Capítulo 3

- ¡Felicidades!

Elena abrazó a su suegra con una sonrisa. Por fin había llegado el día de la gran fiesta de cumpleaños. El evento no se celebraba en la mansión Salvatore, sino en unos grandes salones que se encontraban a las afueras de la ciudad. Al llegar, Elena se sintió como si estuviera en una de esas películas románticas que le gustaban tanto a Caroline. La decoración era exquisita, todo estaba adornado en tonos blancos y en el centro de cada una de las mesas había preciosos centros con tulipanes, la flor favorita de Elisa. La mente de Elena voló un segundo hacia su futura boda con Stefan. ¿También sería así? Se imaginó su convite, todo repleto de rosas blancas, tal y como le habría gustado a su madre y sintió un nudo en la garganta. Sacudió la cabeza y se obligó a regresar a la realidad de golpe, no era momento para ensoñaciones.

Todavía faltaban unos minutos para que empezaran a llegar los invitados y lo cierto era que estaba nerviosa. Su conversación con Damon había hecho que volvieran a emerger todos sus miedos. Ella no pertenecía a ese ambiente ¿Es que tanto se le notaba? ¿Tan ingenua era por soñar con bodas y rosas? Le daba pánico meter la pata. Ella había hecho cualquier cosa por encajar y le aterraba que por mucho esfuerzo que hiciera, no lograra conseguirlo nunca.

- Gracias cariño – Contestó Elisa rompiendo de golpe su burbuja - estás muy guapa con este vestido. ¿Y Stefan? ¿No ha vuelto todavía?

- No, pero no tardará. Ha ido a comprobar que todo esté en orden.

- ¡Ya estoy aquí! - Como si las hubiera escuchado, Stefan entró en la habitación y agarró a Elena por la cintura – El champagne está frío y de los canapés listos para servir. Haremos un poco de cóctel primero, de pie, luego nos dirigiremos hacia las mesas y cenaremos y tomaremos pastel.

Elena sonrió y asintió, sintiéndose orgullosa de Stefan y su labor de anfitrión.

- ¡Elisa! - Anunció Giuseppe asomando la cabeza por la puerta – Ven de una vez, los primeros invitados acaban de llegar. - Elisa no lo dudó ni medio segundo. Se colocó bien el vestido y se dirigió hacia la entrada.

- ¿Estás bien? - le susurró Stefan a Elena en el oído.

- ¿Claro, porqué no debería estarlo?

- No lo se pero te tiemblan las manos.

- Son nervios, no hagas caso. ¿No deberíamos ir nosotros también?

- Claro, vamos.

Salieron con las manos entrelazadas, pero las de Elena no pararon de temblar ni un segundo.


Damon abrió un ojo y lo cerró inmediatamente al sentir una punzada de dolor en la cabeza. Para variar, se había pasado con el alcohol la noche anterior. Se atrevió a abrir ambos ojos lentamente, acostumbrando sus pupilas a la luz. Todavía le costaba hacerse a la idea de que esa era su nueva casa. Se había instalado en la habitación principal, la que Elena le había dicho que había sido la de sus padres. Obviamente, lo primero que había hecho era cambiar los muebles y la decoración. Además de para darle un toque personal a la estancia, porque era obvio que lo necesitaba. La habitación era mucho más pequeña que tenía - o había tenido - en casa de sus padres, pero no estaba mal. Se giró encima de la cama y echó un vistazo a la rubia que dormía a pierna suelta a su lado. Sin ninguna delicadeza, la sacudió para que se despertara.

- Ei, tienes que irte.

La chica se estiró un poco, perezosa, y se giró hacia él, colando un brazo debajo de la almohada y acariciándole el brazo con la punta de los dedos.

- ¿Ya? No quieres que antes repitamos lo de anoche?

- Yo nunca repito postre preciosa – dijo Damon sin más. - ¡Mierda! - cuando vio los números que marcaba el reloj de la mesita de noche, saltó de la cama y empezó a pasarse las manos por el cabello nervioso – ¡mierda, mierda, mierda! Como he podido quedarme dormido? Son las seis de la tarde!

- Ayer no nos acostamos precisamente pronto – añadió la rubia retorciéndose sensualmente encima de la cama. Era una invitación tentadora, pero... no había tiempo. Stefan y su madre lo iban a matar.

- No puedo. Voy a ducharme, cuando salga, te quiero fuera de de mi casa.

Se metió en el baño y escuchó la palabra "imbécil" con toda claridad mientras abría el grifo del agua caliente. Se vistió y se arregló en un tiempo realmente récord, y antes de que pudiera pensar en las pocas ganas que tenía de asistir a esa fiesta, estaba aparcando el coche enfrente de la mansión Salvatore.


Elena permaneció un buen rato apoyada en uno de los rincones del gran salón, bebiendo distraídamente de su copa de champagne. No se sentía cómoda. Stefan la había obligado a saludar a lo que a ella le habían parecido centenares de desconocidos y lo único de lo que tenía ganas en ese momento era de esconderse debajo la mesa para que nadie más la mirara por encima del hombro. No es que no le gustara estar con gente, nunca se había considerado especialmente introvertida, al contrario, pero aquellos eran amigos de Elisa, no suyos, y tampoco parecían tener ninguna intención en hacerla sentir una más. Todos la veían como el complemento del hijo de Giuseppe Salvatore, e incluso ella misma empezaba a sentirse así. Stefan parecía más pendiente de contentar a todo el mundo, que de atenderla a ella. Por fin, dejó a la pareja con la que llevaba conversando más de un cuarto de hora y se dignó a acercarse a su novia.

- Todo está saliendo de maravilla, mamá se lo está pasando en grande - sonrió acariciándole la mejilla.

Elena le respondió con la mejor sonrisa que pudo fingir y se agarró de su brazo. Al menos cuando estaba con él, aun se sentía un poco integrada. No quería discutir con él porque lo único que lograría sería arruinar la velada. Además, con Stefan era prácticamente imposible discutir. Por mucho que ella se enfadara, él era siempre tan pausado y razonable que acababa convenciéndola y serenándola casi sin esfuerzo. Durante el primer año y medio de su relación, Elena nunca había asistido a este tipo de eventos, fue a partir de que Stefan declarara que sus intenciones con ella eran serias, cuando Elisa empezó a exigir que ella fuera presentada en sociedad. Esa fiesta era prácticamente su debut, y no es que estuviera siendo una experiencia precisamente placentera.

De repente, Elena notó como el salón se quedaba en silencio. Incluso Stefan se detuvo de golpe, provocando que ella casi tropezara. Y entonces vio qué era lo que sucedía. Damon entraba por la puerta principal como si el lugar le perteneciera. Con su habitual sonrisa de medio lado, y su actitud indiferente, caminó entre la multitud sin inmutarse de los murmullos y las risitas que estaba ocasionando su presencia en la fiesta. Llevaba un traje negro que Elena pensó que todavía realzaba más sus ojos azules y llevaba el cabello algo engominado – no demasiado – hacia atrás.

- Ha venido – susurró Stefan esbozando una sonrisa.

Elisa corrió a abrazar a Damon sin importarle lo que pudieran opinar sus invitados, contenta de que su hijo mayor estuviera allí. A Elena le sorprendió el gesto de Damon, pues no había ninguna duda de que si había venido al cumpleaños, era por su madre. No parecía el tipo de hombre al que le gustaban estas fiestas, y Stefan se lo había confirmado antes. De hecho, habían dudado hasta el último momento de que apareciera. Elena echó un vistazo general al salón y vio como Giuseppe permanecía en una esquina, con los brazos cruzados e intentando disimular el fastidio que sentía. Pero por suerte, no dijo nada.

- Bueno – exclamó Elisa de repente – ahora si estamos todos, vamos a cenar.

Elena maldijo casi en voz alta cuando se dio cuenta de que la habían sentado justo en frente de Damon. Seguía muy cabreada por la discusión que habían mantenido días atrás, y a juzgar por el modo en que Damon le apartaba la mirada, sospechaba que él también. Y evidentemente, ninguno de los dos pensaba dar su brazo a torcer y comportarse cordialmente con el otro. La cena fue una de las situaciones más tensas que Elena había vivido en su vida. Mientras el resto de invitados hablaba y reía, entre los Salvatore reinaba un silencio incómodo. Elisa fue la primera en intentar romperlo.

- Damon hijo, tienes mala cara ¿donde te estás alojando?

Elena levantó la vista de golpe y abrió mucho los ojos, suplicándole a Damon en silencio que no dijera nada. Pero él ni siquiera le devolvió la mirada mientras jugaba distraídamente con la comida de su plato.

- En casa de Elena. Se la he alquilado.

Elena se quiso morir. Sintió como se le ponía roja hasta la raíz del cabello y quiso que la tierra se la tragara en ese mismo instante. ¿No le había dicho a aquel idiota que no dijera nada? Ni siquiera le conocía, pero empezaba a tenerle tanto o más odio del que pudiera tenerle Giuseppe. Aquel había sido un golpe muy bajo.

- Sí – se forzó a responder al notar los cuatro pares de ojos clavados en ella – fue una coincidencia, yo no... necesitaba alquilarla y bueno... yo no sabía que era él cuando... en fin...- Se calló, sintiendo que de su boca no salían más que incoherencias, pero pudo notar como Giuseppe la miraba no muy contento con la revelación. Estaba claro que no le había hecho ninguna gracia, como Elena ya suponía que sucedería. Disimuladamente, le pegó una patada a Damon por debajo de la mesa.

- Au! Qué coñ...

- Damon! - interrumpió Elisa – por favor.

Damon se calló, pero la miro con rabia, y ella sonrió satisfecha de si misma. Elisa siguió intentando mantener una conversación cordial, aunque nadie parecía muy dispuesto a seguirle el hilo, pero no cesó en hablar de trivialidades durante todo lo que duró la cena. Después, hizo un discurso en voz alta agradeciendo a todos los presentes su asistencia, tomaron pastel y dieron paso a la orquesta. Todo el mundo se levantó, dispuesto a salir a bailar, y entonces Elena se sintió un poco aliviada, al menos esta parte del cumpleaños sería más divertida.


Damon le dio un sorbo más a su petaca llena de bourbon. Menos mal que se había traído las provisiones de casa, porque aquella fiesta era un auténtico aburrimiento. Todo el mundo lo miraba sin ningún disimulo, y había tenido que sortear los interrogatorios desde que había puesto un pie en el salón. Por suerte, había encontrado a una rubia, que aunque dudaba que tuviera legalmente permitido consumir alcohol, bailaba con él sin hacer preguntas. Además de esbozar todo tipo de muecas sensuales con la clara intención de llevárselo a la cama. Quizá después le pediría el DNI y se lo pensaría. Lo cierto era que la chica no estaba nada mal.

Al apartar los ojos de su compañía, una imagen captó su atención. Stefan estaba de pie en un rincón, sonriendo tan a gusto, con Elena parada a su lado, quien no parecía tan conforme con la situación. Ella miraba la pista de baile con ojos brillantes y en cuanto sus miradas se cruzaron por accidente, apartó la vista y la desvió hacia el suelo. Stefan parecía no darse cuenta de que su novia llevaba toda la noche muerta del aburrimiento. Damon ya se había dado cuenta durante la cena. Vio como su hermano le decía un par de cosas al oído, y la sonrisa de ella en respuesta fue tan forzada y artificial que Damon no pudo evitar levantar una ceja. Aquella chica le intrigaba, no sabía que pensar de ella. Por momentos parecía hecha a la medida de su hermano, pero en otros en cambio, parecía sentirse tan fuera de lugar como se sentía él, y eso lo empujaba a intentar rescatarla. Aunque no la conociera de nada, algo le atraía hacia ella. No en un sentido sexual, por supuesto, era la novia de Stefan y eso lo tenía muy claro, pero sentía curiosidad por ella. Dejó a la rubia con la promesa de que volvería a buscarla y se acercó a Stefan y a Elena con paso decidido.

- Hola hermanito – Añadió con una sonrisa robándole su copa para darle un trago – hola Elena.

Elena hizo una mueca de fastidio.

- ¿No bailáis?

- No nos gusta bailar – afirmó Stefan hablando por los dos.

Damon miró a Elena y vio como esta fruncía el ceño, pero no decía nada.

- Vaya, yo que venía a invitar a mi futura cuñada a un baile.

Durante unos segundos, la mirada de Elena brilló de nuevo de excitación, pero ese brillo se apagó enseguida.

- ¿Es que ya has dejado a tu acompañante en la guardería?

- ¡Elena! - Exclamó Stefan con los ojos como platos.

- ¡Es culpa suya! desde que me conoció, no ha parado de molestarme, saca lo peor de mi – resopló.

- ¿Lo peor? ¿Estás segura?– sonrió Damon con arrogancia. Notó como las mejillas de Elena se teñían de rojo, y sospechaba que era más rabia que vergüenza.

- Bueno basta ya vosotros dos. Cualquiera diría que no tenemos suficiente con tus problemas con papá, Damon, también tienes que llevarte mal con ella? Que demonios te pasa con la familia.

Damon se encogió de hombros.

- Bailas o no? - le espetó directamente a ella, desafiándola

- Damon ya te he dicho que a Elena no...

- Esta bien Stefan, déjalo. Pero solo una canción. - Le advirtió.

Y sin ni siquiera mirarse, caminaron hasta el centro de la pista de baile, dejando a Stefan sorprendido. Cuando estuvieron frente a frente, Damon le ofreció su mano y ella posó la suya encima, empezando a moverse al son de la música sin mucho entusiasmo. Damon resopló. No sabía porqué la había sacado a bailar, había sido uno de sus habituales e inexplicables impulsos, pero al ver como Stefan hablaba por ella, como si no tuviera ninguna autonomía, había sentido el impulso de desafiarlo. Ver como su hermano parecía no conocer a su novia en absoluto le había sorprendido. Era evidente que ella se moría por salir a bailar, o al menos, por divertirse de algún modo.

- Deberías cambiar esa cara y darme las gracias – susurró Damon en su oído a la vez que la agarraba de la cintura y la atraía hacia él.

Elena lo miró con rabia, pero no pudo evitar dar un respingo ante el contacto.

- Ni lo sueñes.

- Te he visto mirar hacia aquí y es evidente que si que te gusta bailar. Porque no se lo has dicho?

- Y tu porqué tienes tanto interés en lo que hago o dejo de hacer?

Damon se separó unos centímetros y la hizo girar bruscamente, provocando que al regresar, chocara contra su pecho. Se separaron inmediatamente, sorprendidos por la descarga eléctrica que habían sentido. Ella volvió a poner toda la distancia que pudo entre ambos.

- Porque eres la novia de Stefan.

- Y no soy buena para él no?

La canción terminó y Damon no permitió que ella se alejara, tal y como pretendía. La siguiente melodía tenía un ritmo mucho más pausado, así que él le agarró las muñecas y se las colocó sobre sus hombros, manteniendo una distancia prudencial entre ellos.

- Mira Elena, lo creas o no, lo que te dije el otro día no fue para molestarte ni para hacerte daño.

- Oh vamos, si no has hecho otra cosa desde que llegaste.

- Mira quien fue a hablar – levantó una ceja – todavía me duele la espinilla por culpa de la patada de antes.

- Te la merecías.

- ¿Pero porqué les tienes tanto miedo? No deberías dejar ni que Stefan, ni mi madre, hablen por ti.

Elena resopló y contó hasta diez.

- En serio Damon. Tu y yo no somos amigos, porqué te empeñas en darme consejos e intentar ponerme en contra de tu familia?

Por primera vez, Damon la miro a los ojos, serio, sin bromas, ni burlas, ni ninguna intención de molestarla.

- No intento ponerte en contra de nadie. Pero yo me fui de aquí porque me estaban convirtiendo en lo que yo no quería ser. Y contigo están intentando hacer lo mismo, aunque tu ni siquiera pareces darte cuenta de ello.

- Me estás comparando contigo? - preguntó escéptica

- Creo que tu y yo nos parecemos más de lo que te piensas.

- Eso es una tontería, Damon.

- Lo que tu digas.

Elena se relajó un poco a lo largo del baile. Las palabras de Damon la habían desconcertado, pero había querido tomarlas muy en cuenta. Él no tenía razón, y punto. Se estaba equivocando con ella, ella sabía perfectamente lo que hacía. Que a él hubieran querido manipularlo, no tenía nada que ver con ella. Además, tampoco le extrañaba que su familia hubiera querido influir en él, tal y como era. Y ella no era así. Así que una vez apartó esos pensamientos de su cabeza, se relajó y agradeció tener una excusa para divertirse un poco. Aunque fuera con la última persona con la que hubiera deseado bailar, Damon le había rescatado del aburrimiento, y en el fondo, tenía que darle las gracias. Cosa que, evidentemente, jamás reconocería en voz alta.

El ambiente se distendió, por suerte, e incluso cambiaron de pareja varias veces. Cuando volvieron a encontrarse el uno con el otro, estaba sonando una salsa y Damon parecía tener más habilidad de la que Elena habría podido imaginar.

- En serio? - Preguntó ella dejándose guiar.

- En serio. - sonrió.

Y por primera vez desde que se habían conocido, a Elena se le escapó una carcajada mientras Damon la hacia girar.


lo prometido es deuda! que guerra me ha dado este capítulo... así que perdonad si hay partes que no están muy allá.