CAPÍTULO 003

Nada más lejos de la realidad. Richard no fue a dejar su ropa, a recomponer su estancia, a intentar reconstruir esas partes internas que estaban desmoronándose... Después de varios minutos pensando en toda la información, con la que le habían inundado, salió de la casa. Llegó hasta la cochera. Cogió las llaves del coche de su padre y salió de allí. Kate, que fue testigo de todo, salió tras él.


Hizo paradas en todos los bares posibles de la zona. Una copa. Pero el dolor no se apaciguaba. Otra copa. Y solo escuchaba la voz de su abuela. Una más. Y su mente se centraba en dos pensamientos. 'No pararán hasta matarte'. 'No quiero quedarme sola'. Pinchazo en el estómago. El dolor no cesaba. La angustia le consumía. Miedo. Sentía miedo. Una copa más. Pero el miedo no se iba. Estaba a su lado, mirándole de cerca. Como la peor de las sombras. Otra más. Veía doble. Las voces se agolpaban. Ya no distinguía la voz de su abuela de la de su hermana. Una más. Solo una más para olvidar. Para dejar de sentir.


Salió del último bar en un movimiento renqueante. Kate lo observaba desde su coche. Pensó en acudir hasta él, pero, ¿cómo iba a presentarse? Tendría que esperar. Con paciencia. Todo a su debido tiempo.

Richard se subió a su coche. Arrancó. Al principio parecía todo controlado. Iba por el camino correcto. Pero el último semáforo de la recta no lo vio. Se saltó el semáforo en rojo. Como de la nada, una patrulla de la policía se puso a su altura, indicándole que debía parar. Así lo hizo.


Tras comprobar su estado, Richard fue detenido por conducción temeraria. Kate, que seguía observando todo de cerca, pensó que sería un buen escarmiento. A la mañana siguiente lo ayudaría a salir del calabozo. Richard estaría más seguro allí que en su propia casa. Al menos, hasta que todo el operativo estuviese montado.


Al otro lado de la ciudad Martha era incapaz de conciliar el sueño. Tras esperar a Richard durante una hora en la cocina, habían decidido ir a buscarlo. Pero no estaba. Había desaparecido. Y la espera posterior había sido igual de infructuosa. Había oscurecido. Habían preparado algo para cenar. Se habían puesto a cenar, como cada noche, pero esta vez en silencio. Después tomaron la decisión de ir a sus habitaciones y descansar todo lo posible.

Pero Martha no podía cerrar los ojos sin ver una y otra vez la mirada de su nieto. La angustia que emanaban sus ojos, ante cada nueva afirmación suya. Llegar desde Suiza, sabiendo que sus padres habían fallecido, encontrarse con que no habían sido las únicas muertes, saberse objetivo… Nadie, en su sano juicio, actuaría con normalidad después de esa devastadora realidad.

Derecha. Izquierda. Daba igual la posición. Bocarriba. Bocabajo. Imposible. Los ojos habían tomado la decisión de no descansar. Combatían contra Morfeo de manera magistral. Lo más probable es que estuviesen esperando la llegada del sonido de un motor. Algo que le confirmase que Richard estaba de vuelta.

Su nieto. Estaba de vuelta. ¡Cuánto hubiese deseado que hubiese sido en otra circunstancia! ¡Cuántas veces lo había echado de menos! Siempre recordando esos buenos momentos vividos en el pasado, cuando la infancia es un reguero de momentos llenos de locuras, trastadas y sonrisas. Donde no importa nada más allá de ser feliz.

Ahora, la vida, en su época adulta, se había vuelto más oscura. En estos momentos no había espacio para correr, cuando la mayor preocupación era que te seguía tu abuela, hasta ese escondite secreto, que siempre creíste inimaginable.

Derecha. Izquierda. No había manera. Quizá no solo estaba expectante por la vuelta de su nieto. Quizá había algo más. Un atisbo de culpabilidad. No haber detenido toda esta locura con mayor antelación. Ahora él también estaba en peligro. La amenaza de muerte no era una broma, ni una falsa amenaza. Era real. Tan real como el dolor en el pecho que le estaba impidiendo respirar con facilidad.

Toda esta historia se había escapado de las manos de su marido, de las manos de sus hijos. Siempre creyó que quedaría solventado. Que sus nietos no sufrirían lo mismo que habían sufrido ellos por años. Pero se equivocó. Jamás pudo sospechar la sorpresa que la vida le tenía preparada. ¿Habría sido el resultado de su debilidad? ¿Habría pasado todo esto por no ser lo suficientemente valiente?

Había perdido a sus hijos. No estaba dispuesta a perder a sus nietos. Sí, definitivamente John Reynolds era la persona adecuada para ayudarle. Él acabaría con todo esto y sus nietos quedarían a salvo de toda esta locura.


A la mañana siguiente Kate hizo lo planeado la noche anterior. Llamó a su jefe. Éste inmediatamente se puso en contacto con Martha, que fue en busca de su nieto. Enfadada, pero aliviada.

- ¿En qué estabas pensando? – Martha.

- No sé qué pensamiento seleccionar… si el del asesinato, el de mi amenaza de muerte, mi protección, el miedo de mi hermana… Estoy confuso, la verdad. – Richard.

- Si ironizar te sirve, adelante.- Martha.

- Mejor que emborracharme es. No soporto esta resaca. – Richard tocó su cabeza.

- Mañana tienes la vista. He pedido que la aceleren cuanto antes. No podrás conducir durante varios meses y te pondrán algún castigo más. – Martha.

- Estupendo. Me encanta estar aquí. ¡No hay nada como estar con la familia, eh! O con lo que queda de ella, claro. – Richard.

- Estás insoportable. Será mejor que al llegar duermas algo. No me gustaría que te viese así ni el abogado, ni el notario. – Martha.

- ¿Abogado? ¿Notario? – Richard.

- Viene esta tarde a leer el testamento. – Martha.

- Este viaje está resultando toda una caja de pandora. – Richard.

- No tientes a la suerte. – Martha.

- Mi suerte no puede ser peor. – Richard.

Martha observó a su nieto que cerraba los ojos apoyando su cabeza en su reposacabezas.

- Saldremos de ésta Richard. – Martha.

- Ojalá. – Richard.

Fue la última palabra que sonó en el coche.


Cuando llegaron a casa, Richard subió directo a su habitación. No tenía ganas de ver a nadie. Y, mucho menos, de dar explicaciones. Además, para eso, ya estaba su abuela que, seguro, informaba de todos los detalles. Ver los rostros de reclamación de sus primos y su hermana, solo podría agudizar el inmenso dolor de cabeza que tenía. Y para qué negarlo, no se sentía con fuerzas de disculparse y mucho menos prometer que no volvería a suceder. Unas horas en la cama, con la mente en blanco, le servirían para recapacitar sobre lo que quería o no hacer, a partir de ese instante.

Martha, por el contrario, como bien imaginó Richard, salió al porche en busca de sus otros nietos. Laurel, David y Paula tenían su mirada perdida hacía el mar, pero cuando oyeron ciertos pasos, no pudieron evitar volver la mirada.

- Ya hemos vuelto. – dijo Martha.

- ¿Qué tal está? – preguntó Paula preocupada.

- Con un tremendo dolor de cabeza. – Martha se apoyó en la silla de David.

- Imagino el resacón que debe tener. – David.

- ¿Dónde está? – Laurel.

- Ha subido a su habitación. Me parece que no tenía las fuerzas suficientes para enfrentarse a vosotros.

- Ha huido. Como siempre. Es algo natural en él. – dijo Paula con pesar.

- Bueno, al menos sabemos que está bien y ya lo tenemos en casa. – Laurel.

- ¿Sabemos algo de…? – Martha.

- No. Aún nada. – Laurel se incorporó y se apoyó en la barandilla. – No sé a qué están esperando. Deberían estar de camino.

- Esto no está siendo fácil para nadie. Tendrá sus dudas sobre nosotros. Quizá crean que su nieta no puede estar segura en esta casa. – David.

- Tonterías. – Martha se aferró a sus manos – Está claro que nadie va a facilitarnos las cosas.

- Este es otro tema que hay que tratar con Rick. – Laurel resopló y agarró la barandilla como si quisiera partirla en dos – Y tengo la impresión que, cuando se entere, la situación no va a mejorar.

- Como verás abuela, nos hemos levantado de lo más optimistas. – David se incorporó y la abrazó. – Por cierto, te debemos una disculpa. Ayer desaparecimos.

- Era mi obligación hacer esa maldita recepción para que todos los contactos de vuestros padres pudiesen darnos su pésame. Y entiendo que os escondierais. Yo hubiese hecho lo mismo. – Martha.


Kate llegó a su despacho, una hora antes de su horario habitual. Quería tener listo el informe para cuando su superior entrase pidiendo explicaciones por su postura la noche pasada. Por norma, tendría que haber acudido al rescate de su protegido, no dejarlo en manos de esa patrulla policial. Lo hubiese hecho así, pero cuando observó que los dos policías eran dos agentes de plena confianza de su jefe, entonces supo que no había nada que temer.

- Beckett. – Reynolds entró a su despacho sin llamar.

- Señor. – se incorporó inmediatamente.

- Siéntese Beckett. Lo de anoche no tiene que agradecérmelo. – Reynolds se sentó.

- Disculpe señor.

- Déjese de monsergas. Sé que el informe que le pasé de Richard dibuja a un muchacho rico y con falta de escrúpulos. Pero le puedo asegurar que, a veces, ese tipo de perfiles se llevan al extremo. Anoche debió custodiarlo hasta su casa. No permitir que los agentes lo llevasen al calabozo. Y no porque no se lo mereciese, sino por seguridad.

- Señor vi a los agentes y…

- Usted no sabe quién trabaja en su distrito y quién no. Que esos dos agentes sean colaboradores nuestros, no implica su absoluta seguridad. Y usted no es ninguna novata como para meter la pata así. Así que dígame, fue por culpa de ese informe, ¿verdad?

- Señor… usted sabe lo que pienso de ese tipo de personas. Jóvenes, ricos, con mucho tiempo libre, irresponsables… Pero es mi trabajo y siempre doy el 100%. Usted me conoce. Anoche, no entendí que una persona que debería estar en su casa, con su familia, se fuese de bar en bar, a emborracharse. Me enfadó. – irritada.

- Beckett, por mucho que intentemos empatizar con nuestras víctimas, jamás podremos sentir el dolor que ellos sienten en esos momentos. Y sabe que cada persona asume la realidad de la mejor forma que sabe o puede, en ese momento. Quiso castigarle. Lo entiendo. Y tendrá su castigo. El procedimiento sigue adelante. Ya sé quién está a cargo de su juicio y te aseguro que pagará su inconsciencia. Pero,…

- Lo sé señor. No volverá a suceder. Tome el informe. Aquí le detallo todo lo que pasó ayer. – Kate le tendió el documento.


Richard despertó a media tarde. Aún había restos de resaca. Un tambor formaba parte de su cabeza. Se dio una ducha rápida. Se vistió con una camiseta y un vaquero y bajó hasta la cocina.

- Hola.- saludó secamente a todos.

- ¿Cómo estás? – Paula.

- Con resaca. – Richard.

- Te agarraste una buena. – David.

- Hacía tiempo que no bebía así. – quiso excusarse.

- Es bueno saberlo. Si no tendríamos que candar las botellas de alcohol de la casa. – todos rieron ante la ocurrencia de Laurel.

Martha entró en ese momento a la cocina.

- Vamos al salón, por favor. – dijo analizando el estado de Richard con su mirada.


Todos, menos Carmen, que se subió a la primera planta, salieron tras Martha. El señor Mckanzie, junto al abogado de la familia, estaba esperándoles. Se sentaron en los sofás.

- No vamos a dilatar mucho este momento. – Thomas.

- Te lo agradezco Thomas. – Martha.

- A continuación os voy a leer el testamento. Tanto el de vuestro abuelo, como el de vuestros padres. – Thomas miró a cada uno de los interesados.

Kate observaba todo desde la segunda puerta de entrada y salida del salón. Una que daba a un pasillo paralelo por donde había varios cuartos de almacén de cosas inservibles y una salida a un pequeño porche. Menos Martha, que sabía que estaba ahí, nadie advirtió su presencia.

Todo lo que ocurrió a continuación solo incremento los problemas de Richard. Los testamentos dejaban claro el porcentaje equitativo de cada uno de sus nietos en lo referente a la empresa familiar. Richard, a petición expresa de su abuelo, sería el presidente de la misma con la obligación de permanecer durante un mínimo de 5 años en la sede central de L.A. La casa familiar y el efectivo, a nombre de Martha. Los ahorros de sus padres se repartirían de forma equitativa entre los hermanos. Parecía todo muy claro. Imposible tener dudas. No había nada del otro mundo. Nada extraño. Hasta que Thomas pronunció las palabras mágicas, 'ahora solo falta definir la custodia de la menor'.

Los allí presentes se miraron. Richard se dio cuenta, en ese preciso instante, que en su precipitada llegada y posterior encarcelamiento no se había preocupado por su prima. La más pequeña. Alexis.

¿Qué ocurriría con ella? Lo más normal es que se quedase bajo la protección y custodia de Martha en la casa familiar. Thomas se dispuso a leer nuevamente.

- Según lo que se desprende en el testamento, Pedro y Anne, padres de Alexis, están de acuerdo en ceder la tutela y custodia legal de su hija a, Richard Rodgers, su sobrino.

Como si de un pinchazo se tratase, Richard pegó un bote del sofá, ante la atenta mirada de todos, que tampoco se esperaban dicha decisión.

- ¿Seguro que lo ha leído bien? – Richard.

- Sí. No hay margen de error. Ellos querían que la custodia de su hija recayese en usted, ante un posible fallecimiento por parte de ellos. – Thomas.

- ¿Cuál es el procedimiento a seguir en este caso? – Richard.

- Usted deberá pasar por varias evaluaciones respecto a la obtención definitiva de la custodia. Ahora quedará a su cargo de forma provisional. – Thomas.

- Es decir… ¿desde ya soy su tutor? – Richard.

- En efecto. – Thomas revisando su maletín – Pero para que esto pueda ser ratificado tendrá que llevarse a cabo un proceso del cual será informado puntualmente.

- Ya… lo imagino. – Richard miró a su abuela, mientras esta le sonreía, sin un atisbo de preocupación, algo que le sorprendió.

- El matrimonio de Pedro y Anne dejaron una carta para usted. Seguramente encuentre las respuestas que necesita. – Thomas tendiéndole el sobre.

- Muchas gracias. Ojalá sea así. No me lo esperaba. – Richard cogió la carta y la aferró con su mano derecha – Pensé que sería mi abuela quien se haría cargo de ella.

- Para Alexis tampoco será fácil esta situación. –Thomas.

- Entre todos conseguiremos que sufra lo menos posible. – Laurel.

- No sé si por su cabeza cabe la posibilidad de rechazar dicha petición. Sean cuales sean sus pensamientos, tome una decisión tras leer la carta. – Thomas sonaba tan preocupado como elocuente.

- Sí, no se preocupe Thomas. Son muchos los cambios y estoy desbordado, pero no tomaré ninguna decisión de forma precipitada. Mucho menos tratándose de mí prima. – Richard mirando detenidamente el sobre sellado.

- Y después de esta última sorpresa, ¿hay algo más? ¿Podemos dar por concluida la reunión? – David quitando hierro al asunto. La atmosfera era irrespirable.

- ¿Tienes prisa? – Laurel.

- ¿O una cita? – Paula entendiendo el objetivo de David.

- ¿Celosas chicas? – David.

- Desesperadamente celosas. – Paula sonrió.

- No nos desviemos chicos. – Martha intentó reconducir la situación.

- No hay más que decir. Esto es todo lo que había. Ahora es cuestión de firmar, o de cuadrar las agendas, para lo que no se pueda o no se quiera firmar ya.


Kate seguía en silencio, guardando cada uno de los datos que había escuchado. No salía de su asombro. Para ella, la vida, siempre había sido un cúmulo de sorpresas, que te van cautivando e invitando a una evolución interna, desde la cual ser feliz. Pero, en este caso, las sorpresas, para Richard, poca paz, podrían darle. Todo lo contrario. En menos de una semana la vida de su nuevo protegido había dado un vuelco de 180º. De soltero cotizado, a padre de familia. De director de una pequeña sucursal, a presidente de la empresa familiar. Aceptar todo aquello iba a resultar complicado. Nadie está preparado para algo así. Con 30 años, la vida tiene otra perspectiva. Pero para Richard todo se envolvía en una neblina que debería ir diluyendo, para ser capaz de sobrevivir. Sobrevivir. Primera fase. Vivir. Eso, vendría después.

Comprobó que se firmaban algunos documentos. La serenidad como protagonista. 'Son fuertes' pensó Kate. 'Cualquier otra persona sería incapaz de levantarse de la cama'. Encaminó sus pasos hacia el pequeño porche, a la espera de Martha.

Tras despedirse de Thomas y el notario, Justin Mckanzie, Richard se escabulló del salón para subir a la habitación de Alexis. Thomas había sido el encargado de llevarla a casa, una vez, sus abuelos maternos, habían aceptado, a regañadientes, la decisión tanto de Pedro como de Anne. Carmen jugaba con ella.

- Alexis, mira quien acaba de entrar. – Carmen.

- ¿Quién es? – Alexis se acercó hasta el desconocido que había interrumpido su juego.

- Es Richard. – Carmen. Mientras Richard las miraba divertido.

- ¿'Suisa'? – Sofía poco convencida.

- Sí. Él trabaja en Suiza. – Carmen sonriendo.

- Abu me dice. – Alexis dando la mano a Richard - ¿Puedes hablar? ¿Quieres jugar? ¡Mira! – señalando la fortaleza que había construido junto a Carmen.

- ¡Uau! ¿Habéis hecho esto vosotras solas? – Richard.

- ¡Sí! – Alexis.

- Me gusta mucho. – Richard sintió la necesidad de interactuar con ella. Se arrodilló. - ¿cómo se juega?

- ¿Ya no te acuerdas? – Carmen.

- Creo que no. – mirando con cara de culpabilidad, lo que provocó la risa de Alexis.

- ¿Tú también sabes? – Alexis.

- Sí, él también jugaba. – Carmen, acarició la carita de Alexis.

- Entonces… ¿ganabas? – Alexis.

- Seguro. – Dijo Richard plenamente convencido.

- ¿Te cuento un secreto? – Carmen indicándole que se acercara a ella. – Hacía trampas… sólo así podía ganarme.

Los tres rieron abiertamente.

- Yo con él y tu sola.- dijo Alexis - Para no perder. – sonrió.

- ¿No te gusta perder, eh? – Richard acarició su cabecita.

- ¡No! – rio la pequeña.

- No sois problema para mí. Os puedo ganar también. – Carmen.

- ¡Hacemos trampas! – Alexis. - Él sabe.

- Hombre, no sé si es buena idea… - dijo Richard divertido.

- ¡Sí! ¡Sí! – Alexis se mostró feliz e impaciente por ver como ganarían con las tácticas del nuevo visitante. Y así se enfrascaron en defender la fortaleza mientras Carmen buscaba la forma de robar la llave que le llevaría a la victoria.


- Kate, disculpa mi tardanza. – Martha se sentó a su lado.

- No se preocupe, Martha. – Kate.

- ¡Oh! No me hables de usted. Me hace más mayor de lo que soy y además ahora que vas a comenzar a vivir aquí no nos iría mal un poco de confianza, familiaridad… - Martha.

- Estoy de acuerdo. – le sonrió.

- ¿Has podido escuchar lo que ha pasado?

- Sí. He estado escondida donde me dijiste. Ha sido un poco sorprendente.

- Si te refieres a la custodia de Alexis, sí. Mis nietos se han quedado con la boca abierta. Necesitarán varios días, o semanas, para asimilarlo.

- ¿Usted no? Disculpa, la costumbre – sonrío.

- Puede resultar extraño lo que voy a decirte pero es la mejor decisión que se ha tomado, en esta casa, desde hace mucho tiempo.

- ¿Crees que Richard puede asumirlo? – preguntó con tono de sorpresa.

- ¿Tú no?

- Bueno, no he querido sonar así… es raro, yo…

- Lo imagino. Sé cómo trabaja mi amigo Reynolds… así que no espero los mejores detalles de mi nieto. Pero sé algo que nadie más sabe en esta casa de él. Ha cambiado.

- ¿Cómo puede estar tan segura? Es decir, la muerte de un ser querido siempre nos cambia o modifica aspectos nuestros pero, ayer mismo, actuó como un completo…

- Idiota. Lo sé. Pero hasta un ex drogadicto debe vivir a sabiendas que en algún momento podrá recaer.

- No sé Martha. Creo que tendrá que trabajar mucho para que los servicios sociales no desautoricen esa petición.

- No lo harán. Richard no es quién era. Pero yo no te puedo convencer. Me parece que el único que puede hacerlo es el. Y ahora, que comenzaréis a pasar tanto tiempo juntos, puede ser una gran oportunidad.

- ¿No le has dicho nada verdad?

- No. Jamás llevaría la contraria a John. Me mataría. – ambas rieron.

- Entonces, mañana será un gran día. – Kate.

- Y esperemos que mi nieto comience a comportarse como corresponde. – Martha.

- Bueno, sino, Reynolds lo pondrá en su sitio. – Kate.

- Apuesto por eso. – Martha alargó su mano para tomar la de Kate y sonrieron.

Quizá, en cierta forma, ambas necesitaban contar con la colaboración de la otra, para afrontar lo que, a partir de entonces, iba a variar sus vidas para siempre.