa era la palabra adecuada. También melancólico ¿Cuantos años debieron pasar para volver a tenerla junto a si? ¿Cuánta sangre debió ser derramada para salvar a la adorable princesa del oeste?
Demasiadas muertes, mucha maldad, luchas incansables, exhaustivos viajes en el tiempo, pero al final, todo había valido la pena. Rin ya estaba a su lado, a salvo.
—¿Eh? ¿Tú la conoces? — Inquirió ella, desconcentrada.
—¡Bastardo, quítale las manos de encima! — Gruñó un furioso Inuyasha, ya preparando a Tessaiga.
Él olía peligro en aquel idiota, destilaba arrogancia y frialdad. Le erizaba los vellos de la nuca.
—Está bien, Rin. Ya eh llegado, estoy contigo.
La mujer le escucho susurrar con una voz suave como el terciopelo mientras la sacudía delicadamente para despertarla con una mano y con la otra supervisaba que no tuviera heridas.
—¡Maldito! ¿No lo entiendes? ¡Aléjate de ella de una vez!
—¡Espera Inuyasha! —intervino Kagome.
Mirando la forma en que el recién llegado reaccionaba frente a la niña, se podría decir que estaba feliz de verla. Lo supo en cuanto esos frívolos ojos dorados que irradiaban ira cambiaron a unos llenos de preocupación y afecto al abrazar a Rin.
—¿Eh? ¡Kagome, que estás diciendo!
—Inuyasha...el no parece tener intenciones de hacerle daño a Rin, ¿No lo ves? — probó tranquilizarlo con dulzura.
El híbrido la miro como si se hubiera vuelto loca.
—Si el infeliz no quisiera dañarla ni siquiera hubiera usado a esa maldita espada para empezar!
—Sí, eso ya lo sé, pero...a mí no me parece alguien malvado. — Kagome continuó mirándolo fijamente tratando de encontrar rasgos de maldad o malas intenciones, sin éxito.
—¡¿Qué?! ¡No podemos confiar en él, es un desconocido! ¡Además como rayos explicas que pueda activar el collar de dominación!
—Bueno, eso sí es desconcertante, pero si esperamos un poco quizá él pueda explicarnos. — concluye bajando la mirada para mirarse los dedos con los que jugaba. Se siente un poco avergonzada por su descabellada solicitud.
El peli plata entro en un dilema mental, por un lado estaba el inminente misterio y potencial peligro que el sujeto representaba y por otro, el hecho de que la dulzura de Kagome al darle segundas oportunidades a los psicópatas siempre era acertada.
Mientras la pareja discutía acaloradamente, el joven heredero alzó sutilmente a la niña y la coloco en sus brazos sin levantarse del suelo. La escrudiñó a detalle para asegurarse de que no estuviera herida.
Extrañamente había crecido. Mucho. También notó que el sello que su madre le había puesto a Rin continuaba siendo fuerte; Olía y lucía completamente como una humana.
Tras desvariar un poco entre tartamudeos Inuyasha soltó un "¡Keh! Cómo sea, de cualquier forma, Sesshōmaru no anda lejos, si percibe a este cerca de Rin no dudes que acabará con él" Y se cruzó de brazos indignado, ¿O resignado? Quien sabe, cuando se trataba de una petición de Kagome él nunca se negaba.
Shirōumaru hacia oídos sordos de las discusiones de la pareja. El mundo a su alrededor había dejado de importar ahora que la había encontrado.
Ella abrió los ojos.
El sol que se colaba entre las hojas le deslumbro la vista lo suficiente para únicamente poder distinguir una silueta alta, de finos rasgos severos.
—¿S-Sesshōmaru sama? —musitó ella un poco aturdida, despertando de su inconsciencia, los ojos dorados que la miraban con gentileza se agrandaron en desconcierto.
—¿Sesshōmaru- sama? — Repitió él.
La niña, percatándose de que aquella voz juvenil no era la de su gran señor, giró el rostro hacia su emisor.
—Etto...¿Quién es usted?
Inquirió, mirándolo con ojos curiosos mientras se incorporaba lentamente.
"¡Ah, se parece mucho al señor Sesshōmaru!" Apremio ella en mente, percatándose de su error al confundirlos, pero justificándose por el inmenso parecido entre ambos. Su cabello parecía tener la misma caída elegante, sólo que al extraño Inu-youkai pelinegro, el flequillo le cubría por completo la frente. ¡Y sus ojos! parecían hechos del mismo oro gélido.
Un pinchazo doloroso le taladro el cerebro. Un nombre sin letras ni sonido resonó en la parte más recóndita de sus recuerdos.
Se llevó por impulso una mano a la cabeza.
—Auch, duele…
"¿Rin, no puedes reconocerme?" pasmado, no atinó a moverse de su posición.
La sorpresa en el gesto de los presentes se acentuó.
—¿Eh? Rin, ¿Tu no lo conoces?
"Madre, ¿Tampoco eres capaz de darte cuenta? ¿Qué demonios sucede?"
—Pues, no creo haberlo visto antes, ¿Por qué piensa eso señorita Kagome?
Afligido, el recién llegado volvió a hablar:
—¿Acaso has olvidado tu linaje, Rin? ¿A tus padres, a tu familia? — Su voz sonaba extrañamente apesumbrada al igual que su semblante. Un gesto que no parcia corresponderle a alguien que se viese como él.
Ella impactada, como si el hombre hubiese dicho una blasfemia, giró su rostro con semblante triste hacia él.
Luego su mirada se alejó, enfocada en un borroso momento del pasado que no podía aclarar , porque en su subconsciente sabía que de hacerlo perdería mucho más que la cordura.
Violentas y fugaces escenas llenaron su mente: Gritos, sangre y muerte por doquier. Cadáveres extendidos por el suelo con rostros familiares que realmente no podía recordar.
Tragó. Su carita se ensombreció con abatimiento.
—Mi papá, mamá y hermanos fueron asesinados por criminales. — Apenas les recordaba, no por la apariencia de su rostro, pero a veces podía sentir la calidez de su madre y sus manos suaves acariciándole el rostro. El sonido aterciopelado de la voz de su padre y su presencia imponente. La electrizante energía de su hermano. La alegría genuina que sus hermanos le regalaban.
Como fuera, Rin no tenía recuerdos de su imagen. No más allá de la forma difusa de sus siluetas o notas distorcionadas de su voz, al menos.
"Criminales" Repitió en su mente el compungido hombre, miró a profundidad a la niña con ceño ensimismado. "Algo está mal"
—Sus nombres. ¿Cuáles fueron sus nombres? — Inquirió entre dientes con gesto receloso.
La niña negó cabizbaja, mientras sus ojos se inundaban de lágrimas.
—Yo…ya no puedo recordar a mi familia. — Como fuese, tanto como doliera y a pesar de lo molesta que se sentía consigo misma por haber sido incapaz de inmortalizar el recuerdo de sus seres queridos en el sentido más mínimo: Honrando al menos, la identidad de estos por siempre como parte de su corazón, Rin no lloró.
Shirōu detectó, sin embargo, el aroma salado de las lágrimas infantiles y su inmensa tristeza; se sintió abrumado: Rin habría perdido mucho más que su hogar y su familia aquella noche: su identidad también le había sido arrebatada.
Se mordió el interior de la mejilla con rabia contenida: Le había fallado a su hermana, a sus padres y a él mismo. Algo había salido mal, algo terrible le había sucedido a la princesa del oeste y para proteger su inocencia, su mente había bloqueado todo en defensa propia.
Y era culpa suya. Por ser débil e imperfecto y no poderla proteger.
"Perdóname Rin, en verdad lo lamento"
Bajó el rostro para ocultar su expresión pesarosa. Luego colocó una mano en la cabeza castaña con suavidad, con la caricia llamó su atención, y ella, sorprendida levantó la vista acuosa.
—Lo que sucedió es algo que yo también desearía olvidar. — Y sonrió triste y dulcemente, un gesto que desencajaba en lo absoluto con los rasgos duros de su cara.
Rin respingó.
—¿Usted me conoce…? ¿A ellos, a mi familia…? — El rostro infantil, iluminado con esperanza y curiosidad.
Asintió.
—Kagome creo que esta vez te equivocaste, ¡Rin no conoce a ese sujeto!
—Ella no puede recordarme, eso no necesariamente significa que no nos conozcamos, tonto. — Salió de su burbuja con la voz chillona del Hanyo. Lo miró feo desde su lugar y le hizo un desaire con un gesto de la cabeza.
Inuyasha le gruño.
—¿Y tú de donde podrías conocerla? El único Youkai con el que esta niña se paseaba era Sesshōmaru.
El aludido frunció el ceño.
"Lo supuse, Rin ha estado en contacto constante con mis padres. No deseo descubrir la magnitud de los cambios que su presencia ha influido en el futuro"
Un gruñido gutural comenzó desde la garganta del peli negro. No sabía a ciencia cierta qué tan atrás había ido, pero suponía que para esos días él ya debía haber nacido.
—Miko ¿Dónde duerme tu cachorro? — soltó sin más.
Kagome e Inuyasha abrieron los ojos desmesuradamente. Ella se puso azul y él de un intenso color rojo.
—¿Mi cachorro...?
—¡Q-que tonterías estas diciendo! ¡Estás demente, nosotros no tenemos ningún hijo! Y aún si fuera así, ¡¿Qué te hace pensar que te dejaría acercarte a él!?
—Inuyasha...— musito ella con devoción, había amor en su mirada y un ligero rubor en sus mejillas.
—La señorita Kagome y el señor Inuyasha no tienen ningún bebé. — Intervino Rin también, pensativa y ligeramente asombrada.
"¿Nosotros?" "¿Kagome e Inuyasha?" "¿Amor en su mirada?"
Sintió que la cabeza le explotaba y el tic en su ojo regresaba, ¡Aquello ya era demasiado!
Su hermana no lo reconocía, su madre parecía enamorada de su medio tío, Inuyasha parecía ni acordarse de Kikyo y.…A todo esto, ¿Dónde estaba Sesshōmaru? Él youkai no solía apartarse de la señora del Oeste por mucho tiempo, mucho menos para dejarla en brazos del hanyō platinado.
"Desastre absoluto"
Si hablaba de más delante de las personas equivocadas, en el momento incorrecto, las cosas se pondrían peores de lo que ya estaban. Se limitó a apretar la mandíbula.
—Ya veo. Todo es distinto a como yo recordaba.
"Maldición. No pinta nada bien"
—¿A qué te refieres con eso? — la miko inquirió.
—Kagome no sé porque seguimos perdiendo el tiempo con este loco que sólo dice tonterías. — Inuyasha se cruzó de brazos. Olfateando el ambiente, aún tratando de encontrar algún olor en él extraño sujeto. Parte de su desconfianza partía de ahí: El bastardo no tenía escencia . Era como si estuviese muerto, e incluso los cadaveres tenían un hedor nitído de putrefacción
Por su parte, él muchacho del futuro soltó el aire que había mantenido contenido de forma lenta. Ayudó a la niña a pisar de nuevo el suelo y se levantó también.
—¿Sabes? En el futuro de dónde vengo ya no hablas mucho. — Su voz fría y filosa irrumpió la tensión de pronto.
Los tres presentes respingaron con asombro, incredulidad o una mezcla de ambos. Shirōu no les dio oportunidad de hablar:
—No creíste que eras la única con habilidades de viajar en el tiempo, Miko, ¿O sí?
Se pasa una mano por el cabello.
—¿Cómo sabes eso? Espera, hace un momento llamaste a Inuyasha por su nombre y pudiste activar el collar…también nos conoces a nosotros, ¿No es así? Dinos, ¿Quién eres tú realmente?
La cara de Kagome comenzó a llenarse de confusión y sospecha.
—Hablaré contigo, Miko. A solas. Te explicaré todo lo que necesites saber. — Necesitaba hacer algo pronto, conseguir más aliados enemigos para empezar.
Miró ansiosamente a su hermana por un instante. Acababa de encontrarla y aunque no deseaba apartarse de ella ni un instante más, debía hacerlo por el bien de los dos. Kagome entendería, su naturaleza compasiva querría ayudarles aún sin la versión completa de los hechos, seguramente.
Shirōu confiaba en que Rin se mantendría a salvo si se ausentaba cortamente. Ellos no atacarían de inmediato, necesitaban una fuente de energia para alimentarse. Estarían tan débiles como él mismo.
—¡Keh! ¿Qué te hace pensar que te dejaré a solas con Kagome?
Inuyasha dio un paso hacia adelante en ademan protector para quedar de cara al extraño y dejar a salvo a Kagome y a Rin a sus espaldas.
—En mi futuro estorbas menos, también. — comenta desdeñoso levantando la barbilla.
—Ja, lo dudo. En este o cualquier otro momento desconfiaría de tus intensiones y haría todo lo posible por evitar que te salgas con la tuya, miserable.
—Te equivocas, los cadáveres no intervienen. Y si lo continúas haciendo en este tiempo, vamos a terminar todos de la misma manera otra vez.
Otro gruñido gutural nació en la garganta del hanyo.
—Mi nombre es Shirōumar…erm, Shirōu. Estoy aquí para proteger a Rin. No hay razones para desconfiar de mí, pero mantengan los ojos abiertos. No eh llegado sólo y sus enemigos, son ellos, no yo.
—Agh, hablas mucho y no dices nada. ¿De quienes tenemos que protegernos?
Lo ignoró. Giró la vista hacia Kagome.
—Me quedaré cerca, para asegurarme de que nada se le acerque a Rin. Haremos guardias intercaladas por las noches. Y la verdad sobre mi llegada no será compartida con nadie más, ¿Eh sido claro?
—De acuerdo, huh, puedes quedarte con nosotras en el santuario, tenemos un pequeño espacio para los viajeros en donde puedes descansar, supongo…
Las cosas estaban sucediendo muy rápido. Indecisa si sus palabras o acciones eran las correctas, Kagome pensó que por el momento no tenían otra opción más que la de darle al muchacho el beneficio de la duda.
—Volveré, Rin. Y tú, no husmees las conversaciones ajenas. — Señalo acusatoriamente a Inuyasha y luego dio media vuelta sobre sus talones para caminar en dirección contraria del bosque por donde había llegado sin esperar a la pelinegra. — Acompáñame, Kagome.
La niña, por alguna razón, atinó a asentir con la cabeza. No le conocia, ni le recordaba, pero su forma de hablarle y de ser, incluso por su aspecto , le recordaba bastante a Sesshōmaru.
El hibrido lo miro receloso. Desconfiado.
Su pareja le lanzó una mirada dulce para apaciguarlo.
—Estaré bien, Inuyasha, por favor no te angusties.
Aunque no estaba muy segura de que quedarse a solas con el desconocido era buena idea, lo siguio. Estaba intrigada por aquél extraño que aseguraba viajar en el tiempo como ella, activar el collar de dominación de Inuyasha como ella y actuar de hecho como si la conociera a ella y al resto de sus amigos.
Se adentraron entre pinos altos y por lo que a la Miko le pareció un largo rato, ambos caminaron en silencio. Él ignorándola por completo con el rostro carente de emociones, y ella observándolo con insistencia.
Algo había en aquella persona que atraía su vista a él. Le recordaba quizás, a alguien que Kagome no sabría distinguir.
"Es todo muy extraño, pero podría jurar que me recuerda a Sōta, o a Sesshōmaru; creo que incluso tiene cierto parecido a Inuyasha…"
—Voy a contarte una historia. — soltó él de pronto, deteniéndose cuando hubieron llegado a un claro lejano, en medio de los árboles.
Un sitio vacío y cubierto de vegetación alta, flores silvestres y un lago que circundaban los que parecían ser los arboles más altos de toda la aldea.
Ella se paró abruptamente también.
—¿Cómo? ¿Una historia? — inquirió incrédula.
—Si.
Kagome enarcó las cejas.
Él se giró para encararla.
La sacerdotisa pudo ver claros matices de dolor en sus orbes.
—Huh, de acuerdo...— murmuró. —¿Por qué querías hablarme a solas, si es verdad que eres tan cercano a Rin, porque no hablas delante de ella también?
—Hay cosas que Rin no debe escuchar, no ahora.
"La devoción con la que habla sobre Rin... "
Kagome lo vio cambiar su peso de una pierna a otra y apretar las manos en puños antes de comenzar.
—Años atrás hubo una noche donde la luna fue absorbida por las tinieblas de la obscuridad. Donde todo se tiño de muerte y desolación. Fue una emboscada. Todos tenían la guardia baja.
Sesshōmaru recorría los preciosos alrededores de su grandiosa propiedad cuando el ocaso dejaba pasó al anochecer, había sentido esa presencia que dejo de existir siglos atrás. Giró sobre sus talones al instante, desenvaino a Bakusaiga y cortó el tentáculo que se precipitaba hacía su corazón en un vano intento de asesinarlo a traición.
El gran youkai casi sintió deseos de sonreír burlescamente, su adversario era patético.
—Naraku, ese absurdo intento por aferrarte a este mundo no hace más que prolongar tu patética existencia, me das lástima. — habló a voz plana. Levantó el mentón hacía la profundidad del bosque, obscuro y sumergido por la noche, lanzó una mirada cargada de supremacía. Un par de ojos color rubí brillaron entre esas penumbras.
—Pero, Señor Sesshōmaru, le pido no se precipite ¡Esto solo es el comienzo! — Y una lluvia de tentáculos que irradiaban miasma venenoso se abalanzaron sobre el albino. Él los esquivo con facilidad y velocidad vertiginosa, casi aburrido. Estaba confiado, Sesshōmaru supo por su magnífico olfato que el débil hanyo había regresado días atrás, pero pensó erróneamente que estaba solo y débil como en la batalla en la que creyó enviarlo al infierno.
Un error que le costó la vida.
En ese momento, mientras el Daiyoukai maniobraba en el aire, centrado en esquivar y cortar las extremidades del adversario, una flecha se lanzó certeramente y le atravesó la armadura, justo en medio del corazón.
Le siguió otra, y otra más: todas directo a su pecho. La puntería de Kikyo era impecable.
—Ese día las tinieblas trajeron consigo a todos aquellos que ya habían dejado este plano existencial. — Miro el cielo distraídamente, pero su voz sonaba obscura y tenebrosa.
Alarmada, Kagome de inmediato pensó en las personas conocidas que habían muerto años atrás.
—¿Cómo puede ser eso posible? — Con un hilillo de voz alcanzó a preguntar.
—No sé cómo lo hicieron, pero todos son marionetas de alguien mucho más poderoso que se propuso desde el comienzo derrocar a mi padre por considerarlo indigno de gobernar el oeste. Sólo pudieron conseguirlo a traición, por supuesto, asesinándolos a todos ustedes en el proceso.
"¿Nosotros?"
—¿A-Asesinarnos? Shiroumaru, en tú época ¿Estamos-
—Muertos, sí.
Negó con la cabeza, necia a creer el cruel futuro, aterrorizada.
—No, eso no puede ser...Inuyasha no-
—Inuyasha fue el primero en morir. — cortó ensombreciendo su semblante, arrancándole a Kagome un jadeó, recordándole todas aquellas experiencias en las que el hanyo estuvo a punto de perder la vida, arrastrándola hacía la misma desesperación de aquellos entonces.
—Mátalo. Tienes el derecho de odiarle, exterminado de una vez, Inuyasha.— Naraku susurró sizañosamente en la orejita del hanyō, al mismo tiempo que ejercía mayor presión sobre los tentáculos que se cerraban alrededor del cuello y muñecas del hijo de Sesshōmaru.
—Demonios...— ahogadamente, él maldijo al sentirse más asfixiado e inmovilizado.
Un rugido gutural provino desde los colmillos desarrollados del mitad bestia, Shirōu incluso pensó que las marcas youkai se volvían más intensas y sus ojos se inyectaban de mayor coloración carmín. Él también gruño. Estaba indefenso.
Vio al híbrido levantar a Tessaiga sobre su hombro, pero el sostuvo la mirada fija en los ojos carmines de Inuyasha. Si debía morir, lo haría con dignidad, así como su padre le había dicho. Que jamás rogase por su vida. Que se marchara de ese mundo comportándose a la altura de su linaje.
Inuyasha reparó entonces también en esos orbes doradas que se mantenían impasibles con el mismo orgullo y frialdad de Sesshōmaru, pero a la vez, la misma valentía y calidez de Kagome.
"La mujer que me enseñó a sonreír, mi único hermano...y el hijo de ambos."
Los recuerdos afloraron su mente cuando cruzaron miradas.
—¡Ja, te daré a colmillo de acero cuando logres vencerme en una batalla, mocoso!
El pequeño abrió sus ojos maravillado, chispeante de ilusión miro al de orejitas felpudas.
—¿De verdad, Tío Inuyasha? ¿Me darás a Tessaiga?
Él puso una sonrisa torcida y bufó divertido.
—¡Keh! Como si pudieras ganarme algún día, enano. — se mofó, revolviendo juguetonamente los cabellos negros de Shirōu.
—¿Lo dudas? ¡Por supuesto que puedo! — y se le lanzó encima en una batalla simulada, Inuyasha se fue al suelo y las carcajadas llenaron el ambiente. Él mayor por los infantiles intentos de "lastimarle" y el menor por hacer caer a su tío sin la palabrita mágica que su madre usaba.
Los gruñidos se detuvieron en medio del aire junto con la estocada que iba directo a la yugular de Shirōu. Una voz ronca y profunda lucho por hablar, la voz de un corazón humano luchando contra la forma de demonio que ahora dominaba a Inuyasha.
—¡V-vete al...Inf-ierno...¡Naraku, bastardo! ¡No lo haré, no lo asesinaré! ¡Porque este niño es mi...! —
Naraku sonrió; "Como lo suponía. Hazlo ahora" ordenó a alguien, una flecha se precipitó hacia Inuyasha y la sangre salpicó la cara de un anonadado Yōukai.
El cuerpo de rojas vestimentas abatió el piso, a su lado Tessaiga chocó con el suelo perdiendo su transformación. Shirōu jadeó y abrió los ojos desmesuradamente cuando vio a su tío, ser asesinado por la mujer de perfecta cabellera azabache.
Él alzó la vista hacia la profundidad del bosque, y ahí, de pie, vio a Kikyō temblando con el arco todavía en mano, gruesas lágrimas recorrían sus mejillas y una mueca de inmenso dolor le desdibujaba las fracciones femeninas.
Una carcajada burlesca estalló a su lado.
—Excelente tiro, Kikyō.— Naraku felicitó y luego giró el rostro para enfocar al sometido primogénito.— Pero todavía te falta uno.
El pelinegro todavía continuaba mirando el cuerpo inerte frente a si, su mirada se había perdido en los ojos vacíos, carentes de vida del Hanyō, , y el hilillo de sangre que brotaba de sus labios.
Sintió su cuerpo temblar de rabia y tristeza. Inuyasha se había ido.
La sacerdotisa tensó el arco.
—Es una lástima, joven Shirōumaru, pero al final, parece que después de todo la muerte de Inuyasha será en vano. Ah, un sacrifico verdaderamente lamentable.
Con un sonido hueco, él aludido apretó fuertemente la mandíbula. Los trazos semi verticales de sus pómulos comenzaron a tornarse de intenso tono rojo y la silueta ligeramente curvilínea mutó en una media luna gruesa sobre cada mejilla.
Clavó la vista en Naraku. Un par de fieros y mortíferos ojos dorados perdidos en una mar de color sangre.
—Silencio. — siseó entre colmillos. — ¡No voy a permitir que su muerte sea en vano!
El remolino de energía demoníaca se expandió y mostró a un furioso can de pelaje negro que rompió con los dientes sus putrefactas ataduras y se abalanzó a la batalla.
—Mataron a todos. A la cazadora, al monje y a su familia completa. A la servidumbre del castillo. Al poderoso señor de las tierras del Oeste, mi gran padre. —
El joven heredero miró allá donde los límites entre el cielo y la tierra se perdían, fundiéndose en el pasado.
Al pie de un risco, bajo una lluvia torrencial, Shirōu miró como la sangre corría desde el pecho por la armadura de su padre y luego salpicaba el suelo, tiñéndolo de carmín con grandes gotas irregulares.
— ¿Tienes que ir, Padre? — Con dejes de ansiedad en la voz, inquirió el menor a sus espaldas.
Sesshōmaru recordó de pronto que aquella pregunta había sido formulada siglos atrás por él mismo a su predecesor, extrañamente en las mismas circunstancias, irónicamente en la misma situación que le llevó odiar a su padre al dejarse morir por semejante estupidez.
—El camino de la supremacía solo señala hacía adelante. Poder, conquista y venganza. Sólo obteniéndolos serás capaz de adaptar ese camino. — Dijo con voz profunda, mirando siempre al frente. — ¿Has entendido, Shirōumaru?
Y por supuesto comprendió. Su padre no regresaría, y se estaba despidiendo. Tragó en seco, conteniendo la respiración para mantener al margen sus emociones y su rostro impasible.
—Venganza. — Concordó. Él rugido de otra bestia blanca retumbo sus oídos. Inu no Taisho esperaba ansioso la confrontación con Sesshōmaru, su legítimo heredero.
Este miró la luna menguante. El aura demoníaca que rodeaba a Sesshōmaru lo envolvió. Shirou miró atento como su padre desaparecía para dejarle paso a un colosal perro de color blanco que rugió potentemente y luego echo a correr hacía la batalla final. Aquella donde le demostraría a su padre cuanto le había superado como Daiyoukai.
—Padre...— Un cachorro llamó por última vez sin emoción alguna en la voz, pero con los ojos llenos de sentimientos rezagados.
Nadie respondió.
—Y también a la mujer que me dio la vida. La señora que el reino amaba. Todo lo que esa persona necesitaba. — Por un brevísimo instante, su voz se transformó casi en un débil gimoteo, uno que a Kagome le pareció era la vocecilla de un niño pequeño y desprotegido que lloraba por su progenitora. — Mi madre.
Cerró los ojos con sufrimiento cuando su voz se quebró apenas perceptiblemente.
—¿Rin…ha cruzado el pozo ya? — A las entradas de la aldea, Kagome se encontraba aún sentada sobre el césped, húmedo y rojo ahora por su sangre derramada.
Al verla en ese estado, el cachorro chasqueó la lengua, furioso, y sus cejas se fruncieron.
—Debes resistir, madre. — casi rogó, ayudándola a incorporarse nuevamente.
—Está bien, no se trata de algo grave. — Con una mano rodeo la herida y trató de componer su semblante con una sonrisita dulce para ocultar el gesto de dolor que moverse le provocaba.
A él no le alcanzaría la vida para arrepentirse por no haber llegado antes, su madre le había otorgado la vida y él ni siquiera pudo salvarle.
—Lamento mucho lo que pasó con tus padres. —Conmovida musitó, mirándolo con lástima involuntaria, tocando su brazo con ligereza.
Él se dio cuenta y de inmediato prosiguió, incomodo con él ambiente. Retrocedió un paso para alejarse del contacto.
—También, todos a quienes alguna vez consideraron aliados. Ese joven Kitsune que protegías, aquélla manada de demonios Lobo, el hermano de la exterminadora...
El gesto de terror en Kagome creció. Dejo caer su brazo a su costado, sin fuerza.
—Me parece una historia muy cruel, todos ellos… ¿Por qué murieron? ¿Qué tenían que ver con tu padre para pagar con sus vidas?
Un enojo creciente le hizo levantar la voz hacía el misterioso portador de tan horribles noticias.
Él se tensó un instante. ¿Cómo le explicaba a Kagome que en su mundo las cosas estaban mal?
Luego encogió los hombros.
—Aliados de Inuyasha. No lo iban a dejar luchar sólo. Y él a su vez, por mucho que se odien, no abandonaría a mi padre en batalla.
Kagome alzó una ceja, haciendo una lista mental de los aliados que el Hanyo tenía, las personas que apreciaba, u odiaba según el muchacho, lo suficiente para intervenir por ellos.
La única respuesta lógica sonó más descabellada de lo que creía.
El pelinegro continuó:
—Después de todo, es su hermano.
La miko respingó y abrió desmesuradamente los ojos.
—Pero si eso es cierto, entonces...—la chica del futuro comenzó asombrada.
—Sí, Sesshōmaru es mi padre. — concluyó él con la misma voz inexpresiva. Coincidencia o no, un suave viento sopló en ese momento, alejando el flequillo negro de la frente masculina, mostrando una marca blanca de luna del cuarto creciente sobre su frente.
Kagome juraría que su quijada llegó hasta el suelo.
N/A: Hello there! No sé que les este pareciendo, pero me encantaria leer su opinión. No duden en dejarme un review con sus comentarios, criticas constructivas y observaciones !
Por cierto, según nuestro amigo el internet, el nombre de Rin significa: Mujer hermosa o Digna. Pero pensé que si Sesshomaru tuviera que escogerle el nombre a alguien seguro le gustaria más que significará Dignidad a que significara Belleza. No sé, me sonó más acertado.
Un beso y gracias por seguir leyendo !
