Perdón por el retraso. Este capítulo me costó muchísimo. Es lo que más me ha costado escribir en un buen tiempo. Creo que la culpa es de la gran cantidad de angst de la historia. No calculé que sería así, pero no hay nada que hacerle. Dio un giro un poco paranormal, pero sabemos que en Naruto hay vida después de la muerte (almas que se traen de vuelta, apariciones fantasmales etc), reencarnación (Indra y Asura) y pensé que le quedaban bien a la historia esos toques de budismo y shinto.

El fic tendrá un capítulo más. Al principio pensé que serían tres, pero se me alargó demasiado y decidí fragmentarlo y hacer uno más.


—Tengo una memoria más que nunca te conté —dijo Rin.

Volvían a casa tras conseguir que uno de sus chicos consiguiera la promoción a chuunin. Siendo honesto consigo mismo, le sorprendió que no fueran tratados de forma injusta sólo por ser de Konoha.

Obito se volvió hacia Hana Inuzuka cuando la oyó gritar a su compañero. A la genin aún no se le había pasado el enojo por no haber sido ascendida y porque uno de sus perros sufrió heridas graves. Podía comprenderla, era lo mismo que sintió él cuando falló la primera vez, y la segunda, y la tercera.

—El examen de ascenso a Chuunin de Konoha es en tres meses —dijo Rin—. Lo harás mejor entonces.

—¡Quería dejar a mi clan en buen lugar!

—Y lo harás. La próxima vez —intervino Obito, quien debía reconocer que para su edad, Hana estaba bastante adelantada. Siempre era así con shinobis de clanes importantes, más uno tan unido como el clan Inuzuka.

La pequeña interrupción impidió que le preguntara a Rin sobre esa memoria de la que hablaba. Ya vio que mientras los chicos estuvieran alrededor no iban a poder conversar en paz. Era extraño, ella no solía hacer ese tipo de comentarios a destiempo. Debía tener necesidad de contarlo, aunque a Obito no se le ocurría por qué así de repente y qué lo había ocasionado.

—En cuanto crucemos la frontera con el País del Fuego prepararemos el campamento —dijo Rin—. Mejor hablamos después.

Así hicieron. Mientras anochecía montaron las tiendas de campaña e hicieron una hoguera para hacer la cena. Obito esperó a que los chicos se fueran a dormir para sacar el tema. No habiendo querido contarle demasiados detalles sobre sus recuerdos pasados a Rin por si ella acababa detestándolo, se sintió culpable. Se dijo a sí mismo, que puede que debiera contarle más cosas a cambio.

—¿Qué era lo que ibas a decir antes? —dijo, la infusión de hierbas en su mano calentaba sus manos frías—. Sobre esa memoria que nunca me contaste.

—Siempre me debatí entre decirte o no —comenzó ella—. Casi todas mis memorias volvieron a mí de golpe. Así como las de un clon que se deshace y adquieres sus recuerdos... Solo que fueron muchas más vivencias.

—Sí —admitió Obito—. Como un kage bunshin que desaparece y sus recuerdos comienzan a abrirse paso en tu memoria a empujones. Me llevó horas ajustarme.

Rin asintió.

—Un clon sólo funciona unos minutos, imagina años de recuerdos —dio un sorbo a su infusión—. Esta en particular empezó muy difuminada y vaga. Al principio no sabía si era una memoria o un sueño... Pero comencé a ahondar más en ella y así fui recordando más cosas. Es una memoria de después de mi muerte.

—¿Es eso posible? —preguntó Obito.

—Es complicado. Me llevó mucha concentración rescatarla. Cuando morí, un shinigami me dijo que podía convertirme en algo así como un ángel guardián de alguien. Escogí a Kakashi-kun... Pensé que podríamos cuidar de él juntos desde el otro lado y compensar por haberlo obligado a matarme, pero el shinigami me explicó que ya había alguien cuidando de él y sólo se admitía una persona. Pensé que eras tú, hasta que él me dijo que era su padre, Sakumo Hatake. Te busqué por todas partes, pero no estabas. Luego acudí al rey Enma, da miedo al principio pero fue muy amable. Él me dijo que si estuvieras en el más allá él lo sabría, lo que significaba que tú estabas vivo aún.

La idea de que Rin sabía más de lo que él creía que sabía lo alarmó. Quizá todo ese tiempo ella tenía conocimiento de todo lo que hizo.

—¿Qué pasó después? —dijo, se sentía expuesto y desprotegido.

—Discutí con el rey Enma. Le dije que no podía ser, que te vi morir y la cueva se te cayó encima. Aunque luego recordé... Que cuando un equipo de ANBU volvió al puente Kannabi para recuperar tu cuerpo y enterrarte, alguien había llegado antes. Al clan Uchiha no le gustó saber que había un sharingan en manos de los buitres o de Iwa. Hubo una investigación pero en el momento de mi muerte la habían archivado por falta de nueva información. Ahí supe que te habías salvado.

—A veces preferí no haberlo hecho —comentó Obito—. ¿Me viste desde el otro lado?

—Estaba contenta por saber que estabas vivo, pero luego me enteré de que me habías visto morir. Quise proteger la aldea del bijuu que sellaron en mi cuerpo, pero lo hice a costa de la cordura de mis compañeros de equipo. Desde entonces mi estado de ánimo decayó. Me obsesioné con la idea de pedirles perdón... Algo peligroso cuando se está muerto.

—¿Peligroso? —preguntó intrigado por la historia.

—Un shinigami vino a hablar conmigo. Me dijo que si seguía así iba a perder mi humanidad. Que los pensamientos negativos harían que me transformase en un alma en pena. Un mal espíritu. Me dijo que la mayor parte de los malos espíritus no son personas malvadas, sino almas sumidas en la tristeza que se acaban transformando en eso, y que nadie podría ayudarme a salir si eso me pasaba. Pero es difícil salir de ese estado cuando estás muerto. En vida los estados de ánimo cambian con facilidad. En la muerte te atrapan como un genjutsu. Así estaba yo.

Obito guardó silencio mirando las casi extinguidas llamas de la hoguera parpadear entre las ascuas.

—A veces iba a verles. Pero mi negatividad se les contagiaba a ustedes. Un día en el que sentí la presencia de Kakashi-kun junto a mi tumba, me aparecí a su lado. Quise comunicarme con él pero sólo conseguí hacerlo tiritar de frío al absorber su energía y usarla para materializarme un segundo. Él me vio y salió de ahí huyendo aterrado, pensando que estaba perdiendo la cabeza. Otra vez... Fui a verte a ti. Estabas en un pequeño pueblo, siguiendo a alguien. Había mucha niebla. Llevabas una máscara puesta, pero sabía que estabas bajo de ánimo. Tal vez porque era el día de mi cumpleaños. También intenté comunicarme contigo a través de una señal. En ese instante una campanilla fúnebre sonó en un templo y al escucharla tú te detuviste, te teletransportaste a otro lugar, te arrancaste la máscara y comenzaste a llorar y romper cosas.

Aunque la tenía viva y a su lado, a Obito le dolía pensar en todo lo relacionado con la vida que llevó en esa otra línea temporal tras su accidente. De la misma, no recordaba ningún momento con cariño, excepto aquellos relacionados con tener a Deidara de compañero. Eso fue un bello paréntesis en el que debió haberse quedado, e incluso esos quedaron manchados por lo amargo de su última conversación con él.

—No me digas que al final te transformaste en un mal espíritu.

Rin negó con la cabeza.

—Alguien inesperado me salvó. ¿Quieres saber quién?

—Cuéntame.

—Isobu lo hizo. Al morir como jinchuuriki del bijuu de tres colas, ambos lo hicimos, y ese vínculo siguió ahí hasta que él fue reinvocado. Él fue a buscarme, me animó y nos hicimos amigos. Gracias a él pude salir de ese estado en el que estaba y aunque aún estaba ahí la culpa por haberles causado tanto dolor con mi muerte, sabía que lo mejor era mantenerse fuerte y seguir vigilándoles desde el más allá.

—¿Isobu?

A Obito se le pasaron por la cabeza muchas teorías en ese momento, pero ninguna se acercaba remotamente a que el tres colas se hubiera comunicado con Rin en el más allá.

—Isobu es muy amable. Aunque como el rey Enma también da miedo a primera vista. Se quedó conmigo hasta que lo reinvocaron. Le di un mensaje para ti, pero no parece que te llegó.

—No —confirmó Obito—. Isobu fue sellado en Yagura después, su sello ya estaba pensado expresamente para anular completamente su poder.

Tras la reinvocación, mientras volvía con Deidara de capturarlo, Isobu trató de comunicarse con él una vez. Ya mientras sellaban a los dos anteriores en la estatua Gedo, ambos bijuu intentaron convencerlo de no hacer lo que estaba haciendo. Pensó que el sanbi intentaba lo mismo y por eso se cerró a su comunicación.

—¿Cuál era el mensaje? —preguntó, intrigado y temeroso a la vez de la respuesta.

—Le dije que te dijera que creo en ti y en que encontrarás el camino correcto otra vez.

El corazón le dio un vuelco.

-Deberías haber estado furiosa conmigo.

—Tu intención era ahorrar a la gente sufrimiento. Lo estabas intentando lograr de la forma equivocada, pero tenía fe en ti, y sabía que te esforzarías al máximo y en que algún día te darías cuenta. Y ocurrió... Has vuelto, y sé que has aprendido en el proceso.

Rin estaba viva, Kakashi había tomado como alumnos a tres niños Uchiha ahora que no tenían la obligación de entrar al cuerpo de policía y todos eran ya chuunin, la guerra acabó antes de lo previsto y Deidara estaba bien, creciendo feliz en una época de paz. Obito sabía que el balance de su viaje en el tiempo había sido positivo. Era en momentos como ese cuando era consciente de ello. A veces solía olvidarlo.

—Pero prométeme que si algo malo vuelve a ocurrir, lo superarás y seguirás adelante —añadió Rin.

—Ya aprendí bien esa lección —respondió, sintiéndose ligeramente atacado—. Pero te lo prometo.

—Así es, Obito. Las cosas malas no se van a poder evitar siempre, pero hay que levantarse y seguir caminando por aquellos que quedaron.

—Eso me recuerda —de repente Obito recordó algo—... Naruto aún no ha nacido en esta línea temporal. Debió haberlo hecho en octubre del año pasado.

—¿Naruto?

—El hijo que Minato-sensei y Kushina-san. Esperaba poder protegerlo de sufrir a él también. Tal vez ser su sensei también, si sus padres aceptaran.

—Creo que estarían orgullosos de que seas el sensei de su hijo. Me pregunto qué es lo que ha ocurrido para que cambie la historia —dijo Rin.

Tras apagarse el fuego, sólo las ascuas incandescentes habían quedado, no había demasiada luz, pero Obito dedujo que aquello la había dejado pensativa.

Y entonces como si alguien se lo hubiera susurrado al oído, supo la respuesta.

—Asura está esperando por Indra para volver a nacer juntos. Pero Indra aún está encarnado, a diferencia de la otra línea temporal.

Tampoco podía explicar cómo supo de repente que el alma de Indra estaba reencarnada en Madara. El fragmento del chakra del juubi le había hecho ganar ciertos conocimientos sobre la historia de la familia Otsutsuki. Como si vinieran adjuntos al mismo.

—¿De quienes hablas ahora? —Rin sonaba confundida.

—Madara Uchiha, el anciano que orquestó mi accidente y rescate para que me hiciera cargo de su plan tras su muerte sigue vivo. Siempre pensé que al perder a Zetsu y no poder conseguirme acabaría desconectándose del jubokko que lo mantiene con vida. El es una encarnación del alma de Indra Otsutsuki, el hijo mayor del legendario sabio de los seis caminos. Y su hermano Asura lo está esperando para volver a nacer.

Nunca tuvo ocasión de ir al lugar donde él estaba sin tener que dar más explicaciones de las que estaba dispuesto a dar, pero tal vez debiera. El viejo podría depender del poder del árbol para vivir, pero su mente aún funcionaba bien y tenía a los humanos artificiales sirviéndolo.

—¿Crees que sigue vivo?

—Sé que sigue vivo. No comprendo bien como puedo sentirlo, pero lo hago —hizo una pausa, lamentándose en su cabeza por haber aplazado tanto el asunto, no se había sentido listo para enfrentarlo sin perder la cabeza—. Debería ir a investigar.

—Recuerda que puedes pedirme ayuda —dijo Rin.

—Lo haré. Creo que no voy a poder con esto solo. Conseguir permiso para acudir sin que nadie más se pregunte por qué va a ser imposible.

Poner a Kakashi al corriente estaba fuera de toda cuestión. Partiendo de ahí, sus posibilidades se reducían significativamente.

—Obito... Hay una razón por la que te he contado esto. Estando en el más allá, me encontré con Deidara unas cuantas veces.

Al escuchar su nombre, se clavó las uñas en la palma de la mano hasta hacerse daño. Cualquier cosa relacionada con él solía traer a su mente los recuerdos más tristes asociados a Deidara, emborronando los buenos.

—¿Lo viste?

—Una vez que percibí que te sentías solo fui a hacerte compañía un rato y él estaba ahí junto a ti.

Obito aprovechó la oscuridad para secarse las lágrimas que ya se le estaban escapando. Si hablaba ahora Rin iba a notarlo por lo que esperó a calmarse.

—Él... ¿Fue a verme?

—Lo vi contigo varias veces. Pero estaba como yo lo estuve, estancado en un estado negativo. Supuse que si estaba contigo debía ser alguien importante para ti, así que traté de ayudarlo para que no acabase convertido en una mala energía tal y como casi me ocurre a mí. Pero desconozco por qué, mi mensaje no le llegaba. Quizá era porque no quería escucharlo.

Obito cerró los ojos, pensando en los meses posteriores a la muerte de Deidara, imaginándolo a su lado. Un fantasma irradiando negatividad anclado a él. Y sin duda había acabado así por él.

—Puede ser —murmuró Obito—. Gracias por intentar sacarlo de ahí al menos.

—No podía dejarlo desaparecer.

—No le volveré a fallar —dijo, más para él mismo que para Rin. En ese momento lo invadió una terrible necesidad de estar solo y darle vueltas—. Montaré la primera guardia, si no te importa.

—Deberías ser tú quien descanse. Vete a dormir, Obito. Te despertaré en unas horas.

—¿Estás segura?

Ella le respondió con un asentimiento.

—Lo necesitas.

No la contradijo. Era verdad que estaba exhausto, más anímica que físicamente. Se metió en la tienda de campaña que compartía con dos de los chicos con cuidado de no despertarlos, se acostó y cerró los ojos, aunque el sueño no vino. Una parte de él deseó no haber descubierto que Deidara nunca se separó de él. Ahora se sentía peor que antes.

Ojalá hubiera podido abrazarlo una última vez cuando se reencontraron tras la reanimación impura.

La luz del amanecer se filtraba tras la lona cuando por fin consiguió dormirse. Faltando a su palabra, Rin no fue a despertarlo.


Caminaban por un sendero flanqueado por inmensas costillas de la caja torácica de lo que debió ser algún animal legendario. Rin se detuvo junto a una y miró hacia arriba, tal vez tratando de calcular la altura.

Toda la zona estaba sembrada de esqueletos de dimensiones colosales que a Obito le traían amargos recuerdos.

—Es un lugar curioso —la oyó murmurar.

—¿Sólo curioso?

—Es como un lugar de transición entre dos mundos. Los animales míticos vienen aquí cuando sienten que les llega la hora a morir.

—Esa fue la razón por la que Uchiha Madara se instaló aquí —dijo Obito.

Pretencioso, pero propio de él querer morir donde mueren las leyendas. Al menos hasta que él lo hiciese resucitar, supuestamente.

Caminaron examinando los alrededores hasta pasar junto al cráneo de algo parecido a un dragón. Información sobre el lugar comenzó a llegar a la mente de Obito. Ya estaba acostumbrado a que eso le pasase con cualquier cosa relacionada con la familia de Hagoromo.

—En este lugar fundaron un poblado los hijos de Kaguya Otsutsuki y sus familias —dijo Obito—. Sus ruinas deben estar aún bajo el suelo. Fue aquí donde germinó el primer Gran Jubokko.

—Aún me cuesta acostumbrarme a la idea de que esa leyenda pasó de verdad —Rin se asomó a la cavidad ocular de uno de los cráneos—. Puede que esa energía familiar atrayese aquí al alma de Indra.

—Es otra forma de verlo —dijo Obito, considerando que tal vez hubiera sido así en lugar de lo que él pensó.

Pero tras descubrir que Madara en realidad le había tendido una trampa para dejarlo en deuda con él y lo preparó para que llevara a cabo lo que él ya estaba demasiado viejo para hacer, a Obito le costaba no pensar mal de él, y atribuirle todas las malas cualidades posibles. Rin estaba pendiente de su expresión, la suya igualmente sombría.

—No sé qué va a ocurrir cuando nos encontremos con él —dijo ella—. Madara debería pagar por matar a un ninja de Konoha y suplantar su identidad para llevarte a una trampa, pero no tenemos ninguna historia alternativa preparada.

Él dejó escapar un suspiro de hastío.

—Lo convenceré para que se desconecte del árbol y luego lo enterraremos ahí mismo.

Obito hubiera querido llevarlo al cementerio Uchiha, de no haber sabido que si se le ocurría aparecer por la aldea con el cuerpo de Madara, no iba a poder impedir que le hicieran una autopsia. Esa el procedimiento regular con todos los shinobi poderosos caídos en combate.

—No tiene sentido que se siga aferrando a la vida si su hora ya pasó. Menos para un fin como ese.

Ambos se adentraron en una pequeña cueva oculta entre zarzas que tuvieron que cortar. Obito sacó la antorcha que tenía ya preparada en su bolsa y la encendió.

—Cuando lleguemos al final, usaré el kamui —susurró Obito.

Transportarse a distancias cortas no dañaría su ojo.

—Estoy preparada —le contestó.

Puede que debieran luchar, ya habían hablado de lo que podrían encontrarse ahí abajo.

La caverna no había cambiado demasiado en esos años de como la recordaba. Obito cambió otra vez al sharingan ordinario en cuanto aparecieron ahí, frente a un Madara canoso y arrugado cuyo cabello llegaba hasta el suelo.

—¡Intrusos! —gritó en cuanto él y Obito cruzaron miradas—. ¿¡Quiénes son!? ¿¡Qué hacen aquí!?

Notó por su visión periférica como los humanos artificiales colgados en el árbol comenzaban a moverse.

—Sabe bien quien soy —respondió él—. Hay un asunto que debemos dejar zanjado, Uchiha Madara.

Rin le dio un fuerte tirón del brazo en ese momento, justo cuando un chico de cabello lacio y granate que parecía llegarle a las rodillas, iba a apuñalarlo por la espalda, usando un cilindro largo y negro. Vio el brillo del rinnegan entre greñas rojizas.

—¡Nagato! —la sorpresa hizo que lo gritase.

Por supuesto, si Madara no pudo cazarlo a él, era lógico que intentaría lo mismo con el chico, puesto que ya había implantado el rinnegan en él. Al ver que lo había reconocido, el Uzumaki titubeó, pero pronto volvió a atacarlo, produjendo un segundo cilindro negro.

—¡Para antes de que me vea obligado a hacerte daño! —insistió Obito—. ¡No queremos luchar!

Nagato gruñó.

—¡No tienen nada que hacer en este lugar!

Las barras giraban deprisa en sus manos. Tras sacar un kunai de su bolsillo, Obito comenzó a bloquear los cientos de golpes que le lanzaba su oponente, ayudado por el sharingan. Detrás de él, Rin lanzó una ráfaga de etiquetas explosivas enganchadas en kunais al grupo de zetsus que acababan de bajar del árbol, matando a dos de ellos y mermando a unos cuantos más.

Por estar pendiente de su pelea, Nagato consiguió rozarle la frente. Echándose a un lado, Obito consiguió evitar la mayor parte del impacto, pero no todo. El dolor palpitante que surgió sobre su ojo le indicaba que lo había herido, y de inmediato un hilo de sangre lo obligó a tener que cerrar uno de sus ojos. No tuvo más remedio que concentrar toda su atención en Nagato y confiar en que Rin pudiera desenvolverse sola con los humanos artificiales. Esos años con ella, la había visto mejorar hasta lo imaginable.

Nagato lo golpeaba alternando ambas barras negras. Era rápido, pero nada que su sharingan no pudiera soportar. No le daría una oportunidad de tocarlo otra vez. Puede que incluso debiera atacar en lugar de defenderse, inmovilizarlo hasta que se calmase y hablar con él.

—¡No permitiré que tú seas la nueva herramienta del proyecto Tsuki no Me!

—¿¡Cómo sabes tú de eso!? —gruñó Nagato, sin dejar de atacar.

Obito retrocedió un salto y usando el Mangekyo lo dejó atrapado en un genjutsu. No fue demasiado complicado sabiendo que ese era el punto débil del rinnegan. Una vez en calma, le quito las barras, las lanzó lejos y sacó de su bolsa unas cuerdas reforzadas con chakra elemental para atarlo.

Tras eso, acudió a ayudar a Rin con el resto de los zetsus, de los cuales ya sólo quedaban un par operativos después de que su compañera los redujera a cenizas.

No se relajó hasta que no se aseguró que ninguno se movía. Rin parecía estar bien, falta de aliento y con algunos arañazos y suciedad, pero nada serio. Cruzaron miradas, y un instante después la de ella se desvió hacia Nagato.

Obito no esperó a que ella lo avisara. Se volvió hacia Nagato justo cuando este terminaba de liberarse. Ya calculó que las ataduras no durarían demasiado, pero lo habían hecho demasiado poco. Ahora eran dos contra él. Acorralado, Nagato corrió hacia el árbol, junto al cual estaba la estatua Gedo.

Rin y él lo persiguieron, aunque no lo suficientemente rápido. Nagato hizo desaparecer la estatua junto con él, levantando una nube de polvo que los hizo toser.

—Invocación inversa —dijo Obito, en cuanto pudo—. Dudo que se haya ido lejos, podemos alcanzarlo.

—No olvides a Madara —dijo Rin.

Cierto. Madara. Al prestarle atención de nuevo, Obito vio que estaba de rodillas frente al trono donde solía estar sentado. Al desaparecer, la estatua Gedo se había llevado consigo las raíces que lo conectaban al árbol.

—Vamos.

Rin corrió a su lado a auxiliarlo. Obito tardó un poco más. Podría haber llegado a Nagato antes que él. Siempre pensó que sin él Madara tardaría mucho en planear otro suceso como el suyo. Todo ese tiempo, pensó que los chicos de Amegakure estarían seguros. Con la tercera guerra ninja terminando antes y la Raíz de Danzo Shimura abolida, Amegakure no sufrió tanto. Un renovado y amargo desprecio hacia el anciano se expandió por su cuerpo como si fuera veneno, haciéndolo temblar. La intención homicida que emanó de él onduló el aire a su alrededor. Madara lo debió notar, pues giró la cabeza.

—Viniste a matarme —le dijo.

—Vinimos a hablar contigo sobre por qué continúas aferrándote a este mundo —contestó Rin, intentando recostarlo en el suelo.

—Esa es una forma más agradable de decirlo.

Por fin, Obito reunió la calma suficiente para enfrentarse a él. Se veía tan débil ahí tirado, la piel de su cara pegada al cráneo, más como un cadáver que como una persona viva, que se dijo lo más apropiado sería sentir lástima por el.

—¿Por qué yo? —le preguntó.

Lo observó por tanto tiempo que Obito llegó a pensar que ya le había llegado la hora.

—Cuanto más bondad hay en el corazón de un Uchiha, más fuerte es la maldición de odio y más poder adquirirías. Tenías que ser tú. Pero te me tuviste que resistir. No sé cómo aún.

—¡Lo único que iba a lograr ese proyecto es traer más sufrimiento al mundo! —exclamó Rin, y Obito pudo notar que estaba conteniendo una reacción mucho más violenta—. ¡¿Quién creías que eras para decidir tú sólo lo que más conviene a la humanidad?!

—No entiendo como supieron cuál es mi plan, pero un poco más de sufrimiento que nos lleve a lograr una paz eterna es incluso un precio barato a pagar. ¿Qué importa la insignificante vida de una persona cuando millones se pueden beneficiar por siempre?

—Mi miserable vida puede que te pareciera un precio barato —dijo Obito—. Pero al forzarme a recorrer ese camino, lo único que hice fue esparcir más odio y conflictos allá donde iba. Voy a seguir luchando por la paz, pero lo haré a mi manera.

—Esta es la primera vez que nos vemos, si no me equivoco. ¿Cómo podría forzarte a nada?

—Pero eso es lo que planeabas —dijo Rin—. Y sino, desmiéntelo.

—Sí que te equivocas. Esta no es la primera vez que nos vemos. He estado aquí antes, en lugar de Nagato. Yo era débil e ingenuo. La maldición de odio me hizo fuerte y dediqué mi vida entera al proyecto Tsuki no Me. Cuando abrí los ojos y vi lo equivocado que había estado ya era tarde.

—¡Nada más que un montón de tonterías, nada de eso ha pasado!

Un ataque de tos impidio a Madara seguir hablando. Sin la energía vital procedente del árbol, no debían quedarle más de unos minutos antes de que su cuerpo maltrecho dejase de funcionar. Pero Obito necesitaba dejarle bien claro lo equivocado que estaba antes de que eso sucediese. O al menos intentarlo.

Se quitó la bandana de Konoha, concentrándose en abrir el rinnesharingan en su frente. Desde la última vez que se abrió durante la batalla contra Zetsu, Obito no consiguió volver a hacerlo, no importaba cuanto se esforzase. Pero en ese momento, un hormigueo en su frente le indicaba que el ojo, como si tuviera alguna especie de consciencia propia, quería abrirse.

Y así sucedió. Madara quedó atrapado en el influjo del dojutsu. Vio su expresión cambiar conforme las memorias de esa otra línea temporal se asentaban en su cabeza.

—¿¡Qué truco es este!? ¿¡Cómo tienes tú ese...!? —comenzó a decir, antes de que otro ataque de tos interrumpiera la pregunta.

—¡Cálmese o será peor! —exclamó Rin—. No es ningún truco, todo lo que está viendo pasó.

—Invoqué al juubi y me convertí en su jinchuuriki. Un poco de su chakra sigue en mí aún. Su poder me permitió mandar mis memorias a través del tiempo, a mi yo del pasado, con la intención de no cometer esta vez el mismo error.

—Tiraste a la basura la única oportunidad que tuvo el mundo para alcanzar la paz eterna —dijo Madara—. Eso es lo que hiciste.

—¿No vio que en esa otra línea temporal hubo una guerra para detener el proyecto? —le reprochó Rin—. ¡La gente no quería vivir en una mentira!

—La gente es estúpida, así como un niño que no quiere tomarse una medicina que le va a hacer bien. El deber de sus padres es dársela por mucho que se resista.

—Estás dejando de lado lo complejo del tema y un problema cuya raíz está en la mentalidad de la sociedad misma. Seguiré luchando por la paz, pero lo haré a mi manera. Concienciando y no obligando. Los resultados no serán tan inmediatos, pero no puedes negarle a la gente la oportunidad de llegar a esa misma conclusión de forma natural.

—Deja que tus sueños vuelen alto y más te dolerán cuando se estrellen.

—Basta —dijo Rin—. ¿En serio va a pasar los últimos momentos de su vida aferrado a esa mentalidad?

—Era lo único que me quedaba en el mundo, niña. El proyecto Tsuki no Me. Y me lo acaban de quitar.

Obito no pudo evitar tenerle lástima. También a su antiguo yo, cuyos pensamientos eran tan parecidos. Pero le duró poco, recordando que si bien Madara vivía ahí en soledad rodeado de Zetsus, era porque había renunciado a muchas otras cosas.

—Algún día, la humanidad podrá entenderse mejor —dijo, esperando que eso al menos lo consolase.

Sin dar señales de querer contestarle a eso, Madara ladeó la cabeza, mirando a lo que quedaba del viejo jubokko. Rin y Obito miraron en la misma dirección para darse cuenta que una figura luminosa y casi transparente se había desprendido de la silueta incrustada de Hashirama Senju y flotaba hacia ellos.

—Llegas cuando ya no haces falta, Hashirama —dijo Madara.

Estar viendo al primer hokage delante de sus ojos aún le parecía algo sacado de una ensoñación. Hashirama llegó junto a Madara y colocó una mano en la parte izquierda de su pecho, mirándolo sonriente, incluso tierno a pesar del desaire del Uchiha.

—No llego. Siempre estuve aquí.

Tras eso desapareció. Madara cerró los ojos con un amago de sonrisa en sus labios y no volvió a moverse.

—Los fantasmas te absorben la vialidad para manifestarse, por eso se suele sentir frío cuando están cerca —dijo Rin, el desconcierto aún notable en su expresión—. Pero él irradiaba calidez.

—Confía en que el fantasma de Hashirama Senju desprenda vitalidad en lugar de robarla —dijo Obito, perdido en sus pensamientos—. Vayamos a por Nagato sin perder más tiempo. Después nos ocupamos de Madara.

El kamui volvió a trasladarlos afuera. Obito puso en práctica todos los conocimientos de rastreo que había aprendido en su vida, atento a cualquier pisada, a cualquier perturbación en la maleza. Hasta que se dio cuenta, que podía percibir la presencia de la estatua Gedo.

—El rinnesharingan sigue abierto —dijo Rin, evitando mirarlo—. ¿No vas a cerrarlo?

—No creo poder controlarlo, no sé qué es lo que desencadena que se abra, hasta el momento siempre ha sido por estar en contacto con algo relacionado con la familia Otsutsuki. Perdón si se ve raro.

—No te preocupes por esas cosas ahora, debemos encontrar al chico de antes.

—Creo saber donde. Sígueme.

Concentrando chakra en sus pies, descendieron por un empinado barranco que bajaba al cañón de un río seco. Se dejó guiar por ese sexto sentido que le iba indicando dónde se había escondido Nagato. Obito podría describir la sensación como la de un imán siendo atraído por un objeto de hierro. Ahí donde el tirón era más potente, sabía que iba en la dirección correcta.

—Aquí es donde se siente más fuerte —murmuró para sí, deteniéndose.

Con el sharingan activado, Obito podía sacar el máximo partido a la escasa luz de luna que iluminaba el cañón. El lugar estaba envuelto en un ennervante silencio, hasta los grillos habían callado. Rin se puso en guardia, vigilando el lado contrario al que estaba mirando Obito. Tras unos segundos, nada pasó, pero el molesto tirón le hacía saber que ahí era donde estaba.

—¡Nagato! —lo llamó.

El enorme puño se materializó en el aire, derecho hacia ellos. La estatua aún no era muy grande, pues ningun bijuu había sido sellado aún en ella, pero tenía la suficiente fuerza como para que uno de sus puñetazos fuera fatal.

Obito se fue en la dirección contraria a Rin, para despistar a la estatua, cuando esta avanzó para dejarlo de nuevo en su rango de alcance, pudo ver que Nagato se había conectado a ella a través de los transmisores de chakra que le salían de la espalda.

—¿¡Qué has hecho!?

Sus mejillas y ojos se habían hundido, haciendo la forma del cráneo visible a través del pellejo. Su mirada denotaba hostilidad y peligro.

—¡Obito! ¿¡Sabes como pararlo!? —gritó Rin.

Esquivando otro golpe, él corrió a su lado.

—Puedo llegar a Nagato y usar mi intangibilidad para sacarlo de ahí —dijo Obito.

—Eso va a dejar daños permanentes en tu vista.

—¿Crees que podrías intentar curarme?

—No lo sé. No se ha investigado demasiado sobre lesiones provocadas por el sobreuso de dojustus. Tal vez no sean lesiones normales.

—Pero detenerlo merecería la pena, antes de que se haga aún más daño.

Tuvieron que separarse para esquivar otro puñetazo, que hizo saltar del suelo rocas de gran tamaño.

—¡Intentemos algo más antes! —dijo Rin cuando volvieron a estar lo suficientemente cerca—. Ve hacia él, yo te mantendré seguro con una técnica protección.

Era el mejor plan que tenían de momento. Obito asintió antes de prepararse para buscar un hueco en su defensa. Nagato empezaba a jadear, agotado por los esfuerzos de manejar la estatua utilizando su energía vital.

—¡Detente, antes de que mueras! —dijo Obito.

El puño de la estatua se encontró con la coraza que había formado Rin. El impacto hizo retroceder a Obito sin causarle daños.

—¡No me importa morir defendiendo el plan! ¡Es lo único que me queda en la vida!

Obito lo agarró de un brazo y tiró con fuerza, Rin se le unió y tomó el brazo libre. Ambos consiguieron desengancharlo de la estatua que cayó hacia atrás rompiéndose en pedazos. Nagato escupió sangre y cayó de rodillas hacia delante.

Y mientras Rin usaba su palma mística para curarlo, Obito pensó en que Madara le había dicho también algo muy parecido. Y él también había opinado así en otra vida. Nada en lo que creer, nada en lo que apoyarse salvo eso.

—¿Qué hay de Konan y Yahiko?

—Muertos —respondió, mirando al cielo.

Su cerebro tardó unos segundos de más en asimilar la información. Konan y Yahiko estaban muertos. Años antes que en la línea de tiempo original. Casi le parecía irreal. Pensó que sin su manipulación ellos estarían bien, que fundarían Akatsuki liderados por Yahiko. Libres del influjo del que él se valió para manipular la organización, los imaginaba bien, felices y luchando por sus sueños.

Y todo ese tiempo estuvieron muertos.

No necesitaba que él le dijera para saber que lo había provocado Madara.

—Eres un buen chico, Nagato. Lo sé —dijo Rin—. Y no me creo que tu corazón no te diga que ese plan es lo correcto.

—Es la única esperanza de esta sociedad podrida.

Y escuchar esas palabras que una vez podrían haber salido de sus labios le dolía. Verlo derramar lágrimas, también.

—Siempre. ¡Siempre habrá esperanza! —exclamó Obito—. Mientras la bondad no se deje corromper, la habrá.

—Fácil de decir para ti. A mí no me queda en el mundo nadie a quien le importe. Ni un lugar al que volver. La guerra me lo quitó todo.

—He estado en tu lugar, y te puedo asegurar que siempre hay una salida. Y la encontrarás si te levantas y te obligas a dar un paso, y luego otro y otro más. En Konoha tienes a tu maestro, Jiraiya. Tienes a tu prima Kushina contra la cual deberás atentar si planeas conseguir la bestia de nueve colas. ¿Y sabes qué? No pienso dejarte hacer eso.

—Nosotros también estaremos a tu lado —agregó Rin.

—Ni siquiera sé quienes son, ni lo que buscan.

—Eso no importa. Vamos a apoyarte. Y aunque tú ahora pienses que no, saldrás adelante.

Rin tomó las manos de Nagato en las suyas, y Obito no podía quitarse de la cabeza el destino de Konan y Yahiko. Uno murió porque él no movió un dedo. En su día, había disfrutado viéndolo morir. Yahiko era demasiado bondadoso, demasiado idealista, demasiado similar a su yo original. Con Konan había sido algo similar, excepto que su sangre estaba en las manos de Obito. Su traición lo puso furioso y eso lo hizo ensañarse cuando tuvo que ir a recuperar el rinnegan. Ella era la prueba viviente de que cualquiera podía ser salvado de su propia desesperación. De que la esperanza, al final, podía prevalecer. Habiendo aniquilado su yo para servir al plan, Obito no quería ser salvado, y por ello debía destruírla. Ambos merecían vivir felices. Si hubiera actuado a tiempo con respecto a Madara, aún estarían vivos.

Era su culpa que hubieran muerto en esa línea temporal también.

El empujón que le dio Nagato al levantarse lo devolvió a la realidad.

—No me sigan. Necesito... Necesito estar solo.

—¡Espera! —gritó Rin.

Pero Nagato la ignoró y echó a correr.

—Démosle un poco de espacio —dijo Obito, quien no se sentía con ánimos de pelear con el asunto un segundo más—. Puede que él también necesite meditar y venga a Konoha cuando esté listo. Sino, iremos a buscarlo.

Ambos se pusieron en pie.

—Me preocupa —dijo Rin.

—A mí también. Pero es mejor si le damos un voto de confianza, al menos de momento.

Obito y Rin volvieron al subterráneo donde cavaron un agujero en el suelo para enterrar a Madara. La tarea lo distrajo de sus pensamientos intrusivos. Usando una técnica doton, esculpió una humilde lápida con su nombre. En cuanto pudiese, volvería a traerle flores e incienso. En Konoha, en el cementerio Uchiha, hubiese tenido la lápida más impresionante de todas, como correspondía a un shinobi de su talla. Pero tendría que ser así.

Rin parecía estar rezando una oración silenciosa. Obito no quiso interrumpirla, a pesar de necesitar seguir distrayéndose urgentemente.

—Regresé a enmendar mis errores, pero estoy cometiendo otros nuevos.

—Oh, no. No caigas en eso otra vez —respondió Rin.

—No olvido la promesa que te hice. Pero por mi inacción, Konan y Yahiko han muerto.

—Culpa a Madara, no a ti mismo. Estás haciéndolo bien, Obito. No pienses de más.

Él asintió.

—Volvamos a Konoha. No puedo esperar a salir de esta cueva.


—¿Estás contento con una misión de rango C hoy, Obito-kun? No tengo nada más... Últimamente todo está muy tranquilo.

—Eso no es problema. Estaré más que feliz de hacer lo que me mandé, Hokage-sama —dijo Obito.

Kushina arrugó los labios en un puchero.

—¿Cuándo dejarás de tratarme con esa formalidad, dattebane?

—Es así como se debe dirigir uno a su Hokage —respondió Obito.

—Sigo siendo la Kushina de siempre. Lo único que ha cambiado es mi indumentaria y algunas cosas más —dijo, reajustando su sombrero—. Pero como no parece que vayas a hacerme caso pronto, entonces como Hokage te ordeno que me trates más casualmente.

—De acuerdo, Hokage-sama.

Ella lo miró entrecerrando los ojos. A todo el mundo le pilló por sorpresa cuando el Yondaime cedió el sombrero a su esposa. Según él, Konoha ya no necesitaba un Hokage estratega sino un diplomático. En esos diecisiete años en el puesto, Minato había llevado a cabo grandes reformas en el modo de funcionar de la aldea que ya se estaba quedando anticuado. Lo más importante en ese momento según él, era estrechar lazos con las demás naciones para que la paz perdurase.

A Obito le hubiera gustado poder bromear con ella, pero desde el día en que ganó los recuerdos no había podido volver a hacerlo. Además, siempre debía poner todo su empeño en contener su chakra. Al ser portador de un fragmento del chakra del juubi, Obito podía sentir el de Kurama cuando Kushina estaba lo suficientemente cerca de él. No sabía si también pasaba a la inversa, pero no pensaba jugársela.

—Creo que a partir de ahora mi favorito de los tres será Kakashi-kun —dijo, con fingida indignación.

—Bueno, así es como fue siempre con todo el mundo. Ya me acostumbré —al verla rodar los ojos, Obito prosiguió, cuanto antes tuviera los detalles, antes podría salir—. ¿De qué trata esa misión?

Recordando la razón por la que lo había llamado, Kushina tomó un pergamino del cesto y lo desenrolló.

—La Unión de comerciantes del área rural de Konoha requiere de un shinobi que se asegure de mantener el orden y detener a bandidos y rateros en el mercado de primavera. Deberás rondar el mercado durante hoy y mañana, comenzando a las ocho de la mañana y acabando a las cinco de la tarde para asegurar la protección tanto de los clientes y su dinero como de los vendedores y su mercancía.

La idea de hacer una misión justo en ese lugar le subió el ánimo. Obito sonrió.

—Me viene perfecto porque estaba pensando pasarme por el mercado de primavera igualmente.

—¡Te mando a trabajar no a que te vayas de compras, dattebane! —exclamó la Hokage con un golpe en la mesa.

—Y tal vez pueda hacer ambas. Con mi sharingan...

—¡Obito no hagas tonterías! Hay una comisión por eficacia de trabajo y cuantos más errores cometas más pequeña será. No se te ocurra perder la comisión, o te pagaré la mitad.

De todo eso, lo que menos le importaba era la paga. Podía vivir bien con sus ahorros y herencia, pero necesitaba terminar la conversación cuanto antes e ir a ver a Rin. Y para eso tenía que dejar a la Hokage conforme.

—Pondré todo mi empeño, Kushina. Lo prometo. Me gusta la misión. Aunque a Fugaku-sama no va a hacerle gracia que se mande a un Uchiha a cosas dignas de un chuunin.

—Por desgracia para Fugaku-sama, quien se sienta en esta oficina soy yo —dijo con una sonrisa tirante, como si tuviera ya varias respuestas preparadas y estuviera deseando que alguien le replique para soltarlas.

—Deja todo en mis manos, conseguiré esa comisión —dijo Obito, tomando al vuelo el pergamino que le lanzaba la Hokage—. Si no hay nada más que deba saber, permiso para retirarme.

Se volteó yendo hacia la puerta.

—Sólo una más —dijo Kushina—. Sigues siendo mi favorito, dattebane.

El cariño en su expresión aún le provocaba culpa por los recuerdos de la noche del ataque, pero Obito asintió, y murmuró un tímido 'gracias' antes de irse, la calidez del halago y la amargura de no sentirse digno de él arremolinándose en su pecho.

Apretó el paso mientras salía de la torre Hokage. Mayo estaba cerca y eso siempre hacía que estuviera de buen humor.

Corrió ágil e impaciente por las calles de Konoha, camino al hospital. Se cruzó con Minato y los chicos cerca de la entrada.

—¡Hola, Obito-niichan! —exclamaron los cuatro a la vez.

—¡Hola, Naruto, Menma, Nori, Tamagi! ¡Buenos días Minato-sensei!

Con un niño de cada mano, otro agarrado a su cuello y Naruto correteando alrededor, su antiguo maestro no fue capaz de devolverle el saludo más que por un leve asentimiento. Pronto los había dejado atrás.

Por supuesto, Minato y Kushina eran ese tipo de pareja que querían una familia grande. No lo había pensado antes de que ella anunciase su segundo embarazo, pero en ese momento supo que vendrían más.

Pero él se conformaba con ver a Naruto crecer feliz rodeado de sus padres y hermanos.

Como en el hospital ya lo conocían de sobra y Rin no estaba ocupada con ningún paciente, le dejaron pasar a verla de inmediato.

—Tienes suerte, estaba a punto de irme a casa a dormir —dijo mientas enrollaba de nuevo un pergamino que leía.

—¿Otra vez en el turno de madrugada? —preguntó, tal vez no debió molestarla.

—Por desgracia sí. Pero es inevitable que me toque de vez en cuando. ¿Qué es lo que te pasa? Vienes de buen humor hoy.

—¿Tanto se me nota?

Rin le sonrió.

—Te ves más animado que de costumbre.

—Necesito un favor. ¿Crees que Tsukihime podría ayudarme con una cosa?

—¡Oh! Eso significa entonces que el cumpleaños de Deidara está cerca.

Obito no pudo evitar que su sonrisa se ampliase. No le importó ser tan evidente. Era una fecha que siempre estaría en su cabeza.

—Así es. ¿Crees que es posible que ella...?

—¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? —tomando un bisturí, Rin se dio un pinchazo en el índice—. ¡Kuchiyose no jutsu!

La palma de su mano golpeó la mesa, un sello de humo se formó alrededor de la misma, haciendo aparecer en el centro una pequeña conejita blanca de ojos rojos.

—No me digan más —dijo a modo de saludo, con voz aguda—. Es el cumpleaños de Deidara.

Rin miró a Obito y echó a reír. Por un breve momento se sintió avergonzado.

—Es la única ocasión del año en la que puedo tener algún tipo de contacto con él —se justificó él—. Aunque sea unilateral.

A veces deseaba que pudiera haber más.

—¿Y qué gano yo con todo esto? —preguntó Tsukihime, dando golpecitos a la mesa con una de sus patas traseras—. Siempre haciendo favores gratis, Iwagakure no está tan cerca.

—Obito te traerá un cesto de fresas con las que podrás hacer muchos pasteles —explicó Rin.

—¿Lo haré? —murmuró Obito, pillado por sorpresa, aunque en realidad no tenía otra. Si era por Deidara, el precio era justo.

—¡No puedo esperar a tener en mi poder esas delicias! Marcaré el día en mi agenda, soy una chica ocupada —exclamó—. ¡Adiós!

—Hasta pronto, Tsukihime y gracias —dijo Rin, justo antes de que desapareciera—. Entonces... ¿Cuántos cumple Deidara?

—Diecinueve. Tenía esa misma edad cuando éramos compañeros en Akatsuki.

La memoria de Obito dio un paseo por aquellos tiempos en los que hacían misiones juntos, y él dejaba por un momento de pensar en reunir a los jinchuuriki y comenzaba a planear como molestarlo para su diversión.

Como todas esas veces en las que lo abrazó bien fuerte sólo para ver como intentaba soltarse para luego desaparecer bajo la tierra antes de darle oportunidad a lanzarle nada.

—Me gustaría retomar el contacto con él algún día —dijo—. Si me vuelven a mandar a Iwagakure de misión, lo buscaré. Aunque hace tiempo que no sale nada.

Rin asintió.

—Me alegra que te hayas aclarado por fin.

—Siempre lo tuve claro, pero no es que tuviera una razón para presentarme delante de él sin que pareciera inapropiado, o una ocasión fortuita que me sirviera de excusa para hacerlo parte de mi círculo de contactos.

—Eso es verdad...

—Además, recuerda cuando fuimos hace dos años y no pudimos encontrarlo por ninguna parte. Debí haber preguntado por él.

—No creo que te hubieran dicho nada. Ya sabes como le gusta al Tsuchikage mantener cualquier misioncilla de clase C como alto secreto.

—Al menos sé que esta vez no se ha escapado de la aldea. Y que está bien.

Tsukihime había reportado que seguía viviendo en Iwa, aunque en esa línea temporal no había entrado en las Bakuha Butai. La explicación que se le ocurrió fue que no había puestos, ya que más de la mitad de los miembros del cuerpo de élite de Iwa habían muerto en la tercera guerra. Al acabar antes hubo menos bajas y no debió de ser necesario que Deidara entrase. Onoki se vio obligado a tomar esa decisión por falta de personal, pero puede que ahora hubiera querido que al menos Deidara madurase más antes de tramitar su ingreso en las Fuerzas Explosivas.

—¿Tienes algo pensado? —preguntó Rin.

—Aún no. No va a ser fácil como ninja de Konoha comunicarme por mi cuenta con uno de Iwa sin que surjan interrogantes por ambas partes.

—Debe ser una ocasión en la que él venga o tú vayas.

—Podrían pasar años hasta que eso pase. Pensaré en algo.

—¿Otra idea enrevesada de las tuyas? —bromeó Rin, levantándose—. ¿Me sigues contando por el camino? Mejor me voy ya, antes de que alguien venga a entretenerme más.

Su antigua compañera tomó de la percha un cárdigan azul grisáceo y se lo puso sobre el uniforme del hospital.

—Es sólo que preferiría no tener que esperar mucho más a conocerlo —dijo cuando salieron a la calle, después de que ella se despidiese de cuanto compañero se encontraba por el camino.

La necesidad de ver de nuevo a Deidara le parecía últimamente difícil de aguantar.

—Hmm... Obito.

Rin miraba al suelo, como todas esas veces en las que intentaba decir algo que podría entristecerlo.

—Dime. ¿Qué es?

—Si consigues retomar el contacto con Deidara, deberías ponerlo al corriente sobre la otra línea temporal.

Obito respiró hondo, sólo para evitar pensar e en la posibilidad de que todo ese dolor que le causó lo persiguiese hasta ahí. Quería dejarlo enterrado ahí en esa otra vida donde no pudiera alcanzarlo.

—Lo he llegado a pensar —le contestó—. Pero descarté la idea porque sería provocarle sufrimiento innecesario. La otra vida quedó atrás. No va a servir de nada hacerlo conocedor de lo que pasó en ella mas que para hacerle daño.

—Entiendo por qué piensas así. Pero... ¿No te parece que dejándolo al margen le estás ocultando algo importante? Él significa mucho para ti. ¿De verdad tu conciencia se queda tranquila con la idea de que él no sepa nada?

—Honestamente no del todo. Pero tras pensarlo bien decidí que si alguna vez nos encontrábamos de nuevo, lo protegería de ese dolor también.

Volvieron a encontrarse con Minato y los niños, que esa vez llevaban todos un chocolate caliente en la mano. Tras los efusivos saludos, Rin reanudó la conversación.

—Me parece que subestimas la capacidad de la gente para afrontar el sufrimiento. Estoy convencida que Deidara podrá soportarlo, igual que Kakashi-kun también podría.

—Sigo diciendo que Kakashi es más feliz así.

—Y yo he guardado mi promesa de no decirle nada, incluso si no estoy de acuerdo. Pero no creas que él no sabe que algo raro pasa. Antes solía hacerme preguntas en apariencia inocentes, pero con intención de averiguar cuál es la pieza que le falta.

—No esperaba menos de él —murmuró Obito.

—Sólo piensa como va a reaccionar Deidara si alguna vez se entera de todo por error. Va a sufrir mucho más cuando se de cuenta de que le has estado ocultando una parte de él y de sí mismo.

Obito no había pensado en eso. No, definitivamente no quería que eso sucediese. Estaría en la misma situación que cuando le ocultaba su identidad.

—Tienes razón. Por eso he trabajado estos años en dominar la capacidad de usar el rinnesharingan. No se abrirá a menos que yo lo decida.

—Es un poder casi divino encerrado en un cuerpo humano, nunca sabremos si lo tienes controlado del todo. Podría abrirse de nuevo en presencia de Deidara.

Estaban llegando a casa de Rin. Quedaba poco hasta que debiese empezar su misión, pero quería ir de compras antes, buscar un regalo bonito para Deidara como venía haciendo cada año.

—Prometo pensar en ello —dijo, para dar el tema por zanjado—. Ni siquiera sé cómo contactarlo, no tiene sentido pensar en eso ahora. Lo haré si alguna vez ocurre.

—¿Por qué no le escribes algo en la felicitación? Alguna forma de contactar contigo si quiere. Ya va siendo hora que conozca al quien le ha estado enviando regalos cada año.

Obito sintió que iría a sonrojarse como hace mucho no lo hacía. Se concentró en mantenerse inexpresivo pero no pudo evitar que sus labios se curvasen en una pequeña sonrisa.

—Querrá saber por qué. Se puede pensar que soy un loco acechador. Y se va a asustar.

Aunque algo le decía que se necesitaba mucho más que eso para asustar a Deidara.

—Entonces debemos planearlo con cuidado —Rin bostezó, buscando las llaves de su casa—. Que te vaya bien en la misión.

—Y tú duerme bien. Hasta luego.

Miró en el bolsillo interior de su chaleco sólo para asegurarse que llevaba ahí la cartera. ¿Qué podía regalarle? Siempre le solía enviar un paquete de arcilla de la variedad mejor valorada por los artistas locales, Obito ya se había informado al respecto.

Pero le apetecía regalarle algo especial. Así que se fue directo a un puesto de herramientas de artesanía y acabó saliendo del mismo con una caja de madera llena de herramientas de talla y modelaje que se pasaba por bastante de su presupuesto.

Seguro a Deidara le iba a encantar y le iba a ser útil. Eso era lo único que importaba.

Obito caminaba feliz por las bulliciosas calles del mercado, pensando en el momento en que su senpai descubriera el regalo envuelto en papel de regalo y sujeto con una fina cuerda frente al umbral de su puerta, cuando todos sus procesos mentales se vieron interrumpidos por hacer contacto visual con un par de ojos azules.

Todos esos años, se había estado preguntando sobre el destino, y sobre cuáles cosas estaban sujetas a la ley del mismo y cuáles no. Pero al ver a Deidara otra vez ahí frente a él, lo primero que pensó fue que ese encuentro era una de esas cosas. Y lo segundo, que no estaba preparado.

—D-deidara-senpai —murmuró, haciendo que él se detuviese sorprendido por oír su nombre de labios de un extraño.

Un par de segundos después, Obito reaccionó por fin y escondió la caja en sus manos detrás de su espalda.


Bueno, es tarde ya, y me he esforzado por tener el capi listo antes de dormir. Lybra, Lu, Videlsnssnj, gracias por su apoyo y sus comentarios y el apoyo *-*

Nos vemos en el final.