Como de costumbre, Chris se despertó a media madrugada al sentir unos pasos familiares esquivando los bultos que formaban los niños sobre las colchas. Muchos dormían abrazados entre ellos porque las delgadas cobijas no evitaban que el frío calara, y también porque el cálido contacto les generaba la inocente ilusión de estar protegidos.

El rubito no hizo ningún movimiento, ni siquiera abrió los ojos cuando su cobija fue destapada para ser envuelto por el fuego de un cuerpo adulto. Una mano grande y estilizada se metió bajo su camisa enorme recorriendo sus piernas y toda su espalda hasta tirar hacia abajo su ropa interior, mientras que un aliento excitado le erizaba los diminutos vellitos de la oreja. Permaneció quieto boca abajo, porque no necesitaba mirar para saber que era Víctor quien le manoseaba el culo con devoción.

— Chris… ya vine, mi pequeño.

Se escuchó el ruido que provocaba el roce de la tela cuando el mayor se bajó su pantalón de pijama, y llevó sus caderas a la altura del trasero desnudo de Christophe para restregarse contra él como un animal. Víctor se drogaba con su aroma infantil, siseando entre dientes mientras se masturbaba sobre el muchachito de pestañas largas, y no dejó de agitar la mano sobre su polla cuando bajó para enterrar su cara en el culito ajeno.

Su respiración caliente acariciaba lasciva la piel acaramelada de Chris y con la mano con la que no se estaba pajeando separó una de las nalgas, hundiendo su lengua en busca de aquel puntito fruncido que se hizo el difícil hasta que finalmente el albino logró introducir su resbaloso músculo. El cuerpo del menor se tensó de pies a cabeza y comenzó a respirar incómodo, pero se aguantó.

En su mente se dedicó a repasar los bonitos cuentos ilustrados que tenían ahí en el sótano y que Isabella y Seung Gil lo ayudaron a comprender. No sabía leer porque ninguno de los hombres de la casa se preocupaba por enseñarles algo aparte de cómo obedecer y darles placer a la fuerza, y cuando Víctor intentaba hacer de maestro él le rehuía porque no confiaba en sus buenas intenciones.

En todos esos cuentos, por más pesares que pasara el protagonista, siempre había un final feliz. Se dijo a sí mismo que debía soportar hasta que llegara el suyo.

Víctor dejó de lamer su ano y chupar sus pequeñas bolas para volver a apegar sus cuerpos, delineando con su dureza el surco de las nalgas de Chris. El niño apretó sus puños temblorosos en la colcha cuando la punta de la polla ajena se metió en medio, frotándose contra su agujero sellado que seducía las bajas pasiones del hombre ruso. Pero al final Víctor nunca lo penetraba, en cambio introducía su erección húmeda entre los muslos cerrados de Chris y simulaba embestidas, follando el apretado espacio entre ellos.

— Aahh, qué suave eres. Deseaba tanto tocarte otra vez. —Víctor le agarró las caderas haciendo que las alzara un poco y así poder moverse mejor. El suizo podía sentir aquel duro glande rozarse con sus testículos cada vez que la pelvis del adulto golpeaba contra su culo, provocando un ruido constante de piel con piel— Soy el único que puede hacerlo, recuérdalo… uhmm.

Hace tiempo Víctor también se había encariñado con un bebé gordito que había vivido en la casa, tanto como para no resistir la tentación de hundirse dentro de su tierna carne cuando éste apenas tenía tres años. Su polla no era gigante, pero trece centímetros y medio seguían siendo demasiado para tener sexo con una criatura de esa edad e inevitablemente lo desgarró.

Yuuri se recuperó y por suerte olvidó el trauma al crecer, pero Víctor no, así que no volvió a intentar nada igual, lo amó y lo protegió de los demás cuidadores hasta que a los ocho años el pequeño fue adoptado. Un famoso ruso de cabello claro, nariz prominente y recién retirado del patinaje artístico que solo estaba de paso por aquí le arrebató a su Yuuri, a pesar de ya tener esposa y una familia propia. Víctor tuvo que apretar los puños y ver como el niño se alejaba sonriente, agarrado de la mano de ese hombre encantador.

Y la misma obsesión la tenía ahora con Chris.

Era una ventaja para el rubito ya que Víctor no dejaba que lo violaran como a los demás, e intercedía para que sus castigos no fueran tan severos cuando hacía enojar a alguno de los adultos. Sin embargo, eso también significaba que sus alas de la libertad estaban cortadas, porque el albino no iba a permitir que volvieran a quitarle un niño suyo y encerraba a Chris para que no lo vieran cuando alguien de afuera venía a escoger a quién adoptar.

— Uhh… ¡uhmm! Ya casi, mi vida. Siénteme contigo, aah.

De todas formas, el instinto del mayor no era completamente aplacado y le hacía estas visitas nocturnas a Christophe para hacerle el amor a sus muslos mientras le besaba y mordía suavemente su cuello, jadeando con la nariz enterrada entre sus rizos áureos hasta que terminaba dejando un charco blanco entre las piernas del infante.

Abrió sus ojos verdes escuchando la respiración pesada de Víctor tras el orgasmo, encontrándose entre la oscuridad con la mirada triste de Mila, acostada a su lado con la cobija hasta la nariz. Había visto todo completamente paralizada. En cuanto Víctor lo limpió con un pañuelo y le besó la cabeza subiéndole de vuelta la ropa interior para después marcharse, ambos niños se tomaron la mano y se arroparon juntos.

Por la mañana tuvieron suerte de poder circular en el baño sin recibir el acoso de ninguno de los cuidadores y fueron a la cocina para prepararse ellos mismos la ración de avena que tenían limitada para el desayuno, subiéndose en una caja para poder alcanzar la encimera y los fogones de la estufa.

Cuando ya estaban repartiéndose los tazones en el humilde comedor se les unieron Otabek y Leo con claros signos de violencia. El kazajo tenía el labio partido y su brazo izquierdo muy hinchado, colgando de un trapo amarrado a su cuello sin nada más que le estabilizara el hueso roto. Por su parte el ojo derecho del castaño estaba inyectado en sangre, entrecerrado por la grave hinchazón de su párpado, y por fuera lo rodeaba un gran y oscuro hematoma. Ambos también compartían cortadas en sus brazos y piernas.

Tras de ellos entró Nishigori con expresión severa.

— Estos dos están castigados sin desayunar, y si me entero de que alguno le da de comer tan siquiera una cucharada le irá peor que a ellos.

El moreno se retiró y en cuanto dejaron de oír sus pisadas Mila se acercó a Leo para ofrecerle de su tazón, el niño de cuatro años era muy pequeño para pasar hambre. No obstante Seung la detuvo, negándole con la cabeza.

— Sabes que no bromea. Además, si te lastiman por ayudarlo Leo no se sentirá mejor. —el pelinegro resopló, podría ser un joven frío pero no significaba que todo este abuso le fuera indiferente. Lo menos que podía hacer era evitar que otro saliera herido innecesariamente— Solo serán unas horas.

Se enteraron de por qué las colchas de Leo y Otabek estuvieron vacías durante la noche. Esto no resultaba extraño ya que frecuentemente alguno de los adultos bajaba al sótano para tomar a uno de los niños dormidos y llevarlo a su habitación para violarlo. Ese fue el caso de Leo, estuvo llorando bajo el cuerpo de Cao Bin que disfrutó enterrarse entre sus delgadas y tostadas piernas, abiertas de par en par mientras sus calzoncillos de dibujitos le colgaban de un pie, hasta que finalmente el chino le taponeó el esfínter con su semen tibio que le escocía hasta el alma.

Leo salió casi arrastrándose de la habitación luego de que el mayor lo mandara a regresar al sótano por su propio pie y entre lágrimas, goteando esperma con restos de sangre hasta el suelo, descubrió a Otabek intentando escapar de la casa.

Vulnerable y aterrado como estaba Otabek lo convenció de huir con él, y decidió hacerle caso con tal de no volver a sentir este dolor en su ano ultrajado. El kazajo usó una piedra que había escondido dentro de la casa para romper la ventana y no se detuvieron a pesar de los pedazos de vidrio cortándoles la piel. Lograron salir al patio delantero pero no hubo manera de que abrieran el portón, estaba cerrado con un grueso candado de acero que no sufrió ningún rasguño cuando Otabek lo golpeó con la piedra, y aunque gritaron nadie apareció.

Empujado por la adrenalina y su inmenso odio hacia este lugar Otabek escaló la cerca enrejada, pero quedó enganchado sin escapatoria entre los alambres de púas que le impedían cruzar. Abajo Leo lo llamaba sin saber qué hacer y finalmente los cuidadores les dieron alcance para capturarlos.

— Qué estúpido. —fue lo que murmuró Seung Gil, cerrando los ojos mientras movía la cabeza negativamente.

Enfadado por su respuesta Otabek golpeó la mesa de madera con su mano sana.

— ¿Y qué habrías hecho tú, eh? ¡Al menos intenté algo para librarnos de estos infelices!

El muchachito kazajo era quien más veces intentó escapar o enfrentarse a los cuidadores, así que no era la primera vez que debía recuperarse de una paliza o un hueso quebrado. Él no quería seguir siendo un agujero al cual follar por dos años más, y la verdad es que si no lograba salir prefería morir en el intento.

— El único que te importa eres tú, sabes perfectamente que intentar huir es casi un suicidio. Si quieres arriesgarte hazlo solo, en vez de arrastrar a otros en tu locura. —lo enfrentó Seung— Si por algún milagro hubieses conseguido cruzar la cerca sé que no habrías ayudado a Leo a hacer lo mismo, es más, estoy seguro de que aprovechaste para usarlo como carnada.

— ¡Tú qué sabes! ¡CÁLLATE! ¡No eres más que un traidor que no hace nada por nadie y solo esperas lo poco que te falta para salir de aquí sin pensar en ninguno de nosotros!

Los menores observaban la discusión asustados y Leo lloraba en silencio con la cabeza gacha.

— Chicos, paren. No debemos pelear entre nosotros sino apoyarnos.

— ¿Apoyarnos? Oh, habló el consentido de Víctor que no tiene que sufrir por nada. —Chris arrugó las cejas ante la acusación de Otabek— Ni siquiera lo usas como una ventaja para ayudarnos a los demás.

— ¡Eso no es cierto, Víctor también me hace cosas por las noches! ¡Y muchas veces le he pedido que no deje que los lastimen a ustedes! —rebatió el rubio con los ojos aguados— ¡Incluso le dije que me la podría meter si a cambio los cuidaba, pero él no…!

Nishigori pegó un grito desde afuera mandándolos a callar así que tuvieron que obedecer, no querían enojarlo más y que se terminara desquitando con todos.

Mila acabó su desayuno y rellenó su taza para llevarle de comer a Elena. Desde que fue sometida a una doble penetración por Cao e Iván había permanecido recostada con dolor y, por supuesto, a esos dos no les preocupó lo que pasara con la niña. Mientras tanto Chris ayudaba a Seung Gil a preparar los biberones para los bebés, frunciendo los labios y sorbiendo los mocos de su llanto contenido por la reciente pelea.

Él sabía mejor que nadie que era un privilegiado en ese infierno. El año pasado Nishigori había aprovechado que Víctor salió de compras para encerrarlo en su cuarto y entonces manosearlo, morderlo, restregarle su horrible polla por todo el cuerpo y obligarlo a que le hiciera una mamada. En su desesperación Chris mordió el miembro que ocupaba toda su boca para que dejara de ahogarlo y el moreno gruñó cabreado mandándolo al suelo con una fuerte cachetada, se quitó el cinturón y el niño vio asustado como doblaba el cuero entre sus manos listo para castigarlo.

Víctor entró pateando la puerta y enfrentó furioso a Takeshi cuando el cuerpecito del rubio ya había recibido más de diez azotes. Sufrió mucho esa vez e incluso permitió que Víctor lo consolara, pero haciendo memoria fue la única ocasión en la que tuvo que pasar por un castigo real.

Otras veces solo fueron empujones contra la pared donde lo hacían quedarse parado por una hora entera, recibía bofetadas y escupitajos, le jalaban del pelo o le daban collejas que, aunque rudas, no se acercaban a una golpiza de verdad. Incluso haber sido bañado con meado no se le comparaba.

Así que era normal que sus compañeros lo odiaran, realmente no había hecho lo suficiente para que ellos fueran menos agredidos. Necesitaba ayudarlos aunque fuera con lo más simple.